Los chanchullos (Parte I)

Acabo de ayudar en la cocina a lavar los trastos, y me doy cuenta que hay variedad de ellos… digo, aparte de los que con seguridad son propiamente de la casa y que son de la misma marca y serie; quiero decir que los trastos a los que me refiero, han llegado del vecindario a mi casa con alguna comidita buena para agradarnos, a menudo con una sopita rica en un plato hondo, otras veces con un pollito encebollado en uno plano, a menudo no falta también un dulcito de fruta, principalmente de manzanilla… Pero lo que me ocupa es que los trastos no regresan inmediatamente, sino que se quedan en casa largo tiempo; lo mismo pasa con los nuestros que se van por todo el vecindario y allá después de largos meses aparecen por de nuevo. A esto yo no sé cómo decirle y solo se me ocurre llamarlo como “chanchullo”.

Don Chebo tiene una hija como de veintidós años, ella tiene un hijito de dos, que jode y jode, pero es muy inteligente; lo más bello del cipote es que baila reguetón y a su temprana edad lo hace perfecto porque lleva los compases y ritmos que se requiere, y como es moreno los ruidos horrendos del tambor le fascinan pues quizá por ahí la sangre se manifiesta.

El caso es que la hija de Don Chebo, que se llama Perla, estudia en la Universidad Nacional; esto implica grandes gastos que aunque su hermana le ayuda, a Don Chebo se le canosea más el pelo y se le quiebran las uñas cada fin de mes, porque hay que comprar de todo para la comida y los pagos por los servicios esenciales, como la luz, agua y todo lo demás. Pero el caso que me ocupa es que todos los días Don Chebo tiene que darle para el pasaje, comida en la universidad, para los papeles que le dan en clase, contribuciones y hasta gustitos además.

Cuando a Perla se le da un encargo lo hace bien, pero los vueltos nunca llegan. Ella es muy trabajadora porque en la casa barre, lava la ropa, es una buena decoradora y cocina muy bien… pero cuando Don Chebo deja colgado su pantalón por allí, le cuenta los dineritos que tiene en la bolsa, y cuando le toca pagar las tortillas o algún otro menjurje, el dinero está desajustado.

Cuando Don Chebo manda a Perla al banco, porque él ya no puede caminar bien y le duele la rabadilla, cuando regresa le da cuentas del dinero en sus manos, pero al final le dice: “Aquí faltan diez dólares”, porque tuvo la necesidad de comprarse algo en pago por el viaje y tal vez «ese algo» no vale la pena. A pesar de que Don Chebo se enoja y refunfuña, ella le dice: “Antes de ayer fui al banco y sin que vos me dijeras saqué treinta dólares, pero esos te los voy a pagar” al pasar ocho días saca otros treinta, al día siguiente le dice “Te voy a pagar quince dólares y ya te voy a deber poquito”…y ese poquito nunca llega.

Un día de estos entrevisté a Don Chebo y me contó todo, me dijo: “Eso no es nada señor, si a veces cuando estoy dormido, de una forma quedita, Perla me saca que cinco dólares, que dos, que cincuenta centavos, que veinticinco, y así… muchas veces no me doy ni cuenta…Ahora yo le pregunto a usted señor ¿Cómo se le puede llamar a esto? y yo le contesto: “Solo encuentro una palabra Don Chebo: Chanchullo”.

En el caso de Perla lo del chanchullo lo compensa con infinidad de cosas buenas que hace.

Complicado debe ser para Don Mario Poncio que tiene un bus, “La Baraja” se llama y le caben cuarenta y ocho pasajeros sentados y va de pueblo en pueblo; pero el caso que quiero contarles es que quien maneja es Don Chepe Santos, un señor que en su boca no entre mosca alguna; Juan Pirringa es el cobrador que cobra parejo a chiquitos y grandes. El bus siempre va y viene y va lleno; eso si tiene, que cuando uno se queda varado sin comer y sin cuartillo se le ablanda el corazón cuando uno le cuenta la verdad ¡Santas pascuas pue… canchules! le dice a uno, pero con cariño. A los viejitos y viejitas que considera que no son de caché, Pirringa no les cobra tampoco. Juan Pirringa era muy honrado y cuidadoso con La Baraja, nunca se quedaba sin gasolina ni aceite y la tenía muy limpita y hasta la mantenía olorosa; diariamente le exigía a don Chepe que le revisara el motor y las llantas antes de partir. Yo recuerdo que junto con él hacían la maniobra y golpeaban las llantas con un hierro.

