Un sacerdote que nació para cosas grandes

Es imperdonable que yo no apunte algo de este personaje que conocí y que jamás perdió la ocasión para decirnos la frase “Ad maiora natus um”. En las banderas, en las pancartas, en los escudos, en los diplomas, en los anillos de graduación y hasta en la fachada del colegio con letras grandes con cemento estuvo plasmada la idealista frase. Yo pienso que en un campito de su cerebro y de su corazón también estuvo presente la dichosa frase que al final de cuentas penetró en los nuestros también.

Este hombre que traía un bagaje incalculable de ganas de cambiar al ser humano, de menos para más con sus ideales, que como dijo un compañero suyo ahora que ya no está con nosotros que “Se parecía al volcán de Izalco cuando hacía erupción” por su carácter fuerte e influyente. Muchas veces oímos de su boca que se sentía orgulloso de llevar sangre indígena de Izalco, y por eso era así como era. Para él, el hombre no debe ser tibio en su modo de ser, «o se es o no se es» y lo divulgaba con su ejemplo. Estoy hablando del Reverendo Padre Ricardo Humberto Cea Zalazar, que apenas recuerdo llegó a Apaneca a mediados del año 1955, tendría unos 33 años de edad, tamaño hombre como de 1,76 de altura, de complexión fuerte con algunos kilos de más de peso que tal que cuando jugábamos futbol y chocábamos, nosotros caíamos patas arriba, mientras él se quedaba fijo como ceiba. El color de su piel cobriza, pelo negro en la cabeza un tanto quebrado, los ojos negros por supuesto; sí tenía barba, pero rala y bigote con unos pocos pelitos que nunca se los dejó crecer.

Yo lo vi por primera vez ese mismo año; estábamos jugando chibolas un gran puño de cipotes como a las seis de la tarde en el parque frente a la gran torre del reloj, todos los días estábamos ahí porque el lugar era atractivo. La sombra de los árboles grandes, los arbustos frondosos llenos de flores, los arriates engramados y el kiosko colonial en medio con una gran base de calicanto, con pilares de madera reforzados de hierro mutuamente con los barandales para su firmeza. Arriba el techo de lámina triple con sus cornisas de madera que lo hacían ser un kiosko señorial. La tarde ya estaba húmeda, y nosotros intrigados estábamos en lo mejor del juego que realizábamos en el suelo duro y liso al natural de uno de los pasillos, cuando el Padre Cea cae de romplón ¡Fue un desparpajo de cipotes! … Ni uno más quedó, tan solo yo… se me paralizó todo el cuerpo y no pude salir huyendo…. Se me pararon los pelos…. me atraganté y el color se me acabó…. Estaba tiezo y mudo de ver enfrente de mi la gran sotana negra con patas porque yo no veía otra cosa… todos creímos que era “El padre sin cabeza” que se había salido del campanario, el mismo que antes asustó a muchos según cuentan.

El día se terminaba y la luz era correteada por la oscuridad de noche. Yo sospechaba que estaba en el cielo porque la neblina aumentaba y no veía más que a donde estaba el Padre ahí paradote enfrente de mí apoyado en sus dos piernas con gran plante y con las manos metidas en las mangas de la sotana como calentándoselas; me dijo: ¿Estas temblando de miedo o de frío? Y agregó ¡Yo no como niños! y continuó, ¿acaso nunca han visto un cura feo en Apaneca? Yo soy el nuevo y quiero que los niños vayan a la doctrina y ahí nos haremos cheros. Diles a tus amigos que no tengan miedo y que este sábado a las tres de la tarde nos vamos a reunir ahí frente a la iglesia para conocer a un Señor, comer dulces y tomar fresco. Diciendo esto me puso la mano en la cabeza como despidiéndose y se fue.

Yéndose el Padre mis compañeros curiosos, salieron de su escondite y se informaron cabal conmigo de lo que había sucedido y llevarse de vista, oído y boca, la invitación que el Padre Cea nos hacía.

Yo en lo personal asistí a la cita… era la Escuela de catequesis la que estaba inaugurando; el Señor a conocer fue Jesús y aunque yo ya había hecho la Primera Comunión con la Niña Lochita Vallejo, seguí asistiendo para aprender más de la iglesia, a comer dulces y echarme mi fresquito.

