LA CARRETA BRUJA

Por lo que contaba la gente, la carreta bruja rodó por todas las calles de Apaneca; todos la oyeron pero quizá unos pocos mentirosos dicen que la vieron; yo a veces creo que fue una historia inventada por las mamás que tenían adolescentes y evitar así los peligros y los vicios de la calle; o por las señoras celosas que no querían que sus esposos no se les fueran a otros brazos a deshoras de la noche… Así es que yo voy a narrar lo que me contaron.

Doña Toyita Membreño, un día me dijo – “¿Usted cree que existió la carreta bruja? – Inmediatamente le dije que no… – Y ella dijo – “Fíjese que sí, porque yo la he oído a las doce de la noche allá a lo lejos y otras veces aquí pasando enfrente de mi casa haciendo unos rechinidos que me destiemplan los dientes y sin poder hacer nada… Lo único que he hecho es embocicarme más entre las chivas… La Niña Toyita, que vivía al final de la Avenida Central Sur –  agregó – al llegar a la esquina de Toño Baires, la carreta chillona agarra para el cementerio… aquí se oye fuerte y a medida que se aleja se oye poquito… Para allá va”.

Don Chendo Martínez, que vivía en la 2da. Avenida Norte, allá por la clínica, una vez que nos pusimos a platicar, salió lo de la carreta bruja y él me dijo – “No niño, porque así me decía él, ni acordarse porque cuando esa mierda empezaba a rechinar a mí se me fruncía el culo, es insoportable por el miedo que da”-  ¡Cuénteme!  ¡Cuénteme! Le dije yo – “Yo cuando me acuerdo me pongo erizo; fíjese que no es una carreta común. Una vez que empezó a rechinar allá a lo lejos yo tomé la decisión de desengañarme y por una rendija de la pared pude ver que era un cajón con ruedas y todo, pero no llevaba boyero, sino con una palanca en vez de yugo y dos personas vestidas de negro y encapuchadas la iban jalando… ¿Y encima sabe que llevaba la carreta?.. Iba repleta de esqueletos todos parados cada quién con su guadaña… Esto… Cuando yo lo vi ¡Puta! No era yo de asustado; pero como soy previsor tenía por hay un medio litro de Cuatro Ases y de un solo le llegué a la mitad… solo así me sentí vergón y me dormí. La mentada carreta bruja se fue recto a topar a la cruz del calvario para luego doblar hacia el cementerio.

Don Rubén Bolaños, que vivía en la 3ª Avenida Norte cerca de la iglesia, también contó que la curiosidad le rebalsó un día y se puso a ver si lograba ver a la carreta y como se sentía muy hombre y se jactaba de tener temperamento fuerte, hizo con anterioridad una rendija en la pared, pero también se preparó con su trago y un crucifijo. Él contó que no solo rechina, sino que por ratitos se oye como que las ruedas circulares se vuelven cuadradas y por eso se oye un tableteo sordo, lento y se escucha polóngón… Polongón… Polongó… pero luego por ratitos rechina. Sabe joven que lo espeluznante es que no participan bueyes, sino va cargada de demonios todos cachudos y en sus manos cada quien lleva un palo que parece tridente y para que avance se bajan dos y la halan con el pecho mediante un palo de apoyo y cuando caminan en la oscurana se ven como que van en una burbuja colorada… ¡Horrible joven!

Don Rubén ese día que logró su objetivo se puso a riata, dice que tomó el Cristo pero como no lo había llevado a bendecir, cuando pasó frente a su casa la carreta se detuvo y giró de frente hacia su puerta… – Ese ratito joven por poco me cago… la carreta siguió su camino sin duda hacia el cementerio como decían, esa era su morada y de ahí salía a las 12 de la noche.

LAZAU

EL PADRE SIN CABEZA

En todos los pueblos del país se habla del padre sin cabeza y el nuestro no es la excepción; mi tía abuela Serafina Arévalo Avelar decía: “Esos son puros cuentos del Chema (papá de Don Chemita Rivas hijo)…Que dicho sea de paso Don José María Rivas (padre), toda su vida fue entregada al servicio de Dios; ahora tengo la oportunidad de enaltecer su nombre y estoy seguro está en la gloria. El hijo, que también se llamaba igual, hizo de su vida lo mismo… Mi respeto para él.

“Lo que pasa – continuó diciendo mi tía abuela Serafina – que si el Chema no inventa eso, la puerta del campanario siempre va a estar botada… ¿Qué no ven que Chema la repara y a los pocos días está en el suelo otra vez?… Y es que los cipotes curiosos y traviesos para desengañarse de cómo se ve alrededor estando arriba en lo alto, la botan una y muchas veces… la gente ignorante piensa que de ahí sale el Padre sin cabeza” terminó diciendo.

Mi otra tía abuela que se llamaba Chus, hermana de la tía Sera, salió al paso y le replicó diciéndole: “Yo más creo Sera, que el que sale no es sin cabeza, sino de cuerpo entero ¿Porque acaso no te acordás que mi abuela, que en paz descanse, nos contaba que aquí vino un padre que no era muy santo y que se escurría por las noches a hacer sus travesuras?.. ¿Que no te acordás que nos contó que una vez se fue hasta Ataco de noche empantalonado, porque se iba montado en el caballo para pasar la noche “chiviando” con amigos que tenía allá?…”

Esa vez que la abuela nos contó le fue muy mal porque les ganó a sus amigos haciendo chanchuyos, lo agarraron a trompones y uno de ellos terriblemente enojado sacó el bastón en el que había adaptado un verduguillo con el que le traspasó las tripas… El Padre logró montarse en el caballo y salió en tropel para Apaneca y apenas logró llegar… Al día siguiente ya no hubo misa, mucho menos el domingo y al sospechar fueron a buscarlo y lo encontraron muerto.

