El origen de mi raza apanequense

Ya he escrito que yo dependo de una abuela aborigen (Justa Rufina Arévalo Avelar) y de un español (Antonio Saz Herrera), pero no es esto lo que ahora me inquieta, sino lo de más allá en el tiempo, puesto que aquí en Apaneca científicamente hablando hace 1,000 años a. de J. C. humanos no habían, y si los habían ¿Cuál sería su estado?… Eso es lo que precisamente me inquieta.

En la escuela aprendimos, y yo también enseñé, que el Homo sapiens americano pasó por primera vez por el estrecho de Bering hacia Alaska hace 16,000 años a. de J.C. siguiendo al mamut cuando su dieta principal era ese animal junto con semillas, hojas, tallos y vegetales… y no pasó corriendo sobre el hielo como en un principio en la escuela nos hicieron creer, no, sino pisando la roca con poco hielo cuando el mar estaba un tanto vacío y cuando las aguas del mar estaban a un nivel de 100 metros más abajo que ahora… Fue entonces que el Homo sapiens pasó tranquilo haciendo alarde de su nomadismo y tratando de satisfacer sus necesidades biológicas más importantes.

Así llegó a la península de Alaska… No es justo pensar que solamente venía un hombre y una mujer… no … por supuesto venía una tropilla o varias tropillas que fueron medrando por todo el continente americano hasta llegar a Cabo de Hornos.

Es bueno imaginar y reflexionar sobre cómo y cuál era el estado físico y mental del humano a esta fecha… Han pasado 14,000 a. de J.C. y el Homo sapiens ha medrado por el territorio que hoy es Canadá y Estados Unidos, haciendo su trabajo… A lo mejor el mamut ya había desaparecido y el búfalo o cíbolo ya se había transformado junto a otros animales como el reno y el conejo, que fueron alimento cotidiano del humano, y otras muchas especies más que fueron desapareciendo por la caza indiscriminada.

En el transcurso de los siglos el hombre aprendió a pescar y esto favoreció al resto de las especies animales… No hay que olvidar que la actividad más importante fue la recolección de frutas, hojas, tallos y semillas para su subsistencia.

Se supone que a partir del año 13,000 a. de J.C., el humano ha medrado o migrado hacia el sur y ha llegado ya al altiplano mejicano y a Centroamérica, pues ya se había dado cuenta que aquí el clima es benigno y que eso hacía la vida más fácil… Ya no necesita tantos cueros para protegerse del frío o abundante comida; así va dejando el nomadismo y se va juntando con otros cerca de las fuentes de agua como los ríos, lagos o pequeñas vertientes que nosotros en Apaneca llamamos Ojos de Agua.

Al volverse sedentario se hace cómodo, en el buen sentido de la palabra, mientras él se va lejos a cazar y recolectar, la mujer y los hijos se quedan, y es precisamente en este momento cuando domestica las aves que ahora llamamos de corral como la gallina, el pato y el guaxolote o chompipe en nuestro caló. A lo mejor también el perro ya se había domesticado desde esos inicios en su afán por migrar junto al humano.

Nuestro aborigen varón allá en la montaña mientras caza y recolecta, también observa que las plantas nacen, crecen y se reproducen, y es así como hace infinidad de pruebas trayendo semillas, es así como descubre que las plantas más agradecidas son el frijol y el maíz; no es difícil pensar además que probó con muchos otros tubérculos. Aplausos se gana la mujer indígena porque es ella junto con los hijos la que cuidó, protegió e hizo producir la huerta alrededor de su choza… si, ya se le puede llamar así.

No obstante, el humano siguió migrando hacia el sur y ha llegado a Centroamérica… en Centroamérica está El Salvador… y en El Salvador está Apaneca. Apaneca originalmente fue poblado por Homo sapiens que venían migrando en esa época en un estado de cazador y recolector. En otro cuento he narrado ya “El origen de Apaneca”, ahí explico que mi abuela materna me contaba que Apaneca originalmente estuvo asentado atrás del cerrito que hoy vemos de frente desde el pueblo y que se llama Texitz (De Tex-caracol e Itz – sonido claro y agradable) con la finalidad de defenderse de los grandes ventarrones… Toda esa región se llama ahora Cantón Tizapa, originalmente llamado Tizapán (llamado así porque el agua de las fuentes que los abastecían estaban retenidas en rocas de “tiza” y “pan” que significa “encima”), nombre dado a la región por la migración organizada de tulanos toltecas comandada por Ce-Cath-Topilzin entre los años 1,000 y 1,200 d. de J.C., aunque ya para esa época la mayoría ya se habían mudado al chiflón de viento.

Historiadores mejicanos últimamente cuentan que hubo una disputa interna por el trono en Tollán, Tula o Xicocotitlán (Valle mezquital en el estado de Guerrero, México) y para evitar el derramamiento de sangre, el príncipe Ce-Cath-Topilzin, tomó la decisión de emigrar con sus seguidores sacerdotes, vasallos, nobles y guerreros hacia el sur.

Ahora bien, los historiadores nuestros desde que yo era pequeño, nos enseñaron que Topilzín Axith al frente de los tulanos o Toltecas, pasó por el sur de Guatemala y El Salvador, llegando por primera vez a Ahuachapán (Agua=Roble y Chalca=Casa, literalmente “Casa de robles y encinas”) donde ya habitaba la tribu Pocomán de origen maya desde el siglo V a. de J.C.

No hay duda, que este fue el punto de partida para todas sus conquistas posiblemente en el año 300 después de Cristo: así llegaron a Tlacopán (Tlacotl=vara y pan = lugar), ahora llamada Tacuba… a Ataco (lugar de elevados manantiales)… a Apaneca (Apanehecath de Apan=chiflón y Ehecath=viento)… a  Salcoatitlán (Lugar de culebras y quetzales)… a Juayua (De Xuayua de Cahuit=arboleda y Hua=que posee)… a Nahuizalco, donde la historia cuenta que no fue conquistada por Topitzín, sino que fueron cuatro familias indígenas de izalcos que radicaron ahí en 1596… el resto de pueblos como Mazathuath o Mazahuatan (lugar que tiene venados, ahora llamada Santa Catarina Mazahuat), Santo  Domingo de Guzmán, donde hubo una tribu dominada y educada por sacerdotes Dominicos, por eso a ellos se debe su nombre, y San Pedro Puxtla (Puxtla, que significa “Lugar de mercaderes”) es otro pueblo cuyo origen fue una tribu Yaqui o Pipil. Debemos tener claro que por estos pueblos no pasó Topitzin y que que se formaron mediante otras migraciones en estado salvaje.

Es entendible que Topilzin Axith, no pasó por todos los pueblos mencionados, pues se ha dicho que las migraciones de humanos fueron constantes desde el altiplano mejicano. Mucho antes eran pequeñas tribus que ya hablaban un inscipiente nahuath y que poco a poco se fueron quedando en las partes más altas del occidente del país… Los sabios sacerdotes y nobles que venían con Topilzín fueron los que denominaron Pipiles a nuestros ancestros, porque fueron ellos los que en sus travesías escucharon hablar mal el Nahuath… es por eso que los llamaron “niños”.

Ce-Cath-Topilzin, continuó su gira buscando el mejor lugar para establecer su reino y según cuenta el historiador Santiago Ignacio Barberena, fundó Tecpán Izalco en Nauathizalco (De Itz=que significa obsidiana y Cal o Chacha=casa, que quiere decir “Lugar de las casas de obsidiana”) … Luego pasó por Atehuan (Ateos) y llegó a Kuskatan Tajtzinkayu (Del Pipil Cuzcat que significa “joya” o “presea” que quiere decir literalmente “Lugar de cosas preciosas”) … Llegando luego a la ciudad de los Xoxhitototl (Etimológicamente Suchit o Sushil=flor y Toto-tutut=pájaro, actualmente llamado Suchitoto). Como Topilzín no pudo pasar el río Lempa, lo bordeó y después se cree que encontró el lugar ideal al cual llamó Tula, como la ciudad de sus ancestros.

Muchos pescadores en el lago de Güija han afirmado haber visto construcciones de calicanto en lo más profundo del lago. Algunas personas aficionadas han buceado en algunas partes y en las profundidades han obtenido objetos valiosos. Todo esto da lugar a conjeturas fantásticas, por ejemplo, hay personas que piensan que aquí hubo una planicie alimentada solo por los pequeños ríos de Ostúa, Angüe y Costumapa. La destrucción de Tula llegó al estallar el volcán San Diego, que formó un dique gigantesco que retuvo las aguas. Lo demás queda para motivarles a ustedes lectores a seguir investigando.

Por todo esto me doy cuenta que lo que mi abuela me contaba fue cierto. Una de las incógnitas que siempre me tuvo entretenido, fue lo que pensaba yo en mis adentros sobre mis abuelos… me decía yo solito ¿Por qué mi abuela es pequeña, piel entre negro amarillento, ojos y pelo negros, con cara de chinita; y mi abuelo en cambio, era grandote, blanco, rubio y ojos azules… Ahora que ya estoy en los “entas” me doy cuenta que mis genes pasaron así por el estrecho de Bering caminando y en barco por el océano Atlántico ¡Qué fantasías verdaderas he logrado imaginar!… y … si seguimos imaginando, y le echamos un ojazo a todas las caritas de mi gente linda de Apaneca veremos que poquito falta para que nos parezcamos todos… como los chinos que todos son iguales.

