Allá en Francia nació una luz que alumbraría a un sector de desposeídos por una sociedad ingrata en el año 1189. Estoy hablando de Pedro Nolasco, cuyos padres trabajaban de hacer pan. Luego de Francia se trasladaron a Barcelona, donde Pedro aun siendo niño ayudaba a su padre a repartir el pan… En ese trajinar, siempre le ponía una carga de pan para que fuera a dejarlo al penal que estaba en el centro de la ciudad y repartirlo entre los cautivos que ahí se encontraban. Es ahí donde Pedro ve el sufrimiento de las personas que ahí pernoctaban y se lo guarda en su conciencia de niño para toda la vida: la necesidad de que más allá de darles un pan, había que comprarles su libertad.
Y es que en esa época los árabes mahometanos habían invadido Valencia, que está muy cerca al sur de Barcelona, por lo que tomaban cautivo a todo aquel que no estaba de acuerdo con su presencia, por eso es que los centros de detención estaban abarrotados. Estos cautivos habían tomado como patrona a la Virgen María, y todos los 7 de septiembre iluminaban las ventanas de su prisión con farolitos que ellos mismos confeccionaban, celebrando así el supuesto día de su nacimiento. Esta imagen también se quedó en la conciencia de Pedro en aquella época.
Pedro Nolasco creció y se hizo un hombre de bien. Siendo un seglar comerciante, ya no de pan sino de telas, se trasladó a la ciudad de Valencia y tuvo éxito en los negocios ganando mucho dinero; fue entonces cuando desenfrena aquel sentimiento que traía desde niño y comienza a comprar cautivos a los mahometanos… toda su fortuna se la acabó en la compra de éstos. Luego volvió a Barcelona, y ahí se unió al ejército de los Albigences (de la ciudad francesa de Albi) dirigidos por Simón IV de Montfort, para defenderse del ataque cuando los mahometanos intentaban avanzar a territorio francés.
Después de todo, funda la Orden de los Mercedarios en Barcelona en el año de 1218, en un inicio, con la intención de formar un ejército y combatir a los mahometanos, pero luego se dio cuenta que era mejor convertir la Orden en favor de la fe y tomar como protectora a nuestra Señora de la Merced como redentora de los cautivos. Siendo seglar, Pedro Nolasco compró la libertad de 3,920 cautivos, y con la Orden pidiendo limosna logró la libertad de 70,000.
La Orden creció en toda España y en tiempos de la Colonia también floreció en América. Se construyeron templos y conventos, y con esto, implantaron las tradiciones propias como vestir con su hábito color blanco y la tradición de que en el pueblo donde se establecían, toda la población debía poner en sus casas un farolito en honor a la Virgen y a su fundador, ahora santo, San Pedro Nolasco cada 7 de septiembre.
Cuando yo era chiquito recuerdo haber visto todo mi amado pueblo de Apaneca lleno de farolitos en las puertas y ventanas de las casas, y luego la gente los guardaba para el año siguiente. Mi padre como era carpintero hacía muchos por encargo… son recuerdos bonitos que no se me olvidan.
A veces vivimos como simples sujetos en esta tierra; jamás nos hemos preguntado quiénes somos, ni por qué estamos aquí, ni con quiénes vivimos, ni desde cuándo; en otras palabras, no nos cuestionamos sobre cuál es nuestra historia.
Lo que les voy a contar no son conjeturas solo mías, sino es lo que mi abuelita me contaba a deshoras de la noche o cuando íbamos por el camino.
Contaba ella, que Apaneca no era como hoy se conoce, y que su nombre original era Apanehecath (Río de Viento); decía que el mayor centro poblacional estuvo detrás del cerrito “Para librarse de las correntadas de viento que por ahí pasaban”, y que se movieron donde hoy está el pueblo, cuando en un invierno copioso se desprendió un pedazo del volcán Chichicastepec (Cerro con hojas que pican), sepultando a todos los moradores de ese lugar llamado hoy en día Tizapa (El nombre original fue Tizapán , porque ahí las aguas estaban retenidas en tiza-y-pan, que significa encima). Testigos de ese suceso fueron las “Piedras Topadas” que desde esa época están ahí.
