
La idiosincrasia de nuestros pueblos en los siglos pasados, fueron diferentes al siglo XX, que es en el que yo viví la mayor parte de mi vida; sin embargo, el arraigo de las cosas que ocurrieron en el pasado repercutieron en el nuestro y así sucesivamente… lo que ahora vivimos repercutirá en el futuro.
Esta historia es parte de lo que viví cuando apenas era un cipotío.
Una cruz puesta en el camino para un niño de mi edad era frustrante; todos sabíamos, porque oíamos a los adultos, que una cruz significaba que ahí habían matado o había muerto un cristiano… Contaban además que los dolientes cuando el finado cumplía nueve días o novenario le ponían flores, y a los cuarenta se levantaba el espíritu dándole cuarenta riatazos al suelo en el que cayó con una vara acabada de cortar de un árbol vecino; costumbres que los grandotes hacían y que nunca entendieron que hacían daño psicológico a los niños… Terrible lo que hacían nuestros mayores, porque hasta las cruces que ponían a la salida del pueblo e inicio del camino nos aterrorizaban, no obstante que eran para hacernos un recuerdito de que había un Dios en quien encomendarnos.
Hubo un tiempo en el que yo me ausenté de la escuela por culpa de tres maestros que me golpearon injustamente y que ya conté en otro escrito; viajaba todos los días para ayudar a mi abuelo en los oficios caseros, en donde aprendía jugando; cuando pasaba frente a las crucitas del camino hacia San Pedro Puxtla, el mismo que va a Quezalapa, me preparaba haciendo la señal de la Cruz como me habían enseñado… Lo terrible sucedía cuando viajaba solo… El cuerpo se me encogía y la piel se me hinchaba de miedo… La mente y el espíritu, a saber por dónde andaban.
En esa época era común que los cipotes aparecieran cachetones y con fuerte diarrea intestinal y no había más remedio que buscarle un padrino para que junto a su padre o su madre lo llevaran a la iglesia y que el párroco de pueblo le rezara los santos evangelios; y solo así, el cipote recuperaba su salud. Yo recuerdo que no solo los cipotes enfermaban de susto, sino que también los grandes… Yo traigo a cuentas que un señor que se llamaba Ancisclo, que trabajaba en la finca de la Cumbre, que según contaron se le apareció su patrón con polainas y todo como lo era… porque ya había muerto años atrás… El señor se fue poniendo cachetón, se fue hinchando todo su cuerpo y como no quiso ir a la iglesia, finalmente murió.
Un día que compartía con unos amigos en una fiesta se me acercó un muchacho de mediana edad y me dijo – ¿Puedo tomar una copa con usted? – Seguro, claro – le dije yo – y él replicó – ¿Usted no me ha conocido verdad? – No – le dije yo – Es que usted es mi padrino – contestó él… usted me llevó a la iglesia para que el cura me rezara el evangelio cuando estaba chiquito y me enfermé de susto.
Yo recuerdo que cuando jovetón, tres veces me buscaron para esos oficios de la tradición que en resumidas cuentas la fe y la oración son medicina.
A mí en lo personal tres veces me calaron los espantos en esos cientos de veces que transité el camino hacia Quezalapa, digo me calaron, pero sustos fueron muchos. Les voy a contar el primero:
Regresaba ya tarde cuando el sol se escondía, pasaba frente al callejón del Cerrón, cuando vi un hombrecito chiquito como de 75 cm. que iba hacia arriba de la montaña, pero no caminaba, sino que saltaba y era morenito, muy flaco y usaba sombrero. En ese momento yo ya no pude caminar… Se me erizó todo el cuerpo y la respiración la tenía entrecortada… Hasta que pude hacer la señal de la cruz y decir un pedazo de la oración que mis tías Ana e Imelda me habían enseñado y no la solté hasta que llegué a mi casa para contarle a mi papá y mamá lo que me había sucedido. Al día siguiente que le conté a mi abuela me dijo que había sido el Cipitío, pero que ese no hacía ningún daño y que – Lo que quería era jugar con vos – dijo.

La segunda vez, en el lugar que llamábamos Piedra de Afilar, en el espacio donde corrían o corren las aguas que vienen de la montaña habían unas piedras grandes como lajas; pues ahí merito, en circunstancias parecidas, porque ya casi era de noche y algunos pájaros nocturnos empezaban a silbar, vi a una mujer que estaba sentada en una de las lajas y tanto fue mi miedo que yo veía que me llamaba, aunque quizá no fue así; sin embargo, era increíble que a esas horas y en ese lugar una mujer estuviera haciendo algún menester. Por otro lado, era una mujer bonita y bien vestida y no era lógico que ella estuviera ahí. En cuanto a mí, pasó lo mismo que cuando vi al Cipitio, solo pude caminar cuando hice la señal de la cruz y el resto de camino lo hice corriendo… Llegué a casa y vino el regaño y el consejo. Al día siguiente que regresé donde mi Abuelo me dijo: ¡Era la Sigüanaba ja, ja, ja… no seas baboso, no era con vos la cosa!
La tercera vez, se me olvidó que no tenía que esperar la noche y salí corriendo; como ya me había acostumbrado que cuando pasaba por donde ya me habían asustado antes, pasaba a gran velocidad sin voltear a ver hacia los lados y pensando en el Ángel de la Guarda, pues ya mis tías y mi abuelita me habían enseñado una oración. Pero ese día no dio resultado, porque cuando yo pasaba exactamente sobre el bitoque, un animalito blanco, pero muy blanco, se me apareció y me quedé perplejo, se me encrespó el pellejo porque el animalito rozaba su cuerpo en las mangas de mi pantalón…Naturalmente perdí el conocimiento y no me acuerdo de nada, ni siquiera la oscurana del camino, ni tampoco qué se hizo el animal; de lo único que me acuerdo es estar debajo de la lucecita del foco que apenas alumbraba frente a la casa de Don Julián García que vivía en la entrada del pueblo. Al contar la historia a mi papá y a mi mamá inmediatamente dijeron – ¡Fue el cadejo! – Al día siguiente le conté al abuelo y me aconsejó: !De ahora en adelante, después que comás te vas! Pero yo no le hacía caso porque siempre me iba al cafetal a seguir jugando.
En esa época la gente decía que a los hombres se les aparecía el cadejo negro y a los niños el blanco.

Finalmente lo que yo he pensado ahora que soy mayor y por las características de lo que viví en ese momento… pienso yo que fueron extraterrestres los que me trasladaron del bitoque a la orilla del pueblo.
LAZAU