
La historia de un pueblo la hacen las personas que lo habitan, buenas o malas, sus acciones son necesarias para puntualizar fechas y lugares. Aquí en Apaneca allá por los años 40s conocí, así de “erreojos”, a un señor con muchos misterios, o no sé si llamarle sabiduría, porque a pesar de que vivía entre nosotros tenía su forma particular de vivir.
Él era un hombre alto como de 1.90 metros de altura; su tez era blanca, al parecer no “revuelto” como nosotros; su cabeza estaba pelona, solo con algunos pelos en forma de aparejo sobre las orejas; los brazos, con bellos blancos no muy abundantes y un tanto pecosos; los ojos, medio recuerdo, parece que eran color café; la cara era redonda y bien hecha, con poco pelo en la barba porque quizá se la quitaba. Vestía con unos pantalones grandotes, sostenidos por un cincho ancho y viejo para abrazar la enorme barrigota, pero que hacía juego con su altura; la camisa también era grande, lo suficiente para envolver tamaña caja, y con las mangas arrolladas hasta los codos para evitar el estorbo; los zapatos lo mismo, eran grandotes, aunque casi siempre usaba sandalias que quizá el mismo fabricaba.
Lo que más quiero destacar, es su forma de vivir y su conducta… Y no he dicho hasta aquí su nombre para que mis lectores traten de adivinar de quien se trata, pues muchos que disfrutaron de esos años lo conocieron.
Vivía en una casa diferente al resto del pueblo, por eso es que despertaba la atención y la curiosidad de todos; era pequeña, pero con todos sus compartimientos necesarios; todo eso invitaba a concluir que este señor venía de otra cultura. Las paredes exteriores estaban construidas de abobe y las de dentro eran de bahareque, todas sin repellar, invadidas por los “shicos” o abejorros que en aras de sobrevivir – pues éstos no pueden vivir en casas repelladas porque son muy duras y no son de tierra – habitaban todas las paredes. En la segunda planta, que daba hacia el patio con horcones de madera de puro guachipilín había hecho su cuarto dormitorio, en donde además guardaba la comida; tenía el piso de madera y el techo era de tejas sostenidas con varitas; siempre en ese mismo lado tenía la cocina y el comedor con todas las cosas que se necesitan, desde ollas, platos, tasas, sartenes y morteros para machucar los frijoles. Al otro lado, el que daba a la calle, había dejado un pequeño cuartito que le alquilaba a Don Camilo “Mosco”, éste también fue un hombre con costumbres especiales, pero para pervertir, porque en ese cuartito hacía las de “Juan Tenorio” y como toda la vida fue cantinero, también vendía licor y cigarros en tiempos en los que la cantina estaba cerrada. Que yo sepa a nadie más le alquiló ese espacio. En el resto de la casita, que sería la sala grande, la ocupaba para ejercer su oficio de barbero que, aunque muy pocos clientes tenia, ahí tenía su sillón todo viejo y ajustado cumpliendo con su función. Cuando algún papá llevaba a la fuerza a su hijo, porque era el barbero más barato del pueblo, debían estar allí para que no se lo fuera a dejar todo “chejaciado”, por supuesto por eso es que los grandes no llegábamos… porque nos daba miedo.
En el patio tenía sembrado de todo, desde hierba buena y culantro, hasta güisquiles que ocupaba en su dieta diaria; además cultivaba hortalizas y frutas que a veces vendía al vecindario, como limones, naranjos, jocotes, guayabas, duraznos y más. Allí en ese mismo patio debajo de un ranchito poseía una piedra de moler en dos horquetas de madera, además de un horno pequeño de lodo para coser el pan y una cocina, también de lodo, que la gente llamaba hornilla y que le servía para coser las tortillas, las sopas, te de naranja, el café, etc.
