A LA MUERTE DE MI MADRE EN 2007

Abuelita Lina

Jamás imaginé que a mis sesenta y cinco años de edad, iba a quedar huerfanito. Yo siempre creí que mi madre nunca iba a desaparecer de este mundo. Siempre me consideré feliz con tenerla y así como cuando estaba chiquito no me desprendía de sus nahuas, así cuando fui grande a veces lejos, mi corazón estaba ligado al suyo.

Ahora aunque ya no esté con nosotros y ya no pueda abrazarla como antes, aprovecho este espacio para desde aquí gritarle: ¡Te queremos mucho mamá… sabemos que estás en el cielo porque hiciste méritos suficientes para estarlo… gracias a Dios!

Todos los meses viajaba para verla, muy poco por cierto, para festejarla porque ella lo dio todo por nosotros… a mí en lo personal me envolvió en su regazo para inyectarme en la sangre el amor que siempre ha circulado en mis venas… por eso me costó aceptar su ausencia; aunque a veces me deprimo, pero su ejemplo me anima a seguir adelante.

Ahora desenvuelvo mi cerebro y me remito al momento de la concepción: a las tristezas o alegrías por semejantes dudas, ¿Qué sé yo? a las cosas raras que las mujeres sienten a los veinte años cuando por primera vez hacen una travesura semejante; a los antojos, como querer comer jocotes y mangos tiernos con sal y limón; a los malestares que aquel individuo en su vientre provoca cuando quería cambiar de posición dentro de la panza; a las necesidades aquellas que no se le cuenta a cualquiera, ni a las mejores amigas; al vestido apretado que no daba más; a los desprecios tal vez; a las nuevas obligaciones, como lavar los pantalones duros y sucios de un hombre que apenas acaba de conocer…a las felicitaciones de las muchachas amigas y curiosas de su edad; al cambio brusco de familia de la consentidora, a la exigente; con la única compensación de los abrazos y besitos de mi padre cuando llegaba del trabajo… Pero no faltaba más, que después de los doscientos setenta días de interrogantes, malas y buenas… hasta los horribles, pero benditos dolores del parto. ¡Salí varón! ¡Que felicidad! ¡Mi mamá se ganó la gallina!.. Y la bulla por todo el pueblo: ¡La Angelina, parió un varón!.. el primogénito de diez que mi madre concibió; y si este varón sale multiplicador, de ser posible que de estos se hagan cien… y de estos otros se hagan cien mil, y que la prole y su historia siga hasta la consumación de los siglos… Amén.

Ahora empieza la etapa más hermosa de todas, porque aunque el hijo le salió feo, para ella era el niño más bonito del mundo; lo cuida las veinticuatro horas de día, le da de comer y lo duerme, lo baña con agua calientita y lo seca con trapitos suaves, le da besitos en la frente, lo arropa y allí esta pegadita tocándole la carita y quitándole los cheles con los dedos y de ser necesario, lo ablanda con saliva, mientras tanto le platica aunque no le conteste, se hace pupú y para ella es un agrado y lo limpia con delicadeza… y como también le salió llorón, lo calla a cada rato, uniéndolo a su cuerpo para que chupe la sangre pura y angelical y nutrientes que le nace con amor desde bien adentro… y lo vuelve a dormir con el arrurú mi niño… arrurú mi niño… si no te dormís… ahí viene el coyote. Pero, lo más hermoso de todo, lo que hace sin descanso es que se siente segura porque se está ganando el Reino de los Cielos.

Para ella no hay fin de semana, ni sueldo, ni pago de horas extras, ni bonificaciones… solamente la sonrisa del bebé cuando se despierta o se encuentra satisfecho, que vale más que un masucho de billetes. A veces, cuando el sol asomaba, lo llevaba a pedirle sus rayos para que la piel se vaya pareciendo a la suya, y si le salió diferente como la de su padre, la felicidad es mayor, y aunque no la oímos, le da gracias a Dios.

El hijo se enferma ¡Uf! Infinidad de veces, pero ella se adoctora y lo cura. De la tos… ahí pasa haciéndole calditos de hojitas de naranjo, eucalipto y mutitas de izote y endulzadito con miel de panela para que le guste. De la diarrea y soplazón, lo que estaba a su alcance: un menjurje de aceite de comer, del que sobró cuando nació, revueltito con algunos montes como hierbabuena, culantro, unas cuantas hojitas de chichipince, albahaca y dos dientitos de ajo machacados… Todo esto cocido y hervido varias veces y colado después para quitarle las basuras, frío y con un poquito de azúcar para que le guste, con la fe puesta en Dios, el menjurje estaba listo para tomar por copitas hasta que desparezca el mal; y esto no terminaba ahí, la señal más idónea para evaluar el efecto de la medicina era tocarle la panza a cada rato como tambor… así pues, si el sonido era grave o sordo, el enfermito estaba peor, pero si el sonido era agudo o como tabla, el niñito había mejorado… si estaba peor toda la noche y a cada rato le ponía un emplasto de lodo y ceniza calientita que colocaba como fajero en la panza… por supuesto que todo esto sucedió cuando yo me puse grave y llegaron mis abuelos para recomendar sus experiencias, pues para esa época no habían médicos ni hospitales, allá por los años cuarenta, del siglo XX.

Las experiencias de mi madre se van sumando, pues hasta aquí se le sienten gusto… pero como ya pasaron dos años, las cosas van cambiando para más difícil, ya que, en ese tiempo no había métodos científicos para evitar los hijos, y como el Señor dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra”, mi papá no desaprovechó el mandato y nos hicimos dos, tres, cuatro… hasta llegar a diez hijos, pues aunque una murió tiernita, la sufrida fue mi madre.

Vino mi hermanita, Alba Edelmira se llamaba ella, porque también ya no está con nosotros, se fue en febrero del año 1999 con el Señor Jesús… De todas maneras la historia se repite… los doscientos setenta días en el vientre de mi madre… las caricias… las bañadas con agua tibia, la pacha y el biberón… la cambiada de pañales y la cantada del Arrurú mi niño… ahora ya no solo para mí, sino compartido con mi hermana… Qué bueno, porque a mí ya me gustaba el suelo ¡Qué galán!.. dando mis primeros pasos y somatones. Pero para entonces ya había sufrido dejando la chiche por un bote pacho de esos que los bolos de cantina dejan y un biberón duro atado a la boca… De ahí la tradición de la gente de llamarle “pacha” al conjunto del alimento del bebé, aunque el envase sea de vidrio y redondo.

De las enfermedades la misma cantaleta de siempre: tosferína, catarros, sinositis, mal de ojo, diarrea a escoger, aunque a veces solo era tapazón, disentería y soplazón; pero ella va aprendiendo más y más. De la lavada de la ropa, va aumentando y el secado por supuesto también… por esa época habían montañas vírgenes y por supuesto el clima fresco, la ropa no se secaba fácilmente, el sol no daba abasto… en este caso el calor y el humo de la cocina era importante, pero todo esto implicaba esfuerzo, voluntad y entereza, que no le sale a cualquiera… se necesita mucha fe, mucha esperanza, y sobre todo mucho amor, que solo a una madre le sale.

Muchas cosas se pueden recordar en el transcurso del tiempo, como la diversificación de su amor entre todos sus hijos, que aunque pareciera que nos tocó menos o poquito, la verdad que su amor para nosotros fue el mismo, y nunca tuvo límites; por el contrario, cada día su amor se agrandaba porque ya no recibíamos solo nosotros, sino que también sus nietos… se cumplía aquel dicho por ahí, que una persona llega a querer más a sus nietos que a sus hijos.

Cuando yo tenía como cuatro años, nació la Tey, Ester Serafina o Ester del Pilar, es su nombre de pila y los que haceres para mi madre los mismos, solo un tanto aumentaditos… yo ya tenía dos hermanitas con quién jugar… una rueda de pañales, chivas, y almohadas hacía la niña Lina en el piso, que yo recuerdo muy bien, era de ladrillo cuadrado de barro… las colocaba dentro y yo entretenía a las niñas horas enteras mientras mi mamá hacía el oficio… cosa de todos los días… aunque habían variantes… como mi papá era carpintero,  ya había hecho un cajoncito con cuatro patas, con una tablita de sacar y meter, para sentar ahí a la más pequeña y la otra en el corralito improvisado, desbaratando a las chivas y almohadas… aunque habían otros recursos… dos hamacas, que aunque resultaba un tanto aburrido porque había que ocupar las dos manos para mecer a la una y a la otra, luego se dormían.

Cuando yo tenía ya mis seis años, recuerdo que un tres de mayo, vino otra hermanita “Cruzita” como la llamábamos cariñosamente. La mamá Serafina que asistió el parto, dijo que por primera vez veía nacer a una niña tan chiquita. Mi papá que como ya llevaba la cuenta dijo que era sietía porque había nacido de siete meses de embarazo. A mí la curiosidad me rebalsó y no tardé en ir a ver a mi madre a la cama y la sorpresa fue tal que no veía para nada entre los pañales a la niña. Algo que a mí no se me olvida es que una vez mi papá dijo: “Vamos a ir todos donde Pa Toño” (se refería a mi abuelo materno que vivía a mediados del camino hacia el cantón Quezalapa donde había de todo). Lo que les quiero contar es que la gente nos paraba en el camino para saludar a mi papá y a mi mamá que eran muy queridos por toda la gente y después del pasajero coloquio y la chuliadera para nosotros, le preguntaban a mi mamá – ¿Y la niña tiernita pues?.. y mi mamá con una gran sonrisa que le llegaba hasta las orejas contestaba: – y no que aquí la llevo en la bolsa pues – … En aquella época las mujeres andaban con mandil, pues en una de las bolsas del mandil, llevaba a mi hermanita.

Crucita, poco a poco fue cambiando…porque para mamar sí era buena… de pequeñita pasó a ser grandotota… de esta mi hermana yo serví de chino. Yo recuerdo que la cuidé con esmero… llegó a ser tan hermosa que casi no podía con ella… además bonita e inteligente… quiero decir “bisbirinda” o despierta, o que hacía cosas fuera de serie o no de su edad… como una vez que una señora vendedora de ropa le llegó a cobrar a mi mamá unos vestidos que le había tomado por abonos… mi mamá le dijo: – decile que no estoy –… cuando la señora preguntó por mi mamá, ella estuvo presta a contestarle: – mi mamá dice que no está – ¿y dónde está tu mamá corazón, si se puede saber? – ahí está atrás de la puerta – dijo Crucita… y… de éstas pasaditas son muchas que yo recuerdo y podría contarlas.

Parece que íbamos a ser pistudos con esta muchachita… porque siempre cargaba llena la bolsita de monedas que los vecinos le regalaban… Don Teno Morales y Don Lesho, el primero, que tenìa una carpintería enfrente; y el segundo, era el dueño de la casa donde vivíamos, cada vez que la veían le daban una o dos monedas. Siempre tenía con qué comprar leche de burra, tartaritas o dulces de nance donde la Niña Refugio de Portillo, que tenía tienda en la esquina. Para entonces, ya tenía sus seis años.

Como dice la gente que uno pone y Dios dispone, a principio de noviembre comenzaban las cortas de café en los bajíos y me fui con la Chila Calderón, y otro poco de gente a trabajar; allá muy lejos cerca de San Pero Puxtla, a una finca de café del Beneficio Santa Elena… pasamos allá 15 días trabajando duro y comiendo solo pishtones duros y frijoles brincando, para traer plata a la casa…terminada la jornada, después de pago, salimos de regreso como a las ocho de la noche y llegamos a Apaneca cerca de la madrugada, con los pies desechos pero contentos… pero cuál fue mi sorpresa una de las peores de mi vida que hasta ahora me repercute y me saca las lágrimas… cuando toqué la puerta y me abrieron… entré y me abrazó mi madre llorando… yo también llorando, no podía hablar, estaba confundido… mi padre al fin habló y dijo: – ¡Tu hermana Crucita murió!.. ¡La enterramos hace cinco días! Es el primer sentimiento fuerte indescriptible  que solo pude decir que se siente una unidad entre Dios – papá – mamá – hermanos… y… y… solo pude pronunciar a manera de reclamo: ¡Por qué no fueron a traerme!

Entonces me di cuenta que el amor de mi madre era infinito… costó mucho que nos acostumbráramos a la ausencia de Crucita… muchas veces me dijo: – Buscá el cuto que vamos a ir a traer leña… el cuto en esa época era un pedazo de corbo que una vez fuera la herramienta de trabajo del hombre de la casa y como herencia le quedaba a la mujer… pero no agarrábamos para los cafetales donde abunda la leña, sino que para la finca que está después del cementerio… cuando estábamos en el cafetal antes de buscar la leña, nos saltábamos el cerco de allá para acá, porque Crucita había quedado pegadita al cerco, al pie de los cipreses viejos… le arreglábamos la tumbita y después sin ponernos de acuerdo hacíamos varios minutos de silencio… y nos elevábamos comunicándonos con ella. Había sollozos, pero sin decirnos nada regresábamos a la casa con la leña.

Don Nando, mi papá, nunca comentaba nada; pero sí en sus adentros había mucha tristeza profunda… y… a decir verdad sin desestimar a mi madre, él era más amoroso y cariñoso con nosotros… cuando había chillazón, berrinche, ganas de orinar, él estaba presto antes que mi mamá.

Pasados algunos días nos anunció que nos íbamos de esa casa, que queda en la segunda avenida entre la primera calle y la calle Francisco Menéndez, casa que cuando hoy la veo despierta en mi ser todas la vivencias bonitas y feas,  que tal, que quisiera que fuera mía para conservarla y darle la vida eterna.

Mi madre valiente acompañó a mi papá, un día de esos amanecimos en otra casa, la que está en la Avenida Central Norte, entre la 3ª. Calle y la 5ta., que pertenecía a Doña Tita Vielman, era un lugar más pequeñito para más hermanos; aquí nació Lázaro Antonio.

Para entonces mi función de cuidar niños había terminado; mi trabajo era ir a la escuela y jugar con los cipotes de mi edad… hacer las planas, colgar el bolsón e ir a la calle… algunas veces a parar donde mi abuelo que me quería mucho o los dos nos desvivíamos; mi abuela también, que hasta hoy en día la extraño tanto.

Para mi madre y mi padre las preocupaciones fueron diferentes;  crecíamos, éramos más, comíamos más, vestidos más grandes, escuela, y tantas otras cosas que la sociedad de la época exigía. Además de echarle más agua a los frijoles el trabajo de mi padre no era estable, muy sacrificado y mal pagado… aunque es un oficio modelo y modesto, fue formando en mi conciencia poco a poco, que yo no debía ser carpintero cuando fuera grande.

De mi hermano Lázaro, no tengo mucho que decir, solo que siempre fue fuerte desde que nació; por lo demás, relacionado con mi madre, la historia se repite aumentada. En estas circunstancias, vino César Augusto; después Noé Arturo; y si no me equivoco con éste pocote de gente nos fuimos a vivir a otra casita que estaba al final en la calle Francisco Menéndez, poniente entre la 3ª y la 5ª avenida en donde nació, Alvaro Migdonio; y otra hermanita que murió tiernita, acabadita de nacer, que llamaron Juana María.

