
A veces vivimos como simples sujetos en esta tierra; jamás nos hemos preguntado quiénes somos, ni por qué estamos aquí, ni con quiénes vivimos, ni desde cuándo; en otras palabras, no nos cuestionamos sobre cuál es nuestra historia.
Lo que les voy a contar no son conjeturas solo mías, sino es lo que mi abuelita me contaba a deshoras de la noche o cuando íbamos por el camino.
Contaba ella, que Apaneca no era como hoy se conoce, y que su nombre original era Apanehecath (Río de Viento); decía que el mayor centro poblacional estuvo detrás del cerrito “Para librarse de las correntadas de viento que por ahí pasaban”, y que se movieron donde hoy está el pueblo, cuando en un invierno copioso se desprendió un pedazo del volcán Chichicastepec (Cerro con hojas que pican), sepultando a todos los moradores de ese lugar llamado hoy en día Tizapa (El nombre original fue Tizapán , porque ahí las aguas estaban retenidas en tiza-y-pan, que significa encima). Testigos de ese suceso fueron las “Piedras Topadas” que desde esa época están ahí.
Se supone que ahí terminó una época en la que se perdieron familias, casas, gallinas, guaxolotes, tuncos, sembradillos y tantas otras pertenencias que los habitantes habían adquirido; además de sus dioses y tantas creencias que también quedaron sepultadas sin poderlas rescatar. Fue así que los sobrevivientes de aquella tragedia espantosa comprendieron que era mejor soportar el viento, que esperar otro desastre igual y decidieron pasarse al lugar donde hoy está el pueblo.
Recuerdo que cuando estaba chiquito iba muchas veces a cortar café a la finca Santa Leticia…y como en esas fincas la extensión es grande, había caminitos o veredas por todos lados; yo pasaba corriendo por uno de ellos jugando de carrito y solía pararme en una piedra puntuda para impulsarme y correr más rápido; creo que aquel desastre llego hasta ahí…
Tan no hace mucho, descubrieron que esa puntita de piedra en la que yo me paraba, era la oreja de un dios que supuestamente aquellos adoraban…Esas piedras las sacaron con tractores potentes y las llevaron a la casona del dueño de la finca… Hoy me pongo a pensar que más adentro en lo profundo de la tierra, hay riquezas que son testigos mudos de nuestra civilización… En fin, lo que estoy tratando de explicar es que lo que mi abuelita me contaba, era verdad.

En otras ocasiones, curiosamente en otras pequeñas fincas de por ahí, encontré infinidad de tiestecitos y pedazos de vasijas que se supone los habitantes ocupaban como tazas, platos, ollas y cántaros, todos hechos de barro; además, encontré figuritas como caras que al parecer eran recuerditos de sus dioses que ellos tenían en sus casas para pedirles favores.
Mi abuelita decía que el terror en los que quedaron vivos fue tan grande, que se mudaron a un lugar más seguro, fue así que Apanehecath está donde está ahora. Ella decía que en aquel entonces nuestros abuelos ya eran inteligentes y que hasta cambiaron sus estrategias para ganarle al mal tiempo, como es el caso de la construcción de las casas que se hacían bajitas, tanto que para entrar en ellas había que agacharse…. Toda esa argucia se hacía para que los grandes ventarrones no les botaran los techos. Me explicaba ella, que se construían de hojas fuertes, más que todo de paja o zacate que ellos mismos cultivaban; las paredes se hacían con baritas y tapaban los portillos o rendijas con lodo; las mesas, que se llamaban tapexcos, y todo lo demás como las camas, estaban hechas de baritas de madera y no eran movibles porque las patas las fijaban al suelo. La comida la guardaban en un tapexco chiquito, que colgaba de las vigas de la casa para protegerla de los ratones, al igual que la carne, que la colgaban en dirección al fuego para que se ahumara.
Así vivieron los Apanecos en esta meseta natural, que no es más que la trompa de un enorme volcán que por el lado sur, sus faldas van a dar al Océano Pacífico. Ahí soportaron el enorme “Río de Vientos”, que según me decía ella, “Era capaz de arrastrarnos varios pasos hasta que encontrábamos un árbol para sujetarnos mientras el chiflón pasaba”.
