Foto portada: Justa Rufina Arévalo Avelar y Antonio Saz Herrera
Como se dice en buen caló, me hice profesor a patadas y mordidas, no porque me faltara vocación y capacidad, sino porque no había recursos y tuve que luchar contra cientos de obstáculos que se me presentaron en aquella época ingrata para un cipote ambicioso de mi edad.
Yo vagaba entre muchos desde que tuve uso de razón. En un principio la vida me fue placentera porque mis abuelos maternos, aunque vivían en el campo, relativamente eran algo acomodados y me querían mucho: me atrevo a decir que fui su nieto consentido porque me los había ganado con mis actitudes. Todos los días viajaba rumbo al cantón Quezalapa a la finca “Campos Elíseos” enclavada en la región de La Bellota y llevaba de una vez los comprados: seis reales de hueso de res para la sopa, cuatro reales de conchas para la boca y una pacha de guaro, tarea de todos los días… Sentadito en un tronco de árbol grande caído a la vera del camino, me encontraba a mi querido abuelo que me recibía contento con un “Yavenishijo”… Tomaba el tanate… lo habría… sacaba primero una concha… y con la uñas fuertes que tenía hacía dos tapitas el molusco… Se tomaba el primer talegazo y chulungún la concha… La que hacía chupada con sonido de choploco. Luego bajamos juntos a la casa de la finca donde nos esperaban mi abuelita y dos tías que no se habían casado todavía.
Yo llegaba contento y entusiasmado a buscar el cántaro para acarrear el agua desde el Ojo de Agua hasta terminar de llenar un enorme calderón y un barril de hierro que se encontraban en el patio contiguo a un barandal de la casona… Esto lo hacía acompañado de la tía Ana y como el Ojo de Agua estaba como a seiscientos metros me permitía jugar de camión, haciendo los recovecos, la velocidad acelerada en las rectas, poca velocidad en las vueltas con chirridos, simulando los peligros que esto conlleva en caminos escabrosos y con carga; hasta el ruido del motor y los frenazos los hacía con la boca… Mientras mi tía hacía un viaje yo hacía dos y a las diez de la mañana el calderón y el barril de hierro estaban llenos. Hoy recuerdo con tristeza los caminitos y los pocos árboles que me vieron jugar entre la montaña carcomida ya, por el pecado ambicioso de obtener mayor riqueza.
Los demás trabajos eran variados y ocasionales; cortar leña, alistar el monte y el zacate para el caballo, la mula y la vaca, bajar las pacayas para la venta, los güisquiles o las frutas y los racimos de guineos cuando ya estaban a punto… Todas las tareas se hacían con una gran dosis de juego. Cuando llegaban los primos y los cipotes vecinos jugábamos de todo, pero diría yo ecológicamente porque ocupábamos el medio ambiente con respeto, a tal grado que hasta volábamos piscucha encaramados en las horquetas de los árboles grandes, sin desmedro de sus ramas… Hacíamos ranchitos en el cafetal y cada quién tenía el suyo. Hacíamos de todo imitando a los mayores. Cuando llovía el juego era mejor porque estábamos seguros que nadie nos espiaba… A veces nos íbamos de cacería a carrerear a las ardillas o a tratar de emboscar a los conejos o a puyar en los huecos de los árboles a los girones que, aunque no agarrábamos nada, corríamos y nos carcajeábamos bastante.
Por la tarde, otra vez de regreso para el pueblo cargadito con pacayas, güisquiles y frutas; además, centavitos que mi abuelo me daba por el día trabajado… Bastante dinero juntaba para mis gastos personales. Yo sentía bonito por la vida facilona que llevaba; pero lo que en verdad estaba pasando es que andaba huyendo de la escuela.
