LA TASAJERA DE LOS CAMINOS

Muchas personas se contentan cuando leen mis narraciones sobre cosas y hechos antiguos de mi querido pueblo de Apaneca; por eso, voy a empezar por satisfacer la incertidumbre, duda o curiosidad de la gente que me pregunta por qué la “tasajera” en algunas calles de la ciudad y de los caminos.

Lo que sucede es que con el devenir del tiempo cuando se han ido construyendo carreteras nuevas entre los pueblos o ciudades vecinas, siempre el espacio donde pasaba la carretera antigua era ocupada por la gente que tuvo necesidad de un lugar para vivir y después naturalmente, fue construyendo una vivienda mínimamente digna. En Apaneca sabemos que «tasajera» es hacer de un pedazo grande otros pedazos más pequeños.

Para entender mejor lo que me propongo es necesario hacer bastante uso de la imaginación, y pensar en lo que sucedió en antaño; por ejemplo para ir a Ahuachapán no se iba como vamos ahora, sino que había que partir del final de la 1ª. Av. Norte, dicho de otro modo, por el camino que nosotros llamamos “chiquito”…Luego llegábamos a la Pila Santa Clara (ahora Aldea), pasábamos por la Cruz que está donde confluyen el camino hacia la Cumbre y la Lagunita, y continúa hacia la Fania y San Ramón, para luego guindar hacia Salutiupan y después a la ciudadela que ya es Ahuachapán.

Si nos ubicamos en el tiempo, todo lo que yo cuento pasó hace muchísimos años atrás y lo he ido recogiendo de lo que me contaron mis abuelos y abuelas, personas mayores de esa misma edad y por supuesto de la lógica, la suposición, la imaginación mía y el análisis en base de lo que se ve.

Otro ejemplo, es cuando se iba a Juayua, había que salir por la Av. 15 de Abril Norte y el Modelo… seguir por donde hoy se hizo la colonia Los Llanitos y coger como quién va para la Sierpe… Las Maravillas… Salitrillo… El Diamante… y finalmente llegar por el costado Norte del cementerio… y ya estábamos en Juayua.

Para viajar a Sonsonate era igual de complicado… Lo que yo tengo todavía almacenado en mi cabeza es que una vez que fuimos en romería para visitar a San Antonio del Monte, organizadas por las fiesteras de siempre: Mamá Chenta, Tía Cande, Tía Melche, Tía Narcisa y Tía Casimira, todas de apellido Calderón… también las que siempre acompañaban estos trotes eran Tanchito y Chavela Villafuerte. Salimos por el final de la Av. 15 de Abril Sur hacia el Plan de San Antonio, hubo una pequeña oración en Las Cruces… seguimos a Tizapa, Los Alpes, El Ciprés y La Esmeralda… llegamos a Salcuatitán, Masahuat y luego a Sonsonate y San Antonio… visitamos la iglesia y cumplida la promesa, regresamos.

Lo que más recuerdo de este viaje es que los caminos eran estrechos… Que a los cipotes nos llevaban encaramados en dos carretas junto a unas señoras que nos cuidaban para que no nos fuésemos a caer… Que algunos penitentes iban a caballo, pero que la mayoría iba a pie.

Para viajar a San Pedro Puxtla, cualquiera diría que era el mismo de Sonsonate, pero no fue así… El camino predilecto para viajar a San Pedro en aquella época fue por el Cantón Quezalapa; las dos veces que yo viajé a caballo con amigos pasamos por Malinche, Tierra Colorada y Tequendamas.

Para ir a Concepción de Ataco, siempre fue el mismo que ahora y con las mismas características: saliendo por el final de la 4ª Calle Poniente; pero se doblaba hacia la izquierda para seguir por donde hoy existe una comunidad que le llaman El Chorizo, sin ninguna interrupción, ya que Apaneca y Ataco son dos pueblos hermanos enclavados en la misma meseta y en lo más alto de una cordillera.

Mi afán de este escrito no es la geografía, sino explicar el por qué de la “tasajera” y cómo eran los caminos; pues a medida que las poblaciones han crecido, el desorden territorial también creció como por inercia.

Cuando se originaron los pueblos obedecieron a un diseño de acuerdo al número de habitantes y sus necesidades, pero cuando aparecieron nuevos pobladores, hubo que compartir el territorio, así como también los caminos, ahora carreteras, que por el avance de la civilización hubo que «tasajear»… el territorio de Apaneca no fue la excepción.

