A LA MUERTE DE MI MADRE EN 2007

Abuelita Lina

Jamás imaginé que a mis sesenta y cinco años de edad, iba a quedar huerfanito. Yo siempre creí que mi madre nunca iba a desaparecer de este mundo. Siempre me consideré feliz con tenerla y así como cuando estaba chiquito no me desprendía de sus nahuas, así cuando fui grande a veces lejos, mi corazón estaba ligado al suyo.

Ahora aunque ya no esté con nosotros y ya no pueda abrazarla como antes, aprovecho este espacio para desde aquí gritarle: ¡Te queremos mucho mamá… sabemos que estás en el cielo porque hiciste méritos suficientes para estarlo… gracias a Dios!

Todos los meses viajaba para verla, muy poco por cierto, para festejarla porque ella lo dio todo por nosotros… a mí en lo personal me envolvió en su regazo para inyectarme en la sangre el amor que siempre ha circulado en mis venas… por eso me costó aceptar su ausencia; aunque a veces me deprimo, pero su ejemplo me anima a seguir adelante.

Ahora desenvuelvo mi cerebro y me remito al momento de la concepción: a las tristezas o alegrías por semejantes dudas, ¿Qué sé yo? a las cosas raras que las mujeres sienten a los veinte años cuando por primera vez hacen una travesura semejante; a los antojos, como querer comer jocotes y mangos tiernos con sal y limón; a los malestares que aquel individuo en su vientre provoca cuando quería cambiar de posición dentro de la panza; a las necesidades aquellas que no se le cuenta a cualquiera, ni a las mejores amigas; al vestido apretado que no daba más; a los desprecios tal vez; a las nuevas obligaciones, como lavar los pantalones duros y sucios de un hombre que apenas acaba de conocer…a las felicitaciones de las muchachas amigas y curiosas de su edad; al cambio brusco de familia de la consentidora, a la exigente; con la única compensación de los abrazos y besitos de mi padre cuando llegaba del trabajo… Pero no faltaba más, que después de los doscientos setenta días de interrogantes, malas y buenas… hasta los horribles, pero benditos dolores del parto. ¡Salí varón! ¡Que felicidad! ¡Mi mamá se ganó la gallina!.. Y la bulla por todo el pueblo: ¡La Angelina, parió un varón!.. el primogénito de diez que mi madre concibió; y si este varón sale multiplicador, de ser posible que de estos se hagan cien… y de estos otros se hagan cien mil, y que la prole y su historia siga hasta la consumación de los siglos… Amén.

Ahora empieza la etapa más hermosa de todas, porque aunque el hijo le salió feo, para ella era el niño más bonito del mundo; lo cuida las veinticuatro horas de día, le da de comer y lo duerme, lo baña con agua calientita y lo seca con trapitos suaves, le da besitos en la frente, lo arropa y allí esta pegadita tocándole la carita y quitándole los cheles con los dedos y de ser necesario, lo ablanda con saliva, mientras tanto le platica aunque no le conteste, se hace pupú y para ella es un agrado y lo limpia con delicadeza… y como también le salió llorón, lo calla a cada rato, uniéndolo a su cuerpo para que chupe la sangre pura y angelical y nutrientes que le nace con amor desde bien adentro… y lo vuelve a dormir con el arrurú mi niño… arrurú mi niño… si no te dormís… ahí viene el coyote. Pero, lo más hermoso de todo, lo que hace sin descanso es que se siente segura porque se está ganando el Reino de los Cielos.

Para ella no hay fin de semana, ni sueldo, ni pago de horas extras, ni bonificaciones… solamente la sonrisa del bebé cuando se despierta o se encuentra satisfecho, que vale más que un masucho de billetes. A veces, cuando el sol asomaba, lo llevaba a pedirle sus rayos para que la piel se vaya pareciendo a la suya, y si le salió diferente como la de su padre, la felicidad es mayor, y aunque no la oímos, le da gracias a Dios.