Hasta aquí no se si ya identificaron al personaje al que me refiero, pues bastantes pistas he dado; sin embargo, con lo que a continuación narraré, la curiosidad será saciada… Este señor nunca fue al campo a trabajar como todos, ni tampoco al pueblo para ganar un diezmo, y a la iglesia mucho menos; tampoco anduvo alquilando una casa ajena para vivir, ni le dio problemas a nadie con su forma de vivir. Vivió solo, sin mujer y sin hijos, y sin ningún otro familiar que sepamos; siempre evitó la fatiga, porque nunca se molestó en ir al campo a traer un tercio de leña, eso sí, todos los días recogía las astillas y pedacitos de palo que rodaban por las calles para hacer su fuego y cocinar. En las calles por las que él pasaba no quedaba ni un solo olote. Siempre usó una gran cubeta que llenaba con cosas que recogía en la calle con un agarrador de brazas que había hecho de lata para no tocar las cosas directamente, porque él se cuidaba las manos de cualquier hediondez y contagio.
En esta época le enseñaban a uno en la casa, y en la escuela aún con mayor ahínco, que a los mayores había que respetarlos; pero en este caso que les voy a contar a los cipotes se les olvidó, y cuando este señor iba con sus instrumentos por ahí recogiendo su leña, le salían en “gruya” y le gritaban: ¡Don Daniel hermosa! Y él enojado, zapateando a veces les contestaba: ¡Aquí está tu hermosa hijos de la gran puta! llevándose la mano a la bragueta al mismo tiempo que gesticulaba… Entonces todos salían corriendo carcajeándose… porque habían enojado al pobre viejo. Algunos amigos míos y que son de mi edad, podrán contarles mejor de aquellos hechos o sucesos… Don Daniel seguía haciendo su tarea, pero al rato se topaba con otra gruya de cipotes que hacían lo mismo… esto generalmente sucedía cuando salíamos de la escuela… Don Daniel Hidalgo era único, porque a pesar de todo lo que le pasaba, regresaba a su casa a cocinar.
Decía el vecindario que muchas veces le regalaron el pozol que quedaba después de sacar la agüita del elote para hacer atol, él lo revolvía con guineo verde y se echaba unas tortillitas propias para su dieta; éste es un ejemplo de cómo se las ingeniaba el señor. Dicen también que los güisquiles los hacia picaditos, los cocía y revueltos con azúcar hacia su propio manjar. También cocía sus frijoles dicen, los machucaba en una especie de mortero, los revolvía con dulce de panela y ahí estaba otro platillo original.
Don Daniel, que nadie sabe de dónde vino, vivió allí en su casita modesta, pero con plante, aunque cargada de “shicos” que lo cuidaban porque nadie podía acercarse a la puerta sin precaución; estaba ubicada en la 2ª Av. Sur, entre la calle Francisco Menéndez y la 2ª calle Oriente, exactamente donde hoy está una casa que pertenece a Doña Juanita Girón de Arévalo. Contiguo a él vivía una señora que se llamaba Tina Luna y que muchas cosas que aquí se dicen, por allí salieron, pues yo estaba chiquito y con mi mamá llegaba a su casa y mientras jugaba paraba la oreja, con algo de miedito eso sí, porque se decía que Don Daniel Hidalgo a los niños llorones se los comía asados; por eso mismo también los cipotes no se quitaban el pelo ahí, a no ser que los acompañara una persona mayor. Yo recuerdo muy bien la puerta de la barbería cuando pasaba, porque yo vivía cerca, ésta era de dos hojas cortadas en forma horizontal, por lo que bien se podía ver desde la calle por la hoja de arriba, que estaba abierta, que el cliente quizá no estaba a gusto.
Don Daniel Hidalgo, que tenía unos sesenta años cuando yo lo conocí y sumó muchos más con el tiempo, así como llegó también desapareció; nadie sabe qué se hizo. Tal vez Camilo “Mosco” que allí vivió podría agregar algo a esta historia; aunque la historia de éste también sale en otro escrito relativo a las cantinas.
Lo que yo puedo agregar después de tantos años es que, al comenzar las guerras mundiales en Europa todo fue un desparpajo de gente; durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, muchos alemanes se lucraron robando joyas y dinero a los judíos antes de llevarlos al matadero o a los campos de concentración, con la promesa de que los iban a liberar, pero no les cumplieron. Al final, estos criminales huyeron hacia América donde se escondieron; me atrevo a decir algo más, aunque no sé si cometa pecado al meter a Don Daniel el barbero en esta suposición: Apaneca, que antes era un lugar escondidito, bien pudo albergar y proteger a algún forastero en aquellas circunstancias… Vamos a seguir esperando a alguien que sepa más, para que nos lo cuente.
LAZAU