Yo noté que a este Padre no le gustaba quedarse quieto. Por aquellos mismos tiempos vi una actividad de gran envergadura; de todos los cantones venían tracaladas de gente, hombres y mujeres, trabajadores y trabajadoras del campo, pero también empleadores y empleados, artesanas y artesanos del pueblo; todos los días durante una semana se reunían dentro y fuera del convento. Yo veía que hacían ramadas, ponían gallardetes, improvisaban mesas y hacían comidas, hacían grupos de trabajo y platicaban; pero yo me quedé como decía mi abuelita adijueces, hasta después ya grande me di cuenta que se trató de la “semana cultural” y ahora, si no me equivoco lo que el Padre Cea estaba haciendo era un diagnóstico para conocer  la realidad social, económica, cultural y religiosa del campo de trabajo que le había encomendado el Señor Obispo, para luego entrarle con todo lo adecuadamente a la solución de los diferentes problemas que la gente expresó en esa ocasión.

En ese entonces se observó en Apaneca como un “despertar” la iglesia se rellenaba de gente, para entonces los hombres fueron disculpados que se quedaran atrás parados, por ceder la silla a las mujeres; los altares enormes que ocupaban mucho espacio, se hicieron chiquitos y de ser posible empotrados en las paredes; los reclinatorios privados y exclusivos fueron desapareciendo y se hicieron bancas grandes comunes, donde cabía más gente; la urna sagrada que ocupaba un gran espacio se llevó a un cuartito del convento y a Jesús que se sacrifica el viernes santo, se le colocó abajo en el altar mayor donde se celebraba la Eucaristía. En misa ya no solo cantaban la niña Chica Saz, la niña Tanchito Villafuerte o doña Olimpia de Herrera, sino que también los cipotes de la catequesis que formaron un coro liderado por la “Mascota” o Julio Adrián Padilla; Víctor Hugo Mata que medio tecleaba el órgano viejo nos daba la nota de salida y por ahí nos íbamos cantando; Memo Vides que cantaba y tocaba con su violón o chelo las misas cuando así se requerían, se enemistó con el Padre porque se sintió desplazado.

Como dicen por ahí que una sola golondrina no hace verano, el Padre Cea debió haber hecho muchos movimientos. Me imagino que por lo menos al principio contó con el apoyo de la mayoría de los dueños de las fincas, porque a mí me parece haber oído alguna vez que los asistentes a la semana cultural les tomaron el tiempo como trabajado. Yo me acuerdo de algunas personas que andaban para allá y para acá como la joven ahora Sra. Bety Mata V. de Arévalo, a Don Eduardo Arévalo, a Don Guillermo García Salas que para entonces era el Alcalde Municipal; un Padre Jesuita de sotana blanca, flaco y alto que tampoco paraba y que llamaban Hermano Aguirre Saciaga; a Doña Evita Posada de Arévalo que era presidenta de las Señoras del Santísimo y a Don Antonio Melgar que para entonces era un ingeniero agrónomo joven con ideas nuevas; y así muchas personas como mandadores de las fincas cuyos nombres no recuerdo.

Lo que yo percibí es que el Padre no quería perder tiempo porque a los pocos días, en 1956, apareció con su escuela nocturna que denominó Centro Nocturno de Alfabetización, pero fue nombrado oficialmente en 1957 por el Director General de Educación Primaria Prof. Daniel Raúl Villamariona. Cuentan que empezó con diez alumnos y que al finalizar la semana no cabían. Aquí se enseñaba a leer y a escribir bajo la conducción y el cariño de la profesora Evita Posada de Arévalo, mientras que el Padre con la orientación religiosa. El Centro creció y ya tuvo sus otros dos niveles en los que cinco años más tarde Victor Hugo Mata y yo pudimos colaborarle.