Aprendí a leer con Doña Rosita Vielman, de grata recordación para mí, pues ella con mucho amor nos dejaba aparentemente castigados, pero su objetivo específico era bañarnos y enseñarnos cómo debíamos hacerlo en casa, así como otras normas de higiene importantes en la vida. Pasé a segundo grado con don Homero Hidalgo, profesor joven y apuesto originario de Tacuba; con él estuve bien. Fui a tercero con el Sr. Augusto Aguilar, que a saber de dónde llegó… Aquí sí que no entendía nada… se me vino el cielo encima… lo recuerdo muy mal porque una vez que unas niñas de caché muy conocidas, estaban molestando y haciendo bulla, el profesor se dio cuenta y para salvarse del enojo y el castigo, dieron queja de mi… me llamó hacia el frente y con todas sus ganas me pegó tres reglazos en las manos… me hizo llorar… y para completar su gusto me llevó a la Dirección y allí el Señor Director Don Miguel Zelman Villalobos, me aplicó dos riatazos en las nalgas… me tuvo parado toda esa hora y la siguiente y cuando me mandó a formar para irme a casa, me dijo que mejor ya no volviera… y así fue, ya no volví. Cuando ahora los veo en las entrevistas por la tele como Licenciado en Ciencias de la Educación, uno y el otro, psiquiatra, me lleno de coraje y cólera porque el trauma que me causaron todavía lo llevo a cuestas.
Yo a nadie le conté mi problema, ni a mis amigos siquiera. Perdí cuatro años de escuela, pero yo feliz porque mi papá y mi mamá me compensaban con cariño, además tratándose de volver a viajar donde mis abuelitos donde también me apapachaban, lugar que ya conocía y aprendía cada vez más cosas nuevas del campo.
Nada me hacía cambiar, me gustaban las tareas de antes y estar cerca de mi abuelo, trabajar jugando era mi pasión… Cuando alguien me platicaba de ir a la escuela decía yo ¡Que Chipiada!… Me había comprado un par de botines cafés muy elegantes, por cierto, pero jamás me quedaron buenos, eso sí, me sirvieron de alcancía, llenas de billetes y monedas estaban siempre, que hasta préstamos sin retorno le hacía a mi papá cuando el zacate o comida del rebaño se acababa en la alacena.
Había mucha gente que desconocía mi vida de abundancia y solo veían mi tamaño, por lo que me aconsejaban volver a la escuela, pero yo siempre estuve renuente. Don Lito Arévalo, un señor gordito que montaba un jeep, me alcanzaba en el camino cuando regresaba por la tarde y desde que arrancaba empezaba el martilleo con lo mismo cada vez con palabras diferentes… “Mirá cipote – me decía – deberías ir a la escuela, fíjate que para ser un buen hombre hay que aprender muchas cosas que solo ahí las enseñan”, yo lo tengo presente cuando me alcanzaba y paraba el carro entre una nube de polvo y me decía: “subite; poné la carga atrás y te venís a la par conmigo”… y comenzaba la cantaleta… Don Lito como sabio poco a poco mi conciencia corroyó.
Tenía catorce años de edad cuando de repente entré en un trance de melancolía porque los primos y los otros cipotes con quienes jugaba habían vuelto a la escuela. En esas circunstancias averigüé que los maestros aquellos ya no estaban… que Don José Domingo Arévalo era el nuevo director y que había nuevos maestros. Y vino la reflexión definitiva. Gracias al altísimo yo ya había prendido a tomar decisiones.
En ese bendito momento llegué a mi casa y le dije a mi padre: “Mañana me voy a la escuela” fuimos con mi madre a la tienda y compramos cuatro cuadernos rayados, otros para el dibujo, caligrafía, ortografía y mapas; el que llamábamos de borrador, me lo hizo ella de papel de empaque; lápices y pluma fuente siempre hubo en la casa; el bolsón mi madre lo improvisó de la manga de un pantalón que mi papá que ya no usaba.
Muy temprano estábamos ahí, la maestra Toyita Rivas daba clases a tercero, el que yo iba a repetir. Doña Toyita, señora que siempre he respetado y recordado con cariño porque todo aquel enredo que yo tenía en mi cabeza y también el sentimiento adverso a la escuela se terminó, cuando ella puso su mano sobre mis hombros y dijo: “Está aceptado… déjemelo” mi mamá dio los datos y una nueva era comenzó para mí.