El hijo se enferma ¡Uf! Infinidad de veces, pero ella se adoctora y lo cura. De la tos… ahí pasa haciéndole calditos de hojitas de naranjo, eucalipto y mutitas de izote y endulzadito con miel de panela para que le guste. De la diarrea y soplazón, lo que estaba a su alcance: un menjurje de aceite de comer, del que sobró cuando nació, revueltito con algunos montes como hierbabuena, culantro, unas cuantas hojitas de chichipince, albahaca y dos dientitos de ajo machacados… Todo esto cocido y hervido varias veces y colado después para quitarle las basuras, frío y con un poquito de azúcar para que le guste, con la fe puesta en Dios, el menjurje estaba listo para tomar por copitas hasta que desparezca el mal; y esto no terminaba ahí, la señal más idónea para evaluar el efecto de la medicina era tocarle la panza a cada rato como tambor… así pues, si el sonido era grave o sordo, el enfermito estaba peor, pero si el sonido era agudo o como tabla, el niñito había mejorado… si estaba peor toda la noche y a cada rato le ponía un emplasto de lodo y ceniza calientita que colocaba como fajero en la panza… por supuesto que todo esto sucedió cuando yo me puse grave y llegaron mis abuelos para recomendar sus experiencias, pues para esa época no habían médicos ni hospitales, allá por los años cuarenta, del siglo XX.

Las experiencias de mi madre se van sumando, pues hasta aquí se le sienten gusto… pero como ya pasaron dos años, las cosas van cambiando para más difícil, ya que, en ese tiempo no había métodos científicos para evitar los hijos, y como el Señor dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra”, mi papá no desaprovechó el mandato y nos hicimos dos, tres, cuatro… hasta llegar a diez hijos, pues aunque una murió tiernita, la sufrida fue mi madre.

Vino mi hermanita, Alba Edelmira se llamaba ella, porque también ya no está con nosotros, se fue en febrero del año 1999 con el Señor Jesús… De todas maneras la historia se repite… los doscientos setenta días en el vientre de mi madre… las caricias… las bañadas con agua tibia, la pacha y el biberón… la cambiada de pañales y la cantada del Arrurú mi niño… ahora ya no solo para mí, sino compartido con mi hermana… Qué bueno, porque a mí ya me gustaba el suelo ¡Qué galán!.. dando mis primeros pasos y somatones. Pero para entonces ya había sufrido dejando la chiche por un bote pacho de esos que los bolos de cantina dejan y un biberón duro atado a la boca… De ahí la tradición de la gente de llamarle “pacha” al conjunto del alimento del bebé, aunque el envase sea de vidrio y redondo.

De las enfermedades la misma cantaleta de siempre: tosferína, catarros, sinositis, mal de ojo, diarrea a escoger, aunque a veces solo era tapazón, disentería y soplazón; pero ella va aprendiendo más y más. De la lavada de la ropa, va aumentando y el secado por supuesto también… por esa época habían montañas vírgenes y por supuesto el clima fresco, la ropa no se secaba fácilmente, el sol no daba abasto… en este caso el calor y el humo de la cocina era importante, pero todo esto implicaba esfuerzo, voluntad y entereza, que no le sale a cualquiera… se necesita mucha fe, mucha esperanza, y sobre todo mucho amor, que solo a una madre le sale.

Muchas cosas se pueden recordar en el transcurso del tiempo, como la diversificación de su amor entre todos sus hijos, que aunque pareciera que nos tocó menos o poquito, la verdad que su amor para nosotros fue el mismo, y nunca tuvo límites; por el contrario, cada día su amor se agrandaba porque ya no recibíamos solo nosotros, sino que también sus nietos… se cumplía aquel dicho por ahí, que una persona llega a querer más a sus nietos que a sus hijos.

Cuando yo tenía como cuatro años, nació la Tey, Ester Serafina o Ester del Pilar, es su nombre de pila y los que haceres para mi madre los mismos, solo un tanto aumentaditos… yo ya tenía dos hermanitas con quién jugar… una rueda de pañales, chivas, y almohadas hacía la niña Lina en el piso, que yo recuerdo muy bien, era de ladrillo cuadrado de barro… las colocaba dentro y yo entretenía a las niñas horas enteras mientras mi mamá hacía el oficio… cosa de todos los días… aunque habían variantes… como mi papá era carpintero,  ya había hecho un cajoncito con cuatro patas, con una tablita de sacar y meter, para sentar ahí a la más pequeña y la otra en el corralito improvisado, desbaratando a las chivas y almohadas… aunque habían otros recursos… dos hamacas, que aunque resultaba un tanto aburrido porque había que ocupar las dos manos para mecer a la una y a la otra, luego se dormían.