Así voy a terminar mi historia, haciendo ver que el Cath Topilzín, si pasó por Apanehecath. Se cree que él es el que llamó a nuestros nativos pipiles o niños por hablar mal nuestro idioma.

LAZAU

UN RECUERDO A MI FAMILIA

Foto portada: Justa Rufina Arévalo Avelar y Antonio Saz Herrera

Como se dice en buen caló, me hice profesor a patadas y mordidas, no porque me faltara vocación y capacidad, sino porque no había recursos y tuve que luchar contra cientos de obstáculos que se me presentaron en aquella época ingrata para un cipote ambicioso de mi edad.

Yo vagaba entre muchos desde que tuve uso de razón. En un principio la vida me fue placentera porque mis abuelos maternos, aunque vivían en el campo, relativamente eran algo acomodados y me querían mucho: me atrevo a decir que fui su nieto consentido porque me los había ganado con mis actitudes. Todos los días viajaba rumbo al cantón Quezalapa a la finca “Campos Elíseos” enclavada en la región de La Bellota y llevaba de una vez los comprados: seis reales de hueso de res para la sopa, cuatro reales de conchas para la boca y una pacha de guaro, tarea de todos los días… Sentadito en un tronco de árbol grande caído a la vera del camino, me encontraba a mi querido abuelo que me recibía contento con un “Yavenishijo”… Tomaba el tanate… lo habría… sacaba primero una concha… y con la uñas fuertes que tenía hacía dos tapitas el molusco… Se tomaba el primer talegazo y chulungún la concha… La que hacía chupada con sonido de choploco. Luego bajamos juntos a la casa de la finca donde nos esperaban mi abuelita y dos tías que no se habían casado todavía.

Yo llegaba contento y entusiasmado a buscar el cántaro para acarrear el agua desde el Ojo de Agua hasta terminar de llenar un enorme calderón y un barril de hierro que se encontraban en el patio contiguo a un barandal de la casona… Esto lo hacía acompañado de la tía Ana y como el Ojo de Agua estaba como a seiscientos metros me permitía jugar de camión, haciendo los recovecos, la velocidad acelerada en las rectas, poca velocidad en las vueltas con chirridos, simulando los peligros que esto conlleva en caminos escabrosos y con carga; hasta el ruido del motor y los frenazos los hacía con la boca… Mientras mi tía hacía un viaje yo hacía dos y a las diez de la mañana el calderón y el barril de hierro estaban llenos. Hoy recuerdo con tristeza los caminitos y los pocos árboles que me vieron jugar entre la montaña carcomida ya, por el pecado ambicioso de obtener mayor riqueza.

Los demás trabajos eran variados y ocasionales; cortar leña, alistar el monte y el zacate para el caballo, la mula y la vaca, bajar las pacayas para la venta, los güisquiles o las frutas y los racimos de guineos cuando ya estaban a punto… Todas las tareas se hacían con una gran dosis de juego. Cuando llegaban los primos y los cipotes vecinos jugábamos de todo, pero diría yo ecológicamente porque ocupábamos el medio ambiente con respeto, a tal grado que hasta volábamos piscucha encaramados en las horquetas de los árboles grandes, sin desmedro de sus ramas… Hacíamos ranchitos en el cafetal y cada quién tenía el suyo. Hacíamos de todo imitando a los mayores. Cuando llovía el juego era mejor porque estábamos seguros que nadie nos espiaba… A veces nos íbamos de cacería a carrerear a las ardillas o a tratar de emboscar a los conejos o a puyar en los huecos de los árboles a los girones que, aunque no agarrábamos nada, corríamos y nos carcajeábamos bastante.

Por la tarde, otra vez de regreso para el pueblo cargadito con pacayas, güisquiles y frutas; además, centavitos que mi abuelo me daba por el día trabajado… Bastante dinero juntaba para mis gastos personales. Yo sentía bonito por la vida facilona que llevaba; pero lo que en verdad estaba pasando es que andaba huyendo de la escuela.

Aprendí a leer con Doña Rosita Vielman, de grata recordación para mí, pues ella con mucho amor nos dejaba aparentemente castigados, pero su objetivo específico era bañarnos y enseñarnos cómo debíamos hacerlo en casa, así como otras normas de higiene importantes en la vida. Pasé a segundo grado con don Homero Hidalgo, profesor joven y apuesto originario de Tacuba; con él estuve bien. Fui a tercero con el Sr. Augusto Aguilar, que a saber de dónde llegó… Aquí sí que no entendía nada… se me vino el cielo encima… lo recuerdo muy mal porque una vez que unas niñas de caché muy conocidas, estaban molestando y haciendo bulla, el profesor se dio cuenta y para salvarse del enojo y el castigo, dieron queja de mi… me llamó hacia el frente y con todas sus ganas me pegó tres reglazos en las manos… me hizo llorar… y para completar su gusto me llevó a la Dirección y allí el Señor Director Don Miguel Zelman Villalobos, me aplicó dos riatazos en las nalgas… me tuvo parado toda esa hora y la siguiente y cuando me mandó a formar para irme a casa, me dijo que mejor ya no volviera… y así fue, ya no volví. Cuando ahora los veo en las entrevistas por la tele como Licenciado en Ciencias de la Educación, uno y el otro, psiquiatra, me lleno de coraje y cólera porque el trauma que me causaron todavía lo llevo a cuestas.

Yo a nadie le conté mi problema, ni a mis amigos siquiera. Perdí cuatro años de escuela, pero yo feliz porque mi papá y mi mamá me compensaban con cariño, además tratándose de volver a viajar donde mis abuelitos donde también me apapachaban, lugar que ya conocía y aprendía cada vez más cosas nuevas del campo.

Nada me hacía cambiar, me gustaban las tareas de antes y estar cerca de mi abuelo, trabajar jugando era mi pasión… Cuando alguien me platicaba de ir a la escuela decía yo ¡Que Chipiada!… Me había comprado un par de botines cafés muy elegantes, por cierto, pero jamás me quedaron buenos, eso sí, me sirvieron de alcancía, llenas de billetes y monedas estaban siempre, que hasta préstamos sin retorno le hacía a mi papá cuando el zacate o comida del rebaño se acababa en la alacena.

Había mucha gente que desconocía mi vida de abundancia y solo veían mi tamaño, por lo que me aconsejaban volver a la escuela, pero yo siempre estuve renuente. Don Lito Arévalo, un señor gordito que montaba un jeep, me alcanzaba en el camino cuando regresaba por la tarde y desde que arrancaba empezaba el martilleo con lo mismo cada vez con palabras diferentes… “Mirá cipote – me decía – deberías ir a la escuela, fíjate que para ser un buen hombre hay que aprender muchas cosas que solo ahí las enseñan”, yo lo tengo presente cuando me alcanzaba y paraba el carro entre una nube de polvo y me decía: “subite; poné la carga atrás  y te venís a la par conmigo”… y comenzaba la cantaleta… Don Lito como sabio poco a poco mi conciencia corroyó.

Tenía catorce años de edad cuando de repente entré en un trance de melancolía porque los primos y los otros cipotes con quienes jugaba habían vuelto a la escuela. En esas circunstancias averigüé que los maestros aquellos ya no estaban… que Don José Domingo Arévalo era el nuevo director y que había nuevos maestros. Y vino la reflexión definitiva. Gracias al altísimo yo ya había prendido a tomar decisiones.

En ese bendito momento llegué a mi casa y le dije a mi padre: “Mañana me voy a la escuela” fuimos con mi madre a la tienda y compramos cuatro cuadernos rayados, otros para el dibujo, caligrafía, ortografía y mapas; el que llamábamos de borrador, me lo hizo ella de papel de empaque; lápices y pluma fuente siempre hubo en la casa; el bolsón mi madre lo improvisó de la manga de un pantalón que mi papá que ya no usaba.

Muy temprano estábamos ahí, la maestra Toyita Rivas daba clases a tercero, el que yo iba a repetir. Doña Toyita, señora que siempre he respetado y recordado con cariño porque todo aquel enredo que yo tenía en mi cabeza y también el sentimiento adverso a la escuela se terminó, cuando ella puso su mano sobre mis hombros y dijo: “Está aceptado… déjemelo” mi mamá dio los datos y una nueva era comenzó para mí.

De ella hay mucho que decir, pero el espacio es corto, aunque vale la pena resaltar algunas de sus virtudes como lo joven y atractiva a nuestros ojos, mente y corazón… todo lo que enseñaba lo hacía fácil de captar y asimilar… templada en cuestión de disciplina acompañada de consejos adecuados a nuestras necesidades y aspiraciones… Tres años pasé con ella (3º,4º y 5º), los más felices de mi época de estudiante. Una anécdota con ella voy a contarles: Todos notamos que a la Niña Toyita le gustaban los jocotes tiernos y los mangos, nos gustaba verla cuando se chupaba los dientes y aturraba la cara de gusto cuando los probaba… pero también fuimos observando que se ponía más bonita y el estómago le iba creciendo… inolvidable suceso porque todos nos pusimos tristes cuando supimos que iba a tener un bebé… la queríamos mucho… el rendimiento bajó.