De ella hay mucho que decir, pero el espacio es corto, aunque vale la pena resaltar algunas de sus virtudes como lo joven y atractiva a nuestros ojos, mente y corazón… todo lo que enseñaba lo hacía fácil de captar y asimilar… templada en cuestión de disciplina acompañada de consejos adecuados a nuestras necesidades y aspiraciones… Tres años pasé con ella (3º,4º y 5º), los más felices de mi época de estudiante. Una anécdota con ella voy a contarles: Todos notamos que a la Niña Toyita le gustaban los jocotes tiernos y los mangos, nos gustaba verla cuando se chupaba los dientes y aturraba la cara de gusto cuando los probaba… pero también fuimos observando que se ponía más bonita y el estómago le iba creciendo… inolvidable suceso porque todos nos pusimos tristes cuando supimos que iba a tener un bebé… la queríamos mucho… el rendimiento bajó.
En la escuela todo había cambiado, había otra dinámica. Don José Domingo a quien recuerdo con gratitud y cariño le puso otro estilo. Estando yo en cuarto grado él me llevó a un concurso de poesía a nivel departamental que se llevó a cabo en Ataco. El tema que según todo el mundo iba a ser el Capitán General Gerardo Barrios, porque fue un 29 de agosto el día en que lo fusilaron, que fue descartado porque el jurado argumentó que podía haber fraude. Ellos se reunieron y tuvimos que esperar. Quedó finalmente como tema El Río, yo me gané el segundo lugar y me dieron diploma, los dos tomos de biología de Montts Calderón y el libro Corazón. Don Chepemingo y la niña Toyita se pusieron felices, yo lo noté.
Estando ya en quinto grado me seleccionaron para ir a competir en ortografía y comprensión de la zona occidental, en la Escuela Mariano Méndez de Santa Ana; Don Chepemingo me llevó en su propio carro… estuvo conmigo hasta colocarme en el sitio que me correspondía y solo me dijo: “Tranquilo Carlos”… Cuando terminé la prueba la entregué. Como lo habían nombrado jurado, yo me quedé fuera de la escuela esperándolo junto al carro; después de tanto esperar lo vi venir y traía la cara como de fiera endiablada, apenas se me acercó vi estrellitas sin cielo, me había dado un moquete en la cabeza como queriendo decir ¡Que bruto fuiste! “Si hubieras puesto legía con “j” y oyo con “h”, hubiéramos ganado un lugar, fijate”… ya en carro caminando, “El primer lugar sacó 4 errores, el segundo 5 y el tercero 6 y vos sacaste 7 errores” dijo golpeando otra vez el timón bravo conmigo… yo personalmente le di la razón allá en mis dentros… pues yo no decía nada porque estaba asustado… él hubiera querido que yo ganara cualquiera de los lugares.
Así pasaron tres años felices y yo ya tenía diecisiete; ya hacía mis buenas reflexiones como la de que cuando sacara sexto grado me iba a ser policía, guardia, mecánico o telegrafista, pues en esa época eran puestos importantes en las comunidades y fáciles de lograrlos. Por otro lado me sentía motivado porque si no obtenía el primer lugar, obtenía el segundo, que siempre disputé con el compañero Carlos Valentín Puente. Era una honra para mí que me pusieran la banda de tela fina y mención honorífica en público cada fin de trimestre.
Me estoy remontando allá por el año de 1958 cuando fui al sexto grado y ya no era mi maestra la Niña Toyita, sino que la Niña Chita Cuestas. Con ella nos costó acomodarnos, aunque era buena y primorosa con el grupo, sentíamos el vacío. Yo personalmente aprendí muchas cosas importantes con ella, casi siempre me mandaba a la pizarra para hacerle los mapas de cualquier parte del mundo o dibujos de Ciencias Naturales que ocupaban en la clase… era cosa de segundos sin ver la copia. Con ella también se me despertó la afición por la guitarra. Así terminé mi primaria en aquel edificio que todavía añoro; a veces me paro de espaldas hacia el parque y me la imagino como tal que, aunque estoy viendo el mercado, se me entremete la figura con su techo de tejas sostenido por paredes anchas y su bonito portal histórico sostenido por pilares rollizos de madera con bases moldeadas con arcilla; con un piso de piedritas todas iguales al mismo ras que no estorbaban al caminar. De no haber botado las paredes que formaban los salones, estarían allí gravadas las voces de los maestros y el griterío de los niños. En sus patios había hermosos cipreses que nos cuidaban del sol mientras jugábamos o recibíamos la clase de música del maestro Guillermo Vides.