Cuando yo tenía ya mis seis años, recuerdo que un tres de mayo, vino otra hermanita “Cruzita” como la llamábamos cariñosamente. La mamá Serafina que asistió el parto, dijo que por primera vez veía nacer a una niña tan chiquita. Mi papá que como ya llevaba la cuenta dijo que era sietía porque había nacido de siete meses de embarazo. A mí la curiosidad me rebalsó y no tardé en ir a ver a mi madre a la cama y la sorpresa fue tal que no veía para nada entre los pañales a la niña. Algo que a mí no se me olvida es que una vez mi papá dijo: “Vamos a ir todos donde Pa Toño” (se refería a mi abuelo materno que vivía a mediados del camino hacia el cantón Quezalapa donde había de todo). Lo que les quiero contar es que la gente nos paraba en el camino para saludar a mi papá y a mi mamá que eran muy queridos por toda la gente y después del pasajero coloquio y la chuliadera para nosotros, le preguntaban a mi mamá – ¿Y la niña tiernita pues?.. y mi mamá con una gran sonrisa que le llegaba hasta las orejas contestaba: – y no que aquí la llevo en la bolsa pues – … En aquella época las mujeres andaban con mandil, pues en una de las bolsas del mandil, llevaba a mi hermanita.

Crucita, poco a poco fue cambiando…porque para mamar sí era buena… de pequeñita pasó a ser grandotota… de esta mi hermana yo serví de chino. Yo recuerdo que la cuidé con esmero… llegó a ser tan hermosa que casi no podía con ella… además bonita e inteligente… quiero decir “bisbirinda” o despierta, o que hacía cosas fuera de serie o no de su edad… como una vez que una señora vendedora de ropa le llegó a cobrar a mi mamá unos vestidos que le había tomado por abonos… mi mamá le dijo: – decile que no estoy –… cuando la señora preguntó por mi mamá, ella estuvo presta a contestarle: – mi mamá dice que no está – ¿y dónde está tu mamá corazón, si se puede saber? – ahí está atrás de la puerta – dijo Crucita… y… de éstas pasaditas son muchas que yo recuerdo y podría contarlas.

Parece que íbamos a ser pistudos con esta muchachita… porque siempre cargaba llena la bolsita de monedas que los vecinos le regalaban… Don Teno Morales y Don Lesho, el primero, que tenìa una carpintería enfrente; y el segundo, era el dueño de la casa donde vivíamos, cada vez que la veían le daban una o dos monedas. Siempre tenía con qué comprar leche de burra, tartaritas o dulces de nance donde la Niña Refugio de Portillo, que tenía tienda en la esquina. Para entonces, ya tenía sus seis años.

Como dice la gente que uno pone y Dios dispone, a principio de noviembre comenzaban las cortas de café en los bajíos y me fui con la Chila Calderón, y otro poco de gente a trabajar; allá muy lejos cerca de San Pero Puxtla, a una finca de café del Beneficio Santa Elena… pasamos allá 15 días trabajando duro y comiendo solo pishtones duros y frijoles brincando, para traer plata a la casa…terminada la jornada, después de pago, salimos de regreso como a las ocho de la noche y llegamos a Apaneca cerca de la madrugada, con los pies desechos pero contentos… pero cuál fue mi sorpresa una de las peores de mi vida que hasta ahora me repercute y me saca las lágrimas… cuando toqué la puerta y me abrieron… entré y me abrazó mi madre llorando… yo también llorando, no podía hablar, estaba confundido… mi padre al fin habló y dijo: – ¡Tu hermana Crucita murió!.. ¡La enterramos hace cinco días! Es el primer sentimiento fuerte indescriptible  que solo pude decir que se siente una unidad entre Dios – papá – mamá – hermanos… y… y… solo pude pronunciar a manera de reclamo: ¡Por qué no fueron a traerme!