Se supone que ahí terminó una época en la que se perdieron familias, casas, gallinas, guaxolotes, tuncos, sembradillos y tantas otras pertenencias que los habitantes habían adquirido; además de sus dioses y tantas creencias que también quedaron sepultadas sin poderlas rescatar. Fue así que los sobrevivientes de aquella tragedia espantosa comprendieron que era mejor soportar el viento, que esperar otro desastre igual y decidieron pasarse al lugar donde hoy está el pueblo.
Recuerdo que cuando estaba chiquito iba muchas veces a cortar café a la finca Santa Leticia…y como en esas fincas la extensión es grande, había caminitos o veredas por todos lados; yo pasaba corriendo por uno de ellos jugando de carrito y solía pararme en una piedra puntuda para impulsarme y correr más rápido; creo que aquel desastre llego hasta ahí…
Tan no hace mucho, descubrieron que esa puntita de piedra en la que yo me paraba, era la oreja de un dios que supuestamente aquellos adoraban…Esas piedras las sacaron con tractores potentes y las llevaron a la casona del dueño de la finca… Hoy me pongo a pensar que más adentro en lo profundo de la tierra, hay riquezas que son testigos mudos de nuestra civilización… En fin, lo que estoy tratando de explicar es que lo que mi abuelita me contaba, era verdad.
En otras ocasiones, curiosamente en otras pequeñas fincas de por ahí, encontré infinidad de tiestecitos y pedazos de vasijas que se supone los habitantes ocupaban como tazas, platos, ollas y cántaros, todos hechos de barro; además, encontré figuritas como caras que al parecer eran recuerditos de sus dioses que ellos tenían en sus casas para pedirles favores.
Mi abuelita decía que el terror en los que quedaron vivos fue tan grande, que se mudaron a un lugar más seguro, fue así que Apanehecath está donde está ahora. Ella decía que en aquel entonces nuestros abuelos ya eran inteligentes y que hasta cambiaron sus estrategias para ganarle al mal tiempo, como es el caso de la construcción de las casas que se hacían bajitas, tanto que para entrar en ellas había que agacharse…. Toda esa argucia se hacía para que los grandes ventarrones no les botaran los techos. Me explicaba ella, que se construían de hojas fuertes, más que todo de paja o zacate que ellos mismos cultivaban; las paredes se hacían con baritas y tapaban los portillos o rendijas con lodo; las mesas, que se llamaban tapexcos, y todo lo demás como las camas, estaban hechas de baritas de madera y no eran movibles porque las patas las fijaban al suelo. La comida la guardaban en un tapexco chiquito, que colgaba de las vigas de la casa para protegerla de los ratones, al igual que la carne, que la colgaban en dirección al fuego para que se ahumara.
Así vivieron los Apanecos en esta meseta natural, que no es más que la trompa de un enorme volcán que por el lado sur, sus faldas van a dar al Océano Pacífico. Ahí soportaron el enorme “Río de Vientos”, que según me decía ella, “Era capaz de arrastrarnos varios pasos hasta que encontrábamos un árbol para sujetarnos mientras el chiflón pasaba”.
En esa época las casitas estaban dispersas entre árboles frutales; por supuesto no había calles como hoy, sino caminitos o veredas entre rancho y rancho… Es de imaginarnos que así vivían todos los pueblos Pipiles de la época, con la idiosincrasia de vivir desconociendo cercos y mojones que señalaran sus propiedades, pues todo se hacía en comunidad.
