ALGUNOS PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

Las necesidades entre los grupos humanos provocan su motivación. Hace muchos años casi toda la gente mayor sabía de medicina; cualquier persona mayor decía a otra ¡tómese un caldito! de tales hojitas y de otras tantas por copitas ¡Como agua del tiempo y se va a curar! y así muchas veces la gente se curó. Apaneca no era la excepción y los enfermos hacían uso de plantas, especialmente hierbas y otros elementos naturales como mantecas o cebos de animales, ceniza y hasta lodo que sacaban de los fangos.

En aquella época la gente se curaba lentamente y con la fe puesta en el Señor Jesús… Pero la mayor parte que se enfermaba moría, especialmente los niños… de ahí la creencia de la gente que si pasaba de los siete años iba a vivir larga y plena vida.

Ahora la medicina es diferente porque la ciencia y la tecnología está bien avanzada, nos curamos rápido, aunque tenemos que tener muchos centavitos guardados para la ocasión; veamos entonces qué está pasando. Decía que la ciencia y la tecnología ha avanzado, pero también la población se ha multiplicado desmedidamente, tanto que ya no encontramos una solución; hemos llegado a tal grado que antes que no habían medicinas como ahora, no había desnutrición como hoy… Esta es una paradoja porque cuando hoy se cree que ya no hay lepra y que la ciencia y tecnología la erradicó, aparecen otras enfermedades nuevas como el SIDA que hasta hoy no tiene cura.

En todo esto que he dicho tiene que ver el medio ambiente y con un solo ejemplo lo podemos comprender, y es que la gente de antes duraba más y la de hoy se muere luego… y es que somos nosotros mismos los culpables al no cuidar el ecosistema… A nosotros en la escuela jamás se nos habló de esa importancia  para la vida, mucho menos del calentamiento global que traerá fatales consecuencias al ser humano.

Lo que estoy haciendo es preparar la cancha de allá por los años treinta del pasado siglo XX en adelante, en donde mis actores principales y emblemáticos les toco jugar su papel imprescindible en esta sociedad bendita que nos vio crecer; adornado con un clima frío y húmedo, producto de una vegetación exuberante que jamás volveremos a ver, a no ser que cambien las estructuras sociales hacia el bien y también su modo de pensar. Ojalá que los ventarrones que caracterizan a nuestro adorable pueblo no vayan a acabar, para que las futuras generaciones lo sientan y disfruten.

¡VAYAN A LLAMAR A VÍCTOR! Era la expresión que yo siempre escuche en casas de ricos y casas de pobres, casas cercanas y casas lejanas en donde un cipote, un adulto o un viejito, mujer o hombre, estaba enfermo. Víctor, y no Don Víctor, decía la gente por la gran confianza que le tenían y el nombre de Víctor se convirtió en un símbolo o icono de esperanza para la gente que tenía en su casa a un enfermito.

Esa época fue bonita, pero había deficiencias que claro iban en detrimento de la población. Bañarse todos los días era un privilegio, porque el agua había que acarrearla en cántaros desde dos puntos estratégicos; uno de ellos estaba en la esquina formada por el final de la Av. 15 de Abril y principio de la antigua calle hacia Sonsonate, en un pequeño predio municipal; el otro estaba también en un predio municipal atrás de la iglesia, ubicado de la Primera Avenida contiguo a donde hoy está la Alcaldía Municipal donde más tarde, casi encima de la pila histórica, montaron la casa de ANTEL y que hoy se llama TELECOM. Por supuesto el agua no era tan limpia ya que venía en caño metálico desde la laguna de la Ninfas o de Las Ranas. En ese trecho hay todavía una pilona, la de Santa Clara, donde se daba de beber a las vacas, toros, bueyes y a las bestias de carga.

No crean que nosotros íbamos a tomar de esa agua, porque para eso sí que hemos sido delicados… para eso teníamos la fuente de San Andrés, que es la que tiene que ver con el origen de Apaneca, de ahí tomábamos agua pura que salía de las entrañas de la tierra. A mí me parece recordar aquellas colas de gente, especialmente mujeres y cipotes, con sus cantaros encima subiendo la cuesta que le enseñaba a uno a tener gran voluntad y entereza al subirla.