Entonces me di cuenta que el amor de mi madre era infinito… costó mucho que nos acostumbráramos a la ausencia de Crucita… muchas veces me dijo: – Buscá el cuto que vamos a ir a traer leña… el cuto en esa época era un pedazo de corbo que una vez fuera la herramienta de trabajo del hombre de la casa y como herencia le quedaba a la mujer… pero no agarrábamos para los cafetales donde abunda la leña, sino que para la finca que está después del cementerio… cuando estábamos en el cafetal antes de buscar la leña, nos saltábamos el cerco de allá para acá, porque Crucita había quedado pegadita al cerco, al pie de los cipreses viejos… le arreglábamos la tumbita y después sin ponernos de acuerdo hacíamos varios minutos de silencio… y nos elevábamos comunicándonos con ella. Había sollozos, pero sin decirnos nada regresábamos a la casa con la leña.

Don Nando, mi papá, nunca comentaba nada; pero sí en sus adentros había mucha tristeza profunda… y… a decir verdad sin desestimar a mi madre, él era más amoroso y cariñoso con nosotros… cuando había chillazón, berrinche, ganas de orinar, él estaba presto antes que mi mamá.

Pasados algunos días nos anunció que nos íbamos de esa casa, que queda en la segunda avenida entre la primera calle y la calle Francisco Menéndez, casa que cuando hoy la veo despierta en mi ser todas la vivencias bonitas y feas,  que tal, que quisiera que fuera mía para conservarla y darle la vida eterna.

Mi madre valiente acompañó a mi papá, un día de esos amanecimos en otra casa, la que está en la Avenida Central Norte, entre la 3ª. Calle y la 5ta., que pertenecía a Doña Tita Vielman, era un lugar más pequeñito para más hermanos; aquí nació Lázaro Antonio.

Para entonces mi función de cuidar niños había terminado; mi trabajo era ir a la escuela y jugar con los cipotes de mi edad… hacer las planas, colgar el bolsón e ir a la calle… algunas veces a parar donde mi abuelo que me quería mucho o los dos nos desvivíamos; mi abuela también, que hasta hoy en día la extraño tanto.

Para mi madre y mi padre las preocupaciones fueron diferentes;  crecíamos, éramos más, comíamos más, vestidos más grandes, escuela, y tantas otras cosas que la sociedad de la época exigía. Además de echarle más agua a los frijoles el trabajo de mi padre no era estable, muy sacrificado y mal pagado… aunque es un oficio modelo y modesto, fue formando en mi conciencia poco a poco, que yo no debía ser carpintero cuando fuera grande.

De mi hermano Lázaro, no tengo mucho que decir, solo que siempre fue fuerte desde que nació; por lo demás, relacionado con mi madre, la historia se repite aumentada. En estas circunstancias, vino César Augusto; después Noé Arturo; y si no me equivoco con éste pocote de gente nos fuimos a vivir a otra casita que estaba al final en la calle Francisco Menéndez, poniente entre la 3ª y la 5ª avenida en donde nació, Alvaro Migdonio; y otra hermanita que murió tiernita, acabadita de nacer, que llamaron Juana María.

Para entonces Don Nando, ya había hecho méritos suficientes con mi abuelo Toño, y se notaba que lo querían mucho. En compensación por el trabajo que le hacía en su finquita, le regaló una colita de esa misma propiedad que le sobraba, la cual vendió para comprar una propiedad más grande, cerca de la laguna verde, que tenía casa y la familia entera se fue a vivir ahí… yo me quedé a vivir con mi abuelo que también se fue a vivir al pueblo, porque también mi abuelita ya había muerto y venían con él, sus dos últimas hijas… fue para mí un gran aliciente porque yo ya había enfocado mi futuro aunque incierto, porque no tenía recursos y solo estaba seguro que estudiando encontraría en el camino algo diferente, al sacrificado trabajo de mi padre… los fines de semana me juntaba con los míos, tiempo que mi mamá aprovechaba para alistarme la ropa y prepararme comida para un largo rato. Mis beneficios con mi abuelo, no duraron porque murió y me quedé solo; mis tías no fueron lo mismo que cuando él estaba… ya pueden imaginarse, mi mamá con cinco hombres y dos mujeres que atender… yo me acuerdo de tantas cosas que pasaron como es la que nunca pudo sentarse a la mesa a comer con nosotros… infinidad de veces estuvo comiéndose un su bocadito bueno y como de hecho tenía que mover la boca y las mandíbulas… todos concurríamos donde ella y le preguntábamos – ¿Qué estás comiendo mamá?.. y … la pobre de mi mamá paraba de masticar y sonriéndose nos calmaba diciendo: – ¡Nada hijos, nada!