Muchos jóvenes adultos se beneficiaron y bien puedo mencionar un solo ejemplo que vale por muchos como es el de Andrés Torres Sánchez, que cuando era chiquito se endureció; en el buen sentido de la palabra, quiero decir que le costaba aprender porque sus primeros aprendizajes en el trabajo fueron duros, con cuma y el azadón hizo sus ejercicios psicomotrices a la par de sus padres al aire libre en los cafetales. Cuando ahí llegó, solo con la paciencia, la inteligencia y la amorosidad de Doña Evita, Andrés pudo docilizar la mano para hacer bien las letras. Tiempo después fue asombroso su progreso y yo tuve el honor de firmarle y entregarle su certificado de Tercer Nivel con buenas calificaciones. Ahora ya no solo toma decisiones en serio, sino que las analiza y razona; estudió Plan Básico de día, bachillerato después y se gradúó en el año de 1965. Sin perder tiempo, con la ayuda de su hermano Epifanio y Doña María Borja de Ferguson, obtuvo el título de sociólogo y psicología después. Como dije antes que este ejemplo valía por muchos porque a pesar de los miles de obstáculos que la vida le presentó, el muchacho duro para aprender, triunfó.

Los objetivos del Padre se estaban cumpliendo. En esa semana cultural nació un eslogan que decía: “Debemos cambiar la cuma del campesino por bisturí de médico” cosa que le acarreó críticas serias al Padre, habladas entre los ciegos, entre las cabezas duras y corazones podridos.

Cuando yo tenía un torzal en la cabeza, como decimos por aquí o nudazcal para que entendamos mejor, cuando solo pensaba para mi futuro hacerme guardia, mecánico o telegrafista, allá por el año de 1958 cuando apenas estaba en sexto grado, el Padre Cea ya tenía la solución como que se hubiera metido en mi aturdida conciencia y en la de los demás, funda su colegio.

Según acuerdo número 00996 de fecha 13 de marzo de 1959, el Poder Ejecutivo autoriza el funcionamiento del 1º y 2º curso de Plan Básico. Yo en lo personal, aunque ya había decidido seguir mis estudios, me presenté hasta después de Semana Santa porque había que terminar con las cortas de café y tener cómo comprar lo necesario. Ahí estuvimos 8 hombres y 4 mujeres en primer curso; 1 hombre y 1 mujer en segundo curso.

Aunque el Padre nunca estaba satisfecho, parecía contento con lo que había conseguido; trajo al maravilloso profesor Rafael Antonio Blanco para que nos enseñara matemáticas y física; con las otras materias le colaboraron los profesores don José Domingo Arévalo Mata y Don Jorgito Vélis Vindel. Fue un año muy bien aprovechado porque tanto maestros y alumnos trabajamos con empeño. Experiencias y anécdotas que contar hay a montones. Hablando de mi, yo era un muchacho no muy cuidadoso ni ordenado con mi ropa; pero vistiendo el uniforme blanco del colegio, aprendí a cuidar no solo la ropa, sino todas las cosas como también la conducta.

Error o no al Padre no le gustaba que nosotros nos juntáramos con las señoritas durante el recreo; debíamos mantenernos alejados de las muchachas; era prohibido el acercamiento con ellas. Una vez que estuvimos vigilando por un hoyito de la puerta a las muchachas que estaban al otro lado, el Padre apareció de repente atrás de nosotros y nos gritó ¡Perros! con todas sus ganas. En adelante tuvimos más cuidado o mejor dicho más atención… creo que ya no lo volvimos a hacer…

En otra ocasión, que estábamos en clase de inglés con Don Guillermo Salas hijo, que por cierto sus clases eran muy amenas, nos preguntó que si sabíamos bailar (Do you dance?) y nosotros por decir no dijimos si (yes) al unísono… alguien dijo por ahí ¡Con la marimba!… “Vayan a traer la marimba” dijo él… y la fuimos a traer; en el momento que bailábamos el Padre estaba encerrado en su cuarto… esa clase la recibíamos junto con los de segundo curso y Hugo Mata estaba ahí. Éste ni cuto ni perezoso, se puso a tocar “Jalisco” que creo era la única que sabía… Don Guillermo sacó dos parejas un tanto a la fuerza a bailar; de se aparece de romplón, a una gran velocidad y pegando grandes pisotones apareció el Padre… nosotros inmediatamente corrimos a nuestros puestos en las bancas y dijo con gran energía: ¿Qué está pasando aquí? ¡Este no es un salón de baile!… Miró al profesor con gran cólera como queriéndole decir hasta aquí… ¡Pase después a mi despacho señor! le dijo…. No volvimos a oír clases de Don Guillermo… Si esto no hubiera sucedido, en los dos años venideros hubiéramos hablado inglés con gran facilidad.