En la escuela todo había cambiado, había otra dinámica. Don José Domingo a quien recuerdo con gratitud y cariño le puso otro estilo. Estando yo en cuarto grado él me llevó a un concurso de poesía a nivel departamental que se llevó a cabo en Ataco. El tema que según todo el mundo iba a ser el Capitán General Gerardo Barrios, porque fue un 29 de agosto el día en que lo fusilaron, que fue descartado porque el jurado argumentó que podía haber fraude. Ellos se reunieron y tuvimos que esperar. Quedó finalmente como tema El Río, yo me gané el segundo lugar y me dieron diploma, los dos tomos de biología de Montts Calderón y el libro Corazón. Don Chepemingo y la niña Toyita se pusieron felices, yo lo noté.

Estando ya en quinto grado me seleccionaron para ir a competir en ortografía y comprensión de la zona occidental, en la Escuela Mariano Méndez de Santa Ana; Don Chepemingo me llevó en su propio carro… estuvo conmigo hasta colocarme en el sitio que me correspondía y solo me dijo: “Tranquilo Carlos”… Cuando terminé la prueba la entregué. Como lo habían nombrado jurado, yo me quedé fuera de la escuela esperándolo junto al carro; después de tanto esperar lo vi venir y traía la cara como de fiera endiablada, apenas se me acercó vi estrellitas sin cielo, me había dado un moquete en la cabeza como queriendo decir ¡Que bruto fuiste! “Si hubieras puesto legía con “j” y oyo con “h”, hubiéramos ganado un lugar, fijate”…  ya en carro caminando, “El primer lugar sacó 4 errores, el segundo 5 y el tercero 6 y vos sacaste 7 errores” dijo golpeando otra vez el timón bravo conmigo… yo personalmente le di la razón allá en mis dentros… pues yo no decía nada porque estaba asustado… él hubiera querido que yo ganara cualquiera de los lugares.

Así pasaron tres años felices y yo ya tenía diecisiete; ya hacía mis buenas reflexiones como la de que cuando sacara sexto grado me iba a ser policía, guardia, mecánico o telegrafista, pues en esa época eran puestos importantes en las comunidades y fáciles de lograrlos. Por otro lado me sentía motivado porque si no obtenía el primer lugar, obtenía el segundo, que siempre disputé con el compañero Carlos Valentín Puente. Era una honra para mí que me pusieran la banda de tela fina y mención honorífica en público cada fin de trimestre.

Me estoy remontando allá por el año de 1958 cuando fui al sexto grado y ya no era mi maestra la Niña Toyita, sino que la Niña Chita Cuestas. Con ella nos costó acomodarnos, aunque era buena y primorosa con el grupo, sentíamos el vacío. Yo personalmente aprendí muchas cosas importantes con ella, casi siempre me mandaba a la pizarra para hacerle los mapas de cualquier parte del mundo o dibujos de Ciencias Naturales que ocupaban en la clase… era cosa de segundos sin ver la copia. Con ella también se me despertó la afición por la guitarra. Así terminé mi primaria en aquel edificio que todavía añoro; a veces me paro de espaldas hacia el parque y me la imagino como tal que, aunque estoy viendo el mercado, se me entremete la figura con su techo de tejas sostenido por paredes anchas y su bonito portal histórico sostenido por pilares rollizos de madera con bases moldeadas con arcilla; con un piso de piedritas todas iguales al mismo ras que no estorbaban al caminar. De no haber botado las paredes que formaban los salones, estarían allí gravadas las voces de los maestros y el griterío de los niños. En sus patios había hermosos cipreses que nos cuidaban del sol mientras jugábamos o recibíamos la clase de música del maestro Guillermo Vides.

Ese mismo año que yo me fui se inauguró la Escuela nueva de la que solo me quedó el gusto de pasar los pupitres y los demás enseres. Les cuento que me quedé con las ganas de tener como maestro a Don Lorenzo Aguilar Bautista, a Don Jorgito Vélis Vindel, a Doña Julita Saz de Vielman, a Doña Angelina de Cuellar y a Doña Juanita de Arévalo; pues según el sorteo la dicha no fue para mí. Aunque tengo entendido que eran tan buenos como la niña Toyita.

Bueno, ahora viene en serio mi incertidumbre ¿Qué voy a hacer el año siguiente? En mi casa no había suficientes recursos y si los había, éramos muchos estómagos que llenar. Estaba como encerrado en un túnel solo viendo oscuridad, las salidas estaban cerradas y a nadie se le había ocurrido abrirlas desde fuera, hasta que finalmente el Padre Ricardo Humberto Cea que piochaba y cavaba las rocas de entrada, el reverendo había comprendido mi problema y el de muchos de mi edad sin contárselo … disponiéndose a fundar el Colegio San Andrés.

La noticia fue una novedad y la gente de mi pueblo se puso contenta, pero yo aunque había visto la luz al final del túnel, me encontraba muy incómodo porque mi familia se trasladó lejos del pueblo, en las cercanías de la Laguna Verde en donde mi papá había comprado un terrenito, donde había una casita y yo no podía viajar; además, mi abuelo que para mí era muy importante ese año falleció. Aun así, en ese estado de cosas, mi papá platicó con el Padre Cea y me matriculó. Excepcionalmente iba a empezar las clases después de Semana Santa porque había que trabajar en las cortas de café y ganar bastante para comprar libros, cuadernos y uniformes. Dicho y hecho, me presenté después de la semana grande y tuve que emplearme a fondo para reponerme de los meses perdidos. Muchos problemas surgieron, pero fueron solucionados y sirvieron como acicate para amacizar mi alma. Varios compañeros de la escuela estaban ahí: Carlos Puente, Loncho Mata, Tín Guerra, Abrahán Pérez, Cleta Márquez, Dora Márquez; otros que habían egresado en años anteriores también: Yayo Linos, Julio Guzmán y Paco Márquez, además, Mina Herrera que venía de otro colegio, Hugo Mata y Rosalinda Herrera estaban en segundo curso. Estos somos los fundadores del Colegio San Andrés. Maestros gran equipo: Sr. Rafael Antonio Blanco, Dn. José Domingo Arévalo Mata, Sr. Jorge Humberto Velis, Sr. Guillermo Salas y por supuesto el Padre Cea.

Aguantadas de hambre… muchas… mi pobre Padre venía los miércoles para traerme lo comida de dos días porque yo la traía el domingo para lunes y martes. Experiencias para contar un sinfín, como una vez que estaban agarrando para el Cuartel, yo salí de la casa de mi papá como a las seis de la tarde con mi ropa planchada y mi tanate de comida; yo vi el puño de hombres en el camino que me estaba esperando, me acerqué y se me vinieron encima tirándome corvasos, pero metidos en las vainas, pero no me pudieron agarrar y me fui de regreso; llegué a un lugar donde abundaban las piedras, recogí bastantes y me vine de nuevo porque hasta ahí yo pensaba que los hombres solo pretendían asustarme por envidia, pero no fue así. Cuando llegué al punto no vi a nadie y seguí caminando, ellos se habían ido más abajo para esconderse; de repente, vi salir de los matorrales a los sujetos y los agarré a pedradas. Salí corriendo, pero más abajo había otro poco de gente, algo más ancianos digo yo, porque en la refriega a dos de ellos con facilidad los agarré del buche y los arrastré en el lodo. Finalmente me amarraron con unos lazos y así me trajeron a la cárcel. La ropa llegó toda mojada y la comida sabe Dios dónde había quedado. Minutos después llegó mucha gente para ver qué me pasaba, mi papá ya había sido avisado quizá por los mismos patrulleros, casi detrás venía y junto con él, el Padre Cea, ambos llegaron a rescatarme.

   

Angelina Saz Arévalo y Fernando Calderón Sigüenza

En una ocasión… mejor dicho en muchas ocasiones, mi papá no pudo venir por el mal tiempo y tuve que mitigar el hambre con dos guineos morados que me compraba en la tienda, pero primero me comía la cáscara y después lo de adentro. Así terminaba la semana… ¡Gracias a Dios! Y salía corriendo para reunirme con mi familia.

Les cuento todo esto no para que me compadezcan, sino para que vean que la vida no es fácil cuando no se tienen los recursos, pero hay que saberlos valorar cuando se tienen, pues Dios pone las dificultades para que saltemos como resorte. Hay que tener mucha entereza para soportar los tropiezos que se presentan sin perder de vista el objetivo. La voluntad se fortalece cada vez y uno se vuelve positivo. Así terminé el primer y segundo curso (1959 – 1960), arrimado en la casa de mi abuelo materno cerca de mis dos tías Ana e Imelda, lo digo así porque ellas fueron un tanto indiferentes a lo que me ocurría, aunque así fue de alguna manera me sentía protegido. En ese último año mi tía Ana falleció.