Ese mismo año que yo me fui se inauguró la Escuela nueva de la que solo me quedó el gusto de pasar los pupitres y los demás enseres. Les cuento que me quedé con las ganas de tener como maestro a Don Lorenzo Aguilar Bautista, a Don Jorgito Vélis Vindel, a Doña Julita Saz de Vielman, a Doña Angelina de Cuellar y a Doña Juanita de Arévalo; pues según el sorteo la dicha no fue para mí. Aunque tengo entendido que eran tan buenos como la niña Toyita.
Bueno, ahora viene en serio mi incertidumbre ¿Qué voy a hacer el año siguiente? En mi casa no había suficientes recursos y si los había, éramos muchos estómagos que llenar. Estaba como encerrado en un túnel solo viendo oscuridad, las salidas estaban cerradas y a nadie se le había ocurrido abrirlas desde fuera, hasta que finalmente el Padre Ricardo Humberto Cea que piochaba y cavaba las rocas de entrada, el reverendo había comprendido mi problema y el de muchos de mi edad sin contárselo … disponiéndose a fundar el Colegio San Andrés.
La noticia fue una novedad y la gente de mi pueblo se puso contenta, pero yo aunque había visto la luz al final del túnel, me encontraba muy incómodo porque mi familia se trasladó lejos del pueblo, en las cercanías de la Laguna Verde en donde mi papá había comprado un terrenito, donde había una casita y yo no podía viajar; además, mi abuelo que para mí era muy importante ese año falleció. Aun así, en ese estado de cosas, mi papá platicó con el Padre Cea y me matriculó. Excepcionalmente iba a empezar las clases después de Semana Santa porque había que trabajar en las cortas de café y ganar bastante para comprar libros, cuadernos y uniformes. Dicho y hecho, me presenté después de la semana grande y tuve que emplearme a fondo para reponerme de los meses perdidos. Muchos problemas surgieron, pero fueron solucionados y sirvieron como acicate para amacizar mi alma. Varios compañeros de la escuela estaban ahí: Carlos Puente, Loncho Mata, Tín Guerra, Abrahán Pérez, Cleta Márquez, Dora Márquez; otros que habían egresado en años anteriores también: Yayo Linos, Julio Guzmán y Paco Márquez, además, Mina Herrera que venía de otro colegio, Hugo Mata y Rosalinda Herrera estaban en segundo curso. Estos somos los fundadores del Colegio San Andrés. Maestros gran equipo: Sr. Rafael Antonio Blanco, Dn. José Domingo Arévalo Mata, Sr. Jorge Humberto Velis, Sr. Guillermo Salas y por supuesto el Padre Cea.
Aguantadas de hambre… muchas… mi pobre Padre venía los miércoles para traerme lo comida de dos días porque yo la traía el domingo para lunes y martes. Experiencias para contar un sinfín, como una vez que estaban agarrando para el Cuartel, yo salí de la casa de mi papá como a las seis de la tarde con mi ropa planchada y mi tanate de comida; yo vi el puño de hombres en el camino que me estaba esperando, me acerqué y se me vinieron encima tirándome corvasos, pero metidos en las vainas, pero no me pudieron agarrar y me fui de regreso; llegué a un lugar donde abundaban las piedras, recogí bastantes y me vine de nuevo porque hasta ahí yo pensaba que los hombres solo pretendían asustarme por envidia, pero no fue así. Cuando llegué al punto no vi a nadie y seguí caminando, ellos se habían ido más abajo para esconderse; de repente, vi salir de los matorrales a los sujetos y los agarré a pedradas. Salí corriendo, pero más abajo había otro poco de gente, algo más ancianos digo yo, porque en la refriega a dos de ellos con facilidad los agarré del buche y los arrastré en el lodo. Finalmente me amarraron con unos lazos y así me trajeron a la cárcel. La ropa llegó toda mojada y la comida sabe Dios dónde había quedado. Minutos después llegó mucha gente para ver qué me pasaba, mi papá ya había sido avisado quizá por los mismos patrulleros, casi detrás venía y junto con él, el Padre Cea, ambos llegaron a rescatarme.

