
Hace más de medio siglo le preguntaba yo a mi papá que cómo habían hecho el reloj y él me contestaba: “Ahora estoy trabajando, esperate que tenga tiempo”. A los días volvía a preguntarle “Papá dígame por favor ¿Quién hizo el reloj grandote que está en la Alcaldía?” Yo recuerdo que mi inquietud era enorme y era porque una vez que habían dejado la puertecita de la torre antigua abierta, ahí donde originalmente estuvo el reloj, me asomé…entré… y vi para arriba; vi en la inmensidad una campana y un voladal de hierro que se movían solos, y vi unas cuerdas metálicas que se estiraban y se encogían. De ahí mi inquietud de que mi padre no pudiera contestarme, él siempre estaba ocupado en su oficio y no podía sentarse conmigo a conversar… Tendría yo unos ocho años.
Un día de tantos, después de preguntar me dijo: “Vaya pues, te voy a contar”, entonces nos acomodamos por ahí… Quizá él ya había pensado cómo contestar a mi pregunta necia y que tanto trabajo le costaba, que cuando la tuvo lista la soltó… “Fijate que una vez llegó al pueblo un hombre desconocido que a saber qué había hecho de malo porque andaba mal vestido y mal encarado. La noticia del forastero creció cada vez más en el pueblo; la gente al sospechar de él hizo la bulla y las chismosas que no faltan contagiaron a las autoridades y lo empezaron a perseguir… Como el mentado hombre era astuto se fue huyendo, pero allá por Los Tablones, ya llegando a Ataco, le dieron alcance y lo capturaron, lo trajeron a Apaneca y lo echaron preso en una cárcel hedionda que estaba contiguo a esa torre que te tiene intrigado… y pasaron los días… y el pobre hombre seguía ahí solo con su gran imaginación. Empezó sin duda a pensar cómo hacer para escaparse y… como las autoridades empezaron a sospechar… le dijeron: “Mirá, cada hora que pase, vas a venir aquí y le vas a dar con este mazo de hierro a esta Campana” el hombre aceptó y como la cárcel también servía como bodega, ahí había láminas, pedazos de hierro y alambres, hasta algunos hilos de acero había… pero también había herramientas como tenazas, martillo, entre otras cosas.
El hombre ni ‘cuto’ ni perezoso empezó su tarea… Cada hora iba a dar el campanazo, pero al mismo tiempo cortaba lamina y alambre… Solo él sabía cómo enrolló las láminas y cómo las amarró con hilos de alambre al mismo tiempo que ajustaba el aparato, e hizo que a cada hora el badajo de plomo golpeara la campana… Así, al mismo tiempo que armaba el aparato, también hacía un hoyo en la pared trasera…Cuando lo hubo armado totalmente y había funcionado unas 12 horas, el hombre saltó de la cárcel por el lado del poste y se fue”.
El poste era un espacio que había atrás del edificio de la alcaldía y las cárceles, en donde se encerraba a los semovientes que andaban sueltos y ambulantes en el pueblo haciéndole daño a los sembradíos de la gente. Todo esto que cuento según mi papá, tuvo como escenario el espacio que hoy ocupa la Escuela General Francisco Menéndez y el Kinder.
Las autoridades oían los campanazos y decían: ¡Ahí está el preso! Pero a la mañana siguiente la campana dejo de sonar… entonces dijeron ¡Quizá el hombre se murió! y corrieron a abrir la cárcel… ahí lo único que encontraron fue el enredijo metálico, la campana y la hediondez… ¡Se había inventado el primer reloj!” me dijo mi papá … y yo como estaba chiquito creí que el reloj que estaba allí en la torre y que yo había visto antes era el mismo. Así es como terminó mi fregadera ¡Qué gran mentirota la que me conto mi papá! pero yo me quede contento.
A quienes quiero señalar sin disculpas es a los alcaldes, que por querer sobresalir o para que la gente diga que algo hizo, destruyen todo lo que los anteriores a ellos hicieron, sin dejar rastros para la historia, sin darse cuenta también que un pueblo necesita de testigos mudos de su propia existencia.
Ahí donde hoy en día está el parque, al este o al poniente donde ahora está la escuela y el kínder, antiguamente estuvo la alcaldía con todos sus menesteres; la torre, que fue mi inquietud, las cárceles y el poste estaban atrás.