En esa época el Arzobispado castigó a esta parroquia del Apaneca y a la de Ataco también… Las dos se quedaron sin párroco porque éste también atendía la de allá. Desde entonces la gente decía que había visto al Padre rondar por las noches el territorio de la casa parroquial.

Don Chico Morán, un señor sesentón y “tunantón”, contaba que el Padre ofrecía misa pero a las doce de la noche y el que asistiera se hacía rico… y agregaba que la iglesia estaba llena de señoras todas sentadas vestidas de negro y cada una tenía una candelita encendida en la mano, todas agachadas y no se le veía la cara; que cuando algún interesado o interesada se paraba en la puerta veía al cura vestido de negro allá en el fondo del altar, pero no tenía cabeza; cuando eso sucedía una de las señoras se paraba y venía a la puerta para atender la visita, le proporcionaba la ropa negra, se vestía y ya era de la grey. Los hombres se quedaban parados como era costumbre.

La abuela también nos contó que una vez le preguntó: “Y vos Chico, ¿Has visto todo eso que contás?”-  y él contestó – “¡Puta, si eso quiere huevos! Ni de loco”.

Esa noche que mis tías abuelas tertuliaban les costó conciliar el sueño a causa del recuerdo de la historia que una vez les contó su abuela.

LAZAU

EL CIPITÍO

 

El Cipitío se quedó solo vagando por los bosques y cerca de los ríos, lagos, lagunas y ojos de agua; ese fue su destino; se quedó niño sufriendo, pero disfrutando de las bellezas naturales de la campiña, aunque a veces se sale y asusta a los niños sin que esa sea su intención.

Hay diferentes opiniones sobre su fisonomía y conducta. Algunos salvadoreños lo pintan feo y malo y otros en cambio bonito, bueno y agradable.

Doña Toña Puquir, dice que lo vio un día cuando era muchacha y se estaba bañando en el tanque de Quezalapa, se sentó – dijo – en una laja enfrente de mí; me tiraba semillas de la frutita que estaba comiendo y cuando lo veía también me tiraba besitos.

Doña María Mata dice, que cuando estaba cipota un día que fue a traer un cántaro de agua a la quebrada en Tizapa donde vivíamos, se me apareció en el camino – y me acompañó un rato y me decía cosas que no entendí. Cuando regresé me lo encontré arriba de un árbol de madre cacao y había botado muchas florcitas para que yo las patiara al pasar.

Doña Tenchita Sánchez, contó también su experiencia – cuando yo estaba pequeñita de unos seis años de edad, mi padre y mi madre se fueron al pueblo para traer los comprados y me dejaron sola; entonces vivíamos cerca de la Laguna Verde, cuando de pronto se me apareció un niño que parecía viejito y dijo que quería jugar, yo me asusté por que usaba un sombrerote y para tomar agua cargaba un tecomate. Él jugó, pero yo no tuve valor; sacó de su morralito unas piedritas lisitas pero muy lisitas y en el tierrero formó una cosa como laguna, le puso alrededor las piedritas y … como se hizo tarde se fue. Cuando papá y mamá vinieron me preguntaron que quién había venido… Y les dije que un hombre bien chiquito y dijeron: “ese fue el Cipitio”.

Hay tantas cosas que se pueden decir de esta historia, parece que yo ya conté en otra narración que cuando yo viajaba a la Bellota para ver a mis abuelos, un día que venía de regreso en el mero callejón del cerro, vi a un hombrecito pequeño que cogió para la montaña, no iba caminando, sino saltando… Mi abuela me dijo – debió haber sido el Cipitío… Pero si ese no hace daño, solo quisiera jugar con los cipotes.

Otras personas cuentan que en los lugares solitarios y húmedos por las aguas en el silencio de las noches se oyen carcajadas de niños que juegan; pero no son más que historias  que nuestros antepasados nos han dejado desde hace cientos de años y han pasado de generación en generación, convirtiéndolas en seres mitológicos.

 

LAZAU

LA SIGUANABA

La siguanaba para nosotros es una leyenda pero para nuestros ancestros pipiles era parte de su idiosincrasia político-social-religiosa, y éste es un ejemplo de la relación entre la raza pipil y la naturaleza, cuando la leyenda habla que el hijo Tlaloc (el agua) se casa con una mujer coqueta y elegante llamada Sihuelut (mujer bella), pues todos sabemos que el agua es el elemento esencial para la vida (plantas y animales).

La leyenda en síntesis dice que Sihuelut conoció al joven príncipe hijo del dios Tlaloc… Sihuelut se enamoró locamente y se casaron, vivieron muy felices, pero al nacer su primer hijo todo cambió; pues cuidar al niño era dedicar todo el tiempo a él… Sihuelut se volvió mal humorada porque las fiestas le hacían falta.

Su hijo era pequeño y su tez morena como ella y le pusieron el nombre de Cipitío… Sihuelut pasaba el tiempo furiosa y renegaba porque no podía ir a las fiestas. Cuidar al hijo era un martirio para ella.