 

LAZAU

El entierro

Tendría yo siete años cuando mi madre estaba de visita donde una amiga, por supuesto con mis dos hermanitas, cuando venía un entierro sobre la 6ta. Calle hacia el cementerio; pero no en un cajón como de costumbre, sino en una cama como las de lona de ahora a la que le habían cruzado dos palos para cuatro cargadores. A mí no se me olvida porque iba cubierta con muchas flores y toda la gente que acompañaba rezaban y por ratitos cantaban… Pero lo impactante para mí fue que lo llevaban sin cajón.

Raro para mí porque en esa época, allá en la entrada del cementerio en una galera grande, la alcaldía había puesto un cajón colgado en las vigas para los casos en los que el difunto no tuviera quién por él y sin bienes con qué cubrir los gastos… Pues para eso estaba el cajón al que el vulgo llamaba “cajón de la caridad”.

En ese entonces se bajaba el cajón que colgaba ahí, y una vez llevado y enterrado el difunto, se regresaba a su lugar en la galera.

Ahora por ese impacto que yo sufrí no me gusta que los niños menores participen en esos acontecimientos, aunque es imposible yo lo sé, pero por lo menos no llevarlos a los velorios ni a entierros, a no ser que sean de la familia si no se puede de otro modo… Solo es una sugerencia.

LAZAU

Las melcochas

Cuando estamos pequeñitos adolecemos de muchas cosas, como la comida que algunas personas hacen para vender, hablo de las golosinas pues; pero a esa edad no tenemos dinero para comprar. En esas circunstancias había una señora llamada Encarnación que vendía comidas baratitas y gustitos fáciles de vender y para que la gente se diera cuenta de la venta, mandaba a su hija que ya era mayor y muy bonita por cierto, a avisar; pero ella no podía hablar correctamente y parecía afectada de su cerebro, sin embargo, era útil en el negocio de su mamá.

La niña Chon, como llamábamos a doña Encarnación, le decía: «Andá a avisar que todavía hay hay tamales de cotuza, que ya está la sopa de chompipe y que por la tarde habrá chilate con melcochas» «Bueno» – contestaba ella – Y empezaba a grito tendido: «Dice mamá ver tamales de tupupusa, sopa de tupipe y chalate con acochas»… Juanita se llamaba.

Cuando los cipotes oíamos el anuncio empezábamos el berrinche.

LAZAU

Mi primera vez en San Salvador

Aquí voy a narrar una de las memorias de mi infancia un tanto divertida… Yo estaba chiquito cuando a la tía Melche Calderón se le ocurrió llevarme por primera vez a San Salvador para que disfrutara del desfile del 15 de septiembre y de la pericia de su hijo Andrés el 14, en los actos conmemorativos de la Independencia Patria del año 1949.

Para esa época el Cuartel de Caballería estaba en la ciudad allá por la terminal de buses de oriente, por ahí nos quedamos donde una familiar, Doña Paquita Herrera. Ahí me oriné las dos noches en la cama de tanto comer paletas y helados.

Esa la noche fuimos al acto y vi las piruetas del tal Andrés en el lomo de su caballo. Al día siguiente fuimos a ver pasar el desfile… muy bonito por cierto; pero terrible para mí, porque me perdí entre toda la gente que estaba apostada en las afueras del Hospital Rosales… y pues… ¡Fue la “chillazón” más terrible de mi vida! ¿Que cómo pasó? Pues resulta que yo iba agarrado de las nahuas de mi tía… y me descuidé un ratito… y cuando me di cuenta iba agarrado de otras nahuas que no eran las de ella, sino otras parecidas…y… ¡Empieza la chillazón! Toda la gente alborotada y asustada con mis gritos… A las tantas apareció mi tía buscándome… No se me olvida.

LAZAU

La Laguna de las Ninfas

Nos juntábamos tres o más cipotes sin el consentimiento de nuestros padres, con sólo la disposición de nosotros mismos, y nos poníamos en camino hacia la “Lagunita” para hacer tantas cosas que no alcanzaría el espacio en este escrito para describirlas; por supuesto la época era tranquila y todo lo que hacíamos era respetándonos nosotros mismos y a la naturaleza.

