Las Fiestas Patronales de Apaneca

Con una enorme bulla de música de banda, cohetes y bombas, comenzaban las fiestas patronales de Apaneca. Cada 26 de noviembre, daba inicio la algarabía en la que después del “serenatón” para San Andrés, la gente del pueblo se daba la gran hartada de shuco, y los muchachos salían en sus caballos hacia Chalchuapa vía Palo Verde, para traer al día siguiente al patrono de ese pueblo: Santiago o Santiaguito, como la gente lo llamaba cariñosamente.

Mientras caminaban por la montaña, en el pueblo esa misma madrugada, la cofradía se abría al público… De lo que yo me acuerdo y viví, es que Doña Marillita Mendoza de Tobar, la Cofrade Mayor, ya estaba lista con su comitiva para recibir las entradas que venían de todas partes; su casa, que era la cofradía, más parecía una colmena, pues no paraban de llegar gente durante cinco días.

Recuerdo muy bien que como yo estaba chiquito, todos los días me prendía en una entrada para echarme mi marquesote y mi fresquito de temperante [1] que tanto me gustaba… Con solo llevar uno o dos reales… y hasta cinco centavos… ¡Ya la hizo!… Además, también se podía llevar en especie maíz, arroz, café, candelas, y si no se tenía nada de eso, se llevaba incluso florecitas.

Había una gran actividad y alegría por las fiestas, pero lo que no sabíamos en ese momento, y quizá ahora muchos tampoco lo saben, era el origen de todo aquello.

Apaneca como todos los pueblos, dan gracias a Dios por los bienes recibidos todo el año, especialmente en la cosecha y en la salud. Lo que yo quiero destacar es por qué antes eran más alegres y más activas las fiestas que hoy en día… y es precisamente porque vivíamos mejor… había más ingresos… todos tenían acceso a la riqueza y, por ende, los beneficios eran mayores… lo que se traducía en una verdadera fiesta… con participación de todos y por algo. Era tan abundante la cosecha, que en las casas tenían por costumbre tener un patio de tierra dura para procesar los productos, y un rancho adicional para guardarlos con esmero; incluso con tabanco o empalizada en alto, a manera de casa con segunda planta para proteger los insumos más delicados.

También tenían otro rancho pegadito que llamábamos troja [2], dentro en el tabanco[3], se enseñaba a las gallinas a poner sus huevos y a empollar, y en la parte de abajo dormían los tuncos, las vacas y los caballos… Todo esto se ha ido perdiendo… hasta las ganas de trabajar… nuestros lugareños fueron perdiendo poco a poco sus herramientas e incentivos para ser felices y generar alegría a los demás… por último, perdieron su tierra y hoy en día no tienen nada.

Pero siguiendo con las fiestas patronales, el día 27 apretaba más la alegría porque venía Santiaguito; a eso de las tres de la tarde, las tracaladas[4] de gente ya estaban en el Modelo y por la Pila o Aldea Santa Clara – o mejor dicho la Aldea – buscando todos un campito donde pararse en lo más alto para ver el “topamiento” o saludo entre los dos señores, San Andrés y Santiaguito, y con música de banda por medio, cohetería y aplausos la procesión salía… Visitaban la Iglesia y la Cofradía, en donde se quedaban para el primer rezo… mientras que los que iban de a caballo, se iban a dormir unos y a comer otros… algunos a bañarse, porque según cuentan, no venían tan vírgenes como se fueron… Otros en cambio, cabal y sin demora iban directamente al guacalazo de puro maíz de cosecha… pues en ese entonces, a aquellos que ofrecían algún sacrificio a favor del patrono, no se les daba fresco de temperante.

Llegaba el día 28; al medio día era el encuentro del patrón de San Pedro Puxtla… en esta ocasión, la bulla era más disminuida… quizá porque el santo era de a pie… Iban los otros dos santos, San Andrés y Santiaguito a encontrarlo, y alguna vez que yo recuerdo, solito San Pedro llegó a la cofradía y con poca gente detrás… Luego después del encuentro, salían los tres entre cohetes y el musicón para el segundo rezo a una casa particular ya asignada. Ese día siempre han sido las carreras de cintas de caballos, y como cada quien disfruta con lo que le gusta, habría que preguntarle a Don Rigo Román y los muchachos de su época, qué se siente.