La vida cambió cuando los españoles aparecieron… Mi abuelita me contó que llegaron en forma aparentemente pacífica… inteligentes diría yo, pues era lógico pensar que no eran tan pacíficos, sino lo que evitaron fue el derramamiento de sangre de ambos lados. También me dijo esa vez, que los españoles habían llegado para quedarse, y que enfocaron su conquista en la enseñanza, para de ese modo, educar a nuestros naturales en lo que a ellos les convenía, utilizando los cacicazgos o grupos de familias que, de alguna manera, ya eran entendidos o razonables.
Parece ser que a los españoles les gustó el lugar, por su clima frio y vegetación; sin duda, porque era parecido o mejor al lugar de su origen, porque pronto empezaron a llegar otras familias como los Márquez, los Tobar, los Ascencio, los Mendoza, los Melgar, los Puentes, los Menjivar, los Romanes, los Sigüenza, los Díaz, los Padilla, los Sánchez, los Mata, los Quezada, los Nájera, los Calderón, los Villafuerte, los Arévalo, los Madrid, los Herreras, los Saz, los Olivares, los Flores, y muchas más familias cuyos hijos buscaron parejas, prefiriendo algunas veces a muchachas o muchachos nativos… Así nacimos nosotros entre oscuro y claro… y nos llamaron mestizos. Así las familias se fueron acomodando… y así seguimos… indefinidos todavía.
Establecida la confianza entre nativos y españoles, estos últimos instalaron un gobierno a su gusto, es decir, nombraron a un Gobernador o Alcalde Mayor, que según me dijo mi abuela, el primero fue de apellido Quiñonez, quien se rodeó por supuesto de otros para asumir las diferentes funciones.
Fue entonces que se diseñó el poblado en calles y avenidas, y sus habitantes fueron repartidos en lotes grandes. Lo más importante fue establecer un parque en el centro… al oeste o poniente de éste edificaron la alcaldía; al norte, un caserón que se ocuparía como Iglesia; al este u oriente, pasando la calle principal, quedó un lote grande que servía en aquel entonces para amarrar las bestias de los apanecos que venían de lejos; y finalmente al sur, la casa del Gobernador. Claro está que, en estos lugares señalados, las edificaciones se fueron mejorando y modificando poco a poco. Recuerdo muy bien la Alcaldía que, de estar la misma casa ahora, sería un atractivo turístico; así también la Iglesia, una joya arquitectónica que en 1700 se había logrado terminar, pero que lastimosamente un terremoto la destruyó completamente en el 2001.
Más tarde, el espacio que servía para amarrar los caballos se utilizó para edificar la primera escuela, la cual contaba con cuatro salones: tres para los grados y uno para la oficina de dirección. En esta misma escuela, mirando hacia el parque, se construyó un hermoso portal que, de haberse conservado, también habría sido un atractivo turístico de nuestro pueblo, al igual que la casa del gobernador, también derribada por un terremoto, pues era lujosa, tenía losa, cerámica y otras novedades traídas desde España… Los que pateamos los 60 años y más, nos acordamos de los vestigios de esa casa de gruesas paredes ubicada en la esquina donde hoy vive nuestro buen amigo Julio Tobar.
Mi Abuelita nació en el último tercio de 1800; lo que sus antepasados le contaban de aquella época, no era fácil de olvidar. Ella repetía que lo que hicieron con su familia también lo hicieron con otras, éstas fueron “instruidas” por los recién llegados. Eran varios los cacicazgos, y a cada uno ellos le designaron un apellido español; ella me contaba esas cosas para ilustrarme, me dijo “Yo dependo de dos cacicazgos, mi papá pertenecía a los Arévalo y mi mamá a los Avelar, por eso me llamo Justa Rufina Arévalo Avelar…” Yo cuento lo que estuvo a mi alcance en aquel momento.
En esa misma “treta”, como decía ella, me contaba sobre la llegada de los españoles… Como ya dije antes, llegaron de forma aparentemente pacífica y que se abocaron a la gente pensante para enseñarles lo nuevo que traían… Así fueron enseñando su doctrina, el cristianismo, y su idioma, el español… También su forma de vida y a cómo mejorar sus casas poco a poco.
