El reloj y demás…

Hace más de medio siglo le preguntaba yo a mi papá que cómo habían hecho el reloj y él me contestaba: “Ahora estoy trabajando, esperate que tenga tiempo”. A los días volvía a preguntarle “Papá dígame por favor ¿Quién hizo el reloj grandote que está en la Alcaldía?” Yo recuerdo que mi inquietud era enorme y era porque una vez que habían dejado la puertecita de la torre antigua abierta, ahí donde originalmente estuvo el reloj, me asomé…entré… y vi para arriba; vi en la inmensidad una campana y un voladal de hierro que se movían solos, y vi unas cuerdas metálicas que se estiraban y se encogían.  De ahí mi inquietud de que mi padre no pudiera contestarme, él siempre estaba ocupado en su oficio y no podía sentarse conmigo a conversar… Tendría yo unos ocho años.

Un día de tantos, después de preguntar me dijo: “Vaya pues, te voy a contar”, entonces nos acomodamos por ahí… Quizá él ya había pensado cómo contestar a mi pregunta necia y que tanto trabajo le costaba, que cuando la tuvo lista la soltó… “Fijate que una vez llegó al pueblo un hombre desconocido que a saber qué había hecho de malo porque andaba mal vestido y mal encarado. La noticia del forastero creció cada vez más en el pueblo; la gente al sospechar de él hizo la bulla y las chismosas que no faltan contagiaron a las autoridades y lo empezaron a perseguir… Como el mentado hombre era astuto se fue huyendo, pero allá por Los Tablones, ya llegando a Ataco, le dieron alcance y lo capturaron, lo trajeron a Apaneca y lo echaron preso en una cárcel hedionda que estaba contiguo a esa torre que te tiene intrigado… y pasaron los días… y el pobre hombre seguía ahí solo con su gran imaginación. Empezó sin duda a pensar cómo hacer para escaparse y… como las autoridades empezaron a sospechar… le dijeron: “Mirá, cada hora que pase, vas a venir aquí y le vas a dar con este mazo de hierro a esta Campana” el hombre aceptó y como la cárcel también servía como bodega, ahí había láminas, pedazos de hierro y alambres, hasta algunos hilos de acero había… pero también había herramientas como tenazas, martillo, entre otras cosas.

El hombre ni ‘cuto’ ni perezoso empezó su tarea… Cada hora iba a dar el campanazo, pero al mismo tiempo cortaba lamina y alambre… Solo él sabía cómo enrolló las láminas y cómo las amarró con hilos de alambre al mismo tiempo que ajustaba el aparato, e hizo que a cada hora el badajo de plomo golpeara la campana… Así, al mismo tiempo que armaba el aparato, también hacía un hoyo en la pared trasera…Cuando lo hubo armado totalmente y había funcionado unas 12 horas, el hombre saltó de la cárcel por el lado del poste y se fue”.

El poste era un espacio que había atrás del edificio de la alcaldía y las cárceles, en donde se encerraba a los semovientes que andaban sueltos y ambulantes en el pueblo haciéndole daño a los sembradíos de la gente. Todo esto que cuento según mi papá, tuvo como escenario el espacio que hoy ocupa la Escuela General Francisco Menéndez y el Kinder.

Las autoridades oían los campanazos y decían: ¡Ahí está el preso! Pero a la mañana siguiente la campana dejo de sonar… entonces dijeron ¡Quizá el hombre se murió! y corrieron a abrir la cárcel… ahí lo único que encontraron fue el enredijo metálico, la campana y la hediondez… ¡Se había inventado el primer reloj!” me dijo mi papá … y yo como estaba chiquito creí que el reloj que estaba allí en la torre y que yo había visto antes era el mismo. Así es como terminó mi fregadera ¡Qué gran mentirota la que me conto mi papá! pero yo me quede contento.

A quienes quiero señalar sin disculpas es a los alcaldes, que por querer sobresalir o para que la gente diga que algo hizo, destruyen todo lo que los anteriores a ellos hicieron, sin dejar rastros para la historia, sin darse cuenta también que un pueblo necesita de testigos mudos de su propia existencia.

Ahí donde hoy en día está el parque, al este o al poniente donde ahora está la escuela y el kínder, antiguamente estuvo la alcaldía con todos sus menesteres; la torre, que fue mi inquietud, las cárceles y el poste estaban atrás.

La alcaldía era una casa grande de paredes gruesas hechas de adobe como muchas del pueblo, con sus compartimientos para el archivo municipal, el recibidor del alcalde y la sala grande para atención al público. Pero lo que no se borra de mi memoria es el portalito que servía para todo; ahí se ponía la marimba o la banda para los conciertos mientras la gente circulaba por el parque; ahí se hacían los velatorios cuando algún cristiano se moría y no tenía donde; ahí se leían las ordenanzas municipales a grandes gritos cuando había mucha gente reunida en el parque; por último, era una sala de espera, baile y hospedaje para personas que viajaban en romería y les cogía la noche ahí.

A continuación, estaba la gran torre del reloj incrustado en la casona y se salía un gran pocote hasta casi cerca del parque; la base era cuadradota como de diez a doce metros de lado, equivalente a 144 metros cuadrados ¡Era enorme!, la siguiente era más pequeña, y así sucesivamente hasta llegar a la última, una pieza como cúpula que quizá tendría unos tres metros de lado, con pequeñas ventanitas alrededor para respirar. De lejos la torre se veía como un montón de sombreros cuadrados superpuestos como las torres chinas. La torre de la que hablo, toda estaba construida de lámina fuerte, tenía estampada cada pieza en las orillas de tal manera que una encajaba con la otra. La armazón era de madera fina, lo que permitía que las golondrinas anidaran cuando era tarde y estaba a punto de caer la noche; era una belleza ver y oír el ruido que todas hacían volando antes ir a dormir.

La carátula del reloj lucía imponente con sus números romanos frente al parque. Lo más impresionante es recordar que casi nadie tenía reloj en el pueblo, por lo que todos hacíamos silencio al primer bolillazo… era contarlos y saber la hora… ya estábamos acostumbrados a eso y después nos hizo falta.

Siguiendo con mi relato, a continuación del reloj estaba la cárcel de hombres y mujeres; la de los hombres era horrorosa, un solo salón y un escusado con una hediondez insoportable. Las paredes negras con mil recuerdos y unas pinturas obscenas, desde tecolotes, muertes y diablos hasta siluetas de hombres y mujeres en un mal estado; tenía una puerta también con cuartones de madera dura entrecruzada que no permitía entrar la luz ni mucho menor el aire. Creo que el preso que por allí pasaba salía arrepentido y reformado. La cárcel para las mujeres, era de baritas de madera que más parecía una jaula para pajaritos y solo se usaban para un rato, como quien dice solo para asustarlas, y más que todo cuando había pleitos entre mujeres. Yo nunca vi a una mujer formalmente presa, pero sé, que en esas sí entraba la luz; quizá la habían hecho para prever la gravedad de los pleitos a cantarasos que las mujeres armaban casi a diario.

Algo muy importante y notable en esa época fue el poste, que consistía en un predio baldío o con zacate natural y unos cuantos arbolitos de chilamate, con su ramaje redondito en forma de tortilla servía para defender a los animales del sol. Éste no era más que la cárcel del ganado que quedaba atrás de la alcaldía sobre la 3ª Av. donde hoy día está el kínder. Para entonces, la calle Francisco Menéndez continuaba después del parque hacia el poniente. Cualquier vaca de don fulano que se salía de su potrero y perjudicaba las pertenencias de don zutano, iba a parar al poste. He allí la importancia, porque esos centavitos de las multas iban directamente a parar a la bolsita del Alcalde… En esos tiempos había mucho ganado y no tanto vehículo con motor, por lo que los caballos y los bueyes era el mejor transporte de tiro y de carga. La gente tenía también sus vaquitas en casa para obtener su leche y burros para acarrear la leña y de más.

El último Alcalde que estuvo en ese edificio antiguo fue Don Guillermo Salas, pero también él fue el primero en estrenar la nueva alcaldía.

Cuando destruyeron la torre, toda la gente fue a traer su lata; mi papá también fue a traer la suya, la que yo conservo un pedacito aún. La maquinaria del reloj antiguo la trasladaron a la alcaldía nueva, ahí la pusieron en la torre, pero no volvió a funcionar.

LAZAU

Los recuerdos de una vida

Para que no queden olvidados algunos hechos históricos que vivimos los apanecos y que nos hicieron crecer culturalmente, si es que se le puede llamar “crecer” hasta donde estamos ahora; porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me acuerdo de algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo lo haría con gusto, pues fueron bonitas experiencias en lugares que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a la meseta de Apanehecath, una de las primeras preocupaciones fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así, porque parece ser que ahí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba; los lugareños ya tenían conocimiento que en Sonsonate, Acajutla e Izalco, los españoles se habían establecido por la fuerza, y que a lo mejor lo más sabio era esperarlos y de alguna manera entenderse, para no chocar contra “esa raza” y salir perdiendo.

Según me contaron mis abuelas, a la zona de Apanehecath llegaron fuertes y con ganas de matar, pero enseguida notaron que comunicarse y entenderse era posible, pues la organización social se los permitía; ellas me dijeron que ya había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron. Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos de que aquí encontraron un clima agradable para vivir, mejor o igual que el de su lugar de origen. Empezaron diseñando una ciudad de calles amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén en su forma original, merecen ser recordados.

Las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse, para tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos y aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos bien claros metidos entre ceja y ceja. Ellos organizaron y construyeron, y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad que para bien o para mal somos nosotros ahora; porque eso sí, característica loable de los españoles fue que los que llegaron solos no tuvieron reparo en formar familia con las nativas, y no precisamente para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto, no soportó la influencia de los europeos recién llegados. Mis abuelitas me contaban durante largas horas sobre cómo fueron introduciendo poco a poco su cultura. Al parecer, algunos señores traían desde Guatemala maestros que enseñaban varias cosas a todos los de la casa; el que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… Un maestro, pasaba por varias casas y con el tiempo se iba; a los meses, aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que le eran útiles a la gente; luego aparecía otro que enseñaba oficios como la carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería, y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura, no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra; además, nuestros nativos, como los llamaban ya en esa época, ya conocían ese oficio, solo hubo que aumentarla y perfeccionarla. En cuanto a la ganadería, eso sí fue de lo mejor que nos trajeron, porque nos dieron a probar la leche y el quesito; nos trajeron también los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante que introdujeron, porque nuestra raza no conocía el uso de la rueda, las cosas en aquella época se transportaban en el “lomo”. Todo esto contribuyó grandemente a enriquecer la cultura de la zona.

Las tierras para el cultivo, las más cercanas fueron para los señores, seguido por los ejidos y tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según si la cosecha estuvo buena o mala, aunque con eso de la movilidad social y económica, y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra, y por ende la estructura social, fue cambiando hacia la equidad, en donde todos tenían donde vivir y de qué vivir.

Como dije antes, los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza: la mestiza. De lo que no hay indicios en Apaneca es que haya habido esclavos, solamente hubo sirvientes, pero estos eran libres, algo que facilitó la convivencia social; pero como decía mi Abuelita, fue “con mucho conformismo”, a lo mejor porque “todo anduvo bien”; sin embargo, si analizamos y comparamos en la actualidad, los hechos nos dicen otra cosa.

Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos de una época anterior a la mía que valen la pena recordar y que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto en esos tiempos había reglas claras de conducta. En esa época, un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando… y mucho menos meterse en la plática…  ¡Ay mamá si esto sucedía! al irse la visita le tocaba “riata”, plantón con las manos arriba, o hincado en arena o maicillo… Mucho peor era desobedecer o contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… Todos los castigos eran duros, pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. En los años que yo crecí, allá por los cuarentas, todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo, algo había, pues también la niñez poco a poco iba cambiando sus cánones de vida, y en esto la escuela y la religión tuvieron mucho que ver.

LA ESCUELA Y LA RELIGIÓN

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo XX, allá por el mil novecientos… En esa época solo había un grado, un maestro y una casa improvisada – más bien era una ramada – en el predio frente al costado oriente del parque, donde también se amarraban a las bestias de las personas que venían de lejos a hacer algún cumplido al pueblo… ahí merito donde hoy es el Mercado Municipal.