Como su marido era guerrero y se iba lejos, ella tomó la decisión de ir a la fiesta de su casicazgo sin tomar en cuenta las consecuencias ya que el niño se quedó dormido.

A media noche, Cipitío se despertó con hambre, pataleó y lloró y nadie se dio cuenta y al fin se quedó dormido. Ella regresó en la madrugada solo a dormir sin acordarse de su hijo. Siguió saliendo todas las noches y el pequeño sufría el abandono y para no morirse de hambre se subía al “polletón” para comer ceniza.

Al regresar el príncipe se dio cuenta de la conducta de su mujer y el mal trato que daba a su hijo; el Príncipe descontrolado se fue a llorar al bosque, ahí concurrió Tlaloc y le dice que ya está enterado y por eso la castigará con dureza, dijo.

Sihuelut estaba escondida y escuchó las palabras del dios Tlaloc, sintió miedo y pidió perdón prometiéndole cambiar. Tlaloc aceptó la petición y Sihuelut se empezó a comportar bien y se hizo buena madre y esposa; pero pronto olvidó la promesa y a los pocos días abandonó por completo a su hijo y a su esposo de nuevo.

Un día Cipitío se desesperó porque se quedó solo y con mucha hambre y se fue de la casa y se perdió, ya no pudo regresar a su choza.

Tlaloc se dio cuenta de lo ocurrido y llamó a Sihuelut para cumplir el castigo anterior y le dijo: “Desde hoy te llamarás Siguanaba (mujer de las aguas), tu castigo será caminar por todos los ríos, lagos y lagunas hasta que encuentres a tu hijo”. Eso hace la Siguanaba todos los días y noches… Dicen que es horrible: Ojos grandes, colorados, labios volteados y dientuda, el pelo enredado y sucio.

Hay personas que aseguran que la han visto y que tiene las chiches largas y que cuando se enoja se las golpea sacando un ruido como cuando se golpea un trapo mojado en la pared.

Pero en El Salvador hay tantas versiones, ésta solo es una más… En Apaneca sabemos que algo le dejó de ventaja a la siguanaba como es el hecho de cambiar a su gusto su fisionomía y de acuerdo a las circunstancias; pero solamente un ratito y es lo que ella aprovecha, para engañar a los hombres especialmente.

Don Arturo Rodríguez, un hombre psicológicamente fuerte era perseguido por los espantos y una vez que me contaba sobre el poder de los gatos y los cadejos negros y las tuncas hociconas, también me contó que cuando él tenía siete años su mamá lo dejó solo en la casa del cafetal donde vivían en el cantón Chucutita y  cuando volteó la cabeza hacia la ventana que era muy alta, vio a una mujer bellísima y como vio que estaba solo, bordeo la casa y  entró por la puerta principal, pero ya no era la mujer grande que había visto, sino que era una niña como de su edad… Que lo tomó de la mano… Le dio que chupara una leche burra, como que ya sabía que le gustaban, y se lo llevó por el camino recto que iba a salir a la calle amplia principal… Pero solo habían caminado media cuadra y desapareció misteriosamente y yo como estaba chiquito no me di por asustado, dijo.

Al Tío Manuel Calderón, se lo llevó el chipuste porque a pesar que era un tunantón, con experiencia en cuestión de mujeres, sufrió lo peor que un hombre de su calaña puede sufrir. Cuento que ya expliqué en otro escrito (Una aventura fugaz). Pues al pobre Tío Manuel fue seducido con miradas en uno de los bullicios de las fiestas patronales, la Siguanaba se lo llevó a un cafetal que linda con el camino que va a la fuente de San Andrés y cuando él ya estaba bien excitado por la mujer, se le abalanzó y fue a caer al fondo del barranco formado por el pateo de la gente y hasta el día siguiente las primeras aguateras lo encontraron todo quebrado. Él contó después que ella desapareció como un espejismo.

Don Chón Pérez contaba que no es broma lo de la Siguanaba… Él decía que cuando era muchachón se enamoró de una cipota que no era bonita pero sí muy atractiva… La conocí por medio de una señora amiga que la acompañaba para traer leña de una finca que se llama “Las Brisas” después del “Paso”. Siempre que la señora pasaba por mi casa y llevaba el mecate, el yahual y el corvo cuto leñatero yo ya estaba avisado y encrespado, porque ya sabía que la cipota la acompañaría… Así pasamos mucho tiempo… Y disimuladamente las alcanzaba en el camino, porque la mamá siempre estaba pendiente de sus movimientos… Un día le dije: Mirá mamita ¿A ver cuándo podemos venir solitos? Y ella me contestó que sí… Cuando yo te haga la seña me dijo.

Yo me quedé entusiasmado… Me quedé pendiente esperando la seña… Y nada… Pero al fin, yo vi una seña allá a lo lejos… Caminó un tantito y emprendió el camino… Y yo también guardando la distancia como lo hacía antes cuando iba con la señora… Lo raro fue que no la podía alcanzar… Cuando pasamos la barranca del paso la alcancé… La quería tocar como antes y no se dejaba… Se metió a los matorrales y ahí yo ya estaba encabritado… La quise acariciar como antes y no se dejó tampoco… Pronto salió corriendo y carcajeándose, burlándose de mí.

Cuando volví a mi casa venía mi dulce amor de hacer sus tareas de la escuela con sus amigas y yo haciéndome mil conjeturas, contó don Chon…

LAZAU

EL CEMENTERIO

De tantos lugares que existieron y de hechos que sucedieron en Apaneca se puede escribir con entusiasmo; pero del cementerio como que no es muy agradable; sin embargo es necesario que las futuras generaciones sepan algo de sus ancestros.