Angelina Saz Arévalo y Fernando Calderón Sigüenza
En una ocasión… mejor dicho en muchas ocasiones, mi papá no pudo venir por el mal tiempo y tuve que mitigar el hambre con dos guineos morados que me compraba en la tienda, pero primero me comía la cáscara y después lo de adentro. Así terminaba la semana… ¡Gracias a Dios! Y salía corriendo para reunirme con mi familia.
Les cuento todo esto no para que me compadezcan, sino para que vean que la vida no es fácil cuando no se tienen los recursos, pero hay que saberlos valorar cuando se tienen, pues Dios pone las dificultades para que saltemos como resorte. Hay que tener mucha entereza para soportar los tropiezos que se presentan sin perder de vista el objetivo. La voluntad se fortalece cada vez y uno se vuelve positivo. Así terminé el primer y segundo curso (1959 – 1960), arrimado en la casa de mi abuelo materno cerca de mis dos tías Ana e Imelda, lo digo así porque ellas fueron un tanto indiferentes a lo que me ocurría, aunque así fue de alguna manera me sentía protegido. En ese último año mi tía Ana falleció.
Para 1961 todo fue diferente porque mi papá hizo un buen cambalache con un Señor que le dio una casita en la Quinta Avenida con un bonito terreno que lindaba con la fuente de San Andrés a cambio del suyo en la Laguna Verde. Ahora mi lugar de estudios estaba a cien metros de mi casa y ya dormía cabal y hacía los tres tiempos de comida. Así completé el Plan Básico y para 1962 estudiando el primer año de bachillerato hice mis primeras prácticas de profesor ayudándole al Padre en la nocturna, daba la materia de Idioma Nacional y Estudios Sociales. Por otro lado, el Colegio ya tenía internado y me divertía dándole clases de refuerzo a los alumnos deficientes en sus notas; fue entonces que me dije con seguridad, ya no voy a ser carpintero como mi papá, sino profesor. Mis fuerzas interiores habían aumentado cuando ya tenía verdaderos maestros que imitar: a Don Rafael Antonio Blanco, con sus matemáticas, que estuvo desde sus inicios; Don German Alcides Vásquez, con su Literatura; a Don Miguel Ángel Reyes, con sus Ciencias; a Don Raúl Mejía, con Idiomas; y, a Don Julio César Rodríguez con su Música. Otras personalidades que en gran manera contribuyeron a mi educación, aunque no lo parezca y que pusieron sus codos en favor del Colegio fueron: Doña Bety Mata, ahora viuda de Arévalo, y la vieja Ana. La primera llevaba el control de todo lo administrativo, económico y académico, se caracterizó por su accesibilidad y calor humano que nos regaló; la segunda, una “vieja brava” de carácter difícil, pero sabiéndole llegar, sacaba un corazón grandote para dar; a mí no se me olvida la “trotaconvento” del Colegio, como le decíamos, ella era la que llevaba el control de la cocina, la que nos daba de comer a veces como mamá, pero era también la que nos sacaba corriendo por todo el colegio cuando lo que hacíamos no le parecía. Muchos abrazos a la “viejana”.

Rafael Antonio Blanco y Carlos Saz, en el Colegio San Andrés (1962)
Por fin egresé en 1963. Presenté exámenes generales privados en noviembre de ese año y los aprobé. El 19 de junio del año siguiente, me gradué junto con el compañero Federico Charlex. Para el Padre Cea, fue un exitazo, como decía él. Se vanagloriaba y gritaba a los cuatro vientos que su obra crecía, prueba de esto era que las graduaciones se hacían el día de su cumpleaños (19 de junio de 1921). Esa vez, recuerdo, trajo un gran orguestón con más de cincuenta músicos que nos deleitaron con varias piezas de música clásica. Había invitado a personalidades como al director de Educación superior, al Gobernador Departamental, al Alcalde Municipal, a Diputados que cuando eran jóvenes fueron sus alumnos y otras personas importantes amigos suyos de diferentes partes del país.
