El billete de lotería

Una Memoria Más de Don Carlos

Siempre he tenido problemas con mis sueños. Muchas veces han sido pesadillas que me indican algo importante, pero no les hago caso; aunque a veces sí cuando afectan mis decisiones personales.

Muchas veces los sueños tienen que ver con el estado de ánimo que uno tenga; pero generalmente es Tata Dios el que ayuda a nuestras vidas cuando nos portamos bien; pero no me va a conceder lo que pueda ser dañino para mí y mi prójimo.

¿Quién no quiere ganarse un millón de colones en la lotería en estos dorados tiempos? Pues eso soñé una noche y en la mañana que me levanté hice conjeturas. Me fui al trabajo lo mismo, pensando en el bendito sueño. Llegó el momento en el que iba tener una reunión y no tenía la agenda que iba a ocupar y me dije: Iré rápido para traerla. Al salir de mi casa nuevamente, había bastante gente salvándose de la luz del sol bajo el árbol y entre ellos había un billetero conocido por todo el mundo. Desde que me vio salió a encontrarme con el billete entero en la mano y me dice: “Coja los que quiera y la otra semana me los paga”. Y así caminando y hablando él decía sí y yo que no; en ese momento venía don Indalecio Morán con su cumita bien gastada montada en su brazo izquierdo, eso sí, bien afilada para deshierbar su milpita que tenía cerca del rio San José. Por la tarde me lo volví a encontrar casi en el mismo lugar y me dice: “Son jodidos y necios todos los billeteros verdad Sr. Saz? mire que este terengo me puso en la bolsa el billete entero; pero lo voy a joder porque se lo voy a pagar por poquitos…” Yo solo le dije: ¿Qué tal si le pega al gordo?… Don Lesho, como le llamaba la gente, tomó un par de palos que traía y se fue.

Todo esto sucedió un miércoles y el viernes se corrió el sorteo. El día sábado que era mi día de descaso en la madrugada oí que me tocaban a la puerta muy insistentemente… era Don Indalecio… y le pregunto: ¿En qué le puedo servir?… y él no podía decir nada porque hasta temblaba y solo decía… “Es que quiero decirle algo… ¡Vamos!” y repetía lo mismo… Así me llevó hasta una champita en donde una señora vende o vendía frente al rastro municipal tamales, shuco, pan, café, etc. “Pida lo que quiera…” me dijo “Fíjese que me dio la suerte, porque le pegué al que usted me dijo…” Tanta era la alegría de don Lesho que casi se muere… “De mi parte muchas gracias” le dije… “Solo regáleme la torta… solo el cafecito me voy tomar…” Que tal, cómo no me iba enfermar yo también si ese mismo billetito lo tuve en mi bolsa.

El relato de esta memoria no es un resentimiento rezagado, sino que a mi edad he aprendido que todo lo que me ha sucedido en la vida es porque Dios así lo quiso; de hecho, he sentido su presencia en todo lo que hago. Hoy me ocupa el caso de don Indalecio porque es un gran ejemplo de vida. Cuando yo estuve la primera vez en Metapán, él vivía cerca del mercado en casa propia, donde también vivía su esposa, tres hijas y tres hijos. Él rondaría los cincuenta años. Al tiempo, supe yo que vivía solo y la familia la había trasladado a otra casa que tenía en la colonia Guadalupe; según dicen se volvió calenturiento.  Los dos hijos ya mayores, uno era agricultor y el otro motorista ya no vivían con él. El hijo menor que era un muchacho y la hija igual se fueron para los Estados Unidos. Las otras dos iban y venían a espiar al viejito generalmente para sacarle y suplir alguna necesidad. La niña que todavía iba a la Escuela era hija de una de las mayores o nieta de Don Lesho.

Para no cansarlos, el mayor le sacó para sembrar varias manzanas de maíz, un día encontró un ladrón que le robaba y lo mató de un balazo; gran dineral se gastó en la defensa. El otro también le había sacado ya para un camión para acarrear cemento ¿Qué pasó con este? Pues que se fue de pique en un barranco cerca del balneario de los chorros… y el camión se acabó. El otro hijo más joven y la muchacha también, que estaban lejos quizá dijeron: ¡Vámonos porque si no, nos van dejar sin nada! ¿Y qué pasó con estos dos?… Pues él le sacó al viejito para una moto… yo no sé de marcas, pero según decían que el motor era de carro… Triste final porque en una vuelta de la carretera, la barda metálica le entró por el pecho y lo destripó totalmente; ella parece que se casó y no le fue bien.  

Finalmente, un día de tantos al señor lo encontraron muerto ya descompuesto; a lo mejor murió de tristeza solito… Solo quedan las moralejas, las reflexiones y los comentarios.

LAZAU

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