En ese entonces los niños no pasaban de grado, sino que aquellos que aprendían a leer y escribir pronto, ayudaban al maestro con otros que no podían o que se cansaban; en aquellos tiempos también, los alumnos que se consideraban preparados ya no llegaban, de hecho, los alumnos eran poquitos y un tanto “grandecitos”.

Mi abuelo paterno que fue policía municipal toda la vida, me contaba muchas cosas importantes, tal es el caso de sus atribuciones laborales, que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque; también acarrear a “bolos” que caían por allí en la calle para meterlos en la cárcel; también acarreaba a los cipotes que no querían ir a la escuela y que vagaban por el pueblo.

Ño Irene se llamaba el policía, que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga de toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: Un día se topó con uno de esos cipotes traviesos, y que de paso era su sobrino; a éste su mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene al verlo pensó que andaba de vago y que no quería ir a la escuela… entonces lo tomo del brazo, pero el niño se le forcejeo y se soltó… y salió corriendo; el policía entonces fue detrás queriendo alcanzarlo con la “verga de toro”, pero el cipote logró entrar a su casa… entonces uno de los vergazos que había lanzado cayó en el quicio de la puerta… y va y su prima hermana que sale reclamándole “A mi hijo no te lo llevás Irene, ya bien sabés que de escribido y de leido no se come, así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando, pues eso le había ocurrido cientos de veces, ese no había sido el único caso, porque él mismo no sabía leer, pero sí sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público que se pone en marcha, hay oposición de algún sector… con la escuelita la hubo, y fueron en este caso, las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias, pues ahí donde era una especie de terminal de caballos iban a construirla; hasta venta de guatera había, para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado… Pero esta oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del General Francisco Menéndez; en ese momento, se construyeron cuatro salones grandes de paredes anchas de adobe y con corredores prolongados a ambos lados… Bellísimo se veía el portal que quedaba frente al parque, pues lo construyeron con pilares rollizos y adornados; el otro portal que quedaba al interior fue utilizado para usos múltiples y para el tiempo de recreo de los alumnos. Ahora sí era una escuela formal con tres salones para los tres grados y sus tres maestros; el cuarto salón servía para la dirección…. Esto significó que la educación ya había avanzado, aunque la rigidez siempre existió, pues la dureza de los maestros compaginaba con la dureza de los papás en las casas… Les voy a contar qué sucedió una vez en la vecindad de los apanecos.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir, con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos, como a cuatro kilómetros en la cercanía de El Rosario; allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudándole en la tapisca del grano del maíz. Don Evaristo tenía un hijo, al que esperaba todos los medios días a que saliera de la escuela para que llevara el almuerzo a los trabajadores de El Rosario… Cuando llegó el hijo, que se llamaba Manuel, le dijo: “Hijo, ensillá la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres”, “Bueno Pa” contesto. El muchacho trajo la yegua, la ensilló y se montó en ella llevando el almuerzo consigo; la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino, pero al llegar al pueblo en vez de agarrar para El Rosario, fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una “pacha” con tesón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la aldea con el almuerzo de vuelta y le dijo a su papá: “Fíjese que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo” … “¡Hay hijo que jodida!” dijo Don Evaristo … Y caminando hacia dentro de la casa, agrego: “Ya vas a ver hijo mío que la yegüita sí va querer hacer el mandado…”  Al volver Don Evaristo, venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con un nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRRAASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores de El Rosario. Queda para discusión si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua. Esas eran otras formas de educar a la juventud en aquellos tiempos.

En cuanto a la religión, la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que no hubo cura que pasara por aquí, que no enseñara a grupos de personas a leer y escribir a la par del evangelio; además, enseñaban música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y con las mismas virtudes indígenas. Él siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada, ni siquiera radios, y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal era envidiable; en ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: El Angelus.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (Pinn, pinn, pinn… etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido, el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (Pann, pann, pann…etc.) y a continuación venía el repique… en ese instante toda la gente caía hincada dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El ángel del Señor anunció a María

y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

Amén.

A medida que fuimos más los habitantes del pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí, en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el Ángelus lo hacía de pie o caminando y en silencio… mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como regañándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos”. A buen entendedor pocas palabras.

En las casas, las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar donde eran siete mujeres que, dicho sea de paso, eran mis coabuelitas, por eso algunas veces estuve ahí. Ese día estaban reunidas por un motivo familiar, los hombres no estaban. Estaban en su tertulia “para que les bajara la comida” como ellas decían, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia, todas cayeron hincadas en el tabique para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús las buenas cosas que habían disfrutado, y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado de gente. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole “Buenos días le de Dios”; tan solo unos pocos años después, se decía solo “Buenos días”; y ahora hemos llegado ya a solo decir “Buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

LAS CASAS

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, con los rasgos materiales pasa lo mismo, por ejemplo, las calles y las casas que son la cara de un pueblo. Voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto por la imaginación, con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de aquellos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII, pues yo conocí los vestigios; se notaba que eran opulentas y que, si ahora ya no están, es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Av. y al costado sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez, que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya nunca volvieron…Algún comentario me hicieron mis abuelos, dijeron que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real que lleva al Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra casa grande que todavía se podía ver los muros, vigas, tejas caídas, las puertas y ventanas viejas, podridas, todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que los que vivieron ahí fueron de apellido Quezada. Dicen que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y, por ende, su posición social; mi abuelita me contaba que el señor que vivió allí, le interesaba mucho cuidar la apariencia y que el caballo que montaba para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tiene sus ironías, a mi abuela y a mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la 1ª Avenida Norte – que al día de hoy ya no está – o sea al tope donde comienza el “camino chiquito”. Él nunca me contesto, pero mi abuela un tanto esquiva me dijo “Ahí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad porque uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la ganó; por eso Antonio se hace el sordo… por eso ya no le preguntés… porque él y todos los Saz ahí nacieron y le da mucho sentimiento al recordar…Más tarde cuando se cumplieron los plazos para pagar la deuda, le embargaron la casa y tuvieron que irse de ahí… En ese entonces – agregó – el candidato pagaba los gastos de su campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la 2ª Av. Sur y final de la 5ª Calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta, fue una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madera, unas polainas de montar y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo estaba viejo, propio para un museo y lleno de polvo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la Mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que a día de hoy sigue ahí y que, dicho sea de paso, el Gobierno Municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo, conservarlo y convertirlo en parque para los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, y como a este señor le gustaba el trago y la fiesta traía amigos y amigas, y para amenizar mandaba a traer una marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; por ejemplo los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos mezclada con la de nuestros aborígenes, la genética y la movilidad social, hicieron su trabajo, y no muy tarde, los habíamos de todos los colores.

Como ya expliqué en otros apuntes, a cada cacicazgo, del mismo modo que los obligaron a no usar caites y otros arraigos, también los obligaron a quitarse su nombre original para llevar uno de origen español, el que aparecía indicado en el almanaque el día de su nacimiento, siempre en memoria de algún Santo como era la costumbre en la religión cristiana, de ese trabajo se encargaban los misioneros de la época… Por ejemplo, una mujer que se llamaba Flor de Loto, se llamaría Juana, porque había nacido el día de San Juan; luego se le ponía el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque llevan y me traen a donde quiero ir y venir”; igual pienso, que las calles de los pueblos son importantes porque permiten caminar y movernos a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver las casas y las calles como antes, pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de conservar tan siquiera un pedacito que muestre la parte de la historia y del momento aquel que vivimos.

LAS CALLES

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas y en el centro había un canal donde corrían las aguas lluvias porque en esos tiempos no había alcantarillas… las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos. Yo añoro esa época porque cuando salíamos de la escuela, alistábamos los cuchillos “deserbadores” – o deshierbados pues – que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos al deshierbar… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no, porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar. Entre más empedrados enmontados había, más contentos nos poníamos los cipotes.

Yéndonos a otros beneficios de esta actividad, considero yo, que aparte de la ganancia en dinero que obteníamos, también desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de las herramientas, la voluntad y el buen gusto, algo que no debía faltar en la presentación de un trabajo, pues al finalizar había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el “topón” o por el dueño que nos estaba pagando…

Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y en el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejarán mentir en este relato, como Paco y Gerardo Márquez, o Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

LA MONEDA

Algunos se preguntarán qué tan viejos son los apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto, pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas; como es el caso de la moneda de aquella época que, así como hoy que nos cambiaron el uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos nos esta costado mucho sacrificio; también a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente a usar el colón, cuando ya ellos estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia.

Nosotros conocimos a nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y otros menjurjes, comían diez personas de una misma familia… Cuatro reales eran 0.50 ctvs. de colón y ahora serian 0.057 ctvs. de dólar, pero redondeando se hacen 0.06 ctvs. En esa época mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes, dinero que equivalía a 0.25 ctvs. de colón, que ahora serian 0.0286 ctvs. de dólar, cantidad que si la redondeamos resultaríamos 0.03 ctvs. de dólar. Entonces un real, valía 0.125 ctvs. de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 ctvs. de colón, es decir, al revés de como hoy en día se redondea; en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas a 0.06 ctvs. de colón o un cuartillo de caramelos a solo 0.03 ctvs., a esta última moneda le decíamos “cuis”, me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas; al igual que como hoy llamamos “cora” a la moneda de 0.25 ctvs. de dólar. Había otras monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio y que pertenecían a la época de la dominación española; como éstas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me contó un día, que cuando él estaba chiquito no había monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… así, cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… Yo conocí una de esas monedas ya bien gastada por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; las había de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”.

BOLAS DE LUZ

En aquella época remota no había bancos donde depositar el dinero como hoy; la gente para guardar sus ahorros recurría a cualquier subterfugio que podía imaginar; algunos metían el “pisto” protegido por una bolsita hecha de costal entre mazorcas de maíz; otros haciendo un hoyo en la pared y simulaban el tapón con una piedra; algunos también enterraban una botija de barro en algún lugar de sus patios… y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en los que la inocencia tenía un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas, que hasta cierto punto tenían razón de ser. Decían que cuando alguien escarbaba en una casa vieja o se botaban paredes, tenía mucho cuidado porque se podía encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que, en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente todos estaban dormidos, salió una luz en el patio; se conocía que si la luz que aparecía era roja era porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … El señor dueño de la casa se puso en vigía… Todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frío y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo y se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que ésta agarró la esquina de la cobija que llevaba encima; cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó un grito de terror y no pudo hablar más, ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron ahí, lo limpiaron, y lo medicaron con ruda y alcohol… Le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó… Poco a poco fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1, 2, 5, 10, 25, 50 y 100 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03 ctvs.; de níquel eran las de a 0.05 y 0.10 ctvs.; las de a 0.25, que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 ctvs. de los Estados Unidos, sin duda prestadas o compradas por el Gobierno de la época cuando el dólar equivalía 2.50 de colón, éstas despertaron gran interés en la gente por ahorrarlas porque en aquel entonces eran de plata y la gente se entusiasmaba por llenar poco a poco su tunquito de barro.  No faltó el vulgo que les llamó “pesetas” o “chimbimbas”. Éstas eran escogidas por los padrinos de los novios en una boda pues tenían que dar las “jarras”, o monedas suertudas, para que la riqueza prevalezca en las labores de la nueva pareja… Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargaría a la familia.

LOS BANDOS MUNICIPALES

No quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito de cuando por estos lados no existían otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las Leyes y Decretos Municipales que, aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión la pongo en la forma cómo los munícipes le hacían llegar a la gente los edictos y ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que ya desapareció y solo está en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la Alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando en el pueblo, aventaban las herramientas y se iban a encontrarlo… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla, también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Junto al tambor que hacía el llamado, iba también el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho sea de paso era mi padrino (que me disculpen por meter a mi familia), el policía municipal y mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos otros munícipes; como principal, iba también el alcalde Don Víctor Tobar. Al llegar a la primera esquina formada entre la 4ª Calle Poniente y la 1ª Av. Sur, se aglutinaba el montón de gente para escuchar. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa eran Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas, esta última, solo levantaba la cortina de la ventana.