Anécdota inolvidable es la vez que me pusieron en el programa para dar las palabras de agradecimiento y durante todo el discurso me temblaron los pantalones y el micrófono también; las palabras se me quebraban y lo peor es que me daba cuenta y por querer controlar mis nervios, la tembladera era peor.
Como el Padre decía: “Yo voy pensando diez años adelante que ustedes”. Dos años me tuvo trabajando en el Colegio como profesor, experiencia que me valió como un curso de perfeccionamiento para el buen oficio de enseñar. Con él aprendí todas las técnicas habidas y por haber en el profesorado y en 1966, me eché a volar. Fui a probarme a un interinato por tres meses en el Instituto Nacional Cornelio Azenón Sierra de Atiquizaya. La experiencia no fue tan grata, ahí los valores morales estaban disminuidos, quise impregnarle a lo que enseñaba el sabor a Cristo Jesús, por lo que me pusieron en sus corríos el sobrenombre de “Chambacú”; quise aplicarles disciplina dura y me pusieron “Chicharrón”, porque dejaba salir tarde a los que no habían aprendido la clase aún. Finalmente salí desilusionado, era muy joven, pensé que me faltaba algo.

Carlos Saz, cuando era profesor del Colegio San Andrés (1966)
Luego puse a vacilar mi pensamiento y me encontré el trabajo en la justicia, con ayuda del profesor Rafael Blanco, me nombraron secretario del Juez de Primera Instancia de Chalchuapa; pero me fue peor porque me tocaba conocer y escribir cosas horribles que jamás imaginé de la sociedad en que vivimos: una vez me tocó describir la escena de la violación de una niña que iba con su madre en un lugar desolado y oscuro. En esos juzgados se requiere registrar pistolas, corvos o cuchillos utilizados para herir o quitarle la vida a alguien… Me dio pánico y me hizo reflexionar duramente, caí en la cuenta que era por la educación que tenía que luchar.
Supe que en Chalchuapa estaba la supervisión inmediata de los Planes Básicos de Orientación Media… El señor supervisor Don Rigoberto Aguilar Guido, estuvo una vez supervisando una clase mía y cómo elaboraba las pruebas objetivas en el Colegio San Andrés, ya me conocía, más la palanquita siempre del Señor Blanco, puse mi solicitud y no tardó mucho en contestarme positivo a mi favor… fui nombrado Subdirector con dieciséis horas de clase en el Plan Básico de Orientación de Metapán, el once de mayo de 1966.
Por primera vez vi el camino amplio para bregar sin tapujos porque encontré el terreno fértil para sembrar mis conocimientos, alumnos ávidos de aprender, compañeros colaboradores conmigo, padres de familia responsables y una comunidad con un ambiente sano; allá lejos, pero muy lejos sin contaminación de lo que algunos llaman civilización.
Para entonces en Metapán la fábrica de cemento CESSA estaba poniendo sus primeros postes, las carreteras para llegar todavía eran estrechas; en muchas ocasiones el bus en el que yo viajaba tenía que apartarse a un ladito para que el otro pasar. Para mí Metapán fue el mejor lugar del mundo, nada que envidiar para vivir feliz; una sociedad que lo tenía todo completamente independiente, con sus calles y avenidas angostitas, con sus casas antiguas de adobe con una característica dominante y es que, la puerta de la entrada a la sala principal se ubicaba en la esquina. Adentro las casas grandes tenían un portal que da al jardín donde no faltaban las rosas. A lo lejos, desde cualquier punto alto se veía su hermosa Iglesia colonial teñida con cal, manifestando que la gente de Metapán está protegida por Dios. Yo me sentí como nunca; mis alumnos me llamaron “Señor Saz” y todo habitante también que por primera vez me hicieron sentirme estimado, elegido, estimulado y si se puede decir, apapachado.

