JUEGOS DE CIPOTES

Esta memoria traerá bonitos recuerdos a los viejos, o sea cuando en Apaneca habían muchos espacios en las calles sin empedrar y a los cipotes de hoy tal vez pensaran en objetos parecidos para imitarnos, los juegos que a nosotros nos entretenían y nos ayudaban a desarrollar destrezas y otras habilidades en su mayor parte para bien; fueron muchos, pero voy a intentar darme a entender:

 

EL TROMPO

 

Buscábamos el mejor terreno plano y participábamos los que quisiéramos; hacíamos dos marcas, rayas rectas o “rones” les decíamos nosotros, una distante de la otra más de 10 ms. Y menos de 15 ms… cuando jugábamos con dinero lo hacíamos con monedas de 0.05, 0.10, o de a 0.25 ctvs. de colón, pero todas parejas, de una misma denominación y puestas las monedas en raya y nosotros con el mejor trompo, haya cada quien, y… a la señal de salida, comenzábamos todos bailando su propio trompo y moviendo su moneda a partir del primer ron llevándolo arriado como quien va arriando un cerdito. ¿Quién ganaba?… por supuesto el que llegaba primero sin errores y sin trampas… ¿Qué ganaba? Pues la moneda de todos los perdedores. Y así pasábamos horas enteras jugando.

Otra forma de jugar el trompo fue haciendo el mismo recorrido, pero ya no con la moneda, sino con otro trompo y por supuesto cuando íbamos a ese juego llevamos otro trompo en la bolsa… el cual poníamos en el primer ron para arriarlo hasta el otro… Los que lo llevamos sin dificultad y pasábamos el ron estábamos salvados pero el último que llegaba le tocaba perder y se ganaba la “ñoliada”, así decíamos, o sea que le tomábamos el trompo y lo llevábamos todos a un lugarcito adecuado y le dábamos uno por uno en la parte superior con el clavo de nuestro trompo… y naturalmente antes de comenzar el juego acordábamos de cuántos ñolos iba a ser el juego… por supuesto el trompo perdedor quedaba destrozado.

Así pasábamos los cipotes tardes enteras jugando sanamente, pues yo pienso que estábamos aprendiendo la amistad temprana, la psicomotricidad en el manejo de objetos y amacizando la personalidad… porque yo pienso que, si a uno lo tienen encerrado en su casa jugando solo con cientos de juguetes, cuando sea grande será un hombre inútil, antisocial, aguado de carácter o amargado… no será feliz en la vida que lo espera.

Pues yo recuerdo que con el trompo aprendíamos desde hacerlo bailar en la palma de la mano hasta levantarlo sobre la misma pita bailando y otros malabares. Además, hubo otra forma de jugar el trompo: para ello hacíamos un círculo en el suelo con la pita o cordel poniendo el trompo al centro formando así un compás y ya teníamos el círculo del tamaño que acordábamos; aunque generalmente le dábamos un metro de radio. Hecho el círculo poníamos cada quien su moneda, de la misma denominación en el centro según hayamos acordado y empezábamos el juego. Debíamos de tirar desde afuera del círculo, no se valía patear la línea y el trompo debía bailar. La moneda que saltaba del centro hacia la periferia iba a ser la suya y la llevaría poco a poco hasta sacarla del círculo. Si lograba sacarla primero que todos, adquiría el derecho a sacar la del otro contrincante, y si lograba sacarla antes que el dueño, ya era suya también. Estos dos que ya no tenían moneda dentro, también adquirían el derecho a sacar la moneda del otro o los que todavía estaban en la lucha, y así sucesivamente al sacarlas todas terminaba el juego.

En muchas ocasiones paso por donde estábamos jugando una persona mayor que también se divertía poniéndonos la puñada de monedas en el centro para que nosotros las sacáramos con el trompo… Tiempos maravillosos que no volverán.

 

EL CHUSCO

 

Chusco decíamos nosotros, pero no sabíamos de dónde venía el nombre del hoyito que hacíamos en el suelo para jugar. Averiguando en español “chusco” es una persona que tiene gracia y picardía y de arrogancia afable: yo recuerdo que aquí en Apaneca la gente decía que chusco era una persona con costumbres feas.