Cuando yo crecí había -o hay todavía- Ojos de Agua en cada cantón que abastecían a los pobladores. A veces yo acarreaba el agua para mis abuelos que tenían su finquita enclavada en la región que se llamada La Bellota camino a cantón Quezalapa. El agua era abundante y la primera que llevaba era para mi abuelita que la ponía a calentar al sol en medio del patio… Ella como leía mucho, estaba informada y decía que el baño diario era saludable… En cambio mi abuelo nunca vi que se bañara, solo se limpiaba con un trapo húmedo el cuerpo y las uñas con un palo… Cuando mi abuela le decía ¡Bañate Antonio! Él contestaba rezongón con el dicho popular – Ya vas buscando pleito Rufina ¡la cáscara guarda al palo!.. Solo se bañaba cuando se acordaba de la receta que Don Venancio Tobar, papá de Don Víctor, le había dado, que consistía en rociarse todo el cuerpo con azufre revuelto con manteca de puercoespín o tepescuintle  a más no haber de tunco. El baño era de noche y parece ser que iba a ver de todo, porque mi abuela parecía cucaracha preparando el agua calientita y el menjurge al pie de la letra como Don Venancio se lo había apuntado.

De Don Venancio se muy poco; tengo ideas vagas de él porque yo estaba chiquitito, pero sí me acuerdo bien de una que me hizo, como se la hacía también a otros cipotes ingenuos como yo… Mi mamá me dijo: «Vas a ir donde Don Venancio y me traés dos reales de alcohol alcanforado para la espalda de la niña que tiene tos» y me dio un bote de vidrio y un billete de a colón… llegue corriendo, compré y cuando me disponía a regresar, con un seño como de risa Don Venancio me dijo: «Aquí está el alcohol… Abrí la mano… Estos son los cuatro reales vueltos… echatelos a la bolsa… y estos dos reales son tuyos… para que compres dulces donde la Niña Evita»… dicho y hecho, yo gran obediente, compré una garrapiñada y bastantes dulces… y al llegar a mi casa las cuentas no cuadraban… «Venga para acá mijito» me dijo mi mamá, gran loga me echó, y de ribete una nalgada bien cuajada también… Don Venancio debió haber sido un hombre contento, divertido y picaresco en el buen sentido de la palabra.

Yo recuerdo con mucho aprecio, pero sobre todo con agradecimiento a Don Víctor, por ese gesto de amor de ir a donde lo llamaban para aliviar el dolor o sanar al enfermo sin importarle la distancia y hasta la paga.

Don Víctor Tobar tenía su farmacia que en ese entonces se llamaba Botica, en la Av. Central Norte y la 1a. Calle Poniente, esquina opuesta a la casa de su papá Don Venancio; enfrente vivían Don Tan Puente y en la otra esquina Doña Virginia Pérez. Había un gran mostrador de madera el estilo de la época colonial con las molduras tradicionales, barnizado creo que de color café algo shuquito, porque nosotros los cipotes de allí nos agarrábamos para ver con curiosidad cómo Don Víctor medía en una copita graduada el remedio, para luego echarlo en el bote de vidrio que nosotros habíamos llevado cuando éste era liquido, porque cuando era sólido o en polvo, ya estaban hechos los cartuchos de papel; y si era semi sólido, lo hacía untado en unas cajitas elaboradas con colochos de madera.

En las boticas casi no se vendían fármacos químicos, todas eran medicinas naturales. A mí me gusta recordar las ringleras de botes, abotijados y cuadrados unos y otros apachados, todos con tapones de vidrio al estilo señorial en forma de sombrero. Los estantes estaban cundidos de botes con los medicamentos que Don Víctor elaboraba. Lo que si no quisiera recordar son las purgas que nos recetaba cada seis meses para limpiarnos el estómago con Sulfato de «soda» (así le llamábamos al Sulfato de Sodio) o en  su defecto Sal Inglesa; nos la daban en ayunas a las seis de la mañana para que a las diez estuviéramos corrompiendo -como se decía- a la diarrea obligada que nos sacaba hasta el último pellejito contaminado del estómago. Cuando nos llevaban el bolado a la cama para que lo tomáramos junto con una rodaja de naranja nos decían: «Dale de un solo, hasta ver a Dios» y luego que la tomábamos, a chupar la naranja para cambiar el horrible sabor de la purga y… a continuación fresquito tras fresquito toda la mañana, hasta calcular que la tripa estuviera limpia.

   

Carao y Chichipince

Otra de las medicinas tradicionales de Don Víctor, fue un jarabe para la tos, que según se decía lo elaboraba con las vainas fruto del carao o caña fístola; de lo demás yo no sé, pero me imagino que hacía un cocimiento o lo fermentaba con la vaina machacada, miel de panela, jengibre, ajo y otros ingredientes que solo él sabía preparar… Se decía que tenía un libro grande valioso que su papá le heredó de donde sacaba las recetas… Luego de depurar los menjurjes los colocaba en los botes listos en la despensa y para la venta.

