Si el hombre no escribe la historia se acaba; yo veo con preocupación que muchos hombres han pasado por aquí, han hecho obra y su recuerdo se desvanece lentamente. La obra física de aquel se destruye por el que sigue y no queda nada… ni la obra espiritual… por consiguiente no queda ni el recuerdo, porque la una va de la mano con la otra.
En esta ocasión enfocaré mis añoranzas en un personaje ya olvidado, cuya obra incalculable puesta en la mesa para juzgarla, no deja nada que desear con la de cualquier sacerdote que haya pasado por la parroquia de Apaneca. Lo conocí junto con mi edad porque el bautismo de él lo recibí, que por cierto fue en Juayua porque ese día le tocaba dar sus servicios allá. Cuando ya tuve siete años talvez, empecé a oír su nombre: Excelentísimo y Reverendísimo padre Excequiel Golón, que dicho en familia era el “Padre Golón”. Era pequeño, de 1.60 metros talvez, gordito pero fortachón; su raza de pura cepa era de algún cacicazgo quiché; con sus ojos negros saltaditos y por supuesto, no era blanco; tenía un semblante dulce blandito en su cara que daban ganas de acercársele y ser amigo de él. De lo demás no lo sé, solamente su sotana negra con las manos metidas en las bolsas tocándose la barriga, un sombrerito de pelo negro y sus zapatos bien lustrados.
De su escenario diario lo recuerdo muy bien. La iglesia y el convento imponentes entonces en la punta de un cerrito, rodeado en toda su extensión de cipreses pequeños y arreglados que daban a las calles, sin quitarles importancia, mística religiosa; así como la conocieron antes del 11 de enero del año 2001… me refiero a la iglesia, solo que al frente las gradas escalonadas eran lineales desde la puerta hasta la calle y en medio había una cruz que llamaban Del Perdón. El convento estaba en el mismo lugar de hoy, con la única diferencia que las paredes eran de adobe y el techo con tejas; el espacio era reducido porque al poniente había de todo: lugar para tuncos, caballos, gallinas, palomas de castillas y para guardar leña, también jaulas para encerrar gallinas y patos. Una vez recuerdo muy bien que el padre tenía una jaula especial en la que había un tunco de monte y en otra un micoleón que habían sido traído de las montañas de Guatemala, pues el padre era de allá, de Antiguo Guatemala y todos los años viajaba para ver a sus hermanas. De vez en cuando llevó a mi papá cuando todavía se pagaba medio pasaje. Contaba él que la familia del padre era especial y que vivían como los grandes y educados, como los santos de misa diaria… modales aprendidos sin duda de los españoles, pero con carácter y principios de sus antepasados los quichés.
En Apaneca yo lo oí predicar, especialmente en Semana Santa que hasta le sacaba las lágrimas a la gente, lo único que no logro es que los hombres se sentaran con sus mujeres en las bancas de adelante… pero también predicaba con el ejemplo y les voy a contar el que me sé y el más palpable.
Mi abuelita por el lado de mi papá murió y dejaba a sus cuatro hijos Cándida, Fernando, José Domingo y Mercedes todos huérfanos… mi abuelo que no pudo con la carga… se la paso a una hermana que se llamaba Rufa o Rufina Calderón…como ella carecía de recursos, el Padre Golón se dio cuenta y llegó varias veces para pedir a uno de los dos varones… la Rufa al fin de tanto insistir accedió y le dio a Fernando… él se lo llevó y le enseño muchas cosas importantes de la época… Con el padre mi papá aprendió a leer y a escribir, algo que le facilito el aprendizaje en otras áreas. Para aprender el oficio de la carpintería le puso de maestro a Chon Paredes, que le valió a mi papá para trabajar por el resto de su vida.
En uno de esos viajes a la Antigua Guatemala el padre Golón trajo una marimbita, con su contrabajo y todo lo necesario para que junto a mi papá, aprendieran a tocarlas otros jóvenes; y es así como estuvieron ahí José Barahona, Bertín Valladares, Chemita Rivas y Chemita Mendoza, quienes entusiasmados también aprendieron solfa con Don Luis Calderón, músico notable que vivía en la casa que queda en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la calle Francisco Menéndez y que hoy es de Teto y Beto Calderón.
En esa casa Don Luis había formado su propia academia y sus primeros alumnos fueron sus hijos: Luis, Héctor, Arturo, Osmín y Ángel; las hijas Lidia, Olimpia y Tila cantaban generalmente en la cocina con su mamá, pero también cantaban en la iglesia. Además, asistían Víctor Aguilar, Chemita Mendoza, Juan Ruiz, Antonio Arévalo, Guillermo Vides, Gavino Morales, Teno Morales y por supuesto no podía faltar el hijo adoptivo del cura Nando Calderón. Con esos alumnos formo un gran orquestón, aunque también don Luis tenía un marimbón que se llamaba La Princesita que competía con otra marimba con gran talante llamada Imperial, propiedad de Don Rafael Puente Luna.
