El entierro

Tendría yo siete años cuando mi madre estaba de visita donde una amiga, por supuesto con mis dos hermanitas, cuando venía un entierro sobre la 6ta. Calle hacia el cementerio; pero no en un cajón como de costumbre, sino en una cama como las de lona de ahora a la que le habían cruzado dos palos para cuatro cargadores. A mí no se me olvida porque iba cubierta con muchas flores y toda la gente que acompañaba rezaban y por ratitos cantaban… Pero lo impactante para mí fue que lo llevaban sin cajón.

Raro para mí porque en esa época, allá en la entrada del cementerio en una galera grande, la alcaldía había puesto un cajón colgado en las vigas para los casos en los que el difunto no tuviera quién por él y sin bienes con qué cubrir los gastos… Pues para eso estaba el cajón al que el vulgo llamaba “cajón de la caridad”.

En ese entonces se bajaba el cajón que colgaba ahí, y una vez llevado y enterrado el difunto, se regresaba a su lugar en la galera.

Ahora por ese impacto que yo sufrí no me gusta que los niños menores participen en esos acontecimientos, aunque es imposible yo lo sé, pero por lo menos no llevarlos a los velorios ni a entierros, a no ser que sean de la familia si no se puede de otro modo… Solo es una sugerencia.

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Las melcochas

Cuando estamos pequeñitos adolecemos de muchas cosas, como la comida que algunas personas hacen para vender, hablo de las golosinas pues; pero a esa edad no tenemos dinero para comprar. En esas circunstancias había una señora llamada Encarnación que vendía comidas baratitas y gustitos fáciles de vender y para que la gente se diera cuenta de la venta, mandaba a su hija que ya era mayor y muy bonita por cierto, a avisar; pero ella no podía hablar correctamente y parecía afectada de su cerebro, sin embargo, era útil en el negocio de su mamá.

La niña Chon, como llamábamos a doña Encarnación, le decía: «Andá a avisar que todavía hay hay tamales de cotuza, que ya está la sopa de chompipe y que por la tarde habrá chilate con melcochas» «Bueno» – contestaba ella – Y empezaba a grito tendido: «Dice mamá ver tamales de tupupusa, sopa de tupipe y chalate con acochas»… Juanita se llamaba.

Cuando los cipotes oíamos el anuncio empezábamos el berrinche.

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La Laguna de las Ninfas

Nos juntábamos tres o más cipotes sin el consentimiento de nuestros padres, con sólo la disposición de nosotros mismos, y nos poníamos en camino hacia la “Lagunita” para hacer tantas cosas que no alcanzaría el espacio en este escrito para describirlas; por supuesto la época era tranquila y todo lo que hacíamos era respetándonos nosotros mismos y a la naturaleza.

No nos importaba lo empinado y escabroso del camino, lo liso del barro… ni el “tetuntero” fueron obstáculos para llegar en un ratito y ver de cerca lo impresionante del paisaje al llegar… Una brisa fresca mitigaba el aparente cansancio… respirábamos y se sentía la sabrosura de lo heladito en los pulmones. Comenzábamos la parte más emocionante metiéndonos por la derecha a la montaña, porque las aguas estaban rebalsando, para llegar a una especie de playita en donde estaba el meollo de la diversión: bañarnos a calzón quitado. Nos metíamos hasta el cuello cerca del tular en donde las aguas claras nos cubrían todo; el griterío era tal que hasta los patos que nadaban cerca se escondían. La diversión ahí terminaba cuando llegaban otros cipotes con otros intereses.

Terminada ahí la algarabía seguíamos bordeando la Laguna, a veces entre la montaña, a veces pateando el terreno fangoso, y muchas otras veces abriéndonos paso entre la maleza cerrada de la orilla. En esa travesía nunca dejamos de disfrutar de alguna frutita como los alaices, que aunque parecen mocos dulces con apariencia de niguas a nosotros nos gustaban; los escobos que nos delataban porque manchaban la cara y la ropa, pero como eran ricos no nos importaba. A veces tomábamos la decisión de internarnos en la montaña para mecernos en los bejucos al estilo Tarzán y recoger tempisques, ciruelas y cotomates de pequeños arbustos que ya conocíamos; a veces encontrábamos también anonas y jocotes en el camino. Todo esto cambiaba porque los árboles no siempre tienen cosecha, así como también los amigos no siempre eran los mismos, además no era diversión de todos los días.

Una aventura non grata viví entre tanta alegría cuando nos cogió la tarde una vez y como había que pasar por un tablón viejo y podrido de un lado al otro del frente de la laguna, al que llamábamos Horno que servía de colador de las aguas que antiguamente bajaban para abastecer al pueblo, tirábamos una moneda para decidir quién de nosotros lo pasaría primero y me tocó a mí esa vez. Ya iba a mediados de la distancia entre ambos lados, cuando el palo empujador se me quebró frente al Horno, mis compañeros de ese entonces al ver que ya era tarde me abandonaron en la lucha ¿Yo qué hice? Pues tirarme de panza encima del dichoso tablón y a puras cachas con la mano lo hice avanzar hacia la otra orilla cuando ya casi oscurecía. Mi papá averiguando supo con quienes andaba… los encontró en el camino y los hizo regresar… entrando en lo más estrecho del camino me los encontré… mi padre estaba enojado, pero no me dijo nada… cuando llegamos al pueblo ya se le había pasado la cólera; pero empezó a contar historias de algunas tragedias de la época suya… así era mi papá… y yo tomé conciencia de la gravedad de la hazaña.

Ya mayor fui con un biólogo francés y un periodista italiano porque querían tomar fotos de flores exóticas y mariposas. La sorpresa más grande para ellos y para mí fue que había cercos con alambre de púas que la señalaban como propiedad privada, un lugar que debía ser patrimonio de la población por su belleza y contenido. Además, observamos que allá a lo lejos en el cubilete, en uno de los bordes de la cuenca de la laguna había un aserradero, sin duda para contribuir al calentamiento global… También lo lamentamos… Y las autoridades… Santiamén.

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Un incendio

Cuando yo ya andaba cerca de mi abuelo Toño que vivía en su finca llamada Campos Elíseos, en la región de la Bellota en el cantón Quezalapa, y que todavía me daban a “atol con el dedo”, vi con mis propios ojos de cerquita como un enorme incendio devoraba la montaña, cosa que en aquella época me causó miedo y estupor; ahora cuando me acuerdo me da rabia y coraje por no haber tenido la edad para denunciar y detener lo que en verdad estaba sucediendo.

¿Quién habrá tenido la culpa? La respuesta así a secas es: La fiebre del café de principios del Siglo XX y de mediados, que con la desmemoria de los gobernantes, autorizaron la pérdida de las tierras de nuestros nativos (ejidos y comunales); además por favorecer a forasteros con dotes de ambición con tan solo una Ley, la más torpe conocida en el mundo, que por la siembra de once palitos de café ya iba a ser dueño de esa tierra; y por último, por la inocencia de nuestros nativos que en vez de pelear por su tierra, se sintieron felices porque iban a recibir una paga, sin darse cuenta que estaban etiquetando su porvenir en favor de esos forasteros.