En aquella época insólita que hasta nos permitía formar nuestra propia identidad, las vías de comunicación eran de tierra y el medio de transporte el caballo y la carreta, por lo que casi no había influencia extraña, no habían médicos ni clínicas de salud que, aunque teníamos a nuestro favor un clima frio agradable, el agua pura de las vertientes, el aire puro que daba la vegetación exuberante, y la tranquilidad, éramos vulnerables a cualquier enfermedad maligna; sin embargo diría yo que teníamos buena salud. Lo que si tengo presente es que no teníamos enfermedades venéreas gracias a un acuerdo municipal de por vida e intocable por los alcaldes que decía que jamás Apaneca iban a haber casas de citas o de prostitución o lugares parecidos.

En toda comunidad son importantes los servicios sanitarios para la salud de sus habitantes. Durante la colonia se supone que las casas importantes tenían inodoros, pero en el resto la toma de conciencia fue lenta. Yo recuerdo que las casas que estaban a los alrededores y más allá, no se preocupaban por eso y sus excrementos los dejaban al aire libre donde quiera al pie de un árbol y las gallinas y los tuncos se encargaban de reciclarlos.

Lo que les voy a contar no se lo cuenten a nadie, como decía la Niña Monchita Porra. Allá por los años cuarenta, yo fui a jugar con otros cipotes amigos y jugando jugando llegamos a una casa vieja que ya no tenía techo, solo estaban los restos de las paredes de adobe, pero uno podía imaginar o adivinar como era y funcionaba la gente que allí vivió. En la casa se notaban los cuartos dormitorios, la sala, el comedor y hasta un caidizo corredor frente a una especie de jardín; pero lo que más me sorprendió fue el inodoro que tenía un montaje técnicamente elaborado; tenía una casita con su plancha y un cajón para sentarse, pero a la orilla de un desfiladero, que permitía que las excretas cayeran abajo de donde pendía un corralito con un boquete que daba la facilidad para que los animales metieran la cabeza y agarraran el producto; lo demás, como es penoso, juzgue el lector qué hacían a los cerdos ya engordados, o quizá se morirán de susto de ver micos y tantos pajaritos en el cielo.

En esos años la medicina preventiva no existía, Don Víctor solo hacia la cacha con las medicinas caseras… así curaba… Los niños apestábamos porque a la hora del baño salíamos huyendo… Señal de que estábamos alentados eran las chapitas coloradas entre la tierra acumulada en los cachetes… Lo de lavarse las manos antes de comer ni los abuelitos lo hacían, solo nos limpiaban las manos con hojas y las uñas con palos… De la campaña que a mí no se me olvida, es cuando en la escuela nos ponían en línea con un vasito de agua y pasaba la maestra con un gotero echándonos cinco gotitas de yodo para que hiciéramos gárgaras y no nos creciera el buche; y es que ahora me doy cuenta que el yodo combate la hipertrofia de la tiroides (se forma una pelota debajo de la mandíbula) y que nosotros la llamamos «buche», era la razón por la cual los pueblos vecinos nos llamaban “buchones”; pero hoy ya no lo somos porque algunos malos ciudadanos cortaron los árboles de las montañas y el yodo ya no subió a estas alturas.

Don Víctor Tobar no solo era el que curaba y la hacía de boticario, sino también era el Cofrade Mayor de la fiestas patronales, él era el símbolo del mayordomo. A la par de la botica tenía otro espacio igual donde estaban los Patrones, uno pelo liso y grandote y San Andrés por supuesto “el colocho”, como los llamaba la gente, era más pequeño y servía para las procesiones porque pesaba menos.

También desde que yo tuve uso de razón ya era el alcalde municipal… para entonces yo pensaba que los alcaldes ya nacían con el puesto, porque él lo fue de por vida… Don Víctor no era tan alto ni tampoco panzón… yo lo tengo presente con sus pantalones largos y holgados, y bastantes paletones al frente, su camisa caqui arroyada hasta el codo, su sombrerito de pelo y su gran escuadrota de cuarenta y cinco al cinto, símbolo de la autoridad competente en esos dorados tiempos. Amigos que lo conocieron contaban que no se la quitaba ni para dormir, y por eso se le había dibujado en el músculo de la nalga algo como vaina que le ayudaba a sostenerla; al mirarlo chincuno se le veía la figura decía la gente.

