Hasta diez chuchos tenía, a veces sueltos, a veces enjaulados o amarrados, pero con atención esmerada al igual que su escopeta la que limpiaba a diario y mantenía calientita con la ayuda del fuego de la cocina, ahí estaba junto a la de su padre colgada con mecates.
Frisaba los diez años y su educación crecía bajo el cuidado de sus padres; leía y escribía porque su hermana mayor era maestra y se lo llevaba a la escuelita del cantón… A su regreso compartía los oficios domésticos como preparar la leña, limpiar la caballeriza u ordenar las cosas de la troja, atender la vaca y el caballo, pero también acarreaba el agua y montado en la mula hacia los mandados en el pueblo… Hasta entonces los domingos acompañaba a su madre a la iglesia para participar en la misa.
Contaba ya con catorce años y entre los oficios caseros el más importante era cuidar los chuchos y su escopeta con un solo fin… Cazar.
Para entonces, allá por los años treinta a cuarenta, el volcán Chichicastepec, la Coyotera y el Quezaltepec, estaban cubiertos de vegetación virgen hasta llegar a las planicies; lo que hoy son cafetales, antes estaban cubiertos de árboles frondosos frisados con bejucos en donde gran variedad de especies animales subían y bajaban. Las ramas de los árboles reverberaban de pájaros que con sus cantos alegraban y con su plumaje adornaban el ambiente… Los frutos por todos lados solo de agarrar; ahí habían alaices, ciruelas, cotomates, escobos, tempisques, anonas, e infinidad de almendras suficientes para mantener vivos a todos los pobladores de la época sin tener que trabajar… Los animales grandes y salvajes muchas veces se equivocaban y llegaban hasta los patios de las casas. Cuando se tiene 14 años fácilmente se despierta la tentación de atrapar un animalito que se encuentre.
Pedro Alfonso se llamaba el joven que con grandes aspiraciones inclinó, demasiado quizá, su aprendizaje de tiro perfecto en la caza de animales.
Para entonces, Pedro vivía en una casa de campo con sus papás como era costumbre; la casa tenía una “salota” en el medio, propia para bailar, alumbrada con candiles y en un rincón la vitrola, muchas sillas en el entorno y en mesitas pequeñas varias imágenes de santos dentro de su respectivo camarín; en las paredes muchas fotos de familiares cercanos e importantes; en el centro del techo había un tragaluz protegido por una casita miniatura que volvía “plantosa” la vivienda; alrededor de la sala había en forma de caidizos varios dormitorios, la cocina, comedor y bodega; al frente un techo sostenido con pilares unidos con barandales y pasamanos para embrocarse y disfrutar del paisaje; en cada pilar había una cabeza de venado disecada y las paredes estaban tapizadas con cueros de animales, lo que hacía percibir la gran afición por la caza que se tenía en ese hogar…
Al poner un pie en el quicio de la puerta impresionaba ver el trofeo más grande… el cuero de un enorme tigre que una vez mataron entre varios tiradores porque – dijeron – asolaba la región comiéndose las vacas… Según cuentan, lo persiguieron sin descanso haciendo turnos matándolo finalmente poniéndole de carnada un ternerito.
Pedro Alfonso crecía llevando a cabo sus propias experiencias. Contaba su mamá que cuando se disponían a ir de cacería, encerraba a los chuchos y daba instrucciones de que cuando oyeran el tiro allá a lo lejos, los soltaran… Dicho y hecho, los perros salían ladrando en dirección del tiro… lo hacía de esa manera porque le hacían estorbo a la hora del tiro y como la presa una vez herida caminaba lejos o se encuevaba, los perros eran los encargados de encontrarla… Al poco rato, aparecía él acompañado de la jauría de perros y encima un enorme animal que compartía con familiares y amigos… Pedro Alfonso no aprendió estas hazañas solo, su padre también era un buen tirador…
Venado era la carne más común, pero la más apetecida era la tepexcuintle… Contaba el muchacho que para lograr uno de estos había que caminar por la montaña buscando señales como cascaritas y pedacitos de almendras en el suelo, pues era señal de que ahí llegaba un tepexcuintle a comer… Al día siguiente había que estar ahí al anochecer y con amplia visibilidad hacia arriba y sin hacer ruido, cuando empezaban a caer los pedacitos de almendras, pegaban un solo lamparazo y a continuación el tiro. ¡Bongón! caía el animal… Para la caza del tepexcuintle no se ocupaban chuchos porque éstos lo asustaban y el animal huía internándose en lo espeso de la montaña donde se defendía y la caza se malograba.
También la montaña tenía sus misterios, una vez encerró los “chuchos” y ordeno que los soltaran al ruido del tiro de la escopeta, así lo hicieron, pero él no volvió… se desorientó en la oscuridad de la noche y en lugar de coger el camino correcto caminó en sentido contrario; aturdido fue alejándose más y más… Al día siguiente lo encontró su padre con la ayuda de los chuchos cerca de San Pedro Puxtla… En otra ocasión pasó lo mismo, pero regresó solo al darse cuenta que estaba sentado a la orilla del Rio Tequendamas.