Para 1961 todo fue diferente porque mi papá hizo un buen cambalache con un Señor que le dio una casita en la Quinta Avenida con un bonito terreno que lindaba con la fuente de San Andrés a cambio del suyo en la Laguna Verde. Ahora mi lugar de estudios estaba a cien metros de mi casa y ya dormía cabal y hacía los tres tiempos de comida. Así completé el Plan Básico y para 1962 estudiando el primer año de bachillerato hice mis primeras prácticas de profesor ayudándole al Padre en la nocturna, daba la materia de Idioma Nacional y Estudios Sociales. Por otro lado, el Colegio ya tenía internado y me divertía dándole clases de refuerzo a los alumnos deficientes en sus notas; fue entonces que me dije con seguridad, ya no voy a ser carpintero como mi papá, sino profesor. Mis fuerzas interiores habían aumentado cuando ya tenía verdaderos maestros que imitar: a Don Rafael Antonio Blanco, con sus matemáticas, que estuvo desde sus inicios; Don German Alcides Vásquez, con su Literatura; a Don Miguel Ángel Reyes, con sus Ciencias; a Don Raúl Mejía, con Idiomas; y, a Don Julio César Rodríguez con su Música. Otras personalidades que en gran manera contribuyeron a mi educación, aunque no lo parezca y que pusieron sus codos en favor del Colegio fueron: Doña Bety Mata, ahora viuda de Arévalo, y la vieja Ana. La primera llevaba el control de todo lo administrativo, económico y académico, se caracterizó por su accesibilidad y calor humano que nos regaló; la segunda, una “vieja brava” de carácter difícil, pero sabiéndole llegar, sacaba un corazón grandote para dar; a mí no se me olvida la “trotaconvento” del Colegio, como le decíamos, ella era la que llevaba el control de la cocina, la que nos daba de comer a veces como mamá, pero era también la que nos sacaba corriendo por todo el colegio cuando lo que hacíamos no le parecía. Muchos abrazos a la “viejana”.

Rafael Antonio Blanco y Carlos Saz, en el Colegio San Andrés (1962)

Por fin egresé en 1963. Presenté exámenes generales privados en noviembre de ese año y los aprobé. El 19 de junio del año siguiente, me gradué junto con el compañero Federico Charlex. Para el Padre Cea, fue un exitazo, como decía él. Se vanagloriaba y gritaba a los cuatro vientos que su obra crecía, prueba de esto era que las graduaciones se hacían el día de su cumpleaños (19 de junio de 1921). Esa vez, recuerdo, trajo un gran orguestón con más de cincuenta músicos que nos deleitaron con varias piezas de música clásica. Había invitado a personalidades como al director de Educación superior, al Gobernador Departamental, al Alcalde Municipal, a Diputados que cuando eran jóvenes fueron sus alumnos y otras personas importantes amigos suyos de diferentes partes del país.

Anécdota inolvidable es la vez que me pusieron en el programa para dar las palabras de agradecimiento y durante todo el discurso me temblaron los pantalones y el micrófono también; las palabras se me quebraban y lo peor es que me daba cuenta y por querer controlar mis nervios, la tembladera era peor.

Como el Padre decía: “Yo voy pensando diez años adelante que ustedes”. Dos años me tuvo trabajando en el Colegio como profesor, experiencia que me valió como un curso de perfeccionamiento para el buen oficio de enseñar. Con él aprendí todas las técnicas habidas y por haber en el profesorado y en 1966, me eché a volar. Fui a probarme a un interinato por tres meses en el Instituto Nacional Cornelio Azenón Sierra de Atiquizaya. La experiencia no fue tan grata, ahí los valores morales estaban disminuidos, quise impregnarle a lo que enseñaba el sabor a Cristo Jesús, por lo que me pusieron en sus corríos el sobrenombre de “Chambacú”; quise aplicarles disciplina dura y me pusieron “Chicharrón”, porque dejaba salir tarde a los que no habían aprendido la clase aún. Finalmente salí desilusionado, era muy joven, pensé que me faltaba algo.

Carlos Saz, cuando era profesor del Colegio San Andrés (1966)

Luego puse a vacilar mi pensamiento y me encontré el trabajo en la justicia, con ayuda del profesor Rafael Blanco, me nombraron secretario del Juez de Primera Instancia de Chalchuapa; pero me fue peor porque me tocaba conocer y escribir cosas horribles que jamás imaginé de la sociedad en que vivimos: una vez me tocó describir la escena de la violación de una niña que iba con su madre en un lugar desolado y oscuro.  En esos juzgados se requiere registrar pistolas, corvos o cuchillos utilizados para herir o quitarle la vida a alguien… Me dio pánico y me hizo reflexionar duramente, caí en la cuenta que era por la educación que tenía que luchar.

Supe que en Chalchuapa estaba la supervisión inmediata de los Planes Básicos de Orientación Media… El señor supervisor Don Rigoberto Aguilar Guido, estuvo una vez supervisando una clase mía y cómo elaboraba las pruebas objetivas en el Colegio San Andrés, ya me conocía, más la palanquita siempre del Señor Blanco, puse mi solicitud y no tardó mucho en contestarme positivo a mi favor… fui nombrado Subdirector con dieciséis horas de clase en el Plan Básico de Orientación de Metapán, el once de mayo de 1966.

Por primera vez vi el camino amplio para bregar sin tapujos porque encontré el terreno fértil para sembrar mis conocimientos, alumnos ávidos de aprender, compañeros colaboradores conmigo, padres de familia responsables y una comunidad con un ambiente sano; allá lejos, pero muy lejos sin contaminación de lo que algunos llaman civilización.

Para entonces en Metapán la fábrica de cemento CESSA estaba poniendo sus primeros postes, las carreteras para llegar todavía eran estrechas; en muchas ocasiones el bus en el que yo viajaba tenía que apartarse a un ladito para que el otro pasar. Para mí Metapán fue el mejor lugar del mundo, nada que envidiar para vivir feliz; una sociedad que lo tenía todo completamente independiente, con sus calles y avenidas angostitas, con sus casas antiguas de adobe con una característica dominante y es que, la puerta de la entrada a la sala principal se ubicaba en la esquina. Adentro las casas grandes tenían un portal que da al jardín donde no faltaban las rosas. A lo lejos, desde cualquier punto alto se veía su hermosa Iglesia colonial teñida con cal, manifestando que la gente de Metapán está protegida por Dios. Yo me sentí como nunca; mis alumnos me llamaron “Señor Saz” y todo habitante también que por primera vez me hicieron sentirme estimado, elegido, estimulado y si se puede decir, apapachado.

Esquipulas. Paseo en bicicleta con alumnos del Instituto (1967)

Retrocediendo un poco en el tiempo, con relación a mis menesteres todo estaba arreglado. Cuando llegué después de mi largo viaje, un compañero llamado Miguel Ángel Morales me estaba esperando. Cuando me bajé del armatoste que me llevaba, se imaginó que yo era y agarrándome mis “volados” me preguntó y saludó… y caminando me dijo: “Vengase, vamos a vivir en la misma casa ya todo está arreglado” y como me vio la figura como la de un quiebrapalito, me hizo la broma: “Yo creí encontrarme con un hombrón de tamaños moyeros como los del luchador! Ahí vivían otros amigos que trabajaban en la fábrica de cemento CESSA con los que compartimos muchas cosas.

Aunque disfrutaba el trabajo y la gente era buena en Metapán, siempre estuve absorto porque mi primer retoño estaba por venir y le pedía a Dios estar ahí en ese preciso momento. Viernes por la tarde a como diera lugar estaba en camino sin volver atrás… Por fin un domingo siete de agosto se me concedió, ahora tenía que trabajar más y con más ganas.

Aún para 1967 solo éramos cinco compañeros: Florentín HenrrIquez Herrera, era el director, un hombre muy dinámico; Miguel Ángel Morales; Ana Josefa Carpio; Salvador Belloso; y yo, éramos el equipo que no mirábamos el reloj para trabajar; una secretaria llamada Ana y el ordenanza, Teto Mira, también nos acompañaban.

En 1968 fundamos el bachillerato (4º y 5º curso). En 1969 sacamos los primeros bachilleres. Ese mismo año tuve que ausentarme porque fui becado a la Ciudad Normal para impulsar la Reforma Educativa. Ya para 1970 como el centro de estudios ya era Instituto Nacional, yo era el subdirector, y tenía que asumir el cargo de director porque Florentín se iba a la Normal también becado.

Compañeros de Ciudad Normal (1969)

En 1971 nos separamos porque hubo transformaciones en el Sistema Educativo, yo me quedé como director del Tercer Ciclo de Educación Básica (ahora 7º, 8º y 9º grados) en el mismo local, mientras que el bachillerato pasó a un nuevo local con todo su equipo y algunos profesores: Florentín Henríquez, Miguel Ángel Morales y Francisco Jiménez. Desde antes estuvimos gestionando un nuevo local porque ya no cabíamos. La familia de Don Mincho Valiente, accedió a donar al norte de la ciudad, contiguo a la piscina, un espacioso terreno con la condición de que el centro educativo llevara el nombre de un ser querido de la familia, fue así que se llamó Instituto Nacional Benjamín Estrada Valiente.

