
El Cipitío se quedó solo vagando por los bosques y cerca de los ríos, lagos, lagunas y ojos de agua; ese fue su destino; se quedó niño sufriendo, pero disfrutando de las bellezas naturales de la campiña, aunque a veces se sale y asusta a los niños sin que esa sea su intención.
Hay diferentes opiniones sobre su fisonomía y conducta. Algunos salvadoreños lo pintan feo y malo y otros en cambio bonito, bueno y agradable.
Doña Toña Puquir, dice que lo vio un día cuando era muchacha y se estaba bañando en el tanque de Quezalapa, se sentó – dijo – en una laja enfrente de mí; me tiraba semillas de la frutita que estaba comiendo y cuando lo veía también me tiraba besitos.
Doña María Mata dice, que cuando estaba cipota un día que fue a traer un cántaro de agua a la quebrada en Tizapa donde vivíamos, se me apareció en el camino – y me acompañó un rato y me decía cosas que no entendí. Cuando regresé me lo encontré arriba de un árbol de madre cacao y había botado muchas florcitas para que yo las patiara al pasar.
Doña Tenchita Sánchez, contó también su experiencia – cuando yo estaba pequeñita de unos seis años de edad, mi padre y mi madre se fueron al pueblo para traer los comprados y me dejaron sola; entonces vivíamos cerca de la Laguna Verde, cuando de pronto se me apareció un niño que parecía viejito y dijo que quería jugar, yo me asusté por que usaba un sombrerote y para tomar agua cargaba un tecomate. Él jugó, pero yo no tuve valor; sacó de su morralito unas piedritas lisitas pero muy lisitas y en el tierrero formó una cosa como laguna, le puso alrededor las piedritas y … como se hizo tarde se fue. Cuando papá y mamá vinieron me preguntaron que quién había venido… Y les dije que un hombre bien chiquito y dijeron: “ese fue el Cipitio”.
Hay tantas cosas que se pueden decir de esta historia, parece que yo ya conté en otra narración que cuando yo viajaba a la Bellota para ver a mis abuelos, un día que venía de regreso en el mero callejón del cerro, vi a un hombrecito pequeño que cogió para la montaña, no iba caminando, sino saltando… Mi abuela me dijo – debió haber sido el Cipitío… Pero si ese no hace daño, solo quisiera jugar con los cipotes.
Otras personas cuentan que en los lugares solitarios y húmedos por las aguas en el silencio de las noches se oyen carcajadas de niños que juegan; pero no son más que historias que nuestros antepasados nos han dejado desde hace cientos de años y han pasado de generación en generación, convirtiéndolas en seres mitológicos.
LAZAU