El incendio que hasta hoy me aterroriza, fue provocado por el patrón que no se conformó con lo que la ley le había regalado, sino que quería agrandar su poder pasando por encima del amor a los árboles centenarios y dolor de los animales; además de las consecuencias en la salud de la gente por el cambio climático y por ende el deterioro del medio ambiente en donde vivimos todos incluyendo al mismo patrón.

Yo vi rodar desde lo alto de la ladera del volcán grandes troncos centenarios envueltos en llamas y muchas aves volando allá a lo lejos buscando otro refugio. Por esos lados conocí Tucanes o Navajones, como nosotros les llamábamos; Urracas, Carpinteros cabezones y un pájaro que vivía en manadas que llamábamos Collarejo, que ya no están; y no digamos los animales que no podían volar, que se acabaron sin que nadie dijera nada, ni diera cuentas de semejante atrocidad.

Años más tarde fui a cortar café a ese lugar… Grandes plantillas cargadas de café y el patrón “dándose el taco” de tener el mejor café de la región, calidad de altura… Mejor pagado en el mercado… y nuestra gente cada vez más pobre y enferma… Y nosotros hoy en día con un pésimo clima diferente al de aquella época.

Otro día fui por ahí y no pude ver ni un ave, ni mucho menos iba a ver un animalito rastrero… ¡Qué vergüenza! Solo quiero decir esto: Que esa fue la regla de todos los forasteros que vinieron a Apaneca para agrandar sus fincas; y no solo de éste que en esta ocasión describo.

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El cerrito

Tendría yo diez años cuando ya me escapaba a escondidas de mi mamá para juntarme con otros cipotes e ir a disfrutar del tobogán natural; en solo 15 minutos estábamos allá, jugábamos una o dos horas para luego regresar en otros 15 minutos lo más.

Recuerdos que no se olvidan, más que todo cuando al cerrito lo vemos de lejos ahora cultivado de café, cuando en aquel entonces gran parte de su frente estaba cubierto de grama natural que permitía que nosotros los cipotes nos “choyaramos” a gran velocidad. A esa edad no éramos nada de atrasados, siempre andábamos vigiando las cáscaras que botaban las palmeras cuando también botaba sus ramas; cuanto más amplias y largas caían, mejor eran para poner las nalgas y los pies cómodamente. Cuando íbamos las llevábamos y jugábamos, y cuando terminábamos el juego las escondíamos para el próximo escape.

Estoy hablando del Cerrito, que en aquel entonces nuestros ancestros indígenas que llegaron ahí por primera vez, en el transcurrir del tiempo, formaron a toda una generación. Por ende ellos también le pusieron nombre a todas las cosas y a los lugares que encontraron.  El caso que nos ocupa es que toda esa primera generación al cerrito le llamaron TEXITZ (que en su dialecto Nahuat significa de Tex = caracol e Itz= sonido claro y agradable). Creo que le pusieron así porque cuando cada quien que subía llevaba un caracol, y cuando todos estaban arriba, los hacían sonar a la vez para deleitar a los habitantes del pueblo con el sonido claro y agradable que salía de éstos. La otra versión que también es aceptable, es que en la entrada del camino que llevaba a la cumbre, la lluvia había formado un callejón con paredes altas a ambos lados que contribuía a darle la forma de un caracol, y cuando la gente  hablaba o gritaba dentro de éste, se oía un eco o sonido agradable… Así es como los que llegaron primero – a los que yo les llamo de la primera generación – le llamaron TEXITZ. Luego los de la siguiente generación – la segunda – le nombraron TEXIZAL. Posteriormente, los de la tercera generación – que somos nosotros – le llamamos EL CERRITO… Veremos cuánto dura ese nombre, porque una generación dura miles de años… Por ahí hay ya habitantes nuevos que le han empezado a llamar: DE LAS CRUCES.

Éste debió haberse declarado un lugar turístico libre para los pobladores de Apaneca, pues en aquellos dorados tiempos no había cercos y si los había, transitábamos libremente por doquier. Era fantástico estar ahí. Desde que subíamos por la “Z” o camino para llegar a la cúspide, divisábamos las casas del pueblo. Hubiéramos querido volar como los pájaros y hacer mucho mejor el disfrute. Frente a la cruz estaba el deslizadero… al internarnos en el bosque, era como que estábamos en el cielo. Créanme que hace poco alguien subió una foto en Facebook de mi querido cerrito y pasé largas horas saboreando los recuerdos.

No sé a cuánto ascendió la imaginación de los poetas, porque una vez los oí decir que era la cara de un joven guardián vigilando los movimientos de los moradores.

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Una chispa de educación

Frisaba yo mis trece años cuando tomé una de las decisiones más importantes de mi vida, pues después de haber perdido tres años de escuela volví a ella con ímpetu; aunque añoraba estar cerca de mi abuelo en Quezalapa disfrutando de las bondades de la campiña; pero también necesitaba aprender muchas cosas que solo la escuela las da, y más aún, cuando me encontré con una maestra genial apanequense que despertó en mí el interés por ser algo bueno en la vida.

La niña Toyita, como le decíamos, excelente maestra; Victoria Rivas se llamaba. Con ella aprobé el tercer grado, seguí con ella también en cuarto y me fue muy bien porque me cobijó, me aconsejó y me indicó el camino a seguir.

En una ocasión me seleccionó para viajar con el director de la escuela, Don José Domingo Arévalo, para competir en un concurso de poesía donde llegaron representantes de todas las escuelas del departamento de Ahuachapán. El evento se desarrolló en la Escuela Antonio J. Alfaro de Concepción de Ataco con el tema menos esperado “El Rio”, ahí me gané el primer lugar. Recuerdo que cuando subí al kiosko a leer mi poema, Don José Domingo me animaba, pero mis canillas temblaban; pero finalmente pude controlarme, subí y lo hice bien. Ese día me entregaron un hermoso diploma con letras góticas y a colores, un libro importante para la vida llamado “Corazón” y dos tomos de biología de Montts Calderón. No me lo acababa de creer porque a mi edad, aún no había podido apreciar las bellezas de un río, pues en Apaneca no lo hay… escribí el poema solo con la imaginación.

Cuando pasé al quinto grado igual, la Niña Toyita me eligió para competir en un concurso de ortografía a nivel de la zona occidental del país. La escuela Mariano Méndez, en la ciudad de Santa Ana fue la sede; don José Domingo otra vez me llevó en su camioneta. A él lo nombraron uno de los jueces y por eso no pudo estar cerca de mí durante el evento, así que solo me dijo: “Carlos, usted es bueno para la ortografía… conteste tranquilo… usted sabe”… cuando habían pasado las dos horas estipuladas, entregué mi prueba y… me fui afuera a esperar a mi director donde habíamos dejado la camioneta.