Cuando el secretario buscaba la mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venía un silencio profundo, y Lacho Solano y la policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal, etc, etc… Acuerda, etc., etc., etc.” y comenzaba cada quien a retenerlo todo, cada uno retenía lo que le correspondía. Algún edicto que yo recuerdo es que debía mantener a mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… O el que, por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… O aquel que, porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás a hervir el agua para tomar… También uno que, como iba a haber una visita del Señor Gobernador Departamental, había que deshierbar y limpias las calles… U otro que recordaba a los del pueblo que ya era tiempo de que pagaran los impuestos municipales, porque el dinero que había ya no alcanzaba para terminar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída… que fue a las tantas horas del día tal…” y salía de nuevo la comitiva para la otra esquina al compás del pon-pon-ponte, pon-pon-ponte de Lacho y su tambor. En la esquina que estaba formada por la 4ª Calle Oriente y Av. 15 de abril Sur, la gente escuchaba desde el quicio de la puerta… bueno, solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar, porque las otras casas estaban sordas y mudas, o sea que siempre estaban deshabitadas. Al terminar aquí el “bando” arrancaba de nuevo y cada vez se hacía más gente alrededor…

Yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Av. 15 de abril Norte y la 3ª calle Oriente, desde donde el señor secretario se colocaba en la acera más alta, la que era, o es todavía, de Don Rodolfo Artero… y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la esquina opuesta solo había un tapial, el de la casa de Don Alejandro Artero; en la otra esquina, Don Román Villafuerte escuchaba desde su casa; y la opuesta a la de Don Román, estaba la casa de Don Rafael Puente Luna.

Terminada la lectura, el “bando” salía sobre la 3ª Calle para llegar a la 1ª Av. Norte, en esa esquina donde antes había un molino y que fue manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura. En la esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio (a quien cariñosamente le decían “Pachuco”) y en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la comitiva municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la Alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios… Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores, y si los digo es porque es la única fuente que conozco; no pretendo exaltar la figura de nadie, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU

El origen de Apaneca

A veces vivimos como simples sujetos en esta tierra; jamás nos hemos preguntado quiénes somos, ni por qué estamos aquí, ni con quiénes vivimos, ni desde cuándo; en otras palabras, no nos cuestionamos sobre cuál es nuestra historia.

Lo que les voy a contar no son conjeturas solo mías, sino es lo que mi abuelita me contaba a deshoras de la noche o cuando íbamos por el camino.

Contaba ella, que Apaneca no era como hoy se conoce, y que su nombre original era Apanehecath (Río de Viento); decía que el mayor centro poblacional estuvo detrás del cerrito “Para librarse de las correntadas de viento que por ahí pasaban”, y que se movieron donde hoy está el pueblo, cuando en un invierno copioso se desprendió un pedazo del volcán Chichicastepec (Cerro con hojas que pican), sepultando a todos los moradores de ese lugar llamado hoy en día Tizapa (El nombre original fue Tizapán , porque ahí las aguas estaban retenidas en tiza-y-pan, que significa encima). Testigos de ese suceso fueron las “Piedras Topadas” que desde esa época están ahí.

Se supone que ahí terminó una época en la que se perdieron familias, casas, gallinas, guaxolotes, tuncos, sembradillos y tantas otras pertenencias que los habitantes habían adquirido; además de sus dioses y tantas creencias que también quedaron sepultadas sin poderlas rescatar. Fue así que los sobrevivientes de aquella tragedia espantosa comprendieron que era mejor soportar el viento, que esperar otro desastre igual y decidieron pasarse al lugar donde hoy está el pueblo.

Recuerdo que cuando estaba chiquito iba muchas veces a cortar café a la finca Santa Leticia…y como en esas fincas la extensión es grande, había caminitos o veredas por todos lados; yo pasaba corriendo por uno de ellos jugando de carrito y solía pararme en una piedra puntuda para impulsarme y correr más rápido; creo que aquel desastre llego hasta ahí…

Tan no hace mucho, descubrieron que esa puntita de piedra en la que yo me paraba, era la oreja de un dios que supuestamente aquellos adoraban…Esas piedras las sacaron con tractores potentes y las llevaron a la casona del dueño de la finca… Hoy me pongo a pensar que más adentro en lo profundo de la tierra, hay riquezas que son testigos mudos de nuestra civilización… En fin, lo que estoy tratando de explicar es que lo que mi abuelita me contaba, era verdad.

En otras ocasiones, curiosamente en otras pequeñas fincas de por ahí, encontré infinidad de tiestecitos y pedazos de vasijas que se supone los habitantes ocupaban como tazas, platos, ollas y cántaros, todos hechos de barro; además, encontré figuritas como caras que al parecer eran recuerditos de sus dioses que ellos tenían en sus casas para pedirles favores.

Mi abuelita decía que el terror en los que quedaron vivos fue tan grande, que se mudaron a un lugar más seguro, fue así que Apanehecath está donde está ahora. Ella decía que en aquel entonces nuestros abuelos ya eran inteligentes y que hasta cambiaron sus estrategias para ganarle al mal tiempo, como es el caso de la construcción de las casas que se hacían bajitas, tanto que para entrar en ellas había que agacharse…. Toda esa argucia se hacía para que los grandes ventarrones no les botaran los techos.  Me explicaba ella, que se construían de hojas fuertes, más que todo de paja o zacate que ellos mismos cultivaban; las paredes se hacían con baritas y tapaban los portillos o rendijas con lodo; las mesas, que se llamaban tapexcos, y todo lo demás como las camas, estaban hechas de baritas de madera y no eran movibles porque las patas las fijaban al suelo. La comida la guardaban en un tapexco chiquito, que colgaba de las vigas de la casa para protegerla de los ratones, al igual que la carne, que la colgaban en dirección al fuego para que se ahumara.

Así vivieron los Apanecos en esta meseta natural, que no es más que la trompa de un enorme volcán que por el lado sur, sus faldas van a dar al Océano Pacífico. Ahí soportaron el enorme “Río de Vientos”, que según me decía ella, “Era capaz de arrastrarnos varios pasos hasta que encontrábamos un árbol para sujetarnos mientras el chiflón pasaba”.

En esa época las casitas estaban dispersas entre árboles frutales; por supuesto no había calles como hoy, sino caminitos o veredas entre rancho y rancho… Es de imaginarnos que así vivían todos los pueblos Pipiles de la época, con la idiosincrasia de vivir desconociendo cercos y mojones que señalaran sus propiedades, pues todo se hacía en comunidad.

La vida cambió cuando los españoles aparecieron… Mi abuelita me contó que llegaron en forma aparentemente pacífica… inteligentes diría yo, pues era lógico pensar que no eran tan pacíficos, sino lo que evitaron fue el derramamiento de sangre de ambos lados. También me dijo esa vez, que los españoles habían llegado para quedarse, y que enfocaron su conquista en la enseñanza, para de ese modo, educar a nuestros naturales en lo que a ellos les convenía, utilizando los cacicazgos o grupos de familias que, de alguna manera, ya eran entendidos o razonables.

Parece ser que a los españoles les gustó el lugar, por su clima frio y vegetación; sin duda, porque era parecido o mejor al lugar de su origen, porque pronto empezaron a llegar otras familias como los Márquez, los Tobar, los Ascencio, los Mendoza, los Melgar, los Puentes, los Menjivar, los Romanes, los Sigüenza, los Díaz, los Padilla, los Sánchez, los Mata, los Quezada, los Nájera, los Calderón, los Villafuerte, los Arévalo, los Madrid, los Herreras, los Saz, los Olivares, los Flores, y muchas más familias cuyos hijos buscaron parejas, prefiriendo algunas veces a muchachas o muchachos nativos… Así nacimos nosotros entre oscuro y claro… y nos llamaron mestizos. Así las familias se fueron acomodando… y así seguimos… indefinidos todavía.

Establecida la confianza entre nativos y españoles, estos últimos instalaron un gobierno a su gusto, es decir, nombraron a un Gobernador o Alcalde Mayor, que según me dijo mi abuela, el primero fue de apellido Quiñonez, quien se rodeó por supuesto de otros para asumir las diferentes funciones.

Fue entonces que se diseñó el poblado en calles y avenidas, y sus habitantes fueron repartidos en lotes grandes. Lo más importante fue establecer un parque en el centro… al oeste o poniente de éste edificaron la alcaldía; al norte, un caserón que se ocuparía como Iglesia; al este u oriente, pasando la calle principal, quedó un lote grande que servía en aquel entonces para amarrar las bestias de los apanecos que venían de lejos; y finalmente al sur, la casa del Gobernador. Claro está que, en estos lugares señalados, las edificaciones se fueron mejorando y modificando poco a poco. Recuerdo muy bien la Alcaldía que, de estar la misma casa ahora, sería un atractivo turístico; así también la Iglesia, una joya arquitectónica que en 1700 se había logrado terminar, pero que lastimosamente un terremoto la destruyó completamente en el 2001.

Más tarde, el espacio que servía para amarrar los caballos se utilizó para edificar la primera escuela, la cual contaba con cuatro salones: tres para los grados y uno para la oficina de dirección. En esta misma escuela, mirando hacia el parque, se construyó un hermoso portal que, de haberse conservado, también habría sido un atractivo turístico de nuestro pueblo, al igual que la casa del gobernador, también derribada por un terremoto, pues era lujosa, tenía losa, cerámica y otras novedades traídas desde España… Los que pateamos los 60 años y más, nos acordamos de los vestigios de esa casa de gruesas paredes ubicada en la esquina donde hoy vive nuestro buen amigo Julio Tobar.

Mi Abuelita nació en el último tercio de 1800; lo que sus antepasados le contaban de aquella época, no era fácil de olvidar. Ella repetía que lo que hicieron con su familia también lo hicieron con otras, éstas fueron “instruidas” por los recién llegados. Eran varios los cacicazgos, y a cada uno ellos le designaron un apellido español; ella me contaba esas cosas para ilustrarme, me dijo “Yo dependo de dos cacicazgos, mi papá pertenecía a los Arévalo y mi mamá a los Avelar, por eso me llamo Justa Rufina Arévalo Avelar…” Yo cuento lo que estuvo a mi alcance en aquel momento.

En esa misma “treta”, como decía ella, me contaba sobre la llegada de los españoles… Como ya dije antes, llegaron de forma aparentemente pacífica y que se abocaron a la gente pensante para enseñarles lo nuevo que traían… Así fueron enseñando su doctrina, el cristianismo, y su idioma, el español… También su forma de vida y a cómo mejorar sus casas poco a poco.

Mi abuelita era descendiente de dos cacicazgos como ya expliqué; según contaba ella llevaba todos los rasgos físicos de la merita raza nativa, además era inteligente, pues aprendió a leer y escribir, y tocaba instrumentos musicales, especialmente la guitarra y el violín.

Respecto a la familia, contaba ella que cuando joven en su casa eran nueve hermanos: Gregorio, José, Herminia, Jesús, Serafina, María, Francisca, Cornelia y ella, Rufina, quien se casó con Don Toño (Antonio) Saz… Además, estaban su mamá y papá, sumando un total de once miembros. Cada uno tocaba un instrumento musical, y todas las noches después de la tertulia, se ofrecían para sí mismos un pequeño concierto…

Pero lo que quiero destacar es que en aquella época, y quizá en todas, la gente señalaba a las familias con un mote… por lo que era, lo que hacía, o en lo que se destacaba… en el caso de la familia de mi abuela, eran siete mujeres, por lo que les llamaron “Las niñas Arévalos”, conocidas porque hacían varias cosas para vender, desde dulces y pan, hasta adornos y mortajas para muertecitos, también candelas para los muertos grandes, etc…

Pero regresando al tema que nos ocupa, pues parece que estoy perdido en el océano de cosas que quisiera contar, les explicaba que mi abuelita no perdía ocasión para contarme una historieta, por ejemplo, la del por qué San Andrés es el patrono religioso de Apaneca; ella me decía: “Fijate que, a San Andrés, un apóstol humilde, Jesús lo llamó cuando era pescador y pronto se convirtió en un fuerte pilar para la Iglesia y viajó por el mundo predicando la fe… La historia cuenta que fue tan humilde que ni siquiera quiso morir como su Maestro Jesús, y expiró en una cruz en forma de X en tiempos del poderoso Imperio Romano… En Apaneca se quedó para ser nuestro patrón espiritual” ¡Buena terapiada me metió mi Abuela!