La verdad es que nosotros hacíamos un hoyito bien hecho en un suelo duro a modo que cupiera un botón, un centavo, una moneda de 0.01 a 0.05, de a 0.10 o de 0.25 centavos; la cosa es que había que ponerse de acuerdo entre los que íbamos a jugar. Hecho el hoyito hacíamos una raya que señalara el punto donde poner el pie para tirar.

Para jugar, nos juntábamos dos o más, pero en cada gestión solo podíamos participar dos, y si éramos más, había que hacer una pequeña elección o rifa para comenzar.

Voy a poner el ejemplo con centavos. Si yo ganaba el orden de tiro, le tomaba el dinero a mi contrincante, y si me daba dos centavos, yo ponía mis dos centavos también, así juntos los tiraba desde la seña o raya. Mi misión era tratar que cayeran las cuatro monedas dentro del hoyito y ese es el “chusco” y ganaba. Si no lo hubiera hecho… porque solo cayeron tres o menos, tiraba mi contrincante y así sucesivamente hasta que cayera el chusco. Solo el chusco gana… y éste es el que gana el derecho de seguir tirando y escoger al siguiente concursante; aunque podría ser que escoja el mismo. El que gana, es el que manda o decide.

A mi no me gustaba mucho porque había amigos expertos en hacer el chusco y no nos dejaban ganar para los dulces. Muchos cipotes eran tan hábiles que, al comenzar el juego ya tenían la ganancia en la mano.

 

LAS CHIBOLAS

 

Chibolas es el nombre como nosotros las conocíamos, pero habían personas de la clase alta que introdujeron el nombre de canicas. Nosotros decíamos: “Vamos a jugar chibolas” y yo recuerdo que estaba muy pequeño cuando Chico Rogelio Calderón vino de Panamá, porque allá trabajó el en el Canal, pero lo que quiero destacar es que me trajo un matate alargado de 100 chibolas, bellísimas, claras, con una figura en medio; y ese ha sido para mí, el mejor regalo que me han hecho en mi vida de niño, y es una memoria más que hasta ahora no se me olvida, y además, me hizo comprender lo importante que es regalarle algo a un niño cuando está chiquito.

 

EL JUEGO

 

Nos juntábamos dos o más, aunque generalmente éramos muchos; hacíamos una figura en el suelo plano y duro que llamábamos “pusunga” como de 30 o 40 centímetros. La “pusunga”, no era más que dos curvas opuestas entre sí que se cortaban en sus extremos a la que le hacíamos a lo largo una raya equidistante de ambos lados. En esa raya, poníamos las chibolas con las que íbamos a jugar, para ello debíamos de ponernos de acuerdo sobre cuantas chibolas íbamos a poner cada uno. No se valían chibolas cacaricas o cacariadas.

El juego comenzaba, todos parados a la altura de la pusunga tirábamos la chibola que llamábamos “tiradora”, hacia una raya que habíamos hecho a unos siete metros. La chibola que tirábamos cada quien, unas quedaban cerca de la raya, pero otras quedaban lejos; de acuerdo a esas distancias comenzábamos a tirar, respetando el orden por supuesto; así, el que quedaba lejos, tiraba de último desde esa raya que nosotros llamábamos “barco” y no raya.

Si desde el primer tiro desde el barco con la tiradora, golpeaba una de las chibolas y la sacaba de la pusunga, éste continuaba tirando sin parar sacando las que pudiera hasta que fallara. Mientras los otros estaban esperando su turno desde el barco. Ahora salía el segundo, y luego el tercero, y el cuarto, etc., así pasábamos todos; los que tenían buena tiradora y pulso, se iban a su casa con bastantes chibolas y otros con las bolsas vacías, pero sí, ya se sabía que el día siguiente estábamos ahí de nuevo y con un poco de suerte, ganábamos.

