Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.
Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, Aspirinas, Mejorales, Dolofines, Ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate que, aunque me dejaba la boca tetelcosa me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán que, aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.
La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.
Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.
Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.
Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho…” llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.
Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.
En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho, aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.
Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaba viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.
Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.
LAZAU