Así llegaba el día 29, el más esperado. A buenas cuatro de la mañana la banda ya estaba tocando la serenata acostumbrada en el kiosko del parque del pueblo… Cuando calentaba un poquito el sol, continuaban las entradas… El programa continuaba abundante… Ya Don Samuel Morales, aparecía por ahí con su desfile de personajes y animales con máscaras de palo que él mismo confeccionaba. Algo fantástico para uno de niño era el “palo ensebado”, y que la lucha por alcanzar el premio que estaba en la puntita hacía que se formaran chorizos de cipotes… Yo recuerdo muy bien a Mario Canoso que una vez llegó hasta la puntita del palo… En fin, había tantas cosas bonitas, como la famosa comilona que una vez ganó Saulito Calderón, y que fue a parar al hospital; otra vez Rubén Asencio, pasó enfermo con dolor de panza y a puras lavativas se recuperó.

De las ventas, era tradición que vinieran de todas partes; se vendía desde dulces, hasta chivas de lino y lana que los chapines traían… desde guineos fritos y pasteles, hasta tamales y pan con chumpe… Yo recuerdo a Doña Estebana, ella venía primero y era la última que se iba y… más tarde se quedó…

Casi todos guardábamos centavitos desde antes para subirnos a las ruedas que venían … Recuerdo que la voladora era la novedad y la ponían donde hoy actualmente está la alcaldía, que para aquel entonces era un terreno baldío… A la par estaba la escuela, donde ahora está el mercado… Frente al parque había un portal histórico que pertenecía a la escuela, donde se llenaba de ventas… De todos es bien recordado que para ese día todo mundo estrenaba ropa… y… por supuesto, había que darse un baño obligado, aunque estuviera nortiando.

Al entrar la noche de este día siempre se ha esperado, como hoy, la quema de pólvora; en aquel entonces se reventaban unos toritos cargados de cohetes y luces que asustaban a la gente y las espantaban… y todo mundo corríamos a un lugar estratégico para protegernos… por lo demás, había un castillo, bombas y cohetes de luces… Todo esto duraba unas pocas horas y nosotros quedábamos con ganas de más… Mientras tanto la música de la banda tocaba para la gente que paseaba por el parque… Los cipotes recogían varas de los cohetes quemados para hacer piscuchas… Los muchachos y las muchachas tequenteandose [5] para el gran fiestón, el más importante, pues había que ir de saco y corbata, y por supuesto con nuevo luck y perfumado. A las nueve de la noche, ya las marimbas La Imperial y la Princesa estaban sonando … Los locales en aquel entonces, eran las casas grandes y espaciosas como la de Don Tan Puente, la propia cofradía de Don Víctor Tobar, la de Don Toño Velis, la de Don Víctor Calderón… en fin…donde fuera más cómodo o adecuado… Yo recuerdo que cuando era chiquito, tenía la costumbre de acompañar a mi papá cuando él tocaba la marimba en alguna de esas fiestas, y cuando me daba sueño, me envolvía en el camisón de la marimba y me dormía en un rincón. Una vez en casa de la niña Chenta Batres de León, entre tanto tumulto me pasaron llevando y casi me destripan… ¡Salí chispiado! [6]

Los Historiadores [7] se organizaban en la Aldea de Santa Clara, esto no era más que una representación de la lucha entre los Moros y Cristianos, un evento histórico que los españoles recordaban en El Salvador aprovechando la alegría de las fiestas de Apaneca.

Toda esta algarabía no era posible sin la participación de ciertas personalidades que yo conocí de vista, oídos y por hechos… Como Don Víctor Tobar, que desde que yo tengo memoria era el cofrade mayor, al mismo tiempo era alcalde municipal y el curandero único de todo el pablado… un hombre tranquilo que inspiraba confianza y accesibilidad, dotes que le permitieron estar cercano a la gente… Su casa al mando de su esposa, albergaba todo el quehacer de las fiestas… ahí se generaban todas las actividades y por supuesto, ahí había un séquito de gente que sin ellas tampoco hubiera sido posible toda la organización… Allí en ese escenario, aparece la mamá Chenta Calderón, como todo el mundo la llamaba… pequeñita ella con su vestido largo y su huipil ajustadito, pero con una energía incalculable, encaminada a servir de una manera sonriente y graciosa… a tal grado, que se ganó el mote de Mamá para todos, sin que en verdad lo fuera. Yo la recuerdo muy bien con su pelito cubierto con una pañoleta que acostumbrada llevar y su magaya [8] siempre en la boca que de vez en cuando encendía… Jamás se estaba quieta… así flaquita como era, “iba payá”… “venía pacá”… siempre hablando y contenta… Por eso ahora nos hace falta.