Mi abuelita era descendiente de dos cacicazgos como ya expliqué; según contaba ella llevaba todos los rasgos físicos de la merita raza nativa, además era inteligente, pues aprendió a leer y escribir, y tocaba instrumentos musicales, especialmente la guitarra y el violín.
Respecto a la familia, contaba ella que cuando joven en su casa eran nueve hermanos: Gregorio, José, Herminia, Jesús, Serafina, María, Francisca, Cornelia y ella, Rufina, quien se casó con Don Toño (Antonio) Saz… Además, estaban su mamá y papá, sumando un total de once miembros. Cada uno tocaba un instrumento musical, y todas las noches después de la tertulia, se ofrecían para sí mismos un pequeño concierto…
Pero lo que quiero destacar es que en aquella época, y quizá en todas, la gente señalaba a las familias con un mote… por lo que era, lo que hacía, o en lo que se destacaba… en el caso de la familia de mi abuela, eran siete mujeres, por lo que les llamaron “Las niñas Arévalos”, conocidas porque hacían varias cosas para vender, desde dulces y pan, hasta adornos y mortajas para muertecitos, también candelas para los muertos grandes, etc…
Pero regresando al tema que nos ocupa, pues parece que estoy perdido en el océano de cosas que quisiera contar, les explicaba que mi abuelita no perdía ocasión para contarme una historieta, por ejemplo, la del por qué San Andrés es el patrono religioso de Apaneca; ella me decía: “Fijate que, a San Andrés, un apóstol humilde, Jesús lo llamó cuando era pescador y pronto se convirtió en un fuerte pilar para la Iglesia y viajó por el mundo predicando la fe… La historia cuenta que fue tan humilde que ni siquiera quiso morir como su Maestro Jesús, y expiró en una cruz en forma de X en tiempos del poderoso Imperio Romano… En Apaneca se quedó para ser nuestro patrón espiritual” ¡Buena terapiada me metió mi Abuela!
Volviendo al tema de los españoles, ella me contó que llegaron para cambiarlo todo; las calles, que en realidad eran veredas, ellos las hicieron anchas; las casas, que eran bajitas y de paja, ellos las hicieron altas, de adobe y teja; el transporte, que se hacía a lomo, fue sustituido por el caballo, los bueyes y la carreta; los dioses, como el sol, la luna y la lluvia representados en ídolos de barro, fueron sustituidos por imágenes de sus Santos… hasta los sacerdotes nativos fueron sustituidos por misioneros católicos que se encargaron de inculcar la fe cristiana. De hecho, me dijo que después de llegar a un territorio, dejaban a un sacerdote para que con la ayuda de la gente construyera edificios para la casa de oración o Iglesia, por lo que no tardaron en necesitar madera… Un día, talando un hermoso árbol a unos 30 metros de donde se había elegido para construir, se encontraron con una hermosa imagen… se trataba de San Andrés… El hallazgo fue sorprendente, y para creer más en esa historia, la imagen actualmente lleva en la espalda la marca de un hachazo que el imprevisto labrador le dio al descubrirlo; desde ese día, a la fuente que abastecía de agua a la población, se le llamo San Andrés. La imagen fue llevada con alegría, bombos y cantos hasta donde hoy está, en la Iglesia… allí quedó como el “Señor”. Quienes conocemos el lugar y la imagen nos quedamos asombrados, más aún, porque en esa época estábamos chiquitos.
Cuenta la leyenda que los moradores se postraron, veneraron y hasta le pidieron perdón por el hachazo que le dieron al momento del hallazgo. Desde entonces, está en el altar mayor de la Iglesia, haciéndole milagros o “volados” en nombre de Jesús cuando así se le pide. A él le pedimos también consuelo, esperanza, entereza y tanto cuando necesitemos.