De lo económico nadie sabe nada, solo daba vueltos y que usaba una bolsita muy usada y sucia; lo que sí sabemos es que vivía solo, y como dicen que las paredes oyen y que los resultados hablan, Juan pirringa no era cualquier barato… en la esquina de su cuarto en la cabecera de su cama había hecho un boquete como de medio metro de hondo y una boca del tamaño de un ladrillo, el que quitaba y ponía con disimulo… como en esa época los EE UU nos había prestado al país la moneda de a $0.10 a El Salvador, y como esa monedita era de plata pura, era bonito ahorrar pues aquí la teníamos como de 0.25 centavos… Juan Pirringa, iba ahorrando echando moneditas de plata en su alcancía clandestina… cuando aparecía por el barrio vendiendo su casita algún cristiano porque estaba en aprietos, Juan Pirringa estaba preparado para hacer de las suyas. Arrecho, decimos unos porque supo pensar como Don Mario Ponce, que lo felicitaba cada vez que su empleado progresaba; Don Chepe Santos también se alegraba y le decía ¡Ojalá que logres mucho más!… el tal Pirringa le decía ¡Gracias! “Usted debería hacer lo mismo para tener su propia casa” y … Don Chepe le contestaba “Si no tuviera esa recua de hijos que mantener, otra suerte me cantara, pero aun así me siento feliz con lo que Dios me regala todos los días, principalmente la salud y el bienestar de mi familia”.

La historia cuenta que Juan Pirringa repitió la misma hazaña; era contento amigo de todo el mundo; ayudaba a sus familiares principalmente a su madre; el único defecto es que no era responsable con las mujeres que conquistaba, por ende, dejó varios hijos abandonados; pero sí, antes que su fin le llegara fue dejando una casita a cada hijo que lo buscó como papá. Esta es una historia bonita, juzgue usted si no fue por causa de chanchuyos.

Estas no son costumbres solo de la ciudad, sino también del campo y de todas partes y en todo tiempo, porque yo me acuerdo que muchas veces le hice chanchullos a mi papá; los niños de meses de nacido, ya hacen chanchullos para que la mamá les dé su chiche o teta, no digamos cuando ya están grandecitos que se tiran al piso cuando quieren un juguete. Muchas veces el niño hace cualquier berrinche para evitar que el papá abrace a su mamá, porque se siente celoso y cree que le van a robar a su mamá; no digamos las personas mayores que han atesorado mucha riqueza piensan que lo van a perder todo, pues aquello que tienen lo han obtenido a base de chanchullos.

Yo conocí a Don Chico Serpas, hombre con mucho dinero que se la llevó de prestamista, pero no así fácilmente “de que te voy a prestar tanto y luego me lo venís a pagar”, sino que pedía las escrituras originales de la propiedad y un documento firmado que hiciera constar el compromiso del prestador; si éste no cumplía, ya tenía un abogado sinvergüenza que le hacía el trabajito de embargarle la propiedad y hasta con ribete porque había que pagarle al sinvergüenza; a estas alturas Don Chico, ya había conseguido testigos falsos por si el asunto se le complicaba.

Así trabajaba Don Chico Serpas; yo lo conocí, de estatura pequeña, gordito, pantalones ajustados detenido por un cincho bien usado, cubierto con su camisita manga larga que le inspiraba seguridad a sí mismo… su tez blanca, chapudito quizá por sus movimientos rápidos; su sombrero de palma nunca lo dejaba y su pelona nunca la vi porque ni estando dentro de su casa se lo quitaba. Eso sí, no daban ganas de pedirle un favor a Don Chico porque en todo caso iba a buscar su ganancia. Lo que me interesa decir de Don Chico, es que tenía finquitas chiquititas por todos lados, todas con café, guineos y uno que otro naranjo.

Para entonces mi familia se había trasladado al campo y cerca de algunas propiedades de Don Chico.

Don Chico, viajaba y pasaba por la casa de mis padres; en el patio había una mesita de madera debajo de un arbolito de limón que daba sombra al pequeño espacio, colocaba su alforja en un gancho y sacaba de ahí un tanate que sin duda él había preparado, unos aguacatitos de mico que había rellenado con un huevito duro y un pedacito de queso y le decía a mi madre: “Véndame dos tortillas calientes, un poquito de sal y un vaso de agua”, mi madre ni le cobraba las tortillas porque decía ella que le daba lástima el viejito.

Don Chico siempre decía que estaban malos los negocios, pero yo diría estaban malos los chanchullos, que por cierto son dañinos, porque se juega con la dignidad de nuestros semejantes. Y saben una cosa, Don Chico murió, según cuentan, de un tetuntazo que le dieron en la sien derecha cuando viajaba para Ahuachapán, sin duda por la misma razón. La gente dice que todo se paga en esta vida, quizá es cierto porque en este lamentable caso aparecieron muchos familiares lejanos que lograron su finquita todo por el milagro de “San Chanchullo”.

Para escribir sobre los chanchullos no alcanzarían las bodegas de papel de todo el mundo. Cada ser humano alguna vez hizo un chanchullo. Las que más oportunidad tienen de hacerlos son los políticos que, dicho sea de paso, es lamentable pues son los ejemplos a seguir de toda la sociedad; muchísimo más lamentable es porque le ponen salsita a la mentira.

Creo que es mejor que no siga porque en este campo es donde más chanchullos hay y hasta chanchullos públicos y por esto puedo conseguirme mi tetuntazo.

LAZAU

 

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