Mi tío Beto Calderón hermano de Mamá Chenta, solo que él era grandote y fuerte, tamaño hombre que inspiraba respeto y autoridad… Él era el encargado totalmente de los tres patronos… responsabilidad que se ganó a base de perseverancia y dedicación en el cuido de los Santos… Su forma de vestir, impresionante para la época, parecía que le había robado el gusto a Santiaguito… Vestía como un militar con ropa de dril o de macartur color kaki bien usado; el pantalón era normal, pero la camisa manga larga que llevaba encima sin botón no tenía cuello, y con muchos botones grandes y metálicos que bajaban por su pecho… en su cabeza llevaba sombrero y caites en sus pies… Como los rezos de esos días no terminaba con las fiestas patronales, si no que seguían hasta el 25 de diciembre, el tío Beto se cansaba y se echaba la dormidita de día, porque todos los rezos eran en la noche… Creo que se había sacrificado mucho para ganarse el puesto… ya ni a su casa iba… y la niña Anita Guerra, su esposa esperándolo… A veces se daba una pasadita de día, porque de noche, allí estaba junto a los tres patronos… Usaba un palo lisito, como el cayado que usaba Moisés del Antiguo Testamento, pero no para firmeza sino para protección personal… por si las moscas un socón o pleito entre bolos… Usaba también un bolsón semejante a una cebadera donde guardaba sus cosas de uso personal o tamales que juntaba para llevar… Yo me acuerdo del tío Beto muy bien plantado allí toda la noche cuidando tres cosas: que a los tres patrones nada les pasara, que la limosna de cada Santo estuviera intacta, y que los rezos fueran cabales… porque eran tres rezos: uno al comenzar la noche, otro a la media noche, y el último en la madrugada. Lo más terrible para el tío Beto era cuando había pleito, porque después del rezo venía el fiestón con música de cuerdas o de marimba hasta amanecer, pero como no faltaba el guaro clandestino o la chicha por ahí, las cosas se complicaban. Una vez lo dejaron todo raspado y moreteado porque se lo pasaron llevando… Otra vez, recuerdo que se puso en forma de cruz con los brazos extendidos ayudado con el palo frente a las imágenes… ¡Los Patrones no! – decía a grandes gritos -… y como no le hicieron caso… les metió sus trompones… y pues … los sacó como cangrejos al patio de la casa.

Y así tantas cosas sucedían que habría que hacer un libro aparte para contar. En un mes, los tres Patronos se caminaban todos los cantones y el pueblo… así las rezadas… y las tamaleadas… Yo recuerdo cuando pasaban para Quezalapa, a parar donde tía Chenta de Gallardo… luego pasaba a Shucutitan, donde Doña Juana Calderón de Saz… al Palo Verde, donde los García… y a San Ramón, donde los Vallecillos… Nosotros decíamos al oír los cohetes a lo lejos ¡Oh! ¡Allá están los tres Patronos bien a tranca! Muchos iban a las fiestas, aunque no estuvieran invitados, otros porque su lujuria por ahí andaban bailando.

Algo no se me va de la memoria que yo mismo presencié… Una vez cuando tocaron los rezos en casa de Doña María Vallecillos, me fui detrás de la Chila Calderón, la Tanchito y la Chave Villafuerte, que eran las cantantes profesionales de los rezos de entonces… no podían faltar, de lo contrario el rezo no servía… Doña María como era la anfitriona, ella misma lo dirigía… y empezaba… “Padre nuestro que estás en el cielo… Cristina por favor atizá el fuego… santificado sea tu nombre…Cristina metele más leña al fuego…venga a nosotros tu reino… ¡Cristina! Cuidado con los chuchos… hágase Señor… cuidá los tamales… tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan de cada día… ¡Cristina te digo que espantés los chuchos!… y no nos dejes caer…” Y así en esa treta el rezo se hacía más largo, pero los tamales se cocían. Luego venía el reparto… al tío Beto era al primero que le daban… al mismo tiempo un trago fuerte o la guacalada para el aguante… y empezaba la fiesta… solo que más adelante había un paro para el siguiente rezo, y luego otro para el de la madrugada… De ese modo terminaba la noche.

Otros personajes que valen la pena mencionar es a Chente Morán y su hermano, encargados de principio a fin de reventar los cohetes y las bombas en las fiestas. Ellos sabían los momentos precisos que había que darles fuego; si alguno por ahí trataba de usurparles el cargo se disgustaban. Los dos eran personas humildes muy entregadas a su misión, ambos terminaron sordos por completo… aun así, ellos continuaron ejerciendo.

