La Chilita Calderón fue hija única de mi tía Cándida Calderón, familiares y grandes amigas también de Tanchito e Isabel Villafuerte, que debo mencionarlas porque hablar de una es como hablar de las tres, pues eran inseparables… y juntas están ya en el cielo con nuestro Señor Jesucristo; pero dejaron muy buenos recuerdos.
En la iglesia rezaban y cantaban, lo mismo cuando don Napo Asencio o Memo Vides, no estaban disponibles para la santa misa; ellas se atrevieron a contestarle al mismísimo Ministro cantando y como en ese tiempo la misa era en latín, hasta mejor se oía. Pero lo divertido del caso es que ninguno entendía, ni los presentes ni ellas… pero Dios recibía con agrado su inocencia.
Eran tiempos maravillosos, aunque había defectos de carácter social, como es el caso de que los reclinatorios de adelante tenían el nombre de “la Doña” y que solamente ella podía ocuparlo mientras que su marido se quedaba atrás parado junto a los demás. Yo me acuerdo que cuando iba a misa con mi papá, me quedaba atrás con él… mala crianza para mí. Las personas comunes se sentaban en las demás bancas. Era notorio cuando las señoras de la alta sociedad no habían llegado… En los rezos del pueblo y en los cantones, su participación fue igual; importantes ellas porque las esperaban con gran ahínco y cuando llegaban, las recibían con aplausos.
Una vez cuando yo era un cipotillo, me llevaron en diciembre a un rezo de los Tres Patrones a Quezalapa, allá donde mama Chenta de Gallardo, dicho sea de paso, es familia de los Villafuerte y de los Calderón, fue entonces que me di cuenta de la alegría que acarreaban la Chili, la Chave y la Tanchi. La tarea cabal de la noche, se completaban con tres rezos de calidad y con cohetes en cada intervalo, y con música de cuerdas, y con baile también.
Hay cosas que a uno de niño lo impresionan y no se olvidan, como haber visto a don Toño Gallardo haciendo girar como trompo el contrabajo y sonándolo al mismo tiempo; lo mismo ver bailar a su edad a la niña Tencha, hija de mama Chenta… Por la mañana había muchos bailarines botados porque la chicha estuvo buena… Nosotros ya nos veníamos cuando vino corriendo el tío Beto Calderón con la tanatada de tamales y le dijo a la Chilita “Haceme el favor de llevármele esto a la Anita porque yo tengo que quedarme, ya que hoy salimos para Shucutitan y el rezo será donde la niña Juana Calderón de Saz”.
Hasta aquí he contado un ejemplo bonito en el que participaron estas tres mujeres. A excepción de la Chilita, quiso la suerte que las otras dos fueran más hogareñas, mientras que la Chilita fue más liberal y eso le valió servir no solo cantando y rezando, sino también demostrando tener gran espíritu de servicio en favor de los demás, sobre todo en los más desposeídos o todos aquellos que en un momento dado se lo pidieron. Yo me acuerdo una vez que un preso, en son de broma, le pidió ayuda, y como se necesitaba dinero ella anduvo pidiendo a familiares y amigos y para ajustar, hasta yo caí con cien colones y… ¿Qué pasó? pues lo sacó libre… Ella me contó que cuando fue a darle la noticia y que alistara sus cosas para salir, el hombre se puso bravo… ¡No quería salir! Pero, ¿Por qué sería? pues el hombre tenía un gran negocio dentro del penal, donde vendía desde churros y dulces, hasta cigarros… y a saber que más.
Cuando en el pueblo o en el campo había una persona enferma, los familiares casi por tradición decían “Vayan a llamar a la Chilita, solo ella nos puede ayudar o decirnos qué hacer”. Ella, tardaban más en expresarle el mandado, cuando ya había tomado su chal y su bolso donde tenía el instrumento para inyectar alguna ampolla para quitar el dolor o pastillas comunes para cualquier emergencia… Su carisma era tal, que con su presencia y los montes medicinales que no faltaban en los patios de las casas o en los bordos de los caminos, el enfermito o enfermita se componía. Ella propia que conocía los montesitos, preparaba los menjurjes y enseñaba a los familiares a cómo administrárselos al enfermito o enfermita, y les decía “Te voy a dar esta tomita en el nombre de Jesús y de la Santísima Virgen María para que te compongás, y mañana cuando te levantés les des las gracias… y ustedes familia pasen poniéndole estos trapitos en la frente con agua serenada hasta que le baje la calentura… y también ésta aguita a cada ratito para que orine bastante y el mal se vaya”… Y no me van a creer, al día siguiente que fuimos para ver el resultado, el enfermito ya andaba caminando como nuevo.