Había otros tipos de juego, pero no de conjunto, sino que individuales que no ayudaban mucho a la amistad entre cipotes, ni tampoco a amacizar la personalidad temprana… y como en esa época nuestros papás eran un tanto despreocupados, o se hacían del ojo pacho, porque les daba pena o vergüenza afrontar algunos problemas; las madres también porque el tiempo para ellas no ajustaba. ¿Qué quiero decir con esto? Que nosotros en aquella época nos íbamos a la calle para aprender, por relación, lo que los cipotes más grandes nos enseñaban, cosas buenas y malas. En aquella época, la calle también educaba como en casa.

 

EL YOYO

 

Dos tapitas circulares y un cordel, eso es todo ¿Cómo manejarlo? Pues también es fácil: el cordel se asegura en el dedo anular y se soban las dos tapitas, en el cordel pero también se encogen… y así, ya somos diestros, ya nos podíamos exhibir en público.

 

LA ZUMBADORA

Este es el más fácil de todos. Nuestros papás cortaban una piececita de madera de unos 12 centímetros de largo x 5 de ancho… la raspaban con güiste o lijaban hasta ponerlo bien afinadita… le hacían un hoyito en un extremo… le amarraban una pita en el extremo… nos enseñaban a girarla con fuerza alrededor de nuestro cuerpo y ya teníamos una zumbadora que hacía un ruido haciéndole honor a su nombre.

 

EL CHACALELE

 

Materiales a utilizar: dos bellotas, un cordel y un palo. A una bellota que va arriba le sacábamos la comida y le hacíamos tres hoyos: en el de arriba para meter el palo, en el de abajo donde saldrá el palo que gira y el de a un lado para sacar la pita o cordel, que hace que el chacalele funcione… a la otra bellota de abajo no le sacábamos la comida o contenido porque es importante el peso, solamente le hacíamos un hoyo estrecho en la parte plana y dura. Afinábamos el palo y en la parte superior le hacíamos una cabecita que permitía sostenerse y en la parte inferior una punta. ¿Cómo lo armábamos? Tomábamos el palo y se lo metíamos a la bellota primera o de arriba, pero ese palo debía llevar amarrado fijamente el cordel y sacarlo por el hoyito del costado (el que servirá para estirar y encoger). Hecho esto, el palo se le mete a la segunda bellota, la pesada que, para que quede fija debe usarse el ingenio poniéndole un clavo o alfiler por en medio o un alambre fino, ¡Allá cada quien! Y ya se tenía un juguete más… Para jugar, se hala la pita y se encoge o se estira. El chacalele hace un ruido peculiar que nos parecía bonito.

 

EL CAPIRUCHO

 

Este es el juego que nunca se dejó de practicar. En aquellos dorados tiempos una cosa importante era, que cada quien hiciera su propio capirucho. Bastaba tener una bellota, sacarle el contenido destruyéndole la base primorosamente y hacerle un orificio en el pequeño ombligo que la bellota tiene encima; ponerle ahí una pitita o cordel con un palito para enchutar y ya teníamos un bonito capirucho de bellota.

Un capirucho de carretón es igual, pues a la llegada de las máquinas de coser ropa de pedal, los hilos venían enrollados en carretes pequeños de madera, nosotros no perdíamos la ocasión para pedirle a un sastre el carrete cuando se les terminaba el hilo. ¿Cómo lo hacíamos? Raspábamos con güiste adecuados el primer sombrerito del carretón, tratando de que quedase cóncavo… el otro sombrerito, había que bolearlo con mucho gusto y en ese hoyo que quedaba ahí, conseguíamos a como pudiéramos, plomo para darle peso y facilitar el enchute.

Yo recuerdo que algunos cipotes aprovechaban las balas ya disparadas y otros se iban a los basureros para buscar ahí el depósito de la pasta de dientes, ya que en aquella época cuando comenzó, eran de plomo. Las ponían en agua en una cacerolita y derretían el plomo. Así, con el plomo sostenía la pita o cordel y en el extremo de esa pita, el palito enchutador.

Ya compitiendo con otro amigo jugábamos lo que llamábamos “panza”, que consistía en número de enchutes en un tiempo determinado… El que hacía más, ganaba y el otro se llevaba la panza.

