Los recuerdos de una vida

Para que no queden olvidados algunos hechos históricos que vivimos los apanecos y que nos hicieron crecer culturalmente, si es que se le puede llamar “crecer” hasta donde estamos ahora; porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me acuerdo de algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo lo haría con gusto, pues fueron bonitas experiencias en lugares que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a la meseta de Apanehecath, una de las primeras preocupaciones fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así, porque parece ser que ahí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba; los lugareños ya tenían conocimiento que en Sonsonate, Acajutla e Izalco, los españoles se habían establecido por la fuerza, y que a lo mejor lo más sabio era esperarlos y de alguna manera entenderse, para no chocar contra “esa raza” y salir perdiendo.

Según me contaron mis abuelas, a la zona de Apanehecath llegaron fuertes y con ganas de matar, pero enseguida notaron que comunicarse y entenderse era posible, pues la organización social se los permitía; ellas me dijeron que ya había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron. Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos de que aquí encontraron un clima agradable para vivir, mejor o igual que el de su lugar de origen. Empezaron diseñando una ciudad de calles amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén en su forma original, merecen ser recordados.

Las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse, para tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos y aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos bien claros metidos entre ceja y ceja. Ellos organizaron y construyeron, y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad que para bien o para mal somos nosotros ahora; porque eso sí, característica loable de los españoles fue que los que llegaron solos no tuvieron reparo en formar familia con las nativas, y no precisamente para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto, no soportó la influencia de los europeos recién llegados. Mis abuelitas me contaban durante largas horas sobre cómo fueron introduciendo poco a poco su cultura. Al parecer, algunos señores traían desde Guatemala maestros que enseñaban varias cosas a todos los de la casa; el que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… Un maestro, pasaba por varias casas y con el tiempo se iba; a los meses, aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que le eran útiles a la gente; luego aparecía otro que enseñaba oficios como la carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería, y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura, no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra; además, nuestros nativos, como los llamaban ya en esa época, ya conocían ese oficio, solo hubo que aumentarla y perfeccionarla. En cuanto a la ganadería, eso sí fue de lo mejor que nos trajeron, porque nos dieron a probar la leche y el quesito; nos trajeron también los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante que introdujeron, porque nuestra raza no conocía el uso de la rueda, las cosas en aquella época se transportaban en el “lomo”. Todo esto contribuyó grandemente a enriquecer la cultura de la zona.

Las tierras para el cultivo, las más cercanas fueron para los señores, seguido por los ejidos y tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según si la cosecha estuvo buena o mala, aunque con eso de la movilidad social y económica, y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra, y por ende la estructura social, fue cambiando hacia la equidad, en donde todos tenían donde vivir y de qué vivir.

Como dije antes, los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza: la mestiza. De lo que no hay indicios en Apaneca es que haya habido esclavos, solamente hubo sirvientes, pero estos eran libres, algo que facilitó la convivencia social; pero como decía mi Abuelita, fue “con mucho conformismo”, a lo mejor porque “todo anduvo bien”; sin embargo, si analizamos y comparamos en la actualidad, los hechos nos dicen otra cosa.

Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos de una época anterior a la mía que valen la pena recordar y que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto en esos tiempos había reglas claras de conducta. En esa época, un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando… y mucho menos meterse en la plática…  ¡Ay mamá si esto sucedía! al irse la visita le tocaba “riata”, plantón con las manos arriba, o hincado en arena o maicillo… Mucho peor era desobedecer o contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… Todos los castigos eran duros, pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. En los años que yo crecí, allá por los cuarentas, todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo, algo había, pues también la niñez poco a poco iba cambiando sus cánones de vida, y en esto la escuela y la religión tuvieron mucho que ver.

LA ESCUELA Y LA RELIGIÓN

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo XX, allá por el mil novecientos… En esa época solo había un grado, un maestro y una casa improvisada – más bien era una ramada – en el predio frente al costado oriente del parque, donde también se amarraban a las bestias de las personas que venían de lejos a hacer algún cumplido al pueblo… ahí merito donde hoy es el Mercado Municipal.

En ese entonces los niños no pasaban de grado, sino que aquellos que aprendían a leer y escribir pronto, ayudaban al maestro con otros que no podían o que se cansaban; en aquellos tiempos también, los alumnos que se consideraban preparados ya no llegaban, de hecho, los alumnos eran poquitos y un tanto “grandecitos”.

Mi abuelo paterno que fue policía municipal toda la vida, me contaba muchas cosas importantes, tal es el caso de sus atribuciones laborales, que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque; también acarrear a “bolos” que caían por allí en la calle para meterlos en la cárcel; también acarreaba a los cipotes que no querían ir a la escuela y que vagaban por el pueblo.