Cuando por lo menos había pasado hora y media, divisé que venía hacia mí cambiando de colores y sin mediar palabra me dio un moquete con el puño en mi cabeza y me dijo: “¡Si usted no hubiera puesto la palabra lejía con “g” nos hubiéramos llevado un puesto!… ¡Súbase! – me dijo. Iba tan bravo que no me dirigió la palabra en todo el camino… Al día siguiente muy temprano me llamó a la dirección y me pidió disculpas… y luego en formación general de todos los alumnos de mi escuela, me felicitó y dijo que yo solo había tenido siete errores y los tres ganadores solo habían tenido seis.

Antes de esta época de satisfacciones en la escuela, fui ahuyentado por dos maestros; estando en el tercer grado don Augusto Aguilar y el director Don Miguel Selman Villalobos, solo pude regresar cuando supe que ellos ya no estaban. Repetí el tercer grado con la niña Toyita, a quién quisimos mucho todos, digna de llamarse maestra. Sin olvidar la maestra que me enseñó a leer y escribir, la niña Rosita Vielman, que también la quisimos mucho porque a los varones que encontraba sucios nos obligaba a bañarnos en la escuela.

A los demás maestros que aunque nunca estuve con ellos, vaya también mi reconocimiento, pues de alguna manera fueron mis ejemplos; ellos son Don Lorenzo Aguilar Bautista, Doña Julita Saz de Vielman, Doña Angelina de Cuellar, Don Alfredo Quiñonez, Don Jorge Velis Vindrel y Doña Esperanza Gómez Cuestas de Castro, que fue mi maestra en sexto grado y de lo que me acuerdo muy bien, es que nos trataba como a niños chiquitos y es que ella nunca había tenido el sexto grado… y nosotros queríamos más fuerza.

 

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Los alborotos

Ésta digo yo que es mi primera memoria bonita porque aún recuerdo y siento el sabor de la mielita de los alborotos. Tendría yo tres o cuatro años cuando en esa época se usaban las almohadas de algodón puro y natural sin ningún procesamiento, y como entonces el clima era extremadamente húmedo, periódicamente se asoleaba el algodón extendiéndolo sobre una pieza de tela, petate o colcha para ponerlo de cara al sol… y es aquí donde cabe la importancia de lo que quiero contar.

Por la tarde al remover y juntar el algodón  para volverlo a embolsar, debajo quedaba abundante semilla, y para mi capacidad pensante de niño, de esa semilla se hacían los sabrosos alborotos.

Traigo a cuentas esta historia para que quienes tienen niños interpreten las necesidades y aspiraciones de sus hijos cuando son pequeños. Yo recuerdo que como no podía hablar bien todavía, me quedé con las ganas de los alborotos hechos en casa.

Jamás imaginé a esa edad que los alborotos se hacían de maicillo.

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ALGUNOS PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

Las necesidades entre los grupos humanos provocan su motivación. Hace muchos años casi toda la gente mayor sabía de medicina; cualquier persona mayor decía a otra ¡tómese un caldito! de tales hojitas y de otras tantas por copitas ¡Como agua del tiempo y se va a curar! y así muchas veces la gente se curó. Apaneca no era la excepción y los enfermos hacían uso de plantas, especialmente hierbas y otros elementos naturales como mantecas o cebos de animales, ceniza y hasta lodo que sacaban de los fangos.

En aquella época la gente se curaba lentamente y con la fe puesta en el Señor Jesús… Pero la mayor parte que se enfermaba moría, especialmente los niños… de ahí la creencia de la gente que si pasaba de los siete años iba a vivir larga y plena vida.

Ahora la medicina es diferente porque la ciencia y la tecnología está bien avanzada, nos curamos rápido, aunque tenemos que tener muchos centavitos guardados para la ocasión; veamos entonces qué está pasando. Decía que la ciencia y la tecnología ha avanzado, pero también la población se ha multiplicado desmedidamente, tanto que ya no encontramos una solución; hemos llegado a tal grado que antes que no habían medicinas como ahora, no había desnutrición como hoy… Esta es una paradoja porque cuando hoy se cree que ya no hay lepra y que la ciencia y tecnología la erradicó, aparecen otras enfermedades nuevas como el SIDA que hasta hoy no tiene cura.

En todo esto que he dicho tiene que ver el medio ambiente y con un solo ejemplo lo podemos comprender, y es que la gente de antes duraba más y la de hoy se muere luego… y es que somos nosotros mismos los culpables al no cuidar el ecosistema… A nosotros en la escuela jamás se nos habló de esa importancia  para la vida, mucho menos del calentamiento global que traerá fatales consecuencias al ser humano.

Lo que estoy haciendo es preparar la cancha de allá por los años treinta del pasado siglo XX en adelante, en donde mis actores principales y emblemáticos les toco jugar su papel imprescindible en esta sociedad bendita que nos vio crecer; adornado con un clima frío y húmedo, producto de una vegetación exuberante que jamás volveremos a ver, a no ser que cambien las estructuras sociales hacia el bien y también su modo de pensar. Ojalá que los ventarrones que caracterizan a nuestro adorable pueblo no vayan a acabar, para que las futuras generaciones lo sientan y disfruten.

¡VAYAN A LLAMAR A VÍCTOR! Era la expresión que yo siempre escuche en casas de ricos y casas de pobres, casas cercanas y casas lejanas en donde un cipote, un adulto o un viejito, mujer o hombre, estaba enfermo. Víctor, y no Don Víctor, decía la gente por la gran confianza que le tenían y el nombre de Víctor se convirtió en un símbolo o icono de esperanza para la gente que tenía en su casa a un enfermito.

Esa época fue bonita, pero había deficiencias que claro iban en detrimento de la población. Bañarse todos los días era un privilegio, porque el agua había que acarrearla en cántaros desde dos puntos estratégicos; uno de ellos estaba en la esquina formada por el final de la Av. 15 de Abril y principio de la antigua calle hacia Sonsonate, en un pequeño predio municipal; el otro estaba también en un predio municipal atrás de la iglesia, ubicado de la Primera Avenida contiguo a donde hoy está la Alcaldía Municipal donde más tarde, casi encima de la pila histórica, montaron la casa de ANTEL y que hoy se llama TELECOM. Por supuesto el agua no era tan limpia ya que venía en caño metálico desde la laguna de la Ninfas o de Las Ranas. En ese trecho hay todavía una pilona, la de Santa Clara, donde se daba de beber a las vacas, toros, bueyes y a las bestias de carga.

No crean que nosotros íbamos a tomar de esa agua, porque para eso sí que hemos sido delicados… para eso teníamos la fuente de San Andrés, que es la que tiene que ver con el origen de Apaneca, de ahí tomábamos agua pura que salía de las entrañas de la tierra. A mí me parece recordar aquellas colas de gente, especialmente mujeres y cipotes, con sus cantaros encima subiendo la cuesta que le enseñaba a uno a tener gran voluntad y entereza al subirla.

