LA PROCESIÓN DE LA SUERTE

Doña María Solano, que vivía en la Calle 15 de septiembre en el Barrio El Calvario, un día platicando con Doña Tiveria Luna, que también era vecina, ésta le contó entre todos los chambres del pueblo que se había desatado una noticia importante.

¿Y de qué se trata Tive? – preguntó Doña Mari… Pues es una especie de procesión que va por las calles y avenidas de las doce de la noche en adelante… Es solo de señoras y no van muchas… Van rezando y cada una lleva una candelita encendida… Todas van con vestido negro y tapado incluido hasta la cabeza.

Mirá Mari, hay que estar preparadas porque yo ya lo estoy… dicen que solo se necesita un pañuelo blanco de seda, un botecito con agua bendita y un cofre de madera.

Que si uno tiene suerte, se puede ganar una sortija que si la sobás y le pedís un favor, te lo concede y hasta te da pisto si le pedís lo necesario.

Creo que la llevamos de ganar porque no va para toda la gente, si no donde hay una viuda cincuentona… dicen que van rezando y ahí se paran… Una de ellas se desprende del grupo… toca la puerta… y es ahí donde tenés que ser fuerte Mari porque vas y abrir la puerta y ella te dice: “En usted confío, guárdeme mi candelita”… Vos la tomás y cuando la procesión se va, cerrás tu puerta y apagás la candelita… Inmediatamente se envuelve en el pañuelito blanco que se supone ya lo has bendecido antes y lo ponés en el cofre donde se guardan la ropa… allí lo dejás hasta que la señora que lo dejó vuelva y te traiga la sortija.

¿Oye Tive, no será que ya estas asustada antes que te asusten? Porque desde ya te veo pálida… yo personalmente no creo mucho de lo que estas planeando… creo que si mi marido estuviera ya me hubiera reprendido… Él no tomaba en serio estas cosas.

Al pasar como unos seis meses, la procesión pasó; me tocaron pero yo no abrí la puerta. La Tive si porque la encontraron muerta del susto, se le paró el corazón porque dicen que cuando la señora pasó de nuevo por la candelita que le dio a guardar, la Tive metió la mano en el cofre para sacarla y una mano le agarró la suya y ahí se quedó. Dicen que cometió un error el más grande de su vida: se le olvidó mojar el pañuelito blanco de seda con el agua bendita; porque si lo mojó pero con otra agua que tenía adjunta.

LAZAU

El gato negro

El gato es un animalito doméstico muy útil porque ahuyenta los ratones y para algunas damas que lo prefieren como mascota; pero también en todas las épocas ha sido relacionado con la mente misteriosa del hombre, pero más que todo el de color negro… Yo recuerdo lo que se decía de Doña Moncha Turcios, que curaba o hacía la cacha de curar algunas enfermedades terminales; pero también lo contrario, poner para bien o para mal por encargo.

Cuentan que vivió yendo para Ahuachapán cerca de la Fania; ahí tenía su parcela en la que había construido su casita campestre, de bajareque como con tres o cuatro cuartos, una sala grande con su respectivo corredor con alguna comodidad; pero lo más importante, una salota para recibo o estar, en cuyo interior las paredes estaban tapizadas de santos y fotos de familia; además, bancos y sillas por todos lados para sentarse, porque eso sí, había mucha concurrencia de algunas personas que venían de muy lejos.

Decían que todo el terrenito estaba cultivado con guineo, guayabos, café, duraznos, naranjos, etc., pero más que todo arbustos y plantas medicinales como ciguapate, chichipince, albahaca, ruda, etc… Era un jardín.

Me contaban que cuando uno llegaba se sentaba a esperar su turno; pero también se solía dar una vueltecita… Después de la espera, la Niña Moncha tenía un cuarto aparte totalmente oscuro a donde metía a la gente una por una… Al entrar no había que hablar mucho; el saludo, las preguntas respectivas, las respuestas y al camino… Ahí había un sillón, un almatroste de madera en donde se sentaba ella… a su derecha, en una mesa había un gato negro que solo movía la cabeza y la cola de vez en cuando… a su izquierda una candelota encendida de cera pura de abeja, a la que el paciente o pacienta tenía que tocar a la hora de dictar la receta, la dosis y entrega de la medicina, y finalmente ya para salir, había que sobar el lomo del gato negro, como queriendo decir ¡Gracias!… A la salida de la casa ya para partir estaba su marido con una bolsa de cuero en la que había que depositar una donación monetaria.