Todos sabemos que en Apaneca el cementerio estuvo descuidado; hasta ahora que parece que estamos tomando un poquito de conciencia de la importancia de mantener limpio el lugar sagrado en donde descansan los restos de las personas  que ya no están entre nosotros, y aun las queremos mucho.

Yo tengo presente en mi memoria que pocos días antes de la fiesta de los difuntos en que los cementerios recibía una peinadita; el deshierbo formal lo hacía el familiar del difunto. Esta fiesta fue o sigue siendo la oportunidad para los cipotes de ganarse sus fichitas deshierbando tumbas y pintando crucitas… yo me gané hasta 20 colones en total en esos dos días, el de los santos y el de finados, que era bastante para mi edad. En ese afán me di cuenta de muchas cosas… gran aprendizaje.

De las cosas bonitas que yo vi es que ahí se juntaban las familias que hacía mucho tiempo que no se habían visto. Lo mismo pasaba con los amigos… gran chonguengón se formaba a veces porque no faltaban los conjuntos musicales de cuerda cantado y tocando rancheras que al difunto le gustaban; pues no me lo van a creer porque hasta lágrimas brotaban entre los amigos… pero como nunca falta la mosca en la leche derramada, algunas veces se excedían de tragos y terminaban dándose trompones y que una vez sacaron los corvos y hasta las crucitas pagaron la fiesta… las machetiaron.

El párroco aquí en Apaneca siempre ha tenido su participación ese día en el cementerio, pues los responsos son parte de sus obligaciones. Alguna vez acompañé al Padre llevándole el recipiente y el agua bendita; y me fue mal porque no sabía latín. Otra vez fui con Guillermo Vides, mi tío, ayudándole con el “chelo” porque era él que le contestaba al Cura acompañándose con ese instrumento que le da el toque a difunto. Aquí me di cuenta que hasta en el cementerio hay discriminación social porque solo a los de arriba se les hacía responso y si acaso allá relanciado a los de abajo… Quiero decir a los que tenían mausoleo o quizá deban grande la limosna o digamos de otro modo, a las personas honorables… ¡Qué triste verdad! A ver cuándo rompemos con los temores infundados con la tradición y creamos cánones o costumbres nuevas porque yo en lo personal no tengo la capacidad para ir de noche a visitar a mis seres queridos… Soy sincero… Si acaso iría pero acompañado de un buen poco de gente… aunque yo una vez fui de noche al cementerio siguiendo a mi gran amigo Roberto Guerra que se le acababa de morir su papá y como lo extrañaba se fue a llorar a su tumba en la medianoche… ¿Porque le tenemos miedo a las personas que ya no están con nosotros?.. y … que un día hasta comimos juntos… jugamos juntos… dormimos juntos y hasta nos abrazamos y besamos tal vez… Creo que tenemos que romper ese tabú que nos metieron nuestros antepasados. Lo cual es imposible o tal vez cuando haya recursos y se ilumine de noche y hagamos fiestas ahí… Porque no todo es malo… Bonito se ve el cementerio enflorado… lo malo es que no es de todos los días.

Lo que les voy a contar creo que si es nuevo y quedará para los que estudian arqueología o para algún historiador que tenga acceso a los archivos de la iglesia y de la alcaldía. Yo solo dejaré la inquietud.

Se trata sobre el primer cementerio a partir de la llegada de los españoles… Mi padre me contaba y me aseguraba que estaba antes del primer portón de la finca de Sisimiapa, a la derecha por supuesto de la carretera que va hacia Ataco, desde los orígenes de nuestra ciudad hasta allá por los 1,700 que se empezó a utilizar el que ahora conocemos… aunque había que hacer un estudio profundo de todo esto porque parece que nuestros nativos según sus costumbres, enterraban a sus muertos en los lugares altos ya que eran mucho más ceremoniosos que nosotros y el lugar más alto de la planicie es donde hoy está la iglesia; a lo mejor ahí estaba su centro ceremonial también.

Voy a exponer tal cual mi Papá me lo explicó: En esa época no habían leyes específicas para el campo santo y si las habían las mismas autoridades las transgredían debido a las circunstancias… y por eso el cementerio se convertía en potrero público… así mí papá y todos los habitantes tenían caballos, bueyes y vacas, el lugar más inmediato para pastar una noche era el cementerio antiguo.

Una noche que tuvo una emergencia y necesitó su caballo personal, fue a traerlo y como ya sabía en qué sector encontrarlo no titubeó, ahí estaba junto a los otros que le servían para la carga… Pero lo curioso del caso es que no se dejó amarrar, sino que corría entre los otros caballos y en esa treta se fue lejos; mi papá cuando ya era de madrugada regresó cansado a donde había empezado la persecución… Se sentó en los restos de una tumba enmontada… y la sorpresa fue tal… Que el bendito caballo se le acercó por la espalda a mi papá y le mordió el cuello; después se dio la vuelta para lamerle las manos y lo amarara, cuando ya no lo necesitaba.

En otra ocasión me contó que fue a dejar sus caballos para que pastaran esa noche porque en la madrugada los iba a necesitar, cuando de pronto de una tumba bien carcomida por el montarral, salió un hombre vestido de militar emanando luces como de fuego. Él ni cuto ni perezoso salió corriendo sin esperar más.