Para entonces Don Nando, ya había hecho méritos suficientes con mi abuelo Toño, y se notaba que lo querían mucho. En compensación por el trabajo que le hacía en su finquita, le regaló una colita de esa misma propiedad que le sobraba, la cual vendió para comprar una propiedad más grande, cerca de la laguna verde, que tenía casa y la familia entera se fue a vivir ahí… yo me quedé a vivir con mi abuelo que también se fue a vivir al pueblo, porque también mi abuelita ya había muerto y venían con él, sus dos últimas hijas… fue para mí un gran aliciente porque yo ya había enfocado mi futuro aunque incierto, porque no tenía recursos y solo estaba seguro que estudiando encontraría en el camino algo diferente, al sacrificado trabajo de mi padre… los fines de semana me juntaba con los míos, tiempo que mi mamá aprovechaba para alistarme la ropa y prepararme comida para un largo rato. Mis beneficios con mi abuelo, no duraron porque murió y me quedé solo; mis tías no fueron lo mismo que cuando él estaba… ya pueden imaginarse, mi mamá con cinco hombres y dos mujeres que atender… yo me acuerdo de tantas cosas que pasaron como es la que nunca pudo sentarse a la mesa a comer con nosotros… infinidad de veces estuvo comiéndose un su bocadito bueno y como de hecho tenía que mover la boca y las mandíbulas… todos concurríamos donde ella y le preguntábamos – ¿Qué estás comiendo mamá?.. y … la pobre de mi mamá paraba de masticar y sonriéndose nos calmaba diciendo: – ¡Nada hijos, nada!

Muchas veces recurrió a historietas irreales con el afán de meternos miedo piadoso como éste que una vez nos contó: – Había una vez una mujer que tenía muchos hijos, un día de tantos, le pedían comida y no tenía qué darles… la mujer pensó y fue a cortar hojas de mata de guineo, recogió unas piedras y a escondidas las envolvió como si fiera masa de maíz y… como tamales los puso a cocer al fuego y todo esto para descansar un ratito de la pedidera de la comida de los mentados cipotes… pasado el tiempo los niños pedían y gritaban que tenían hambre… ¡Ya van a estar! –les decía ella… ¡Paciencia ya casi está! – tratando de ganar tiempo… pero, como la presión era agrande y no se pudo más… sacó uno y lo sintió aguadito, todos corrieron y rodearon a mamá y al abrirlo, las piedras envueltas ¡se habían hecho tamales de verdad!… inmediatamente, la mujer cayó muerta del susto.

Ni las historias ni los cuentos funcionaban… lo mismo sucedía a la hora de dormir o en cualquier festín que había que compartir… para evitar problemas, cada quién teníamos platitos y tazas iguales; pero con un color o una seña especial… con las chivas y las colchas pasaba igual.

Mi papá y mi mamá, en la lucha por  mejorar regresaron al pueblo; se encontraron a un señor que les ofreció un cambalache; cambió la finquita de Palo Verde, por una propiedad en el pueblo; la cual estaba en la calle Francisco Menéndez y la 5ª calle poniente, cerquita de donde antes habíamos vivido, les salió galán porque hasta le dieron ribete, había una casita pequeña pero ya era de nosotros, había espacio para jugar y corretear hasta la montañita que da abasto a la fuente de San Andrés. Había café, guineos, naranjos, duraznos, aguacates y hasta un palo de mango. La vida para nosotros había cambiado, porque yo en lo particular me vine del todo con ellos y mis hermanos pudieron ir a la escuela. La Niña Lina, aunque bien trajineada se veía rellenita y Don Nando shoshopón.

Cuando todo el mundo creía que estábamos completos mi mamá apareció encinta. Yo ya estudiaba último año de bachillerato en ese entonces, el año siguiente que me gradué nació La Fina, Rufina Estela, se llama ella. Ahora sí, juzguen mis familiares cuan grandes se hizo el rollo para nuestros progenitores; cinco hombres y tres mujeres pidiéndoles comida, necesitando vestido, zapatos, educación y tantas otras cosas que el ser humano necesita. Bueno, todo esto se compra… pero el manejo y los qué haceres que esto implica… como decía ella… “quisiera ser pulpo por ratitos para hacer todo de una vez”… no queda más que admirarla.

Días más tarde la alegría de mi casa se terminó cuando Edelmira enfermó: una psicosis cerebral o nerviosa, no sé cómo llamarle, acabó con las aspiraciones de todos, puesto que necesitó de una atención personal y especial que casi solo podía dársela mi padre; no por la asistencia de los medicamentos, ni el aseo, ni por cualquier otra cosas, sino por el soporte o aguante que la enfermedad requería… esto fue una prueba que Dios puso a mis padres de las más duras que mi experiencia ha visto, que me lleva a concluir que nosotros tuvimos unos papas maravillosos… y por esto sin duda se ganaron la gracia de estar escritos sus nombres en el Libro de la Salvación.

Como dicen por ahí, que la historia es un faro desde donde todos miramos los acontecimientos, y para que no vuelva a ocurrir se los contaré: Tey y mis hermanos mayores recordarán este sufrimiento de toda la familia; a mí me cuesta escribir esto, pero voy a tratar de resumirlo; que aunque no debería de ser así, porque hay detalles importantes       que mis familiares podrán recordar y agregar y que también no hay tiempo.

El caso es que mi hermana, Edelmira, había llegado a esa etapa difícil de la vida, me refiero a la adolescencia, que aunque bonita, hay que tener capacidad suficiente para manejarla. Edelmira perdió el interés total por la escuela. Perdió la mística de familia y de convivencia social de su conciencia. No oía consejos y peleaba con nosotros y con la gente que pretendía ayudarla.

El caso es que se encariñó de alguien que fue su perdición y el descalabro de la familia entera. La sufrida principal fue mi madre, mi padre no se diga, y nosotros los hermanos en consecuencia. Edelmira no entendía razones y una noche oscura como tinieblas, cuando todo estaba tranquilo mis hermanos y hermanas dormían, yo solo oía en el silencio algún tenguereche y los grillos que cantaban… yo estaba sentado frente al foco entelerido que apenas alumbraba la mesa donde estaba estudiando para un examen que tenía al día siguiente.

La casita tenía dos puertas que daban hacia el patio. Edelmira, se levantó amodorrada y se dispuso a ir al inodoro, que quedaba afuera como se acostumbraba en aquella época, a unos diez metros de distancia de la casa. Ella salió por la puerta más lejana y la dejó medio cerrada… yo miraba sus vueltas, inquieto porque ella andaba afuera… Cuando de pronto se escuchó un grito terrorífico y un movimiento espantoso en la puerta más cercana que ya estaba trancada, como que querían arrancarla de afuera para adentro.

Mi papá saltó de la cama y yo por lo consiguiente tiré el cuaderno… cogimos para defensa personal lo que encontramos al paso; él un garrote y yo un corvo viejo que estaba en la paredilla… encontrando con gran sorpresa y asombro a mi hermana completamente trabada entre la mocheta y la puerta en un estado increíble… había como doblado la puerta que era de una sola hoja, con una fuerza anormal, que para poder sacarla sin arrancarle un pedazo de brazo, tuvimos que regresar hacia adentro por la otra puerta, para quitarle las trancas y destrabarla.

La entramos… ¡Y el gran escándalo!.. buscamos hasta con los vecinos por todos lados y no encontramos nada… regresamos y la interrogamos… ¿Qué pasó? ¿Qué viste? ¿Qué te hicieron?… nada pudimos averiguar… Edelmira ya había perdido la razón y hablaba incongruencias… no paraba… Comenzó diciendo cosas como “La pulga, la pulga pica y pica la placa y come y come con la pila… Las pulgas ahí vienen… las pulgas”, esto lo repetía horas enteras.  Decía a veces cosas irreales que hasta provocaban miedo. Aquí en nuestro medio, en buen salvadoreño decimos que “mi hermana se quedó directa”. Por otra parte, no comía, ni bebía… mi madre lo lograba a veces con una cucharita. Mi padre ya no trabajó, porque la mayor parte del tiempo solo él la aguantaba. Fueron cinco años de dura enfermedad sin movilidad voluntaria. Fue un ir y venir de mi padre con ella y sin ella para traer medicina. Decían que le habían puesto mal de brujería, porque el novio que la tenía atarantada sabía de esas cosas…

La gente dice que hay que creer y no dejar de creer, que aunque no quedamos en nada, Don Nando, se anduvo todos los curanderos habidos y por haber… yo recuerdo que uno de esos le quitó la habladera, pero ya no movió la quijada, ni los brazos, ni las canillas. En ese entonces para que caminara había que halarla de los brazos y para que comiera había que gritarle ¡mové la quijada! Y ayudarle con la mano… trabajo que solo mi madre lo hizo. Quedó como un robot o una máquina inanimada… La vida para la familia se volvió cada vez más difícil; pero yo no acabaré de alabar la valentía y la entereza de nuestros padres, porque yo soy testigo fiel que jamás oí un solo reniego de mi padre, ni de mi madre, todo un ejemplo de amor y esperanza para nosotros que vale más como herencia que un rollo de billetes.

Tiempo después, decidieron llevarla a San Salvador para pasar consulta en el Hospital psiquiátrico. Mi padre la llevó con dificultades, pero lo logró. Muchas veces se perdió en la capital porque no conocía, pero siempre regresaba con ella y su medicamento. Poco a poco, mi hermana fue recuperando el movimiento; empezó a tener tino y aunque había que seguir gritándole ¡Mové la quijada! Ya comía sola. No se compuso del todo bien, pero todos descansamos, y como nos decía mi abuelita después que terminaba de contarnos un cuento o historia parecida, Edelmira vivió muchos, pero muchos años… y tuvo muchos, pero muchos hijos.

A mis familiares les cuento todo esto para que no flaqueemos ante cualquier problema que se nos presente en la vida. Que tomemos el ejemplo de mis padres, duros e inquebrantables en su voluntad, gran templanza y entereza; gran paciencia llena de amor y esperando siempre de Dios su recompensa. Ser prudentes y sabios en el manejo de sus actos, porque lo que le sucedió a mi hermana se debió a muchas circunstancias impredecibles, pero que se pudieron haber evitado. Las circunstancias fueron muchas, por no decir las culpas.

Voy a contarles nada más la chispa del problema a mi criterio de ver las cosas desde el primer momento… como ella salió adormitada, no se fijó por cuál puerta había salido… llegó al inodoro y se sentó… la candelita que llevaba encendida se le apagó y como estaba oscuro, se puso a pensar en extravagancias… cuando de repente se le apareció a su vista un gatito mugroso que le hizo levantarse y salir corriendo… quiso meterse en la casa por la puerta más cercana y como no pudo… sintió que la atrapaban y gritó terroríficamente…. Conclusión: A mi hermana le dio un ataque de nervios, que le perjudicó al instante el funcionamiento del cerebro.

Increible lo que a mi padre le sucedió y por ende a nosotros: sufrimiento tras sufrimiento como a Job. Cuando Edelmira dio señales buenas de compostura, mi padre fue a trabajar donde ese doctor que fue presidente de la República, Alvaro Magaña, se llamaba, lo mandó a Tequendamas, cerca de San Pedro Puxtla a cambiar las láminas del techo de aquellos caserones donde se guarda o se guardaba los implementos que se ocupan en la finca de café… y cuando él, mi papá revisaba tal trabajo, una de ellas estaba floja y cuando se paró encima se deslizó y mi pobre papá se vino abajo… ya casi llegando al suelo la bendita lámina se cantió y es ahí donde se quiebra sus dos pies.

¿Qué hizo el mandador de la finca? ensillar un macho carguero que tenían ahí y montar a mi padre para que a paso voluntario del animal, lo trajera a casa… El patrón lo supo y no hizo nada a su favor, nada de hospital, nada de paga, ni siquiera preguntar por su salud.

Finalmente, mi padre no pudo trabajar… aumentaron las deudas… se perdió la casa donde vivíamos… con lo que le sobró de dinero compró otra propiedad en Salcoatitán y también se perdió… por último muere a los 55 años… a de estar con Dios… ¡Nos quedamos sin papá!

Como quisiera yo saber la historia completa, desde los tatarabuelos de mis abuelos, para no estar haciendo conjeturas que de dónde vengo, o por qué soy como soy espiritualmente o de dónde me vino tanto pelo… Esa es la importancia para mi familia de lo que escribo: Ahora sé que fue la fuerza y energía de los genes de mi Madre y mi Padre ante las dificultades que nos presentó la vida.

A estas alturas de mi vida, estoy pensando que yo no voy a tener descendencia en El Salvador, porque todos mis hijos están pensando irse al extranjero… yo pienso que cuando vuelvan por aquí y se pregunten ¿Quiénes habrán sido mis abuelos?, aquí encuentren la respuesta.

FECHAS DE NACIMIENTO:

Lázaro Augusto = 24 de diciembre de 1941

Alba Edelmira = Enero de 1944

Ester del Pilar o Ester Serafina = 12 de octubre de 1946

Estela de la Cruz = 3 de mayo de 1949

Lázaro Antonio = 20 de diciembre de 1951

César Augusto = 25 de mayo de 1954

Noé Arturo = 23 de febrero de

Juan María = 20 de enero de 1960

Alvaro Migdonio = 22 de diciembre de 1961

Rufina Estela = 31 de julio (asentada 2 de agosto de 1964)

 

La Tradición de Los Farolitos en los pueblos de América

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Allá en Francia nació una luz que alumbraría a un sector de desposeídos por una sociedad ingrata en el año 1189. Estoy hablando de Pedro Nolasco, cuyos padres trabajaban de hacer pan. Luego de Francia se trasladaron a Barcelona, donde Pedro aun siendo niño ayudaba a su padre a repartir el pan… En ese trajinar, siempre le ponía una carga de pan para que fuera a dejarlo al penal que estaba en el centro de la ciudad y repartirlo entre los cautivos que ahí se encontraban. Es ahí donde Pedro ve el sufrimiento de las personas que ahí pernoctaban y se lo guarda en su conciencia de niño para toda la vida: la necesidad de que más allá de darles un pan, había que comprarles su libertad.

Y es que en esa época los árabes mahometanos habían invadido Valencia, que está muy cerca al sur de Barcelona, por lo que tomaban cautivo a todo aquel que no estaba de acuerdo con su presencia, por eso es que los centros de detención estaban abarrotados. Estos cautivos habían tomado como patrona a la Virgen María, y todos los 7 de septiembre iluminaban las ventanas de su prisión con farolitos que ellos mismos confeccionaban, celebrando así el supuesto día de su nacimiento. Esta imagen también se quedó en la conciencia de Pedro en aquella época.

Pedro Nolasco creció y se hizo un hombre de bien. Siendo un seglar comerciante, ya no de pan sino de telas, se trasladó a la ciudad de Valencia y tuvo éxito en los negocios ganando mucho dinero; fue entonces cuando desenfrena aquel sentimiento que traía desde niño y comienza a comprar cautivos a los mahometanos… toda su fortuna se la acabó en la compra de éstos. Luego volvió a Barcelona, y ahí se unió al ejército de los Albigences (de la ciudad francesa de Albi) dirigidos por Simón IV de Montfort, para defenderse del ataque cuando los mahometanos intentaban avanzar a territorio francés.

Después de todo, funda la Orden de los Mercedarios en Barcelona en el año de 1218, en un inicio, con la intención de formar un ejército y combatir a los mahometanos, pero luego se dio cuenta que era mejor convertir la Orden en favor de la fe y tomar como protectora a nuestra Señora de la Merced como redentora de los cautivos. Siendo seglar, Pedro Nolasco compró la libertad de 3,920 cautivos, y con la Orden pidiendo limosna logró la libertad de 70,000.

La Orden creció en toda España y en tiempos de la Colonia también floreció en América. Se construyeron templos y conventos, y con esto, implantaron las tradiciones propias como vestir con su hábito color blanco y la tradición de que en el pueblo donde se establecían, toda la población debía poner en sus casas un farolito en honor a la Virgen y a su fundador, ahora santo, San Pedro Nolasco cada 7 de septiembre.

Cuando yo era chiquito recuerdo haber visto todo mi amado pueblo de Apaneca lleno de farolitos en las puertas y ventanas de las casas, y luego la gente los guardaba para el año siguiente. Mi padre como era carpintero hacía muchos por encargo… son recuerdos bonitos que no se me olvidan.