Esquipulas. Paseo en bicicleta con alumnos del Instituto (1967)
Retrocediendo un poco en el tiempo, con relación a mis menesteres todo estaba arreglado. Cuando llegué después de mi largo viaje, un compañero llamado Miguel Ángel Morales me estaba esperando. Cuando me bajé del armatoste que me llevaba, se imaginó que yo era y agarrándome mis “volados” me preguntó y saludó… y caminando me dijo: “Vengase, vamos a vivir en la misma casa ya todo está arreglado” y como me vio la figura como la de un quiebrapalito, me hizo la broma: “Yo creí encontrarme con un hombrón de tamaños moyeros como los del luchador! Ahí vivían otros amigos que trabajaban en la fábrica de cemento CESSA con los que compartimos muchas cosas.
Aunque disfrutaba el trabajo y la gente era buena en Metapán, siempre estuve absorto porque mi primer retoño estaba por venir y le pedía a Dios estar ahí en ese preciso momento. Viernes por la tarde a como diera lugar estaba en camino sin volver atrás… Por fin un domingo siete de agosto se me concedió, ahora tenía que trabajar más y con más ganas.
Aún para 1967 solo éramos cinco compañeros: Florentín HenrrIquez Herrera, era el director, un hombre muy dinámico; Miguel Ángel Morales; Ana Josefa Carpio; Salvador Belloso; y yo, éramos el equipo que no mirábamos el reloj para trabajar; una secretaria llamada Ana y el ordenanza, Teto Mira, también nos acompañaban.
En 1968 fundamos el bachillerato (4º y 5º curso). En 1969 sacamos los primeros bachilleres. Ese mismo año tuve que ausentarme porque fui becado a la Ciudad Normal para impulsar la Reforma Educativa. Ya para 1970 como el centro de estudios ya era Instituto Nacional, yo era el subdirector, y tenía que asumir el cargo de director porque Florentín se iba a la Normal también becado.

Compañeros de Ciudad Normal (1969)
En 1971 nos separamos porque hubo transformaciones en el Sistema Educativo, yo me quedé como director del Tercer Ciclo de Educación Básica (ahora 7º, 8º y 9º grados) en el mismo local, mientras que el bachillerato pasó a un nuevo local con todo su equipo y algunos profesores: Florentín Henríquez, Miguel Ángel Morales y Francisco Jiménez. Desde antes estuvimos gestionando un nuevo local porque ya no cabíamos. La familia de Don Mincho Valiente, accedió a donar al norte de la ciudad, contiguo a la piscina, un espacioso terreno con la condición de que el centro educativo llevara el nombre de un ser querido de la familia, fue así que se llamó Instituto Nacional Benjamín Estrada Valiente.
En 1974 vino otra transformación, las escuelas fueron unificadas, o sea que iban a tener ahora hasta el 9º grado. El local que nosotros ocupábamos pertenecía a la Alcaldía y lo abandonamos con la condición de que la mitad pasara al Kinder y la otra mitad a la Casa de la Cultura, en la que también fui parte de su fundación. Yo pasé a la Escuela Urbana Unificada República de Guatemala y la compañera Ana Josefa Carpio de Torres, a la Escuela Urbana Unificada Luz Gómez.
En la Escuela Guatemala aprendí como dicen por ahí a “dejarme el pellejo”, los compañeros maestros, los niños y los papás me enseñaron muchas cosas, con ellos hicimos muros, cercos, adoquinados, canchas, gradas y los servicios básicos que le hacían falta a la escuela. En ese tiempo la institución creció y albergó a más de mil alumnos con veintinueve maestros a mi cargo asistiendo unos por la mañana y otros por la tarde. Diecisiete años viví en Metapán, ahí crecieron mis hijos, suficientes para amar el lugar. Pudiera escribir tantas cosas, pero el tiempo es escaso, muchas historias se quedarán en el olvido.