Por supuesto que ese cementerio estaba abandonado desde ya hacía mucho tiempo, era difícil creer que hubiera parientes cercanos enterrados ahí.

Los mausoleos de calicanto se los había comido el tiempo pues ya estaban enmontados.

LAZAU

EL DIAMANTE

Mi abuelita decía: No hay que creer ni tampoco dejar de creer… Este Antonio no cree en que “El Justo Juez de la noche” lo cuida en esos sus viajes lejos con su carreta – Él dice: – Son puras papadas vieja – Más no sabe que es el ángel de la guarda que Dios  le manda siempre para que lo acompañe; lo que pasa es que él dice que quisiera verlo… y eso sí que no se puede porque los ángeles son espíritus.

Mi abuela me dijo: Yo ya le enseñé la oración para que Dios lo proteja a él y a su acompañante, Don Ticho. Estos hijos de sangre española sí que son testarudos; nunca quieren dar su brazo a torcer aunque no tengan la razón, me dijo… y … Vos debés de aprender esa oración porque los peligros siempre están al acecho. Te voy a hacer una copia… Y me la hizo… Esta es:

¡Oh! fidelísimo compañero,

destinado por Dios para mi guarda…

Protector y defensor mío:

Que nunca te separes de mi lado,

tú me veles mientras duermo,

me alientes si estoy abatido,

me saques del pecado,

y si caigo me exhortes a la penitencia

y me reconcilies con Dios.

Me acompañes en los caminos cuando viaje

pon a la vista del Señor mis oraciones y mis súplicas y mis lágrimas,

y haz que en esta vida la pase en gracia,

así como también en la vida eterna… Amén.

Esta oración la repetí millones de veces porque da resultado. Se las recomiendo.

A mi Mama Fina la asustaron muchas veces; pero ella era de las pocas beatas convencidas y manejaba muy bien su mente y su corazón y por lo que vi fue una santa… y… si alguna vez se le cruzó un mal pensamiento, viajaba al pueblo para contarle todo al cura y le diera bendita absolución… y como vivía lejos, solo los domingos comulgaba.

Lo que quiero contarles es que ella era perseguida por los diamantes porque así les llamaba ella; en otras latitudes la gente los llama carbunclos.

Mi abuela no era mentirosa, ni siquiera por desliz y por eso le creíamos todo lo que nos contaba a todos los de la familia. Tenía la costumbre que terminada la cosecha de café, por diversión o pasar el tiempo, cogía un bolso y un canastito para pepenar el café que se había caído o que los cortadores dejaban por descuido, ya seco propio para la “tostada” como decíamos entonces; llenaba el canastito y lo depositaba en su bolso… cuando habían pasado dos o tres horas regresaba… La finca era grande y se iba lejos… Aparecía en la casa a las cuatro de la tarde para preparar la cena… Eso se repetía todos los días después de las cortas de café.

Feliz se ponía cuando el café empezaba a madurar por que el del año pasado recién se había terminado. Los pajaritos, los ratoncitos y las culebras chupaban el néctar del café que iba madurando y para mi abuela era más fácil preparar el café, porque los animalitos ya lo habían despulpado y así en pergamino era más fácil pilonarlo y obtener el café oro listo para tostar, y ya teníamos el rico café que nos servía a nosotros y a toda visita que a la casa llegaba.

Una vez que se fue lejos en uno de los cercos había o hay todavía un árbol grande de belloto; lugar hasta donde llegó con su tarea porque contó que desde la punta fue bajando lentamente una bola brillante como de fuego que perturbó su mirada y no pudo moverse. Llegó hasta la base del tronco y empezó a rodar hacia donde estaba ella. No soportó la impresión del momento, tomó el bolsón y su canastito y no recuerda ni cómo llegó a la casa.

En el transcurso del tiempo contó ella que ya había leído algo sobre los extraterrestres e hizo conjeturas al respecto y en un momento dado pensó que algo querían con ella o simplemente explorar nuestro medio y lo lograron porque ahí se quedaron.

Alguien le aconsejó que siempre portara un pañuelo grande blanco, limpio y de seda porque los extraterrestres la habían escogido para que guardara el diamante y solo tenía que tender el pañuelo en el suelo para que se posara en medio; luego recoger las cuatro puntas y alzarse la joya al lomo y al guardarla en un cofre de madera fina y bien cuidado le traería suerte y que cualquier emprendimiento le produciría mucho dinero.

Otro no, le dijo que bastaba meter la mano en el cofre y dependiendo lo que pensara gastar en ese momento así era la cantidad obtenida. Así de fácil.

Otra vez que fue a pepenar nos contó ella que sucedió lo mismo; ahora cerca de la casa; recuerdo yo que ahí había un árbol viejo de ciprés, o sea que ya no era árbol porque lo mató el tiempo y quizá nosotros los cipotes porque le arrancamos la cáscara hasta donde se pudo para hacer el techo de un ranchito en el mismo cafetal, así cuando llovía, nos metíamos ahí para hacer cosas no tan buenas.

Ella dijo que cuando ya había terminado de «pepenar su cafecito», sintió la gran claridad y volvió a ver hacia el árbol seco y observó que la pelota brillante ya venía bajando, se tocó la cabeza porque ahí se había puesto el pañuelo de seda; pero no soportó el momento y antes que el diamante llegara a su presencia, se paró y salió corriendo y no vio más… Llegando a la casa iba, cuando se tropezó, calló en el empedrado y se quebró el brazo izquierdo… Mi abuelo que algo sabía de esas cosas… le enderezó el brazo; pero ella ya no fue la misma; porque muchas cosas ya no pudo hacer; por ejemplo pilonar el café, mover las manecillas del molino, echar las tortillas y otros oficios que le gustaba hacer.