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Los chanchullos (parte II)

(Imagen de referencia, cualquier parecido es pura casualidad)

La verdad es que los salvadoreños en algunas cosas hemos aplicado la regla del chanchullo, pero porque los hemos aprendido de otros que vinieron en el pasado; por supuesto, me refiero a españoles que vinieron a nuestro país a hacer su fortuna, porque la idiosincrasia de nuestros ancestros era otra. Traigo como ejemplo a los señores Borgias que no traían nada según cuentan, si acaso quizá un poquito para engañar a los nativos de estas tierras que apenas asentaban cabeza dentro del gran cambio estructural, social, político, económico y religioso de aquella época. La gente nuestra percibía una gran paz, tranquilidad y alegría trabajando sus tierras, sin darse cuenta que cerca habían llegado personas con alma de chacales. Voy a contarles algo y con eso lo explicaré todo.

El caso se dio con la familia López, yo conocí los vestigios donde antiguamente estaba la casa donde ellos vivían, ubicada en el centro de una gran propiedad. El papá murió porque le hicieron un chanchullo y terminó pagando con parte de la propiedad; después murió la madre, porque le hicieron otro chanchullo y también le arrebataron otra parte de la propiedad en pago. Para no cansarlos con la historia, a las señoritas López hijas en la familia, les fueron comprando barato lo que quedaba alrededor de la casona donde vivían, tanto que les dejaron sin salida a la calle; para acabar con ellas, las obligaron a vender lo que quedaba, dejándoles únicamente un caminito vecinal dentro de la misma propiedad, que al final daba lo mismo porque quedaron encerradas; de ese modo las personas que les compraron multiplicaron su poder aplicando chanchullos por doquier; hoy todos los descendientes de éstos son acomodados y hasta tuvimos entre ellos un presidente de la República por un año.

Una vez que acompañé a mi padre a cobrar su miserable salario, no solo realizó esta operación, sino que también hubo un coloquio entre patrón y trabajador; lo que yo percibí es que más que todo fueron lamentaciones de parte del señor que comenzó diciendo: “Fijate Fernando que yo sufro mucho porque a veces ni duermo, ni como debido a tanto problema; de aquí, mañana voy para las fincas de Juayua – La Concordia se llamaba – pasado mañana, voy para San Francisco Menéndez; al regreso voy a Miramar; y a La Labor, voy la otra semana”… y así…concluyó… “Estás mejor vos porque no tenés nada y así tampoco tenés problemas” Torpe manera de hablar… mi Abuela decía que este señor era doctor, pero no era ni médico, ni abogado, pues en esa época mediante un chanchullo  y con dinero, el título se compraba para presumir y ganar disque respeto.

A veces las personas honradas en aras de ganarse la vida contribuyen a que las personas para quien se trabaja hagan chanchullos. Yo me acuerdo de don Lolo Suarez, una persona respetable y honrada, y diría yo, que ni siquiera casa propia tuvo, pudiendo haber hecho un su chanchullo y no lo hizo, pues él era el administrador; yo me acuerdo que murió pobre sin que el patrón le compensara por la entrega total en su trabajo. También recuerdo a don Justo, que de justo no tenía nada, era todo lo contrario de don Lolo, porque en vez de ser considerado con los trabajadores, los hostigaba; él era el caporal mayor de las fincas y voy a contarles una cosa de tantas que hacía… como no sabía leer ni escribir cortaba dos tallos largos, uno de café y otro de flor de arito… la primera tenía de largo 13 cuartas de mano, para robarle una cuarta al trabajador, porque la medida tenía que ser de doce… con esta medida había que marcar siete en cuadro o sea un cuadrado de siete varas de lado. La otra vara que don Justo cortaba, la de flor de arito, era como la libreta de apuntes, y la uña del dedo gordo de la mano era el lápiz marcador; así con una seña que solo él conocía distinguía al trabajador, y con una rayita marcaba las tareas que hacía cada uno. De ese modo don Justo hacía el chanchullo a los pobres trabajadores… sepa Dios si el patrón sabía y lo compensaba por eso. Cuando murió medio pobre y abandonado, la gente solo fue por caridad a enterrarlo.

A continuación, contaré otra muestra de un chanchullo clásico de origen español. Cuando fui nombrado oficialmente profesor por primera vez, me mandaron a una ciudad muy pero muy lejana o distante de las ciudades grandes, que tal que pensé que iba a tardar mucho tiempo en regresar a mi pueblo, por eso conseguí una valija grande y espaciosa para que me cupieran ahí camisas, pantalones, los sacos, las corbatas y todo lo que un varón necesita; algunos libros de consulta también y hasta una camita de lona liviana que mi padre me había hecho para estas ocasiones. Yo pensé en todas las dificultades que podía tener, pero no fue así, porque me encontré con una ciudad maravillosa al igual que su gente, un profesor que me estaba esperando y una media docena de jóvenes prestos para llevar mis cosas a donde iba a vivir; de esto hay mucho que decir porque me impresionó la limpieza de la ciudad y las buenas costumbres de su gente, justo premio por la lejanía de la corrupción.

Lo que quiero contarles, y nos tiene intrigados, es la herencia de algunos de nuestros antepasados españoles promiscuos, porque no fueron todos. Sin querer fui observando que a una compañera de trabajo le abundaban los sobrinos, Marta se llama ella, pero muchos alumnos y alumnas le decían tía…“Tita por acá” “Tía por allá”… así en todos los grados; al fin me rebalsó la curiosidad y un día bromeando al calor de la amistad le dije: “Si abriéramos un colegio solo para sus sobrinos bien que sale” “Es cierto – me contestó – fíjese que nunca me he puesto a contarlos porque son muchos” Y así a tientas y a tontas me explicó y yo en ese momento no entendí, pero en el transcurso del tiempo cuando me junté con amigos, mis amistades crecieron y me sentí como un miembro más de esta comunidad que les describo, lo entendí.

Un día que me invitó Mancho Cantú, hermano de Tita – mi compañera de trabajo – a tomar leche calientita acabada de ordeñar allá en la gran hacienda de don Facundo Cantú, señor que además de que en la ciudad tenía a su esposa con tres hijos varones y una hija – que es Tita- tenía en cada extremo de la hacienda otras señoras con hijos también “Fijate – me dijo Mancho – que como eran tres y la una estaba lejos de la otra, no habían problemas de pleitos entre ellas ni con nosotros tampoco, pero cuando mi papá se fue de este mundo, nos dimos cuenta que a todas les había dejado la casa donde vivían y algunas manzanas de tierra para que las cultivara cada quien… Creo amigo – y Mancho me pegó unos golpecitos de amistad en el hombro – que tener un cachimbo de hermanos es bonito, porque fíjate que una vez que tuve un problema con la ley por equivocación, todos mis hermanos con sus hijos no cabían en mi casa”. Ese día habíamos llevado un botecito de buen guaro y cuando se terminó nos regresamos haciendo comentarios sobre el montón de sobrinos que tenía por el chanchullo que don Facundo Cantú creó. Ese día satisfice mi curiosidad sobre el por qué la tía Tita permanecía bien tillada.

Bonito es recordar y saborear chanchullos de cuando uno está chiquito, como en el que yo participé y que fue realmente divertido. Tendría yo doce años y me juntaba con otros amigos de mayor edad, todos sin brújula, sin saber qué íbamos a hacer en la vida. Éramos Beto Calderón, Raúl Cortés, a veces Rogelio Rivas, Benjamín Asencio y Argelio Orantes, los mismos que algunas veces hacíamos grulla para hacer cualquier travesura… Quiero decir que unos con otros nos teníamos confianza que hasta favores nos hacíamos… Pero lo que quiero presentar es el más gran chanchullo que una vez hicimos, no propio para nuestra edad, aunque también nos acompañaba Toño Granados, un poco más mayor que los demás… tengo la idea que fue él el conductor de semejante proeza… Compramos un carro viejo de un modelo de 1930, igualito al que usaba Adolfo Hitler allá en Alemania, de los mismitos que vinieron en esa época; digo compramos porque hasta yo caí con mis cuatro colones que había ganado en el deshierbo de la calle; los demás no sé cuánto pusieron porque había que reunir cien colones en total; solo Beto y Teto Calderón saben porque fueron ellos los representantes en el negocio… Creo que para ajustar contribuyó también Miguel Arévalo, que para aquel entonces era un muchacho y ahí donde él vivía guardábamos el vehículo. Esta fue una de las hazañas más grandotas porque, si ustedes hubieran visto, ahí nos metíamos todos, hasta doce cipotes cabíamos uno encima del otro, y hasta afuera en el pescante algunos de nosotros íbamos. El carrito estaba ya bien usado, que hasta la gasolina ya no le llegaba al motor normalmente, y por eso uno de nosotros tenía que ir chineando como a un bebé el galón de gasolina. Lo bautizamos con el nombre de Nacho Bernal… Tamaña polvazón hacía Nacho… y no me lo van a creer que cuando se paraba había que bajarse porque el botón de arranque lo tenía adelante con cigüeña… Con todos sus defectos, si Nacho Bernal estuviera así de viejo en una bodega apropiada hoy en día, bien nos dieran un carro último modelo por él, pues lo querrían como joya; lástima grande que lo llevaron camino a Quezalapa y en la barranca de la Piedra de Afilar, lo empujaron. Así terminó Nacho Bernal, cortado a pedazos y sus restos oxidados por el tiempo.

LAZAU

ALGUNOS PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

Las necesidades entre los grupos humanos provocan su motivación. Hace muchos años casi toda la gente mayor sabía de medicina; cualquier persona mayor decía a otra ¡tómese un caldito! de tales hojitas y de otras tantas por copitas ¡Como agua del tiempo y se va a curar! y así muchas veces la gente se curó. Apaneca no era la excepción y los enfermos hacían uso de plantas, especialmente hierbas y otros elementos naturales como mantecas o cebos de animales, ceniza y hasta lodo que sacaban de los fangos.

En aquella época la gente se curaba lentamente y con la fe puesta en el Señor Jesús… Pero la mayor parte que se enfermaba moría, especialmente los niños… de ahí la creencia de la gente que si pasaba de los siete años iba a vivir larga y plena vida.

Ahora la medicina es diferente porque la ciencia y la tecnología está bien avanzada, nos curamos rápido, aunque tenemos que tener muchos centavitos guardados para la ocasión; veamos entonces qué está pasando. Decía que la ciencia y la tecnología ha avanzado, pero también la población se ha multiplicado desmedidamente, tanto que ya no encontramos una solución; hemos llegado a tal grado que antes que no habían medicinas como ahora, no había desnutrición como hoy… Esta es una paradoja porque cuando hoy se cree que ya no hay lepra y que la ciencia y tecnología la erradicó, aparecen otras enfermedades nuevas como el SIDA que hasta hoy no tiene cura.

En todo esto que he dicho tiene que ver el medio ambiente y con un solo ejemplo lo podemos comprender, y es que la gente de antes duraba más y la de hoy se muere luego… y es que somos nosotros mismos los culpables al no cuidar el ecosistema… A nosotros en la escuela jamás se nos habló de esa importancia  para la vida, mucho menos del calentamiento global que traerá fatales consecuencias al ser humano.

Lo que estoy haciendo es preparar la cancha de allá por los años treinta del pasado siglo XX en adelante, en donde mis actores principales y emblemáticos les toco jugar su papel imprescindible en esta sociedad bendita que nos vio crecer; adornado con un clima frío y húmedo, producto de una vegetación exuberante que jamás volveremos a ver, a no ser que cambien las estructuras sociales hacia el bien y también su modo de pensar. Ojalá que los ventarrones que caracterizan a nuestro adorable pueblo no vayan a acabar, para que las futuras generaciones lo sientan y disfruten.

¡VAYAN A LLAMAR A VÍCTOR! Era la expresión que yo siempre escuche en casas de ricos y casas de pobres, casas cercanas y casas lejanas en donde un cipote, un adulto o un viejito, mujer o hombre, estaba enfermo. Víctor, y no Don Víctor, decía la gente por la gran confianza que le tenían y el nombre de Víctor se convirtió en un símbolo o icono de esperanza para la gente que tenía en su casa a un enfermito.

Esa época fue bonita, pero había deficiencias que claro iban en detrimento de la población. Bañarse todos los días era un privilegio, porque el agua había que acarrearla en cántaros desde dos puntos estratégicos; uno de ellos estaba en la esquina formada por el final de la Av. 15 de Abril y principio de la antigua calle hacia Sonsonate, en un pequeño predio municipal; el otro estaba también en un predio municipal atrás de la iglesia, ubicado de la Primera Avenida contiguo a donde hoy está la Alcaldía Municipal donde más tarde, casi encima de la pila histórica, montaron la casa de ANTEL y que hoy se llama TELECOM. Por supuesto el agua no era tan limpia ya que venía en caño metálico desde la laguna de la Ninfas o de Las Ranas. En ese trecho hay todavía una pilona, la de Santa Clara, donde se daba de beber a las vacas, toros, bueyes y a las bestias de carga.

No crean que nosotros íbamos a tomar de esa agua, porque para eso sí que hemos sido delicados… para eso teníamos la fuente de San Andrés, que es la que tiene que ver con el origen de Apaneca, de ahí tomábamos agua pura que salía de las entrañas de la tierra. A mí me parece recordar aquellas colas de gente, especialmente mujeres y cipotes, con sus cantaros encima subiendo la cuesta que le enseñaba a uno a tener gran voluntad y entereza al subirla.

Cuando yo crecí había -o hay todavía- Ojos de Agua en cada cantón que abastecían a los pobladores. A veces yo acarreaba el agua para mis abuelos que tenían su finquita enclavada en la región que se llamada La Bellota camino a cantón Quezalapa. El agua era abundante y la primera que llevaba era para mi abuelita que la ponía a calentar al sol en medio del patio… Ella como leía mucho, estaba informada y decía que el baño diario era saludable… En cambio mi abuelo nunca vi que se bañara, solo se limpiaba con un trapo húmedo el cuerpo y las uñas con un palo… Cuando mi abuela le decía ¡Bañate Antonio! Él contestaba rezongón con el dicho popular – Ya vas buscando pleito Rufina ¡la cáscara guarda al palo!.. Solo se bañaba cuando se acordaba de la receta que Don Venancio Tobar, papá de Don Víctor, le había dado, que consistía en rociarse todo el cuerpo con azufre revuelto con manteca de puercoespín o tepescuintle  a más no haber de tunco. El baño era de noche y parece ser que iba a ver de todo, porque mi abuela parecía cucaracha preparando el agua calientita y el menjurge al pie de la letra como Don Venancio se lo había apuntado.

De Don Venancio se muy poco; tengo ideas vagas de él porque yo estaba chiquitito, pero sí me acuerdo bien de una que me hizo, como se la hacía también a otros cipotes ingenuos como yo… Mi mamá me dijo: «Vas a ir donde Don Venancio y me traés dos reales de alcohol alcanforado para la espalda de la niña que tiene tos» y me dio un bote de vidrio y un billete de a colón… llegue corriendo, compré y cuando me disponía a regresar, con un seño como de risa Don Venancio me dijo: «Aquí está el alcohol… Abrí la mano… Estos son los cuatro reales vueltos… echatelos a la bolsa… y estos dos reales son tuyos… para que compres dulces donde la Niña Evita»… dicho y hecho, yo gran obediente, compré una garrapiñada y bastantes dulces… y al llegar a mi casa las cuentas no cuadraban… «Venga para acá mijito» me dijo mi mamá, gran loga me echó, y de ribete una nalgada bien cuajada también… Don Venancio debió haber sido un hombre contento, divertido y picaresco en el buen sentido de la palabra.

Yo recuerdo con mucho aprecio, pero sobre todo con agradecimiento a Don Víctor, por ese gesto de amor de ir a donde lo llamaban para aliviar el dolor o sanar al enfermo sin importarle la distancia y hasta la paga.