En 1974 vino otra transformación, las escuelas fueron unificadas, o sea que iban a tener ahora hasta el 9º grado. El local que nosotros ocupábamos pertenecía a la Alcaldía y lo abandonamos con la condición de que la mitad pasara al Kinder y la otra mitad a la Casa de la Cultura, en la que también fui parte de su fundación. Yo pasé a la Escuela Urbana Unificada República de Guatemala y la compañera Ana Josefa Carpio de Torres, a la Escuela Urbana Unificada Luz Gómez.

En la Escuela Guatemala aprendí como dicen por ahí a “dejarme el pellejo”, los compañeros maestros, los niños y los papás me enseñaron muchas cosas, con ellos hicimos muros, cercos, adoquinados, canchas, gradas y los servicios básicos que le hacían falta a la escuela. En ese tiempo la institución creció y albergó a más de mil alumnos con veintinueve maestros a mi cargo asistiendo unos por la mañana y otros por la tarde. Diecisiete años viví en Metapán, ahí crecieron mis hijos, suficientes para amar el lugar. Pudiera escribir tantas cosas, pero el tiempo es escaso, muchas historias se quedarán en el olvido.

Carlos Saz entrega título a Adán Figueroa. Graduación del Institudo de Metapán  (Metapán, 1970)

Difícil fue para mí cuando tuve que retirarme de Metapán, porque adoraba el lugar. Una amenaza infortunada a finales de 1982 cuando la guerra civil se había encrudecido y el desgobierno ya era evidente. Una persona irresponsable con el afán de conseguir sus objetivos malignos y cobardes, me hizo llegar en forma de anonimato, algo que acostumbraban en esos días personas que les gustaba hacer el mal.

Grupo de Danza de la Escuela Guatemala, cuando Carlos Saz era el Director

(Metapán, 1978)

A veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres y dicen que no hay mal que por bien no venga. En esa época el Colegio San Andrés había desaparecido y coincidió que yo me quedé sin plaza y no tenía donde ejercer mi profesión, el Padre Cea por su parte, andaba queriéndole dar vida al Colegio. Justo a tiempo, me llamó a mí y a Lito Rivas para llevar a cabo su nuevo proyecto. Nos comprometimos con el Señor Obispo monseñor Marco René Revelo, quién firmó un contrato con el Señor Ministro de Educación. El contrato decía que nosotros pasábamos a ser parte de la red de maestros pagados por el Estado en Colegios Católicos, con la colaboración de otros maestros pagados hora – clase salimos adelante en 1983. Muchas de las experiencias del largo trajinar en otros lugares fueron útiles aquí, sumados a los nuevos objetivos de los Colegios Diocesanos, tuvimos buenos resultados. Ahora el Colegio San Andrés está ahí y las aspiraciones del Padre ya concretadas perdurarán.

Antes dije que a veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres, pues estos nueve años fueron el cumplimiento de lo que él quería que yo hiciera ¿saben por qué? Se los voy a contar… Cuando yo viví la gran tribulación por la amenaza que me hicieron allá en Metapán, pasé una semana sin poder decidir si dejar o no la ciudad y el trabajo en la Escuela Guatemala… platicaba con mi esposa y conmigo mismo y nada… platicaba con Dios y tampoco… pero tenía un amigo, Toño Caballero, a donde nos íbamos a dormir y ahí tuve un sueño: Empezó a temblar, la gente corría y nosotros agarrados de las manos también… tuvimos suerte y llegamos a la Iglesia, subimos a la cúpula y desde ahí vimos que las casas se caían en pedazos y se incendiaban, la gente moría entre las llamas… solo la Iglesia estaba intacta. Esa misma noche comenté el sueño con mi esposa y sin titubear la mañana de ese día de octubre salimos de Metapán solo con un poco de ropa, la Petra, nuestra chuchita y un perico. Pasé dejando las llaves a mis superiores en Santa Ana y nos fuimos con mis familiares en Apaneca.

Esta historia va para mis familiares que no la conocen, ojalá me haya dado a entender, solo pretendo impulsarlos o tal vez divertirlos porque yo si escribo es para eso… o para aprovechar darles consejos a raíz de lo que yo viví ¿quieren algunos? Ahí les van: Vean al vecino como de la familia… apunten en su diario una cosita buena o mala que hicieron… ahorren lo que puedan y no gasten en tonterías… cuiden con esmero lo que tienen y no lo despilfarren… pidan disculpas o perdón si alguna vez se equivocan… si alquilan una casa mejor piense en comprarla para que sea suya… aprendan a nadar de chiquitos para que cuando sean grandes no sufran viendo que otros pueden… aprendan a manejar la computadora y el carro con tiempo… dedique aunque sea un ratito a leer la biblia… sean prudentes en todo lo que hacen haciendo uso del sentido común.

A veces me auto juzgo y pienso que me equivoco porque hago juicios indebidos por lo que pido perdón a quienes talvez ofendí… ¿Saben qué? Yo tengo grandes problemas como es el de que soy cuidadoso hasta con las cosas viejas que tengo, porque cuando niño muchas cosas me hicieron falta, que también repercutieron en mis cosas subjetivas. Por eso digo: Aunque yo sé que a estas alturas nada se puede hacer, en mis oraciones le pido a Dios me alargue un poco esta vida para ver triunfar a mi Elena, a mis nietos y a otros niños de la niña Tancho que también quiero.

Octubre de 2014

LAZAU

LA PROCESIÓN DE LA SUERTE

Doña María Solano, que vivía en la Calle 15 de septiembre en el Barrio El Calvario, un día platicando con Doña Tiveria Luna, que también era vecina, ésta le contó entre todos los chambres del pueblo que se había desatado una noticia importante.

¿Y de qué se trata Tive? – preguntó Doña Mari… Pues es una especie de procesión que va por las calles y avenidas de las doce de la noche en adelante… Es solo de señoras y no van muchas… Van rezando y cada una lleva una candelita encendida… Todas van con vestido negro y tapado incluido hasta la cabeza.

Mirá Mari, hay que estar preparadas porque yo ya lo estoy… dicen que solo se necesita un pañuelo blanco de seda, un botecito con agua bendita y un cofre de madera.

Que si uno tiene suerte, se puede ganar una sortija que si la sobás y le pedís un favor, te lo concede y hasta te da pisto si le pedís lo necesario.

Creo que la llevamos de ganar porque no va para toda la gente, si no donde hay una viuda cincuentona… dicen que van rezando y ahí se paran… Una de ellas se desprende del grupo… toca la puerta… y es ahí donde tenés que ser fuerte Mari porque vas y abrir la puerta y ella te dice: “En usted confío, guárdeme mi candelita”… Vos la tomás y cuando la procesión se va, cerrás tu puerta y apagás la candelita… Inmediatamente se envuelve en el pañuelito blanco que se supone ya lo has bendecido antes y lo ponés en el cofre donde se guardan la ropa… allí lo dejás hasta que la señora que lo dejó vuelva y te traiga la sortija.

¿Oye Tive, no será que ya estas asustada antes que te asusten? Porque desde ya te veo pálida… yo personalmente no creo mucho de lo que estas planeando… creo que si mi marido estuviera ya me hubiera reprendido… Él no tomaba en serio estas cosas.

Al pasar como unos seis meses, la procesión pasó; me tocaron pero yo no abrí la puerta. La Tive si porque la encontraron muerta del susto, se le paró el corazón porque dicen que cuando la señora pasó de nuevo por la candelita que le dio a guardar, la Tive metió la mano en el cofre para sacarla y una mano le agarró la suya y ahí se quedó. Dicen que cometió un error el más grande de su vida: se le olvidó mojar el pañuelito blanco de seda con el agua bendita; porque si lo mojó pero con otra agua que tenía adjunta.

LAZAU

El gato negro

El gato es un animalito doméstico muy útil porque ahuyenta los ratones y para algunas damas que lo prefieren como mascota; pero también en todas las épocas ha sido relacionado con la mente misteriosa del hombre, pero más que todo el de color negro… Yo recuerdo lo que se decía de Doña Moncha Turcios, que curaba o hacía la cacha de curar algunas enfermedades terminales; pero también lo contrario, poner para bien o para mal por encargo.

Cuentan que vivió yendo para Ahuachapán cerca de la Fania; ahí tenía su parcela en la que había construido su casita campestre, de bajareque como con tres o cuatro cuartos, una sala grande con su respectivo corredor con alguna comodidad; pero lo más importante, una salota para recibo o estar, en cuyo interior las paredes estaban tapizadas de santos y fotos de familia; además, bancos y sillas por todos lados para sentarse, porque eso sí, había mucha concurrencia de algunas personas que venían de muy lejos.

Decían que todo el terrenito estaba cultivado con guineo, guayabos, café, duraznos, naranjos, etc., pero más que todo arbustos y plantas medicinales como ciguapate, chichipince, albahaca, ruda, etc… Era un jardín.

Me contaban que cuando uno llegaba se sentaba a esperar su turno; pero también se solía dar una vueltecita… Después de la espera, la Niña Moncha tenía un cuarto aparte totalmente oscuro a donde metía a la gente una por una… Al entrar no había que hablar mucho; el saludo, las preguntas respectivas, las respuestas y al camino… Ahí había un sillón, un almatroste de madera en donde se sentaba ella… a su derecha, en una mesa había un gato negro que solo movía la cabeza y la cola de vez en cuando… a su izquierda una candelota encendida de cera pura de abeja, a la que el paciente o pacienta tenía que tocar a la hora de dictar la receta, la dosis y entrega de la medicina, y finalmente ya para salir, había que sobar el lomo del gato negro, como queriendo decir ¡Gracias!… A la salida de la casa ya para partir estaba su marido con una bolsa de cuero en la que había que depositar una donación monetaria.