No nos importaba lo empinado y escabroso del camino, lo liso del barro… ni el “tetuntero” fueron obstáculos para llegar en un ratito y ver de cerca lo impresionante del paisaje al llegar… Una brisa fresca mitigaba el aparente cansancio… respirábamos y se sentía la sabrosura de lo heladito en los pulmones. Comenzábamos la parte más emocionante metiéndonos por la derecha a la montaña, porque las aguas estaban rebalsando, para llegar a una especie de playita en donde estaba el meollo de la diversión: bañarnos a calzón quitado. Nos metíamos hasta el cuello cerca del tular en donde las aguas claras nos cubrían todo; el griterío era tal que hasta los patos que nadaban cerca se escondían. La diversión ahí terminaba cuando llegaban otros cipotes con otros intereses.

Terminada ahí la algarabía seguíamos bordeando la Laguna, a veces entre la montaña, a veces pateando el terreno fangoso, y muchas otras veces abriéndonos paso entre la maleza cerrada de la orilla. En esa travesía nunca dejamos de disfrutar de alguna frutita como los alaices, que aunque parecen mocos dulces con apariencia de niguas a nosotros nos gustaban; los escobos que nos delataban porque manchaban la cara y la ropa, pero como eran ricos no nos importaba. A veces tomábamos la decisión de internarnos en la montaña para mecernos en los bejucos al estilo Tarzán y recoger tempisques, ciruelas y cotomates de pequeños arbustos que ya conocíamos; a veces encontrábamos también anonas y jocotes en el camino. Todo esto cambiaba porque los árboles no siempre tienen cosecha, así como también los amigos no siempre eran los mismos, además no era diversión de todos los días.

Una aventura non grata viví entre tanta alegría cuando nos cogió la tarde una vez y como había que pasar por un tablón viejo y podrido de un lado al otro del frente de la laguna, al que llamábamos Horno que servía de colador de las aguas que antiguamente bajaban para abastecer al pueblo, tirábamos una moneda para decidir quién de nosotros lo pasaría primero y me tocó a mí esa vez. Ya iba a mediados de la distancia entre ambos lados, cuando el palo empujador se me quebró frente al Horno, mis compañeros de ese entonces al ver que ya era tarde me abandonaron en la lucha ¿Yo qué hice? Pues tirarme de panza encima del dichoso tablón y a puras cachas con la mano lo hice avanzar hacia la otra orilla cuando ya casi oscurecía. Mi papá averiguando supo con quienes andaba… los encontró en el camino y los hizo regresar… entrando en lo más estrecho del camino me los encontré… mi padre estaba enojado, pero no me dijo nada… cuando llegamos al pueblo ya se le había pasado la cólera; pero empezó a contar historias de algunas tragedias de la época suya… así era mi papá… y yo tomé conciencia de la gravedad de la hazaña.

Ya mayor fui con un biólogo francés y un periodista italiano porque querían tomar fotos de flores exóticas y mariposas. La sorpresa más grande para ellos y para mí fue que había cercos con alambre de púas que la señalaban como propiedad privada, un lugar que debía ser patrimonio de la población por su belleza y contenido. Además, observamos que allá a lo lejos en el cubilete, en uno de los bordes de la cuenca de la laguna había un aserradero, sin duda para contribuir al calentamiento global… También lo lamentamos… Y las autoridades… Santiamén.

LAZAU

 

Un incendio

Cuando yo ya andaba cerca de mi abuelo Toño que vivía en su finca llamada Campos Elíseos, en la región de la Bellota en el cantón Quezalapa, y que todavía me daban a “atol con el dedo”, vi con mis propios ojos de cerquita como un enorme incendio devoraba la montaña, cosa que en aquella época me causó miedo y estupor; ahora cuando me acuerdo me da rabia y coraje por no haber tenido la edad para denunciar y detener lo que en verdad estaba sucediendo.

¿Quién habrá tenido la culpa? La respuesta así a secas es: La fiebre del café de principios del Siglo XX y de mediados, que con la desmemoria de los gobernantes, autorizaron la pérdida de las tierras de nuestros nativos (ejidos y comunales); además por favorecer a forasteros con dotes de ambición con tan solo una Ley, la más torpe conocida en el mundo, que por la siembra de once palitos de café ya iba a ser dueño de esa tierra; y por último, por la inocencia de nuestros nativos que en vez de pelear por su tierra, se sintieron felices porque iban a recibir una paga, sin darse cuenta que estaban etiquetando su porvenir en favor de esos forasteros.

El incendio que hasta hoy me aterroriza, fue provocado por el patrón que no se conformó con lo que la ley le había regalado, sino que quería agrandar su poder pasando por encima del amor a los árboles centenarios y dolor de los animales; además de las consecuencias en la salud de la gente por el cambio climático y por ende el deterioro del medio ambiente en donde vivimos todos incluyendo al mismo patrón.

