Esta historia fue escrita en el año 2012
Escribo este pasaje de la historia de mi vida cuando han pasado 30 años. Tenía una esposa maravillosa con un hijo y dos hijas; en casa propia en la ciudad de Metapán… con un trabajo estable… Era para entonces director de la Escuela Urbana Unificada República de Guatemala, que para entonces tenia 29 maestros a mi cargo y a más o menos 900 alumnos entre los turnos de mañana y tarde. Escribo todo esto porque yo era un hombre dedicado, seguro y feliz, porque hacía lo que me gustaba hacer: Educar a mucha gente de Metapán y por ende a nuestro país El Salvador.
Amo a Metapán como también a mi Apaneca donde nací, pero allá en Metapán me dieron de comer y crecí física y psicológicamente; me cobijaron y así completaron mi felicidad … Todas las personas fueron buenas… Jamás pensé que me iba a ir de ahí… Recuerdo con lágrimas a la niña Consuelito Calito y a la niña Olivia Monrroy porque para entonces yo vivía solo y ellas me cuidaron los primeros años.
Pero llegó la época de 1980 en donde la situación política fue crucial por la confusión generada en la población civil …y… los cuerpos de seguridad y el Ejército enfrentados con la naciente Guerrilla. Yo estuve en la cuerda floja porque casi todos los días sufría atropellos físicos y psicológicos de parte de los dos bandos.
En esos días se perdían aparatos importantes de la escuela como amplificadores, bocinas, televisores… seguido encontraba manchas en las paredes con mensajes amenazantes que finalmente fue lo peor. En muchas de las escuelas de la región los maestros fueron amenazados a muerte, talvez con intensión de mantener en mal estado a las personas por gusto o por intereses creados.
Terminadas las celebraciones patrias del 15 de septiembre de 1982 llegó “la mía…” Un señor llamado Antonio Tojeyra, padre de familia de la escuela, evangélico, honrado, de oficio tejero y de buena reputación, llegó una tarde a mi casa cuando yo no estaba y le contó a mi esposa que la noche anterior cuando él venia del culto ya casi llegando a su casa, se metió a los matorrales para hacer sus necesidades biológicas, y en el silencio de la noche y la luz de la luna, se dio cuenta que cerquita de donde él estaba había una reunión clandestina, y entre todas las cosas que él escuchó fue: “Que iban a matar a Calderón Saz y a su familia”, él añadió que no pudo reconocer a nadie y que se levantó quedamente, y que asustado retornó a su camino y se fue a su casa que quedaba en las afueras de Metapán no muy lejos del cine Orellana, en un terreno plano baldío con arbustos pequeños que le permitía esconderse. Ahí mismo Don Antonio tenía el lugar de trabajo.
Cuando yo llegué a mi casa empezó mi calvario haciendo conjeturas sobre qué hacer o qué camino tomar, pidiéndole a Dios una luz para resolver mi triste situación… Fuimos donde Don Antonio para repreguntar y él manifestó lo mismo.
Esos dias fueron crueles para mí y mi familia; iba a trabajar para poner mis cosas en orden sin poderle contar a nadie de mis problemas y solo pensaba en una persona cercana en mi trabajo que podía ser la culpable.
En esa treta se nos ocurrió una cosa para dormir seguros, salirnos de la casa por la noche para buscar apoyo con unos compadres… Hasta que por fin, después de pedirle tanto a Dios tuve un sueño muy importante para mí y se los voy a contar:
“Hubo un gran incendio en la cuidad en el que nadie se salvaba, como los que se dieron en Sodoma y Gomorra. Se oía nada más que la voracidad del fuego y los lamentos de la gente, bombazos ensordecedores que hacían temblar la tierra, pero en el centro estaba la Iglesia Católica que no era invadida por las llamas y yo con mi familia logramos llegar ahí… Nos subimos hasta la cúpula en donde era menos el calor y donde había amplia vista del desastre… Terminada la tragedia bajamos y juntitos fuimos saliendo entre los escombros por un camino que se nos fue abriendo poco a poco hacia las afueras…” Cuando desperté, muchas fueron las interpretaciones, pero solo una era la correcta. Habían pasado ya ocho días y tomé la decisión de abandonar mi trabajo y reunirme con mi familia de donde procedo y que me vieron crecer en Apaneca.
Esa mañana fui al trabajo, llamé a mis hijas y salimos hacia la casa; tomamos el bus llevando pocas cosas, pero sí la chucha y el perico, rumbo a Santa Ana en donde me presenté a mis jefes para explicar el motivo de mi salida. Ellos me dieron las recomendaciones del caso y después de mostrarme su comprensión les entregué las llaves originales de la Escuela y proseguimos el viaje.
Como me sentía enfermo física y psicológicamente estuve curándome, lo mismo mi familia, pero debía estarme presentando perentoriamente a la Dirección Regional para esperar un espacio en donde desempeñar mis labores y no perder mi plaza de empleo.
Cansado estaba ya de esperar cuando de pronto llego el Obispo Marco René Revelo, de la región Occidental, y el sacerdote Ricardo Humberto Cea preguntando por mí… y esa fue la solución maravillosa, resulta que el Colegio donde yo estudié había cerrado hace algún tiempo y me preguntó que si todavía quería reabrir el “Colegio San Andrés de Apaneca” y yo emocionado le dije que sí. Me explicaron como lo íbamos a hacer y me encomendaron a mí y a otro compañero quienes nos íbamos a ir para ahí como prestados del Ministerio de Educación para la misión.
Así se manifiesta la sabiduría y voluntad de Dios y bien dicho está que él nos conoce bien desde antes de nacer y arregla los acontecimientos para dar amor cuando uno tiene fe y esperanza.
En ese estado de cosas fuimos con el otro compañero asignado a quitar las telarañas para comenzar la propaganda que el Colegio San Andrés estaba abierto.
Tomamos el proyecto, lo digo así, porque íbamos en calidad de préstamo por el Ministerio de Educación y esperaban la evolución el proyecto porque nos enfrentamos a muchas carencias… Pero gracias a Dios nos fue bien y el Colegio funcionó.
Con esto se cumple lo que Dios tenía deparado para mí… Cuando el gran incendio de Metapán el auxilio vino de la Iglesia católica.
LAZAU