En esa época las casitas estaban dispersas entre árboles frutales; por supuesto no había calles como hoy, sino caminitos o veredas entre rancho y rancho… Es de imaginarnos que así vivían todos los pueblos Pipiles de la época, con la idiosincrasia de vivir desconociendo cercos y mojones que señalaran sus propiedades, pues todo se hacía en comunidad.
La vida cambió cuando los españoles aparecieron… Mi abuelita me contó que llegaron en forma aparentemente pacífica… inteligentes diría yo, pues era lógico pensar que no eran tan pacíficos, sino lo que evitaron fue el derramamiento de sangre de ambos lados. También me dijo esa vez, que los españoles habían llegado para quedarse, y que enfocaron su conquista en la enseñanza, para de ese modo, educar a nuestros naturales en lo que a ellos les convenía, utilizando los cacicazgos o grupos de familias que, de alguna manera, ya eran entendidos o razonables.
Parece ser que a los españoles les gustó el lugar, por su clima frio y vegetación; sin duda, porque era parecido o mejor al lugar de su origen, porque pronto empezaron a llegar otras familias como los Márquez, los Tobar, los Ascencio, los Mendoza, los Melgar, los Puentes, los Menjivar, los Romanes, los Sigüenza, los Díaz, los Padilla, los Sánchez, los Mata, los Quezada, los Nájera, los Calderón, los Villafuerte, los Arévalo, los Madrid, los Herreras, los Saz, los Olivares, los Flores, y muchas más familias cuyos hijos buscaron parejas, prefiriendo algunas veces a muchachas o muchachos nativos… Así nacimos nosotros entre oscuro y claro… y nos llamaron mestizos. Así las familias se fueron acomodando… y así seguimos… indefinidos todavía.
Establecida la confianza entre nativos y españoles, estos últimos instalaron un gobierno a su gusto, es decir, nombraron a un Gobernador o Alcalde Mayor, que según me dijo mi abuela, el primero fue de apellido Quiñonez, quien se rodeó por supuesto de otros para asumir las diferentes funciones.
Fue entonces que se diseñó el poblado en calles y avenidas, y sus habitantes fueron repartidos en lotes grandes. Lo más importante fue establecer un parque en el centro… al oeste o poniente de éste edificaron la alcaldía; al norte, un caserón que se ocuparía como Iglesia; al este u oriente, pasando la calle principal, quedó un lote grande que servía en aquel entonces para amarrar las bestias de los apanecos que venían de lejos; y finalmente al sur, la casa del Gobernador. Claro está que, en estos lugares señalados, las edificaciones se fueron mejorando y modificando poco a poco. Recuerdo muy bien la Alcaldía que, de estar la misma casa ahora, sería un atractivo turístico; así también la Iglesia, una joya arquitectónica que en 1700 se había logrado terminar, pero que lastimosamente un terremoto la destruyó completamente en el 2001.
Más tarde, el espacio que servía para amarrar los caballos se utilizó para edificar la primera escuela, la cual contaba con cuatro salones: tres para los grados y uno para la oficina de dirección. En esta misma escuela, mirando hacia el parque, se construyó un hermoso portal que, de haberse conservado, también habría sido un atractivo turístico de nuestro pueblo, al igual que la casa del gobernador, también derribada por un terremoto, pues era lujosa, tenía losa, cerámica y otras novedades traídas desde España… Los que pateamos los 60 años y más, nos acordamos de los vestigios de esa casa de gruesas paredes ubicada en la esquina donde hoy vive nuestro buen amigo Julio Tobar.
Mi Abuelita nació en el último tercio de 1800; lo que sus antepasados le contaban de aquella época, no era fácil de olvidar. Ella repetía que lo que hicieron con su familia también lo hicieron con otras, éstas fueron “instruidas” por los recién llegados. Eran varios los cacicazgos, y a cada uno ellos le designaron un apellido español; ella me contaba esas cosas para ilustrarme, me dijo “Yo dependo de dos cacicazgos, mi papá pertenecía a los Arévalo y mi mamá a los Avelar, por eso me llamo Justa Rufina Arévalo Avelar…” Yo cuento lo que estuvo a mi alcance en aquel momento.