La alcaldía era una casa grande de paredes gruesas hechas de adobe como muchas del pueblo, con sus compartimientos para el archivo municipal, el recibidor del alcalde y la sala grande para atención al público. Pero lo que no se borra de mi memoria es el portalito que servía para todo; ahí se ponía la marimba o la banda para los conciertos mientras la gente circulaba por el parque; ahí se hacían los velatorios cuando algún cristiano se moría y no tenía donde; ahí se leían las ordenanzas municipales a grandes gritos cuando había mucha gente reunida en el parque; por último, era una sala de espera, baile y hospedaje para personas que viajaban en romería y les cogía la noche ahí.
A continuación, estaba la gran torre del reloj incrustado en la casona y se salía un gran pocote hasta casi cerca del parque; la base era cuadradota como de diez a doce metros de lado, equivalente a 144 metros cuadrados ¡Era enorme!, la siguiente era más pequeña, y así sucesivamente hasta llegar a la última, una pieza como cúpula que quizá tendría unos tres metros de lado, con pequeñas ventanitas alrededor para respirar. De lejos la torre se veía como un montón de sombreros cuadrados superpuestos como las torres chinas. La torre de la que hablo, toda estaba construida de lámina fuerte, tenía estampada cada pieza en las orillas de tal manera que una encajaba con la otra. La armazón era de madera fina, lo que permitía que las golondrinas anidaran cuando era tarde y estaba a punto de caer la noche; era una belleza ver y oír el ruido que todas hacían volando antes ir a dormir.
La carátula del reloj lucía imponente con sus números romanos frente al parque. Lo más impresionante es recordar que casi nadie tenía reloj en el pueblo, por lo que todos hacíamos silencio al primer bolillazo… era contarlos y saber la hora… ya estábamos acostumbrados a eso y después nos hizo falta.
Siguiendo con mi relato, a continuación del reloj estaba la cárcel de hombres y mujeres; la de los hombres era horrorosa, un solo salón y un escusado con una hediondez insoportable. Las paredes negras con mil recuerdos y unas pinturas obscenas, desde tecolotes, muertes y diablos hasta siluetas de hombres y mujeres en un mal estado; tenía una puerta también con cuartones de madera dura entrecruzada que no permitía entrar la luz ni mucho menor el aire. Creo que el preso que por allí pasaba salía arrepentido y reformado. La cárcel para las mujeres, era de baritas de madera que más parecía una jaula para pajaritos y solo se usaban para un rato, como quien dice solo para asustarlas, y más que todo cuando había pleitos entre mujeres. Yo nunca vi a una mujer formalmente presa, pero sé, que en esas sí entraba la luz; quizá la habían hecho para prever la gravedad de los pleitos a cantarasos que las mujeres armaban casi a diario.
Algo muy importante y notable en esa época fue el poste, que consistía en un predio baldío o con zacate natural y unos cuantos arbolitos de chilamate, con su ramaje redondito en forma de tortilla servía para defender a los animales del sol. Éste no era más que la cárcel del ganado que quedaba atrás de la alcaldía sobre la 3ª Av. donde hoy día está el kínder. Para entonces, la calle Francisco Menéndez continuaba después del parque hacia el poniente. Cualquier vaca de don fulano que se salía de su potrero y perjudicaba las pertenencias de don zutano, iba a parar al poste. He allí la importancia, porque esos centavitos de las multas iban directamente a parar a la bolsita del Alcalde… En esos tiempos había mucho ganado y no tanto vehículo con motor, por lo que los caballos y los bueyes era el mejor transporte de tiro y de carga. La gente tenía también sus vaquitas en casa para obtener su leche y burros para acarrear la leña y de más.
El último Alcalde que estuvo en ese edificio antiguo fue Don Guillermo Salas, pero también él fue el primero en estrenar la nueva alcaldía.
Cuando destruyeron la torre, toda la gente fue a traer su lata; mi papá también fue a traer la suya, la que yo conservo un pedacito aún. La maquinaria del reloj antiguo la trasladaron a la alcaldía nueva, ahí la pusieron en la torre, pero no volvió a funcionar.
LAZAU