Estas por supuesto no fueron buenas decisiones; y si se los cuento es para que vean cuan recias eran sus determinaciones y lo recio de su carácter, porque así lo fue en las decisiones positivas que fueron incontables. Él anhelaba conservarnos puros de corazón y mente sana… para él “o se era o no se era” como decía siempre… no quería contaminación alguna en nuestras almas… o éramos buenos estudiantes o éramos basura… “Flojos no quiero aquí”, repetía.

La vida de nosotros en el colegio se volvió placentera; nosotros terminábamos la jornada y nos íbamos a nuestras casas, pero por las tardes y hasta por las noches estábamos de regreso… nos gustaba estar cerca del Padre, el Señor Blanco y la vieja Ana.

La institución fue creciendo como crece el árbol que primero echa unas ramitas y después se vuelve frondoso. El Poder Ejecutivo del Gobierno de el Salvador, según decreto número 02141 de fecha 30 de mayo de 1961 acuerda denominar “Colegio San Andrés” del Plan Básico de Apaneca y autorizar el funcionamiento del Tercer Curso que ya fungía desde el año anterior y el primero y segundo curso de bachillerato. Para ello fue necesario traer nuevos maestros: Don Germán Alcides Vázquez Domínguez, Don Miguel Ángel Reyes, Don Raúl Mejía y a Don Julio César Rodríguez. Ellos le pusieron un ritmo increíblemente vibrante al trabajo, sumado al que ya tenía… ahora el personal era un equipo completo, todos jóvenes capaces y con ganas de dar lo mejor de sí; la energía se sentía.

Nuevos proyectos germinaron en el cerebro del Padre Cea. Por las buenas relaciones que mantenía con algunas personas acomodadas, le facilitaron herramientas para conseguir sus fines, Doña Adelita Borja V. de Velado le mandó a construir cuatro aulas y un amplio salón de actos al estilo prefabricada en el costado norte de la iglesia. Ahí mismo hizo una cancha de básquet ball y remodeló el convento con dormitorios múltiples para convertir el colegio en internado. Vinieron jóvenes de varios lugares del país especialmente de San Salvador y fue entonces que el colegio llegó a su máxima expresión porque nos dio a conocer, no solo por el rendimiento académico, sino también por el deporte. Participamos en todos los eventos estudiantiles nacionales… muchas veces se jugó contra el Colegio San Luis y San José de Santa Ana y el Instituto Nacional Humbool de Ahuachapán y el Seminario San José de la Montaña de San Salvador, y no lo hicimos mal. Lo que sí es triste e inolvidable recordar es una “catorreada” que nos propinó el Colegio Mayor de Madrid España que pasó por aquí en una gira. Nosotros no jugamos tan mal, lo que se vio mal, fueron los once goles que nos metieron y nosotros sólo uno que sudaron mis compadres Ricardo Mendoza y Hugo Mata. Jugamos con dos inconvenientes: el primero que la cancha de Juayúa era muy grande, y el segundo que los dos porteros de nosotros eran chiquitos, Tin Guerra y Chepe Luis Santa Ana. Yo jugando de defensa, jamás había probado una sangoloteada de esa magnitud… estuve frente a un delantero, que a un jugando con sotana, nunca pude quitarle la pelota y cuando lo hice fue para sacar la pelota a un lado. En la defensa de ellos había otros dos jugando también con sotana, solo se la habían amarrado al cinto para sostenérsela. Según contaron después, que esos tres, habían pasado por las canteras del Real Madrid para luego incorporarse al servicio de Dios en el Seminario. Cuando el partido terminó a las seis de la tarde, junto con la oscuridad caía la neblina; recuerdo que todos salieron corriendo para subirse en el camión en que andábamos; pero yo me quedé tirado en la grama porque no pude moverme. Cuando el camión arrancó se dieron cuenta que yo no estaba; algunos se “apiaron” para buscarme… encontrándome cerquita del marco en el engramado… estuvo duro ese partido.