Volviendo al tema de los españoles, ella me contó que llegaron para cambiarlo todo; las calles, que en realidad eran veredas, ellos las hicieron anchas; las casas, que eran bajitas y de paja, ellos las hicieron altas, de adobe y teja; el transporte, que se hacía a lomo, fue sustituido por el caballo, los bueyes y la carreta; los dioses, como el sol, la luna y la lluvia representados en ídolos de barro, fueron sustituidos por imágenes de sus Santos… hasta los sacerdotes nativos fueron sustituidos por misioneros católicos que se encargaron de inculcar la fe cristiana. De hecho, me dijo que después de llegar a un territorio, dejaban a un sacerdote para que con la ayuda de la gente construyera edificios para la casa de oración o Iglesia, por lo que no tardaron en necesitar madera… Un día, talando un hermoso árbol a unos 30 metros de donde se había elegido para construir, se encontraron con una hermosa imagen… se trataba de San Andrés… El hallazgo fue sorprendente, y para creer más en esa historia, la imagen actualmente lleva en la espalda la marca de un hachazo que el imprevisto labrador le dio al descubrirlo; desde ese día, a la fuente que abastecía de agua a la población, se le llamo San Andrés. La imagen fue llevada con alegría, bombos y cantos hasta donde hoy está, en la Iglesia… allí quedó como el “Señor”. Quienes conocemos el lugar y la imagen nos quedamos asombrados, más aún, porque en esa época estábamos chiquitos.

Cuenta la leyenda que los moradores se postraron, veneraron y hasta le pidieron perdón por el hachazo que le dieron al momento del hallazgo. Desde entonces, está en el altar mayor de la Iglesia, haciéndole milagros o “volados” en nombre de Jesús cuando así se le pide. A él le pedimos también consuelo, esperanza, entereza y tanto cuando necesitemos.

Esos tiempos sí que eran maravillosos. Contaba mi abuelita que las familias vivían dispersas; en cada manzana de tierra asignada para vivir, había una y a veces hasta cuatro familias; en las casas con grandes patios se cultivaba lo necesario para la comida… no faltaba el jocotón, el naranjo y varios palos de guayabo a escoger… pero también había un espacio grandecito de terreno con una superficie dura donde se amontonaba el maíz y aporreaba el frijol… también había gallinas y tuncos sueltos por todas partes. Algo que lamentaríamos hoy en día, es que en aquella época la gente estaba acostumbrada a no tener servicios sanitarios – como los conocemos hoy – sino que las necesidades básicas se hacían al aire libre.

Quiero destacar que la tenencia de la tierra casi era pareja, cada quien tenía donde cultivar maíz, frijol, frutas, caña de azúcar y más… Estaban también las tierras comunales que eran administradas por la Alcaldía y la Iglesia… “Todo era florido”, me decía mi abuelita, “Había que celebrar la abundancia” y… es así como a finales de noviembre de cada año se le daba gracias a Dios por la cosecha y a San Andrés por interceder… Es así como nacen las fiestas patronales de Apaneca, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.

Vale la pena destacar que aquella época era de abundancia y que ahora es de escasez, pues a veces no tenemos ni para montar a las “ruedas” en las fiestas a los cipotes, ni para comprar una tusada de pasteles Estebana.

Todo lo que antes se hacía durante esos festejos tenía razón de ser… Porque hasta los tamales y la chicha, debían ser hechos con masa nacida acá en el terruño… Las guitarras elaboradas en el pueblo y los músicos también debían ser nacidos aquí… En las carreras de caballos, que las bestias y los jinetes hubieran nacido en esta zona, era igualmente importante.

Algo que se me quedaba en el tintero y que en una ocasión pregunte a mi abuelita fue: ¿Es cierto que los españoles eran malos y que mataban a nuestros nativos? ella me contesto: “No podemos hablar tan mal de los españoles que vinieron acá… porque quizá no todos fueron malos, y a esta fecha todos estamos requete revueltos; los blancos poco a poco se fueron revolviendo con los canelitos y el resultado fuimos nosotros”.

Yo de curioso, le pregunté en otra ocasión sobre el exterminio de nuestros nativos, ella sobándome la cabeza me dijo: “Claro que sí hubieron algunos malos, pero esos no pudieron vivir entre nosotros y se fueron; los buenos se quedaron” y volvió a poner el ejemplo de ella misma: “Mira yo, hija de dos nativos, me casé con un español, Antonio, hijo de dos españoles que vinieron acá; así aparecieron ustedes en esta tierra; y por eso también ustedes unos salen cheles y otros negruzcos”.

El exterminio aquí sí existió entre todos aquellos que se “portaban mal” y no se sometían a su ley; pero también hubo otra forma de exterminio, el de aquellos que poco a poco perdieron sus territorios y empezaron a sufrir al convertirse en asalariados dentro de su propia tierra, porque los españoles se apropiaron de ellas; además, los ibéricos no eran sanos del todo, ellos trajeron muchas enfermedades que mataron a nuestros nativos… Desde entonces nosotros seguimos luchando contra esas enfermedades.

LAZAU

EN UNA NOCHE DE JUEGO

Que mi padre me contó:

Esta historia no es para que te asustés, ni para que ya no hagas los mandados en tu casa. Esto sucedió por ahí en los años veinte, sobre la segunda avenida, de cruz a cruz por donde pasa el santo entierro, específicamente el Barrio San Pedro. En ese entonces ni nomenclatura había, los ranchos estaban relanceados, entre los lotes baldíos hasta se podían comunicar por vereditas con el rancho del vecino. Era raro que en cada predio no hubiera un palo de guayabo, naranja ácida, jocote moche, y una mata de güisquil; todos los “merendujes” que se le echan a la comida también se cosechaban ¡Qué tiempos los de esa época!… todo era natural hasta los servicios sanitarios. Para esa época hasta los coyotes bajaban hasta aquí y… ¡míreme la seña! cuando esto sucedía todos a dormir con las puertas bien trancadas.

Ahí merito donde queda la segunda avenida sur y la sexta calle, como quien va para el cementerio había un enorme jocotón – Ahora vive ahí una familia García – por supuesto en ese entonces no había nada de casas y solo él dominaba el espacio y en su entorno por debajo era una jugadera de chipotes. Ladrón librado era el juego predilecto y una grulla de 15 o 20 no faltaban… se formaban dos bandos, unos policías y otros ladrones, jugando en la oscurana de la noche, las horas pasaban.

Contaba mi papá que una vez llegaron todos y hasta más de la cuenta… jugaron y jugaron, cuando alguien gritó… ¡vean muchachos aquí hay jocotes chancomidos y fresquitos! ¡algún animal raro hay arriba!… ¡Busquemos¡ dijeron todos… y al voltear a ver hacia arriba había un bulto negro “encojoyado” y encogido como no queriendo hacer ruido… de pronto todos lo empezaron a cucar… le tiraron piedras y garrotes; era una mica negra, tan negra como la noche que la parió… la loca se había hecho y quizá pensaba sacar huyendo a los muchachos para que se fueran a dormir a su casita… ¡es una mica jocotera! dijo  Chepe Barahona ¡tiene tamañas patas! dijo Toño Arévalo “Chaflán”… ¡los ojos se le ven colorados! Le dijo Vertín Valladares a mi papá. El Memo Vides que casi no lo dejaban salir porque estaba muy chiquito, ese día estaba ahí, y Chemita Mendoza le advertía… ¡No tengás miedo Choco! ¡Estate ahí! pues estaba temblando metido entre dos piedras grandes que permanecían en la esquina.

Por fin de tantos tetuntazos la mentada mica que saltaba de rama en rama, intentó casi volar a los árboles cercanos, pero no pudo. Los que cargaban “onda” se acababan las piedras. La pobre animala afligida no se podía bajar, y entre más corría el tiempo, más  chillaba. Con todo esto el juego de ladrón librado había terminado y en un descuido ya sin piedras y sin palos, la mica se cayó entre medio de todos e hizo el desparpajo… ¡So mica puta! dijo Vertín, ¡vamos todos tras ella! dijeron todos, y las salieron corriendo como abejas calzoneras y después de tanto correr con la ayuda de la luna, la mica se metió debajo de la puerta ¡rum!… cayeron todos de romplón para ver qué se había hecho. Al ver por debajo y por todas las hendiduras de la puerta se asustaron, porque no esperaban ver lo que vieron: en una mesita pequeña había un vasito chiquito con una veladora que alumbraba, un florerito también pequeño arreglado con hojitas de ruda y variedad de florecitas; pero lo más impresionante fue que frente a esta mesita había una silla que sostenía las ropas al revés y boca abajo, que sin duda eran de la niña Toya Almeida, dueña de la casa, que cuando quería se hacía mica para molestar al barrio.

Cuando los muchachos contaron esto en sus casas los papas también se asustaron y prohibieron a sus hijos ir ahí. Pero como de jugar se trataba siempre asistieron a la cita.

La mica jamás volvió a salir por esos lados.

LAZAU

Publicada: 22/12/2016

UNA HISTORIA QUE NO DEBE QUEDAR OLVIDADA

Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.

Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.

El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.

¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.

En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.

Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.

dr-_pio_romero_bosque illus-035_salvador_20th_century     

Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo

No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.

1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.

Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.

Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.

En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos,  y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.

La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.

Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.

A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de  la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios  botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».

“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.

Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.

Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino-  y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».

Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.

En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.

Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»

A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto  Sánchez (el ayudante).

Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.

«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo  y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»

«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«

Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”

Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).

«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».

Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”

En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!

A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.

Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.

Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.

En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.

Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.

“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.

Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.

Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.

Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.

Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.

LAZAU.

Quería un mundo mejor…

andres-torres-sanchez

 

 

 

 

 

 

Mi primera satisfacción fue…

y lo digo con propiedad… porque aprendió a leer.

 

Se llamaba… porque… ya murió.

Murió en la lucha… siendo el primero

para enseñarle al pueblo la única salida:

¡Morir! y ¡Como morir!

 

Era un tal Andrés,

hijo de la Eva Torres

a quien respeto… al igual que a él, su hijo…

porque los dos murieron ya…

la primera, por la sobrevivencia en los cafetales…

y él porque no había otra salida.

 

Murió aquí en Santa Tecla,

el 11 de octubre de 1979.

Nadie se hizo cargo de su cuerpo inútil…

aunque estuvo expuesto…

esperando a familiares.

Los diarios publicaron en primera página la noticia…

hasta con colores vivos y decía más o menos:

“La Policía Nacional, la Guardia Nacional,

la Policía de Hacienda y 100 soldados

del Destacamento Militar…

emboscaron a 3 guerrilleros…

acción que duro toda la noche”

 

Allí estaba Andrés Torres Sánchez…

Según cuentan no lo mataron;

sino, se mató…

pues, según dice el diario

habían agarrado unos centavitos

de un banco por allí

para gastos de emergencia…

 

Ese día estaba yo gritándole

a los niños cosas diferentes

a lo que yo estaba pensando…

A lo mejor los turbé.

 

«Cien mil colones» decía la noticia,

no era ni tanto para el costo.

Pienso que sumando

cien, más cien, más cien, no es mucho…

el objetivo es lo que importa:

Enseñar como morir por los demás…

por sus hermanos salvadoreños libres…

comidos por lo menos.

 

Dicen que cuando fueron vencidos…

el coronel entró furioso,

porque se encontró que los cien mil colones,

habían sido quemados…

¡Que desgracia! dijo

porque los quería para sí.

 

Esa noche final deliberaron supongo…

Andrés ejecutó a los dos,

a un hombre y a una mujer…

sus compañeros de lucha…

a quienes también amaba…

Él se dio un balazo en la rodilla…

y con su sangre puso las siglas

de su organización: FPL

Y se mató…

 

No lo mataron… siguió viviendo…

en el corazón y en la mente de su familia…

aunque en el fondo sufrían, pero conformes

porque antes, con palabras sabias y adecuadas

los había preparado…

convencido ahora para el caso de que

¡Su cuerpo fertilizaría la tierra!… Amén.

 

¡Ay de los que no quieren aprender!

dundos serán toda la vida

y no servirán mañana… para la historia,

y solo servirán como paja en el infierno…

y la tierra en que nacieron

les reclamará ¿Qué hiciste? ¿Qué te hicieron?

¡Nada, serán una desgracia!…

Para los que no entiendan o luchen

por algo en esta vida, a veces ingrata,

¡Habría sido mejor que no nacieran!

