Frisaba yo mis trece años cuando tomé una de las decisiones más importantes de mi vida, pues después de haber perdido tres años de escuela volví a ella con ímpetu; aunque añoraba estar cerca de mi abuelo en Quezalapa disfrutando de las bondades de la campiña; pero también necesitaba aprender muchas cosas que solo la escuela las da, y más aún, cuando me encontré con una maestra genial apanequense que despertó en mí el interés por ser algo bueno en la vida.
La niña Toyita, como le decíamos, excelente maestra; Victoria Rivas se llamaba. Con ella aprobé el tercer grado, seguí con ella también en cuarto y me fue muy bien porque me cobijó, me aconsejó y me indicó el camino a seguir.
En una ocasión me seleccionó para viajar con el director de la escuela, Don José Domingo Arévalo, para competir en un concurso de poesía donde llegaron representantes de todas las escuelas del departamento de Ahuachapán. El evento se desarrolló en la Escuela Antonio J. Alfaro de Concepción de Ataco con el tema menos esperado “El Rio”, ahí me gané el primer lugar. Recuerdo que cuando subí al kiosko a leer mi poema, Don José Domingo me animaba, pero mis canillas temblaban; pero finalmente pude controlarme, subí y lo hice bien. Ese día me entregaron un hermoso diploma con letras góticas y a colores, un libro importante para la vida llamado “Corazón” y dos tomos de biología de Montts Calderón. No me lo acababa de creer porque a mi edad, aún no había podido apreciar las bellezas de un río, pues en Apaneca no lo hay… escribí el poema solo con la imaginación.
Cuando pasé al quinto grado igual, la Niña Toyita me eligió para competir en un concurso de ortografía a nivel de la zona occidental del país. La escuela Mariano Méndez, en la ciudad de Santa Ana fue la sede; don José Domingo otra vez me llevó en su camioneta. A él lo nombraron uno de los jueces y por eso no pudo estar cerca de mí durante el evento, así que solo me dijo: “Carlos, usted es bueno para la ortografía… conteste tranquilo… usted sabe”… cuando habían pasado las dos horas estipuladas, entregué mi prueba y… me fui afuera a esperar a mi director donde habíamos dejado la camioneta.
Cuando por lo menos había pasado hora y media, divisé que venía hacia mí cambiando de colores y sin mediar palabra me dio un moquete con el puño en mi cabeza y me dijo: “¡Si usted no hubiera puesto la palabra lejía con “g” nos hubiéramos llevado un puesto!… ¡Súbase! – me dijo. Iba tan bravo que no me dirigió la palabra en todo el camino… Al día siguiente muy temprano me llamó a la dirección y me pidió disculpas… y luego en formación general de todos los alumnos de mi escuela, me felicitó y dijo que yo solo había tenido siete errores y los tres ganadores solo habían tenido seis.
Antes de esta época de satisfacciones en la escuela, fui ahuyentado por dos maestros; estando en el tercer grado don Augusto Aguilar y el director Don Miguel Selman Villalobos, solo pude regresar cuando supe que ellos ya no estaban. Repetí el tercer grado con la niña Toyita, a quién quisimos mucho todos, digna de llamarse maestra. Sin olvidar la maestra que me enseñó a leer y escribir, la niña Rosita Vielman, que también la quisimos mucho porque a los varones que encontraba sucios nos obligaba a bañarnos en la escuela.
A los demás maestros que aunque nunca estuve con ellos, vaya también mi reconocimiento, pues de alguna manera fueron mis ejemplos; ellos son Don Lorenzo Aguilar Bautista, Doña Julita Saz de Vielman, Doña Angelina de Cuellar, Don Alfredo Quiñonez, Don Jorge Velis Vindrel y Doña Esperanza Gómez Cuestas de Castro, que fue mi maestra en sexto grado y de lo que me acuerdo muy bien, es que nos trataba como a niños chiquitos y es que ella nunca había tenido el sexto grado… y nosotros queríamos más fuerza.
LAZAU