Si de verdad curó, debió haber sido por fe en sí mismos y en el poder de nuestro Señor Jesucristo, porque dicen que una vez que le llevaron una enferma de cáncer o lepra… no recuerdo muy bien… y como en esa época no había modo ni siquiera de aliviar dichas enfermedades, a Doña Moncha se le ocurrió reponerle los pedazos de carne y piel que había perdido con carne roja de res o de cerdo… Así los familiares le estuvieron poniendo a su enferma carne fresca en las llagas o en las partes deterioradas… Finalmente pues la señora murió… Gran imaginación de la Sra. Turcios.

Como Doña Moncha se hizo famosa, las curaciones ya no fueron solo normales, sino que también paranormales, pues a muchos curó de amor ciego por culpa de “la prueba del puro”; por odio provocar “muerte en accidente”; por venganza poner o sacar “sapo en la panza”; “muerte a pausas” por envidia; y hasta acercamiento nuevamente de parejas que un día fueron felices y que ahora están separados, o lo contrario según el interés…

Doña Moncha nunca dijo que el gato negro hacía el trabajo de curar, pero la gente sí, porque su felino no era un animal cualquiera… Era un gato entendido, por eso la gente decía que era el mismito demonio y ella una bruja empedernida… Otros decían que tenía pacto con el diablo.

Según cuentan, el día jueves de cada semana no había consulta porque el gato le tocaba baño y preparación de los menjurjes para la próxima semana.

Hay personas que ya traen esos dones; Doña Moncha, preparaba sus agüitas con gran dedicación y esmero pues en su terreno tenía muchas plantas que a base de observación había adquirido experiencia en ese afán de curar. Nuestros antepasados los nativos eran expertos en esos conocimientos.

Doña Moncha a saber qué se hizo, la presión de los díceres fueron tan grandes que por eso vendió su terrenito y desapareció… Unos dicen que se fue para la costa… Otros dicen que para Nahuizalco… Solo Dios sabe que se hizo con su gato.

Esto que voy a contar es otra historia… A Don Arturo Rodríguez, no le fue bien con el gato negro como le fue a Doña Moncha. Don Arturo era una persona muy seria, de carácter fuerte y firme, que no se doblegaba ante problemas o situaciones paranormales, porque para lo que él me contó era para quedar psicológicamente enfermo en la primera experiencia.

Pues cuenta que en su casa siempre hubieron gatos para correr a los ratones y que nunca se comían las sobras de la cocina, porque más de uno de ellos  – que eran cuatro – se iba afuera para traer un conejito que compartían y devoraban entre todos. También recordaba que una vez entró a la casa un animal más feroz que ellos y mató a los dos más jóvenes dejándolo degollados… «Para entonces yo era un niño-  me dijo – Luego crecí, aprendí a leer y escribir en la escuelita de mi cantón Shucutitan; empecé a trabajar pesado en las fincas, pero con el tiempo el patrón se fijó en mí y me puso a trabajar más suave en otras tareas: hacer mandados, traer encomiendas, apuntar con sus nombres y tareas a los trabajadores, sumar, multiplicar, y hasta ayudar a pagar los fines de semana».

«Ya le conté bastante de mi vida amigo mío; me falta lo espeluznante – dijo -Cuando mi patrón me mandó a administrar una de sus fincas que tenía en el cantón Palo Verde, un gato negro cayó del bordo del camino; era de noche, poco común porque se me puso delante y sus ojos eran colorados; como se me abalanzó al pecho lo tomé del buchito y lo tiré con violencia al peñazco de una barranca y solo hizo ¡Miau!… Así pude llegar a la casa grande y a mi cuarto… Eso se repitió muchas veces y siempre cuando yo estaba solo».