Ño Irene se llamaba el policía, que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga de toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: Un día se topó con uno de esos cipotes traviesos, y que de paso era su sobrino; a éste su mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene al verlo pensó que andaba de vago y que no quería ir a la escuela… entonces lo tomo del brazo, pero el niño se le forcejeo y se soltó… y salió corriendo; el policía entonces fue detrás queriendo alcanzarlo con la “verga de toro”, pero el cipote logró entrar a su casa… entonces uno de los vergazos que había lanzado cayó en el quicio de la puerta… y va y su prima hermana que sale reclamándole “A mi hijo no te lo llevás Irene, ya bien sabés que de escribido y de leido no se come, así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando, pues eso le había ocurrido cientos de veces, ese no había sido el único caso, porque él mismo no sabía leer, pero sí sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público que se pone en marcha, hay oposición de algún sector… con la escuelita la hubo, y fueron en este caso, las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias, pues ahí donde era una especie de terminal de caballos iban a construirla; hasta venta de guatera había, para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado… Pero esta oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del General Francisco Menéndez; en ese momento, se construyeron cuatro salones grandes de paredes anchas de adobe y con corredores prolongados a ambos lados… Bellísimo se veía el portal que quedaba frente al parque, pues lo construyeron con pilares rollizos y adornados; el otro portal que quedaba al interior fue utilizado para usos múltiples y para el tiempo de recreo de los alumnos. Ahora sí era una escuela formal con tres salones para los tres grados y sus tres maestros; el cuarto salón servía para la dirección…. Esto significó que la educación ya había avanzado, aunque la rigidez siempre existió, pues la dureza de los maestros compaginaba con la dureza de los papás en las casas… Les voy a contar qué sucedió una vez en la vecindad de los apanecos.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir, con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos, como a cuatro kilómetros en la cercanía de El Rosario; allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudándole en la tapisca del grano del maíz. Don Evaristo tenía un hijo, al que esperaba todos los medios días a que saliera de la escuela para que llevara el almuerzo a los trabajadores de El Rosario… Cuando llegó el hijo, que se llamaba Manuel, le dijo: “Hijo, ensillá la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres”, “Bueno Pa” contesto. El muchacho trajo la yegua, la ensilló y se montó en ella llevando el almuerzo consigo; la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino, pero al llegar al pueblo en vez de agarrar para El Rosario, fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una “pacha” con tesón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la aldea con el almuerzo de vuelta y le dijo a su papá: “Fíjese que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo” … “¡Hay hijo que jodida!” dijo Don Evaristo … Y caminando hacia dentro de la casa, agrego: “Ya vas a ver hijo mío que la yegüita sí va querer hacer el mandado…”  Al volver Don Evaristo, venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con un nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRRAASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores de El Rosario. Queda para discusión si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua. Esas eran otras formas de educar a la juventud en aquellos tiempos.

En cuanto a la religión, la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que no hubo cura que pasara por aquí, que no enseñara a grupos de personas a leer y escribir a la par del evangelio; además, enseñaban música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y con las mismas virtudes indígenas. Él siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada, ni siquiera radios, y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal era envidiable; en ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: El Angelus.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (Pinn, pinn, pinn… etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido, el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (Pann, pann, pann…etc.) y a continuación venía el repique… en ese instante toda la gente caía hincada dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El ángel del Señor anunció a María

y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

Amén.

A medida que fuimos más los habitantes del pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí, en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el Ángelus lo hacía de pie o caminando y en silencio… mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como regañándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos”. A buen entendedor pocas palabras.

En las casas, las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar donde eran siete mujeres que, dicho sea de paso, eran mis coabuelitas, por eso algunas veces estuve ahí. Ese día estaban reunidas por un motivo familiar, los hombres no estaban. Estaban en su tertulia “para que les bajara la comida” como ellas decían, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia, todas cayeron hincadas en el tabique para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús las buenas cosas que habían disfrutado, y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado de gente. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole “Buenos días le de Dios”; tan solo unos pocos años después, se decía solo “Buenos días”; y ahora hemos llegado ya a solo decir “Buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