Mi abuelita la persona más hacendosa, más educada, más sublime y más inteligente que he conocido, murió de un susto en circunstancias parecidas; porque según contaron, mi abuelita salió a orinar fuera como a las nueve de la noche y como no regresó en el tiempo acostumbrado, mis tías Imelda y Ana la fueron a buscar y la encontraron en el suelo, y desde ese momento quiso decir algo, pero no podía hablar y las señas que hacía y las jerigonzas que pronunciaba eran inentendibles. A lo mejor quiso decir que había visto a los extraterrestres que tanto le habían perseguido…

 

LAZAU

 

LOS CAMINOS Y LAS CARRETAS

Los miembros de una comunidad se superan cuando sus necesidades aumentan. En esta ocasión quiero echar a andar mi imaginación en lo relacionado a los caminos. Nuestros antepasados desconocían el concepto de propiedad y por ende circulaban por todos lados como mejor les parecía, pero naturalmente para ir a un lugar determinado tenían que haber hecho ya un caminito o vereda para dos o tres personas a la par digo yo, después cuatro y así sucesivamente un grupito.

Más tarde, allá por el año 1,500 los españoles llegaron a América y trajeron el caballo; años más tarde el ganado y por ende la carreta. Todo cambió… El pensamiento de la gente fue diferente, hubo una evolución total; pero lo que me tiene entretenido en esta historia es lo que me contó mi abuelo materno cuando le pregunté por los caminos… Yo viajaba donde él en esa época para ayudarle en los oficios caseros y pude observar que en la troja todavía tenía la pieza más grande de la base de la carreta que él mismo construyó para trabajar cuando fue necesario, o los caballos no dieron abasto… Él me contó también que hacía viajes a Ahuachapán y Sonsonate, o a dónde fuera necesario… Él también me explicó que los caminos eran muy pero muy estrechos, que a veces apenas cabía la carreta; que era necesario llevar agua y guatera para los bueyes y por supuesto comida para los ayudantes; dijo que cuando viajaban lejos se ponían de acuerdo con otros y formaban una caravana. La carreta llevaba un pito que consistía en un caracol marino que al soplarlo sonaba; que muchas veces se comunicaban con otra carreta que ya venía y se interpretaban ambos para juntarse en un espacio amplio del camino para que los bueyes pastaran… Ahí había intercambio de información mutua de cómo estaba el resto por caminar, precio de los productos, un par de bromas y hasta compartir un talahuashtazo.

Otra de las cosas bonitas de ese entonces fue la encomienda a Dios manifestada en la salida del pueblo; lugar en donde había que decir una pequeña oración para que el camino se purificara y que la carreta y los bueyes aguantaran. Además, no encontrarse con personas de mentes  torcidas, aunque siempre iban pensando en el Justo Juez de la noche que los protegiera… Un día le pregunté si él lo había visto alguna vez y me contestó – ¡Son puras papadas hijo!… Es el mismo Dios en el que confiamos y nos guarda cuando lo buscamos e invocamos con fe -. En total mi abuelo era diestro en el oficio del carretear como también lo era en la agricultura; a mí no se me olvida que hasta hacía sus propios bueyes capándolos,  y también lo buscaban otros carreteros para que les hiciera el mismo trabajito.

Hay tantas cosas que se pueden decir de los sucesos del camino como lo que le pasó al ayudante de mi abuelo que se llamaba Don Ticho, que una vez que el no pudo viajar lo mandó solo y nunca regresó. Otros carreteros que venían por el mismo camino lo encontraron muerto a causa de un tetuntazo. Lo raro es que no le robaron el producto… lástima porque era un buen trabajador.

 

LAZAU

 

LAS CRUCES

 

La idiosincrasia de nuestros pueblos en los siglos pasados, fueron diferentes al siglo XX, que es en el que yo viví la mayor parte de mi vida; sin embargo, el arraigo de las cosas que ocurrieron  en el pasado repercutieron en el nuestro y así sucesivamente… lo que ahora vivimos repercutirá en el futuro.

Esta historia es parte de lo que viví cuando apenas era un cipotío.

Una cruz puesta en el camino para un niño de mi edad era frustrante; todos sabíamos, porque oíamos a los adultos, que una cruz significaba que ahí habían matado o había muerto un cristiano… Contaban además que los dolientes cuando el finado cumplía nueve días o novenario le ponían flores, y a los cuarenta se levantaba el espíritu dándole cuarenta riatazos al suelo en el que cayó con una vara acabada de cortar de un árbol vecino; costumbres que los grandotes hacían y que nunca entendieron que hacían daño psicológico a los niños… Terrible lo que hacían nuestros mayores, porque hasta las cruces que ponían a la salida del pueblo e inicio del camino nos aterrorizaban, no obstante que eran para hacernos un recuerdito de que había un Dios en quien encomendarnos.

