
Mi abuelita decía: No hay que creer ni tampoco dejar de creer… Este Antonio no cree en que “El Justo Juez de la noche” lo cuida en esos sus viajes lejos con su carreta – Él dice: – Son puras papadas vieja – Más no sabe que es el ángel de la guarda que Dios le manda siempre para que lo acompañe; lo que pasa es que él dice que quisiera verlo… y eso sí que no se puede porque los ángeles son espíritus.
Mi abuela me dijo: Yo ya le enseñé la oración para que Dios lo proteja a él y a su acompañante, Don Ticho. Estos hijos de sangre española sí que son testarudos; nunca quieren dar su brazo a torcer aunque no tengan la razón, me dijo… y … Vos debés de aprender esa oración porque los peligros siempre están al acecho. Te voy a hacer una copia… Y me la hizo… Esta es:
¡Oh! fidelísimo compañero,
destinado por Dios para mi guarda…
Protector y defensor mío:
Que nunca te separes de mi lado,
tú me veles mientras duermo,
me alientes si estoy abatido,
me saques del pecado,
y si caigo me exhortes a la penitencia
y me reconcilies con Dios.
Me acompañes en los caminos cuando viaje
pon a la vista del Señor mis oraciones y mis súplicas y mis lágrimas,
y haz que en esta vida la pase en gracia,
así como también en la vida eterna… Amén.
Esta oración la repetí millones de veces porque da resultado. Se las recomiendo.
A mi Mama Fina la asustaron muchas veces; pero ella era de las pocas beatas convencidas y manejaba muy bien su mente y su corazón y por lo que vi fue una santa… y… si alguna vez se le cruzó un mal pensamiento, viajaba al pueblo para contarle todo al cura y le diera bendita absolución… y como vivía lejos, solo los domingos comulgaba.
Lo que quiero contarles es que ella era perseguida por los diamantes porque así les llamaba ella; en otras latitudes la gente los llama carbunclos.
Mi abuela no era mentirosa, ni siquiera por desliz y por eso le creíamos todo lo que nos contaba a todos los de la familia. Tenía la costumbre que terminada la cosecha de café, por diversión o pasar el tiempo, cogía un bolso y un canastito para pepenar el café que se había caído o que los cortadores dejaban por descuido, ya seco propio para la “tostada” como decíamos entonces; llenaba el canastito y lo depositaba en su bolso… cuando habían pasado dos o tres horas regresaba… La finca era grande y se iba lejos… Aparecía en la casa a las cuatro de la tarde para preparar la cena… Eso se repetía todos los días después de las cortas de café.
Feliz se ponía cuando el café empezaba a madurar por que el del año pasado recién se había terminado. Los pajaritos, los ratoncitos y las culebras chupaban el néctar del café que iba madurando y para mi abuela era más fácil preparar el café, porque los animalitos ya lo habían despulpado y así en pergamino era más fácil pilonarlo y obtener el café oro listo para tostar, y ya teníamos el rico café que nos servía a nosotros y a toda visita que a la casa llegaba.
Una vez que se fue lejos en uno de los cercos había o hay todavía un árbol grande de belloto; lugar hasta donde llegó con su tarea porque contó que desde la punta fue bajando lentamente una bola brillante como de fuego que perturbó su mirada y no pudo moverse. Llegó hasta la base del tronco y empezó a rodar hacia donde estaba ella. No soportó la impresión del momento, tomó el bolsón y su canastito y no recuerda ni cómo llegó a la casa.
En el transcurso del tiempo contó ella que ya había leído algo sobre los extraterrestres e hizo conjeturas al respecto y en un momento dado pensó que algo querían con ella o simplemente explorar nuestro medio y lo lograron porque ahí se quedaron.
Alguien le aconsejó que siempre portara un pañuelo grande blanco, limpio y de seda porque los extraterrestres la habían escogido para que guardara el diamante y solo tenía que tender el pañuelo en el suelo para que se posara en medio; luego recoger las cuatro puntas y alzarse la joya al lomo y al guardarla en un cofre de madera fina y bien cuidado le traería suerte y que cualquier emprendimiento le produciría mucho dinero.
Otro no, le dijo que bastaba meter la mano en el cofre y dependiendo lo que pensara gastar en ese momento así era la cantidad obtenida. Así de fácil.
Otra vez que fue a pepenar nos contó ella que sucedió lo mismo; ahora cerca de la casa; recuerdo yo que ahí había un árbol viejo de ciprés, o sea que ya no era árbol porque lo mató el tiempo y quizá nosotros los cipotes porque le arrancamos la cáscara hasta donde se pudo para hacer el techo de un ranchito en el mismo cafetal, así cuando llovía, nos metíamos ahí para hacer cosas no tan buenas.
Ella dijo que cuando ya había terminado de «pepenar su cafecito», sintió la gran claridad y volvió a ver hacia el árbol seco y observó que la pelota brillante ya venía bajando, se tocó la cabeza porque ahí se había puesto el pañuelo de seda; pero no soportó el momento y antes que el diamante llegara a su presencia, se paró y salió corriendo y no vio más… Llegando a la casa iba, cuando se tropezó, calló en el empedrado y se quebró el brazo izquierdo… Mi abuelo que algo sabía de esas cosas… le enderezó el brazo; pero ella ya no fue la misma; porque muchas cosas ya no pudo hacer; por ejemplo pilonar el café, mover las manecillas del molino, echar las tortillas y otros oficios que le gustaba hacer.
Mi abuelita la persona más hacendosa, más educada, más sublime y más inteligente que he conocido, murió de un susto en circunstancias parecidas; porque según contaron, mi abuelita salió a orinar fuera como a las nueve de la noche y como no regresó en el tiempo acostumbrado, mis tías Imelda y Ana la fueron a buscar y la encontraron en el suelo, y desde ese momento quiso decir algo, pero no podía hablar y las señas que hacía y las jerigonzas que pronunciaba eran inentendibles. A lo mejor quiso decir que había visto a los extraterrestres que tanto le habían perseguido…
LAZAU