Muchas veces recurrió a historietas irreales con el afán de meternos miedo piadoso como éste que una vez nos contó: – Había una vez una mujer que tenía muchos hijos, un día de tantos, le pedían comida y no tenía qué darles… la mujer pensó y fue a cortar hojas de mata de guineo, recogió unas piedras y a escondidas las envolvió como si fiera masa de maíz y… como tamales los puso a cocer al fuego y todo esto para descansar un ratito de la pedidera de la comida de los mentados cipotes… pasado el tiempo los niños pedían y gritaban que tenían hambre… ¡Ya van a estar! –les decía ella… ¡Paciencia ya casi está! – tratando de ganar tiempo… pero, como la presión era agrande y no se pudo más… sacó uno y lo sintió aguadito, todos corrieron y rodearon a mamá y al abrirlo, las piedras envueltas ¡se habían hecho tamales de verdad!… inmediatamente, la mujer cayó muerta del susto.

Ni las historias ni los cuentos funcionaban… lo mismo sucedía a la hora de dormir o en cualquier festín que había que compartir… para evitar problemas, cada quién teníamos platitos y tazas iguales; pero con un color o una seña especial… con las chivas y las colchas pasaba igual.

Mi papá y mi mamá, en la lucha por  mejorar regresaron al pueblo; se encontraron a un señor que les ofreció un cambalache; cambió la finquita de Palo Verde, por una propiedad en el pueblo; la cual estaba en la calle Francisco Menéndez y la 5ª calle poniente, cerquita de donde antes habíamos vivido, les salió galán porque hasta le dieron ribete, había una casita pequeña pero ya era de nosotros, había espacio para jugar y corretear hasta la montañita que da abasto a la fuente de San Andrés. Había café, guineos, naranjos, duraznos, aguacates y hasta un palo de mango. La vida para nosotros había cambiado, porque yo en lo particular me vine del todo con ellos y mis hermanos pudieron ir a la escuela. La Niña Lina, aunque bien trajineada se veía rellenita y Don Nando shoshopón.

Cuando todo el mundo creía que estábamos completos mi mamá apareció encinta. Yo ya estudiaba último año de bachillerato en ese entonces, el año siguiente que me gradué nació La Fina, Rufina Estela, se llama ella. Ahora sí, juzguen mis familiares cuan grandes se hizo el rollo para nuestros progenitores; cinco hombres y tres mujeres pidiéndoles comida, necesitando vestido, zapatos, educación y tantas otras cosas que el ser humano necesita. Bueno, todo esto se compra… pero el manejo y los qué haceres que esto implica… como decía ella… “quisiera ser pulpo por ratitos para hacer todo de una vez”… no queda más que admirarla.

Días más tarde la alegría de mi casa se terminó cuando Edelmira enfermó: una psicosis cerebral o nerviosa, no sé cómo llamarle, acabó con las aspiraciones de todos, puesto que necesitó de una atención personal y especial que casi solo podía dársela mi padre; no por la asistencia de los medicamentos, ni el aseo, ni por cualquier otra cosas, sino por el soporte o aguante que la enfermedad requería… esto fue una prueba que Dios puso a mis padres de las más duras que mi experiencia ha visto, que me lleva a concluir que nosotros tuvimos unos papas maravillosos… y por esto sin duda se ganaron la gracia de estar escritos sus nombres en el Libro de la Salvación.

Como dicen por ahí, que la historia es un faro desde donde todos miramos los acontecimientos, y para que no vuelva a ocurrir se los contaré: Tey y mis hermanos mayores recordarán este sufrimiento de toda la familia; a mí me cuesta escribir esto, pero voy a tratar de resumirlo; que aunque no debería de ser así, porque hay detalles importantes       que mis familiares podrán recordar y agregar y que también no hay tiempo.

