
Cuando yo ya andaba cerca de mi abuelo Toño que vivía en su finca llamada Campos Elíseos, en la región de la Bellota en el cantón Quezalapa, y que todavía me daban a “atol con el dedo”, vi con mis propios ojos de cerquita como un enorme incendio devoraba la montaña, cosa que en aquella época me causó miedo y estupor; ahora cuando me acuerdo me da rabia y coraje por no haber tenido la edad para denunciar y detener lo que en verdad estaba sucediendo.
¿Quién habrá tenido la culpa? La respuesta así a secas es: La fiebre del café de principios del Siglo XX y de mediados, que con la desmemoria de los gobernantes, autorizaron la pérdida de las tierras de nuestros nativos (ejidos y comunales); además por favorecer a forasteros con dotes de ambición con tan solo una Ley, la más torpe conocida en el mundo, que por la siembra de once palitos de café ya iba a ser dueño de esa tierra; y por último, por la inocencia de nuestros nativos que en vez de pelear por su tierra, se sintieron felices porque iban a recibir una paga, sin darse cuenta que estaban etiquetando su porvenir en favor de esos forasteros.
El incendio que hasta hoy me aterroriza, fue provocado por el patrón que no se conformó con lo que la ley le había regalado, sino que quería agrandar su poder pasando por encima del amor a los árboles centenarios y dolor de los animales; además de las consecuencias en la salud de la gente por el cambio climático y por ende el deterioro del medio ambiente en donde vivimos todos incluyendo al mismo patrón.
Yo vi rodar desde lo alto de la ladera del volcán grandes troncos centenarios envueltos en llamas y muchas aves volando allá a lo lejos buscando otro refugio. Por esos lados conocí Tucanes o Navajones, como nosotros les llamábamos; Urracas, Carpinteros cabezones y un pájaro que vivía en manadas que llamábamos Collarejo, que ya no están; y no digamos los animales que no podían volar, que se acabaron sin que nadie dijera nada, ni diera cuentas de semejante atrocidad.
Años más tarde fui a cortar café a ese lugar… Grandes plantillas cargadas de café y el patrón “dándose el taco” de tener el mejor café de la región, calidad de altura… Mejor pagado en el mercado… y nuestra gente cada vez más pobre y enferma… Y nosotros hoy en día con un pésimo clima diferente al de aquella época.
Otro día fui por ahí y no pude ver ni un ave, ni mucho menos iba a ver un animalito rastrero… ¡Qué vergüenza! Solo quiero decir esto: Que esa fue la regla de todos los forasteros que vinieron a Apaneca para agrandar sus fincas; y no solo de éste que en esta ocasión describo.
LAZAU