Si de verdad curó, debió haber sido por fe en sí mismos y en el poder de nuestro Señor Jesucristo, porque dicen que una vez que le llevaron una enferma de cáncer o lepra… no recuerdo muy bien… y como en esa época no había modo ni siquiera de aliviar dichas enfermedades, a Doña Moncha se le ocurrió reponerle los pedazos de carne y piel que había perdido con carne roja de res o de cerdo… Así los familiares le estuvieron poniendo a su enferma carne fresca en las llagas o en las partes deterioradas… Finalmente pues la señora murió… Gran imaginación de la Sra. Turcios.

Como Doña Moncha se hizo famosa, las curaciones ya no fueron solo normales, sino que también paranormales, pues a muchos curó de amor ciego por culpa de “la prueba del puro”; por odio provocar “muerte en accidente”; por venganza poner o sacar “sapo en la panza”; “muerte a pausas” por envidia; y hasta acercamiento nuevamente de parejas que un día fueron felices y que ahora están separados, o lo contrario según el interés…

Doña Moncha nunca dijo que el gato negro hacía el trabajo de curar, pero la gente sí, porque su felino no era un animal cualquiera… Era un gato entendido, por eso la gente decía que era el mismito demonio y ella una bruja empedernida… Otros decían que tenía pacto con el diablo.

Según cuentan, el día jueves de cada semana no había consulta porque el gato le tocaba baño y preparación de los menjurjes para la próxima semana.

Hay personas que ya traen esos dones; Doña Moncha, preparaba sus agüitas con gran dedicación y esmero pues en su terreno tenía muchas plantas que a base de observación había adquirido experiencia en ese afán de curar. Nuestros antepasados los nativos eran expertos en esos conocimientos.

Doña Moncha a saber qué se hizo, la presión de los díceres fueron tan grandes que por eso vendió su terrenito y desapareció… Unos dicen que se fue para la costa… Otros dicen que para Nahuizalco… Solo Dios sabe que se hizo con su gato.

Esto que voy a contar es otra historia… A Don Arturo Rodríguez, no le fue bien con el gato negro como le fue a Doña Moncha. Don Arturo era una persona muy seria, de carácter fuerte y firme, que no se doblegaba ante problemas o situaciones paranormales, porque para lo que él me contó era para quedar psicológicamente enfermo en la primera experiencia.

Pues cuenta que en su casa siempre hubieron gatos para correr a los ratones y que nunca se comían las sobras de la cocina, porque más de uno de ellos  – que eran cuatro – se iba afuera para traer un conejito que compartían y devoraban entre todos. También recordaba que una vez entró a la casa un animal más feroz que ellos y mató a los dos más jóvenes dejándolo degollados… «Para entonces yo era un niño-  me dijo – Luego crecí, aprendí a leer y escribir en la escuelita de mi cantón Shucutitan; empecé a trabajar pesado en las fincas, pero con el tiempo el patrón se fijó en mí y me puso a trabajar más suave en otras tareas: hacer mandados, traer encomiendas, apuntar con sus nombres y tareas a los trabajadores, sumar, multiplicar, y hasta ayudar a pagar los fines de semana».

«Ya le conté bastante de mi vida amigo mío; me falta lo espeluznante – dijo -Cuando mi patrón me mandó a administrar una de sus fincas que tenía en el cantón Palo Verde, un gato negro cayó del bordo del camino; era de noche, poco común porque se me puso delante y sus ojos eran colorados; como se me abalanzó al pecho lo tomé del buchito y lo tiré con violencia al peñazco de una barranca y solo hizo ¡Miau!… Así pude llegar a la casa grande y a mi cuarto… Eso se repitió muchas veces y siempre cuando yo estaba solo».

«Otra vez estaba ya cerrando los ojos para dormirme cuando ¡Miau! El mentado gato negro… Hice lo mismo… Lo tomé del bucito y lo tiré por la ventana… Usted no me lo va a creer, ya había dormido un poquito y como a la una de la madrugada, ahí estaba el gato negro pegadito a mi almohada de nuevo ¡Miau! me hizo al oído, esta vez lo volví a tomar del buchito y lo metí en una jaula bien cerrada. Pero el gato por la mañana ya no estaba».

«Oiga amigo lo que le voy a decir: El gato negro me ganó la partida; como una vez que me sorprendió como a las doce de la noche, yo estaba empeñado en terminar una planilla porque al día siguiente era sábado, se me apareció en la silla que estaba a mi lado ¿Qué hice?… pues sobarle la cabecita y en un parpadear de ojos desapareció… y no volvió jamás.

LAZAU

La tunca bruja

Mi padre era un hombre tranquilo y cuando cometía un error en vez de tomar el cincho para escarmentar, mejor tomaba la opción de contarme un cuento; pero esa vez que llegué a casa muy noche estaba sudando y muy serio… y … yo con el pelo parado, erizado de la piel y el cuerpo rígido, pues sentí que lo que me contó ese día era cierto…

«Ahí por donde Borja, donde vos estás pasando a esta hora de la noche asustan… sé que tu querencia te obliga a pasar por ese lado… pero te voy a contar lo que una vez a mí me sucedió…» Mi papá me estaba hablando del cruce o encuentro de la Avenida Central y la 2da. Avenida, en donde tres de las esquinas eran de los Borjas.

«Yo vivía en el convento porque entonces ese era mi hogar, cosa que ya vos bien sabés que yo me crié al dado del Padre Golón… Casi todas las noches visitaba una mi entretención en el barrio San Pedro… yo ya andaba pensando en casarme y hacer mi vida aparte… Un día que me cogió mucho la noche, caminaba de Sur a Norte sobre la Avenida y seguí sobre la calle de Oriente o Poniente, cuando en esa esquina exactamente donde los Borjas, se me apareció una tunca del tamaño de una vaca… ¡Naturalmente que yo me asusté y no reaccionaba!… Al fin, me obligó a dar algunos pasos para atrás porque me “cosiaba” las mangas de los pantalones…. caminaba sin cesar por todos lados y me cerraba el paso… al mismo tiempo chillaba con rabia atacándome y ¡Mordiéndome las canillas y yo corriendo de trecho en trecho! a cómo podía… ¡No encontraba una salida!… Y como por ahí no vive ninguno, ni gente pasaba, era en vano gritar o clamar por auxilio… Yo logré agarrar un palo y le di un garrotazo, pero me lo detuvo con el hocico… lo hizo pedazos y a saber qué sintió porque salió corriendo, siempre “cosiando» y se perdió allá a lo lejos como que iba al Cerrito.

«Yo me quedé asustado y temblando de miedo… Cuando conté lo sucedido a algunos amigos me dijeron – Esa fue una novia que tuviste y se quedó mordida… – Otros me dijeron que había sido una mujer celosa que andaba tras de mis calzones por ahí y me quiso amolar».

Mi recomendación hijo es que no salgas tan noche, me dijo.

LAZAU

La sierpe

Los Apanecos hasta ahora no sabemos a ciencia cierta el por qué llamamos “Barranca de la Sierpe” a ese lugar; sí sabemos que se encuentra en el camino antiguo que conducía a la ciudad de Juayua y al mismo tiempo al cantón Palo Verde. Yo siempre le tuve temor a ese puntito, porque una vez que acompañé a mi papá a cobrar el salario de un trabajo que había realizado, vimos un mico que salió de un lado del camino (o del barranco), y como ahí había un bejuco colgando de un árbol grande y muy alto, el animalito alcanzaba la punta y con gran destreza se subía a las ramas… nosotros lo vimos exactamente en el momento que se ocultó.

Desde entonces no se me hizo fácil viajar solo por ahí y aún más cuando mi familia se fue a vivir por esos lados… Cuando fui creciendo se me despertó la curiosidad del por qué se le llamaba ahí “Barranca de la Sierpe”, y como en esa época yo ya era un estudiante y leía algunos poemas de los griegos en los que se encuentran expresiones mitológicos que describen a la sierpe como un animal grande, feo y feroz, naturalmente, fue suficiente para que yo le tuviera miedo a la barranca, y prefiriera pasar por el camino a la Laguna Verde para ver a mi familia.

A Don Chente Burgos, le pregunté una vez ¿Qué hay de esa Barranca de la Sierpe? y él me contestó: «Mire joven a mí me contaron que ahí encontraron hace muchísimos años el esqueleto de un animal grandote, que si hubiera tenido sus carnitas y todo lo demás, se hubiera parecido a un ciempiés de esos chiquititos y sin patas, pero con la capacidad de tragarse entero a un caballo. Dicen que los restos se los llevaron a saber pa donde y desde entonces le empezaron a llamar así al lugar». Yo solo me quedé pensando que de ser cierto, debió ser un animal terrible como los que narran las historias de los griegos.