Don Víctor Tobar tenía su farmacia que en ese entonces se llamaba Botica, en la Av. Central Norte y la 1a. Calle Poniente, esquina opuesta a la casa de su papá Don Venancio; enfrente vivían Don Tan Puente y en la otra esquina Doña Virginia Pérez. Había un gran mostrador de madera el estilo de la época colonial con las molduras tradicionales, barnizado creo que de color café algo shuquito, porque nosotros los cipotes de allí nos agarrábamos para ver con curiosidad cómo Don Víctor medía en una copita graduada el remedio, para luego echarlo en el bote de vidrio que nosotros habíamos llevado cuando éste era liquido, porque cuando era sólido o en polvo, ya estaban hechos los cartuchos de papel; y si era semi sólido, lo hacía untado en unas cajitas elaboradas con colochos de madera.

En las boticas casi no se vendían fármacos químicos, todas eran medicinas naturales. A mí me gusta recordar las ringleras de botes, abotijados y cuadrados unos y otros apachados, todos con tapones de vidrio al estilo señorial en forma de sombrero. Los estantes estaban cundidos de botes con los medicamentos que Don Víctor elaboraba. Lo que si no quisiera recordar son las purgas que nos recetaba cada seis meses para limpiarnos el estómago con Sulfato de «soda» (así le llamábamos al Sulfato de Sodio) o en  su defecto Sal Inglesa; nos la daban en ayunas a las seis de la mañana para que a las diez estuviéramos corrompiendo -como se decía- a la diarrea obligada que nos sacaba hasta el último pellejito contaminado del estómago. Cuando nos llevaban el bolado a la cama para que lo tomáramos junto con una rodaja de naranja nos decían: «Dale de un solo, hasta ver a Dios» y luego que la tomábamos, a chupar la naranja para cambiar el horrible sabor de la purga y… a continuación fresquito tras fresquito toda la mañana, hasta calcular que la tripa estuviera limpia.

   

Carao y Chichipince

Otra de las medicinas tradicionales de Don Víctor, fue un jarabe para la tos, que según se decía lo elaboraba con las vainas fruto del carao o caña fístola; de lo demás yo no sé, pero me imagino que hacía un cocimiento o lo fermentaba con la vaina machacada, miel de panela, jengibre, ajo y otros ingredientes que solo él sabía preparar… Se decía que tenía un libro grande valioso que su papá le heredó de donde sacaba las recetas… Luego de depurar los menjurjes los colocaba en los botes listos en la despensa y para la venta.

En aquella época insólita que hasta nos permitía formar nuestra propia identidad, las vías de comunicación eran de tierra y el medio de transporte el caballo y la carreta, por lo que casi no había influencia extraña, no habían médicos ni clínicas de salud que, aunque teníamos a nuestro favor un clima frio agradable, el agua pura de las vertientes, el aire puro que daba la vegetación exuberante, y la tranquilidad, éramos vulnerables a cualquier enfermedad maligna; sin embargo diría yo que teníamos buena salud. Lo que si tengo presente es que no teníamos enfermedades venéreas gracias a un acuerdo municipal de por vida e intocable por los alcaldes que decía que jamás Apaneca iban a haber casas de citas o de prostitución o lugares parecidos.

En toda comunidad son importantes los servicios sanitarios para la salud de sus habitantes. Durante la colonia se supone que las casas importantes tenían inodoros, pero en el resto la toma de conciencia fue lenta. Yo recuerdo que las casas que estaban a los alrededores y más allá, no se preocupaban por eso y sus excrementos los dejaban al aire libre donde quiera al pie de un árbol y las gallinas y los tuncos se encargaban de reciclarlos.

Lo que les voy a contar no se lo cuenten a nadie, como decía la Niña Monchita Porra. Allá por los años cuarenta, yo fui a jugar con otros cipotes amigos y jugando jugando llegamos a una casa vieja que ya no tenía techo, solo estaban los restos de las paredes de adobe, pero uno podía imaginar o adivinar como era y funcionaba la gente que allí vivió. En la casa se notaban los cuartos dormitorios, la sala, el comedor y hasta un caidizo corredor frente a una especie de jardín; pero lo que más me sorprendió fue el inodoro que tenía un montaje técnicamente elaborado; tenía una casita con su plancha y un cajón para sentarse, pero a la orilla de un desfiladero, que permitía que las excretas cayeran abajo de donde pendía un corralito con un boquete que daba la facilidad para que los animales metieran la cabeza y agarraran el producto; lo demás, como es penoso, juzgue el lector qué hacían a los cerdos ya engordados, o quizá se morirán de susto de ver micos y tantos pajaritos en el cielo.

En esos años la medicina preventiva no existía, Don Víctor solo hacia la cacha con las medicinas caseras… así curaba… Los niños apestábamos porque a la hora del baño salíamos huyendo… Señal de que estábamos alentados eran las chapitas coloradas entre la tierra acumulada en los cachetes… Lo de lavarse las manos antes de comer ni los abuelitos lo hacían, solo nos limpiaban las manos con hojas y las uñas con palos… De la campaña que a mí no se me olvida, es cuando en la escuela nos ponían en línea con un vasito de agua y pasaba la maestra con un gotero echándonos cinco gotitas de yodo para que hiciéramos gárgaras y no nos creciera el buche; y es que ahora me doy cuenta que el yodo combate la hipertrofia de la tiroides (se forma una pelota debajo de la mandíbula) y que nosotros la llamamos «buche», era la razón por la cual los pueblos vecinos nos llamaban “buchones”; pero hoy ya no lo somos porque algunos malos ciudadanos cortaron los árboles de las montañas y el yodo ya no subió a estas alturas.

Don Víctor Tobar no solo era el que curaba y la hacía de boticario, sino también era el Cofrade Mayor de la fiestas patronales, él era el símbolo del mayordomo. A la par de la botica tenía otro espacio igual donde estaban los Patrones, uno pelo liso y grandote y San Andrés por supuesto “el colocho”, como los llamaba la gente, era más pequeño y servía para las procesiones porque pesaba menos.

También desde que yo tuve uso de razón ya era el alcalde municipal… para entonces yo pensaba que los alcaldes ya nacían con el puesto, porque él lo fue de por vida… Don Víctor no era tan alto ni tampoco panzón… yo lo tengo presente con sus pantalones largos y holgados, y bastantes paletones al frente, su camisa caqui arroyada hasta el codo, su sombrerito de pelo y su gran escuadrota de cuarenta y cinco al cinto, símbolo de la autoridad competente en esos dorados tiempos. Amigos que lo conocieron contaban que no se la quitaba ni para dormir, y por eso se le había dibujado en el músculo de la nalga algo como vaina que le ayudaba a sostenerla; al mirarlo chincuno se le veía la figura decía la gente.

Siguiendo con la historia de la medicina de mi pueblo, hubo otra botica que vale la pena mencionar. El boticario y dueño era Don Manuel Gómez y estaba ubicado en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la 2da. Calle Oriente justo enfrente donde hoy vive Don Walter Calderón, esquina opuesta a la Don Chepe Humberto Arévalo y al frente también de los Borja. La casa ya no está porque la destruyó el tiempo. De Don Manuel solo recuerdo que era un señor bien estirado que nunca se bajaba la corbata y su voz era fuerte, desgajada y turbulenta, atento como todo un buen boticario. La casona y la botica desaparecieron junto con él porque sus hijos jamás se asomaron para seguir sus pasos; Don Chepito Gómez Cuestas, fue el jefe de correos formal de por vida y doña Esperanza Gómez Cuestas, maestra de instrucción primaria hasta que ya no pudo (mis especiales respetos); ni tampoco le interesó a Doña Herminia Cuestas de Gómez, que no se asomaba a la botica.

Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.

Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, aspirinas, mejorales, dolofines, ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate, que aunque me dejaba la boca tetelcosa, me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán, que aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.

La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.

Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.

Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.

Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho”… llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.

Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.

En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.

Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaban viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e  itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.

Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.

Si la memoria me ayuda, voy a apuntar lo que recuerdo de Mama Fina y que tiene que ver con el crecimiento de la población de nuestro querido pueblo. Por supuesto lo que les voy a contar data de hace muchos años cuando no existían clínicas ni hospitales y como hemos visto antes, una persona tomó la responsabilidad de la salud; tiempos en los que para llegar a Ahuachapán o a Sonsonate había que ocupar todo el día a pie, a caballo o en carretera; los caminos eran de tierra, angostos y fangosos por lo que un enfermo grave era imposible que llegara vivo a su destino.

Yo me acuerdo de Doña Chona Turcios, que iba a dar a luz un cipote, que a la hora de las horas no era uno, ni dos, sino tres que se abrazaban y querían salir juntos. En esa treta ninguna salía. La mamá Fina nada podía hacer… solo tocó y diagnosticó que eran tres o más dijo ella. Los vecinos en pie improvisaron la hamaca de costumbre: una chiva fuerte doblada en dos, amarrada entre sí y cruzada por una vara de madera que sostuviera el peso. Con Doña Chona en hombros de dos que se turnaban entre varios hombres que acompañaban, se pusieron en camino y claro iban también mujeres por cualquier cosa que los hombres no podían hacer.

La llevaban al Hospital General Francisco Menéndez de Ahuachapán, porque se decía que ahí podría haber un médico que la salvara. Iban por el camino viejo pues quedaba más cerca y directo… pero de nada sirvió. La juntada de la grulla de hombres, la hechura de la hamaca y tantas vueltas que a la altura de la Fania ya para empezar la guinda del camino, Doña Chona expiró… Lamentable tanto esfuerzo y a nadie se le ocurrió abrirle la panza a la difunta para rescatar a los bebés que a lo mejor estaban vivos, aunque de todos modos por ese tiempo la cesárea a lo mejor aquí no estaba permitida… Final nada feliz de la historia porque los hombres regresaron con ella para darle cristiana sepultura… Y esto sucedió muchas veces, no solo con los partos, sino con otras enfermedades que nuestros médicos caseros no pudieron curar.

Digamos que con esto de los partos no fue tanto porque para comenzar no es una enfermedad, sino solamente saber dar la atención adecuada para evitar complicaciones. Yo conocí a Mamá Fina, Serafina Melgar Calderón se llamaba ella, muy querida por la gente porque todos los que ahora somos viejos, respiramos por primera vez en sus manos. Ella estaba pendiente de todas las mamás panzonas, no digo las botijonas por comer bastante, sino todas aquellas por andar amando con pasión.

Nosotros nos acordamos muy bien de ella no por los partos, sino por los pastelitos rellenitos de carne que ciertos días de la semana pasaba vendiendo; lo de ayudar a traer niños al mundo era un hobby para ella pues no lo hacia todos los días. De algo perenne tenía que vivir, así se dedicaba a fabricar pan bueno con su hija Ana Sigüenza. Iba de casa en casa vendiendo enrollados, picudas, salpores, shashamas, viejitas, peperechas y los famosos pastelitos rellenos de leche que nos desgajaban la saliva… Yo la tengo presente en mi memoria… todos los cipotes salíamos corriendo espantados de emoción cuando asomaba por la esquina de la cuadra… gritando el puño de cipotes cada quién a su casa ¡Ay vienen los pastelitos!… ¡Ay viene Mamá Fina!… Los más chiquitos caían patas arriba chillando, pero comíamos pan.

Ella era de mediana estatura y delgadita, el color de su tez era blanca y su cabellera negra, un tanto liso y algo quebrado; sus ojos color cafés alegres que inspiraban confianza… Así la recuerdo, con su vestidito modesto que envolvía un caudal de virtudes que muchos carecemos como la humildad, la paciencia, la honestidad, la entereza y espíritu de servicio.

Los fines de semana mi papá me decía: «Anda donde Mamá Fina y decile que vas a encargarle los tamales de mañana… y con bastante tocino decile»… Y yo le contestaba ¿Cuántos pa? y él me agregaba: ¡A… si ella ya sabe, hombre! cuantos somos en la casa. Y esto se repetía con toda la gente del pueblo… Ella ya sabía cuántos porque llevaba el control de la natalidad.

Un real valían los normales y dos reales los grandotes… Eso sí… a nadie le vendía más de la cuenta… En un palo amarraba una hoja de guineo avisando que todavía había tamales para aquellos que no se les había vendido… La Mamá Fina era “cachera”, como dicen en mi pueblo, porque también vendía carne y chicharrones, también sopa de pata y de tripas de res, a veces shuco y otras comidas tradicionales dependiendo de la época… Todos los años siempre estaba ayudando a Mamá Chenta en la cofradía haciendo las comidas de las fiestas patronales.

No hay duda que del cielo sacaba tantas energías porque a cualquier hora del día o de la noche, al primer dolor que provocaba la cristiana que deseaba venir a divertirse a este pueblo, Mamá Fina ahí estaba, con sus agüitas de monte que solo ella conocía, alcohol, merthiolate y tijeras por si en esa casa no las habían comprado. Cuando ese momento llegaba, a nosotros los cipotes nos costaba entender lo que estaba sucediendo; habíamos visto a la mamá panzona, pero antes nos habían comentado, dándonos atol con el dedo, diciéndonos que dentro de poco iba a venir por aquí una cigüeña trayendo un niño colgado en el pico, pues en esa época a los cipotes nos daban carreta fácilmente. Lo que veíamos y oíamos es que los mayores se movían con cautela y platicaban en secreto; si era de día nos mandaban a jugar lejos, y si era de noche nos pasaban adormitados a un cuarto separado para que no nos diéramos cuenta de los hechos reales; aunque a los grandecitos ya no nos engañaban porque ya estábamos instruidos en la calle por los amigos con mayor experiencia.

Es bonito recordar todo lo que pasó anteriormente, más que todo de dónde venimos y lo que sucedió para llegar a dónde estamos, pues ahora nos asustamos cuando vemos que un niño recién nacido se le envuelve en un pañal que no sea el de moda. En tiempos de la Mamá Fina lo más común era cortar las nahuas de los vestidos viejos de la madre, o al más no haber, las mangas de los pantalones del padre, que aunque raspaban vean mis lectores cuanta población tenemos.

Después que el niño nacía, lo bañaba, le arreglaba su ombligo primorosamente y lo dejaba mamando hasta darle la primera probadita de aceite de comer. La mágica señora volvía cuantas veces fuera necesario para revisar el ombligo hasta que quedaba sanito, y cuidar a la madre con pañitos calientitos hasta verla fortalecida nuevamente.

Hay mucho que contar sobre el tema y dejo al libre albedrío a los curiosos o curiosas para que pregunten a sus mayores sobre el asunto. Yo les cuento que hace poco por un descuido quebré el botecito de vidrio donde guardaba mi tripita seca que mi mamá me regaló, ella misma conservaba el cordón umbilical del primogénito, los demás hijos vendrían enteros, sanos y con una buena estrella.

Como todos sabemos, el tiempo de servicio útil de una persona tiene su fin; Mamá Serafina envejeció y Dios se la llevó, pero debo también recordar a Doña Josefina Amaya, que heredo este gesto de caridad para las mujeres y que dicho sea de paso era su sobrina. A mí no me queda más que agradecerles en nombre de la ciudad de Apaneca y lanzo la idea a las autoridades competentes, de que debería haber en un lugarcito un monumento donde aparezcan por lo menos los nombres de estas personas, y otras de verdad abnegadas que dieron todo por el todo en nuestro pueblo.

LAZAU

El reloj y demás…

Hace más de medio siglo le preguntaba yo a mi papá que cómo habían hecho el reloj y él me contestaba: “Ahora estoy trabajando, esperate que tenga tiempo”. A los días volvía a preguntarle “Papá dígame por favor ¿Quién hizo el reloj grandote que está en la Alcaldía?” Yo recuerdo que mi inquietud era enorme y era porque una vez que habían dejado la puertecita de la torre antigua abierta, ahí donde originalmente estuvo el reloj, me asomé…entré… y vi para arriba; vi en la inmensidad una campana y un voladal de hierro que se movían solos, y vi unas cuerdas metálicas que se estiraban y se encogían.  De ahí mi inquietud de que mi padre no pudiera contestarme, él siempre estaba ocupado en su oficio y no podía sentarse conmigo a conversar… Tendría yo unos ocho años.