En el año 1932, a raíz de la sublevación indígena la comida escaseó; Pedro, quién tenía una hermana mayor en Juayua, fue enviado por su papá con provisiones y la esperanza de que trajera buenas noticias de su hija.
En esa ocasión, Pedro convenció a un soldado del ejército que le prestara el uniforme para ser retratado por su hermana, él quería aparecer en la foto con un fusil en alguna posición importante que lo destacara… Ya de regreso, iba feliz, el caballo volaba por el camino, no aguantaba las ganas de encontrar a alguien para contar su hazaña de la foto.
En aquel entonces para llegar a Juayua habían dos caminos, el directo que de Apaneca salía por el norte pasando por donde hoy en día están Los Llanitos, La Sierpe, Las Maravillas, Salitrillo y El Diamante; y el otro era por el lado Este Las Cruces, Tizapa, Los Alpes, Los Ángeles, El Ciprés y la Esmeralda por donde se llegaba a Salcoatitán primero.
Pedro venía contando que los soldados del gobierno le contaron que habían intentado llegar hasta Apaneca por allí para sofocar una sublevación que no había, pero que en una cuesta empinada se atascaron los camiones haciendo que regresaran, evitándose así una matanza. Unos poquitos llegaron a pie y mataron a dos cristianos solamente porque llevaban el apellido Sánchez. Pedro contó también que en Juayua vio que los muertos eran llevados en una carreta tirada por bueyes como si fueran pante de leña, algunos no cabían y llevaban los pies colgando; otros estaban en las cárceles esperando su turno para ser fusilados. Contó también que el suelo del parque estaba embadurnado con sangre, las moscas volaban por todos lados y que los corozos quedaron picoteados por los balazos del ingrato ajusticiamiento a campesinos indígenas. También dijo que por allá se decía que ya traían a otros que habían agarrado.
Pedro estaba atragantado y no paraba de hablar de lo que vio durante el viaje en compañía de su caballo “Calenturo”. Tenía 17 años y no pudo pasar a la siguiente etapa de la vida; todos sus sueños fueron truncados al no estar preparado para vencer los obstáculos que en esa edad se presentan.
Se enamoró perdidamente de una de las tantas muchachas que lo admiraban; se armó de valor, y creyendo que ya era hombre, se la llevo, pero no con la anuencia de los familiares de la muchacha, especialmente de la mamá; Por lo que, cuando Pedro se encontraba feliz creyendo estar en el paraíso, llego de repente la señora madre y tomó de la mano a su hija y se la llevo de nuevo a su casa.
El joven Pedro que se encontraba en la etapa en el que solo se piensa en sí mismo, se es egoísta, y no se piensa en que hay otras personas que han pasado por el mismo caso y les duele; en fin, una etapa en la que se actúa más con el corazón que con el cerebro; se sintió herido en su honor y no atendió consejos; anduvo por todos lados montado en Calenturo, fue a su casa, no quiso comer, solo tomó un poco de agua, medio escucho las palabras de su padre, pero su alma estaba por otro lado.
Los chuchos desperdigados y muy inquietos aullaban como mirando al cielo; los metió en la jaula, pero no dio órdenes como en otras ocasiones; entro a la cocina, bajó la escopeta y se la cruzó en la espalda, luego salió de nuevo montado en Calenturo que lo estaba esperando ansioso mordiendo los caramelos del freno y pateando fuerte el empedrado del patio.
No iba para la montaña, sino para el pueblo… En el camino hacia Quezalapa a muchos amigos encontró… pero llevaba tan grande pena que ni siquiera los vio… En el pueblo lo mismo, no era él… Llegó a la esquina de la casa de la novia… Amarró el caballo… Se subió a lo inclinado del terreno de enfrente… Con una pita amarró el gatillo de la escopeta… Se quitó el zapato derecho… Se puso el cañón en el cuello… Y con el dedo gordo del pie halo el gatillo… Se arrancó la tapa superior de la cabeza echando a volar los sesos y poniéndole fin a su vida.
El velorio, las condolencias y todo lo demás se hicieron en el pueblo en la casa de sus tías… Al día siguiente el entierro y… ¡Que sorpresa para la gente! los chuchos rompieron la jaula durante la noche y aparecieron allí para acompañar al difundo…Caminaron al cementerio en la procesión fúnebre, debajo del ataúd. Calenturo en cambio se fue atrás de la gente… Se terminaron las exequias, pero la jauría de perros se quedó en el cementerio sobre la tumba de su amo… La gente les llevaban agua y comida, pero los perros se fueron desvaneciendo con el tiempo y murieron. Yo conocí a uno de los perros que se llamaba “rol”, viejo y gordo de color café que asustaba porque dormía en un cajón y padecía de convulsiones… Cuando le daba un ataque, se oía como tambor con disonancia.
De esta historia podemos aprender que todos pasamos por esta etapa de la vida, quizá la más difícil de todas, de donde solo se sale bien si se está preparado.
LAZAU