 

Andrés fue campesino.

Adulto a los 7 años.

Yo me lo encontraba en el camino…

le tenía miedo porque

era bien formadito… pequeñito…

músculos duros… morenito…

careto… quizá no se bañaba…

 

Iba por el camino paso a paso…

con la cuma en el hombro…

y las patas en el suelo… pun, pun…

colochito…  parecía africanito …

Yo creo que le ganaba

al “tata” en hacer más luego que la tarea.

 

De regreso me lo volvía a encontrar por la tarde…

me hubiera gustado jugar con él.

Yo era más grande ya…

privilegiado por mis abuelos

por ellos viajaba a Quezalapa

a la finca La Bellota,

para hacerle algún oficio o mandado

y usar mi morralito de trapo

con algunos comprados.

 

En ese entonces la relaciones

con Andrés eran lejanas.

La sorpresa llego años más tarde…

yo cursaba primer año de bachillerato…

cuando me lo encontré sentado

en el primer pupitre del salón de clase

de la escuela nocturna que el padre Cea fundó…

queriendo aprender, por lo menos,

a leer y a escribir tal vez.

Doña Eva Posada de Arévalo…

lo guiaba y lo animaba…

porque fue la maestra de ese nivel…

bueno… aprendió a leer… y

ese mismo año agarrándole las manos, al fin

aprendió a escribir…

y así en tres años…

con Víctor Hugo Mata y yo

ganó el sexto grado o tercer nivel.

 

Bueno, la sorpresa fue tal…

cuando se inscribió como alumno del Colegio San Andrés

Ya podía apuntar o escribir los nombres

de la gente que iba a cortar el café

a la finca de Doña María Borja…

su protectora entonces… gran cambio…

 

Andrés ¡Qué alegría!

ya era mi compañero de Colegio.

En esa época me buscaba…

porque yo… ya era profesor del Colegio.

Me decía: ¿Qué hago?, ¿Qué debo hacer?

présteme un libro… explíqueme…

Yo lo veía satisfecho cada vez

y… yo me sentía alagado.

 

Yo choteaba con mis amigos por las noches…

nunca anduvimos juntos, porque él era formal

siempre trato de reponer…

el tiempo perdido… decía él

“Porque si no lo repongo,

los santos lo llorarán a mares”

 

También todas las tardes

jugábamos fútbol.

El Andrés se empezó a meter…

Era un tractor caterpillar

Entonces ya…

le tenía miedo otra vez…

porque me podía quebrar.

A él no le importaba quien estuviera enfrente

corría en una sola dirección,

para pegarle a la pelota.

Nunca hizo un gol para gritarlo,

pero contribuyó a hacerlo.

No fue un alumno brillante tampoco

siempre fue chineando una o dos materias

– en un principio por supuesto –

inglés, principalmente;

“esa materia me cae mal” decía…

“¿Qué hago?» me dijo un día,

«como es obligación

hay que llevarla»… y en esa lucha estuvo…

hasta que a fin con entereza la superó…

Andrés saco su bachillerato.

 

En navidad, yo recuerdo en 1965

le preguntamos: ¿Y qué has pensado

hacer en los próximos años?

y contesto “Ya fui a San Salvador

y ya estoy inscrito”… cabal…

ya era alumno de la Universidad Nacional.

Yo me quedé como profesor y él… nada menos

que un alumno aventajado… y …

a los años licenciado.

De «cumero» se volvió

nada menos que en Sociólogo.

 

Recuerdos y anécdotas a montones,

que solo salen cuando uno

se muere por algo importante…

y que no debemos olvidar.

 

En el Colegio había que

comulgar todos los días

durante el mes de mayo sin fallar

en honor a la Virgen María,

hasta hacernos sentir

el sacrificio con pureza.

Como también había que pasar al frente,

en formación general

para narrar un milagro

o favor que ella nos haya

concedido alguna vez…

el tal Andrés nos hizo creer…

cuando a él le tocó su exposición,

que la Virgen le había salido

entre las Piedras Topadas y

le dijo que estudiara bastante

para favorecer a muchos que

no creen en la misión de su hijo.

 

Para nosotros los grandes…

la cosa era difícil… porque…

nada de masturbación…

ni siquiera con el pensamiento.

 

Cuando Andrés se confirmó

como estudiante… leía mucho…

y puso en práctica lo interpretado.

 

Los trabajadores del campo

una vez que lo encontraron

trotando por el camino,

antes de irse al colegio

a las cinco de la mañana.

Y… como iba y venía

entre la orilla del pueblo

y las Piedras Topadas,

hicieron la bulla que

estaba loco de remate.

Uno de ellos, que antes fueron

compañeros en las tareas del campo,

lo enfrento y le dijo lo que la gente decía…

y él, muy elocuente contesto:

«Lo que pasa es que la gente…

no sabe que el ejercicio corporal…

es salud… es medicina… es vida».

 

Un día me lo encontré,

aquí en San Salvador

“te invito a una cerveza” me dijo

al calor de los recuerdos se hicieron más…

y revueltas las palabras…

nos emborrachamos y… me llevo a su casa.

Ya muy noche, yo quería orinar

no encontraba la puerta de salida

ni sabía dónde estaba

al fin encontré una…

y donde vi blanquito…

allí me oriné.

A la mañana siguiente me di cuenta…

era el lavaplatos en la cocina

¡Que vergüenza!… ¡Qué pena!…

pero me sucedió.

 

Lo más valioso de Andrés fue

su carácter fuerte, templado y convencido;

virtudes que valieron la pena…

Andrés siempre amo a su raza.

 

El 12 de octubre amaneció muerto.

Yo, al recibir la noticia pensé…

y me hice mil conjeturas:

¿Habré hecho bien con enseñarle…

para que fuera una persona instruida?

¿Habrá sido feliz?

Quizá me equivoqué.

Y… ¿Estaría vivo con la cuma en sus hombros?

o… ¿Se habría muerto de hambre ya?

Ese fue su destino.

Finalmente pensé

Andrés enseñó a sus contemporáneos a

como cultivar la mente y…

como cultivar el corazón.

¡Que Dios reconozca…su tarea! amén.

 

LAZAU

 

 

 

UNA AVENTURA FUGAZ…

Lo que les voy a contar es un tanto confidencial; y digo así porque no me lo contó nadie y ha nacido de la imaginación de la gente, se trata de ño Manuel Calderón (hijo), así se llamaba el papá de Fabio, pero también el abuelo, el que dio origen a toda la Calderonada y Villafuerte del pueblo, que ojalá no se vayan a enojar porque el primer disgustado seria yo, ya que a esa prole pertenezco. Además no tiene nada de malo el cuento; solo pretendo recordar lo que a muchos les paso o que les puede pasar por andar de coscolinos; pero como tampoco sé quién se lo conto a quien… yo ya estoy disculpado.

Apaneca de antaño era mejor que la de hoy digo yo; porque toda la gente tenía su casa aquí en el pueblo y su propiedad fuera donde cultivaban su con qué. Además estaban las tierras comunales que la  Alcaldía administraba y las que tenía a su cargo la iglesia que llamaban hejidales. Esto traía alegría y la gente hasta buscaba pretextos para celebrar. Así nacieron las fiestas patronales y la celebración de otros Santos para dar gracias a Dios al final de la cosecha. Apaneca no fue la excepción, más cuando sus tierras eran floridas eran motivo grande para rumbear o parrandear con la participación de todos. En esa época no había luz eléctrica, ni carros, ni tampoco el agua llegaba como hoy a las casas. Pero la vida era más alegre porque la tenencia de la tierra y las otras cosas materiales eran parejas y abundantes… el agua se traía a cantaradas desde la fuente de San Andrés y para ese entonces habían caminitos de a pie que iban del pueblo a morir a la fuente como un delta al revés para llegar más luego; pero había uno, que hasta la fecha está, que de tanto caminar se había formado un desfiladero, que visto de abajo hacia arriba dolía la nuca y vista de arriba hacia abajo daba miedo, más aún cuando la Alcaldía lo mantenía empedradito para evitar los resbalones de la gente cuando habían pleitos a cantarazo abierto que dificultaba más salir huyendo.

El caso es que una vez en plenas fiestas patronales, ño Manuel Calderón atraído por la bulla de la gente, coheterías por aquí, música de cuerdas por allá, la marimba tocando más allá en el kiosco y los cipotes corrían por el costado de la iglesia huyendo de los toritos pintos reventando, la banda tocando sus marchas y ño Manuel Calderón volándole ojo a cual mesurada mujer pasaba allí. Como a todo tunantón se le hace…  no muy lejos se encontraba una mujer hermosa y bella con todos sus atuendos a quien hasta ahora no conoce… atraído por las miradas de ella… el ño Manuel también coquetea… poco a poco se acercan… el hechizo lo empata y lo saca de la multitud… Ella adelante y el detrás como que lo va halando… lo seduce fácilmente y sin mediar palabras lo enamora y quizá le dice muchas cosas bonitas con la cabeza y el rostro… A todo esto la fiesta se olvidó… van caminando por las calles y lo conducen a los montes aledaños a la fuente de San Andrés… en donde nadie está a esa hora… más adelante lo desvía y lo lleva cerca el desfiladero… ella se va quitando el atuendo y él que ya no piensa… y al llegar a la orillita cuando la vio en pelota sin nada de ropa… perdió totalmente la cabeza y él de apresurado y ya como caballo excitado, se lanzó felizmente para abrazar su conquista… y… funnnnngún… a caer al fondo del barranco…

Era la Sihuanaba… que andaba haciendo justicia y enderezar a los hombres y al parecer que no tienen compostura… a ño Manuel Calderón lo encontraron las primeras aguateras en la madrugada siguiente y en una hamaca improvisada con una chiva y viga larga lo llevaron a su casa… para pasar casi un año con faumentos de epazote y baños de ciprés… muchos por allí ya no pecamos pero; a otros ya se les olvido y no cambian.

LAZAU

Publicado: 18/12/2016

La obra de un sacerdote

Si el hombre no escribe la historia se acaba; yo veo con preocupación que muchos hombres han pasado por aquí, han hecho obra y su recuerdo se desvanece lentamente.  La obra física de aquel se destruye por el que sigue y no queda nada… ni la obra espiritual… por consiguiente no queda ni el recuerdo, porque la una va de la mano con la otra.

En esta ocasión enfocaré mis añoranzas en un personaje ya olvidado, cuya obra incalculable puesta en la mesa para juzgarla, no deja nada que desear con la de cualquier sacerdote que haya pasado por la parroquia de Apaneca. Lo conocí junto con mi edad porque el bautismo de él lo recibí, que por cierto fue en Juayua porque ese día le tocaba dar sus servicios allá. Cuando ya tuve siete años talvez, empecé a oír su nombre: Excelentísimo y Reverendísimo padre Excequiel Golón, que dicho en familia era el “Padre Golón”. Era pequeño, de 1.60 metros talvez, gordito pero fortachón; su raza de pura cepa era de algún cacicazgo quiché; con sus ojos negros saltaditos y por supuesto, no era blanco; tenía un semblante dulce blandito en su cara que daban ganas de acercársele y ser amigo de él. De lo demás no lo sé, solamente su sotana negra con las manos metidas en las bolsas tocándose la barriga, un sombrerito de pelo negro y sus zapatos bien lustrados.

De su escenario diario lo recuerdo muy bien. La iglesia y el convento imponentes entonces en la punta de un cerrito, rodeado en toda su extensión de cipreses pequeños y arreglados que daban a las calles, sin quitarles importancia, mística religiosa; así como la conocieron antes del 11 de enero del año 2001… me refiero a la iglesia, solo que al frente las gradas escalonadas eran lineales desde la puerta hasta la calle y en medio había una cruz que llamaban Del Perdón. El convento estaba en el mismo lugar de hoy, con la única diferencia que las paredes eran de adobe y el techo con tejas; el espacio era reducido porque al poniente había de todo: lugar para tuncos, caballos, gallinas, palomas de castillas y para guardar leña, también jaulas para encerrar gallinas y patos. Una vez recuerdo muy bien que el padre tenía una jaula especial en la que había un tunco de monte y en otra un micoleón que habían sido traído de las montañas de Guatemala, pues el padre era de allá, de Antiguo Guatemala y todos los años viajaba para ver a sus hermanas. De vez en cuando llevó a mi papá cuando todavía se pagaba medio pasaje. Contaba él que la familia del padre era especial y que vivían como los grandes y educados, como los santos de misa diaria… modales aprendidos sin duda de los españoles, pero con carácter y principios de sus antepasados los quichés.

