Feliciano Lima creo que era su nombre de pila. Vivió en la 3ª Avenida Norte, entre la 2ª y la 4ª calles, exactamente donde vive la familia de don Salvador Aguilar; allí vivía con su esposa y un hijo que se llamaba Chico Lima, quien le ayudaba en el oficio. La casa era de adobe, toda carcomida por el tiempo, pero ahí ejercía su trabajo.
Don Chano se convirtió en una persona única, importante por la época que se vivía, ya que en las casas no había agua y el cántaro fue símbolo esencial para cubrir esa necesidad primordial… porque todos sabemos que sin agua nadie puede vivir.
Apaneca creció como todos los asentamientos humanos del mundo, cerca de una fuente de agua y nosotros tenemos una que más tarde se llamó San Andrés. Es de imaginar que en sus orígenes el agua se acarreaba en cántaros de barro; don Chendo Arriola hizo muchos de hierro, pero pesaban mucho y por eso no le gustó a la gente, y porque además también se oxidaban. Hasta que apareció don Chano Lima y su hijo Chico que fueron la solución haciéndolos de lámina; no obstante que empezaron a venir de otros lados, don Chano no solo hacía nuevos por encargo, sino que también los reparaba.
Cerrando un poquito los ojos podemos fantasear como si estuviéramos soñando, y ver la gran cola de mujeres de todas las edades, cipotas y cipotes, en el acarreo de agua desde donde se llenaba hasta la salida de la vereda amplia que se había formado con el pateo de la gente … luego se dispersaban cada quien a sus viviendas… A veces los hombres aparecían en ese afán con doble objetivo, “la consiga” decían ellos.
En un principio debió la gente haber llenado sus cántaros en pocitos, pero cuando la población creció, las autoridades mandaron a construir formalmente de acuerdo a las necesidades como se ven ahora esos lugares: depósito grande para juntar el agua y el chorrito para llenar; adyacente al depósito una pila grande para almacenar agua, donde también en el entorno se bañaba la gente a pura guacalada. Aquí también hay, o había, lavaderos de ropa… Este fue un buen proyecto.
Últimamente uno de esos alcaldes que no halló en qué gastar el dinero de los contribuyentes, mandó a hacer una piscina y sacó agua a saber de dónde, lo que pasó es que se convirtió en un charco productor de zancudos; fue un mal proyecto, como aquel político que ofrece un puente donde no hay río…
No siempre el panorama fue halagador, porque las mujeres que cargaban el cántaro en la cabeza, muchas veces resbalaban cuando estaba liso y el cántaro se destrozaba. Otras veces, se empujaban unas con otras por la ligereza de llenar… y no faltaban las riñas por conflictos amorosos que resultaban un tanto divertidos, porque el arma era cántaro en mano…
El alcalde había hecho una cárcel de mujeres con reglitas de madera exactamente donde hoy esta la dirección de la Escuela cuando la alcaldía antigua estaba ahí; pues por supuesto guardaba ahí a la que el policía municipal consideraba culpable y a la otra, la dejaban sentadita en una silla mientras llegaba el señor Juez. Cuando el problema era leve, el alcalde lo resolvía. A veces, el beneficiado de todos estos problemas fue don Chano Lima porque los cántaros rotos ahí le llegaban donde él.
Años más tarde el trabajo de Don Chano disminuyó porque se inventó traer agua de la Lagunita de las Ninfas por cañerías metálicas, que llagaron primero a la Aldea Santa Clara, en donde se hizo una pila grande y bajita para dar de beber agua al ganado vacuno y equino… Luego se continuó la cañería hacia el pueblo, a dos pilas para aliviar el acarreo de agua de la gente pobre; una, ubicada atrás de la Iglesia contiguo a la Alcaldía frente al telégrafo; la otra, estuvo al final de la Avenida 15 de abril Sur y la calle que va al Plan de San Antonio. Como en todo pueblo hay personas más poderosas que otras, también les pusieron “paja de agua”, así le llamaba la gente… Pero el acarreo de agua de la fuente de San Andrés continuó porque el agua era pura y servía para tomar.
La fuente de trabajo de Don Chano continuó porque siempre viajó a Ahuachapán para traer la lámina y el estaño que siempre fueron su matera prima… y nosotros seguimos escuchando el martilleo, haciendo obedecer la lámina con sus herramientas de trabajo.
LAZAU