Cuando yo crecí había -o hay todavía- Ojos de Agua en cada cantón que abastecían a los pobladores. A veces yo acarreaba el agua para mis abuelos que tenían su finquita enclavada en la región que se llamada La Bellota camino a cantón Quezalapa. El agua era abundante y la primera que llevaba era para mi abuelita que la ponía a calentar al sol en medio del patio… Ella como leía mucho, estaba informada y decía que el baño diario era saludable… En cambio mi abuelo nunca vi que se bañara, solo se limpiaba con un trapo húmedo el cuerpo y las uñas con un palo… Cuando mi abuela le decía ¡Bañate Antonio! Él contestaba rezongón con el dicho popular – Ya vas buscando pleito Rufina ¡la cáscara guarda al palo!.. Solo se bañaba cuando se acordaba de la receta que Don Venancio Tobar, papá de Don Víctor, le había dado, que consistía en rociarse todo el cuerpo con azufre revuelto con manteca de puercoespín o tepescuintle  a más no haber de tunco. El baño era de noche y parece ser que iba a ver de todo, porque mi abuela parecía cucaracha preparando el agua calientita y el menjurge al pie de la letra como Don Venancio se lo había apuntado.

De Don Venancio se muy poco; tengo ideas vagas de él porque yo estaba chiquitito, pero sí me acuerdo bien de una que me hizo, como se la hacía también a otros cipotes ingenuos como yo… Mi mamá me dijo: «Vas a ir donde Don Venancio y me traés dos reales de alcohol alcanforado para la espalda de la niña que tiene tos» y me dio un bote de vidrio y un billete de a colón… llegue corriendo, compré y cuando me disponía a regresar, con un seño como de risa Don Venancio me dijo: «Aquí está el alcohol… Abrí la mano… Estos son los cuatro reales vueltos… echatelos a la bolsa… y estos dos reales son tuyos… para que compres dulces donde la Niña Evita»… dicho y hecho, yo gran obediente, compré una garrapiñada y bastantes dulces… y al llegar a mi casa las cuentas no cuadraban… «Venga para acá mijito» me dijo mi mamá, gran loga me echó, y de ribete una nalgada bien cuajada también… Don Venancio debió haber sido un hombre contento, divertido y picaresco en el buen sentido de la palabra.

Yo recuerdo con mucho aprecio, pero sobre todo con agradecimiento a Don Víctor, por ese gesto de amor de ir a donde lo llamaban para aliviar el dolor o sanar al enfermo sin importarle la distancia y hasta la paga.

Don Víctor Tobar tenía su farmacia que en ese entonces se llamaba Botica, en la Av. Central Norte y la 1a. Calle Poniente, esquina opuesta a la casa de su papá Don Venancio; enfrente vivían Don Tan Puente y en la otra esquina Doña Virginia Pérez. Había un gran mostrador de madera el estilo de la época colonial con las molduras tradicionales, barnizado creo que de color café algo shuquito, porque nosotros los cipotes de allí nos agarrábamos para ver con curiosidad cómo Don Víctor medía en una copita graduada el remedio, para luego echarlo en el bote de vidrio que nosotros habíamos llevado cuando éste era liquido, porque cuando era sólido o en polvo, ya estaban hechos los cartuchos de papel; y si era semi sólido, lo hacía untado en unas cajitas elaboradas con colochos de madera.

En las boticas casi no se vendían fármacos químicos, todas eran medicinas naturales. A mí me gusta recordar las ringleras de botes, abotijados y cuadrados unos y otros apachados, todos con tapones de vidrio al estilo señorial en forma de sombrero. Los estantes estaban cundidos de botes con los medicamentos que Don Víctor elaboraba. Lo que si no quisiera recordar son las purgas que nos recetaba cada seis meses para limpiarnos el estómago con Sulfato de «soda» (así le llamábamos al Sulfato de Sodio) o en  su defecto Sal Inglesa; nos la daban en ayunas a las seis de la mañana para que a las diez estuviéramos corrompiendo -como se decía- a la diarrea obligada que nos sacaba hasta el último pellejito contaminado del estómago. Cuando nos llevaban el bolado a la cama para que lo tomáramos junto con una rodaja de naranja nos decían: «Dale de un solo, hasta ver a Dios» y luego que la tomábamos, a chupar la naranja para cambiar el horrible sabor de la purga y… a continuación fresquito tras fresquito toda la mañana, hasta calcular que la tripa estuviera limpia.

   

Carao y Chichipince

Otra de las medicinas tradicionales de Don Víctor, fue un jarabe para la tos, que según se decía lo elaboraba con las vainas fruto del carao o caña fístola; de lo demás yo no sé, pero me imagino que hacía un cocimiento o lo fermentaba con la vaina machacada, miel de panela, jengibre, ajo y otros ingredientes que solo él sabía preparar… Se decía que tenía un libro grande valioso que su papá le heredó de donde sacaba las recetas… Luego de depurar los menjurjes los colocaba en los botes listos en la despensa y para la venta.

En aquella época insólita que hasta nos permitía formar nuestra propia identidad, las vías de comunicación eran de tierra y el medio de transporte el caballo y la carreta, por lo que casi no había influencia extraña, no habían médicos ni clínicas de salud que, aunque teníamos a nuestro favor un clima frio agradable, el agua pura de las vertientes, el aire puro que daba la vegetación exuberante, y la tranquilidad, éramos vulnerables a cualquier enfermedad maligna; sin embargo diría yo que teníamos buena salud. Lo que si tengo presente es que no teníamos enfermedades venéreas gracias a un acuerdo municipal de por vida e intocable por los alcaldes que decía que jamás Apaneca iban a haber casas de citas o de prostitución o lugares parecidos.

En toda comunidad son importantes los servicios sanitarios para la salud de sus habitantes. Durante la colonia se supone que las casas importantes tenían inodoros, pero en el resto la toma de conciencia fue lenta. Yo recuerdo que las casas que estaban a los alrededores y más allá, no se preocupaban por eso y sus excrementos los dejaban al aire libre donde quiera al pie de un árbol y las gallinas y los tuncos se encargaban de reciclarlos.

Lo que les voy a contar no se lo cuenten a nadie, como decía la Niña Monchita Porra. Allá por los años cuarenta, yo fui a jugar con otros cipotes amigos y jugando jugando llegamos a una casa vieja que ya no tenía techo, solo estaban los restos de las paredes de adobe, pero uno podía imaginar o adivinar como era y funcionaba la gente que allí vivió. En la casa se notaban los cuartos dormitorios, la sala, el comedor y hasta un caidizo corredor frente a una especie de jardín; pero lo que más me sorprendió fue el inodoro que tenía un montaje técnicamente elaborado; tenía una casita con su plancha y un cajón para sentarse, pero a la orilla de un desfiladero, que permitía que las excretas cayeran abajo de donde pendía un corralito con un boquete que daba la facilidad para que los animales metieran la cabeza y agarraran el producto; lo demás, como es penoso, juzgue el lector qué hacían a los cerdos ya engordados, o quizá se morirán de susto de ver micos y tantos pajaritos en el cielo.