A Don Lalo Peña, también le pregunté lo mismo y su respuesta fue casi igual, por cuanto que se habían llevado los huesos encontrados, por lo demás dijo: «Es bueno que usted ande preguntando porque ya pocos sabemos de esa historia, quizá solo yo voy quedando. A mí me contaron que ese animal era como una iguana gigante, que a lo mejor con el tiempo, desde hace miles de años, se fue haciendo más chiquita, porque así como dicen que eran los huesos de grandotes, si era vegetariana, necesitaría una tarea de monte cada tiempo de comida».

Yo siempre anduve preguntándole a todos los viejitos sobre el asunto, porque para mí se volvió interesante, pero muchos me decían que no sabían nada.

Don Chencho Vargas, me dijo que él sabía que ese animal era como una culebra común, pero gigante, al igual que otros animales de su misma época, y que a lo mejor hay otros huesos enterrados por ahí, que como están muy profundos no los podemos ver.

Al Padre Toño Linares una vez le pregunté sobre el por qué creía él que le habían puesto así a la barranca y me dijo: «Yo creo que esos huesos es cierto que los encontraron y deben de estar en algún museo. A la barranca le pusieron así porque son o se parecen a los de una serpiente…»

La serpiente se ha convertido en un animal mitológico; su nombre viene del latín que quiere decir Serpens o culebra grandota, ponzoñosa y fea.

A lo mejor aquí no hubieron tales huesos, y como los mitos así son, los inventa la gente y finalmente, producen miedo.

 

LAZAU

 

UN JOVEN TRAVIESO

Esto que les voy a contar fue una experiencia personal. Voy a tratar primero de hacer una descripción del escenario… Mi papá tenía su finquita a la orilla del pueblo, ahí estaba la casa donde vivíamos en la 5º Avenida. La finquita se extendía hacia el Poniente y se confundía con la montañita que alberga la fuente de San Andrés… Yo muchas veces me internaba en ella para disfrutar de la frescura. Al otro lado, o sea siempre al Poniente de la montañita, lindaba con la calle o camino de la finca Albania, el que sigue hacia otras fincas vecinas a la Barranca del Paso. Pues yo conocía muy bien la montañita que está cubierta de árboles grandes pero también debajo de estos está tupida de arbustos, bejucos por todos lados y naturalmente espeso de humus cubierto de hojas.

Un día se me ocurrió armar una trampa para tacuazín porque habían señales de abundancia y nosotros estábamos escasos de carne en la comida… yo tuve que pásarme al otro lado de la barranca porque ahí estaba el lugar óptimo para ello… La hice tal cual… Una casita cónica con baritas, su puertecita, el disparador y un guineo jugoso como señuelo.

El primer día feliz porque cayó un hermoso animal ¡Gordo! El segundo día igual… Y así varios cayeron; un día hasta una comadreja cayó. Pero un día la hazaña terminó cuando preparaba la trampa como a las seis de la tarde, hora que en la montañita ya era de noche y apenas se miraba. Cuando inesperadamente salió de la nada un animal del tamaño de una vaca e iba haciendo brecha entre los matorrales del otro lado donde yo tenía que pasar para salir a la propiedad de mi familia. Yo no vi el animal porque estaba de espaldas…Y… cuando me di la vuelta y me paré para ver el animal, solo vi la señal por donde había pasado… Todo sucedió en cuestión de segundos y me encontré en un callejón sin salida… Si me iba para arriba a salir a la calle de la Finca Albania, hacía tres días que se había ahorcado un señor que yo conocía en un árbol de tatascamite de la misma montañita y yo lo vi cuando estaba colgado…Tuve gran miedo… Entonces en cuestión de segundos tomé la decisión… Me santigüé… Tomé  el corvo que andaba… y salí no se ni como a contarle el cuento a mi padre. No volví jamás a ese sitio.

LAZAU

EL SEPELIO DE LA MEDIA NOCHE

Parece que los Apanecos estamos olvidando las leyendas que de esa manera nos obligábamos a dormir temprano. Esta historia yo la recibí de la Chilita Calderón, un día de tantos que hablábamos  del tema. Esto que te voy a contar sucedió en la 3ª Avenida, a lo mejor,  desde la Cruz del Barrio El Calvario o mejor dicho de otro modo donde está el rastro municipal, hasta la Cruz de Barrio Las Flores, en donde antes había una ceiba enorme, para luego doblar al cementerio.

Don Belarmino Hidalgo vivía en esa Avenida; su casa como se acostumbraba en esa época de paredes viejas de adobe un tanto deterioradas que permitía espiar de adentro hacia afuera y darse cuenta de muchas cosas que pasaban.

Don Mino, como lo llamaba la gente, le contó a la Chilita que los días viernes de cada mes a las doce de la noche pasaba sonando una campanita y un ruido de pasos de algunas personas como que van marchando con pasos lentos pero lentísimos marcados por un tambor que asusta  y una rezadera que no se entiende lo que rezan. Todo esto provoca miedo pues y no queda más que meter toda la cabeza bajo las chivas.

Esa vez que les cuento como mi mujer ya iba a parir no me dormía, cuando de repente oí la campanita y me dije, voy a ver que es esta mierda… Quité un terroncito que me hacía estorbo y pude ver qué pasaba… ¡Arrepentido porque lo vi todo!.. Estaba tieso y no me podía mover… Con la respiración levantaba polvo de los adobes que me estaban sirviendo de soporte y sentía que nunca terminaban de pasar… La campanita tilín, tilín y el tambor pon, pon, y otra vez tilín, tilín tilín y después pon, pon, pon, y a mejor no terminó hasta llegar al cementerio.

Fijese Chilita que el cajón era negro de lujo bien barnizado a muñeca… Iban cargando cuatro que no se les veía la cabeza porque iban encapuchados con túnica o vestido largo… ¡Y con sandalias Chilita!… a ambos lados iban dos con un candelero encendido cada uno, encabezando dos filas de gente con vestidos diferentes  de color café o negro, desteñido tal vez… Y así el sepelio se fue supongo yo por toda la Avenida hasta llegar a la Cruz y luego al cementerio…. ¡Mire chilita! esto que le conté, le ha de haber pasado a muchos; lo que sucede es que no quieren contar porque no quieren vivir el pasado… Fíjese que esa noche para poderme tranquilizar tomé un vaso grande y me serví una cuarta del alcohol 90 que tenía para atender a mi mujer en el parto, le puse agüita y ¡Me sampé el talegazo de un solo como se dice!

 

LAZAU

LA CARRETA BRUJA

Por lo que contaba la gente, la carreta bruja rodó por todas las calles de Apaneca; todos la oyeron pero quizá unos pocos mentirosos dicen que la vieron; yo a veces creo que fue una historia inventada por las mamás que tenían adolescentes y evitar así los peligros y los vicios de la calle; o por las señoras celosas que no querían que sus esposos no se les fueran a otros brazos a deshoras de la noche… Así es que yo voy a narrar lo que me contaron.

Doña Toyita Membreño, un día me dijo – “¿Usted cree que existió la carreta bruja? – Inmediatamente le dije que no… – Y ella dijo – “Fíjese que sí, porque yo la he oído a las doce de la noche allá a lo lejos y otras veces aquí pasando enfrente de mi casa haciendo unos rechinidos que me destiemplan los dientes y sin poder hacer nada… Lo único que he hecho es embocicarme más entre las chivas… La Niña Toyita, que vivía al final de la Avenida Central Sur –  agregó – al llegar a la esquina de Toño Baires, la carreta chillona agarra para el cementerio… aquí se oye fuerte y a medida que se aleja se oye poquito… Para allá va”.

Don Chendo Martínez, que vivía en la 2da. Avenida Norte, allá por la clínica, una vez que nos pusimos a platicar, salió lo de la carreta bruja y él me dijo – “No niño, porque así me decía él, ni acordarse porque cuando esa mierda empezaba a rechinar a mí se me fruncía el culo, es insoportable por el miedo que da”-  ¡Cuénteme!  ¡Cuénteme! Le dije yo – “Yo cuando me acuerdo me pongo erizo; fíjese que no es una carreta común. Una vez que empezó a rechinar allá a lo lejos yo tomé la decisión de desengañarme y por una rendija de la pared pude ver que era un cajón con ruedas y todo, pero no llevaba boyero, sino con una palanca en vez de yugo y dos personas vestidas de negro y encapuchadas la iban jalando… ¿Y encima sabe que llevaba la carreta?.. Iba repleta de esqueletos todos parados cada quién con su guadaña… Esto… Cuando yo lo vi ¡Puta! No era yo de asustado; pero como soy previsor tenía por hay un medio litro de Cuatro Ases y de un solo le llegué a la mitad… solo así me sentí vergón y me dormí. La mentada carreta bruja se fue recto a topar a la cruz del calvario para luego doblar hacia el cementerio.