Yo recuerdo muy bien que mi papá llegó a viejo y siempre que hacia algún trabajo o se encontraba solo tarareaba, y yo le preguntaba qué hacía, y él me contestaba: “Es tarareo para que no se me olviden las lecciones y canciones viejas que Don Luis nos enseñaba, porque fijate que antes para aprender una canción se iba a Guatemala a pie o a caballo y raras veces en tren para traer el disco y las copias en solfa”. Así le oí tararear a María Bonita, Sueños a María, Alejandra y un tal Gato Enamorado… ¡Ah! … pero había otra, la Vaca Lechera que cantaba muy bien Guillermo Vides cuando le tocaba y decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, ¡Ay que vaca adorada!… me da leche condensada… tolón… tolón… tolón… tolón”.
Mi papa solo tarareaba y medía los tiempos y compases con las manos y el zapato… pero no cantaba para nada.
Lo bueno es que el padre Golón puso la semilla y el incentivo para que los muchachos aprendieran y se mantuvieran cerca de la iglesia, ayudando a prestar un mejor servicio a los fieles y sobre todo alejados de los vicios… Había entusiasmo y la gente acudía más a la iglesia… mi papá siempre estuvo allí de acólito junto al padre, se vestía de saco y de corbata ¡Bien estirado! y los otros allá atrás en coro contestándole al padre parte de la liturgia que, aunque no sabían qué contestaban porque era en latín… ellos hacían la cacha… Cuando el padre decía per omnia secula seculorum… Amén contestaban ellos, pero no sabían qué era eso… A veces se equivocaban al contestar, pero como la gente tampoco sabían latín… daba lo mismo.
Después de cada servicio importante el padre los invitaba a comer, por supuesto la niña Tomasa ya sabía y preparaba suficiente comida para los muchachos.
Por esa misma época el Padre trajo otro muchacho de Santa Ana que se llamaba Manuel Castaneda – que dicho sea de paso era mi padrino de bautizmo – pero él era más “caché”, más planchadito y pavoneado cuando se le quedaban viendo las muchachas… Para entonces el Padre trajo un carrito usado como los que se usaban en la época… a Manuel el padre lo puso a aprender a manejarlo, que le sirvió porque de eso trabajó toda la vida. Desde entonces Don Nando Calderón tuvo que compartir todo, hasta el afecto del padre y la gente que frecuentaba, pero supieron vivir como hermanos…
Para entonces ya Don Nando hacía altares, reclinatorios, puertas, sillas, mesas y todo lo que fuera de madera, pero también la necesidad de conocer a las muchachas las cuales se convirtió en una tentación para los dos hijos adoptivos del Cura.
Cuenta Don Nando que junto con todos los muchachos que tocaban la marimba, un día que el padre se fue lejos, la sacaron para ir a dar sus serenatas y les fue muy bien; cuando regresó el padre y se dio cuenta… se enojó tanto que tomo un hacha y junto con palabras dichas a medias la hizo pedacitos sin dejar una pieza que se pudiera remendar… Quizás pensó que se estaba perdiendo en los vicios a sus muchachos porque no podía ser otra cosa… Como ven, así como era de dulce su genio, también era amargo y recio en sus determinaciones cuando se enojaba.
Otra vez que también salió lejos y no estuvo por la noche… el micoleón que estaba enjaulado se salió cuando Meme y Nando estaban dormidos; el animal rompió las tejas y el cielo falso del cuarto… y… les cayó encima agarrándolos a mordidas con todo y chivas: El animal endiablado alborotó las cosas y hasta rompió el armario y la ventana del cuarto por la que salió. Por la mañana cuando el padre llegó, el animal ya había buscado la jaula y estaba ahí quietecito; el padre indignado otra vez mando a llamar a unos gitanos que habían llegado por ahí con su circo y les dijo ¡Llévense ese animal… se los regalo!
Lo mismo pasó con el tunco de monte… se lo regalo a mi abuelo… mi mamá y yo se lo llevamos, él nos estaba esperando en su casa en Quezalapa donde vivía en la finca La Bellota… mi abuelo disgustado porque en el camino mordió a mi madre en la pierna, lo puso paradito en una piedra y con el fusilito le metió un balazo en la frente.
El padre era incansable y yo solo anoto lo poco que se… habrá personas que sabrán más de su obra… pues que aumenten lo mío… A mí me da mucho sentimiento que hay cristianos que se mueren entre pompas y atavíos sin haber hecho nada de valor… le ponen el nombre de ellos a una calle, a una cancha de futbol, a una escuela, o a un parque… y tal vez no lo ameriten.
El padre Golón sí que hizo obras, unas de inmediato y muchas a largo plazo, como lo que hizo por los dos muchachos adoptados Fernando y Manuel, quienes crecieron, se fueron y buscaron otra compañía. Para ese entonces el padre trajo, quién sabe de dónde, a un cipote que se llamaba Tomás en coincidencia con la señora que hacía la comida que se llamaba también Tomasa.
