
La siguanaba para nosotros es una leyenda pero para nuestros ancestros pipiles era parte de su idiosincrasia político-social-religiosa, y éste es un ejemplo de la relación entre la raza pipil y la naturaleza, cuando la leyenda habla que el hijo Tlaloc (el agua) se casa con una mujer coqueta y elegante llamada Sihuelut (mujer bella), pues todos sabemos que el agua es el elemento esencial para la vida (plantas y animales).
La leyenda en síntesis dice que Sihuelut conoció al joven príncipe hijo del dios Tlaloc… Sihuelut se enamoró locamente y se casaron, vivieron muy felices, pero al nacer su primer hijo todo cambió; pues cuidar al niño era dedicar todo el tiempo a él… Sihuelut se volvió mal humorada porque las fiestas le hacían falta.
Su hijo era pequeño y su tez morena como ella y le pusieron el nombre de Cipitío… Sihuelut pasaba el tiempo furiosa y renegaba porque no podía ir a las fiestas. Cuidar al hijo era un martirio para ella.
Como su marido era guerrero y se iba lejos, ella tomó la decisión de ir a la fiesta de su casicazgo sin tomar en cuenta las consecuencias ya que el niño se quedó dormido.
A media noche, Cipitío se despertó con hambre, pataleó y lloró y nadie se dio cuenta y al fin se quedó dormido. Ella regresó en la madrugada solo a dormir sin acordarse de su hijo. Siguió saliendo todas las noches y el pequeño sufría el abandono y para no morirse de hambre se subía al “polletón” para comer ceniza.
Al regresar el príncipe se dio cuenta de la conducta de su mujer y el mal trato que daba a su hijo; el Príncipe descontrolado se fue a llorar al bosque, ahí concurrió Tlaloc y le dice que ya está enterado y por eso la castigará con dureza, dijo.
Sihuelut estaba escondida y escuchó las palabras del dios Tlaloc, sintió miedo y pidió perdón prometiéndole cambiar. Tlaloc aceptó la petición y Sihuelut se empezó a comportar bien y se hizo buena madre y esposa; pero pronto olvidó la promesa y a los pocos días abandonó por completo a su hijo y a su esposo de nuevo.
Un día Cipitío se desesperó porque se quedó solo y con mucha hambre y se fue de la casa y se perdió, ya no pudo regresar a su choza.
Tlaloc se dio cuenta de lo ocurrido y llamó a Sihuelut para cumplir el castigo anterior y le dijo: “Desde hoy te llamarás Siguanaba (mujer de las aguas), tu castigo será caminar por todos los ríos, lagos y lagunas hasta que encuentres a tu hijo”. Eso hace la Siguanaba todos los días y noches… Dicen que es horrible: Ojos grandes, colorados, labios volteados y dientuda, el pelo enredado y sucio.
Hay personas que aseguran que la han visto y que tiene las chiches largas y que cuando se enoja se las golpea sacando un ruido como cuando se golpea un trapo mojado en la pared.
Pero en El Salvador hay tantas versiones, ésta solo es una más… En Apaneca sabemos que algo le dejó de ventaja a la siguanaba como es el hecho de cambiar a su gusto su fisionomía y de acuerdo a las circunstancias; pero solamente un ratito y es lo que ella aprovecha, para engañar a los hombres especialmente.
Don Arturo Rodríguez, un hombre psicológicamente fuerte era perseguido por los espantos y una vez que me contaba sobre el poder de los gatos y los cadejos negros y las tuncas hociconas, también me contó que cuando él tenía siete años su mamá lo dejó solo en la casa del cafetal donde vivían en el cantón Chucutita y cuando volteó la cabeza hacia la ventana que era muy alta, vio a una mujer bellísima y como vio que estaba solo, bordeo la casa y entró por la puerta principal, pero ya no era la mujer grande que había visto, sino que era una niña como de su edad… Que lo tomó de la mano… Le dio que chupara una leche burra, como que ya sabía que le gustaban, y se lo llevó por el camino recto que iba a salir a la calle amplia principal… Pero solo habían caminado media cuadra y desapareció misteriosamente y yo como estaba chiquito no me di por asustado, dijo.
Al Tío Manuel Calderón, se lo llevó el chipuste porque a pesar que era un tunantón, con experiencia en cuestión de mujeres, sufrió lo peor que un hombre de su calaña puede sufrir. Cuento que ya expliqué en otro escrito (Una aventura fugaz). Pues al pobre Tío Manuel fue seducido con miradas en uno de los bullicios de las fiestas patronales, la Siguanaba se lo llevó a un cafetal que linda con el camino que va a la fuente de San Andrés y cuando él ya estaba bien excitado por la mujer, se le abalanzó y fue a caer al fondo del barranco formado por el pateo de la gente y hasta el día siguiente las primeras aguateras lo encontraron todo quebrado. Él contó después que ella desapareció como un espejismo.
Don Chón Pérez contaba que no es broma lo de la Siguanaba… Él decía que cuando era muchachón se enamoró de una cipota que no era bonita pero sí muy atractiva… La conocí por medio de una señora amiga que la acompañaba para traer leña de una finca que se llama “Las Brisas” después del “Paso”. Siempre que la señora pasaba por mi casa y llevaba el mecate, el yahual y el corvo cuto leñatero yo ya estaba avisado y encrespado, porque ya sabía que la cipota la acompañaría… Así pasamos mucho tiempo… Y disimuladamente las alcanzaba en el camino, porque la mamá siempre estaba pendiente de sus movimientos… Un día le dije: Mirá mamita ¿A ver cuándo podemos venir solitos? Y ella me contestó que sí… Cuando yo te haga la seña me dijo.
Yo me quedé entusiasmado… Me quedé pendiente esperando la seña… Y nada… Pero al fin, yo vi una seña allá a lo lejos… Caminó un tantito y emprendió el camino… Y yo también guardando la distancia como lo hacía antes cuando iba con la señora… Lo raro fue que no la podía alcanzar… Cuando pasamos la barranca del paso la alcancé… La quería tocar como antes y no se dejaba… Se metió a los matorrales y ahí yo ya estaba encabritado… La quise acariciar como antes y no se dejó tampoco… Pronto salió corriendo y carcajeándose, burlándose de mí.
Cuando volví a mi casa venía mi dulce amor de hacer sus tareas de la escuela con sus amigas y yo haciéndome mil conjeturas, contó don Chon…
LAZAU