En otra ocasión que fui con ella para ver a un señor con enfermedad terminal, por el lado de Tizapa, yo no quería ir porque tenía que viajar para ver a mi familia en San Salvador; pero al ver que ella sola no podía con las cosas que llevaría, me vi obligado a quedarme y colaborar con ella. ¿Saben qué estuvo haciendo? Pues compró una colchoneta y la estuvo trabajando días antes. Como ya había visto las dificultades de los familiares para manejar al enfermo, ella ya sabía cuál era la solución, pues la enfermedad era cólera (diarrea) y cuando el señor excretaba, atascaba toda la cama, las cobijas y hasta las almohada… Ya verán lo que la niña Chilita estuvo trabajando… Pues le hizo a la colchoneta un corte circular tanteando las nalgas del enfermo, y así cuando el señor excretara el líquido caiga en un valde que colocaron debajo de la cama, facilitando así el manejo del aquejado… Además, ese mismo día la Chilita llevó dos baldes plásticos, una almohada, bastante papel higiénico y un par de cobijas… El dueño de la finca donde vivía y trabajó toda la vida ni cuenta se dio, hasta el día de su entierro cuatro meses después que yo acompañé a la Chilita a ese lugar.
En un año que yo viví cerca de ella, en la misma casa, fui testigo de cientos de acciones relevantes que en este espacio escrito no cabrían. Ella procreó dos hijos y una hija que al final se fueron lejos, pero siempre estuvieron pendientes de ella, principalmente de su salud; pero sucedía algo raro… y es que al final del mes ya no tenía nada de lo que le mandaban ellos… ¿Y saben el por qué? pues cuando tenía centavitos, como decía ella, se iba a visitar a sus amistades o familiares pobres, y cuando ya se iba les quería dar un dinerito… y como se negaban a recibirlo, al rato volvía y en un descuido ponía el dinerito debajo del plato o de una tasa… y entonces se iba… nadie le podía decir nada, pues era su gusto… Una vez que uno de sus hijos me llamó para preguntarme sobre el caso, tuve que decirle la verdad… ella se enojó terriblemente conmigo… y no se contentó hasta que le pedí perdón.
Hubo una época que yo me fui lejos a Metapán por razones de trabajo, pero siempre cuando venía al pueblo la visitaba. Lo bueno es que ella nunca perdía el buen humor, me contaba con gracia todo lo que le había sucedido. En esa ocasión, entre tantas cosas me contó que al hijo mayor se le metió en la cabeza aprender a manejar y para ello compraron un pick-up viejo, pero caminaba y con el acarreaba de todo. Una vez que lo contrataron para acarrear leña bofa – que más parecían chiriviscos – para que le ayudaran a cargar invitó a Nando Orantes, amigo suyo; se fueron al cafetal cerca de El Rosario y subieron la leña, y Nando por gusto propio se vino encima del vehículo… Al llegar a la altura del bosquecito de cipreses, cerca del camino del paso, al lado derecho hay o había un barranquito… ¡Ahí volcó el camioncito!… La gente que por ahí transitaba a esa hora corrieron a avisarle a la Chilita que vivía cerca en la Aldea Santa Clara… Entonces sale ella apresurada también, encontrando a su hijo todo atarantado y llorando que decía ¡Ay mamá le di vuelta al camión! ¡Ay mamá el culito! …y repetía y repetía lo mismo… y la Chilita le tocaba las nalgas y le decía “Si en el culo no tenés nada” Y él le decía “No mamá si el Nando Culito venía conmigo y está ahí bajo la leña” … El montón de gente que ya había llegado conmovidos, movieron la leña y revivieron a Nando que estaba todo dundo y rayado por los chiriviscos que le cayeron encima.
De Ercilia Calderón cuántas cosas buenas sabrá nuestro querido pueblo, cosas que se saben y no se dicen, y que son ejemplos de vida para aprender a amarnos los unos con los otros como buenos cristianos. Ella nunca se quejó por no tener dinero, creo que era su hobby; pero cuando lo tenía, se iba a la calle a visitar a los familiares y amistades para encontrarse con alguien que la necesitara para así servirle.
Su modo de llevar la vida terminó cuando quizá se influenció por las costumbres de algunos familiares y amigos que dejaron de asistir a la iglesia católica, por abrazar otras creencias, aunque en esencia son iguales. Compró su biblia y pasaba leyendo horas enteras… Iba a su nueva iglesia y hacía sus visitas a las casas de siempre… Creo que la alegría ya había terminado… La muchacha que gentilmente la visitaba todas las mañanas para ayudarle en sus necesidades, la encontró sin vida con su biblia en las manos.
LAZAU