En Apaneca yo lo oí predicar, especialmente en Semana Santa que hasta le sacaba las lágrimas a la gente, lo único que no logro es que los hombres se sentaran con sus mujeres en las bancas de adelante… pero también predicaba con el ejemplo y les voy a contar el que me sé y el más palpable.

Mi abuelita por el lado de mi papá murió y dejaba a sus cuatro hijos Cándida, Fernando, José Domingo y Mercedes todos huérfanos… mi abuelo que no pudo con la carga… se la paso a una hermana que se llamaba Rufa o Rufina Calderón…como ella carecía de recursos, el Padre Golón se dio cuenta y llegó varias veces para pedir a uno de los dos varones…  la Rufa al fin de tanto insistir accedió y le dio a Fernando… él se lo llevó y le enseño muchas cosas importantes de la época… Con el padre mi papá aprendió a leer y a escribir, algo que le facilito el aprendizaje en otras áreas. Para aprender el oficio de la carpintería le puso de maestro a Chon Paredes, que le valió a mi papá para trabajar por el resto de su vida.

En uno de esos viajes a la Antigua Guatemala el padre Golón trajo una marimbita, con su contrabajo y todo lo necesario para que junto a mi papá, aprendieran a tocarlas otros jóvenes; y es así como estuvieron ahí José Barahona, Bertín Valladares, Chemita Rivas y Chemita Mendoza, quienes entusiasmados también aprendieron solfa con Don Luis Calderón, músico notable que vivía en la casa que queda en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la calle Francisco Menéndez y que hoy es de Teto y Beto Calderón.

En esa casa Don Luis había formado su propia academia y sus primeros alumnos fueron sus hijos: Luis, Héctor, Arturo, Osmín y Ángel; las hijas Lidia, Olimpia y Tila cantaban generalmente en la cocina con su mamá, pero también cantaban en la iglesia. Además, asistían Víctor Aguilar, Chemita Mendoza, Juan Ruiz, Antonio Arévalo, Guillermo Vides, Gavino Morales, Teno Morales y por supuesto no podía faltar el hijo adoptivo del cura Nando Calderón. Con esos alumnos formo un gran orquestón, aunque también don Luis tenía un marimbón que se llamaba La Princesita que competía con otra marimba con gran talante llamada Imperial, propiedad de Don Rafael Puente Luna.

Yo recuerdo muy bien que mi papá llegó a viejo y siempre que hacia algún trabajo o se encontraba solo tarareaba, y yo le preguntaba qué hacía, y él me contestaba: “Es tarareo para que no se me olviden las lecciones y canciones viejas que Don Luis nos enseñaba, porque fijate que antes para aprender una canción se iba a Guatemala a pie o a caballo y raras veces en tren para traer el disco y las copias en solfa”. Así le oí tararear a María Bonita, Sueños a María, Alejandra y un tal Gato Enamorado… ¡Ah! … pero había otra, la Vaca Lechera que cantaba muy bien Guillermo Vides cuando le tocaba y decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, ¡Ay que vaca adorada!… me da leche condensada… tolón… tolón… tolón… tolón”.

Mi papa solo tarareaba y medía los tiempos y compases con las manos y el zapato… pero no cantaba para nada.

Lo bueno es que el padre Golón puso la semilla y el incentivo para que los muchachos aprendieran y se mantuvieran cerca de la iglesia, ayudando a prestar un mejor servicio a los fieles y sobre todo alejados de los vicios… Había entusiasmo y la gente acudía más a la iglesia… mi papá siempre estuvo allí de acólito junto al padre, se vestía de saco y de corbata ¡Bien estirado! y los otros allá atrás en coro contestándole al padre parte de la liturgia que, aunque no sabían qué contestaban porque era en latín… ellos hacían la cacha… Cuando el padre decía per omnia secula seculorum… Amén contestaban ellos, pero no sabían qué era eso… A veces se equivocaban al contestar, pero como la gente tampoco sabían latín… daba lo mismo.

Después de cada servicio importante el padre los invitaba a comer, por supuesto la niña Tomasa ya sabía y preparaba suficiente comida para los muchachos.

Por esa misma época el Padre trajo otro muchacho de Santa Ana que se llamaba Manuel Castaneda – que dicho sea de paso era mi padrino de bautizmo – pero él era más “caché”, más planchadito y pavoneado cuando se le quedaban viendo las muchachas… Para entonces el Padre trajo un carrito usado como los que se usaban en la época… a Manuel el padre lo puso a aprender a manejarlo, que le sirvió porque de eso trabajó toda la vida. Desde entonces Don Nando Calderón tuvo que compartir todo, hasta el afecto del padre y la gente que frecuentaba, pero supieron vivir como hermanos…

Para entonces ya Don Nando hacía altares, reclinatorios, puertas, sillas, mesas y todo lo que fuera de madera, pero también la necesidad de conocer a las muchachas las cuales se convirtió en una tentación para los dos hijos adoptivos del Cura.

Cuenta Don Nando que junto con todos los muchachos que tocaban la marimba, un día que el padre se fue lejos, la sacaron para ir a dar sus serenatas y les fue muy bien; cuando regresó el padre y se dio cuenta… se enojó tanto que tomo un hacha y junto con palabras dichas a medias la hizo pedacitos sin dejar una pieza que se pudiera remendar… Quizás pensó que se estaba perdiendo en los vicios a sus muchachos porque no podía ser otra cosa… Como ven, así como era de dulce su genio, también era amargo y recio en sus determinaciones cuando se enojaba.

Otra vez que también salió lejos y no estuvo por la noche… el micoleón que estaba enjaulado se salió cuando Meme y Nando estaban dormidos; el animal rompió las tejas y el cielo falso del cuarto… y… les cayó encima agarrándolos a mordidas con todo y chivas: El animal endiablado alborotó las cosas y hasta rompió el armario y la ventana del cuarto por la que salió. Por la mañana cuando el padre llegó, el animal ya había buscado la jaula y estaba ahí quietecito; el padre indignado otra vez mando a llamar a unos gitanos que habían llegado por ahí con su circo y les dijo ¡Llévense ese animal… se los regalo!

Lo mismo pasó con el tunco de monte… se lo regalo a mi abuelo… mi mamá y yo se lo llevamos, él nos estaba esperando en su casa en Quezalapa donde vivía en la finca La Bellota… mi abuelo disgustado porque en el camino mordió a mi madre en la pierna, lo puso paradito en una piedra y con el fusilito le metió un balazo en la frente.

El padre era incansable y yo solo anoto lo poco que se… habrá personas que sabrán más de su obra… pues que aumenten lo mío… A mí me da mucho sentimiento que hay cristianos que se mueren entre pompas y atavíos sin haber hecho nada de valor… le ponen el nombre de ellos a una calle, a una cancha de futbol, a una escuela, o a un parque… y tal vez no lo ameriten.

El padre Golón sí que hizo obras, unas de inmediato y muchas a largo plazo, como lo que hizo por los dos muchachos adoptados Fernando y Manuel, quienes crecieron, se fueron y buscaron otra compañía. Para ese entonces el padre trajo, quién sabe de dónde, a un cipote que se llamaba Tomás en coincidencia con la señora que hacía la comida que se llamaba también Tomasa.

Tomás era grandote, tenía como 12 años, era moreno y de complexión fuerte. Lo mandó a la escuela, porque para entonces ya existía, y a puros empujones apenas aprendió a leer y a escribir. El padre lo ponía a barrer y a trapear, pero lo hacía muy mal y a la fuerza… no lo hacía con gusto… solo le gustaba repicar para la misa, pero más que todo a “doblar” cuando había un muerto porque así pasaba largo tiempo encaramado en el campanario… Hasta bastante comida llevaba, dulces y otras golosinas para estar comiendo con otros cipotes que eran de su agrado. A mí me daba mis moquetes… porque estaba chiquito… pero no era del todo malo conmigo porque me dijo un día de tantos: “Te voy a enseñar una cosa” y como no queriendo hacer ruido me llevo a un rinconcito entre dos paredes que hacían esquina… y… con las uñas rascó el suelo… ¡No lo van a creer! Allí tenía el pisto enterrado que se robada de las limosnas… y algo más, pues abría las alcancías de los Santos de la iglesia… yo me quedé estupefacto, con un gran nudo en la garganta y una cosita que me corría por todo el cuerpo que me erizaba los pelos…  y esto no terminó aquí… me tomo del brazo otra vez y me llevo a otro rinconcito… movió la tierrita de encima y allí estaban las monedas de todas las denominaciones… Me puse lo mismo… que no podía ni caminar… ¡Estaba tieso!… ¡Idiota! de tal manera que yo no sentía nada a mi alrededor… Así me fui para mi casa y solo oía y veía el mismo episodio de aquellos momentos…esto se repetía pensando… Los bocados de comida de la cena se me atravesaban… y por la noche no podía dormir… por la mañana siguiente lo mismo… y así pasé varios días hasta que al final un día se me vino la idea de robarle a él… la tentación fue tan grande que lo hice… fui… y cuando Tomás no estaba, con una gran tembladera de canillas rasque el hoyito y agarre mis dos puñados … quite las señas… le eche tierrita, como si nada había pasado… Me fui al otro entierro e hice lo mismo… así moviéndome saltadito para no hacer ruido… Otro rato me fui para mi casa emocionado con mi proeza… busque un botecito… lo llené con las monedas y lo enterré atrás de mi casa… ¿Cómo no iba a estar emocionado? si en esa época con dos reales o veinticinco centavos se compraba una chibola o gaseosa con semita donde la niña Chana Ascencio de Carías, diez leche burras donde la niña Refugio de Portillo y un gajo de guineos de donde niña Evita Posada de Arévalo y quizá todavía con el vuelto, se compraba tres helados de leche donde la niña Esterlinda de Arévalo.

Así   pasaron muchos días… y lo mío terminó cuando noté que mi entierro de la casa no abundaba… pues mi papá ya se había dado cuenta y además Tomás también ya había cambiado de lugar sus escondites. Cuando mi papá me llevo de las orejas donde el Padre para que explicara mi culpa, solo estaban las señas… Todo se puso color de hormiga cuando el Padre Golón intervino… llamo a Tomás… Lo puso hincado ante su mirada y le sacó la verdad, lo castigó duramente por varios días… le puso tareas difíciles haciéndole sentir que tenía que reparar el daño y algo más… para que tomara conciencia del pecado… A mí no me pusieron castigo porque “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Tomás siguió con el padre haciéndole compañía, ayudándole a los quehaceres diarios y a repicar las campanas.

Yo recuerdo muchos momentos y costumbres del padre, como la comida por ejemplo…y en lo que a mí me concierne, allí comía mucha verdura, especialmente zanahoria con azúcar que no mucho me gustaba. Otro detalle importante eran los vitrales de las ventanas que daban al jardín y que eran de vidrio granulado de diferentes colores… Tan no hace mucho… después que han pasado los años, recibí un estímulo unido a la conciencia en mi paladar al ver unos vidrios que todavía están por allí… al mirar los vidrios, sentí los mismos sabores de las comidas que entonces nos daban, especialmente el de zanahoria con azúcar, que como ya dije, no me gustaba…un fenómeno psíquico relacionado con el Padre y esa época.

Lamentablemente el padre Golón fue trasladado a Chalchuapa … ya bastante viejo y cansado… y Tomás se fue con él. Me contaba mi papá que se fue llorando y muy triste porque junto con su obra dejo sus años mozos, su amor por la gente y también los recuerdos.

Dicen que por allá el Padre ya no fue el mismo… empezó a padecer y Tomás murió de una neumonía… Que mis palabras no le hagan ruido… que en paz descanse… El Padre también murió después y fue llevado a Santa Ana donde lo sepultaron.

Traigo a cuenta este relato porque a veces somos injustos y no le damos el premio a quien se lo merece como el Padre Golón, sino que el premio se lo damos al forastero… el que llena sus arcas y luego se va…

LAZAU

Don Miguel

Esta es la historia de una persona que yo no conocí, pero sí puso en movimiento mi cerebro y a latir mi corazón más rápido, por lo que la gente decía o contaba. Conocí también el escenario y los elementos esenciales sobre los que se movía la gente y personajes que ahí vivían. Me di cuenta además de la belleza y el desbalago del lugar, del entorno de la campiña de Apaneca, toda una belleza natural, verde y con pájaros volando.