En esa misma “treta”, como decía ella, me contaba sobre la llegada de los españoles… Como ya dije antes, llegaron de forma aparentemente pacífica y que se abocaron a la gente pensante para enseñarles lo nuevo que traían… Así fueron enseñando su doctrina, el cristianismo, y su idioma, el español… También su forma de vida y a cómo mejorar sus casas poco a poco.
Mi abuelita era descendiente de dos cacicazgos como ya expliqué; según contaba ella llevaba todos los rasgos físicos de la merita raza nativa, además era inteligente, pues aprendió a leer y escribir, y tocaba instrumentos musicales, especialmente la guitarra y el violín.
Respecto a la familia, contaba ella que cuando joven en su casa eran nueve hermanos: Gregorio, José, Herminia, Jesús, Serafina, María, Francisca, Cornelia y ella, Rufina, quien se casó con Don Toño (Antonio) Saz… Además, estaban su mamá y papá, sumando un total de once miembros. Cada uno tocaba un instrumento musical, y todas las noches después de la tertulia, se ofrecían para sí mismos un pequeño concierto…
Pero lo que quiero destacar es que en aquella época, y quizá en todas, la gente señalaba a las familias con un mote… por lo que era, lo que hacía, o en lo que se destacaba… en el caso de la familia de mi abuela, eran siete mujeres, por lo que les llamaron “Las niñas Arévalos”, conocidas porque hacían varias cosas para vender, desde dulces y pan, hasta adornos y mortajas para muertecitos, también candelas para los muertos grandes, etc…
Pero regresando al tema que nos ocupa, pues parece que estoy perdido en el océano de cosas que quisiera contar, les explicaba que mi abuelita no perdía ocasión para contarme una historieta, por ejemplo, la del por qué San Andrés es el patrono religioso de Apaneca; ella me decía: “Fijate que, a San Andrés, un apóstol humilde, Jesús lo llamó cuando era pescador y pronto se convirtió en un fuerte pilar para la Iglesia y viajó por el mundo predicando la fe… La historia cuenta que fue tan humilde que ni siquiera quiso morir como su Maestro Jesús, y expiró en una cruz en forma de X en tiempos del poderoso Imperio Romano… En Apaneca se quedó para ser nuestro patrón espiritual” ¡Buena terapiada me metió mi Abuela!
Volviendo al tema de los españoles, ella me contó que llegaron para cambiarlo todo; las calles, que en realidad eran veredas, ellos las hicieron anchas; las casas, que eran bajitas y de paja, ellos las hicieron altas, de adobe y teja; el transporte, que se hacía a lomo, fue sustituido por el caballo, los bueyes y la carreta; los dioses, como el sol, la luna y la lluvia representados en ídolos de barro, fueron sustituidos por imágenes de sus Santos… hasta los sacerdotes nativos fueron sustituidos por misioneros católicos que se encargaron de inculcar la fe cristiana. De hecho, me dijo que después de llegar a un territorio, dejaban a un sacerdote para que con la ayuda de la gente construyera edificios para la casa de oración o Iglesia, por lo que no tardaron en necesitar madera… Un día, talando un hermoso árbol a unos 30 metros de donde se había elegido para construir, se encontraron con una hermosa imagen… se trataba de San Andrés… El hallazgo fue sorprendente, y para creer más en esa historia, la imagen actualmente lleva en la espalda la marca de un hachazo que el imprevisto labrador le dio al descubrirlo; desde ese día, a la fuente que abastecía de agua a la población, se le llamo San Andrés. La imagen fue llevada con alegría, bombos y cantos hasta donde hoy está, en la Iglesia… allí quedó como el “Señor”. Quienes conocemos el lugar y la imagen nos quedamos asombrados, más aún, porque en esa época estábamos chiquitos.