Yo vi rodar desde lo alto de la ladera del volcán grandes troncos centenarios envueltos en llamas y muchas aves volando allá a lo lejos buscando otro refugio. Por esos lados conocí Tucanes o Navajones, como nosotros les llamábamos; Urracas, Carpinteros cabezones y un pájaro que vivía en manadas que llamábamos Collarejo, que ya no están; y no digamos los animales que no podían volar, que se acabaron sin que nadie dijera nada, ni diera cuentas de semejante atrocidad.

Años más tarde fui a cortar café a ese lugar… Grandes plantillas cargadas de café y el patrón “dándose el taco” de tener el mejor café de la región, calidad de altura… Mejor pagado en el mercado… y nuestra gente cada vez más pobre y enferma… Y nosotros hoy en día con un pésimo clima diferente al de aquella época.

Otro día fui por ahí y no pude ver ni un ave, ni mucho menos iba a ver un animalito rastrero… ¡Qué vergüenza! Solo quiero decir esto: Que esa fue la regla de todos los forasteros que vinieron a Apaneca para agrandar sus fincas; y no solo de éste que en esta ocasión describo.

LAZAU

El cerrito

Tendría yo diez años cuando ya me escapaba a escondidas de mi mamá para juntarme con otros cipotes e ir a disfrutar del tobogán natural; en solo 15 minutos estábamos allá, jugábamos una o dos horas para luego regresar en otros 15 minutos lo más.

Recuerdos que no se olvidan, más que todo cuando al cerrito lo vemos de lejos ahora cultivado de café, cuando en aquel entonces gran parte de su frente estaba cubierto de grama natural que permitía que nosotros los cipotes nos “choyaramos” a gran velocidad. A esa edad no éramos nada de atrasados, siempre andábamos vigiando las cáscaras que botaban las palmeras cuando también botaba sus ramas; cuanto más amplias y largas caían, mejor eran para poner las nalgas y los pies cómodamente. Cuando íbamos las llevábamos y jugábamos, y cuando terminábamos el juego las escondíamos para el próximo escape.

Estoy hablando del Cerrito, que en aquel entonces nuestros ancestros indígenas que llegaron ahí por primera vez, en el transcurrir del tiempo, formaron a toda una generación. Por ende ellos también le pusieron nombre a todas las cosas y a los lugares que encontraron.  El caso que nos ocupa es que toda esa primera generación al cerrito le llamaron TEXITZ (que en su dialecto Nahuat significa de Tex = caracol e Itz= sonido claro y agradable). Creo que le pusieron así porque cuando cada quien que subía llevaba un caracol, y cuando todos estaban arriba, los hacían sonar a la vez para deleitar a los habitantes del pueblo con el sonido claro y agradable que salía de éstos. La otra versión que también es aceptable, es que en la entrada del camino que llevaba a la cumbre, la lluvia había formado un callejón con paredes altas a ambos lados que contribuía a darle la forma de un caracol, y cuando la gente  hablaba o gritaba dentro de éste, se oía un eco o sonido agradable… Así es como los que llegaron primero – a los que yo les llamo de la primera generación – le llamaron TEXITZ. Luego los de la siguiente generación – la segunda – le nombraron TEXIZAL. Posteriormente, los de la tercera generación – que somos nosotros – le llamamos EL CERRITO… Veremos cuánto dura ese nombre, porque una generación dura miles de años… Por ahí hay ya habitantes nuevos que le han empezado a llamar: DE LAS CRUCES.

Éste debió haberse declarado un lugar turístico libre para los pobladores de Apaneca, pues en aquellos dorados tiempos no había cercos y si los había, transitábamos libremente por doquier. Era fantástico estar ahí. Desde que subíamos por la “Z” o camino para llegar a la cúspide, divisábamos las casas del pueblo. Hubiéramos querido volar como los pájaros y hacer mucho mejor el disfrute. Frente a la cruz estaba el deslizadero… al internarnos en el bosque, era como que estábamos en el cielo. Créanme que hace poco alguien subió una foto en Facebook de mi querido cerrito y pasé largas horas saboreando los recuerdos.

No sé a cuánto ascendió la imaginación de los poetas, porque una vez los oí decir que era la cara de un joven guardián vigilando los movimientos de los moradores.