Siguiendo con la historia de la medicina de mi pueblo, hubo otra botica que vale la pena mencionar. El boticario y dueño era Don Manuel Gómez y estaba ubicado en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la 2da. Calle Oriente justo enfrente donde hoy vive Don Walter Calderón, esquina opuesta a la Don Chepe Humberto Arévalo y al frente también de los Borja. La casa ya no está porque la destruyó el tiempo. De Don Manuel solo recuerdo que era un señor bien estirado que nunca se bajaba la corbata y su voz era fuerte, desgajada y turbulenta, atento como todo un buen boticario. La casona y la botica desaparecieron junto con él porque sus hijos jamás se asomaron para seguir sus pasos; Don Chepito Gómez Cuestas, fue el jefe de correos formal de por vida y doña Esperanza Gómez Cuestas, maestra de instrucción primaria hasta que ya no pudo (mis especiales respetos); ni tampoco le interesó a Doña Herminia Cuestas de Gómez, que no se asomaba a la botica.

Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.

Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, aspirinas, mejorales, dolofines, ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate, que aunque me dejaba la boca tetelcosa, me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán, que aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.

La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.

Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.

Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.

Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho”… llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.

Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.

En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.

Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaban viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e  itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.

Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.

Si la memoria me ayuda, voy a apuntar lo que recuerdo de Mama Fina y que tiene que ver con el crecimiento de la población de nuestro querido pueblo. Por supuesto lo que les voy a contar data de hace muchos años cuando no existían clínicas ni hospitales y como hemos visto antes, una persona tomó la responsabilidad de la salud; tiempos en los que para llegar a Ahuachapán o a Sonsonate había que ocupar todo el día a pie, a caballo o en carretera; los caminos eran de tierra, angostos y fangosos por lo que un enfermo grave era imposible que llegara vivo a su destino.

Yo me acuerdo de Doña Chona Turcios, que iba a dar a luz un cipote, que a la hora de las horas no era uno, ni dos, sino tres que se abrazaban y querían salir juntos. En esa treta ninguna salía. La mamá Fina nada podía hacer… solo tocó y diagnosticó que eran tres o más dijo ella. Los vecinos en pie improvisaron la hamaca de costumbre: una chiva fuerte doblada en dos, amarrada entre sí y cruzada por una vara de madera que sostuviera el peso. Con Doña Chona en hombros de dos que se turnaban entre varios hombres que acompañaban, se pusieron en camino y claro iban también mujeres por cualquier cosa que los hombres no podían hacer.

La llevaban al Hospital General Francisco Menéndez de Ahuachapán, porque se decía que ahí podría haber un médico que la salvara. Iban por el camino viejo pues quedaba más cerca y directo… pero de nada sirvió. La juntada de la grulla de hombres, la hechura de la hamaca y tantas vueltas que a la altura de la Fania ya para empezar la guinda del camino, Doña Chona expiró… Lamentable tanto esfuerzo y a nadie se le ocurrió abrirle la panza a la difunta para rescatar a los bebés que a lo mejor estaban vivos, aunque de todos modos por ese tiempo la cesárea a lo mejor aquí no estaba permitida… Final nada feliz de la historia porque los hombres regresaron con ella para darle cristiana sepultura… Y esto sucedió muchas veces, no solo con los partos, sino con otras enfermedades que nuestros médicos caseros no pudieron curar.

Digamos que con esto de los partos no fue tanto porque para comenzar no es una enfermedad, sino solamente saber dar la atención adecuada para evitar complicaciones. Yo conocí a Mamá Fina, Serafina Melgar Calderón se llamaba ella, muy querida por la gente porque todos los que ahora somos viejos, respiramos por primera vez en sus manos. Ella estaba pendiente de todas las mamás panzonas, no digo las botijonas por comer bastante, sino todas aquellas por andar amando con pasión.

Nosotros nos acordamos muy bien de ella no por los partos, sino por los pastelitos rellenitos de carne que ciertos días de la semana pasaba vendiendo; lo de ayudar a traer niños al mundo era un hobby para ella pues no lo hacia todos los días. De algo perenne tenía que vivir, así se dedicaba a fabricar pan bueno con su hija Ana Sigüenza. Iba de casa en casa vendiendo enrollados, picudas, salpores, shashamas, viejitas, peperechas y los famosos pastelitos rellenos de leche que nos desgajaban la saliva… Yo la tengo presente en mi memoria… todos los cipotes salíamos corriendo espantados de emoción cuando asomaba por la esquina de la cuadra… gritando el puño de cipotes cada quién a su casa ¡Ay vienen los pastelitos!… ¡Ay viene Mamá Fina!… Los más chiquitos caían patas arriba chillando, pero comíamos pan.