En esos años la medicina preventiva no existía, Don Víctor solo hacia la cacha con las medicinas caseras… así curaba… Los niños apestábamos porque a la hora del baño salíamos huyendo… Señal de que estábamos alentados eran las chapitas coloradas entre la tierra acumulada en los cachetes… Lo de lavarse las manos antes de comer ni los abuelitos lo hacían, solo nos limpiaban las manos con hojas y las uñas con palos… De la campaña que a mí no se me olvida, es cuando en la escuela nos ponían en línea con un vasito de agua y pasaba la maestra con un gotero echándonos cinco gotitas de yodo para que hiciéramos gárgaras y no nos creciera el buche; y es que ahora me doy cuenta que el yodo combate la hipertrofia de la tiroides (se forma una pelota debajo de la mandíbula) y que nosotros la llamamos «buche», era la razón por la cual los pueblos vecinos nos llamaban “buchones”; pero hoy ya no lo somos porque algunos malos ciudadanos cortaron los árboles de las montañas y el yodo ya no subió a estas alturas.

Don Víctor Tobar no solo era el que curaba y la hacía de boticario, sino también era el Cofrade Mayor de la fiestas patronales, él era el símbolo del mayordomo. A la par de la botica tenía otro espacio igual donde estaban los Patrones, uno pelo liso y grandote y San Andrés por supuesto “el colocho”, como los llamaba la gente, era más pequeño y servía para las procesiones porque pesaba menos.

También desde que yo tuve uso de razón ya era el alcalde municipal… para entonces yo pensaba que los alcaldes ya nacían con el puesto, porque él lo fue de por vida… Don Víctor no era tan alto ni tampoco panzón… yo lo tengo presente con sus pantalones largos y holgados, y bastantes paletones al frente, su camisa caqui arroyada hasta el codo, su sombrerito de pelo y su gran escuadrota de cuarenta y cinco al cinto, símbolo de la autoridad competente en esos dorados tiempos. Amigos que lo conocieron contaban que no se la quitaba ni para dormir, y por eso se le había dibujado en el músculo de la nalga algo como vaina que le ayudaba a sostenerla; al mirarlo chincuno se le veía la figura decía la gente.

Siguiendo con la historia de la medicina de mi pueblo, hubo otra botica que vale la pena mencionar. El boticario y dueño era Don Manuel Gómez y estaba ubicado en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la 2da. Calle Oriente justo enfrente donde hoy vive Don Walter Calderón, esquina opuesta a la Don Chepe Humberto Arévalo y al frente también de los Borja. La casa ya no está porque la destruyó el tiempo. De Don Manuel solo recuerdo que era un señor bien estirado que nunca se bajaba la corbata y su voz era fuerte, desgajada y turbulenta, atento como todo un buen boticario. La casona y la botica desaparecieron junto con él porque sus hijos jamás se asomaron para seguir sus pasos; Don Chepito Gómez Cuestas, fue el jefe de correos formal de por vida y doña Esperanza Gómez Cuestas, maestra de instrucción primaria hasta que ya no pudo (mis especiales respetos); ni tampoco le interesó a Doña Herminia Cuestas de Gómez, que no se asomaba a la botica.

Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.

Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, aspirinas, mejorales, dolofines, ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate, que aunque me dejaba la boca tetelcosa, me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán, que aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.

La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.

Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.

Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.

Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho”… llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.

Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.

En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.

Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaban viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e  itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.

Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.

Si la memoria me ayuda, voy a apuntar lo que recuerdo de Mama Fina y que tiene que ver con el crecimiento de la población de nuestro querido pueblo. Por supuesto lo que les voy a contar data de hace muchos años cuando no existían clínicas ni hospitales y como hemos visto antes, una persona tomó la responsabilidad de la salud; tiempos en los que para llegar a Ahuachapán o a Sonsonate había que ocupar todo el día a pie, a caballo o en carretera; los caminos eran de tierra, angostos y fangosos por lo que un enfermo grave era imposible que llegara vivo a su destino.

Yo me acuerdo de Doña Chona Turcios, que iba a dar a luz un cipote, que a la hora de las horas no era uno, ni dos, sino tres que se abrazaban y querían salir juntos. En esa treta ninguna salía. La mamá Fina nada podía hacer… solo tocó y diagnosticó que eran tres o más dijo ella. Los vecinos en pie improvisaron la hamaca de costumbre: una chiva fuerte doblada en dos, amarrada entre sí y cruzada por una vara de madera que sostuviera el peso. Con Doña Chona en hombros de dos que se turnaban entre varios hombres que acompañaban, se pusieron en camino y claro iban también mujeres por cualquier cosa que los hombres no podían hacer.

La llevaban al Hospital General Francisco Menéndez de Ahuachapán, porque se decía que ahí podría haber un médico que la salvara. Iban por el camino viejo pues quedaba más cerca y directo… pero de nada sirvió. La juntada de la grulla de hombres, la hechura de la hamaca y tantas vueltas que a la altura de la Fania ya para empezar la guinda del camino, Doña Chona expiró… Lamentable tanto esfuerzo y a nadie se le ocurrió abrirle la panza a la difunta para rescatar a los bebés que a lo mejor estaban vivos, aunque de todos modos por ese tiempo la cesárea a lo mejor aquí no estaba permitida… Final nada feliz de la historia porque los hombres regresaron con ella para darle cristiana sepultura… Y esto sucedió muchas veces, no solo con los partos, sino con otras enfermedades que nuestros médicos caseros no pudieron curar.

Digamos que con esto de los partos no fue tanto porque para comenzar no es una enfermedad, sino solamente saber dar la atención adecuada para evitar complicaciones. Yo conocí a Mamá Fina, Serafina Melgar Calderón se llamaba ella, muy querida por la gente porque todos los que ahora somos viejos, respiramos por primera vez en sus manos. Ella estaba pendiente de todas las mamás panzonas, no digo las botijonas por comer bastante, sino todas aquellas por andar amando con pasión.

Nosotros nos acordamos muy bien de ella no por los partos, sino por los pastelitos rellenitos de carne que ciertos días de la semana pasaba vendiendo; lo de ayudar a traer niños al mundo era un hobby para ella pues no lo hacia todos los días. De algo perenne tenía que vivir, así se dedicaba a fabricar pan bueno con su hija Ana Sigüenza. Iba de casa en casa vendiendo enrollados, picudas, salpores, shashamas, viejitas, peperechas y los famosos pastelitos rellenos de leche que nos desgajaban la saliva… Yo la tengo presente en mi memoria… todos los cipotes salíamos corriendo espantados de emoción cuando asomaba por la esquina de la cuadra… gritando el puño de cipotes cada quién a su casa ¡Ay vienen los pastelitos!… ¡Ay viene Mamá Fina!… Los más chiquitos caían patas arriba chillando, pero comíamos pan.