Otra presentación artística que aparecía en ese entonces era el Baile de la garza, que según entiendo, era organizado en el Palo Verde. Yo solo me acuerdo del cacastle [9] que simulaba la garza y que en todo su proceso solo pretendió divertir a la gente.

Pero una de las presentaciones artísticas más importantes fue la del “Baile de Herodes”, que daba que hablar porque daba mucha emoción. También estaba las “Pastorelas”, donde muchas veces participó Doña Sonia Madrid que hacía de angelito o romera; la pastorela era dirigida todos los años por Doña Ana Francia, famosa por su dedicación.

Lo importante de todo esto es la manifestación de fe que la gente vivía cómodamente, tranquila y en paz, lo cual se traduce en identidad alegre y atractiva.

Al final, el 25 de diciembre los Santos Patrones regresaban a sus respectivos pueblos.

Ya para entonces se contaba con un buen equipo de futbol, Cuatro Vientos se llamaba y se jugaba por amor y no por otros intereses, como suele pasar. Cada jugador se compraba su uniforme y sus zapatos… y cuando se iban lejos, el costo del viaje corría a cuenta propia… Los partidos se hacían por retos ida y vuelta. Yo recuerdo haber visto los juegos durante las fiestas; pues venía un equipo que se llamaba El Centenario, creo que era de Juayua, otro de San José la Majana, otro de Salcoatitán, y así solo buenos equipos que nos hacían disfrutar de un buen futbol…Los jugadores eran Víctor Aguilar, al que le decían “el negro”; Nando Hernández, llamado “mal hombre”; Sebastián, Felipe e Israel Vielman; Jando y Pedro Artero, eran exquisitos para manejar el balón; Julio Román y Pedro Saz o “patada de burro”, ¡Sí que le daban duro a la pelota!… Eso sí, había una bonita cancha, aunque pequeña, en donde hoy en día se encuentra una agencia de café de la compañía Lievees.

Otro del que no me puedo olvidar es del portero Pedro Ascencio, le llamaban “Muma”, famoso por sus atajadas que incluso fue contratado para jugar en la primera categoría con los Leones de Sonsonate. Por esa época, también empezaban a surgir como buenas defensas Pedro Morales y Rubén Ascencio, quienes hacía llegar la pelota de marco a marco, aunque éste último, rayaba y a veces ponchaba la pelota con las uñas, pues sus zapatos eran naturales.

LAZAU.

Referencias:

[1] En Apaneca, era un refresco de color rojo preparado a base de semillas molidas.

[2] En Apaneca, es lugar donde vivía la mula; ahí se le picaba la comida para que comiera durante la noche. También era utilizado para los caballos, incluso para las gallinas.

[3] Lugar arriba de la vivienda, ubicado por debajo del tejado, en donde se guardaba el maíz, frijol, todo aquello que querían proteger de la humedad y de los animales.

[4] Gran cantidad de cosas o multitud de personas de forma desordenada.

[5] En Apaneca, arreglarse – peinarse, bañarse, maquillarse – para una ocasión especial.

[6] Salir rápido.

[7] Baile de hombres con túnicas imitando a los españoles. Eran contratados para bailar en las fiestas patronales.

[8] Un tronquito de puro de tabaco.

[9] Armazón de madera para llevar algo a cuestas. En este caso el cacastle tenía la forma de una garza.

UN VALOR FRUSTRADO

Hasta diez chuchos tenía, a veces sueltos, a veces enjaulados o amarrados, pero con atención esmerada al igual que su escopeta la que limpiaba a diario y mantenía calientita con la ayuda del fuego de la cocina, ahí estaba junto a la de su padre colgada con mecates.

Frisaba los diez años y su educación crecía bajo el cuidado de sus padres; leía y escribía porque su hermana mayor era maestra y se lo llevaba a la escuelita del cantón… A su regreso compartía los oficios domésticos como preparar la leña, limpiar la caballeriza u ordenar las cosas de la troja, atender la vaca y el caballo, pero también acarreaba el agua y montado en la mula hacia los mandados en el pueblo… Hasta entonces los domingos acompañaba a su madre a la iglesia para participar en la misa.

Contaba ya con catorce años y entre los oficios caseros el más importante era cuidar los chuchos y su escopeta con un solo fin… Cazar.

