Los chanchullos (Parte III)

En mi pueblo vivió Don Lorenzo Tunas, allá por los años 50’s; estaba casado con Doña Polita y tenía dos hijas que no se habían casado todavía. Don Lencho, le decía yo con todo respeto, pero Lenchudo le decían los cipotes malcriados porque usaba un sombrero que parecía capirucho. Bonito era conversar con él porque era contento y platicón. Él me contó que había trabajado en las telecomunicaciones con el Gobierno de turno como celador de líneas, o sea que cuidaba los postes y los alambres que comunicaban a un pueblo con el siguiente pueblo vecino; y no solo cuidaba, sino que también reparaba, cargo muy importante en esa época y con lo que ganaba hacía feliz a su familia. Ahora que ya se jubiló, cuando la gente lo necesita para cualquier trabajito casero Don Lencho está disponible. La niña Polita, esposa de Don Lencho, se dedica a los oficios de la casa.

Lo que quiero destacar en esta historia es que a veces la gente se equivoca, pues decían que Don Lencho hacía chanchullos y por eso progresaba; pero no fue así… lo que pasaba es que además de los trabajitos que los vecinos le proporcionaban, siempre estaba atento a que cuando la gente botaba algún mueblecito que ya no servía, él lo recogía, lo llevaba a su casa, lo reparaba y a veces lo modificaba para luego proponerlo como nuevo… buena plata le pagaban a Don Lencho por esos trabajos.

A las hijas, Zoilita y Juanita, Don Lencho las hizo aprender a coser ropa, les compró una máquina, tijeras, cinta de medir, hilos, botones y hasta telas para ofrecer a las personas interesadas; y ahora sí fue más fuerte la tildación para don Lencho Tumas de que era chanchullero, porque hacía más dinero. Por eso cargó sus cosas y se fue a la capital, favor que le hicieron porque ahí la gente saca mejores cosas a la calle y don Lencho y sus hijas ni cutos ni perezosos aumentaron sus ganancias… Con el tiempo compraron un terreno grande y construyeron en él galeras, montaron talleres, emplearon gente para que les ayudaran y hasta contrataron recolectores de cosas viejas que a la gente no le sirven… Quiero decir con esto que Don Lorenzo Tumas y su familia se habían convertido en empresarios exitosos.

Ahora vienen al pueblo en su limosina Pontiac, se parquean frente al parque y cuando la gente se les queda mirando, se sacuden el polvo como queriendo decir: Ahora ya no somos chanchulleros, ¡Aprendan!

Esta es otra historia, estoy seguro que les va a gustar porque en mi vida cotidiana sucedió… viviendo en mi querido Metapán. Allá por el año de 1977, acababa de construir mi casa a orillas de la carretera… pero el caso que quiero contarles es que en el trajín de construcción y traslado, los muebles de la sala se deterioraron y en vez de comprar otros nuevos, platicando con mi esposa acordamos mandarlos a reparar… y para ello buscamos a un especialista… averiguando con amigos y otras personas del barrio nos barajaron varios nombres y como se hizo la bulla apareció uno que apenas conocíamos, aunque algunas veces habíamos visto pasar… no sabíamos que era tapicero… Un día de tantos como mi esposa era la más interesada, me la encontré con las muestras de tela que el joven tapicero le trajo para que escogiera estilo “Va a volver” – me dijo ella – sabe Dios quién de nuestras amistades nos lo había mandado… pero bueno, como lo estábamos necesitando…

Al fin nosotros escogimos la textura y el color que nos gustó y le dije a mi esposa “Hacé el trato vos con él cuando venga porque yo no tengo tiempo…” “De acuerdo” – me dijo ella. El hombre llegó cuando yo estaba muy ocupado en la escuela, y de ahí había partido ya a la frontera Anguiatú para realizar unas diligencias y viajar con alumnos a un pueblo vecino de Guatemala. Cuando regresé, mi esposa me informa y me dice que el tapicero quiere 125 colones para comprar la tela y 50 adelantado, los otros 50 colones al entregar los muebles reparados… El hombre dijo que volvería dos días después por el dinero y a llevarse los sillones viejos… Cabal dos días después estaba ahí… mi esposa le entregó los muebles, se los alzó al lomo uno por uno y se los llevó. Al rato volvió nuevamente y le dijo “Sra. cuando llevé los muebles vi que tenía tres sacos de azúcar, por qué no me da uno a la cuenta para ayudarme porque los 50 colones que me dio ya los debo y esa azucarita la vendo por libritas…” mi esposa compadecida se lo dio y para no molestarse le dio prestada la carretilla, que al igual que los muebles reparados no volvieron.