«Otra vez estaba ya cerrando los ojos para dormirme cuando ¡Miau! El mentado gato negro… Hice lo mismo… Lo tomé del bucito y lo tiré por la ventana… Usted no me lo va a creer, ya había dormido un poquito y como a la una de la madrugada, ahí estaba el gato negro pegadito a mi almohada de nuevo ¡Miau! me hizo al oído, esta vez lo volví a tomar del buchito y lo metí en una jaula bien cerrada. Pero el gato por la mañana ya no estaba».

«Oiga amigo lo que le voy a decir: El gato negro me ganó la partida; como una vez que me sorprendió como a las doce de la noche, yo estaba empeñado en terminar una planilla porque al día siguiente era sábado, se me apareció en la silla que estaba a mi lado ¿Qué hice?… pues sobarle la cabecita y en un parpadear de ojos desapareció… y no volvió jamás.

LAZAU

La tunca bruja

Mi padre era un hombre tranquilo y cuando cometía un error en vez de tomar el cincho para escarmentar, mejor tomaba la opción de contarme un cuento; pero esa vez que llegué a casa muy noche estaba sudando y muy serio… y … yo con el pelo parado, erizado de la piel y el cuerpo rígido, pues sentí que lo que me contó ese día era cierto…

«Ahí por donde Borja, donde vos estás pasando a esta hora de la noche asustan… sé que tu querencia te obliga a pasar por ese lado… pero te voy a contar lo que una vez a mí me sucedió…» Mi papá me estaba hablando del cruce o encuentro de la Avenida Central y la 2da. Avenida, en donde tres de las esquinas eran de los Borjas.

«Yo vivía en el convento porque entonces ese era mi hogar, cosa que ya vos bien sabés que yo me crié al dado del Padre Golón… Casi todas las noches visitaba una mi entretención en el barrio San Pedro… yo ya andaba pensando en casarme y hacer mi vida aparte… Un día que me cogió mucho la noche, caminaba de Sur a Norte sobre la Avenida y seguí sobre la calle de Oriente o Poniente, cuando en esa esquina exactamente donde los Borjas, se me apareció una tunca del tamaño de una vaca… ¡Naturalmente que yo me asusté y no reaccionaba!… Al fin, me obligó a dar algunos pasos para atrás porque me “cosiaba” las mangas de los pantalones…. caminaba sin cesar por todos lados y me cerraba el paso… al mismo tiempo chillaba con rabia atacándome y ¡Mordiéndome las canillas y yo corriendo de trecho en trecho! a cómo podía… ¡No encontraba una salida!… Y como por ahí no vive ninguno, ni gente pasaba, era en vano gritar o clamar por auxilio… Yo logré agarrar un palo y le di un garrotazo, pero me lo detuvo con el hocico… lo hizo pedazos y a saber qué sintió porque salió corriendo, siempre “cosiando» y se perdió allá a lo lejos como que iba al Cerrito.

«Yo me quedé asustado y temblando de miedo… Cuando conté lo sucedido a algunos amigos me dijeron – Esa fue una novia que tuviste y se quedó mordida… – Otros me dijeron que había sido una mujer celosa que andaba tras de mis calzones por ahí y me quiso amolar».

Mi recomendación hijo es que no salgas tan noche, me dijo.

LAZAU

Los coyotes

Este no es un cuento, sino una historia que provocaba terror a los niños; no por el aspecto de chuchos giotosos que presentan, sino por el aullido que en grulla o manada hacían. Yo nunca vi uno, solo en fotografía, y me doy cuenta que se parecen y son familia de las hienas.

Estando yo muy pequeño allá por los años 40 y 50 del pasado siglo XX, en las noches al parecer tranquilas, el silencio se rompía con ¡Auuuuuu! ¡Auuuuuuu! ¡Auuuuuuu!, unos y otros, al parecer eran decenas de animales que al compás de los chirridos de los grillos, los coyotes no paraban… se sentía que caminaban de territorio a territorio entre los montes y cafetales… guatales tal vez… Pero lo que si recuerdo muy bien, es que la impresión psicológica que nos dejaba a los cipotes era dura, y creo que por eso adquirimos la maña de orinarnos en la cama.

