EL ALMA DE MI PUEBLO

Nació un varón entre muchos que nacieron.
Vivió entre muchos varones que vivieron.
Pasó de los siete que el horóscopo pone,
y eso hace historia y tierra viva.

Tierra bendita.
Amada mía.

Apaneca, donde los cafetales crecen,
y son cabelleras verdes que avivan los pulmones;
flores que alimentan la luz y los ojos,
y muchas que perfuman el ambiente.
Pájaros que coquetean nuestra vista,
aaaaaahhh… pero hay reptiles venenosos escondidos,
que acumularon un tremendo poderío.

Lloraron las montañas y cayó el pueblo
envuelto en la derrota jamás imaginada.
Pero aquí estamos entre muros de adobes,
entre calles empedradas,
enmontadas por el tiempo,
que nunca se detiene.

Oscuras las noches, como el vientre de un gigante
que alocado trajo el viento y …
se quedó dormido…
entre estas dos montañas,
turbado nomás por los insectos que cantan.

Hasta que llega noviembre, esperado mes,
con su viento, su frío y su polvo.
Pero nosotros felices preparando la marimba,
para nosotros ese instrumento era el principio de la fiesta.
Así le llamábamos al instrumento genial,
hecho de fajas, pitas, lonas o mecates.
Para sostener el canasto de bambú o la chuspa
para poner el café a la hora de cortarlo.

A esta altura del tiempo, nuestra gente
ya ha olvidado la historia reciente.
Ahora todo es alegría, esperanzas y satisfacciones,
porque somos como niños buenos e inocentes
que ahora nos moquetean y mañana contentos.

Era hermoso llegar al cafetal y agarrar surco
entre chistes y canciones a juntar el fuego;
porque había que desayunar primero,
aunque solo café con pan y alguna otra cosa ligera,
y a comenzar la tarea con alegría y entereza.

Yo participé de esa alegría, pero desgraciadamente
conocí la historia reciente
y me llenó de pavor.
Porque también viví y conocí de cerca
las necesidades y el sufrimiento de mi gente.
Desde el dolor de estómago, la cabeza o los dientes;
y hasta la maña de fiar y pedir prestado
a los pocos dueños de finca,
nacidos como nosotros,
para pagar ese favor en tiempo de cosecha.

Por eso digo que aquí estamos con forma y sangre…
Pero también así como sopla el viento…
la esperanza de que habrá un día no muy lejano,
en el que un apaneco con cerebro limpio… sano
y un corazón voluntario, férreo… duro…
resolverá las necesidades de la gente…
y que no se vaya porque aquí no encuentre nada.

Hay que recordar que Apaneca tienen todo…
territorio amplio donde cabemos todos;
lugares bellísimos que otros envidian tener;
altitud que favorece al clima, a la luz;
Una flora que favorecería la vida y el bien,
de las plantas y animales a punto de extinción.
¿Y a nosotros por qué no? si adentro llevamos
el gen del nativo que la misma tierra parió
y que espera de nosotros, los inconformes,
la felicidad y la alegría plena otra vez.

A mí no me alcanza la memoria
del paisaje de antaño y los cambios de los cafetales…
así se llaman los sitios,
en donde el pisto nace de los pies del pueblo.
El café madurando, despertando ilusiones,
donde los fangos se quedan secos
y los vientos siguen soplando
igual que las esperanzas de una vida mejor.

Pero los recuerdos quedan…
y se llevan al más allá.
Los rostros desnutridos y gastados por el tiempo.
La juguetería en el cafetal con las muchachas.
Las madrugadas, los nortazos y las aguantadas de hambre.
El miedo al patrón y al caporal servil de la finca.
Los canastos, los costales y las pitas.
La sacada del café, las canciones y los chistes.
Las pepenadas y escogidas de los cafés.
Las regañadas de mi padre y mi madre en casa.
El tambache con sus frijoles, las tortillas y el queso.

Todo parece un sueño… muchas cosas olvidadas.
Esto fue un tiempo, el alma de mi pueblo.

LAZAU

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