Ella era de mediana estatura y delgadita, el color de su tez era blanca y su cabellera negra, un tanto liso y algo quebrado; sus ojos color cafés alegres que inspiraban confianza… Así la recuerdo, con su vestidito modesto que envolvía un caudal de virtudes que muchos carecemos como la humildad, la paciencia, la honestidad, la entereza y espíritu de servicio.

Los fines de semana mi papá me decía: «Anda donde Mamá Fina y decile que vas a encargarle los tamales de mañana… y con bastante tocino decile»… Y yo le contestaba ¿Cuántos pa? y él me agregaba: ¡A… si ella ya sabe, hombre! cuantos somos en la casa. Y esto se repetía con toda la gente del pueblo… Ella ya sabía cuántos porque llevaba el control de la natalidad.

Un real valían los normales y dos reales los grandotes… Eso sí… a nadie le vendía más de la cuenta… En un palo amarraba una hoja de guineo avisando que todavía había tamales para aquellos que no se les había vendido… La Mamá Fina era “cachera”, como dicen en mi pueblo, porque también vendía carne y chicharrones, también sopa de pata y de tripas de res, a veces shuco y otras comidas tradicionales dependiendo de la época… Todos los años siempre estaba ayudando a Mamá Chenta en la cofradía haciendo las comidas de las fiestas patronales.

No hay duda que del cielo sacaba tantas energías porque a cualquier hora del día o de la noche, al primer dolor que provocaba la cristiana que deseaba venir a divertirse a este pueblo, Mamá Fina ahí estaba, con sus agüitas de monte que solo ella conocía, alcohol, merthiolate y tijeras por si en esa casa no las habían comprado. Cuando ese momento llegaba, a nosotros los cipotes nos costaba entender lo que estaba sucediendo; habíamos visto a la mamá panzona, pero antes nos habían comentado, dándonos atol con el dedo, diciéndonos que dentro de poco iba a venir por aquí una cigüeña trayendo un niño colgado en el pico, pues en esa época a los cipotes nos daban carreta fácilmente. Lo que veíamos y oíamos es que los mayores se movían con cautela y platicaban en secreto; si era de día nos mandaban a jugar lejos, y si era de noche nos pasaban adormitados a un cuarto separado para que no nos diéramos cuenta de los hechos reales; aunque a los grandecitos ya no nos engañaban porque ya estábamos instruidos en la calle por los amigos con mayor experiencia.

Es bonito recordar todo lo que pasó anteriormente, más que todo de dónde venimos y lo que sucedió para llegar a dónde estamos, pues ahora nos asustamos cuando vemos que un niño recién nacido se le envuelve en un pañal que no sea el de moda. En tiempos de la Mamá Fina lo más común era cortar las nahuas de los vestidos viejos de la madre, o al más no haber, las mangas de los pantalones del padre, que aunque raspaban vean mis lectores cuanta población tenemos.

Después que el niño nacía, lo bañaba, le arreglaba su ombligo primorosamente y lo dejaba mamando hasta darle la primera probadita de aceite de comer. La mágica señora volvía cuantas veces fuera necesario para revisar el ombligo hasta que quedaba sanito, y cuidar a la madre con pañitos calientitos hasta verla fortalecida nuevamente.

Hay mucho que contar sobre el tema y dejo al libre albedrío a los curiosos o curiosas para que pregunten a sus mayores sobre el asunto. Yo les cuento que hace poco por un descuido quebré el botecito de vidrio donde guardaba mi tripita seca que mi mamá me regaló, ella misma conservaba el cordón umbilical del primogénito, los demás hijos vendrían enteros, sanos y con una buena estrella.

Como todos sabemos, el tiempo de servicio útil de una persona tiene su fin; Mamá Serafina envejeció y Dios se la llevó, pero debo también recordar a Doña Josefina Amaya, que heredo este gesto de caridad para las mujeres y que dicho sea de paso era su sobrina. A mí no me queda más que agradecerles en nombre de la ciudad de Apaneca y lanzo la idea a las autoridades competentes, de que debería haber en un lugarcito un monumento donde aparezcan por lo menos los nombres de estas personas, y otras de verdad abnegadas que dieron todo por el todo en nuestro pueblo.

LAZAU

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