Ella era de mediana estatura y delgadita, el color de su tez era blanca y su cabellera negra, un tanto liso y algo quebrado; sus ojos color cafés alegres que inspiraban confianza… Así la recuerdo, con su vestidito modesto que envolvía un caudal de virtudes que muchos carecemos como la humildad, la paciencia, la honestidad, la entereza y espíritu de servicio.

Los fines de semana mi papá me decía: «Anda donde Mamá Fina y decile que vas a encargarle los tamales de mañana… y con bastante tocino decile»… Y yo le contestaba ¿Cuántos pa? y él me agregaba: ¡A… si ella ya sabe, hombre! cuantos somos en la casa. Y esto se repetía con toda la gente del pueblo… Ella ya sabía cuántos porque llevaba el control de la natalidad.

Un real valían los normales y dos reales los grandotes… Eso sí… a nadie le vendía más de la cuenta… En un palo amarraba una hoja de guineo avisando que todavía había tamales para aquellos que no se les había vendido… La Mamá Fina era “cachera”, como dicen en mi pueblo, porque también vendía carne y chicharrones, también sopa de pata y de tripas de res, a veces shuco y otras comidas tradicionales dependiendo de la época… Todos los años siempre estaba ayudando a Mamá Chenta en la cofradía haciendo las comidas de las fiestas patronales.

No hay duda que del cielo sacaba tantas energías porque a cualquier hora del día o de la noche, al primer dolor que provocaba la cristiana que deseaba venir a divertirse a este pueblo, Mamá Fina ahí estaba, con sus agüitas de monte que solo ella conocía, alcohol, merthiolate y tijeras por si en esa casa no las habían comprado. Cuando ese momento llegaba, a nosotros los cipotes nos costaba entender lo que estaba sucediendo; habíamos visto a la mamá panzona, pero antes nos habían comentado, dándonos atol con el dedo, diciéndonos que dentro de poco iba a venir por aquí una cigüeña trayendo un niño colgado en el pico, pues en esa época a los cipotes nos daban carreta fácilmente. Lo que veíamos y oíamos es que los mayores se movían con cautela y platicaban en secreto; si era de día nos mandaban a jugar lejos, y si era de noche nos pasaban adormitados a un cuarto separado para que no nos diéramos cuenta de los hechos reales; aunque a los grandecitos ya no nos engañaban porque ya estábamos instruidos en la calle por los amigos con mayor experiencia.

Es bonito recordar todo lo que pasó anteriormente, más que todo de dónde venimos y lo que sucedió para llegar a dónde estamos, pues ahora nos asustamos cuando vemos que un niño recién nacido se le envuelve en un pañal que no sea el de moda. En tiempos de la Mamá Fina lo más común era cortar las nahuas de los vestidos viejos de la madre, o al más no haber, las mangas de los pantalones del padre, que aunque raspaban vean mis lectores cuanta población tenemos.

Después que el niño nacía, lo bañaba, le arreglaba su ombligo primorosamente y lo dejaba mamando hasta darle la primera probadita de aceite de comer. La mágica señora volvía cuantas veces fuera necesario para revisar el ombligo hasta que quedaba sanito, y cuidar a la madre con pañitos calientitos hasta verla fortalecida nuevamente.

Hay mucho que contar sobre el tema y dejo al libre albedrío a los curiosos o curiosas para que pregunten a sus mayores sobre el asunto. Yo les cuento que hace poco por un descuido quebré el botecito de vidrio donde guardaba mi tripita seca que mi mamá me regaló, ella misma conservaba el cordón umbilical del primogénito, los demás hijos vendrían enteros, sanos y con una buena estrella.

Como todos sabemos, el tiempo de servicio útil de una persona tiene su fin; Mamá Serafina envejeció y Dios se la llevó, pero debo también recordar a Doña Josefina Amaya, que heredo este gesto de caridad para las mujeres y que dicho sea de paso era su sobrina. A mí no me queda más que agradecerles en nombre de la ciudad de Apaneca y lanzo la idea a las autoridades competentes, de que debería haber en un lugarcito un monumento donde aparezcan por lo menos los nombres de estas personas, y otras de verdad abnegadas que dieron todo por el todo en nuestro pueblo.

LAZAU

El origen de Apaneca

A veces vivimos como simples sujetos en esta tierra; jamás nos hemos preguntado quiénes somos, ni por qué estamos aquí, ni con quiénes vivimos, ni desde cuándo; en otras palabras, no nos cuestionamos sobre cuál es nuestra historia.

Lo que les voy a contar no son conjeturas solo mías, sino es lo que mi abuelita me contaba a deshoras de la noche o cuando íbamos por el camino.

Contaba ella, que Apaneca no era como hoy se conoce, y que su nombre original era Apanehecath (Río de Viento); decía que el mayor centro poblacional estuvo detrás del cerrito “Para librarse de las correntadas de viento que por ahí pasaban”, y que se movieron donde hoy está el pueblo, cuando en un invierno copioso se desprendió un pedazo del volcán Chichicastepec (Cerro con hojas que pican), sepultando a todos los moradores de ese lugar llamado hoy en día Tizapa (El nombre original fue Tizapán , porque ahí las aguas estaban retenidas en tiza-y-pan, que significa encima). Testigos de ese suceso fueron las “Piedras Topadas” que desde esa época están ahí.

Se supone que ahí terminó una época en la que se perdieron familias, casas, gallinas, guaxolotes, tuncos, sembradillos y tantas otras pertenencias que los habitantes habían adquirido; además de sus dioses y tantas creencias que también quedaron sepultadas sin poderlas rescatar. Fue así que los sobrevivientes de aquella tragedia espantosa comprendieron que era mejor soportar el viento, que esperar otro desastre igual y decidieron pasarse al lugar donde hoy está el pueblo.

Recuerdo que cuando estaba chiquito iba muchas veces a cortar café a la finca Santa Leticia…y como en esas fincas la extensión es grande, había caminitos o veredas por todos lados; yo pasaba corriendo por uno de ellos jugando de carrito y solía pararme en una piedra puntuda para impulsarme y correr más rápido; creo que aquel desastre llego hasta ahí…

Tan no hace mucho, descubrieron que esa puntita de piedra en la que yo me paraba, era la oreja de un dios que supuestamente aquellos adoraban…Esas piedras las sacaron con tractores potentes y las llevaron a la casona del dueño de la finca… Hoy me pongo a pensar que más adentro en lo profundo de la tierra, hay riquezas que son testigos mudos de nuestra civilización… En fin, lo que estoy tratando de explicar es que lo que mi abuelita me contaba, era verdad.