LAZAU

Una chispa de educación

Frisaba yo mis trece años cuando tomé una de las decisiones más importantes de mi vida, pues después de haber perdido tres años de escuela volví a ella con ímpetu; aunque añoraba estar cerca de mi abuelo en Quezalapa disfrutando de las bondades de la campiña; pero también necesitaba aprender muchas cosas que solo la escuela las da, y más aún, cuando me encontré con una maestra genial apanequense que despertó en mí el interés por ser algo bueno en la vida.

La niña Toyita, como le decíamos, excelente maestra; Victoria Rivas se llamaba. Con ella aprobé el tercer grado, seguí con ella también en cuarto y me fue muy bien porque me cobijó, me aconsejó y me indicó el camino a seguir.

En una ocasión me seleccionó para viajar con el director de la escuela, Don José Domingo Arévalo, para competir en un concurso de poesía donde llegaron representantes de todas las escuelas del departamento de Ahuachapán. El evento se desarrolló en la Escuela Antonio J. Alfaro de Concepción de Ataco con el tema menos esperado “El Rio”, ahí me gané el primer lugar. Recuerdo que cuando subí al kiosko a leer mi poema, Don José Domingo me animaba, pero mis canillas temblaban; pero finalmente pude controlarme, subí y lo hice bien. Ese día me entregaron un hermoso diploma con letras góticas y a colores, un libro importante para la vida llamado “Corazón” y dos tomos de biología de Montts Calderón. No me lo acababa de creer porque a mi edad, aún no había podido apreciar las bellezas de un río, pues en Apaneca no lo hay… escribí el poema solo con la imaginación.

Cuando pasé al quinto grado igual, la Niña Toyita me eligió para competir en un concurso de ortografía a nivel de la zona occidental del país. La escuela Mariano Méndez, en la ciudad de Santa Ana fue la sede; don José Domingo otra vez me llevó en su camioneta. A él lo nombraron uno de los jueces y por eso no pudo estar cerca de mí durante el evento, así que solo me dijo: “Carlos, usted es bueno para la ortografía… conteste tranquilo… usted sabe”… cuando habían pasado las dos horas estipuladas, entregué mi prueba y… me fui afuera a esperar a mi director donde habíamos dejado la camioneta.

Cuando por lo menos había pasado hora y media, divisé que venía hacia mí cambiando de colores y sin mediar palabra me dio un moquete con el puño en mi cabeza y me dijo: “¡Si usted no hubiera puesto la palabra lejía con “g” nos hubiéramos llevado un puesto!… ¡Súbase! – me dijo. Iba tan bravo que no me dirigió la palabra en todo el camino… Al día siguiente muy temprano me llamó a la dirección y me pidió disculpas… y luego en formación general de todos los alumnos de mi escuela, me felicitó y dijo que yo solo había tenido siete errores y los tres ganadores solo habían tenido seis.

Antes de esta época de satisfacciones en la escuela, fui ahuyentado por dos maestros; estando en el tercer grado don Augusto Aguilar y el director Don Miguel Selman Villalobos, solo pude regresar cuando supe que ellos ya no estaban. Repetí el tercer grado con la niña Toyita, a quién quisimos mucho todos, digna de llamarse maestra. Sin olvidar la maestra que me enseñó a leer y escribir, la niña Rosita Vielman, que también la quisimos mucho porque a los varones que encontraba sucios nos obligaba a bañarnos en la escuela.

A los demás maestros que aunque nunca estuve con ellos, vaya también mi reconocimiento, pues de alguna manera fueron mis ejemplos; ellos son Don Lorenzo Aguilar Bautista, Doña Julita Saz de Vielman, Doña Angelina de Cuellar, Don Alfredo Quiñonez, Don Jorge Velis Vindrel y Doña Esperanza Gómez Cuestas de Castro, que fue mi maestra en sexto grado y de lo que me acuerdo muy bien, es que nos trataba como a niños chiquitos y es que ella nunca había tenido el sexto grado… y nosotros queríamos más fuerza.

 

LAZAU

UN SENTIMIENTO FATAL

Yo tengo un sentimiento fatal,

que me agobia y me destroza.

Porque desde niño inocente y frágil,

se gestó en mi ser día a día.

Ese sentir que parece que flota,

no muy lejos en este espacio sideral.

Es el mismo que ha hecho que ya,

mi gente perdiera su alegría real.

Los jóvenes que nunca nos dimos cuenta,

porque solo vivíamos la euforia senil.