Carlos Saz entrega título a Adán Figueroa. Graduación del Institudo de Metapán (Metapán, 1970)
Difícil fue para mí cuando tuve que retirarme de Metapán, porque adoraba el lugar. Una amenaza infortunada a finales de 1982 cuando la guerra civil se había encrudecido y el desgobierno ya era evidente. Una persona irresponsable con el afán de conseguir sus objetivos malignos y cobardes, me hizo llegar en forma de anonimato, algo que acostumbraban en esos días personas que les gustaba hacer el mal.

Grupo de Danza de la Escuela Guatemala, cuando Carlos Saz era el Director
(Metapán, 1978)
A veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres y dicen que no hay mal que por bien no venga. En esa época el Colegio San Andrés había desaparecido y coincidió que yo me quedé sin plaza y no tenía donde ejercer mi profesión, el Padre Cea por su parte, andaba queriéndole dar vida al Colegio. Justo a tiempo, me llamó a mí y a Lito Rivas para llevar a cabo su nuevo proyecto. Nos comprometimos con el Señor Obispo monseñor Marco René Revelo, quién firmó un contrato con el Señor Ministro de Educación. El contrato decía que nosotros pasábamos a ser parte de la red de maestros pagados por el Estado en Colegios Católicos, con la colaboración de otros maestros pagados hora – clase salimos adelante en 1983. Muchas de las experiencias del largo trajinar en otros lugares fueron útiles aquí, sumados a los nuevos objetivos de los Colegios Diocesanos, tuvimos buenos resultados. Ahora el Colegio San Andrés está ahí y las aspiraciones del Padre ya concretadas perdurarán.
Antes dije que a veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres, pues estos nueve años fueron el cumplimiento de lo que él quería que yo hiciera ¿saben por qué? Se los voy a contar… Cuando yo viví la gran tribulación por la amenaza que me hicieron allá en Metapán, pasé una semana sin poder decidir si dejar o no la ciudad y el trabajo en la Escuela Guatemala… platicaba con mi esposa y conmigo mismo y nada… platicaba con Dios y tampoco… pero tenía un amigo, Toño Caballero, a donde nos íbamos a dormir y ahí tuve un sueño: Empezó a temblar, la gente corría y nosotros agarrados de las manos también… tuvimos suerte y llegamos a la Iglesia, subimos a la cúpula y desde ahí vimos que las casas se caían en pedazos y se incendiaban, la gente moría entre las llamas… solo la Iglesia estaba intacta. Esa misma noche comenté el sueño con mi esposa y sin titubear la mañana de ese día de octubre salimos de Metapán solo con un poco de ropa, la Petra, nuestra chuchita y un perico. Pasé dejando las llaves a mis superiores en Santa Ana y nos fuimos con mis familiares en Apaneca.
Esta historia va para mis familiares que no la conocen, ojalá me haya dado a entender, solo pretendo impulsarlos o tal vez divertirlos porque yo si escribo es para eso… o para aprovechar darles consejos a raíz de lo que yo viví ¿quieren algunos? Ahí les van: Vean al vecino como de la familia… apunten en su diario una cosita buena o mala que hicieron… ahorren lo que puedan y no gasten en tonterías… cuiden con esmero lo que tienen y no lo despilfarren… pidan disculpas o perdón si alguna vez se equivocan… si alquilan una casa mejor piense en comprarla para que sea suya… aprendan a nadar de chiquitos para que cuando sean grandes no sufran viendo que otros pueden… aprendan a manejar la computadora y el carro con tiempo… dedique aunque sea un ratito a leer la biblia… sean prudentes en todo lo que hacen haciendo uso del sentido común.
A veces me auto juzgo y pienso que me equivoco porque hago juicios indebidos por lo que pido perdón a quienes talvez ofendí… ¿Saben qué? Yo tengo grandes problemas como es el de que soy cuidadoso hasta con las cosas viejas que tengo, porque cuando niño muchas cosas me hicieron falta, que también repercutieron en mis cosas subjetivas. Por eso digo: Aunque yo sé que a estas alturas nada se puede hacer, en mis oraciones le pido a Dios me alargue un poco esta vida para ver triunfar a mi Elena, a mis nietos y a otros niños de la niña Tancho que también quiero.
Octubre de 2014
LAZAU