En otras ocasiones, curiosamente en otras pequeñas fincas de por ahí, encontré infinidad de tiestecitos y pedazos de vasijas que se supone los habitantes ocupaban como tazas, platos, ollas y cántaros, todos hechos de barro; además, encontré figuritas como caras que al parecer eran recuerditos de sus dioses que ellos tenían en sus casas para pedirles favores.

Mi abuelita decía que el terror en los que quedaron vivos fue tan grande, que se mudaron a un lugar más seguro, fue así que Apanehecath está donde está ahora. Ella decía que en aquel entonces nuestros abuelos ya eran inteligentes y que hasta cambiaron sus estrategias para ganarle al mal tiempo, como es el caso de la construcción de las casas que se hacían bajitas, tanto que para entrar en ellas había que agacharse…. Toda esa argucia se hacía para que los grandes ventarrones no les botaran los techos.  Me explicaba ella, que se construían de hojas fuertes, más que todo de paja o zacate que ellos mismos cultivaban; las paredes se hacían con baritas y tapaban los portillos o rendijas con lodo; las mesas, que se llamaban tapexcos, y todo lo demás como las camas, estaban hechas de baritas de madera y no eran movibles porque las patas las fijaban al suelo. La comida la guardaban en un tapexco chiquito, que colgaba de las vigas de la casa para protegerla de los ratones, al igual que la carne, que la colgaban en dirección al fuego para que se ahumara.

Así vivieron los Apanecos en esta meseta natural, que no es más que la trompa de un enorme volcán que por el lado sur, sus faldas van a dar al Océano Pacífico. Ahí soportaron el enorme “Río de Vientos”, que según me decía ella, “Era capaz de arrastrarnos varios pasos hasta que encontrábamos un árbol para sujetarnos mientras el chiflón pasaba”.

En esa época las casitas estaban dispersas entre árboles frutales; por supuesto no había calles como hoy, sino caminitos o veredas entre rancho y rancho… Es de imaginarnos que así vivían todos los pueblos Pipiles de la época, con la idiosincrasia de vivir desconociendo cercos y mojones que señalaran sus propiedades, pues todo se hacía en comunidad.

La vida cambió cuando los españoles aparecieron… Mi abuelita me contó que llegaron en forma aparentemente pacífica… inteligentes diría yo, pues era lógico pensar que no eran tan pacíficos, sino lo que evitaron fue el derramamiento de sangre de ambos lados. También me dijo esa vez, que los españoles habían llegado para quedarse, y que enfocaron su conquista en la enseñanza, para de ese modo, educar a nuestros naturales en lo que a ellos les convenía, utilizando los cacicazgos o grupos de familias que, de alguna manera, ya eran entendidos o razonables.

Parece ser que a los españoles les gustó el lugar, por su clima frio y vegetación; sin duda, porque era parecido o mejor al lugar de su origen, porque pronto empezaron a llegar otras familias como los Márquez, los Tobar, los Ascencio, los Mendoza, los Melgar, los Puentes, los Menjivar, los Romanes, los Sigüenza, los Díaz, los Padilla, los Sánchez, los Mata, los Quezada, los Nájera, los Calderón, los Villafuerte, los Arévalo, los Madrid, los Herreras, los Saz, los Olivares, los Flores, y muchas más familias cuyos hijos buscaron parejas, prefiriendo algunas veces a muchachas o muchachos nativos… Así nacimos nosotros entre oscuro y claro… y nos llamaron mestizos. Así las familias se fueron acomodando… y así seguimos… indefinidos todavía.

Establecida la confianza entre nativos y españoles, estos últimos instalaron un gobierno a su gusto, es decir, nombraron a un Gobernador o Alcalde Mayor, que según me dijo mi abuela, el primero fue de apellido Quiñonez, quien se rodeó por supuesto de otros para asumir las diferentes funciones.

Fue entonces que se diseñó el poblado en calles y avenidas, y sus habitantes fueron repartidos en lotes grandes. Lo más importante fue establecer un parque en el centro… al oeste o poniente de éste edificaron la alcaldía; al norte, un caserón que se ocuparía como Iglesia; al este u oriente, pasando la calle principal, quedó un lote grande que servía en aquel entonces para amarrar las bestias de los apanecos que venían de lejos; y finalmente al sur, la casa del Gobernador. Claro está que, en estos lugares señalados, las edificaciones se fueron mejorando y modificando poco a poco. Recuerdo muy bien la Alcaldía que, de estar la misma casa ahora, sería un atractivo turístico; así también la Iglesia, una joya arquitectónica que en 1700 se había logrado terminar, pero que lastimosamente un terremoto la destruyó completamente en el 2001.

Más tarde, el espacio que servía para amarrar los caballos se utilizó para edificar la primera escuela, la cual contaba con cuatro salones: tres para los grados y uno para la oficina de dirección. En esta misma escuela, mirando hacia el parque, se construyó un hermoso portal que, de haberse conservado, también habría sido un atractivo turístico de nuestro pueblo, al igual que la casa del gobernador, también derribada por un terremoto, pues era lujosa, tenía losa, cerámica y otras novedades traídas desde España… Los que pateamos los 60 años y más, nos acordamos de los vestigios de esa casa de gruesas paredes ubicada en la esquina donde hoy vive nuestro buen amigo Julio Tobar.

Mi Abuelita nació en el último tercio de 1800; lo que sus antepasados le contaban de aquella época, no era fácil de olvidar. Ella repetía que lo que hicieron con su familia también lo hicieron con otras, éstas fueron “instruidas” por los recién llegados. Eran varios los cacicazgos, y a cada uno ellos le designaron un apellido español; ella me contaba esas cosas para ilustrarme, me dijo “Yo dependo de dos cacicazgos, mi papá pertenecía a los Arévalo y mi mamá a los Avelar, por eso me llamo Justa Rufina Arévalo Avelar…” Yo cuento lo que estuvo a mi alcance en aquel momento.

En esa misma “treta”, como decía ella, me contaba sobre la llegada de los españoles… Como ya dije antes, llegaron de forma aparentemente pacífica y que se abocaron a la gente pensante para enseñarles lo nuevo que traían… Así fueron enseñando su doctrina, el cristianismo, y su idioma, el español… También su forma de vida y a cómo mejorar sus casas poco a poco.

Mi abuelita era descendiente de dos cacicazgos como ya expliqué; según contaba ella llevaba todos los rasgos físicos de la merita raza nativa, además era inteligente, pues aprendió a leer y escribir, y tocaba instrumentos musicales, especialmente la guitarra y el violín.