Don Rubén Bolaños, que vivía en la 3ª Avenida Norte cerca de la iglesia, también contó que la curiosidad le rebalsó un día y se puso a ver si lograba ver a la carreta y como se sentía muy hombre y se jactaba de tener temperamento fuerte, hizo con anterioridad una rendija en la pared, pero también se preparó con su trago y un crucifijo. Él contó que no solo rechina, sino que por ratitos se oye como que las ruedas circulares se vuelven cuadradas y por eso se oye un tableteo sordo, lento y se escucha polóngón… Polongón… Polongó… pero luego por ratitos rechina. Sabe joven que lo espeluznante es que no participan bueyes, sino va cargada de demonios todos cachudos y en sus manos cada quien lleva un palo que parece tridente y para que avance se bajan dos y la halan con el pecho mediante un palo de apoyo y cuando caminan en la oscurana se ven como que van en una burbuja colorada… ¡Horrible joven!

Don Rubén ese día que logró su objetivo se puso a riata, dice que tomó el Cristo pero como no lo había llevado a bendecir, cuando pasó frente a su casa la carreta se detuvo y giró de frente hacia su puerta… – Ese ratito joven por poco me cago… la carreta siguió su camino sin duda hacia el cementerio como decían, esa era su morada y de ahí salía a las 12 de la noche.

LAZAU

Don Miguel

Esta es la historia de una persona que yo no conocí, pero sí puso en movimiento mi cerebro y a latir mi corazón más rápido, por lo que la gente decía o contaba. Conocí también el escenario y los elementos esenciales sobre los que se movía la gente y personajes que ahí vivían. Me di cuenta además de la belleza y el desbalago del lugar, del entorno de la campiña de Apaneca, toda una belleza natural, verde y con pájaros volando.

Bien recuerdo el suelo tishcuitoso con señales o huellas por todos lados de animales domésticos como vacas, caballos, mulas, tuncos y gallinas, con un olor pestilente y húmedo del ambiente. Ahí abajo dos ranchitos de paja semidestruidos con parte de las vigas botadas y podridas, con los techos en el suelo y las puertas todavía a medio guindar. Enfrente de estos dos ranchos, había un tronconote con algunas ramas todavía del árbol que se fue muriendo poco a poco entre los cafetales y que aún estaban con cosecha en esos momentos de la historia.

Siguiendo el desnivel del terreno formando una vuelta hacia arriba a la izquierda había otro rancho todavía en función y al servicio de la casa grande. Era más moderna porque tenía techo de teja y las paredes de lodo. Pues allí vivían en la época que describo, la muy bien recordada por mí, Doña María Zambrano, su papá Don Joaquín Zambrano y su mamá Doña Mirtala Arévalo. Allí también vivían sus hijos Raúl, Chela y Tito con quienes algunas veces jugaba yo a Las Escondidas en los cafetales. También Simón y Betío que eran sus hermanos. Lo que he descrito hasta aquí es el casco del lugar que todos llamábamos Finca Castillo y que si la midiéramos tendría más o menos treinta manzanas.

El punto central de los hechos que pretendo relatar son los ranchitos de abajo en donde vivía Don Miguel Castillo y Doña Mercedes Arévalo, quienes eran dueños de la propiedad. Bellísima por cierto, enclavada entre el camino que va a Quezalapa y las faldas del volcán Chichicastepeque, cultivada totalmente por el café y guineos de todas clases que el mismo Don Miguel había trabajado. Solo había una franja atrás de los ranchitos, pegaditos al camino. Con bosque natural que conservaba como paravientos. Estoy hablando de un lugar que solo dista un kilómetro del pueblo de Apaneca.

Don Miguel según tengo entendido no era un hombre grandote, sino más bien mediano. Flaquito me lo imagino. A la esposa sí la conocí ya bien anciana. Era pequeña y delgada, con problemas de tiroides porque en aquel entonces no había yodo en el ambiente de esa región y las brisas del mar llegaban poco.

Don Miguel trabajó personalmente su propiedad… Parte la tenía cultivada de café combinada con matas de guineo y otra mitad con maíz, frijol y ayotes. Como no tenía hijos que le ayudaran, buscaba mozos a quienes les pagaba dándoles donde sembrar también su pedacito de terreno.

El caso de Don Miguel es que envejeció junto a su esposa muy limitado, pues con un huevito tibio, poquitos frijoles y tortillas comían los dos. Mientras por otro lado guardaba a su modo las monedas que ganaba por el producto que vendía. Dicen que como las paredes eran de lodo sostenidas con baritas, él hacía huequitos y ponía las monedas envueltas en tuza, y luego los rellenaba disimuladamente siempre con lodo. Así de ese modo Don Miguel manejaba su economía, no sería remoto pensar que ocupara el resto de su propiedad para ocultar mayores cantidades de dinero en botijas de barro.

Sus relaciones con la familia Zambrano fueron normales por cuanto eran considerados familia, es natural, ya que ellos cuidaban las pertenencias de Don Miguel y sustentaban su trabajo, porque eran ellos los mozos que ocupaba principalmente, ya que Simón y Betío eran familia de Mercedes su esposa ya que Doña Mirtala era su hermana.

A Don Miguel le llego el fin de sus días y enfermó; agonía que no se le desea a nadie porque la riqueza acumulada y mal heredada a quien no se lo merece, todos sabemos que ofende a Dios. Él tenía un sobrino que vino un día a visitarlo, era primera vez que lo conocía y como lo vio de saco, corbata y sombrerito de pelo, le regalo la propiedad. Esto significó que Doña Mercedes y todos los vivían en la propiedad se quedaron en la calle, sin nada. Los distintos dineritos escondidos quedaban a la suerte de quien no era su familia… algún día arando la tierra o por cosas del destino alguien encontraría su fortuna.

Para entonces mucha gente hubiera querido ser familia de Don Miguel, Doña Mirtala si lo era pues era hermana de Doña Mercedes, por eso vivían allí para hacerles compañía. Hubo una pareja de esposos, que la mujer era sobrina de Doña Mercedes, ellos viajaban para hacer su turno de cuido y de consuelo; pero según decía la gente, ellos llevaban cojines nuevos y almohadas para cambiarle la que él nunca quiso soltar hasta el día de su muerte… y esto queda para la imaginación del por qué nunca la quiso soltar…

Cuentan que había mucha gente cuando Don Miguel expiró, la mayoría estaba sentada en el patio en bancos improvisados, cuando un remolino de viento y una gran polvareda los envolvió… y fue el desparpajo de gente mientras un zopilote enorme bajó del cielo e intentó sostenerse en el ranchito…  y como allí no se pudo parar, voló al tronco del árbol viejo que se encontraba enfrente y estuvo descascarando con las patas… Pero tampoco se pudo parar firmemente y se fue… todos los que ahí estaban y no tenían nada que hacer se fueron y no volvieron… solo fueron a contar lo sucedido… algo nunca visto y aterrador. Los que decían ser sus familiares interesados y valientes vinieron al pueblo para llevar la caja, mortaja, pan, candelas y agua ardiente para velar a Don Miguel. Los tunantes y chiviadores o curiosos que al final de cuentas son los que aguantan, también se quedaron… pero todo fue normal el resto de esa noche, aunque estaban “culiyo” esperando un acontecimiento igual.

Por eso es mejor estar cerca de Dios, esto se logra haciendo buen uso de lo se tiene… ponerlo al servicio de los demás porque es agrado de él.  Si se tiene con avaricia Dios se aleja… y se queda expuesto a la tentación del demonio… la gente decía que Don Miguel tenia pacto con el diablo… yo no sé, solo escribo lo que oí… y de ser así que Dios se apiade de su alma.

Al día siguiente, nadie quiso ir al entierro y solo fueron los que estaban conscientes que era una obra de caridad… cargadores no había y como tales le toco al tío Quique Saz, a mi papá, a Simón y a Betío Escalante, a tal grado que solo iban cambiando de lado y haciendo descansos… en el camino se sumaron otros ya en el pueblo… poquita gente… flores a buscar… y mucho menos responso porque el cura rápido se enteró de lo que había pasado en la casa de Don Miguel el día anterior.

A mí me contaba mi papá y el tío Quique que ya lo habían enterrado unas tres cuartas cuando la tierra de encima empezó a temblar y se revolvía… y todos pensaron que el muerto había vuelto a la vida y quería salir… ¡saquémoslo! dijeron  todos, ¡ayudémoslo! dijo alguien  por allí… ¿Cuál fue la sorpresa cuando abrieron el ataúd? se encontraron a Don Miguel bien muertecito… con el cuello desgarrado como con uñas de un animal feroz… y sangraba de las heridas recientes… fue un susto tremendo… casi todos se fueron. Taparon la caja… le volvieron a echar tierra y sucedió lo mismo… solo lo pudieron enterrar hasta que fueron a traer al cura… le rezaron un responso… le echara el agua bendita… y otras oraciones que solo los curas saben hacer.

Todos aturdidos y consternados regresaron del entierro… contando tal suceso que creo que en Apaneca otro jamás ha sucedido.

Las nuevas generaciones desconocen estos hechos y que en su momento hicieron bulla. Muchos que idolatraban el dinero, se compusieron y trataron de poner su riqueza en función social. Pero ahora que hay bancos y diferentes formas de guardar el dinero, ya se les olvido que existe el bien y el mal; de la existencia de Dios, de que el hombre es una hechura a imagen y semejanza de él y que por eso debemos de respetarlo; pero no solo dándoles los buenos días, sino dándole de comer y de beber.

LAZAU.