Tomás era grandote, tenía como 12 años, era moreno y de complexión fuerte. Lo mandó a la escuela, porque para entonces ya existía, y a puros empujones apenas aprendió a leer y a escribir. El padre lo ponía a barrer y a trapear, pero lo hacía muy mal y a la fuerza… no lo hacía con gusto… solo le gustaba repicar para la misa, pero más que todo a “doblar” cuando había un muerto porque así pasaba largo tiempo encaramado en el campanario… Hasta bastante comida llevaba, dulces y otras golosinas para estar comiendo con otros cipotes que eran de su agrado. A mí me daba mis moquetes… porque estaba chiquito… pero no era del todo malo conmigo porque me dijo un día de tantos: “Te voy a enseñar una cosa” y como no queriendo hacer ruido me llevo a un rinconcito entre dos paredes que hacían esquina… y… con las uñas rascó el suelo… ¡No lo van a creer! Allí tenía el pisto enterrado que se robada de las limosnas… y algo más, pues abría las alcancías de los Santos de la iglesia… yo me quedé estupefacto, con un gran nudo en la garganta y una cosita que me corría por todo el cuerpo que me erizaba los pelos… y esto no terminó aquí… me tomo del brazo otra vez y me llevo a otro rinconcito… movió la tierrita de encima y allí estaban las monedas de todas las denominaciones… Me puse lo mismo… que no podía ni caminar… ¡Estaba tieso!… ¡Idiota! de tal manera que yo no sentía nada a mi alrededor… Así me fui para mi casa y solo oía y veía el mismo episodio de aquellos momentos…esto se repetía pensando… Los bocados de comida de la cena se me atravesaban… y por la noche no podía dormir… por la mañana siguiente lo mismo… y así pasé varios días hasta que al final un día se me vino la idea de robarle a él… la tentación fue tan grande que lo hice… fui… y cuando Tomás no estaba, con una gran tembladera de canillas rasque el hoyito y agarre mis dos puñados … quite las señas… le eche tierrita, como si nada había pasado… Me fui al otro entierro e hice lo mismo… así moviéndome saltadito para no hacer ruido… Otro rato me fui para mi casa emocionado con mi proeza… busque un botecito… lo llené con las monedas y lo enterré atrás de mi casa… ¿Cómo no iba a estar emocionado? si en esa época con dos reales o veinticinco centavos se compraba una chibola o gaseosa con semita donde la niña Chana Ascencio de Carías, diez leche burras donde la niña Refugio de Portillo y un gajo de guineos de donde niña Evita Posada de Arévalo y quizá todavía con el vuelto, se compraba tres helados de leche donde la niña Esterlinda de Arévalo.
Así pasaron muchos días… y lo mío terminó cuando noté que mi entierro de la casa no abundaba… pues mi papá ya se había dado cuenta y además Tomás también ya había cambiado de lugar sus escondites. Cuando mi papá me llevo de las orejas donde el Padre para que explicara mi culpa, solo estaban las señas… Todo se puso color de hormiga cuando el Padre Golón intervino… llamo a Tomás… Lo puso hincado ante su mirada y le sacó la verdad, lo castigó duramente por varios días… le puso tareas difíciles haciéndole sentir que tenía que reparar el daño y algo más… para que tomara conciencia del pecado… A mí no me pusieron castigo porque “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Tomás siguió con el padre haciéndole compañía, ayudándole a los quehaceres diarios y a repicar las campanas.
Yo recuerdo muchos momentos y costumbres del padre, como la comida por ejemplo…y en lo que a mí me concierne, allí comía mucha verdura, especialmente zanahoria con azúcar que no mucho me gustaba. Otro detalle importante eran los vitrales de las ventanas que daban al jardín y que eran de vidrio granulado de diferentes colores… Tan no hace mucho… después que han pasado los años, recibí un estímulo unido a la conciencia en mi paladar al ver unos vidrios que todavía están por allí… al mirar los vidrios, sentí los mismos sabores de las comidas que entonces nos daban, especialmente el de zanahoria con azúcar, que como ya dije, no me gustaba…un fenómeno psíquico relacionado con el Padre y esa época.
Lamentablemente el padre Golón fue trasladado a Chalchuapa … ya bastante viejo y cansado… y Tomás se fue con él. Me contaba mi papá que se fue llorando y muy triste porque junto con su obra dejo sus años mozos, su amor por la gente y también los recuerdos.
Dicen que por allá el Padre ya no fue el mismo… empezó a padecer y Tomás murió de una neumonía… Que mis palabras no le hagan ruido… que en paz descanse… El Padre también murió después y fue llevado a Santa Ana donde lo sepultaron.
Traigo a cuenta este relato porque a veces somos injustos y no le damos el premio a quien se lo merece como el Padre Golón, sino que el premio se lo damos al forastero… el que llena sus arcas y luego se va…
LAZAU