Respecto a la familia, contaba ella que cuando joven en su casa eran nueve hermanos: Gregorio, José, Herminia, Jesús, Serafina, María, Francisca, Cornelia y ella, Rufina, quien se casó con Don Toño (Antonio) Saz… Además, estaban su mamá y papá, sumando un total de once miembros. Cada uno tocaba un instrumento musical, y todas las noches después de la tertulia, se ofrecían para sí mismos un pequeño concierto…

Pero lo que quiero destacar es que en aquella época, y quizá en todas, la gente señalaba a las familias con un mote… por lo que era, lo que hacía, o en lo que se destacaba… en el caso de la familia de mi abuela, eran siete mujeres, por lo que les llamaron “Las niñas Arévalos”, conocidas porque hacían varias cosas para vender, desde dulces y pan, hasta adornos y mortajas para muertecitos, también candelas para los muertos grandes, etc…

Pero regresando al tema que nos ocupa, pues parece que estoy perdido en el océano de cosas que quisiera contar, les explicaba que mi abuelita no perdía ocasión para contarme una historieta, por ejemplo, la del por qué San Andrés es el patrono religioso de Apaneca; ella me decía: “Fijate que, a San Andrés, un apóstol humilde, Jesús lo llamó cuando era pescador y pronto se convirtió en un fuerte pilar para la Iglesia y viajó por el mundo predicando la fe… La historia cuenta que fue tan humilde que ni siquiera quiso morir como su Maestro Jesús, y expiró en una cruz en forma de X en tiempos del poderoso Imperio Romano… En Apaneca se quedó para ser nuestro patrón espiritual” ¡Buena terapiada me metió mi Abuela!

Volviendo al tema de los españoles, ella me contó que llegaron para cambiarlo todo; las calles, que en realidad eran veredas, ellos las hicieron anchas; las casas, que eran bajitas y de paja, ellos las hicieron altas, de adobe y teja; el transporte, que se hacía a lomo, fue sustituido por el caballo, los bueyes y la carreta; los dioses, como el sol, la luna y la lluvia representados en ídolos de barro, fueron sustituidos por imágenes de sus Santos… hasta los sacerdotes nativos fueron sustituidos por misioneros católicos que se encargaron de inculcar la fe cristiana. De hecho, me dijo que después de llegar a un territorio, dejaban a un sacerdote para que con la ayuda de la gente construyera edificios para la casa de oración o Iglesia, por lo que no tardaron en necesitar madera… Un día, talando un hermoso árbol a unos 30 metros de donde se había elegido para construir, se encontraron con una hermosa imagen… se trataba de San Andrés… El hallazgo fue sorprendente, y para creer más en esa historia, la imagen actualmente lleva en la espalda la marca de un hachazo que el imprevisto labrador le dio al descubrirlo; desde ese día, a la fuente que abastecía de agua a la población, se le llamo San Andrés. La imagen fue llevada con alegría, bombos y cantos hasta donde hoy está, en la Iglesia… allí quedó como el “Señor”. Quienes conocemos el lugar y la imagen nos quedamos asombrados, más aún, porque en esa época estábamos chiquitos.

Cuenta la leyenda que los moradores se postraron, veneraron y hasta le pidieron perdón por el hachazo que le dieron al momento del hallazgo. Desde entonces, está en el altar mayor de la Iglesia, haciéndole milagros o “volados” en nombre de Jesús cuando así se le pide. A él le pedimos también consuelo, esperanza, entereza y tanto cuando necesitemos.

Esos tiempos sí que eran maravillosos. Contaba mi abuelita que las familias vivían dispersas; en cada manzana de tierra asignada para vivir, había una y a veces hasta cuatro familias; en las casas con grandes patios se cultivaba lo necesario para la comida… no faltaba el jocotón, el naranjo y varios palos de guayabo a escoger… pero también había un espacio grandecito de terreno con una superficie dura donde se amontonaba el maíz y aporreaba el frijol… también había gallinas y tuncos sueltos por todas partes. Algo que lamentaríamos hoy en día, es que en aquella época la gente estaba acostumbrada a no tener servicios sanitarios – como los conocemos hoy – sino que las necesidades básicas se hacían al aire libre.

Quiero destacar que la tenencia de la tierra casi era pareja, cada quien tenía donde cultivar maíz, frijol, frutas, caña de azúcar y más… Estaban también las tierras comunales que eran administradas por la Alcaldía y la Iglesia… “Todo era florido”, me decía mi abuelita, “Había que celebrar la abundancia” y… es así como a finales de noviembre de cada año se le daba gracias a Dios por la cosecha y a San Andrés por interceder… Es así como nacen las fiestas patronales de Apaneca, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.

Vale la pena destacar que aquella época era de abundancia y que ahora es de escasez, pues a veces no tenemos ni para montar a las “ruedas” en las fiestas a los cipotes, ni para comprar una tusada de pasteles Estebana.

Todo lo que antes se hacía durante esos festejos tenía razón de ser… Porque hasta los tamales y la chicha, debían ser hechos con masa nacida acá en el terruño… Las guitarras elaboradas en el pueblo y los músicos también debían ser nacidos aquí… En las carreras de caballos, que las bestias y los jinetes hubieran nacido en esta zona, era igualmente importante.

Algo que se me quedaba en el tintero y que en una ocasión pregunte a mi abuelita fue: ¿Es cierto que los españoles eran malos y que mataban a nuestros nativos? ella me contesto: “No podemos hablar tan mal de los españoles que vinieron acá… porque quizá no todos fueron malos, y a esta fecha todos estamos requete revueltos; los blancos poco a poco se fueron revolviendo con los canelitos y el resultado fuimos nosotros”.

Yo de curioso, le pregunté en otra ocasión sobre el exterminio de nuestros nativos, ella sobándome la cabeza me dijo: “Claro que sí hubieron algunos malos, pero esos no pudieron vivir entre nosotros y se fueron; los buenos se quedaron” y volvió a poner el ejemplo de ella misma: “Mira yo, hija de dos nativos, me casé con un español, Antonio, hijo de dos españoles que vinieron acá; así aparecieron ustedes en esta tierra; y por eso también ustedes unos salen cheles y otros negruzcos”.

El exterminio aquí sí existió entre todos aquellos que se “portaban mal” y no se sometían a su ley; pero también hubo otra forma de exterminio, el de aquellos que poco a poco perdieron sus territorios y empezaron a sufrir al convertirse en asalariados dentro de su propia tierra, porque los españoles se apropiaron de ellas; además, los ibéricos no eran sanos del todo, ellos trajeron muchas enfermedades que mataron a nuestros nativos… Desde entonces nosotros seguimos luchando contra esas enfermedades.

LAZAU

UNA HISTORIA QUE NO DEBE QUEDAR OLVIDADA

Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.

Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.

El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.

¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.

En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.

Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.

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Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo

No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.

1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.

Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.

Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.

En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos,  y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.

La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.

Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.

A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de  la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios  botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».

“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.

Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.

Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino-  y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».

Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.

En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.

Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»

A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto  Sánchez (el ayudante).

Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.

«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo  y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»

«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«

Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”

Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).

«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».

Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”

En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!

A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.

Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.

Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.

En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.

Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.

“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.

Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.

Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.

Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.

Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.

LAZAU.