Esos tiempos sí que eran maravillosos. Contaba mi abuelita que las familias vivían dispersas; en cada manzana de tierra asignada para vivir, había una y a veces hasta cuatro familias; en las casas con grandes patios se cultivaba lo necesario para la comida… no faltaba el jocotón, el naranjo y varios palos de guayabo a escoger… pero también había un espacio grandecito de terreno con una superficie dura donde se amontonaba el maíz y aporreaba el frijol… también había gallinas y tuncos sueltos por todas partes. Algo que lamentaríamos hoy en día, es que en aquella época la gente estaba acostumbrada a no tener servicios sanitarios – como los conocemos hoy – sino que las necesidades básicas se hacían al aire libre.
Quiero destacar que la tenencia de la tierra casi era pareja, cada quien tenía donde cultivar maíz, frijol, frutas, caña de azúcar y más… Estaban también las tierras comunales que eran administradas por la Alcaldía y la Iglesia… “Todo era florido”, me decía mi abuelita, “Había que celebrar la abundancia” y… es así como a finales de noviembre de cada año se le daba gracias a Dios por la cosecha y a San Andrés por interceder… Es así como nacen las fiestas patronales de Apaneca, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.
Vale la pena destacar que aquella época era de abundancia y que ahora es de escasez, pues a veces no tenemos ni para montar a las “ruedas” en las fiestas a los cipotes, ni para comprar una tusada de pasteles Estebana.
Todo lo que antes se hacía durante esos festejos tenía razón de ser… Porque hasta los tamales y la chicha, debían ser hechos con masa nacida acá en el terruño… Las guitarras elaboradas en el pueblo y los músicos también debían ser nacidos aquí… En las carreras de caballos, que las bestias y los jinetes hubieran nacido en esta zona, era igualmente importante.
Algo que se me quedaba en el tintero y que en una ocasión pregunte a mi abuelita fue: ¿Es cierto que los españoles eran malos y que mataban a nuestros nativos? ella me contesto: “No podemos hablar tan mal de los españoles que vinieron acá… porque quizá no todos fueron malos, y a esta fecha todos estamos requete revueltos; los blancos poco a poco se fueron revolviendo con los canelitos y el resultado fuimos nosotros”.
Yo de curioso, le pregunté en otra ocasión sobre el exterminio de nuestros nativos, ella sobándome la cabeza me dijo: “Claro que sí hubieron algunos malos, pero esos no pudieron vivir entre nosotros y se fueron; los buenos se quedaron” y volvió a poner el ejemplo de ella misma: “Mira yo, hija de dos nativos, me casé con un español, Antonio, hijo de dos españoles que vinieron acá; así aparecieron ustedes en esta tierra; y por eso también ustedes unos salen cheles y otros negruzcos”.
El exterminio aquí sí existió entre todos aquellos que se “portaban mal” y no se sometían a su ley; pero también hubo otra forma de exterminio, el de aquellos que poco a poco perdieron sus territorios y empezaron a sufrir al convertirse en asalariados dentro de su propia tierra, porque los españoles se apropiaron de ellas; además, los ibéricos no eran sanos del todo, ellos trajeron muchas enfermedades que mataron a nuestros nativos… Desde entonces nosotros seguimos luchando contra esas enfermedades.
Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.
Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.
El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.
¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.
En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.
Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.
Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo
No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.
1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.
Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.
Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.
En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos, y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.
La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.
Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.
A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».
“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.
Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.
Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino- y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».
Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.
En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.
Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»
A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto Sánchez (el ayudante).
Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.
«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»
«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«
Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurreccin en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».
Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”
En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!
A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.
Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.
Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.
En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.
Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.
“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.
Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.
Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.
Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.
Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.
Esta es la historia de una persona que yo no conocí, pero sí puso en movimiento mi cerebro y a latir mi corazón más rápido, por lo que la gente decía o contaba. Conocí también el escenario y los elementos esenciales sobre los que se movía la gente y personajes que ahí vivían. Me di cuenta además de la belleza y el desbalago del lugar, del entorno de la campiña de Apaneca, toda una belleza natural, verde y con pájaros volando.