Practicamos también el ping pong y además boliball; pero no se quedó atrás el atletismo. Participamos a nivel departamental y siempre calificamos todas las veces para la final en el Estadio Flor Blanca en San Salvador que, aunque no ganamos un trofeo, siempre hicimos buen papel y el Padre estuvo satisfecho. Él no faltaba a los partidos haciéndonos barra para que lo hiciéramos mejor y también nos decía cómo hacerlo; nosotros nos agrandábamos. Al Padre Cea le gustaba fomentarnos el deporte para evitar los vicios y los malos pensamientos. “Hay que pensar en cosas grandes” repetía. En todos estos logros que el Padre Cea tuvo debo mencionar la colaboración importante de Don Paulino Milla, ya que prestaba también sus influencias en San Salvador para la propaganda de la belleza que ofrecía Apaneca para educar con éxito a sus hijos. Él además prestaba su casa como oficina pues sus hijos ya estudiaban en el internado del Colegio.

De lo académico ni hablar, cualquier fulano que por allí asomara se deba cuenta del intenso trabajo que se realizaba. Desde las cinco de la mañana el bullicio era tal que se escuchaba de lejos. Los internos estaban organizados en patrullas al estilo Boy Scouth, que competían entre sí para ganar puntos; cada una se distinguía de otra por el nombre de un animal feroz. Así, por ejemplo, “Las águilas” se distinguían de “Las Panteras” por la rapidez con que hacían tal o cual actividad; levantándose temprano, bañándose, poniéndose la ropa y estar listos antes que todos en la cancha y gritar a la vez ¡Listos!… era emocionante. Luego la Santa Misa, el desayuno y a formar para comenzar las clases. En este preciso momento nos incorporábamos nosotros los externos para completar la máquina educadora que el Padre Cea había soñado. Por las tardes a primeras horas silencio profundo porque todo el mundo hacía tareas o repasaba; posteriormente todo era griterío confuso, porque se hacía deporte cada quién en lo que le gustaba. De vez en cuando se hacían caminatas, principalmente a las montañas, con entera libertad, en las que el guía más exitoso fue Jesucristo. Aquí fue donde el sistema de patrulla tuvo más importancia… El lema aquel: “Ser dignos de confianza” muy bien aplicado por nosotros e inculcado por el Padre nos hizo mucho bien.

Jamás empezamos las labores del día o emprendimos obra alguna, sin manifestarnos ante Dios, con aquella bonita oración a la que nos acostumbramos y para que no se pierda, la apunto aquí:

¡Señor! Enséñame a ser generoso,

A servirte como lo mereces,

A combatir sin miedo, aunque me hieran,

A dar sin medida,

A trabajar sin descanso,

Y no esperar más recompensa,

Que la que tú por gracia,

Nos has dado.

Las caminatas largas eran los sábados, pero los domingos también había actividades importantes como la Santa Misa a las ocho de la mañana, a la que asistíamos con uniforme de gala. Una chumpa azul de casimir con el monograma del Colegio a la altura del corazón era la diferencia, ésta nos la poníamos encima del uniforme blanco que llevábamos todos los días. Cuando se daba el tercer repique y se suponía que la iglesia ya estaba llena de feligreses, nosotros al gorgorear de un pito que el Padre tenía estábamos formados del más chiquito al más grandote; salíamos del convento con el Padre a la cabeza a celebrar la Santa Eucaristía. La Iglesia se engalanaba; en dos cordones cada uno azul y blanco entrábamos, la gente nos admiraba, las candelas alumbrando el altar, el órgano viejo allá sonando y el incensario alejando los malos espíritus. Nos colocábamos al fondo alrededor del altar para contestarle al Padre las frases elementales de la liturgia. Para entonces la misa se decía en latín, pero nosotros nos rebuscábamos para entenderla. Unos pocos selectos de entre nosotros ayudaban al Ministro en el altar; otros iban al coro para cantar algunas alabanzas, ahora mejor que antes, encabezado por los mismos Hugo Mata y la “Mascota”, que era como le decíamos Julio Padilla. Lo que no se me olvida es mi papel que junto con Guayo Linos desempeñábamos en las misas grandes como la del domingo y días de fiesta de guardar y que el Padre se inventó, quizá para penitenciarnos por los pecados de la edad más grandotes que teníamos. Como éramos los mayores nos acostumbró a servir de porta candeleros: Nos ponía a ambos lados del altar con unos enormes y pesados candeleros de bronce, con una candela encendida durante todo el tiempo que duraba la misa. No me lo van a creer, pero les voy a contar que desde la limpieza hasta sacarle brillo corría por cuenta nuestra.