El caso es que mi hermana, Edelmira, había llegado a esa etapa difícil de la vida, me refiero a la adolescencia, que aunque bonita, hay que tener capacidad suficiente para manejarla. Edelmira perdió el interés total por la escuela. Perdió la mística de familia y de convivencia social de su conciencia. No oía consejos y peleaba con nosotros y con la gente que pretendía ayudarla.

El caso es que se encariñó de alguien que fue su perdición y el descalabro de la familia entera. La sufrida principal fue mi madre, mi padre no se diga, y nosotros los hermanos en consecuencia. Edelmira no entendía razones y una noche oscura como tinieblas, cuando todo estaba tranquilo mis hermanos y hermanas dormían, yo solo oía en el silencio algún tenguereche y los grillos que cantaban… yo estaba sentado frente al foco entelerido que apenas alumbraba la mesa donde estaba estudiando para un examen que tenía al día siguiente.

La casita tenía dos puertas que daban hacia el patio. Edelmira, se levantó amodorrada y se dispuso a ir al inodoro, que quedaba afuera como se acostumbraba en aquella época, a unos diez metros de distancia de la casa. Ella salió por la puerta más lejana y la dejó medio cerrada… yo miraba sus vueltas, inquieto porque ella andaba afuera… Cuando de pronto se escuchó un grito terrorífico y un movimiento espantoso en la puerta más cercana que ya estaba trancada, como que querían arrancarla de afuera para adentro.

Mi papá saltó de la cama y yo por lo consiguiente tiré el cuaderno… cogimos para defensa personal lo que encontramos al paso; él un garrote y yo un corvo viejo que estaba en la paredilla… encontrando con gran sorpresa y asombro a mi hermana completamente trabada entre la mocheta y la puerta en un estado increíble… había como doblado la puerta que era de una sola hoja, con una fuerza anormal, que para poder sacarla sin arrancarle un pedazo de brazo, tuvimos que regresar hacia adentro por la otra puerta, para quitarle las trancas y destrabarla.

La entramos… ¡Y el gran escándalo!.. buscamos hasta con los vecinos por todos lados y no encontramos nada… regresamos y la interrogamos… ¿Qué pasó? ¿Qué viste? ¿Qué te hicieron?… nada pudimos averiguar… Edelmira ya había perdido la razón y hablaba incongruencias… no paraba… Comenzó diciendo cosas como “La pulga, la pulga pica y pica la placa y come y come con la pila… Las pulgas ahí vienen… las pulgas”, esto lo repetía horas enteras.  Decía a veces cosas irreales que hasta provocaban miedo. Aquí en nuestro medio, en buen salvadoreño decimos que “mi hermana se quedó directa”. Por otra parte, no comía, ni bebía… mi madre lo lograba a veces con una cucharita. Mi padre ya no trabajó, porque la mayor parte del tiempo solo él la aguantaba. Fueron cinco años de dura enfermedad sin movilidad voluntaria. Fue un ir y venir de mi padre con ella y sin ella para traer medicina. Decían que le habían puesto mal de brujería, porque el novio que la tenía atarantada sabía de esas cosas…

La gente dice que hay que creer y no dejar de creer, que aunque no quedamos en nada, Don Nando, se anduvo todos los curanderos habidos y por haber… yo recuerdo que uno de esos le quitó la habladera, pero ya no movió la quijada, ni los brazos, ni las canillas. En ese entonces para que caminara había que halarla de los brazos y para que comiera había que gritarle ¡mové la quijada! Y ayudarle con la mano… trabajo que solo mi madre lo hizo. Quedó como un robot o una máquina inanimada… La vida para la familia se volvió cada vez más difícil; pero yo no acabaré de alabar la valentía y la entereza de nuestros padres, porque yo soy testigo fiel que jamás oí un solo reniego de mi padre, ni de mi madre, todo un ejemplo de amor y esperanza para nosotros que vale más como herencia que un rollo de billetes.

