A continuación, contaré otra muestra de un chanchullo clásico de origen español. Cuando fui nombrado oficialmente profesor por primera vez, me mandaron a una ciudad muy pero muy lejana o distante de las ciudades grandes, que tal que pensé que iba a tardar mucho tiempo en regresar a mi pueblo, por eso conseguí una valija grande y espaciosa para que me cupieran ahí camisas, pantalones, los sacos, las corbatas y todo lo que un varón necesita; algunos libros de consulta también y hasta una camita de lona liviana que mi padre me había hecho para estas ocasiones. Yo pensé en todas las dificultades que podía tener, pero no fue así, porque me encontré con una ciudad maravillosa al igual que su gente, un profesor que me estaba esperando y una media docena de jóvenes prestos para llevar mis cosas a donde iba a vivir; de esto hay mucho que decir porque me impresionó la limpieza de la ciudad y las buenas costumbres de su gente, justo premio por la lejanía de la corrupción.
Lo que quiero contarles, y nos tiene intrigados, es la herencia de algunos de nuestros antepasados españoles promiscuos, porque no fueron todos. Sin querer fui observando que a una compañera de trabajo le abundaban los sobrinos, Marta se llama ella, pero muchos alumnos y alumnas le decían tía…“Tita por acá” “Tía por allá”… así en todos los grados; al fin me rebalsó la curiosidad y un día bromeando al calor de la amistad le dije: “Si abriéramos un colegio solo para sus sobrinos bien que sale” “Es cierto – me contestó – fíjese que nunca me he puesto a contarlos porque son muchos” Y así a tientas y a tontas me explicó y yo en ese momento no entendí, pero en el transcurso del tiempo cuando me junté con amigos, mis amistades crecieron y me sentí como un miembro más de esta comunidad que les describo, lo entendí.
Un día que me invitó Mancho Cantú, hermano de Tita – mi compañera de trabajo – a tomar leche calientita acabada de ordeñar allá en la gran hacienda de don Facundo Cantú, señor que además de que en la ciudad tenía a su esposa con tres hijos varones y una hija – que es Tita- tenía en cada extremo de la hacienda otras señoras con hijos también “Fijate – me dijo Mancho – que como eran tres y la una estaba lejos de la otra, no habían problemas de pleitos entre ellas ni con nosotros tampoco, pero cuando mi papá se fue de este mundo, nos dimos cuenta que a todas les había dejado la casa donde vivían y algunas manzanas de tierra para que las cultivara cada quien… Creo amigo – y Mancho me pegó unos golpecitos de amistad en el hombro – que tener un cachimbo de hermanos es bonito, porque fíjate que una vez que tuve un problema con la ley por equivocación, todos mis hermanos con sus hijos no cabían en mi casa”. Ese día habíamos llevado un botecito de buen guaro y cuando se terminó nos regresamos haciendo comentarios sobre el montón de sobrinos que tenía por el chanchullo que don Facundo Cantú creó. Ese día satisfice mi curiosidad sobre el por qué la tía Tita permanecía bien tillada.
Bonito es recordar y saborear chanchullos de cuando uno está chiquito, como en el que yo participé y que fue realmente divertido. Tendría yo doce años y me juntaba con otros amigos de mayor edad, todos sin brújula, sin saber qué íbamos a hacer en la vida. Éramos Beto Calderón, Raúl Cortés, a veces Rogelio Rivas, Benjamín Asencio y Argelio Orantes, los mismos que algunas veces hacíamos grulla para hacer cualquier travesura… Quiero decir que unos con otros nos teníamos confianza que hasta favores nos hacíamos… Pero lo que quiero presentar es el más gran chanchullo que una vez hicimos, no propio para nuestra edad, aunque también nos acompañaba Toño Granados, un poco más mayor que los demás… tengo la idea que fue él el conductor de semejante proeza… Compramos un carro viejo de un modelo de 1930, igualito al que usaba Adolfo Hitler allá en Alemania, de los mismitos que vinieron en esa época; digo compramos porque hasta yo caí con mis cuatro colones que había ganado en el deshierbo de la calle; los demás no sé cuánto pusieron porque había que reunir cien colones en total; solo Beto y Teto Calderón saben porque fueron ellos los representantes en el negocio… Creo que para ajustar contribuyó también Miguel Arévalo, que para aquel entonces era un muchacho y ahí donde él vivía guardábamos el vehículo. Esta fue una de las hazañas más grandotas porque, si ustedes hubieran visto, ahí nos metíamos todos, hasta doce cipotes cabíamos uno encima del otro, y hasta afuera en el pescante algunos de nosotros íbamos. El carrito estaba ya bien usado, que hasta la gasolina ya no le llegaba al motor normalmente, y por eso uno de nosotros tenía que ir chineando como a un bebé el galón de gasolina. Lo bautizamos con el nombre de Nacho Bernal… Tamaña polvazón hacía Nacho… y no me lo van a creer que cuando se paraba había que bajarse porque el botón de arranque lo tenía adelante con cigüeña… Con todos sus defectos, si Nacho Bernal estuviera así de viejo en una bodega apropiada hoy en día, bien nos dieran un carro último modelo por él, pues lo querrían como joya; lástima grande que lo llevaron camino a Quezalapa y en la barranca de la Piedra de Afilar, lo empujaron. Así terminó Nacho Bernal, cortado a pedazos y sus restos oxidados por el tiempo.
LAZAU