Un día de tantos, después de preguntar me dijo: “Vaya pues, te voy a contar”, entonces nos acomodamos por ahí… Quizá él ya había pensado cómo contestar a mi pregunta necia y que tanto trabajo le costaba, que cuando la tuvo lista la soltó… “Fijate que una vez llegó al pueblo un hombre desconocido que a saber qué había hecho de malo porque andaba mal vestido y mal encarado. La noticia del forastero creció cada vez más en el pueblo; la gente al sospechar de él hizo la bulla y las chismosas que no faltan contagiaron a las autoridades y lo empezaron a perseguir… Como el mentado hombre era astuto se fue huyendo, pero allá por Los Tablones, ya llegando a Ataco, le dieron alcance y lo capturaron, lo trajeron a Apaneca y lo echaron preso en una cárcel hedionda que estaba contiguo a esa torre que te tiene intrigado… y pasaron los días… y el pobre hombre seguía ahí solo con su gran imaginación. Empezó sin duda a pensar cómo hacer para escaparse y… como las autoridades empezaron a sospechar… le dijeron: “Mirá, cada hora que pase, vas a venir aquí y le vas a dar con este mazo de hierro a esta Campana” el hombre aceptó y como la cárcel también servía como bodega, ahí había láminas, pedazos de hierro y alambres, hasta algunos hilos de acero había… pero también había herramientas como tenazas, martillo, entre otras cosas.

El hombre ni ‘cuto’ ni perezoso empezó su tarea… Cada hora iba a dar el campanazo, pero al mismo tiempo cortaba lamina y alambre… Solo él sabía cómo enrolló las láminas y cómo las amarró con hilos de alambre al mismo tiempo que ajustaba el aparato, e hizo que a cada hora el badajo de plomo golpeara la campana… Así, al mismo tiempo que armaba el aparato, también hacía un hoyo en la pared trasera…Cuando lo hubo armado totalmente y había funcionado unas 12 horas, el hombre saltó de la cárcel por el lado del poste y se fue”.

El poste era un espacio que había atrás del edificio de la alcaldía y las cárceles, en donde se encerraba a los semovientes que andaban sueltos y ambulantes en el pueblo haciéndole daño a los sembradíos de la gente. Todo esto que cuento según mi papá, tuvo como escenario el espacio que hoy ocupa la Escuela General Francisco Menéndez y el Kinder.

Las autoridades oían los campanazos y decían: ¡Ahí está el preso! Pero a la mañana siguiente la campana dejo de sonar… entonces dijeron ¡Quizá el hombre se murió! y corrieron a abrir la cárcel… ahí lo único que encontraron fue el enredijo metálico, la campana y la hediondez… ¡Se había inventado el primer reloj!” me dijo mi papá … y yo como estaba chiquito creí que el reloj que estaba allí en la torre y que yo había visto antes era el mismo. Así es como terminó mi fregadera ¡Qué gran mentirota la que me conto mi papá! pero yo me quede contento.

A quienes quiero señalar sin disculpas es a los alcaldes, que por querer sobresalir o para que la gente diga que algo hizo, destruyen todo lo que los anteriores a ellos hicieron, sin dejar rastros para la historia, sin darse cuenta también que un pueblo necesita de testigos mudos de su propia existencia.

Ahí donde hoy en día está el parque, al este o al poniente donde ahora está la escuela y el kínder, antiguamente estuvo la alcaldía con todos sus menesteres; la torre, que fue mi inquietud, las cárceles y el poste estaban atrás.

La alcaldía era una casa grande de paredes gruesas hechas de adobe como muchas del pueblo, con sus compartimientos para el archivo municipal, el recibidor del alcalde y la sala grande para atención al público. Pero lo que no se borra de mi memoria es el portalito que servía para todo; ahí se ponía la marimba o la banda para los conciertos mientras la gente circulaba por el parque; ahí se hacían los velatorios cuando algún cristiano se moría y no tenía donde; ahí se leían las ordenanzas municipales a grandes gritos cuando había mucha gente reunida en el parque; por último, era una sala de espera, baile y hospedaje para personas que viajaban en romería y les cogía la noche ahí.

A continuación, estaba la gran torre del reloj incrustado en la casona y se salía un gran pocote hasta casi cerca del parque; la base era cuadradota como de diez a doce metros de lado, equivalente a 144 metros cuadrados ¡Era enorme!, la siguiente era más pequeña, y así sucesivamente hasta llegar a la última, una pieza como cúpula que quizá tendría unos tres metros de lado, con pequeñas ventanitas alrededor para respirar. De lejos la torre se veía como un montón de sombreros cuadrados superpuestos como las torres chinas. La torre de la que hablo, toda estaba construida de lámina fuerte, tenía estampada cada pieza en las orillas de tal manera que una encajaba con la otra. La armazón era de madera fina, lo que permitía que las golondrinas anidaran cuando era tarde y estaba a punto de caer la noche; era una belleza ver y oír el ruido que todas hacían volando antes ir a dormir.

La carátula del reloj lucía imponente con sus números romanos frente al parque. Lo más impresionante es recordar que casi nadie tenía reloj en el pueblo, por lo que todos hacíamos silencio al primer bolillazo… era contarlos y saber la hora… ya estábamos acostumbrados a eso y después nos hizo falta.

Siguiendo con mi relato, a continuación del reloj estaba la cárcel de hombres y mujeres; la de los hombres era horrorosa, un solo salón y un escusado con una hediondez insoportable. Las paredes negras con mil recuerdos y unas pinturas obscenas, desde tecolotes, muertes y diablos hasta siluetas de hombres y mujeres en un mal estado; tenía una puerta también con cuartones de madera dura entrecruzada que no permitía entrar la luz ni mucho menor el aire. Creo que el preso que por allí pasaba salía arrepentido y reformado. La cárcel para las mujeres, era de baritas de madera que más parecía una jaula para pajaritos y solo se usaban para un rato, como quien dice solo para asustarlas, y más que todo cuando había pleitos entre mujeres. Yo nunca vi a una mujer formalmente presa, pero sé, que en esas sí entraba la luz; quizá la habían hecho para prever la gravedad de los pleitos a cantarasos que las mujeres armaban casi a diario.

Algo muy importante y notable en esa época fue el poste, que consistía en un predio baldío o con zacate natural y unos cuantos arbolitos de chilamate, con su ramaje redondito en forma de tortilla servía para defender a los animales del sol. Éste no era más que la cárcel del ganado que quedaba atrás de la alcaldía sobre la 3ª Av. donde hoy día está el kínder. Para entonces, la calle Francisco Menéndez continuaba después del parque hacia el poniente. Cualquier vaca de don fulano que se salía de su potrero y perjudicaba las pertenencias de don zutano, iba a parar al poste. He allí la importancia, porque esos centavitos de las multas iban directamente a parar a la bolsita del Alcalde… En esos tiempos había mucho ganado y no tanto vehículo con motor, por lo que los caballos y los bueyes era el mejor transporte de tiro y de carga. La gente tenía también sus vaquitas en casa para obtener su leche y burros para acarrear la leña y de más.

El último Alcalde que estuvo en ese edificio antiguo fue Don Guillermo Salas, pero también él fue el primero en estrenar la nueva alcaldía.

Cuando destruyeron la torre, toda la gente fue a traer su lata; mi papá también fue a traer la suya, la que yo conservo un pedacito aún. La maquinaria del reloj antiguo la trasladaron a la alcaldía nueva, ahí la pusieron en la torre, pero no volvió a funcionar.

LAZAU

Los recuerdos de una vida

Para que no queden olvidados algunos hechos históricos que vivimos los apanecos y que nos hicieron crecer culturalmente, si es que se le puede llamar “crecer” hasta donde estamos ahora; porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me acuerdo de algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo lo haría con gusto, pues fueron bonitas experiencias en lugares que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a la meseta de Apanehecath, una de las primeras preocupaciones fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así, porque parece ser que ahí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba; los lugareños ya tenían conocimiento que en Sonsonate, Acajutla e Izalco, los españoles se habían establecido por la fuerza, y que a lo mejor lo más sabio era esperarlos y de alguna manera entenderse, para no chocar contra “esa raza” y salir perdiendo.

Según me contaron mis abuelas, a la zona de Apanehecath llegaron fuertes y con ganas de matar, pero enseguida notaron que comunicarse y entenderse era posible, pues la organización social se los permitía; ellas me dijeron que ya había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron. Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos de que aquí encontraron un clima agradable para vivir, mejor o igual que el de su lugar de origen. Empezaron diseñando una ciudad de calles amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén en su forma original, merecen ser recordados.

Las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse, para tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos y aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos bien claros metidos entre ceja y ceja. Ellos organizaron y construyeron, y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad que para bien o para mal somos nosotros ahora; porque eso sí, característica loable de los españoles fue que los que llegaron solos no tuvieron reparo en formar familia con las nativas, y no precisamente para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto, no soportó la influencia de los europeos recién llegados. Mis abuelitas me contaban durante largas horas sobre cómo fueron introduciendo poco a poco su cultura. Al parecer, algunos señores traían desde Guatemala maestros que enseñaban varias cosas a todos los de la casa; el que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… Un maestro, pasaba por varias casas y con el tiempo se iba; a los meses, aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que le eran útiles a la gente; luego aparecía otro que enseñaba oficios como la carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería, y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura, no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra; además, nuestros nativos, como los llamaban ya en esa época, ya conocían ese oficio, solo hubo que aumentarla y perfeccionarla. En cuanto a la ganadería, eso sí fue de lo mejor que nos trajeron, porque nos dieron a probar la leche y el quesito; nos trajeron también los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante que introdujeron, porque nuestra raza no conocía el uso de la rueda, las cosas en aquella época se transportaban en el “lomo”. Todo esto contribuyó grandemente a enriquecer la cultura de la zona.

Las tierras para el cultivo, las más cercanas fueron para los señores, seguido por los ejidos y tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según si la cosecha estuvo buena o mala, aunque con eso de la movilidad social y económica, y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra, y por ende la estructura social, fue cambiando hacia la equidad, en donde todos tenían donde vivir y de qué vivir.

Como dije antes, los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza: la mestiza. De lo que no hay indicios en Apaneca es que haya habido esclavos, solamente hubo sirvientes, pero estos eran libres, algo que facilitó la convivencia social; pero como decía mi Abuelita, fue “con mucho conformismo”, a lo mejor porque “todo anduvo bien”; sin embargo, si analizamos y comparamos en la actualidad, los hechos nos dicen otra cosa.

Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos de una época anterior a la mía que valen la pena recordar y que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto en esos tiempos había reglas claras de conducta. En esa época, un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando… y mucho menos meterse en la plática…  ¡Ay mamá si esto sucedía! al irse la visita le tocaba “riata”, plantón con las manos arriba, o hincado en arena o maicillo… Mucho peor era desobedecer o contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… Todos los castigos eran duros, pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. En los años que yo crecí, allá por los cuarentas, todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo, algo había, pues también la niñez poco a poco iba cambiando sus cánones de vida, y en esto la escuela y la religión tuvieron mucho que ver.

LA ESCUELA Y LA RELIGIÓN

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo XX, allá por el mil novecientos… En esa época solo había un grado, un maestro y una casa improvisada – más bien era una ramada – en el predio frente al costado oriente del parque, donde también se amarraban a las bestias de las personas que venían de lejos a hacer algún cumplido al pueblo… ahí merito donde hoy es el Mercado Municipal.

En ese entonces los niños no pasaban de grado, sino que aquellos que aprendían a leer y escribir pronto, ayudaban al maestro con otros que no podían o que se cansaban; en aquellos tiempos también, los alumnos que se consideraban preparados ya no llegaban, de hecho, los alumnos eran poquitos y un tanto “grandecitos”.

Mi abuelo paterno que fue policía municipal toda la vida, me contaba muchas cosas importantes, tal es el caso de sus atribuciones laborales, que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque; también acarrear a “bolos” que caían por allí en la calle para meterlos en la cárcel; también acarreaba a los cipotes que no querían ir a la escuela y que vagaban por el pueblo.

Ño Irene se llamaba el policía, que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga de toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: Un día se topó con uno de esos cipotes traviesos, y que de paso era su sobrino; a éste su mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene al verlo pensó que andaba de vago y que no quería ir a la escuela… entonces lo tomo del brazo, pero el niño se le forcejeo y se soltó… y salió corriendo; el policía entonces fue detrás queriendo alcanzarlo con la “verga de toro”, pero el cipote logró entrar a su casa… entonces uno de los vergazos que había lanzado cayó en el quicio de la puerta… y va y su prima hermana que sale reclamándole “A mi hijo no te lo llevás Irene, ya bien sabés que de escribido y de leido no se come, así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando, pues eso le había ocurrido cientos de veces, ese no había sido el único caso, porque él mismo no sabía leer, pero sí sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público que se pone en marcha, hay oposición de algún sector… con la escuelita la hubo, y fueron en este caso, las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias, pues ahí donde era una especie de terminal de caballos iban a construirla; hasta venta de guatera había, para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado… Pero esta oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del General Francisco Menéndez; en ese momento, se construyeron cuatro salones grandes de paredes anchas de adobe y con corredores prolongados a ambos lados… Bellísimo se veía el portal que quedaba frente al parque, pues lo construyeron con pilares rollizos y adornados; el otro portal que quedaba al interior fue utilizado para usos múltiples y para el tiempo de recreo de los alumnos. Ahora sí era una escuela formal con tres salones para los tres grados y sus tres maestros; el cuarto salón servía para la dirección…. Esto significó que la educación ya había avanzado, aunque la rigidez siempre existió, pues la dureza de los maestros compaginaba con la dureza de los papás en las casas… Les voy a contar qué sucedió una vez en la vecindad de los apanecos.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir, con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos, como a cuatro kilómetros en la cercanía de El Rosario; allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudándole en la tapisca del grano del maíz. Don Evaristo tenía un hijo, al que esperaba todos los medios días a que saliera de la escuela para que llevara el almuerzo a los trabajadores de El Rosario… Cuando llegó el hijo, que se llamaba Manuel, le dijo: “Hijo, ensillá la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres”, “Bueno Pa” contesto. El muchacho trajo la yegua, la ensilló y se montó en ella llevando el almuerzo consigo; la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino, pero al llegar al pueblo en vez de agarrar para El Rosario, fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una “pacha” con tesón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la aldea con el almuerzo de vuelta y le dijo a su papá: “Fíjese que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo” … “¡Hay hijo que jodida!” dijo Don Evaristo … Y caminando hacia dentro de la casa, agrego: “Ya vas a ver hijo mío que la yegüita sí va querer hacer el mandado…”  Al volver Don Evaristo, venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con un nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRRAASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores de El Rosario. Queda para discusión si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua. Esas eran otras formas de educar a la juventud en aquellos tiempos.

En cuanto a la religión, la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que no hubo cura que pasara por aquí, que no enseñara a grupos de personas a leer y escribir a la par del evangelio; además, enseñaban música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y con las mismas virtudes indígenas. Él siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada, ni siquiera radios, y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal era envidiable; en ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: El Angelus.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (Pinn, pinn, pinn… etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido, el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (Pann, pann, pann…etc.) y a continuación venía el repique… en ese instante toda la gente caía hincada dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El ángel del Señor anunció a María

y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

Amén.

A medida que fuimos más los habitantes del pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí, en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el Ángelus lo hacía de pie o caminando y en silencio… mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como regañándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos”. A buen entendedor pocas palabras.