 

EL CHOPLOCO

Este consistía en un trocito de tallo de ihscapupo… esta es una planta que abundaba antes en los bordos de los caminos, en los potreros y en algunos cafetales de Apaneca. Tiene una característica propia: que en el envés de sus hojas son suavecitas como gamuza y nuestros nativos las usaban como papel higiénico. Pero lo que me tiene ocupado es el Choploco. Se corta el trozo como de 15 cm de largo. Se mide la mitad y a esa mitad se le hace una seña con cuchillo en la cascarita, la cual se fricciona con fuerza hasta que esa mitad se desprende, pero solo la cascarita. Y como es fácil de remover esa cascarita, se le zafa y se le mete… y al hacerlo repetidas veces, hace un ruido onomatopéyico como el de su nombre Choploco.

 

LA PISCUCHA O BARRILETE.

 

Otro juego inolvidable fue la piscucha, me imagino que le llamamos así, por su forma: “picuda” ¿Cómo la hacíamos? Pues muy fácil… yo recuerdo que todo el año pasábamos recolectando las varas de los cohetes, esos que tiraban en las fiestas patronales, en los rezos de los Santos todo el año, y en navidad, ya que estos no pesan mucho, con las varas nos entreteníamos afinándolas para el caso.

Cuando venían los vientos de octubre comprábamos papel de china a cuál más vistoso y también almidón para hacer engrudo para pegar… y… manos a la obra. Cortábamos el cuadro a nuestro gusto. Le pegábamos las varas una vertical de punta-cabeza a cola y la otra en forma de arco de un ala a la otra y ya teníamos el cuerpo… seguido le poníamos la colgajera del mismo papel en ambas alas para equilibrar la piscucha al volar. Además, le poníamos una cola larga de papel de diario para que al volar no colasiara… a a a a solo le falta el frenecillo que servía para amarrar de allí la piscucha. Este es importante porque sin él tampoco vuela y no es más que dos pitas en forma angular que pende una de las varas que hacen cruz y la otra que pende del centro. Luego con gran emoción nos íbamos a la calle a volar nuestra piscucha.

Venían después las hazañas de cipote. A mí me llena de alegría recordar que cuando venía de la escuela con entusiasmo colgaba mi bolsón con los cuadernos y a jugar con la piscucha… buscaba el espacio adecuado, despejado de alambres de la luz eléctrica y telefonía o ramas de algunos árboles; pero una vez arriba la piscucha o barrilete porque así también le llamábamos no quedaba más que disfrutar el juguete. Muchas veces ya sé tenía la intensión u objetivo de soltarlo cuando estuviese alto para que todos los mirones salieran corriendo para “capiar” hilo. Así decíamos, dicho de otro modo, robar hilo. A veces el barrilete grande y la fuerza del viento fuerte provocaba que el hilo no soportara y el barrilete se iba lejos.

Una vez recuerdo que un barrilete andaba por las nubes, que tal que casi no se veía, estaba siendo elevado por los Vielman en el extremo norte de la Avenida Central, todo apuntaba que ya no lo bajarían, todos los cipotes estábamos alebrestados… Al fin lo soltaron y el hilo traía en la puntita un carrizo de papel que le permitía venirse trabando en los alambres y techos de toda la avenida y los compañeros cipotes detrás tratando de bajar el hilo el que a veces lo bajaban pero en la lucha por quererlo tener se les volvía a soltar, luego allá más delante continuaba trabándose en los alambres y en los techos de las casas… Yo estaba en la casa de mi abuelo en el extremo Sur de la Avenida y ya llegando donde yo estaba se desvió un tantito y se fue a posar en un árbol de pito que estaba en el patio… yo atragantado de la emoción me entré y no me importó que el árbol tenía espinas las cuales se me incrustaron, pero yo no las sentía. Mientras en la calle muchos amigos buscaban el sitio donde se había trabado el hilo de la piscucha que estaba volando allá a lo lejos entre las nubes… Mientras yo calladito enrollando gran pocote de hilo en un palo logrando bajar bastante la piscucha… los cipotes enloquecidos en la Avenida buscando y se preguntaban porque bajaba tanto la piscucha.