Con el vicio, el juego y la fiesta,

que ese granito sabroso sería el bocado ideal,

para atontar a una gran mayoría nativa,

dueña de la tierra que la vio nacer.

Ahora que somos mayores y ya…

Razonamos consciente la historia,

del idealismo obcecado que mata,

las aspiraciones de un pueblo sano.

La semilla no es la culpable;

sino el corazón perverso,

de los hombres que llegaron…

y el cerebro podrido de quienes

nos gobernaron en el pasado reciente.

Las tierras de ese entonces,

eran vírgenes y por ende floridas;

y designadas por Dios a quienes las forjaban.

Ese esfuerzo ya tenía sabor a pertenencia;

No habían mojones, ni cercos, ni zanjones,

que despertaron la codicia y la ambición…

a los señores con espíritu feudal.

Pero hubo un forrajido presidente,

que en mil ochocientos ochenta y uno… ochenta y dos.

Rafael Zaldívar que no debe ser bien recordado;

que con un decreto torpe paso al estado

las bendecidas tierras comunales y ejidales

y por otro decreto imbécil y tonto

jamás conocido en el mundo civilizado,

que… por once palitos de café sembrados,

ya eran dueños legales de esa tierra fértil.

Año triste para nuestros nativos… alegre para los que llegaron;

Los forajidos no se conformaron,

Con el espacio regalado y quisieron más y más,

Hasta toparse con el otro intruso que venía;

Y el pobre nativo salto como lagartija

entre dos troncos que caen con violencia

Para convertirse en jornaleros miserables.

Yo digo que la alegría terminó,

porque ahí nacieron las tradiciones

que ahora aparentan ser alegres.

Yo fui uno de los que todavía quedan

que paso por los vestigios de esas fiestas.

Que al oír la música de la banda y los cohetes,

las carreras de caballos, y jaripeo,

Los encuentros y la misa grande,

Hay que divertirse, eso es bueno;

pero hay que saber el origen y evolución,

de la historia non grata por cierto

porque el dinero que ahora circula

en mi pueblo en sábado y domingo

el día lunes ya no está… se fue

Y este es el producto de lo que hace…

mucho pero muchísimo tiempo… perdimos.

Este podría ser… el sentimiento fatal.

Ya dije; que algunas tradiciones ya no están,

desaparecieron en el devenir del tiempo;

¿Y porque terminarían? Es la pregunta;

pues la respuesta en mi alma perdura,

cuando escucho la voz de los descendientes

que dicen que cuidan el patrimonio

de sus sacrificados padres que ya murieron

y que les costó trabajo, sudor y sangre.

Me atrevo a decir que las fiestas que…

En vigor quedan… son ficticias…

porque aquellos que corren a la plaza

van por la bulla y no a comprar

ni tampoco a divertirse porque…

son pobres y se sienten cohibidos;

y si acaso un pastelito tieso y un ponche ahumado.

y pal cipote, unos dulces duros y empolvados.

y al regresar a su casa que no es suya,

ni frijoles, ni maíz en el tabanco.

Muchos que fuimos privilegiados por Dios

saltamos de los escombros y nos fuimos

a parar lejos en donde no había codicia

ni ambición por la tierra ajena.

Y se pudo vivir en paz y con justicia.

Ahora ya todo esta consumado;

empezar de nuevo es la esperanza;

con la lucidez de una buena cabeza,

y empujando todos a la vez,

por los siglos y de los siglos… así será.

 

LAZAU

 

 

 

 

Los alborotos

Ésta digo yo que es mi primera memoria bonita porque aún recuerdo y siento el sabor de la mielita de los alborotos. Tendría yo tres o cuatro años cuando en esa época se usaban las almohadas de algodón puro y natural sin ningún procesamiento, y como entonces el clima era extremadamente húmedo, periódicamente se asoleaba el algodón extendiéndolo sobre una pieza de tela, petate o colcha para ponerlo de cara al sol… y es aquí donde cabe la importancia de lo que quiero contar.

Por la tarde al remover y juntar el algodón  para volverlo a embolsar, debajo quedaba abundante semilla, y para mi capacidad pensante de niño, de esa semilla se hacían los sabrosos alborotos.

Traigo a cuentas esta historia para que quienes tienen niños interpreten las necesidades y aspiraciones de sus hijos cuando son pequeños. Yo recuerdo que como no podía hablar bien todavía, me quedé con las ganas de los alborotos hechos en casa.

Jamás imaginé a esa edad que los alborotos se hacían de maicillo.

LAZAU