Tendría yo 8 años cuando mi papá me tomó de la mano un poco a la fuerza y me llevo donde la niña Lochita para que aprendiera los primeros pasos en la religión católica. Aunque yo ya estaba preparado por mi abuela Rufina y mis tías Imelda y Ana, había que pasar por la enseñanza y la prueba de la niña Lochita, porque ella era la encargada en la parroquia de Apaneca de enseñar y preparar a los niños y niñas, y designar el día en que tomarían su primera comunión. Yo como ya estaba preparado y la niña Lochita no lo sabía, cuando al día siguiente ella repasaba la lección anterior y la sabía correctamente, decía asombrada: “Este cipote sí que me salió inteligente porque aprende rápido, se ganó el dulcito”. Yo me acuerdo que su trabajo era arduo, labor que ella misma se había impuesto por amor a Dios y a la Virgen Santísima desde cuando era una muchacha.
Veamos entonces… cuando yo la conocí tendría ella unos setenta y ocho años, era una viejecita; si ahora yo tengo setenta y ocho años también y tenía ocho cuando me adoctrinaba con ella, todo esto sucedió hace setenta años (78-8 = 70) . Yo me acuerdo muy bien de la niña Lochita. En esa época las mujeres mayores, y quizá las jóvenes también, ni los pies cargaban desnudos y para ello usaban botines cargados de botoncitos. El vestido blanco era largo y bien usado, que cuando caminaba levantaba polvo o se enlodaba; el dichoso vestido era cerrado hasta el cuello y los brazos también. El pelo largo trenzado cubierto con cupido. Se notaba que era grandota ella y delgada; su tez blanquita, su nariz aguileña, su boca pequeña que tal que me daba cosa…
Las primeras comuniones siempre se hacían en el mes de mayo; mes blanco o mes de la Virgen María le decía la gente. ..Yo recuerdo que cuando ya se acercaba el día, la niña Lochita nos enseñaba los protocolos a seguir desde cuando entrábamos a la iglesia, hasta cuando salíamos ya puros; naturalmente era la primera vez, pues teníamos que saludar a Jesús frente al altar mayor, ella nos enseñaba donde nos íbamos a sentar, como íbamos a salir uno por uno de donde estábamos sentados, hasta como abrir la boca al recibir la hostia sagrada. Lo que a mí no se me olvidó jamás es que ese día, todos estrenaban. A mí me compraron un pantalón y una camisa y mi mamá me dijo: “Este es el pantalón azul nuevo y esta es la camisita blanca”. Pero yo sabía y sentía que esa ropita había sido lavada varias veces.
Finalmente después de recibir el cuerpo de Cristo en el convento nos dieron un pequeño refrigerio: una lechita y un pan.
De sus lazos familiares de la niña Lochita conocí a Don Polo, que era su hermano; Leopoldo quizá se llamaba, era el encargado de ganar el sustento en las fincas y traer la leña; pero había una muchacha que se llamaba Santos que se encargaba de acarrear el agua, hacer los mandados y cocinar los frijoles y el maíz, tortiar, y por supuesto asistir en sus necesidades a los ancianos.
Finalmente para completar la historia de la familia Vallejos debo contarles que ellos tenían casa propia ubicada al final de la calle Francisco Menéndez, entre la 5ª. Av. y la 3ª…frente a donde vive Alfonso Calderón.
LAZAU