Hubo un tiempo en el que yo me ausenté de la escuela por culpa de tres maestros que me golpearon injustamente y que ya conté en otro escrito; viajaba todos los días para ayudar a mi abuelo en los oficios caseros, en donde aprendía jugando; cuando pasaba frente a las crucitas del camino hacia San Pedro Puxtla, el mismo que va a Quezalapa,  me preparaba haciendo la señal de la Cruz como me habían enseñado… Lo terrible sucedía cuando viajaba solo… El cuerpo se me encogía y la piel se me hinchaba de miedo… La mente y el espíritu, a saber por dónde andaban.

En esa época era común que los cipotes aparecieran cachetones y con fuerte diarrea intestinal y no había más remedio que buscarle un padrino para que junto a su padre o su madre lo llevaran a la iglesia y que el párroco de pueblo le rezara los santos evangelios;  y solo así, el cipote recuperaba su salud. Yo recuerdo que no solo los cipotes enfermaban de susto, sino que también los grandes… Yo traigo a cuentas que un señor que se llamaba Ancisclo, que trabajaba en la finca de la Cumbre, que según contaron se le apareció su patrón con polainas y todo como lo era… porque ya había muerto años atrás… El señor se fue poniendo cachetón, se fue hinchando todo su cuerpo y como no quiso ir a la iglesia, finalmente murió.

Un día que compartía con unos amigos en una fiesta se me acercó un muchacho de mediana edad y me dijo – ¿Puedo tomar una copa con usted? – Seguro, claro – le dije yo – y él replicó – ¿Usted no me ha conocido verdad? – No – le dije yo – Es que usted es mi padrino – contestó él… usted me llevó a la iglesia para que el cura me rezara el evangelio cuando estaba chiquito y me enfermé de susto.

Yo recuerdo que cuando jovetón, tres veces me buscaron para esos oficios de la tradición que en resumidas cuentas la fe y la oración son medicina.

A mí en lo personal tres veces me calaron los espantos en esos cientos de veces que transité el camino hacia Quezalapa, digo me calaron, pero sustos fueron muchos. Les voy a contar el primero:

Regresaba ya tarde cuando el sol se escondía, pasaba frente al callejón del Cerrón, cuando vi un hombrecito chiquito como de 75 cm. que iba hacia arriba de la montaña, pero no caminaba, sino que saltaba y era morenito, muy flaco y usaba sombrero. En ese momento yo ya no pude caminar… Se me erizó todo el cuerpo y la respiración la tenía entrecortada… Hasta que pude hacer la señal de la cruz y decir un pedazo de la oración que mis tías Ana e Imelda me habían enseñado y no la solté hasta que llegué a mi casa para contarle a mi papá y mamá lo que me había sucedido. Al día siguiente que le conté a mi abuela me dijo que había sido el Cipitío, pero que ese no hacía ningún daño y que – Lo que quería era jugar con vos – dijo.

La segunda vez, en el lugar que llamábamos Piedra de Afilar, en el espacio donde corrían o corren las aguas que vienen de la montaña habían unas piedras grandes como lajas; pues ahí merito, en circunstancias parecidas, porque ya casi era de noche y algunos pájaros nocturnos empezaban a silbar, vi a una mujer que estaba sentada en una de las lajas y tanto fue mi miedo que yo veía que me llamaba,  aunque quizá no fue así; sin embargo, era increíble que a esas horas y en ese lugar una mujer estuviera haciendo algún menester. Por otro lado, era una mujer bonita y bien vestida y no era lógico que ella estuviera ahí. En cuanto a mí, pasó lo mismo que cuando vi al Cipitio, solo pude caminar cuando hice la señal de la cruz y el resto de camino lo hice corriendo… Llegué a casa y vino el regaño y el consejo. Al día siguiente que regresé donde mi Abuelo me dijo: ¡Era la Sigüanaba ja, ja, ja… no seas baboso, no era con vos la cosa!

La tercera vez, se me olvidó que no tenía que esperar la noche y salí corriendo; como ya me había acostumbrado que cuando pasaba por donde ya me habían asustado antes, pasaba a gran velocidad sin voltear a ver hacia los lados y pensando en el Ángel de la Guarda, pues ya mis tías y mi abuelita me habían enseñado una oración. Pero ese día no dio resultado, porque cuando yo pasaba exactamente sobre el bitoque, un animalito blanco, pero muy blanco, se me apareció y me quedé perplejo, se me encrespó el pellejo porque el animalito rozaba su cuerpo en las mangas de mi pantalón…Naturalmente perdí el conocimiento y no me acuerdo de nada, ni siquiera la oscurana del camino, ni tampoco qué se hizo el animal; de lo único que me acuerdo es estar debajo de la lucecita del foco que apenas alumbraba frente a la casa de Don Julián García que vivía en la entrada del pueblo. Al contar la historia a mi papá y a mi mamá inmediatamente dijeron – ¡Fue el cadejo! – Al día siguiente le conté al abuelo y me aconsejó: !De ahora en adelante, después que comás te vas! Pero yo no le hacía caso porque siempre me iba al cafetal a seguir jugando.

En esa época la gente decía que a los hombres se les aparecía el cadejo negro y a los niños el blanco.

Finalmente lo que yo he pensado ahora que soy mayor y por las características de lo que viví en ese momento… pienso yo que fueron extraterrestres los que me trasladaron del bitoque a la orilla del pueblo.

LAZAU

 

LA TASAJERA DE LOS CAMINOS

Muchas personas se contentan cuando leen mis narraciones sobre cosas y hechos antiguos de mi querido pueblo de Apaneca; por eso, voy a empezar por satisfacer la incertidumbre, duda o curiosidad de la gente que me pregunta por qué la “tasajera” en algunas calles de la ciudad y de los caminos.