En las casas, las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar donde eran siete mujeres que, dicho sea de paso, eran mis coabuelitas, por eso algunas veces estuve ahí. Ese día estaban reunidas por un motivo familiar, los hombres no estaban. Estaban en su tertulia “para que les bajara la comida” como ellas decían, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia, todas cayeron hincadas en el tabique para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús las buenas cosas que habían disfrutado, y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado de gente. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole “Buenos días le de Dios”; tan solo unos pocos años después, se decía solo “Buenos días”; y ahora hemos llegado ya a solo decir “Buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

LAS CASAS

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, con los rasgos materiales pasa lo mismo, por ejemplo, las calles y las casas que son la cara de un pueblo. Voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto por la imaginación, con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de aquellos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII, pues yo conocí los vestigios; se notaba que eran opulentas y que, si ahora ya no están, es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Av. y al costado sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez, que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya nunca volvieron…Algún comentario me hicieron mis abuelos, dijeron que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real que lleva al Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra casa grande que todavía se podía ver los muros, vigas, tejas caídas, las puertas y ventanas viejas, podridas, todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que los que vivieron ahí fueron de apellido Quezada. Dicen que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y, por ende, su posición social; mi abuelita me contaba que el señor que vivió allí, le interesaba mucho cuidar la apariencia y que el caballo que montaba para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tiene sus ironías, a mi abuela y a mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la 1ª Avenida Norte – que al día de hoy ya no está – o sea al tope donde comienza el “camino chiquito”. Él nunca me contesto, pero mi abuela un tanto esquiva me dijo “Ahí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad porque uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la ganó; por eso Antonio se hace el sordo… por eso ya no le preguntés… porque él y todos los Saz ahí nacieron y le da mucho sentimiento al recordar…Más tarde cuando se cumplieron los plazos para pagar la deuda, le embargaron la casa y tuvieron que irse de ahí… En ese entonces – agregó – el candidato pagaba los gastos de su campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la 2ª Av. Sur y final de la 5ª Calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta, fue una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madera, unas polainas de montar y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo estaba viejo, propio para un museo y lleno de polvo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la Mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que a día de hoy sigue ahí y que, dicho sea de paso, el Gobierno Municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo, conservarlo y convertirlo en parque para los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, y como a este señor le gustaba el trago y la fiesta traía amigos y amigas, y para amenizar mandaba a traer una marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; por ejemplo los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos mezclada con la de nuestros aborígenes, la genética y la movilidad social, hicieron su trabajo, y no muy tarde, los habíamos de todos los colores.

Como ya expliqué en otros apuntes, a cada cacicazgo, del mismo modo que los obligaron a no usar caites y otros arraigos, también los obligaron a quitarse su nombre original para llevar uno de origen español, el que aparecía indicado en el almanaque el día de su nacimiento, siempre en memoria de algún Santo como era la costumbre en la religión cristiana, de ese trabajo se encargaban los misioneros de la época… Por ejemplo, una mujer que se llamaba Flor de Loto, se llamaría Juana, porque había nacido el día de San Juan; luego se le ponía el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque llevan y me traen a donde quiero ir y venir”; igual pienso, que las calles de los pueblos son importantes porque permiten caminar y movernos a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver las casas y las calles como antes, pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de conservar tan siquiera un pedacito que muestre la parte de la historia y del momento aquel que vivimos.

LAS CALLES

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas y en el centro había un canal donde corrían las aguas lluvias porque en esos tiempos no había alcantarillas… las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos. Yo añoro esa época porque cuando salíamos de la escuela, alistábamos los cuchillos “deserbadores” – o deshierbados pues – que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos al deshierbar… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no, porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar. Entre más empedrados enmontados había, más contentos nos poníamos los cipotes.

Yéndonos a otros beneficios de esta actividad, considero yo, que aparte de la ganancia en dinero que obteníamos, también desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de las herramientas, la voluntad y el buen gusto, algo que no debía faltar en la presentación de un trabajo, pues al finalizar había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el “topón” o por el dueño que nos estaba pagando…

Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y en el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejarán mentir en este relato, como Paco y Gerardo Márquez, o Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

LA MONEDA

Algunos se preguntarán qué tan viejos son los apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto, pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas; como es el caso de la moneda de aquella época que, así como hoy que nos cambiaron el uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos nos esta costado mucho sacrificio; también a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente a usar el colón, cuando ya ellos estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia.

Nosotros conocimos a nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y otros menjurjes, comían diez personas de una misma familia… Cuatro reales eran 0.50 ctvs. de colón y ahora serian 0.057 ctvs. de dólar, pero redondeando se hacen 0.06 ctvs. En esa época mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes, dinero que equivalía a 0.25 ctvs. de colón, que ahora serian 0.0286 ctvs. de dólar, cantidad que si la redondeamos resultaríamos 0.03 ctvs. de dólar. Entonces un real, valía 0.125 ctvs. de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 ctvs. de colón, es decir, al revés de como hoy en día se redondea; en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas a 0.06 ctvs. de colón o un cuartillo de caramelos a solo 0.03 ctvs., a esta última moneda le decíamos “cuis”, me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas; al igual que como hoy llamamos “cora” a la moneda de 0.25 ctvs. de dólar. Había otras monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio y que pertenecían a la época de la dominación española; como éstas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me contó un día, que cuando él estaba chiquito no había monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… así, cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… Yo conocí una de esas monedas ya bien gastada por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; las había de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”.

BOLAS DE LUZ

En aquella época remota no había bancos donde depositar el dinero como hoy; la gente para guardar sus ahorros recurría a cualquier subterfugio que podía imaginar; algunos metían el “pisto” protegido por una bolsita hecha de costal entre mazorcas de maíz; otros haciendo un hoyo en la pared y simulaban el tapón con una piedra; algunos también enterraban una botija de barro en algún lugar de sus patios… y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en los que la inocencia tenía un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas, que hasta cierto punto tenían razón de ser. Decían que cuando alguien escarbaba en una casa vieja o se botaban paredes, tenía mucho cuidado porque se podía encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que, en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente todos estaban dormidos, salió una luz en el patio; se conocía que si la luz que aparecía era roja era porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … El señor dueño de la casa se puso en vigía… Todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frío y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo y se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que ésta agarró la esquina de la cobija que llevaba encima; cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó un grito de terror y no pudo hablar más, ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron ahí, lo limpiaron, y lo medicaron con ruda y alcohol… Le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó… Poco a poco fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1, 2, 5, 10, 25, 50 y 100 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03 ctvs.; de níquel eran las de a 0.05 y 0.10 ctvs.; las de a 0.25, que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 ctvs. de los Estados Unidos, sin duda prestadas o compradas por el Gobierno de la época cuando el dólar equivalía 2.50 de colón, éstas despertaron gran interés en la gente por ahorrarlas porque en aquel entonces eran de plata y la gente se entusiasmaba por llenar poco a poco su tunquito de barro.  No faltó el vulgo que les llamó “pesetas” o “chimbimbas”. Éstas eran escogidas por los padrinos de los novios en una boda pues tenían que dar las “jarras”, o monedas suertudas, para que la riqueza prevalezca en las labores de la nueva pareja… Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargaría a la familia.

LOS BANDOS MUNICIPALES

No quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito de cuando por estos lados no existían otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las Leyes y Decretos Municipales que, aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión la pongo en la forma cómo los munícipes le hacían llegar a la gente los edictos y ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que ya desapareció y solo está en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la Alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando en el pueblo, aventaban las herramientas y se iban a encontrarlo… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla, también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Junto al tambor que hacía el llamado, iba también el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho sea de paso era mi padrino (que me disculpen por meter a mi familia), el policía municipal y mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos otros munícipes; como principal, iba también el alcalde Don Víctor Tobar. Al llegar a la primera esquina formada entre la 4ª Calle Poniente y la 1ª Av. Sur, se aglutinaba el montón de gente para escuchar. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa eran Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas, esta última, solo levantaba la cortina de la ventana.

Cuando el secretario buscaba la mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venía un silencio profundo, y Lacho Solano y la policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal, etc, etc… Acuerda, etc., etc., etc.” y comenzaba cada quien a retenerlo todo, cada uno retenía lo que le correspondía. Algún edicto que yo recuerdo es que debía mantener a mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… O el que, por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… O aquel que, porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás a hervir el agua para tomar… También uno que, como iba a haber una visita del Señor Gobernador Departamental, había que deshierbar y limpias las calles… U otro que recordaba a los del pueblo que ya era tiempo de que pagaran los impuestos municipales, porque el dinero que había ya no alcanzaba para terminar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída… que fue a las tantas horas del día tal…” y salía de nuevo la comitiva para la otra esquina al compás del pon-pon-ponte, pon-pon-ponte de Lacho y su tambor. En la esquina que estaba formada por la 4ª Calle Oriente y Av. 15 de abril Sur, la gente escuchaba desde el quicio de la puerta… bueno, solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar, porque las otras casas estaban sordas y mudas, o sea que siempre estaban deshabitadas. Al terminar aquí el “bando” arrancaba de nuevo y cada vez se hacía más gente alrededor…

Yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Av. 15 de abril Norte y la 3ª calle Oriente, desde donde el señor secretario se colocaba en la acera más alta, la que era, o es todavía, de Don Rodolfo Artero… y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la esquina opuesta solo había un tapial, el de la casa de Don Alejandro Artero; en la otra esquina, Don Román Villafuerte escuchaba desde su casa; y la opuesta a la de Don Román, estaba la casa de Don Rafael Puente Luna.

Terminada la lectura, el “bando” salía sobre la 3ª Calle para llegar a la 1ª Av. Norte, en esa esquina donde antes había un molino y que fue manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura. En la esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio (a quien cariñosamente le decían “Pachuco”) y en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la comitiva municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la Alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios… Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores, y si los digo es porque es la única fuente que conozco; no pretendo exaltar la figura de nadie, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU

El origen de Apaneca

A veces vivimos como simples sujetos en esta tierra; jamás nos hemos preguntado quiénes somos, ni por qué estamos aquí, ni con quiénes vivimos, ni desde cuándo; en otras palabras, no nos cuestionamos sobre cuál es nuestra historia.

Lo que les voy a contar no son conjeturas solo mías, sino es lo que mi abuelita me contaba a deshoras de la noche o cuando íbamos por el camino.

Contaba ella, que Apaneca no era como hoy se conoce, y que su nombre original era Apanehecath (Río de Viento); decía que el mayor centro poblacional estuvo detrás del cerrito “Para librarse de las correntadas de viento que por ahí pasaban”, y que se movieron donde hoy está el pueblo, cuando en un invierno copioso se desprendió un pedazo del volcán Chichicastepec (Cerro con hojas que pican), sepultando a todos los moradores de ese lugar llamado hoy en día Tizapa (El nombre original fue Tizapán , porque ahí las aguas estaban retenidas en tiza-y-pan, que significa encima). Testigos de ese suceso fueron las “Piedras Topadas” que desde esa época están ahí.

Se supone que ahí terminó una época en la que se perdieron familias, casas, gallinas, guaxolotes, tuncos, sembradillos y tantas otras pertenencias que los habitantes habían adquirido; además de sus dioses y tantas creencias que también quedaron sepultadas sin poderlas rescatar. Fue así que los sobrevivientes de aquella tragedia espantosa comprendieron que era mejor soportar el viento, que esperar otro desastre igual y decidieron pasarse al lugar donde hoy está el pueblo.

Recuerdo que cuando estaba chiquito iba muchas veces a cortar café a la finca Santa Leticia…y como en esas fincas la extensión es grande, había caminitos o veredas por todos lados; yo pasaba corriendo por uno de ellos jugando de carrito y solía pararme en una piedra puntuda para impulsarme y correr más rápido; creo que aquel desastre llego hasta ahí…

Tan no hace mucho, descubrieron que esa puntita de piedra en la que yo me paraba, era la oreja de un dios que supuestamente aquellos adoraban…Esas piedras las sacaron con tractores potentes y las llevaron a la casona del dueño de la finca… Hoy me pongo a pensar que más adentro en lo profundo de la tierra, hay riquezas que son testigos mudos de nuestra civilización… En fin, lo que estoy tratando de explicar es que lo que mi abuelita me contaba, era verdad.

En otras ocasiones, curiosamente en otras pequeñas fincas de por ahí, encontré infinidad de tiestecitos y pedazos de vasijas que se supone los habitantes ocupaban como tazas, platos, ollas y cántaros, todos hechos de barro; además, encontré figuritas como caras que al parecer eran recuerditos de sus dioses que ellos tenían en sus casas para pedirles favores.

Mi abuelita decía que el terror en los que quedaron vivos fue tan grande, que se mudaron a un lugar más seguro, fue así que Apanehecath está donde está ahora. Ella decía que en aquel entonces nuestros abuelos ya eran inteligentes y que hasta cambiaron sus estrategias para ganarle al mal tiempo, como es el caso de la construcción de las casas que se hacían bajitas, tanto que para entrar en ellas había que agacharse…. Toda esa argucia se hacía para que los grandes ventarrones no les botaran los techos.  Me explicaba ella, que se construían de hojas fuertes, más que todo de paja o zacate que ellos mismos cultivaban; las paredes se hacían con baritas y tapaban los portillos o rendijas con lodo; las mesas, que se llamaban tapexcos, y todo lo demás como las camas, estaban hechas de baritas de madera y no eran movibles porque las patas las fijaban al suelo. La comida la guardaban en un tapexco chiquito, que colgaba de las vigas de la casa para protegerla de los ratones, al igual que la carne, que la colgaban en dirección al fuego para que se ahumara.

Así vivieron los Apanecos en esta meseta natural, que no es más que la trompa de un enorme volcán que por el lado sur, sus faldas van a dar al Océano Pacífico. Ahí soportaron el enorme “Río de Vientos”, que según me decía ella, “Era capaz de arrastrarnos varios pasos hasta que encontrábamos un árbol para sujetarnos mientras el chiflón pasaba”.

En esa época las casitas estaban dispersas entre árboles frutales; por supuesto no había calles como hoy, sino caminitos o veredas entre rancho y rancho… Es de imaginarnos que así vivían todos los pueblos Pipiles de la época, con la idiosincrasia de vivir desconociendo cercos y mojones que señalaran sus propiedades, pues todo se hacía en comunidad.

La vida cambió cuando los españoles aparecieron… Mi abuelita me contó que llegaron en forma aparentemente pacífica… inteligentes diría yo, pues era lógico pensar que no eran tan pacíficos, sino lo que evitaron fue el derramamiento de sangre de ambos lados. También me dijo esa vez, que los españoles habían llegado para quedarse, y que enfocaron su conquista en la enseñanza, para de ese modo, educar a nuestros naturales en lo que a ellos les convenía, utilizando los cacicazgos o grupos de familias que, de alguna manera, ya eran entendidos o razonables.

Parece ser que a los españoles les gustó el lugar, por su clima frio y vegetación; sin duda, porque era parecido o mejor al lugar de su origen, porque pronto empezaron a llegar otras familias como los Márquez, los Tobar, los Ascencio, los Mendoza, los Melgar, los Puentes, los Menjivar, los Romanes, los Sigüenza, los Díaz, los Padilla, los Sánchez, los Mata, los Quezada, los Nájera, los Calderón, los Villafuerte, los Arévalo, los Madrid, los Herreras, los Saz, los Olivares, los Flores, y muchas más familias cuyos hijos buscaron parejas, prefiriendo algunas veces a muchachas o muchachos nativos… Así nacimos nosotros entre oscuro y claro… y nos llamaron mestizos. Así las familias se fueron acomodando… y así seguimos… indefinidos todavía.

Establecida la confianza entre nativos y españoles, estos últimos instalaron un gobierno a su gusto, es decir, nombraron a un Gobernador o Alcalde Mayor, que según me dijo mi abuela, el primero fue de apellido Quiñonez, quien se rodeó por supuesto de otros para asumir las diferentes funciones.

Fue entonces que se diseñó el poblado en calles y avenidas, y sus habitantes fueron repartidos en lotes grandes. Lo más importante fue establecer un parque en el centro… al oeste o poniente de éste edificaron la alcaldía; al norte, un caserón que se ocuparía como Iglesia; al este u oriente, pasando la calle principal, quedó un lote grande que servía en aquel entonces para amarrar las bestias de los apanecos que venían de lejos; y finalmente al sur, la casa del Gobernador. Claro está que, en estos lugares señalados, las edificaciones se fueron mejorando y modificando poco a poco. Recuerdo muy bien la Alcaldía que, de estar la misma casa ahora, sería un atractivo turístico; así también la Iglesia, una joya arquitectónica que en 1700 se había logrado terminar, pero que lastimosamente un terremoto la destruyó completamente en el 2001.

