EN UNA NOCHE DE JUEGO

Que mi padre me contó:

Esta historia no es para que te asustés, ni para que ya no hagas los mandados en tu casa. Esto sucedió por ahí en los años veinte, sobre la segunda avenida, de cruz a cruz por donde pasa el santo entierro, específicamente el Barrio San Pedro. En ese entonces ni nomenclatura había, los ranchos estaban relanceados, entre los lotes baldíos hasta se podían comunicar por vereditas con el rancho del vecino. Era raro que en cada predio no hubiera un palo de guayabo, naranja ácida, jocote moche, y una mata de güisquil; todos los “merendujes” que se le echan a la comida también se cosechaban ¡Qué tiempos los de esa época!… todo era natural hasta los servicios sanitarios. Para esa época hasta los coyotes bajaban hasta aquí y… ¡míreme la seña! cuando esto sucedía todos a dormir con las puertas bien trancadas.

Ahí merito donde queda la segunda avenida sur y la sexta calle, como quien va para el cementerio había un enorme jocotón – Ahora vive ahí una familia García – por supuesto en ese entonces no había nada de casas y solo él dominaba el espacio y en su entorno por debajo era una jugadera de chipotes. Ladrón librado era el juego predilecto y una grulla de 15 o 20 no faltaban… se formaban dos bandos, unos policías y otros ladrones, jugando en la oscurana de la noche, las horas pasaban.

Contaba mi papá que una vez llegaron todos y hasta más de la cuenta… jugaron y jugaron, cuando alguien gritó… ¡vean muchachos aquí hay jocotes chancomidos y fresquitos! ¡algún animal raro hay arriba!… ¡Busquemos¡ dijeron todos… y al voltear a ver hacia arriba había un bulto negro “encojoyado” y encogido como no queriendo hacer ruido… de pronto todos lo empezaron a cucar… le tiraron piedras y garrotes; era una mica negra, tan negra como la noche que la parió… la loca se había hecho y quizá pensaba sacar huyendo a los muchachos para que se fueran a dormir a su casita… ¡es una mica jocotera! dijo  Chepe Barahona ¡tiene tamañas patas! dijo Toño Arévalo “Chaflán”… ¡los ojos se le ven colorados! Le dijo Vertín Valladares a mi papá. El Memo Vides que casi no lo dejaban salir porque estaba muy chiquito, ese día estaba ahí, y Chemita Mendoza le advertía… ¡No tengás miedo Choco! ¡Estate ahí! pues estaba temblando metido entre dos piedras grandes que permanecían en la esquina.

Por fin de tantos tetuntazos la mentada mica que saltaba de rama en rama, intentó casi volar a los árboles cercanos, pero no pudo. Los que cargaban “onda” se acababan las piedras. La pobre animala afligida no se podía bajar, y entre más corría el tiempo, más  chillaba. Con todo esto el juego de ladrón librado había terminado y en un descuido ya sin piedras y sin palos, la mica se cayó entre medio de todos e hizo el desparpajo… ¡So mica puta! dijo Vertín, ¡vamos todos tras ella! dijeron todos, y las salieron corriendo como abejas calzoneras y después de tanto correr con la ayuda de la luna, la mica se metió debajo de la puerta ¡rum!… cayeron todos de romplón para ver qué se había hecho. Al ver por debajo y por todas las hendiduras de la puerta se asustaron, porque no esperaban ver lo que vieron: en una mesita pequeña había un vasito chiquito con una veladora que alumbraba, un florerito también pequeño arreglado con hojitas de ruda y variedad de florecitas; pero lo más impresionante fue que frente a esta mesita había una silla que sostenía las ropas al revés y boca abajo, que sin duda eran de la niña Toya Almeida, dueña de la casa, que cuando quería se hacía mica para molestar al barrio.

Cuando los muchachos contaron esto en sus casas los papas también se asustaron y prohibieron a sus hijos ir ahí. Pero como de jugar se trataba siempre asistieron a la cita.

La mica jamás volvió a salir por esos lados.

LAZAU

Publicada: 22/12/2016

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