LAS CASAS

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, con los rasgos materiales pasa lo mismo, por ejemplo, las calles y las casas que son la cara de un pueblo. Voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto por la imaginación, con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de aquellos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII, pues yo conocí los vestigios; se notaba que eran opulentas y que, si ahora ya no están, es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Av. y al costado sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez, que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya nunca volvieron…Algún comentario me hicieron mis abuelos, dijeron que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real que lleva al Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra casa grande que todavía se podía ver los muros, vigas, tejas caídas, las puertas y ventanas viejas, podridas, todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que los que vivieron ahí fueron de apellido Quezada. Dicen que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y, por ende, su posición social; mi abuelita me contaba que el señor que vivió allí, le interesaba mucho cuidar la apariencia y que el caballo que montaba para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tiene sus ironías, a mi abuela y a mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la 1ª Avenida Norte – que al día de hoy ya no está – o sea al tope donde comienza el “camino chiquito”. Él nunca me contesto, pero mi abuela un tanto esquiva me dijo “Ahí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad porque uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la ganó; por eso Antonio se hace el sordo… por eso ya no le preguntés… porque él y todos los Saz ahí nacieron y le da mucho sentimiento al recordar…Más tarde cuando se cumplieron los plazos para pagar la deuda, le embargaron la casa y tuvieron que irse de ahí… En ese entonces – agregó – el candidato pagaba los gastos de su campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la 2ª Av. Sur y final de la 5ª Calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta, fue una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madera, unas polainas de montar y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo estaba viejo, propio para un museo y lleno de polvo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la Mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que a día de hoy sigue ahí y que, dicho sea de paso, el Gobierno Municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo, conservarlo y convertirlo en parque para los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, y como a este señor le gustaba el trago y la fiesta traía amigos y amigas, y para amenizar mandaba a traer una marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; por ejemplo los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos mezclada con la de nuestros aborígenes, la genética y la movilidad social, hicieron su trabajo, y no muy tarde, los habíamos de todos los colores.

Como ya expliqué en otros apuntes, a cada cacicazgo, del mismo modo que los obligaron a no usar caites y otros arraigos, también los obligaron a quitarse su nombre original para llevar uno de origen español, el que aparecía indicado en el almanaque el día de su nacimiento, siempre en memoria de algún Santo como era la costumbre en la religión cristiana, de ese trabajo se encargaban los misioneros de la época… Por ejemplo, una mujer que se llamaba Flor de Loto, se llamaría Juana, porque había nacido el día de San Juan; luego se le ponía el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque llevan y me traen a donde quiero ir y venir”; igual pienso, que las calles de los pueblos son importantes porque permiten caminar y movernos a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver las casas y las calles como antes, pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de conservar tan siquiera un pedacito que muestre la parte de la historia y del momento aquel que vivimos.

LAS CALLES

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas y en el centro había un canal donde corrían las aguas lluvias porque en esos tiempos no había alcantarillas… las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos. Yo añoro esa época porque cuando salíamos de la escuela, alistábamos los cuchillos “deserbadores” – o deshierbados pues – que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos al deshierbar… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no, porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar. Entre más empedrados enmontados había, más contentos nos poníamos los cipotes.

Yéndonos a otros beneficios de esta actividad, considero yo, que aparte de la ganancia en dinero que obteníamos, también desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de las herramientas, la voluntad y el buen gusto, algo que no debía faltar en la presentación de un trabajo, pues al finalizar había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el “topón” o por el dueño que nos estaba pagando…

Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y en el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejarán mentir en este relato, como Paco y Gerardo Márquez, o Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

LA MONEDA

Algunos se preguntarán qué tan viejos son los apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto, pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas; como es el caso de la moneda de aquella época que, así como hoy que nos cambiaron el uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos nos esta costado mucho sacrificio; también a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente a usar el colón, cuando ya ellos estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia.

Nosotros conocimos a nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y otros menjurjes, comían diez personas de una misma familia… Cuatro reales eran 0.50 ctvs. de colón y ahora serian 0.057 ctvs. de dólar, pero redondeando se hacen 0.06 ctvs. En esa época mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes, dinero que equivalía a 0.25 ctvs. de colón, que ahora serian 0.0286 ctvs. de dólar, cantidad que si la redondeamos resultaríamos 0.03 ctvs. de dólar. Entonces un real, valía 0.125 ctvs. de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 ctvs. de colón, es decir, al revés de como hoy en día se redondea; en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas a 0.06 ctvs. de colón o un cuartillo de caramelos a solo 0.03 ctvs., a esta última moneda le decíamos “cuis”, me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas; al igual que como hoy llamamos “cora” a la moneda de 0.25 ctvs. de dólar. Había otras monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio y que pertenecían a la época de la dominación española; como éstas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me contó un día, que cuando él estaba chiquito no había monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… así, cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… Yo conocí una de esas monedas ya bien gastada por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; las había de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”.