Bien recuerdo el suelo tishcuitoso con señales o huellas por todos lados de animales domésticos como vacas, caballos, mulas, tuncos y gallinas, con un olor pestilente y húmedo del ambiente. Ahí abajo dos ranchitos de paja semidestruidos con parte de las vigas botadas y podridas, con los techos en el suelo y las puertas todavía a medio guindar. Enfrente de estos dos ranchos, había un tronconote con algunas ramas todavía del árbol que se fue muriendo poco a poco entre los cafetales y que aún estaban con cosecha en esos momentos de la historia.

Siguiendo el desnivel del terreno formando una vuelta hacia arriba a la izquierda había otro rancho todavía en función y al servicio de la casa grande. Era más moderna porque tenía techo de teja y las paredes de lodo. Pues allí vivían en la época que describo, la muy bien recordada por mí, Doña María Zambrano, su papá Don Joaquín Zambrano y su mamá Doña Mirtala Arévalo. Allí también vivían sus hijos Raúl, Chela y Tito con quienes algunas veces jugaba yo a Las Escondidas en los cafetales. También Simón y Betío que eran sus hermanos. Lo que he descrito hasta aquí es el casco del lugar que todos llamábamos Finca Castillo y que si la midiéramos tendría más o menos treinta manzanas.

El punto central de los hechos que pretendo relatar son los ranchitos de abajo en donde vivía Don Miguel Castillo y Doña Mercedes Arévalo, quienes eran dueños de la propiedad. Bellísima por cierto, enclavada entre el camino que va a Quezalapa y las faldas del volcán Chichicastepeque, cultivada totalmente por el café y guineos de todas clases que el mismo Don Miguel había trabajado. Solo había una franja atrás de los ranchitos, pegaditos al camino. Con bosque natural que conservaba como paravientos. Estoy hablando de un lugar que solo dista un kilómetro del pueblo de Apaneca.

Don Miguel según tengo entendido no era un hombre grandote, sino más bien mediano. Flaquito me lo imagino. A la esposa sí la conocí ya bien anciana. Era pequeña y delgada, con problemas de tiroides porque en aquel entonces no había yodo en el ambiente de esa región y las brisas del mar llegaban poco.

Don Miguel trabajó personalmente su propiedad… Parte la tenía cultivada de café combinada con matas de guineo y otra mitad con maíz, frijol y ayotes. Como no tenía hijos que le ayudaran, buscaba mozos a quienes les pagaba dándoles donde sembrar también su pedacito de terreno.

El caso de Don Miguel es que envejeció junto a su esposa muy limitado, pues con un huevito tibio, poquitos frijoles y tortillas comían los dos. Mientras por otro lado guardaba a su modo las monedas que ganaba por el producto que vendía. Dicen que como las paredes eran de lodo sostenidas con baritas, él hacía huequitos y ponía las monedas envueltas en tuza, y luego los rellenaba disimuladamente siempre con lodo. Así de ese modo Don Miguel manejaba su economía, no sería remoto pensar que ocupara el resto de su propiedad para ocultar mayores cantidades de dinero en botijas de barro.

Sus relaciones con la familia Zambrano fueron normales por cuanto eran considerados familia, es natural, ya que ellos cuidaban las pertenencias de Don Miguel y sustentaban su trabajo, porque eran ellos los mozos que ocupaba principalmente, ya que Simón y Betío eran familia de Mercedes su esposa ya que Doña Mirtala era su hermana.

A Don Miguel le llego el fin de sus días y enfermó; agonía que no se le desea a nadie porque la riqueza acumulada y mal heredada a quien no se lo merece, todos sabemos que ofende a Dios. Él tenía un sobrino que vino un día a visitarlo, era primera vez que lo conocía y como lo vio de saco, corbata y sombrerito de pelo, le regalo la propiedad. Esto significó que Doña Mercedes y todos los vivían en la propiedad se quedaron en la calle, sin nada. Los distintos dineritos escondidos quedaban a la suerte de quien no era su familia… algún día arando la tierra o por cosas del destino alguien encontraría su fortuna.

Para entonces mucha gente hubiera querido ser familia de Don Miguel, Doña Mirtala si lo era pues era hermana de Doña Mercedes, por eso vivían allí para hacerles compañía. Hubo una pareja de esposos, que la mujer era sobrina de Doña Mercedes, ellos viajaban para hacer su turno de cuido y de consuelo; pero según decía la gente, ellos llevaban cojines nuevos y almohadas para cambiarle la que él nunca quiso soltar hasta el día de su muerte… y esto queda para la imaginación del por qué nunca la quiso soltar…

Cuentan que había mucha gente cuando Don Miguel expiró, la mayoría estaba sentada en el patio en bancos improvisados, cuando un remolino de viento y una gran polvareda los envolvió… y fue el desparpajo de gente mientras un zopilote enorme bajó del cielo e intentó sostenerse en el ranchito…  y como allí no se pudo parar, voló al tronco del árbol viejo que se encontraba enfrente y estuvo descascarando con las patas… Pero tampoco se pudo parar firmemente y se fue… todos los que ahí estaban y no tenían nada que hacer se fueron y no volvieron… solo fueron a contar lo sucedido… algo nunca visto y aterrador. Los que decían ser sus familiares interesados y valientes vinieron al pueblo para llevar la caja, mortaja, pan, candelas y agua ardiente para velar a Don Miguel. Los tunantes y chiviadores o curiosos que al final de cuentas son los que aguantan, también se quedaron… pero todo fue normal el resto de esa noche, aunque estaban “culiyo” esperando un acontecimiento igual.

Por eso es mejor estar cerca de Dios, esto se logra haciendo buen uso de lo se tiene… ponerlo al servicio de los demás porque es agrado de él.  Si se tiene con avaricia Dios se aleja… y se queda expuesto a la tentación del demonio… la gente decía que Don Miguel tenia pacto con el diablo… yo no sé, solo escribo lo que oí… y de ser así que Dios se apiade de su alma.

Al día siguiente, nadie quiso ir al entierro y solo fueron los que estaban conscientes que era una obra de caridad… cargadores no había y como tales le toco al tío Quique Saz, a mi papá, a Simón y a Betío Escalante, a tal grado que solo iban cambiando de lado y haciendo descansos… en el camino se sumaron otros ya en el pueblo… poquita gente… flores a buscar… y mucho menos responso porque el cura rápido se enteró de lo que había pasado en la casa de Don Miguel el día anterior.

A mí me contaba mi papá y el tío Quique que ya lo habían enterrado unas tres cuartas cuando la tierra de encima empezó a temblar y se revolvía… y todos pensaron que el muerto había vuelto a la vida y quería salir… ¡saquémoslo! dijeron  todos, ¡ayudémoslo! dijo alguien  por allí… ¿Cuál fue la sorpresa cuando abrieron el ataúd? se encontraron a Don Miguel bien muertecito… con el cuello desgarrado como con uñas de un animal feroz… y sangraba de las heridas recientes… fue un susto tremendo… casi todos se fueron. Taparon la caja… le volvieron a echar tierra y sucedió lo mismo… solo lo pudieron enterrar hasta que fueron a traer al cura… le rezaron un responso… le echara el agua bendita… y otras oraciones que solo los curas saben hacer.

Todos aturdidos y consternados regresaron del entierro… contando tal suceso que creo que en Apaneca otro jamás ha sucedido.

Las nuevas generaciones desconocen estos hechos y que en su momento hicieron bulla. Muchos que idolatraban el dinero, se compusieron y trataron de poner su riqueza en función social. Pero ahora que hay bancos y diferentes formas de guardar el dinero, ya se les olvido que existe el bien y el mal; de la existencia de Dios, de que el hombre es una hechura a imagen y semejanza de él y que por eso debemos de respetarlo; pero no solo dándoles los buenos días, sino dándole de comer y de beber.

LAZAU.

Las Fiestas Patronales de Apaneca

Con una enorme bulla de música de banda, cohetes y bombas, comenzaban las fiestas patronales de Apaneca. Cada 26 de noviembre, daba inicio la algarabía en la que después del “serenatón” para San Andrés, la gente del pueblo se daba la gran hartada de shuco, y los muchachos salían en sus caballos hacia Chalchuapa vía Palo Verde, para traer al día siguiente al patrono de ese pueblo: Santiago o Santiaguito, como la gente lo llamaba cariñosamente.

Mientras caminaban por la montaña, en el pueblo esa misma madrugada, la cofradía se abría al público… De lo que yo me acuerdo y viví, es que Doña Marillita Mendoza de Tobar, la Cofrade Mayor, ya estaba lista con su comitiva para recibir las entradas que venían de todas partes; su casa, que era la cofradía, más parecía una colmena, pues no paraban de llegar gente durante cinco días.

Recuerdo muy bien que como yo estaba chiquito, todos los días me prendía en una entrada para echarme mi marquesote y mi fresquito de temperante [1] que tanto me gustaba… Con solo llevar uno o dos reales… y hasta cinco centavos… ¡Ya la hizo!… Además, también se podía llevar en especie maíz, arroz, café, candelas, y si no se tenía nada de eso, se llevaba incluso florecitas.

Había una gran actividad y alegría por las fiestas, pero lo que no sabíamos en ese momento, y quizá ahora muchos tampoco lo saben, era el origen de todo aquello.

Apaneca como todos los pueblos, dan gracias a Dios por los bienes recibidos todo el año, especialmente en la cosecha y en la salud. Lo que yo quiero destacar es por qué antes eran más alegres y más activas las fiestas que hoy en día… y es precisamente porque vivíamos mejor… había más ingresos… todos tenían acceso a la riqueza y, por ende, los beneficios eran mayores… lo que se traducía en una verdadera fiesta… con participación de todos y por algo. Era tan abundante la cosecha, que en las casas tenían por costumbre tener un patio de tierra dura para procesar los productos, y un rancho adicional para guardarlos con esmero; incluso con tabanco o empalizada en alto, a manera de casa con segunda planta para proteger los insumos más delicados.

También tenían otro rancho pegadito que llamábamos troja [2], dentro en el tabanco[3], se enseñaba a las gallinas a poner sus huevos y a empollar, y en la parte de abajo dormían los tuncos, las vacas y los caballos… Todo esto se ha ido perdiendo… hasta las ganas de trabajar… nuestros lugareños fueron perdiendo poco a poco sus herramientas e incentivos para ser felices y generar alegría a los demás… por último, perdieron su tierra y hoy en día no tienen nada.

Pero siguiendo con las fiestas patronales, el día 27 apretaba más la alegría porque venía Santiaguito; a eso de las tres de la tarde, las tracaladas[4] de gente ya estaban en el Modelo y por la Pila o Aldea Santa Clara – o mejor dicho la Aldea – buscando todos un campito donde pararse en lo más alto para ver el “topamiento” o saludo entre los dos señores, San Andrés y Santiaguito, y con música de banda por medio, cohetería y aplausos la procesión salía… Visitaban la Iglesia y la Cofradía, en donde se quedaban para el primer rezo… mientras que los que iban de a caballo, se iban a dormir unos y a comer otros… algunos a bañarse, porque según cuentan, no venían tan vírgenes como se fueron… Otros en cambio, cabal y sin demora iban directamente al guacalazo de puro maíz de cosecha… pues en ese entonces, a aquellos que ofrecían algún sacrificio a favor del patrono, no se les daba fresco de temperante.

Llegaba el día 28; al medio día era el encuentro del patrón de San Pedro Puxtla… en esta ocasión, la bulla era más disminuida… quizá porque el santo era de a pie… Iban los otros dos santos, San Andrés y Santiaguito a encontrarlo, y alguna vez que yo recuerdo, solito San Pedro llegó a la cofradía y con poca gente detrás… Luego después del encuentro, salían los tres entre cohetes y el musicón para el segundo rezo a una casa particular ya asignada. Ese día siempre han sido las carreras de cintas de caballos, y como cada quien disfruta con lo que le gusta, habría que preguntarle a Don Rigo Román y los muchachos de su época, qué se siente.