Cuenta la leyenda que los moradores se postraron, veneraron y hasta le pidieron perdón por el hachazo que le dieron al momento del hallazgo. Desde entonces, está en el altar mayor de la Iglesia, haciéndole milagros o “volados” en nombre de Jesús cuando así se le pide. A él le pedimos también consuelo, esperanza, entereza y tanto cuando necesitemos.
Esos tiempos sí que eran maravillosos. Contaba mi abuelita que las familias vivían dispersas; en cada manzana de tierra asignada para vivir, había una y a veces hasta cuatro familias; en las casas con grandes patios se cultivaba lo necesario para la comida… no faltaba el jocotón, el naranjo y varios palos de guayabo a escoger… pero también había un espacio grandecito de terreno con una superficie dura donde se amontonaba el maíz y aporreaba el frijol… también había gallinas y tuncos sueltos por todas partes. Algo que lamentaríamos hoy en día, es que en aquella época la gente estaba acostumbrada a no tener servicios sanitarios – como los conocemos hoy – sino que las necesidades básicas se hacían al aire libre.
Quiero destacar que la tenencia de la tierra casi era pareja, cada quien tenía donde cultivar maíz, frijol, frutas, caña de azúcar y más… Estaban también las tierras comunales que eran administradas por la Alcaldía y la Iglesia… “Todo era florido”, me decía mi abuelita, “Había que celebrar la abundancia” y… es así como a finales de noviembre de cada año se le daba gracias a Dios por la cosecha y a San Andrés por interceder… Es así como nacen las fiestas patronales de Apaneca, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.
Vale la pena destacar que aquella época era de abundancia y que ahora es de escasez, pues a veces no tenemos ni para montar a las “ruedas” en las fiestas a los cipotes, ni para comprar una tusada de pasteles Estebana.
Todo lo que antes se hacía durante esos festejos tenía razón de ser… Porque hasta los tamales y la chicha, debían ser hechos con masa nacida acá en el terruño… Las guitarras elaboradas en el pueblo y los músicos también debían ser nacidos aquí… En las carreras de caballos, que las bestias y los jinetes hubieran nacido en esta zona, era igualmente importante.
Algo que se me quedaba en el tintero y que en una ocasión pregunte a mi abuelita fue: ¿Es cierto que los españoles eran malos y que mataban a nuestros nativos? ella me contesto: “No podemos hablar tan mal de los españoles que vinieron acá… porque quizá no todos fueron malos, y a esta fecha todos estamos requete revueltos; los blancos poco a poco se fueron revolviendo con los canelitos y el resultado fuimos nosotros”.
Yo de curioso, le pregunté en otra ocasión sobre el exterminio de nuestros nativos, ella sobándome la cabeza me dijo: “Claro que sí hubieron algunos malos, pero esos no pudieron vivir entre nosotros y se fueron; los buenos se quedaron” y volvió a poner el ejemplo de ella misma: “Mira yo, hija de dos nativos, me casé con un español, Antonio, hijo de dos españoles que vinieron acá; así aparecieron ustedes en esta tierra; y por eso también ustedes unos salen cheles y otros negruzcos”.
El exterminio aquí sí existió entre todos aquellos que se “portaban mal” y no se sometían a su ley; pero también hubo otra forma de exterminio, el de aquellos que poco a poco perdieron sus territorios y empezaron a sufrir al convertirse en asalariados dentro de su propia tierra, porque los españoles se apropiaron de ellas; además, los ibéricos no eran sanos del todo, ellos trajeron muchas enfermedades que mataron a nuestros nativos… Desde entonces nosotros seguimos luchando contra esas enfermedades.
LAZAU
Muy bonita reseña historica de como nuestros antepasados lograron adaptarse a los profundos cambios culturales para poder sobrevivir y estar de pie hasta estas fechas.
Fernando Saz
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Gracias hijo por leer mis narraciones y darme tu opinión, es muy valiosa para mi.
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Vaĺiosa historia, que nos hace reconstruir nuestro pasado, si todos la conocieramos, seria genial. Gracias don Carlos.
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