Más tarde, el espacio que servía para amarrar los caballos se utilizó para edificar la primera escuela, la cual contaba con cuatro salones: tres para los grados y uno para la oficina de dirección. En esta misma escuela, mirando hacia el parque, se construyó un hermoso portal que, de haberse conservado, también habría sido un atractivo turístico de nuestro pueblo, al igual que la casa del gobernador, también derribada por un terremoto, pues era lujosa, tenía losa, cerámica y otras novedades traídas desde España… Los que pateamos los 60 años y más, nos acordamos de los vestigios de esa casa de gruesas paredes ubicada en la esquina donde hoy vive nuestro buen amigo Julio Tobar.

Mi Abuelita nació en el último tercio de 1800; lo que sus antepasados le contaban de aquella época, no era fácil de olvidar. Ella repetía que lo que hicieron con su familia también lo hicieron con otras, éstas fueron “instruidas” por los recién llegados. Eran varios los cacicazgos, y a cada uno ellos le designaron un apellido español; ella me contaba esas cosas para ilustrarme, me dijo “Yo dependo de dos cacicazgos, mi papá pertenecía a los Arévalo y mi mamá a los Avelar, por eso me llamo Justa Rufina Arévalo Avelar…” Yo cuento lo que estuvo a mi alcance en aquel momento.

En esa misma “treta”, como decía ella, me contaba sobre la llegada de los españoles… Como ya dije antes, llegaron de forma aparentemente pacífica y que se abocaron a la gente pensante para enseñarles lo nuevo que traían… Así fueron enseñando su doctrina, el cristianismo, y su idioma, el español… También su forma de vida y a cómo mejorar sus casas poco a poco.

Mi abuelita era descendiente de dos cacicazgos como ya expliqué; según contaba ella llevaba todos los rasgos físicos de la merita raza nativa, además era inteligente, pues aprendió a leer y escribir, y tocaba instrumentos musicales, especialmente la guitarra y el violín.

Respecto a la familia, contaba ella que cuando joven en su casa eran nueve hermanos: Gregorio, José, Herminia, Jesús, Serafina, María, Francisca, Cornelia y ella, Rufina, quien se casó con Don Toño (Antonio) Saz… Además, estaban su mamá y papá, sumando un total de once miembros. Cada uno tocaba un instrumento musical, y todas las noches después de la tertulia, se ofrecían para sí mismos un pequeño concierto…

Pero lo que quiero destacar es que en aquella época, y quizá en todas, la gente señalaba a las familias con un mote… por lo que era, lo que hacía, o en lo que se destacaba… en el caso de la familia de mi abuela, eran siete mujeres, por lo que les llamaron “Las niñas Arévalos”, conocidas porque hacían varias cosas para vender, desde dulces y pan, hasta adornos y mortajas para muertecitos, también candelas para los muertos grandes, etc…

Pero regresando al tema que nos ocupa, pues parece que estoy perdido en el océano de cosas que quisiera contar, les explicaba que mi abuelita no perdía ocasión para contarme una historieta, por ejemplo, la del por qué San Andrés es el patrono religioso de Apaneca; ella me decía: “Fijate que, a San Andrés, un apóstol humilde, Jesús lo llamó cuando era pescador y pronto se convirtió en un fuerte pilar para la Iglesia y viajó por el mundo predicando la fe… La historia cuenta que fue tan humilde que ni siquiera quiso morir como su Maestro Jesús, y expiró en una cruz en forma de X en tiempos del poderoso Imperio Romano… En Apaneca se quedó para ser nuestro patrón espiritual” ¡Buena terapiada me metió mi Abuela!

Volviendo al tema de los españoles, ella me contó que llegaron para cambiarlo todo; las calles, que en realidad eran veredas, ellos las hicieron anchas; las casas, que eran bajitas y de paja, ellos las hicieron altas, de adobe y teja; el transporte, que se hacía a lomo, fue sustituido por el caballo, los bueyes y la carreta; los dioses, como el sol, la luna y la lluvia representados en ídolos de barro, fueron sustituidos por imágenes de sus Santos… hasta los sacerdotes nativos fueron sustituidos por misioneros católicos que se encargaron de inculcar la fe cristiana. De hecho, me dijo que después de llegar a un territorio, dejaban a un sacerdote para que con la ayuda de la gente construyera edificios para la casa de oración o Iglesia, por lo que no tardaron en necesitar madera… Un día, talando un hermoso árbol a unos 30 metros de donde se había elegido para construir, se encontraron con una hermosa imagen… se trataba de San Andrés… El hallazgo fue sorprendente, y para creer más en esa historia, la imagen actualmente lleva en la espalda la marca de un hachazo que el imprevisto labrador le dio al descubrirlo; desde ese día, a la fuente que abastecía de agua a la población, se le llamo San Andrés. La imagen fue llevada con alegría, bombos y cantos hasta donde hoy está, en la Iglesia… allí quedó como el “Señor”. Quienes conocemos el lugar y la imagen nos quedamos asombrados, más aún, porque en esa época estábamos chiquitos.

Cuenta la leyenda que los moradores se postraron, veneraron y hasta le pidieron perdón por el hachazo que le dieron al momento del hallazgo. Desde entonces, está en el altar mayor de la Iglesia, haciéndole milagros o “volados” en nombre de Jesús cuando así se le pide. A él le pedimos también consuelo, esperanza, entereza y tanto cuando necesitemos.

Esos tiempos sí que eran maravillosos. Contaba mi abuelita que las familias vivían dispersas; en cada manzana de tierra asignada para vivir, había una y a veces hasta cuatro familias; en las casas con grandes patios se cultivaba lo necesario para la comida… no faltaba el jocotón, el naranjo y varios palos de guayabo a escoger… pero también había un espacio grandecito de terreno con una superficie dura donde se amontonaba el maíz y aporreaba el frijol… también había gallinas y tuncos sueltos por todas partes. Algo que lamentaríamos hoy en día, es que en aquella época la gente estaba acostumbrada a no tener servicios sanitarios – como los conocemos hoy – sino que las necesidades básicas se hacían al aire libre.

Quiero destacar que la tenencia de la tierra casi era pareja, cada quien tenía donde cultivar maíz, frijol, frutas, caña de azúcar y más… Estaban también las tierras comunales que eran administradas por la Alcaldía y la Iglesia… “Todo era florido”, me decía mi abuelita, “Había que celebrar la abundancia” y… es así como a finales de noviembre de cada año se le daba gracias a Dios por la cosecha y a San Andrés por interceder… Es así como nacen las fiestas patronales de Apaneca, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.

Vale la pena destacar que aquella época era de abundancia y que ahora es de escasez, pues a veces no tenemos ni para montar a las “ruedas” en las fiestas a los cipotes, ni para comprar una tusada de pasteles Estebana.

Todo lo que antes se hacía durante esos festejos tenía razón de ser… Porque hasta los tamales y la chicha, debían ser hechos con masa nacida acá en el terruño… Las guitarras elaboradas en el pueblo y los músicos también debían ser nacidos aquí… En las carreras de caballos, que las bestias y los jinetes hubieran nacido en esta zona, era igualmente importante.

Algo que se me quedaba en el tintero y que en una ocasión pregunte a mi abuelita fue: ¿Es cierto que los españoles eran malos y que mataban a nuestros nativos? ella me contesto: “No podemos hablar tan mal de los españoles que vinieron acá… porque quizá no todos fueron malos, y a esta fecha todos estamos requete revueltos; los blancos poco a poco se fueron revolviendo con los canelitos y el resultado fuimos nosotros”.

Yo de curioso, le pregunté en otra ocasión sobre el exterminio de nuestros nativos, ella sobándome la cabeza me dijo: “Claro que sí hubieron algunos malos, pero esos no pudieron vivir entre nosotros y se fueron; los buenos se quedaron” y volvió a poner el ejemplo de ella misma: “Mira yo, hija de dos nativos, me casé con un español, Antonio, hijo de dos españoles que vinieron acá; así aparecieron ustedes en esta tierra; y por eso también ustedes unos salen cheles y otros negruzcos”.

El exterminio aquí sí existió entre todos aquellos que se “portaban mal” y no se sometían a su ley; pero también hubo otra forma de exterminio, el de aquellos que poco a poco perdieron sus territorios y empezaron a sufrir al convertirse en asalariados dentro de su propia tierra, porque los españoles se apropiaron de ellas; además, los ibéricos no eran sanos del todo, ellos trajeron muchas enfermedades que mataron a nuestros nativos… Desde entonces nosotros seguimos luchando contra esas enfermedades.

LAZAU

UNA HISTORIA QUE NO DEBE QUEDAR OLVIDADA

Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.

Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.

El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.

¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.

En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.

Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.

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Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo

No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.

1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.

Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.

Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.

En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos,  y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.

La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.

Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.

A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de  la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios  botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».

“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.

Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.

Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino-  y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».

Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.

En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.

Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»

A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto  Sánchez (el ayudante).

Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.

«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo  y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»

«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«

Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”

Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).

«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».

Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”

En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!

A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.

Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.

Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.

En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.

Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.

“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.

Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.

Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.

Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.

Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.

LAZAU.

La obra de un sacerdote

Si el hombre no escribe la historia se acaba; yo veo con preocupación que muchos hombres han pasado por aquí, han hecho obra y su recuerdo se desvanece lentamente.  La obra física de aquel se destruye por el que sigue y no queda nada… ni la obra espiritual… por consiguiente no queda ni el recuerdo, porque la una va de la mano con la otra.

En esta ocasión enfocaré mis añoranzas en un personaje ya olvidado, cuya obra incalculable puesta en la mesa para juzgarla, no deja nada que desear con la de cualquier sacerdote que haya pasado por la parroquia de Apaneca. Lo conocí junto con mi edad porque el bautismo de él lo recibí, que por cierto fue en Juayua porque ese día le tocaba dar sus servicios allá. Cuando ya tuve siete años talvez, empecé a oír su nombre: Excelentísimo y Reverendísimo padre Excequiel Golón, que dicho en familia era el “Padre Golón”. Era pequeño, de 1.60 metros talvez, gordito pero fortachón; su raza de pura cepa era de algún cacicazgo quiché; con sus ojos negros saltaditos y por supuesto, no era blanco; tenía un semblante dulce blandito en su cara que daban ganas de acercársele y ser amigo de él. De lo demás no lo sé, solamente su sotana negra con las manos metidas en las bolsas tocándose la barriga, un sombrerito de pelo negro y sus zapatos bien lustrados.

De su escenario diario lo recuerdo muy bien. La iglesia y el convento imponentes entonces en la punta de un cerrito, rodeado en toda su extensión de cipreses pequeños y arreglados que daban a las calles, sin quitarles importancia, mística religiosa; así como la conocieron antes del 11 de enero del año 2001… me refiero a la iglesia, solo que al frente las gradas escalonadas eran lineales desde la puerta hasta la calle y en medio había una cruz que llamaban Del Perdón. El convento estaba en el mismo lugar de hoy, con la única diferencia que las paredes eran de adobe y el techo con tejas; el espacio era reducido porque al poniente había de todo: lugar para tuncos, caballos, gallinas, palomas de castillas y para guardar leña, también jaulas para encerrar gallinas y patos. Una vez recuerdo muy bien que el padre tenía una jaula especial en la que había un tunco de monte y en otra un micoleón que habían sido traído de las montañas de Guatemala, pues el padre era de allá, de Antiguo Guatemala y todos los años viajaba para ver a sus hermanas. De vez en cuando llevó a mi papá cuando todavía se pagaba medio pasaje. Contaba él que la familia del padre era especial y que vivían como los grandes y educados, como los santos de misa diaria… modales aprendidos sin duda de los españoles, pero con carácter y principios de sus antepasados los quichés.

En Apaneca yo lo oí predicar, especialmente en Semana Santa que hasta le sacaba las lágrimas a la gente, lo único que no logro es que los hombres se sentaran con sus mujeres en las bancas de adelante… pero también predicaba con el ejemplo y les voy a contar el que me sé y el más palpable.

Mi abuelita por el lado de mi papá murió y dejaba a sus cuatro hijos Cándida, Fernando, José Domingo y Mercedes todos huérfanos… mi abuelo que no pudo con la carga… se la paso a una hermana que se llamaba Rufa o Rufina Calderón…como ella carecía de recursos, el Padre Golón se dio cuenta y llegó varias veces para pedir a uno de los dos varones…  la Rufa al fin de tanto insistir accedió y le dio a Fernando… él se lo llevó y le enseño muchas cosas importantes de la época… Con el padre mi papá aprendió a leer y a escribir, algo que le facilito el aprendizaje en otras áreas. Para aprender el oficio de la carpintería le puso de maestro a Chon Paredes, que le valió a mi papá para trabajar por el resto de su vida.

En uno de esos viajes a la Antigua Guatemala el padre Golón trajo una marimbita, con su contrabajo y todo lo necesario para que junto a mi papá, aprendieran a tocarlas otros jóvenes; y es así como estuvieron ahí José Barahona, Bertín Valladares, Chemita Rivas y Chemita Mendoza, quienes entusiasmados también aprendieron solfa con Don Luis Calderón, músico notable que vivía en la casa que queda en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la calle Francisco Menéndez y que hoy es de Teto y Beto Calderón.

En esa casa Don Luis había formado su propia academia y sus primeros alumnos fueron sus hijos: Luis, Héctor, Arturo, Osmín y Ángel; las hijas Lidia, Olimpia y Tila cantaban generalmente en la cocina con su mamá, pero también cantaban en la iglesia. Además, asistían Víctor Aguilar, Chemita Mendoza, Juan Ruiz, Antonio Arévalo, Guillermo Vides, Gavino Morales, Teno Morales y por supuesto no podía faltar el hijo adoptivo del cura Nando Calderón. Con esos alumnos formo un gran orquestón, aunque también don Luis tenía un marimbón que se llamaba La Princesita que competía con otra marimba con gran talante llamada Imperial, propiedad de Don Rafael Puente Luna.

Yo recuerdo muy bien que mi papá llegó a viejo y siempre que hacia algún trabajo o se encontraba solo tarareaba, y yo le preguntaba qué hacía, y él me contestaba: “Es tarareo para que no se me olviden las lecciones y canciones viejas que Don Luis nos enseñaba, porque fijate que antes para aprender una canción se iba a Guatemala a pie o a caballo y raras veces en tren para traer el disco y las copias en solfa”. Así le oí tararear a María Bonita, Sueños a María, Alejandra y un tal Gato Enamorado… ¡Ah! … pero había otra, la Vaca Lechera que cantaba muy bien Guillermo Vides cuando le tocaba y decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, ¡Ay que vaca adorada!… me da leche condensada… tolón… tolón… tolón… tolón”.

Mi papa solo tarareaba y medía los tiempos y compases con las manos y el zapato… pero no cantaba para nada.

Lo bueno es que el padre Golón puso la semilla y el incentivo para que los muchachos aprendieran y se mantuvieran cerca de la iglesia, ayudando a prestar un mejor servicio a los fieles y sobre todo alejados de los vicios… Había entusiasmo y la gente acudía más a la iglesia… mi papá siempre estuvo allí de acólito junto al padre, se vestía de saco y de corbata ¡Bien estirado! y los otros allá atrás en coro contestándole al padre parte de la liturgia que, aunque no sabían qué contestaban porque era en latín… ellos hacían la cacha… Cuando el padre decía per omnia secula seculorum… Amén contestaban ellos, pero no sabían qué era eso… A veces se equivocaban al contestar, pero como la gente tampoco sabían latín… daba lo mismo.

Después de cada servicio importante el padre los invitaba a comer, por supuesto la niña Tomasa ya sabía y preparaba suficiente comida para los muchachos.

