Don Chendo Arriola

Don Rosendo Arriola quizá se llamaba; lo conocí por la amistad que tenía con mi abuelo Antonio Saz, que vivía en su finca la Bellota en el cantón Quezalapa… Como don Chendo lo conocían en Shucutitan lugar donde vivía, también en Quezalapa y Apaneca… Y lo traigo a mis apuntes porque era una persona única, que hacía cosas importantes que los demás no podían hacer y lo poco que sé es obra de mi abuelo… En esa época, me contaba él que no era fácil viajar a Ahuachapán o a Sonsonate para que le hicieran una herradura, porque a veces era necesario llevar al animal y talvez tenía enferma esa pata… entonces, era más sencillo que Chendo viniera aquí para tomarle la medida y se la hiciera; además, a veces no era una sino las cuatro… En otras ocasiones se le descalzaban las ruedas de la carreta, lo mismo, era más fácil darle trabajo a don Chendo… Este señor hacía también bisagras para las puertas, peroles y cántaros de hierro… Pero este señor Arriola no solo a mi abuelo le trabajaba, sino que a toda la gente de Apaneca y hasta de lejos venían a buscarlo.

Dos detalles se me olvidaban apuntar, y es que mi abuelo practicaba por encargo la castración de bovinos, por la demanda de bueyes y cerdos para el engorde que había. Un día Don Rosendo lo vio que lo hacía muy rudimentario, fue entonces que le preparó un aparatito que lo bautizaron con el nombre de “kalaka” y que consistía en dos tablitas de madera unidas por una bisagrita metálica… a la hora de la operación en lugar de agarrarle los testículos del animal con las manos, y si el animal no los escondía, lo hacía con la kalaka. Un recuerdo tengo yo de esto… que una vez probé testículos picaditos con cebolla y tomate, preparados por mi abuela.

Un día vino de visita don Chendo y traía una botella de licor especial… En esa ocasión observó que a mi abuelo le costó agarrar a la gallina que se iban a almorzar. Cuando celebraron otra vez el día de su santo, le trajo un fusilito que parecía de juguete, era pequeñito y de un solo tiro “U” corto … Cuando ya estaban un poco a “tranca”, mi abuelo le dijo a don Chendo “Mirá, ¿por qué no te hacés unos cuantos para vender?” “¡No jodás! – contestó don Chendo – Si las autoridades ignorantes de aquí se dan cuenta, le avisan a los de Estados Unidos y luego estos cabrones me zanpan a la chironda”.

Ahora ya teníamos cómo comer gallina más seguido… eran tantas, que muchas no venían ni a comer porque estaban empollando a escondidas, eran mañosas decía mi abuelito y por eso quedaban señaladas como sinvergüenzas… cuando les pasaba la cloquera y dejaban los pollitos, mi abuelo me daba la oportunidad  de practicar la puntería… algo que hasta hoy lo lamento porque una vez maté a una coneja que llegaba al sembradillo a comerse las matitas de frijol… otra vez un cheje carpintero pelón que picoteaba todas las naranjas… me da mucha pena este hecho porque hasta hoy en día no he vuelta a ver a otro… me siento culpable todavía.

¿Cuántos servicios habrá prestado a esta comunidad este señor Arriola?… No se sabe porque solo he contado los correspondientes a mi abuelo Antonio… Una vez me contó que siempre que le dolían algunas piezas dentales fue donde él y sin anestesia ni nada y solo le decía a uno “¿Y..y…y… ya la tenés floja? –  y mi abuelo contestaba que sí – entonces manos a la obra… tomate la anestesia que vos trajiste…” y de un solo afuera muela.

En esa época se puso de moda “el diente de oro” … a mucha gente él se los puso. Los que tenían facilidad y dinero se fueron lejos a ponérselos. Los sepultureros de esa época contaban que se habían hallado un su diente … y yo digo ¿Cuántas personas habrá en el mundo que andan con su arito de oro que ya pasó por un cementerio?

LAZAU

 

 

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