Una señora atendía al Padre en todos sus menesteres desde que él llegó al pueblo. Nunca le pregunté su nombre completo; pero nosotros con todo el cariño del mundo le llamábamos “La vieja Ana”. Ella era la jefa en la alimentación y demás servicios básicos incluido el aseo del Colegio. Era el prototipo de las “trotaconventos” que, aunque no sabía leer ni escribir, se consideró a sí misma como una persona importante, y sí lo era. Se daba atribuciones que no le correspondían, se creía la dueña del Colegio cuando el Padre no estaba; a su modo nos ponía quietos… agarraba un leño de la cocina y nos salía corriendo al estilo de Doña Catana… Era terriblemente amarga cuando lo merecíamos; pero muy dulce cuando la luna estaba en su punto, que hasta daba consejos de cómo deberíamos comportarnos… A veces los internos pretendían escaparse para dar un su vueltín por las noches, pero la “viejana” ponía botes de lata vacíos en puntos estratégicos para frustrar la salida. En las vacaciones unos cuantos de nosotros que, aunque trabajábamos recolectando café durante el día, por las noches en nuestro tiempo libre nos juntábamos para jugar, comer o beber algo que el Padre nos invitaba para contarnos sus proyectos inmediatos.

Siguiendo con los ideales del Padre Cea de realizar cosas grandes. Creó una Escuela de Niñas San Andrés, ubicada en la 3ª. Av. Norte y 5ta. Calle Pte., en el Barrio Santiago; que no tengo datos exactos ni acuerdo oficial alguno, pero sí todos fuimos testigos que tenía los 6 grados de Primaria y los 3 de Plan Básico al igual que el Colegio San Andrés. De lo que sí estamos convencidos es que para el Padre la educación de los hombres debe ser separada de las mujeres en esas edades de la adolescencia. Error o no, él era el que creaba, alimentaba, cuidaba y sacaba el producto. La escuela existió mientras él estuvo al frente. No se sabe cómo hizo para realizar este proyecto, pero supongo que por la amistad que tenía con algunas personas acomodadas, como con Doña María Borja de Fergusson que, a cambio de algunas indulgencias le donó ese hermoso terreno; con alguna infraestructura que tenía, las mejoró y así logró un proyecto más… Y como la escuela ahora ya no está, muchas mujeres que pasaron por allí podrán contar mejor esta historia y muchas más.

Al Padre Cea con ese su temperamento fuerte que se manejaba no se le podía engañar; con él aprendimos a no decir mentiras… siempre tratamos de ser leales… por eso para confesarnos con él nunca lo hicimos en el confesionario, sino frente a frente mirándolos a los ojos.

Para el Padre el responsorio a un difunto que no lo merecía era como la de un cazador que dispara sus balas al aire por gusto. Una vez que le llevaron un finado y lo querían meter a la iglesia para rezarle el responso, como en su vida nunca levantó la cabeza para ver tan siquiera el atrio y el padre conoció sus actos, les advirtió de esta manera: ¡Vivo me lo hubieran traído… ahora para qué! Los familiares disgustados lo tomaron y se lo llevaron a enterrar.