Tiempo después, decidieron llevarla a San Salvador para pasar consulta en el Hospital psiquiátrico. Mi padre la llevó con dificultades, pero lo logró. Muchas veces se perdió en la capital porque no conocía, pero siempre regresaba con ella y su medicamento. Poco a poco, mi hermana fue recuperando el movimiento; empezó a tener tino y aunque había que seguir gritándole ¡Mové la quijada! Ya comía sola. No se compuso del todo bien, pero todos descansamos, y como nos decía mi abuelita después que terminaba de contarnos un cuento o historia parecida, Edelmira vivió muchos, pero muchos años… y tuvo muchos, pero muchos hijos.

A mis familiares les cuento todo esto para que no flaqueemos ante cualquier problema que se nos presente en la vida. Que tomemos el ejemplo de mis padres, duros e inquebrantables en su voluntad, gran templanza y entereza; gran paciencia llena de amor y esperando siempre de Dios su recompensa. Ser prudentes y sabios en el manejo de sus actos, porque lo que le sucedió a mi hermana se debió a muchas circunstancias impredecibles, pero que se pudieron haber evitado. Las circunstancias fueron muchas, por no decir las culpas.

Voy a contarles nada más la chispa del problema a mi criterio de ver las cosas desde el primer momento… como ella salió adormitada, no se fijó por cuál puerta había salido… llegó al inodoro y se sentó… la candelita que llevaba encendida se le apagó y como estaba oscuro, se puso a pensar en extravagancias… cuando de repente se le apareció a su vista un gatito mugroso que le hizo levantarse y salir corriendo… quiso meterse en la casa por la puerta más cercana y como no pudo… sintió que la atrapaban y gritó terroríficamente…. Conclusión: A mi hermana le dio un ataque de nervios, que le perjudicó al instante el funcionamiento del cerebro.

Increible lo que a mi padre le sucedió y por ende a nosotros: sufrimiento tras sufrimiento como a Job. Cuando Edelmira dio señales buenas de compostura, mi padre fue a trabajar donde ese doctor que fue presidente de la República, Alvaro Magaña, se llamaba, lo mandó a Tequendamas, cerca de San Pedro Puxtla a cambiar las láminas del techo de aquellos caserones donde se guarda o se guardaba los implementos que se ocupan en la finca de café… y cuando él, mi papá revisaba tal trabajo, una de ellas estaba floja y cuando se paró encima se deslizó y mi pobre papá se vino abajo… ya casi llegando al suelo la bendita lámina se cantió y es ahí donde se quiebra sus dos pies.

¿Qué hizo el mandador de la finca? ensillar un macho carguero que tenían ahí y montar a mi padre para que a paso voluntario del animal, lo trajera a casa… El patrón lo supo y no hizo nada a su favor, nada de hospital, nada de paga, ni siquiera preguntar por su salud.

Finalmente, mi padre no pudo trabajar… aumentaron las deudas… se perdió la casa donde vivíamos… con lo que le sobró de dinero compró otra propiedad en Salcoatitán y también se perdió… por último muere a los 55 años… a de estar con Dios… ¡Nos quedamos sin papá!

Como quisiera yo saber la historia completa, desde los tatarabuelos de mis abuelos, para no estar haciendo conjeturas que de dónde vengo, o por qué soy como soy espiritualmente o de dónde me vino tanto pelo… Esa es la importancia para mi familia de lo que escribo: Ahora sé que fue la fuerza y energía de los genes de mi Madre y mi Padre ante las dificultades que nos presentó la vida.

A estas alturas de mi vida, estoy pensando que yo no voy a tener descendencia en El Salvador, porque todos mis hijos están pensando irse al extranjero… yo pienso que cuando vuelvan por aquí y se pregunten ¿Quiénes habrán sido mis abuelos?, aquí encuentren la respuesta.

FECHAS DE NACIMIENTO:

Lázaro Augusto = 24 de diciembre de 1941

Alba Edelmira = Enero de 1944

Ester del Pilar o Ester Serafina = 12 de octubre de 1946

Estela de la Cruz = 3 de mayo de 1949

Lázaro Antonio = 20 de diciembre de 1951

César Augusto = 25 de mayo de 1954

Noé Arturo = 23 de febrero de

Juan María = 20 de enero de 1960

Alvaro Migdonio = 22 de diciembre de 1961

Rufina Estela = 31 de julio (asentada 2 de agosto de 1964)

 

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