Los chanchullos: Una experiencia familiar

Esta es otra historia, estoy seguro que les va a gustar porque en mi vida cotidiana sucedió… viviendo en mi querido Metapán. Allá por el año de 1977, acababa de construir mi casa a orillas de la carretera… pero el caso que quiero contarles es que en el trajín de construcción y traslado, los muebles de la sala se deterioraron y en vez de comprar otros nuevos, platicando con mi esposa acordamos mandarlos a reparar… y para ello buscamos a un especialista… averiguando con amigos y otras personas del barrio nos barajaron varios nombres y como se hizo la bulla apareció uno que apenas conocíamos, aunque algunas veces habíamos visto pasar… no sabíamos que era tapicero… Un día de tantos como mi esposa era la más interesada, me la encontré con las muestras de tela que el joven tapicero le trajo para que escogiera estilo “Va a volver” – me dijo ella – sabe Dios quién de nuestras amistades nos lo había mandado… pero bueno, como lo estábamos necesitando…

Al fin nosotros escogimos la textura y el color que nos gustó y le dije a mi esposa “Hacé el trato vos con él cuando venga porque yo no tengo tiempo…” “De acuerdo” – me dijo ella. El hombre llegó cuando yo estaba muy ocupado en la escuela, y de ahí había partido ya a la frontera Anguiatú para realizar unas diligencias y viajar con alumnos a un pueblo vecino de Guatemala. Cuando regresé, mi esposa me informa y me dice que el tapicero quiere 125 colones para comprar la tela y 50 adelantado, los otros 50 colones al entregar los muebles reparados… El hombre dijo que volvería dos días después por el dinero y a llevarse los sillones viejos… Cabal dos días después estaba ahí… mi esposa le entregó los muebles, se los alzó al lomo uno por uno y se los llevó. Al rato volvió nuevamente y le dijo “Sra. cuando llevé los muebles vi que tenía tres sacos de azúcar, por qué no me da uno a la cuenta para ayudarme porque los 50 colones que me dio ya los debo y esa azucarita la vendo por libritas…” mi esposa compadecida se lo dio y para no molestarse le dio prestada la carretilla, que al igual que los muebles reparados no volvieron.

La historia no termina aquí, porque nosotros en aquel preciso momento fuimos a buscar al joven tapicero y con ayuda de la gente llegamos con mi esposa hasta donde vivía y por las rendijas de las paredes vimos dentro nuestros muebles amontonados, uno encima del otro en peores condiciones que cuando se los llevó. En ese mismo lugar nos aconsejaron que no siguiéramos buscando porque el hombre no era buena pieza y que se había ido a San Vicente de donde era originario. Después lo vimos pasar frente a la casa con un corvo a la vista como tratando de infundirnos temor… pues lo logró, porque nosotros nos quedamos temerosos y callados.

Un año más tarde visité a un señor muy conocido y respetado en la ciudad, para platicar sobre los avances de su hijo en la escuela… Él nos pasó adelante y nos dijo que nos sentáramos… estuvimos ahí muy cómodos y al tocar los muebles en donde estábamos sentados nos dimos cuenta, al sentir los soportes del sillón, que eran los nuestros… bien barnizadas las maderas y las señales peculiares que a uno no se le olvidan. Cuando el señor vino y platicamos de los avances de su hijo, al final le pregunté sobre los muebles… y cabal él me contó que aquel muchacho se los vino a proponer y como le gustaron y además se los dio baratos, se los compró.

¿Qué reflexión podemos sacar? Creo que una sola… juzguen ustedes… Cuando hagamos un contrato como este, es necesario saber con quién lo hacemos, estipular en un documento todos los datos personales, cantidades exactas y fechas acordadas, y un par de testigos para no ser estafado vilmente… Era muchacho ladrón, el difunto, porque ya murió, que Dios se compadezca de él; dicen que murió en 1980 cuando el ejército acampó cerca de su vivienda y les robó una canana de tiro a un soldado… esa vez no le salió bien el chanchullo.

LAZAU

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