Así llegaba el día 29, el más esperado. A buenas cuatro de la mañana la banda ya estaba tocando la serenata acostumbrada en el kiosko del parque del pueblo… Cuando calentaba un poquito el sol, continuaban las entradas… El programa continuaba abundante… Ya Don Samuel Morales, aparecía por ahí con su desfile de personajes y animales con máscaras de palo que él mismo confeccionaba. Algo fantástico para uno de niño era el “palo ensebado”, y que la lucha por alcanzar el premio que estaba en la puntita hacía que se formaran chorizos de cipotes… Yo recuerdo muy bien a Mario Canoso que una vez llegó hasta la puntita del palo… En fin, había tantas cosas bonitas, como la famosa comilona que una vez ganó Saulito Calderón, y que fue a parar al hospital; otra vez Rubén Asencio, pasó enfermo con dolor de panza y a puras lavativas se recuperó.

De las ventas, era tradición que vinieran de todas partes; se vendía desde dulces, hasta chivas de lino y lana que los chapines traían… desde guineos fritos y pasteles, hasta tamales y pan con chumpe… Yo recuerdo a Doña Estebana, ella venía primero y era la última que se iba y… más tarde se quedó…

Casi todos guardábamos centavitos desde antes para subirnos a las ruedas que venían … Recuerdo que la voladora era la novedad y la ponían donde hoy actualmente está la alcaldía, que para aquel entonces era un terreno baldío… A la par estaba la escuela, donde ahora está el mercado… Frente al parque había un portal histórico que pertenecía a la escuela, donde se llenaba de ventas… De todos es bien recordado que para ese día todo mundo estrenaba ropa… y… por supuesto, había que darse un baño obligado, aunque estuviera nortiando.

Al entrar la noche de este día siempre se ha esperado, como hoy, la quema de pólvora; en aquel entonces se reventaban unos toritos cargados de cohetes y luces que asustaban a la gente y las espantaban… y todo mundo corríamos a un lugar estratégico para protegernos… por lo demás, había un castillo, bombas y cohetes de luces… Todo esto duraba unas pocas horas y nosotros quedábamos con ganas de más… Mientras tanto la música de la banda tocaba para la gente que paseaba por el parque… Los cipotes recogían varas de los cohetes quemados para hacer piscuchas… Los muchachos y las muchachas tequenteandose [5] para el gran fiestón, el más importante, pues había que ir de saco y corbata, y por supuesto con nuevo luck y perfumado. A las nueve de la noche, ya las marimbas La Imperial y la Princesa estaban sonando … Los locales en aquel entonces, eran las casas grandes y espaciosas como la de Don Tan Puente, la propia cofradía de Don Víctor Tobar, la de Don Toño Velis, la de Don Víctor Calderón… en fin…donde fuera más cómodo o adecuado… Yo recuerdo que cuando era chiquito, tenía la costumbre de acompañar a mi papá cuando él tocaba la marimba en alguna de esas fiestas, y cuando me daba sueño, me envolvía en el camisón de la marimba y me dormía en un rincón. Una vez en casa de la niña Chenta Batres de León, entre tanto tumulto me pasaron llevando y casi me destripan… ¡Salí chispiado! [6]

Los Historiadores [7] se organizaban en la Aldea de Santa Clara, esto no era más que una representación de la lucha entre los Moros y Cristianos, un evento histórico que los españoles recordaban en El Salvador aprovechando la alegría de las fiestas de Apaneca.

Toda esta algarabía no era posible sin la participación de ciertas personalidades que yo conocí de vista, oídos y por hechos… Como Don Víctor Tobar, que desde que yo tengo memoria era el cofrade mayor, al mismo tiempo era alcalde municipal y el curandero único de todo el pablado… un hombre tranquilo que inspiraba confianza y accesibilidad, dotes que le permitieron estar cercano a la gente… Su casa al mando de su esposa, albergaba todo el quehacer de las fiestas… ahí se generaban todas las actividades y por supuesto, ahí había un séquito de gente que sin ellas tampoco hubiera sido posible toda la organización… Allí en ese escenario, aparece la mamá Chenta Calderón, como todo el mundo la llamaba… pequeñita ella con su vestido largo y su huipil ajustadito, pero con una energía incalculable, encaminada a servir de una manera sonriente y graciosa… a tal grado, que se ganó el mote de Mamá para todos, sin que en verdad lo fuera. Yo la recuerdo muy bien con su pelito cubierto con una pañoleta que acostumbrada llevar y su magaya [8] siempre en la boca que de vez en cuando encendía… Jamás se estaba quieta… así flaquita como era, “iba payá”… “venía pacá”… siempre hablando y contenta… Por eso ahora nos hace falta.

Mi tío Beto Calderón hermano de Mamá Chenta, solo que él era grandote y fuerte, tamaño hombre que inspiraba respeto y autoridad… Él era el encargado totalmente de los tres patronos… responsabilidad que se ganó a base de perseverancia y dedicación en el cuido de los Santos… Su forma de vestir, impresionante para la época, parecía que le había robado el gusto a Santiaguito… Vestía como un militar con ropa de dril o de macartur color kaki bien usado; el pantalón era normal, pero la camisa manga larga que llevaba encima sin botón no tenía cuello, y con muchos botones grandes y metálicos que bajaban por su pecho… en su cabeza llevaba sombrero y caites en sus pies… Como los rezos de esos días no terminaba con las fiestas patronales, si no que seguían hasta el 25 de diciembre, el tío Beto se cansaba y se echaba la dormidita de día, porque todos los rezos eran en la noche… Creo que se había sacrificado mucho para ganarse el puesto… ya ni a su casa iba… y la niña Anita Guerra, su esposa esperándolo… A veces se daba una pasadita de día, porque de noche, allí estaba junto a los tres patronos… Usaba un palo lisito, como el cayado que usaba Moisés del Antiguo Testamento, pero no para firmeza sino para protección personal… por si las moscas un socón o pleito entre bolos… Usaba también un bolsón semejante a una cebadera donde guardaba sus cosas de uso personal o tamales que juntaba para llevar… Yo me acuerdo del tío Beto muy bien plantado allí toda la noche cuidando tres cosas: que a los tres patrones nada les pasara, que la limosna de cada Santo estuviera intacta, y que los rezos fueran cabales… porque eran tres rezos: uno al comenzar la noche, otro a la media noche, y el último en la madrugada. Lo más terrible para el tío Beto era cuando había pleito, porque después del rezo venía el fiestón con música de cuerdas o de marimba hasta amanecer, pero como no faltaba el guaro clandestino o la chicha por ahí, las cosas se complicaban. Una vez lo dejaron todo raspado y moreteado porque se lo pasaron llevando… Otra vez, recuerdo que se puso en forma de cruz con los brazos extendidos ayudado con el palo frente a las imágenes… ¡Los Patrones no! – decía a grandes gritos -… y como no le hicieron caso… les metió sus trompones… y pues … los sacó como cangrejos al patio de la casa.

Y así tantas cosas sucedían que habría que hacer un libro aparte para contar. En un mes, los tres Patronos se caminaban todos los cantones y el pueblo… así las rezadas… y las tamaleadas… Yo recuerdo cuando pasaban para Quezalapa, a parar donde tía Chenta de Gallardo… luego pasaba a Shucutitan, donde Doña Juana Calderón de Saz… al Palo Verde, donde los García… y a San Ramón, donde los Vallecillos… Nosotros decíamos al oír los cohetes a lo lejos ¡Oh! ¡Allá están los tres Patronos bien a tranca! Muchos iban a las fiestas, aunque no estuvieran invitados, otros porque su lujuria por ahí andaban bailando.

Algo no se me va de la memoria que yo mismo presencié… Una vez cuando tocaron los rezos en casa de Doña María Vallecillos, me fui detrás de la Chila Calderón, la Tanchito y la Chave Villafuerte, que eran las cantantes profesionales de los rezos de entonces… no podían faltar, de lo contrario el rezo no servía… Doña María como era la anfitriona, ella misma lo dirigía… y empezaba… “Padre nuestro que estás en el cielo… Cristina por favor atizá el fuego… santificado sea tu nombre…Cristina metele más leña al fuego…venga a nosotros tu reino… ¡Cristina! Cuidado con los chuchos… hágase Señor… cuidá los tamales… tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan de cada día… ¡Cristina te digo que espantés los chuchos!… y no nos dejes caer…” Y así en esa treta el rezo se hacía más largo, pero los tamales se cocían. Luego venía el reparto… al tío Beto era al primero que le daban… al mismo tiempo un trago fuerte o la guacalada para el aguante… y empezaba la fiesta… solo que más adelante había un paro para el siguiente rezo, y luego otro para el de la madrugada… De ese modo terminaba la noche.

Otros personajes que valen la pena mencionar es a Chente Morán y su hermano, encargados de principio a fin de reventar los cohetes y las bombas en las fiestas. Ellos sabían los momentos precisos que había que darles fuego; si alguno por ahí trataba de usurparles el cargo se disgustaban. Los dos eran personas humildes muy entregadas a su misión, ambos terminaron sordos por completo… aun así, ellos continuaron ejerciendo.

Otra presentación artística que aparecía en ese entonces era el Baile de la garza, que según entiendo, era organizado en el Palo Verde. Yo solo me acuerdo del cacastle [9] que simulaba la garza y que en todo su proceso solo pretendió divertir a la gente.

Pero una de las presentaciones artísticas más importantes fue la del “Baile de Herodes”, que daba que hablar porque daba mucha emoción. También estaba las “Pastorelas”, donde muchas veces participó Doña Sonia Madrid que hacía de angelito o romera; la pastorela era dirigida todos los años por Doña Ana Francia, famosa por su dedicación.

Lo importante de todo esto es la manifestación de fe que la gente vivía cómodamente, tranquila y en paz, lo cual se traduce en identidad alegre y atractiva.

Al final, el 25 de diciembre los Santos Patrones regresaban a sus respectivos pueblos.

Ya para entonces se contaba con un buen equipo de futbol, Cuatro Vientos se llamaba y se jugaba por amor y no por otros intereses, como suele pasar. Cada jugador se compraba su uniforme y sus zapatos… y cuando se iban lejos, el costo del viaje corría a cuenta propia… Los partidos se hacían por retos ida y vuelta. Yo recuerdo haber visto los juegos durante las fiestas; pues venía un equipo que se llamaba El Centenario, creo que era de Juayua, otro de San José la Majana, otro de Salcoatitán, y así solo buenos equipos que nos hacían disfrutar de un buen futbol…Los jugadores eran Víctor Aguilar, al que le decían “el negro”; Nando Hernández, llamado “mal hombre”; Sebastián, Felipe e Israel Vielman; Jando y Pedro Artero, eran exquisitos para manejar el balón; Julio Román y Pedro Saz o “patada de burro”, ¡Sí que le daban duro a la pelota!… Eso sí, había una bonita cancha, aunque pequeña, en donde hoy en día se encuentra una agencia de café de la compañía Lievees.

Otro del que no me puedo olvidar es del portero Pedro Ascencio, le llamaban “Muma”, famoso por sus atajadas que incluso fue contratado para jugar en la primera categoría con los Leones de Sonsonate. Por esa época, también empezaban a surgir como buenas defensas Pedro Morales y Rubén Ascencio, quienes hacía llegar la pelota de marco a marco, aunque éste último, rayaba y a veces ponchaba la pelota con las uñas, pues sus zapatos eran naturales.

LAZAU.

Referencias:

[1] En Apaneca, era un refresco de color rojo preparado a base de semillas molidas.

[2] En Apaneca, es lugar donde vivía la mula; ahí se le picaba la comida para que comiera durante la noche. También era utilizado para los caballos, incluso para las gallinas.

[3] Lugar arriba de la vivienda, ubicado por debajo del tejado, en donde se guardaba el maíz, frijol, todo aquello que querían proteger de la humedad y de los animales.

[4] Gran cantidad de cosas o multitud de personas de forma desordenada.

[5] En Apaneca, arreglarse – peinarse, bañarse, maquillarse – para una ocasión especial.

[6] Salir rápido.

[7] Baile de hombres con túnicas imitando a los españoles. Eran contratados para bailar en las fiestas patronales.

[8] Un tronquito de puro de tabaco.

[9] Armazón de madera para llevar algo a cuestas. En este caso el cacastle tenía la forma de una garza.