Al padre le tocó también afrontar el inicio de la proliferación de las iglesias separadas, pero él las tomó con prudencia y en forma serena. Algunos fueron confrontativos y desde sus parlantes lanzaban mensajes soberbios a la iglesia y hasta ofensas personales. Yo me acuerdo que llegó hasta el convento un atrevido, que quería discutir con él la virginidad de María, el Padre salió con garbo y gallardía y le contestó: “Cuando hayas aprobado siquiera el sexto grado en la escuela y puedas entender los dogmas de mi iglesia en la que creo, entonces vuelves…” y le cerró la puerta. Estando dentro me dijo: “Estos solo andan pensando en tonterías; yo no puedo perder mi tiempo… ¿y sabes una cosa?, no hay que pedirle peras al olmo”, agregó. Muchas veces se sintió agraviado, pero se hacía el de los oídos sordos. Una vez que pasó lo mismo dijo; “Estos son como aquel que les gusta andar tentando para instar al mal, pero no hay que adobarles el gusto. A Jesús el diablo lo quiso haber tentado en el desierto y no pudo. Es mejor que digan que me hago el sordo, a que digan que les pongo atención… eso sería perder mi tiempo y como dice el dicho, hasta los santos triunfantes lo lloran”

La persona que tiene dominio en la lengua griega y latina, se vuelve basto en conocimiento de otras ciencias y las humanidades. El Padre Cea era de esas, por lo tanto, sabía lo que hacía y cómo hacerlo. Recién egresado deambuló por varios lugares de Santa Ana y San Salvador, aunque hizo cosas buenas, no había encontrado el terreno fértil para sembrar las semillas de su pensamiento, hasta aquí en Apaneca en donde diagnosticó, priorizó, accionó y logró los resultados de sus objetivos de vida y al fin aquel que nunca perdió de vista: “He nacido para cosas grandes”.

Años más tarde, mientras yo trabajaba en Metapán, el Padre Cea fue removido para Santa Ana y el Colegio quedó en manos del párroco de turno y no sé por qué razones cerró.

Tiempo atrás el Padre Cea se había preocupado también por la educación de la gente de la tierra que lo vio nacer… Izalco… fundando ahí una escuela que todavía funciona. Estando en Santa Ana siempre preocupado por la superación de la juventud, junto con el Obispo Monseñor René Revelo, fundaron la Universidad Católica de Occidente (UNICO) alentando la cultura a nivel superior.

En 1982 por razones ajenas a mi voluntad había renunciado a mi trabajo en Metapán y como providencia divina estaba siendo llamado por el Padre Cea para que junto con Lito Rivas, reabriéramos las puertas del Colegio San Andrés, ahora con el nombre de Escuela Diocesana San Andrés y su obra continúa en Apaneca.

Ahora, que ya no está con nosotros, sus aspiraciones siguen adelante y su nombre prevalecerá entre quienes lo apreciamos. Dios estará siempre orgulloso y contento con él.

En la vida de una persona hay ironías y digo esto porque si hubiéramos estado todos en su funeral, no habríamos cabido en la iglesia ni en las calles de Izalco… pero estuvimos pocos… claro acompañaba mucha gente, pero toda del lugar… esta es una apreciación personal, pues están disculpados los que están diseminados lejos y los que le ganaron al Padre la partida.

En sus intervenciones muchas veces nos decía que cuando nos llegara la hora de morir, era mejor que sucediera después de una larga enfermedad, para tener tiempo de arrepentirnos de los pecados cometidos… Y a él se le concedió. Jesucristo dijo a sus apóstoles una vez: “Toma tu cruz y sígueme” El padre Cea la tomó a su modo sacrificando su vida más que todo por los jóvenes… porque siempre creyó en ellos.

Muchos quedamos en deuda con el Padre porque no estuvimos con él en su larga enfermedad… pero él siempre tuvo a un joven cerca, el preferido, el que le sacaba las canas, el que le aguantaba sus bromas, el que le acompañaba a comer de vez en cuando, el que le comunicaba primero sus proyectos… y esta vez a quién vi hasta en la hora de su enterramiento como su más fiel amigo y que me atreví a preguntar quién era… la persona a quién pregunté me contestó “Este es el joven Dr. Sifredo Antonio Marroquín, quién asistió y acompañó al Padre hasta el último momento de su vida” entonces me dije “Este es el último joven a quién debemos todos estar agradecidos”.

LAZAU

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