Para entonces, allá por los años treinta a cuarenta, el volcán Chichicastepec, la Coyotera y el Quezaltepec, estaban cubiertos de vegetación virgen hasta llegar a las planicies; lo que hoy son cafetales, antes estaban cubiertos de árboles frondosos frisados con bejucos en donde gran variedad de especies animales subían y bajaban. Las ramas de los árboles reverberaban de pájaros que con sus cantos alegraban y con su plumaje adornaban el ambiente… Los frutos por todos lados solo de agarrar; ahí habían alaices, ciruelas, cotomates, escobos, tempisques, anonas, e infinidad de almendras suficientes para mantener vivos a todos los pobladores de la época sin tener que trabajar… Los animales grandes y salvajes muchas veces se equivocaban y llegaban hasta los patios de las casas. Cuando se tiene 14 años fácilmente se despierta la tentación de atrapar un animalito que se encuentre.

Pedro Alfonso se llamaba el joven que con grandes aspiraciones inclinó, demasiado quizá, su aprendizaje de tiro perfecto en la caza de animales.

Para entonces, Pedro vivía en una casa de campo con sus papás como era costumbre; la casa tenía una “salota” en el medio, propia para bailar, alumbrada con candiles y en un rincón la vitrola, muchas sillas en el entorno y en mesitas pequeñas varias imágenes de santos dentro de su respectivo camarín; en las paredes muchas fotos de familiares cercanos e importantes; en el centro del techo había un tragaluz protegido por una casita miniatura que volvía “plantosa” la vivienda; alrededor de la sala había en forma de caidizos varios dormitorios, la cocina, comedor y bodega; al frente un techo sostenido con pilares unidos con barandales y pasamanos para embrocarse y disfrutar del paisaje; en cada pilar había una cabeza de venado disecada y las paredes estaban tapizadas con cueros de animales, lo que hacía percibir la gran afición por la caza que se tenía en ese hogar…

Al poner un pie en el quicio de la puerta impresionaba ver el trofeo más grande… el cuero de un enorme tigre que una vez mataron entre varios tiradores porque – dijeron – asolaba la región comiéndose las vacas… Según cuentan, lo persiguieron sin descanso haciendo turnos matándolo finalmente poniéndole de carnada un ternerito.

Pedro Alfonso crecía llevando a cabo sus propias experiencias. Contaba su mamá que cuando se disponían a ir de cacería, encerraba a los chuchos y daba instrucciones de que cuando oyeran el tiro allá a lo lejos, los soltaran… Dicho y hecho, los perros salían ladrando en dirección del tiro… lo hacía de esa manera porque le hacían estorbo a la hora del tiro y como la presa una vez herida caminaba lejos o se encuevaba, los perros eran los encargados de encontrarla… Al poco rato, aparecía él acompañado de la jauría de perros y encima un enorme animal que compartía con familiares y amigos… Pedro Alfonso no aprendió estas hazañas solo, su padre también era un buen tirador…

Venado era la carne más común, pero la más apetecida era la tepexcuintle…  Contaba el muchacho que para lograr uno de estos había que caminar por la montaña buscando señales como cascaritas y pedacitos de almendras en el suelo, pues era señal de que ahí llegaba un tepexcuintle a comer… Al día siguiente había que estar ahí al anochecer y con amplia visibilidad hacia arriba y sin hacer ruido, cuando empezaban a caer los pedacitos de almendras, pegaban un solo lamparazo y a continuación el tiro. ¡Bongón! caía el animal… Para la caza del tepexcuintle no se ocupaban chuchos porque éstos lo asustaban y el animal huía internándose en lo espeso de la montaña donde se defendía y la caza se malograba.

También la montaña tenía sus misterios, una vez encerró los “chuchos” y ordeno que los soltaran al ruido del tiro de la escopeta, así lo hicieron, pero él no volvió…  se desorientó en la oscuridad de la noche y en lugar de coger el camino correcto caminó en sentido contrario; aturdido fue alejándose más y más… Al día siguiente lo encontró su padre con la ayuda de los chuchos cerca de San Pedro Puxtla… En otra ocasión pasó lo mismo, pero regresó solo al darse cuenta que estaba sentado a la orilla del Rio Tequendamas.

En el año 1932, a raíz de la sublevación indígena la comida escaseó; Pedro, quién tenía una hermana mayor en Juayua, fue enviado por su papá con provisiones y la esperanza de que trajera buenas noticias de su hija.

En esa ocasión, Pedro convenció a un soldado del ejército que le prestara el uniforme para ser retratado por su hermana, él quería aparecer en la foto con un fusil en alguna posición importante que lo destacara… Ya de regreso, iba feliz, el caballo volaba por el camino, no aguantaba las ganas de encontrar a alguien para contar su hazaña de la foto.

