
Tendría yo diez años cuando ya me escapaba a escondidas de mi mamá para juntarme con otros cipotes e ir a disfrutar del tobogán natural; en solo 15 minutos estábamos allá, jugábamos una o dos horas para luego regresar en otros 15 minutos lo más.
Recuerdos que no se olvidan, más que todo cuando al cerrito lo vemos de lejos ahora cultivado de café, cuando en aquel entonces gran parte de su frente estaba cubierto de grama natural que permitía que nosotros los cipotes nos “choyaramos” a gran velocidad. A esa edad no éramos nada de atrasados, siempre andábamos vigiando las cáscaras que botaban las palmeras cuando también botaba sus ramas; cuanto más amplias y largas caían, mejor eran para poner las nalgas y los pies cómodamente. Cuando íbamos las llevábamos y jugábamos, y cuando terminábamos el juego las escondíamos para el próximo escape.
Estoy hablando del Cerrito, que en aquel entonces nuestros ancestros indígenas que llegaron ahí por primera vez, en el transcurrir del tiempo, formaron a toda una generación. Por ende ellos también le pusieron nombre a todas las cosas y a los lugares que encontraron. El caso que nos ocupa es que toda esa primera generación al cerrito le llamaron TEXITZ (que en su dialecto Nahuat significa de Tex = caracol e Itz= sonido claro y agradable). Creo que le pusieron así porque cuando cada quien que subía llevaba un caracol, y cuando todos estaban arriba, los hacían sonar a la vez para deleitar a los habitantes del pueblo con el sonido claro y agradable que salía de éstos. La otra versión que también es aceptable, es que en la entrada del camino que llevaba a la cumbre, la lluvia había formado un callejón con paredes altas a ambos lados que contribuía a darle la forma de un caracol, y cuando la gente hablaba o gritaba dentro de éste, se oía un eco o sonido agradable… Así es como los que llegaron primero – a los que yo les llamo de la primera generación – le llamaron TEXITZ. Luego los de la siguiente generación – la segunda – le nombraron TEXIZAL. Posteriormente, los de la tercera generación – que somos nosotros – le llamamos EL CERRITO… Veremos cuánto dura ese nombre, porque una generación dura miles de años… Por ahí hay ya habitantes nuevos que le han empezado a llamar: DE LAS CRUCES.
Éste debió haberse declarado un lugar turístico libre para los pobladores de Apaneca, pues en aquellos dorados tiempos no había cercos y si los había, transitábamos libremente por doquier. Era fantástico estar ahí. Desde que subíamos por la “Z” o camino para llegar a la cúspide, divisábamos las casas del pueblo. Hubiéramos querido volar como los pájaros y hacer mucho mejor el disfrute. Frente a la cruz estaba el deslizadero… al internarnos en el bosque, era como que estábamos en el cielo. Créanme que hace poco alguien subió una foto en Facebook de mi querido cerrito y pasé largas horas saboreando los recuerdos.
No sé a cuánto ascendió la imaginación de los poetas, porque una vez los oí decir que era la cara de un joven guardián vigilando los movimientos de los moradores.
LAZAU