Cuando los coyotes bajaban, todos los tendederos de las casas del pueblo estaban ocupados ya que algunos no solo amanecían mojados, sino también churrusquiados.

La montaña que abraza la ciudad de Apaneca por el norte se llama La Coyotera, ahí estaban sus madrigueras y como son animales carroñeros bajaban a donde estuviera la comida.

Traigo a cuentas esta historia porque los coyotes ya no están, se extinguieron, pero fueron parte de nuestra historia.

 

LAZAU

La sierpe

Los Apanecos hasta ahora no sabemos a ciencia cierta el por qué llamamos “Barranca de la Sierpe” a ese lugar; sí sabemos que se encuentra en el camino antiguo que conducía a la ciudad de Juayua y al mismo tiempo al cantón Palo Verde. Yo siempre le tuve temor a ese puntito, porque una vez que acompañé a mi papá a cobrar el salario de un trabajo que había realizado, vimos un mico que salió de un lado del camino (o del barranco), y como ahí había un bejuco colgando de un árbol grande y muy alto, el animalito alcanzaba la punta y con gran destreza se subía a las ramas… nosotros lo vimos exactamente en el momento que se ocultó.

Desde entonces no se me hizo fácil viajar solo por ahí y aún más cuando mi familia se fue a vivir por esos lados… Cuando fui creciendo se me despertó la curiosidad del por qué se le llamaba ahí “Barranca de la Sierpe”, y como en esa época yo ya era un estudiante y leía algunos poemas de los griegos en los que se encuentran expresiones mitológicos que describen a la sierpe como un animal grande, feo y feroz, naturalmente, fue suficiente para que yo le tuviera miedo a la barranca, y prefiriera pasar por el camino a la Laguna Verde para ver a mi familia.

A Don Chente Burgos, le pregunté una vez ¿Qué hay de esa Barranca de la Sierpe? y él me contestó: «Mire joven a mí me contaron que ahí encontraron hace muchísimos años el esqueleto de un animal grandote, que si hubiera tenido sus carnitas y todo lo demás, se hubiera parecido a un ciempiés de esos chiquititos y sin patas, pero con la capacidad de tragarse entero a un caballo. Dicen que los restos se los llevaron a saber pa donde y desde entonces le empezaron a llamar así al lugar». Yo solo me quedé pensando que de ser cierto, debió ser un animal terrible como los que narran las historias de los griegos.

A Don Lalo Peña, también le pregunté lo mismo y su respuesta fue casi igual, por cuanto que se habían llevado los huesos encontrados, por lo demás dijo: «Es bueno que usted ande preguntando porque ya pocos sabemos de esa historia, quizá solo yo voy quedando. A mí me contaron que ese animal era como una iguana gigante, que a lo mejor con el tiempo, desde hace miles de años, se fue haciendo más chiquita, porque así como dicen que eran los huesos de grandotes, si era vegetariana, necesitaría una tarea de monte cada tiempo de comida».

Yo siempre anduve preguntándole a todos los viejitos sobre el asunto, porque para mí se volvió interesante, pero muchos me decían que no sabían nada.

Don Chencho Vargas, me dijo que él sabía que ese animal era como una culebra común, pero gigante, al igual que otros animales de su misma época, y que a lo mejor hay otros huesos enterrados por ahí, que como están muy profundos no los podemos ver.

Al Padre Toño Linares una vez le pregunté sobre el por qué creía él que le habían puesto así a la barranca y me dijo: «Yo creo que esos huesos es cierto que los encontraron y deben de estar en algún museo. A la barranca le pusieron así porque son o se parecen a los de una serpiente…»

La serpiente se ha convertido en un animal mitológico; su nombre viene del latín que quiere decir Serpens o culebra grandota, ponzoñosa y fea.

A lo mejor aquí no hubieron tales huesos, y como los mitos así son, los inventa la gente y finalmente, producen miedo.

 

LAZAU