Bien recuerdo el suelo tishcuitoso con señales o huellas por todos lados de animales domésticos como vacas, caballos, mulas, tuncos y gallinas, con un olor pestilente y húmedo del ambiente. Ahí abajo dos ranchitos de paja semidestruidos con parte de las vigas botadas y podridas, con los techos en el suelo y las puertas todavía a medio guindar. Enfrente de estos dos ranchos, había un tronconote con algunas ramas todavía del árbol que se fue muriendo poco a poco entre los cafetales y que aún estaban con cosecha en esos momentos de la historia.
Siguiendo el desnivel del terreno formando una vuelta hacia arriba a la izquierda había otro rancho todavía en función y al servicio de la casa grande. Era más moderna porque tenía techo de teja y las paredes de lodo. Pues allí vivían en la época que describo, la muy bien recordada por mí, Doña María Zambrano, su papá Don Joaquín Zambrano y su mamá Doña Mirtala Arévalo. Allí también vivían sus hijos Raúl, Chela y Tito con quienes algunas veces jugaba yo a Las Escondidas en los cafetales. También Simón y Betío que eran sus hermanos. Lo que he descrito hasta aquí es el casco del lugar que todos llamábamos Finca Castillo y que si la midiéramos tendría más o menos treinta manzanas.
El punto central de los hechos que pretendo relatar son los ranchitos de abajo en donde vivía Don Miguel Castillo y Doña Mercedes Arévalo, quienes eran dueños de la propiedad. Bellísima por cierto, enclavada entre el camino que va a Quezalapa y las faldas del volcán Chichicastepeque, cultivada totalmente por el café y guineos de todas clases que el mismo Don Miguel había trabajado. Solo había una franja atrás de los ranchitos, pegaditos al camino. Con bosque natural que conservaba como paravientos. Estoy hablando de un lugar que solo dista un kilómetro del pueblo de Apaneca.
Don Miguel según tengo entendido no era un hombre grandote, sino más bien mediano. Flaquito me lo imagino. A la esposa sí la conocí ya bien anciana. Era pequeña y delgada, con problemas de tiroides porque en aquel entonces no había yodo en el ambiente de esa región y las brisas del mar llegaban poco.
Don Miguel trabajó personalmente su propiedad… Parte la tenía cultivada de café combinada con matas de guineo y otra mitad con maíz, frijol y ayotes. Como no tenía hijos que le ayudaran, buscaba mozos a quienes les pagaba dándoles donde sembrar también su pedacito de terreno.
El caso de Don Miguel es que envejeció junto a su esposa muy limitado, pues con un huevito tibio, poquitos frijoles y tortillas comían los dos. Mientras por otro lado guardaba a su modo las monedas que ganaba por el producto que vendía. Dicen que como las paredes eran de lodo sostenidas con baritas, él hacía huequitos y ponía las monedas envueltas en tuza, y luego los rellenaba disimuladamente siempre con lodo. Así de ese modo Don Miguel manejaba su economía, no sería remoto pensar que ocupara el resto de su propiedad para ocultar mayores cantidades de dinero en botijas de barro.
Sus relaciones con la familia Zambrano fueron normales por cuanto eran considerados familia, es natural, ya que ellos cuidaban las pertenencias de Don Miguel y sustentaban su trabajo, porque eran ellos los mozos que ocupaba principalmente, ya que Simón y Betío eran familia de Mercedes su esposa ya que Doña Mirtala era su hermana.
A Don Miguel le llego el fin de sus días y enfermó; agonía que no se le desea a nadie porque la riqueza acumulada y mal heredada a quien no se lo merece, todos sabemos que ofende a Dios. Él tenía un sobrino que vino un día a visitarlo, era primera vez que lo conocía y como lo vio de saco, corbata y sombrerito de pelo, le regalo la propiedad. Esto significó que Doña Mercedes y todos los vivían en la propiedad se quedaron en la calle, sin nada. Los distintos dineritos escondidos quedaban a la suerte de quien no era su familia… algún día arando la tierra o por cosas del destino alguien encontraría su fortuna.