En aquel entonces para llegar a Juayua habían dos caminos, el directo que de Apaneca salía por el norte pasando por donde hoy en día están Los Llanitos, La Sierpe, Las Maravillas, Salitrillo y El Diamante; y el otro era por el lado Este Las Cruces, Tizapa, Los Alpes, Los Ángeles, El Ciprés y la Esmeralda por donde se llegaba a Salcoatitán primero.

Pedro venía contando que los soldados del gobierno le contaron que habían intentado llegar hasta Apaneca por allí para sofocar una sublevación que no había, pero que en una cuesta empinada se atascaron los camiones haciendo que regresaran, evitándose así una matanza. Unos poquitos llegaron a pie y mataron a dos cristianos solamente porque llevaban el apellido Sánchez. Pedro contó también que en Juayua vio que los muertos eran llevados en una carreta tirada por bueyes como si fueran pante de leña, algunos no cabían y llevaban los pies colgando; otros estaban en las cárceles esperando su turno para ser fusilados. Contó también que el suelo del parque estaba embadurnado con sangre, las moscas volaban por todos lados y que los corozos quedaron picoteados por los balazos del ingrato ajusticiamiento a campesinos indígenas. También dijo que por allá se decía que ya traían a otros que habían agarrado.

Pedro estaba atragantado y no paraba de hablar de lo que vio durante el viaje en compañía de su caballo “Calenturo”. Tenía 17 años y no pudo pasar a la siguiente etapa de la vida; todos sus sueños fueron truncados al no estar preparado para vencer los obstáculos que en esa edad se presentan.

Se enamoró perdidamente de una de las tantas muchachas que lo admiraban; se armó de valor, y creyendo que ya era hombre, se la llevo, pero no con la anuencia de los familiares de la muchacha, especialmente de la mamá; Por lo que, cuando Pedro se encontraba feliz creyendo estar en el paraíso, llego de repente la señora madre y tomó de la mano a su hija y se la llevo de nuevo a su casa.

El joven Pedro que se encontraba en la etapa en el que solo se piensa en sí mismo, se es egoísta, y no se piensa en que hay otras personas que han pasado por el mismo caso y les duele; en fin, una etapa en la que se actúa más con el corazón que con el cerebro; se sintió herido en su honor y no atendió consejos; anduvo por todos lados montado en Calenturo, fue a su casa, no quiso comer, solo tomó un poco de agua, medio escucho las palabras de su padre, pero su alma estaba por otro lado.

Los chuchos desperdigados y muy inquietos aullaban como mirando al cielo; los metió en la jaula, pero no dio órdenes como en otras ocasiones; entro a la cocina, bajó la escopeta y se la cruzó en la espalda, luego salió de nuevo montado en Calenturo que lo estaba esperando ansioso mordiendo los caramelos del freno y pateando fuerte el empedrado del patio.

No iba para la montaña, sino para el pueblo… En el camino hacia Quezalapa a muchos amigos encontró… pero llevaba tan grande pena que ni siquiera los vio… En el pueblo lo mismo, no era él… Llegó a la esquina de la casa de la novia… Amarró el caballo… Se subió a lo inclinado del terreno de enfrente… Con una pita amarró el gatillo de la escopeta… Se quitó el zapato derecho… Se puso el cañón en el cuello… Y con el dedo gordo del pie halo el gatillo…  Se arrancó la tapa superior de la cabeza echando a volar los sesos y poniéndole fin a su vida.

El velorio, las condolencias y todo lo demás se hicieron en el pueblo en la casa de sus tías… Al día siguiente el entierro y… ¡Que sorpresa para la gente! los chuchos rompieron la jaula durante la noche y aparecieron allí para acompañar al difundo…Caminaron al cementerio en la procesión fúnebre, debajo del ataúd. Calenturo en cambio se fue atrás de la gente… Se terminaron las exequias, pero la jauría de perros se quedó en el cementerio sobre la tumba de su amo… La gente les llevaban agua y comida, pero los perros se fueron desvaneciendo con el tiempo y murieron. Yo conocí a uno de los perros que se llamaba “rol”, viejo y gordo de color café que asustaba porque dormía en un cajón y padecía de convulsiones… Cuando le daba un ataque, se oía como tambor con disonancia.

De esta historia podemos aprender que todos pasamos por esta etapa de la vida, quizá la más difícil de todas, de donde solo se sale bien si se está preparado.

LAZAU