Por esa misma época el Padre trajo otro muchacho de Santa Ana que se llamaba Manuel Castaneda – que dicho sea de paso era mi padrino de bautizmo – pero él era más “caché”, más planchadito y pavoneado cuando se le quedaban viendo las muchachas… Para entonces el Padre trajo un carrito usado como los que se usaban en la época… a Manuel el padre lo puso a aprender a manejarlo, que le sirvió porque de eso trabajó toda la vida. Desde entonces Don Nando Calderón tuvo que compartir todo, hasta el afecto del padre y la gente que frecuentaba, pero supieron vivir como hermanos…

Para entonces ya Don Nando hacía altares, reclinatorios, puertas, sillas, mesas y todo lo que fuera de madera, pero también la necesidad de conocer a las muchachas las cuales se convirtió en una tentación para los dos hijos adoptivos del Cura.

Cuenta Don Nando que junto con todos los muchachos que tocaban la marimba, un día que el padre se fue lejos, la sacaron para ir a dar sus serenatas y les fue muy bien; cuando regresó el padre y se dio cuenta… se enojó tanto que tomo un hacha y junto con palabras dichas a medias la hizo pedacitos sin dejar una pieza que se pudiera remendar… Quizás pensó que se estaba perdiendo en los vicios a sus muchachos porque no podía ser otra cosa… Como ven, así como era de dulce su genio, también era amargo y recio en sus determinaciones cuando se enojaba.

Otra vez que también salió lejos y no estuvo por la noche… el micoleón que estaba enjaulado se salió cuando Meme y Nando estaban dormidos; el animal rompió las tejas y el cielo falso del cuarto… y… les cayó encima agarrándolos a mordidas con todo y chivas: El animal endiablado alborotó las cosas y hasta rompió el armario y la ventana del cuarto por la que salió. Por la mañana cuando el padre llegó, el animal ya había buscado la jaula y estaba ahí quietecito; el padre indignado otra vez mando a llamar a unos gitanos que habían llegado por ahí con su circo y les dijo ¡Llévense ese animal… se los regalo!

Lo mismo pasó con el tunco de monte… se lo regalo a mi abuelo… mi mamá y yo se lo llevamos, él nos estaba esperando en su casa en Quezalapa donde vivía en la finca La Bellota… mi abuelo disgustado porque en el camino mordió a mi madre en la pierna, lo puso paradito en una piedra y con el fusilito le metió un balazo en la frente.

El padre era incansable y yo solo anoto lo poco que se… habrá personas que sabrán más de su obra… pues que aumenten lo mío… A mí me da mucho sentimiento que hay cristianos que se mueren entre pompas y atavíos sin haber hecho nada de valor… le ponen el nombre de ellos a una calle, a una cancha de futbol, a una escuela, o a un parque… y tal vez no lo ameriten.

El padre Golón sí que hizo obras, unas de inmediato y muchas a largo plazo, como lo que hizo por los dos muchachos adoptados Fernando y Manuel, quienes crecieron, se fueron y buscaron otra compañía. Para ese entonces el padre trajo, quién sabe de dónde, a un cipote que se llamaba Tomás en coincidencia con la señora que hacía la comida que se llamaba también Tomasa.

Tomás era grandote, tenía como 12 años, era moreno y de complexión fuerte. Lo mandó a la escuela, porque para entonces ya existía, y a puros empujones apenas aprendió a leer y a escribir. El padre lo ponía a barrer y a trapear, pero lo hacía muy mal y a la fuerza… no lo hacía con gusto… solo le gustaba repicar para la misa, pero más que todo a “doblar” cuando había un muerto porque así pasaba largo tiempo encaramado en el campanario… Hasta bastante comida llevaba, dulces y otras golosinas para estar comiendo con otros cipotes que eran de su agrado. A mí me daba mis moquetes… porque estaba chiquito… pero no era del todo malo conmigo porque me dijo un día de tantos: “Te voy a enseñar una cosa” y como no queriendo hacer ruido me llevo a un rinconcito entre dos paredes que hacían esquina… y… con las uñas rascó el suelo… ¡No lo van a creer! Allí tenía el pisto enterrado que se robada de las limosnas… y algo más, pues abría las alcancías de los Santos de la iglesia… yo me quedé estupefacto, con un gran nudo en la garganta y una cosita que me corría por todo el cuerpo que me erizaba los pelos…  y esto no terminó aquí… me tomo del brazo otra vez y me llevo a otro rinconcito… movió la tierrita de encima y allí estaban las monedas de todas las denominaciones… Me puse lo mismo… que no podía ni caminar… ¡Estaba tieso!… ¡Idiota! de tal manera que yo no sentía nada a mi alrededor… Así me fui para mi casa y solo oía y veía el mismo episodio de aquellos momentos…esto se repetía pensando… Los bocados de comida de la cena se me atravesaban… y por la noche no podía dormir… por la mañana siguiente lo mismo… y así pasé varios días hasta que al final un día se me vino la idea de robarle a él… la tentación fue tan grande que lo hice… fui… y cuando Tomás no estaba, con una gran tembladera de canillas rasque el hoyito y agarre mis dos puñados … quite las señas… le eche tierrita, como si nada había pasado… Me fui al otro entierro e hice lo mismo… así moviéndome saltadito para no hacer ruido… Otro rato me fui para mi casa emocionado con mi proeza… busque un botecito… lo llené con las monedas y lo enterré atrás de mi casa… ¿Cómo no iba a estar emocionado? si en esa época con dos reales o veinticinco centavos se compraba una chibola o gaseosa con semita donde la niña Chana Ascencio de Carías, diez leche burras donde la niña Refugio de Portillo y un gajo de guineos de donde niña Evita Posada de Arévalo y quizá todavía con el vuelto, se compraba tres helados de leche donde la niña Esterlinda de Arévalo.

Así   pasaron muchos días… y lo mío terminó cuando noté que mi entierro de la casa no abundaba… pues mi papá ya se había dado cuenta y además Tomás también ya había cambiado de lugar sus escondites. Cuando mi papá me llevo de las orejas donde el Padre para que explicara mi culpa, solo estaban las señas… Todo se puso color de hormiga cuando el Padre Golón intervino… llamo a Tomás… Lo puso hincado ante su mirada y le sacó la verdad, lo castigó duramente por varios días… le puso tareas difíciles haciéndole sentir que tenía que reparar el daño y algo más… para que tomara conciencia del pecado… A mí no me pusieron castigo porque “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Tomás siguió con el padre haciéndole compañía, ayudándole a los quehaceres diarios y a repicar las campanas.

Yo recuerdo muchos momentos y costumbres del padre, como la comida por ejemplo…y en lo que a mí me concierne, allí comía mucha verdura, especialmente zanahoria con azúcar que no mucho me gustaba. Otro detalle importante eran los vitrales de las ventanas que daban al jardín y que eran de vidrio granulado de diferentes colores… Tan no hace mucho… después que han pasado los años, recibí un estímulo unido a la conciencia en mi paladar al ver unos vidrios que todavía están por allí… al mirar los vidrios, sentí los mismos sabores de las comidas que entonces nos daban, especialmente el de zanahoria con azúcar, que como ya dije, no me gustaba…un fenómeno psíquico relacionado con el Padre y esa época.

Lamentablemente el padre Golón fue trasladado a Chalchuapa … ya bastante viejo y cansado… y Tomás se fue con él. Me contaba mi papá que se fue llorando y muy triste porque junto con su obra dejo sus años mozos, su amor por la gente y también los recuerdos.

Dicen que por allá el Padre ya no fue el mismo… empezó a padecer y Tomás murió de una neumonía… Que mis palabras no le hagan ruido… que en paz descanse… El Padre también murió después y fue llevado a Santa Ana donde lo sepultaron.

Traigo a cuenta este relato porque a veces somos injustos y no le damos el premio a quien se lo merece como el Padre Golón, sino que el premio se lo damos al forastero… el que llena sus arcas y luego se va…

LAZAU

Don Miguel

Esta es la historia de una persona que yo no conocí, pero sí puso en movimiento mi cerebro y a latir mi corazón más rápido, por lo que la gente decía o contaba. Conocí también el escenario y los elementos esenciales sobre los que se movía la gente y personajes que ahí vivían. Me di cuenta además de la belleza y el desbalago del lugar, del entorno de la campiña de Apaneca, toda una belleza natural, verde y con pájaros volando.

Bien recuerdo el suelo tishcuitoso con señales o huellas por todos lados de animales domésticos como vacas, caballos, mulas, tuncos y gallinas, con un olor pestilente y húmedo del ambiente. Ahí abajo dos ranchitos de paja semidestruidos con parte de las vigas botadas y podridas, con los techos en el suelo y las puertas todavía a medio guindar. Enfrente de estos dos ranchos, había un tronconote con algunas ramas todavía del árbol que se fue muriendo poco a poco entre los cafetales y que aún estaban con cosecha en esos momentos de la historia.

Siguiendo el desnivel del terreno formando una vuelta hacia arriba a la izquierda había otro rancho todavía en función y al servicio de la casa grande. Era más moderna porque tenía techo de teja y las paredes de lodo. Pues allí vivían en la época que describo, la muy bien recordada por mí, Doña María Zambrano, su papá Don Joaquín Zambrano y su mamá Doña Mirtala Arévalo. Allí también vivían sus hijos Raúl, Chela y Tito con quienes algunas veces jugaba yo a Las Escondidas en los cafetales. También Simón y Betío que eran sus hermanos. Lo que he descrito hasta aquí es el casco del lugar que todos llamábamos Finca Castillo y que si la midiéramos tendría más o menos treinta manzanas.

El punto central de los hechos que pretendo relatar son los ranchitos de abajo en donde vivía Don Miguel Castillo y Doña Mercedes Arévalo, quienes eran dueños de la propiedad. Bellísima por cierto, enclavada entre el camino que va a Quezalapa y las faldas del volcán Chichicastepeque, cultivada totalmente por el café y guineos de todas clases que el mismo Don Miguel había trabajado. Solo había una franja atrás de los ranchitos, pegaditos al camino. Con bosque natural que conservaba como paravientos. Estoy hablando de un lugar que solo dista un kilómetro del pueblo de Apaneca.

Don Miguel según tengo entendido no era un hombre grandote, sino más bien mediano. Flaquito me lo imagino. A la esposa sí la conocí ya bien anciana. Era pequeña y delgada, con problemas de tiroides porque en aquel entonces no había yodo en el ambiente de esa región y las brisas del mar llegaban poco.

Don Miguel trabajó personalmente su propiedad… Parte la tenía cultivada de café combinada con matas de guineo y otra mitad con maíz, frijol y ayotes. Como no tenía hijos que le ayudaran, buscaba mozos a quienes les pagaba dándoles donde sembrar también su pedacito de terreno.

El caso de Don Miguel es que envejeció junto a su esposa muy limitado, pues con un huevito tibio, poquitos frijoles y tortillas comían los dos. Mientras por otro lado guardaba a su modo las monedas que ganaba por el producto que vendía. Dicen que como las paredes eran de lodo sostenidas con baritas, él hacía huequitos y ponía las monedas envueltas en tuza, y luego los rellenaba disimuladamente siempre con lodo. Así de ese modo Don Miguel manejaba su economía, no sería remoto pensar que ocupara el resto de su propiedad para ocultar mayores cantidades de dinero en botijas de barro.

Sus relaciones con la familia Zambrano fueron normales por cuanto eran considerados familia, es natural, ya que ellos cuidaban las pertenencias de Don Miguel y sustentaban su trabajo, porque eran ellos los mozos que ocupaba principalmente, ya que Simón y Betío eran familia de Mercedes su esposa ya que Doña Mirtala era su hermana.

A Don Miguel le llego el fin de sus días y enfermó; agonía que no se le desea a nadie porque la riqueza acumulada y mal heredada a quien no se lo merece, todos sabemos que ofende a Dios. Él tenía un sobrino que vino un día a visitarlo, era primera vez que lo conocía y como lo vio de saco, corbata y sombrerito de pelo, le regalo la propiedad. Esto significó que Doña Mercedes y todos los vivían en la propiedad se quedaron en la calle, sin nada. Los distintos dineritos escondidos quedaban a la suerte de quien no era su familia… algún día arando la tierra o por cosas del destino alguien encontraría su fortuna.

Para entonces mucha gente hubiera querido ser familia de Don Miguel, Doña Mirtala si lo era pues era hermana de Doña Mercedes, por eso vivían allí para hacerles compañía. Hubo una pareja de esposos, que la mujer era sobrina de Doña Mercedes, ellos viajaban para hacer su turno de cuido y de consuelo; pero según decía la gente, ellos llevaban cojines nuevos y almohadas para cambiarle la que él nunca quiso soltar hasta el día de su muerte… y esto queda para la imaginación del por qué nunca la quiso soltar…

Cuentan que había mucha gente cuando Don Miguel expiró, la mayoría estaba sentada en el patio en bancos improvisados, cuando un remolino de viento y una gran polvareda los envolvió… y fue el desparpajo de gente mientras un zopilote enorme bajó del cielo e intentó sostenerse en el ranchito…  y como allí no se pudo parar, voló al tronco del árbol viejo que se encontraba enfrente y estuvo descascarando con las patas… Pero tampoco se pudo parar firmemente y se fue… todos los que ahí estaban y no tenían nada que hacer se fueron y no volvieron… solo fueron a contar lo sucedido… algo nunca visto y aterrador. Los que decían ser sus familiares interesados y valientes vinieron al pueblo para llevar la caja, mortaja, pan, candelas y agua ardiente para velar a Don Miguel. Los tunantes y chiviadores o curiosos que al final de cuentas son los que aguantan, también se quedaron… pero todo fue normal el resto de esa noche, aunque estaban “culiyo” esperando un acontecimiento igual.

Por eso es mejor estar cerca de Dios, esto se logra haciendo buen uso de lo se tiene… ponerlo al servicio de los demás porque es agrado de él.  Si se tiene con avaricia Dios se aleja… y se queda expuesto a la tentación del demonio… la gente decía que Don Miguel tenia pacto con el diablo… yo no sé, solo escribo lo que oí… y de ser así que Dios se apiade de su alma.

Al día siguiente, nadie quiso ir al entierro y solo fueron los que estaban conscientes que era una obra de caridad… cargadores no había y como tales le toco al tío Quique Saz, a mi papá, a Simón y a Betío Escalante, a tal grado que solo iban cambiando de lado y haciendo descansos… en el camino se sumaron otros ya en el pueblo… poquita gente… flores a buscar… y mucho menos responso porque el cura rápido se enteró de lo que había pasado en la casa de Don Miguel el día anterior.

A mí me contaba mi papá y el tío Quique que ya lo habían enterrado unas tres cuartas cuando la tierra de encima empezó a temblar y se revolvía… y todos pensaron que el muerto había vuelto a la vida y quería salir… ¡saquémoslo! dijeron  todos, ¡ayudémoslo! dijo alguien  por allí… ¿Cuál fue la sorpresa cuando abrieron el ataúd? se encontraron a Don Miguel bien muertecito… con el cuello desgarrado como con uñas de un animal feroz… y sangraba de las heridas recientes… fue un susto tremendo… casi todos se fueron. Taparon la caja… le volvieron a echar tierra y sucedió lo mismo… solo lo pudieron enterrar hasta que fueron a traer al cura… le rezaron un responso… le echara el agua bendita… y otras oraciones que solo los curas saben hacer.

Todos aturdidos y consternados regresaron del entierro… contando tal suceso que creo que en Apaneca otro jamás ha sucedido.

Las nuevas generaciones desconocen estos hechos y que en su momento hicieron bulla. Muchos que idolatraban el dinero, se compusieron y trataron de poner su riqueza en función social. Pero ahora que hay bancos y diferentes formas de guardar el dinero, ya se les olvido que existe el bien y el mal; de la existencia de Dios, de que el hombre es una hechura a imagen y semejanza de él y que por eso debemos de respetarlo; pero no solo dándoles los buenos días, sino dándole de comer y de beber.

LAZAU.