BOLAS DE LUZ

En aquella época remota no había bancos donde depositar el dinero como hoy; la gente para guardar sus ahorros recurría a cualquier subterfugio que podía imaginar; algunos metían el “pisto” protegido por una bolsita hecha de costal entre mazorcas de maíz; otros haciendo un hoyo en la pared y simulaban el tapón con una piedra; algunos también enterraban una botija de barro en algún lugar de sus patios… y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en los que la inocencia tenía un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas, que hasta cierto punto tenían razón de ser. Decían que cuando alguien escarbaba en una casa vieja o se botaban paredes, tenía mucho cuidado porque se podía encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que, en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente todos estaban dormidos, salió una luz en el patio; se conocía que si la luz que aparecía era roja era porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … El señor dueño de la casa se puso en vigía… Todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frío y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo y se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que ésta agarró la esquina de la cobija que llevaba encima; cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó un grito de terror y no pudo hablar más, ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron ahí, lo limpiaron, y lo medicaron con ruda y alcohol… Le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó… Poco a poco fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1, 2, 5, 10, 25, 50 y 100 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03 ctvs.; de níquel eran las de a 0.05 y 0.10 ctvs.; las de a 0.25, que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 ctvs. de los Estados Unidos, sin duda prestadas o compradas por el Gobierno de la época cuando el dólar equivalía 2.50 de colón, éstas despertaron gran interés en la gente por ahorrarlas porque en aquel entonces eran de plata y la gente se entusiasmaba por llenar poco a poco su tunquito de barro.  No faltó el vulgo que les llamó “pesetas” o “chimbimbas”. Éstas eran escogidas por los padrinos de los novios en una boda pues tenían que dar las “jarras”, o monedas suertudas, para que la riqueza prevalezca en las labores de la nueva pareja… Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargaría a la familia.

LOS BANDOS MUNICIPALES

No quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito de cuando por estos lados no existían otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las Leyes y Decretos Municipales que, aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión la pongo en la forma cómo los munícipes le hacían llegar a la gente los edictos y ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que ya desapareció y solo está en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la Alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando en el pueblo, aventaban las herramientas y se iban a encontrarlo… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla, también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Junto al tambor que hacía el llamado, iba también el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho sea de paso era mi padrino (que me disculpen por meter a mi familia), el policía municipal y mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos otros munícipes; como principal, iba también el alcalde Don Víctor Tobar. Al llegar a la primera esquina formada entre la 4ª Calle Poniente y la 1ª Av. Sur, se aglutinaba el montón de gente para escuchar. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa eran Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas, esta última, solo levantaba la cortina de la ventana.

Cuando el secretario buscaba la mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venía un silencio profundo, y Lacho Solano y la policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal, etc, etc… Acuerda, etc., etc., etc.” y comenzaba cada quien a retenerlo todo, cada uno retenía lo que le correspondía. Algún edicto que yo recuerdo es que debía mantener a mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… O el que, por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… O aquel que, porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás a hervir el agua para tomar… También uno que, como iba a haber una visita del Señor Gobernador Departamental, había que deshierbar y limpias las calles… U otro que recordaba a los del pueblo que ya era tiempo de que pagaran los impuestos municipales, porque el dinero que había ya no alcanzaba para terminar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída… que fue a las tantas horas del día tal…” y salía de nuevo la comitiva para la otra esquina al compás del pon-pon-ponte, pon-pon-ponte de Lacho y su tambor. En la esquina que estaba formada por la 4ª Calle Oriente y Av. 15 de abril Sur, la gente escuchaba desde el quicio de la puerta… bueno, solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar, porque las otras casas estaban sordas y mudas, o sea que siempre estaban deshabitadas. Al terminar aquí el “bando” arrancaba de nuevo y cada vez se hacía más gente alrededor…

Yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Av. 15 de abril Norte y la 3ª calle Oriente, desde donde el señor secretario se colocaba en la acera más alta, la que era, o es todavía, de Don Rodolfo Artero… y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la esquina opuesta solo había un tapial, el de la casa de Don Alejandro Artero; en la otra esquina, Don Román Villafuerte escuchaba desde su casa; y la opuesta a la de Don Román, estaba la casa de Don Rafael Puente Luna.

Terminada la lectura, el “bando” salía sobre la 3ª Calle para llegar a la 1ª Av. Norte, en esa esquina donde antes había un molino y que fue manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura. En la esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio (a quien cariñosamente le decían “Pachuco”) y en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la comitiva municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la Alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios… Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores, y si los digo es porque es la única fuente que conozco; no pretendo exaltar la figura de nadie, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU

Deja un comentario