Para entonces mucha gente hubiera querido ser familia de Don Miguel, Doña Mirtala si lo era pues era hermana de Doña Mercedes, por eso vivían allí para hacerles compañía. Hubo una pareja de esposos, que la mujer era sobrina de Doña Mercedes, ellos viajaban para hacer su turno de cuido y de consuelo; pero según decía la gente, ellos llevaban cojines nuevos y almohadas para cambiarle la que él nunca quiso soltar hasta el día de su muerte… y esto queda para la imaginación del por qué nunca la quiso soltar…
Cuentan que había mucha gente cuando Don Miguel expiró, la mayoría estaba sentada en el patio en bancos improvisados, cuando un remolino de viento y una gran polvareda los envolvió… y fue el desparpajo de gente mientras un zopilote enorme bajó del cielo e intentó sostenerse en el ranchito… y como allí no se pudo parar, voló al tronco del árbol viejo que se encontraba enfrente y estuvo descascarando con las patas… Pero tampoco se pudo parar firmemente y se fue… todos los que ahí estaban y no tenían nada que hacer se fueron y no volvieron… solo fueron a contar lo sucedido… algo nunca visto y aterrador. Los que decían ser sus familiares interesados y valientes vinieron al pueblo para llevar la caja, mortaja, pan, candelas y agua ardiente para velar a Don Miguel. Los tunantes y chiviadores o curiosos que al final de cuentas son los que aguantan, también se quedaron… pero todo fue normal el resto de esa noche, aunque estaban “culiyo” esperando un acontecimiento igual.
Por eso es mejor estar cerca de Dios, esto se logra haciendo buen uso de lo se tiene… ponerlo al servicio de los demás porque es agrado de él. Si se tiene con avaricia Dios se aleja… y se queda expuesto a la tentación del demonio… la gente decía que Don Miguel tenia pacto con el diablo… yo no sé, solo escribo lo que oí… y de ser así que Dios se apiade de su alma.
Al día siguiente, nadie quiso ir al entierro y solo fueron los que estaban conscientes que era una obra de caridad… cargadores no había y como tales le toco al tío Quique Saz, a mi papá, a Simón y a Betío Escalante, a tal grado que solo iban cambiando de lado y haciendo descansos… en el camino se sumaron otros ya en el pueblo… poquita gente… flores a buscar… y mucho menos responso porque el cura rápido se enteró de lo que había pasado en la casa de Don Miguel el día anterior.
A mí me contaba mi papá y el tío Quique que ya lo habían enterrado unas tres cuartas cuando la tierra de encima empezó a temblar y se revolvía… y todos pensaron que el muerto había vuelto a la vida y quería salir… ¡saquémoslo! dijeron todos, ¡ayudémoslo! dijo alguien por allí… ¿Cuál fue la sorpresa cuando abrieron el ataúd? se encontraron a Don Miguel bien muertecito… con el cuello desgarrado como con uñas de un animal feroz… y sangraba de las heridas recientes… fue un susto tremendo… casi todos se fueron. Taparon la caja… le volvieron a echar tierra y sucedió lo mismo… solo lo pudieron enterrar hasta que fueron a traer al cura… le rezaron un responso… le echara el agua bendita… y otras oraciones que solo los curas saben hacer.
Todos aturdidos y consternados regresaron del entierro… contando tal suceso que creo que en Apaneca otro jamás ha sucedido.
Las nuevas generaciones desconocen estos hechos y que en su momento hicieron bulla. Muchos que idolatraban el dinero, se compusieron y trataron de poner su riqueza en función social. Pero ahora que hay bancos y diferentes formas de guardar el dinero, ya se les olvido que existe el bien y el mal; de la existencia de Dios, de que el hombre es una hechura a imagen y semejanza de él y que por eso debemos de respetarlo; pero no solo dándoles los buenos días, sino dándole de comer y de beber.