La historia no termina aquí, porque nosotros en aquel preciso momento fuimos a buscar al joven tapicero y con ayuda de la gente llegamos con mi esposa hasta donde vivía y por las rendijas de las paredes vimos dentro nuestros muebles amontonados, uno encima del otro en peores condiciones que cuando se los llevó. En ese mismo lugar nos aconsejaron que no siguiéramos buscando porque el hombre no era buena pieza y que se había ido a San Vicente de donde era originario. Después lo vimos pasar frente a la casa con un corvo a la vista como tratando de infundirnos temor… pues lo logró, porque nosotros nos quedamos temerosos y callados.

Un año más tarde visité a un señor muy conocido y respetado en la ciudad, para platicar sobre los avances de su hijo en la escuela… Él nos pasó adelante y nos dijo que nos sentáramos… estuvimos ahí muy cómodos y al tocar los muebles en donde estábamos sentados nos dimos cuenta, al sentir los soportes del sillón, que eran los nuestros… bien barnizadas las maderas y las señales peculiares que a uno no se le olvidan. Cuando el señor vino y platicamos de los avances de su hijo, al final le pregunté sobre los muebles… y cabal él me contó que aquel muchacho se los vino a proponer y como le gustaron y además se los dio baratos, se los compró.

¿Qué reflexión podemos sacar? Creo que una sola… juzguen ustedes… Cuando hagamos un contrato como este, es necesario saber con quién lo hacemos, estipular en un documento todos los datos personales, cantidades exactas y fechas acordadas, y un par de testigos para no ser estafado vilmente… Era muchacho ladrón, el difunto, porque ya murió, que Dios se compadezca de él; dicen que murió en 1980 cuando el ejército acampó cerca de su vivienda y les robó una canana de tiro a un soldado… esa vez no le salió bien el chanchullo.

Este es otro chanchullo que les voy a describir, le voy a llamar así porque voy a ocupar el espacio y porque no es mío, sino de un alumno mayor de edad; en ese momento tendría unos 70 años, pero con un espíritu envidiable; alto, flaco, cara aguileña y ojos amarillos hundidos, muy serio y con gran deseo de aprender a leer y escribir… don Cleto Morán se llamaba, y su oficio según me contó siempre fue el de corralero, por eso conocía de todo en relación al ganado. Costó que aprendiera a leer y escribir, y solo se pudo cuando él se me acercó aparte de la clase de costumbre y me dijo que no entendía nada, y era porque – me dijo –   las oraciones por ejemplo “Yo amo a mi mamá” “Mi mamá me mima”… no le interesaban, pero cuando le enseñaba palabras obscenas o propias de su oficio, eran carcajadas de satisfacción las que daba… Después el resto fue fácil. Oraciones o expresiones como: “Vino primero la vaca muca”, “Lodasal pura mierda”, “Las vaca putas nunca entraban, solo dándoles verga entraban” “Las garrapatas abundan en el corral” eran las que funcionaban; claro que don Cleto era una persona muy educada y yo con mucho tacto le saqué primero las palabras pesadas que él y que a lo mejor usaba como: muca, mierda, verga, garrapata, bozal, lazada, casco, cacal, cerco, etc., y después use las palabras convencionales en los textos de los primeros años para su aprendizaje. En momentos oportunos don Cleto me contaba fuera de la clase que hay patrones sinvergüenzas, me decía “Ahora ya no me van a hacer chanchullos” y solo él sabía por qué.

El trabajo de don Cleto estuvo siempre en las cercanías de la montaña de Montecristo en el Cantón El Capulín; por ahí hay una hacienda en la que hay mucho trabajo me contó él; siempre hay que reparar el camino, reparar las porquerizas, hay que hacer empedrados y encementados “Pero al patrón no le cuesta mucho – cuenta don Cleto- porque como trabaja en el Gobierno y maneja unos 20 trabajadores, tres días trabajan en las obras públicas y otros tres en la Hacienda… Bonita se ve la calle del lugar, la casa grande y sus corrales… cada quien saque sus conclusiones.

LAZAU

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