
Nos juntábamos tres o más cipotes sin el consentimiento de nuestros padres, con sólo la disposición de nosotros mismos, y nos poníamos en camino hacia la “Lagunita” para hacer tantas cosas que no alcanzaría el espacio en este escrito para describirlas; por supuesto la época era tranquila y todo lo que hacíamos era respetándonos nosotros mismos y a la naturaleza.
No nos importaba lo empinado y escabroso del camino, lo liso del barro… ni el “tetuntero” fueron obstáculos para llegar en un ratito y ver de cerca lo impresionante del paisaje al llegar… Una brisa fresca mitigaba el aparente cansancio… respirábamos y se sentía la sabrosura de lo heladito en los pulmones. Comenzábamos la parte más emocionante metiéndonos por la derecha a la montaña, porque las aguas estaban rebalsando, para llegar a una especie de playita en donde estaba el meollo de la diversión: bañarnos a calzón quitado. Nos metíamos hasta el cuello cerca del tular en donde las aguas claras nos cubrían todo; el griterío era tal que hasta los patos que nadaban cerca se escondían. La diversión ahí terminaba cuando llegaban otros cipotes con otros intereses.
Terminada ahí la algarabía seguíamos bordeando la Laguna, a veces entre la montaña, a veces pateando el terreno fangoso, y muchas otras veces abriéndonos paso entre la maleza cerrada de la orilla. En esa travesía nunca dejamos de disfrutar de alguna frutita como los alaices, que aunque parecen mocos dulces con apariencia de niguas a nosotros nos gustaban; los escobos que nos delataban porque manchaban la cara y la ropa, pero como eran ricos no nos importaba. A veces tomábamos la decisión de internarnos en la montaña para mecernos en los bejucos al estilo Tarzán y recoger tempisques, ciruelas y cotomates de pequeños arbustos que ya conocíamos; a veces encontrábamos también anonas y jocotes en el camino. Todo esto cambiaba porque los árboles no siempre tienen cosecha, así como también los amigos no siempre eran los mismos, además no era diversión de todos los días.
Una aventura non grata viví entre tanta alegría cuando nos cogió la tarde una vez y como había que pasar por un tablón viejo y podrido de un lado al otro del frente de la laguna, al que llamábamos Horno que servía de colador de las aguas que antiguamente bajaban para abastecer al pueblo, tirábamos una moneda para decidir quién de nosotros lo pasaría primero y me tocó a mí esa vez. Ya iba a mediados de la distancia entre ambos lados, cuando el palo empujador se me quebró frente al Horno, mis compañeros de ese entonces al ver que ya era tarde me abandonaron en la lucha ¿Yo qué hice? Pues tirarme de panza encima del dichoso tablón y a puras cachas con la mano lo hice avanzar hacia la otra orilla cuando ya casi oscurecía. Mi papá averiguando supo con quienes andaba… los encontró en el camino y los hizo regresar… entrando en lo más estrecho del camino me los encontré… mi padre estaba enojado, pero no me dijo nada… cuando llegamos al pueblo ya se le había pasado la cólera; pero empezó a contar historias de algunas tragedias de la época suya… así era mi papá… y yo tomé conciencia de la gravedad de la hazaña.
Ya mayor fui con un biólogo francés y un periodista italiano porque querían tomar fotos de flores exóticas y mariposas. La sorpresa más grande para ellos y para mí fue que había cercos con alambre de púas que la señalaban como propiedad privada, un lugar que debía ser patrimonio de la población por su belleza y contenido. Además, observamos que allá a lo lejos en el cubilete, en uno de los bordes de la cuenca de la laguna había un aserradero, sin duda para contribuir al calentamiento global… También lo lamentamos… Y las autoridades… Santiamén.
LAZAU