Lo que sucede es que con el devenir del tiempo cuando se han ido construyendo carreteras nuevas entre los pueblos o ciudades vecinas, siempre el espacio donde pasaba la carretera antigua era ocupada por la gente que tuvo necesidad de un lugar para vivir y después naturalmente, fue construyendo una vivienda mínimamente digna. En Apaneca sabemos que «tasajera» es hacer de un pedazo grande otros pedazos más pequeños.

Para entender mejor lo que me propongo es necesario hacer bastante uso de la imaginación, y pensar en lo que sucedió en antaño; por ejemplo para ir a Ahuachapán no se iba como vamos ahora, sino que había que partir del final de la 1ª. Av. Norte, dicho de otro modo, por el camino que nosotros llamamos “chiquito”…Luego llegábamos a la Pila Santa Clara (ahora Aldea), pasábamos por la Cruz que está donde confluyen el camino hacia la Cumbre y la Lagunita, y continúa hacia la Fania y San Ramón, para luego guindar hacia Salutiupan y después a la ciudadela que ya es Ahuachapán.

Si nos ubicamos en el tiempo, todo lo que yo cuento pasó hace muchísimos años atrás y lo he ido recogiendo de lo que me contaron mis abuelos y abuelas, personas mayores de esa misma edad y por supuesto de la lógica, la suposición, la imaginación mía y el análisis en base de lo que se ve.

Otro ejemplo, es cuando se iba a Juayua, había que salir por la Av. 15 de Abril Norte y el Modelo… seguir por donde hoy se hizo la colonia Los Llanitos y coger como quién va para la Sierpe… Las Maravillas… Salitrillo… El Diamante… y finalmente llegar por el costado Norte del cementerio… y ya estábamos en Juayua.

Para viajar a Sonsonate era igual de complicado… Lo que yo tengo todavía almacenado en mi cabeza es que una vez que fuimos en romería para visitar a San Antonio del Monte, organizadas por las fiesteras de siempre: Mamá Chenta, Tía Cande, Tía Melche, Tía Narcisa y Tía Casimira, todas de apellido Calderón… también las que siempre acompañaban estos trotes eran Tanchito y Chavela Villafuerte. Salimos por el final de la Av. 15 de Abril Sur hacia el Plan de San Antonio, hubo una pequeña oración en Las Cruces… seguimos a Tizapa, Los Alpes, El Ciprés y La Esmeralda… llegamos a Salcuatitán, Masahuat y luego a Sonsonate y San Antonio… visitamos la iglesia y cumplida la promesa, regresamos.

Lo que más recuerdo de este viaje es que los caminos eran estrechos… Que a los cipotes nos llevaban encaramados en dos carretas junto a unas señoras que nos cuidaban para que no nos fuésemos a caer… Que algunos penitentes iban a caballo, pero que la mayoría iba a pie.

Para viajar a San Pedro Puxtla, cualquiera diría que era el mismo de Sonsonate, pero no fue así… El camino predilecto para viajar a San Pedro en aquella época fue por el Cantón Quezalapa; las dos veces que yo viajé a caballo con amigos pasamos por Malinche, Tierra Colorada y Tequendamas.

Para ir a Concepción de Ataco, siempre fue el mismo que ahora y con las mismas características: saliendo por el final de la 4ª Calle Poniente; pero se doblaba hacia la izquierda para seguir por donde hoy existe una comunidad que le llaman El Chorizo, sin ninguna interrupción, ya que Apaneca y Ataco son dos pueblos hermanos enclavados en la misma meseta y en lo más alto de una cordillera.

Mi afán de este escrito no es la geografía, sino explicar el por qué de la “tasajera” y cómo eran los caminos; pues a medida que las poblaciones han crecido, el desorden territorial también creció como por inercia.

Cuando se originaron los pueblos obedecieron a un diseño de acuerdo al número de habitantes y sus necesidades, pero cuando aparecieron nuevos pobladores, hubo que compartir el territorio, así como también los caminos, ahora carreteras, que por el avance de la civilización hubo que «tasajear»… el territorio de Apaneca no fue la excepción.

 

LAZAU

El entierro

Tendría yo siete años cuando mi madre estaba de visita donde una amiga, por supuesto con mis dos hermanitas, cuando venía un entierro sobre la 6ta. Calle hacia el cementerio; pero no en un cajón como de costumbre, sino en una cama como las de lona de ahora a la que le habían cruzado dos palos para cuatro cargadores. A mí no se me olvida porque iba cubierta con muchas flores y toda la gente que acompañaba rezaban y por ratitos cantaban… Pero lo impactante para mí fue que lo llevaban sin cajón.

Raro para mí porque en esa época, allá en la entrada del cementerio en una galera grande, la alcaldía había puesto un cajón colgado en las vigas para los casos en los que el difunto no tuviera quién por él y sin bienes con qué cubrir los gastos… Pues para eso estaba el cajón al que el vulgo llamaba “cajón de la caridad”.

En ese entonces se bajaba el cajón que colgaba ahí, y una vez llevado y enterrado el difunto, se regresaba a su lugar en la galera.

Ahora por ese impacto que yo sufrí no me gusta que los niños menores participen en esos acontecimientos, aunque es imposible yo lo sé, pero por lo menos no llevarlos a los velorios ni a entierros, a no ser que sean de la familia si no se puede de otro modo… Solo es una sugerencia.

LAZAU