Mi alegría termino cuando vino un ventarrón fuerte y la piscucha se me soltó y se me fue haya a lo lejos para caer probablemente a las faldas del cerro Chichicastepec.

 

UN RECUERDO A MI FAMILIA

Foto portada: Justa Rufina Arévalo Avelar y Antonio Saz Herrera

Como se dice en buen caló, me hice profesor a patadas y mordidas, no porque me faltara vocación y capacidad, sino porque no había recursos y tuve que luchar contra cientos de obstáculos que se me presentaron en aquella época ingrata para un cipote ambicioso de mi edad.

Yo vagaba entre muchos desde que tuve uso de razón. En un principio la vida me fue placentera porque mis abuelos maternos, aunque vivían en el campo, relativamente eran algo acomodados y me querían mucho: me atrevo a decir que fui su nieto consentido porque me los había ganado con mis actitudes. Todos los días viajaba rumbo al cantón Quezalapa a la finca “Campos Elíseos” enclavada en la región de La Bellota y llevaba de una vez los comprados: seis reales de hueso de res para la sopa, cuatro reales de conchas para la boca y una pacha de guaro, tarea de todos los días… Sentadito en un tronco de árbol grande caído a la vera del camino, me encontraba a mi querido abuelo que me recibía contento con un “Yavenishijo”… Tomaba el tanate… lo habría… sacaba primero una concha… y con la uñas fuertes que tenía hacía dos tapitas el molusco… Se tomaba el primer talegazo y chulungún la concha… La que hacía chupada con sonido de choploco. Luego bajamos juntos a la casa de la finca donde nos esperaban mi abuelita y dos tías que no se habían casado todavía.

Yo llegaba contento y entusiasmado a buscar el cántaro para acarrear el agua desde el Ojo de Agua hasta terminar de llenar un enorme calderón y un barril de hierro que se encontraban en el patio contiguo a un barandal de la casona… Esto lo hacía acompañado de la tía Ana y como el Ojo de Agua estaba como a seiscientos metros me permitía jugar de camión, haciendo los recovecos, la velocidad acelerada en las rectas, poca velocidad en las vueltas con chirridos, simulando los peligros que esto conlleva en caminos escabrosos y con carga; hasta el ruido del motor y los frenazos los hacía con la boca… Mientras mi tía hacía un viaje yo hacía dos y a las diez de la mañana el calderón y el barril de hierro estaban llenos. Hoy recuerdo con tristeza los caminitos y los pocos árboles que me vieron jugar entre la montaña carcomida ya, por el pecado ambicioso de obtener mayor riqueza.

Los demás trabajos eran variados y ocasionales; cortar leña, alistar el monte y el zacate para el caballo, la mula y la vaca, bajar las pacayas para la venta, los güisquiles o las frutas y los racimos de guineos cuando ya estaban a punto… Todas las tareas se hacían con una gran dosis de juego. Cuando llegaban los primos y los cipotes vecinos jugábamos de todo, pero diría yo ecológicamente porque ocupábamos el medio ambiente con respeto, a tal grado que hasta volábamos piscucha encaramados en las horquetas de los árboles grandes, sin desmedro de sus ramas… Hacíamos ranchitos en el cafetal y cada quién tenía el suyo. Hacíamos de todo imitando a los mayores. Cuando llovía el juego era mejor porque estábamos seguros que nadie nos espiaba… A veces nos íbamos de cacería a carrerear a las ardillas o a tratar de emboscar a los conejos o a puyar en los huecos de los árboles a los girones que, aunque no agarrábamos nada, corríamos y nos carcajeábamos bastante.

Por la tarde, otra vez de regreso para el pueblo cargadito con pacayas, güisquiles y frutas; además, centavitos que mi abuelo me daba por el día trabajado… Bastante dinero juntaba para mis gastos personales. Yo sentía bonito por la vida facilona que llevaba; pero lo que en verdad estaba pasando es que andaba huyendo de la escuela.

Aprendí a leer con Doña Rosita Vielman, de grata recordación para mí, pues ella con mucho amor nos dejaba aparentemente castigados, pero su objetivo específico era bañarnos y enseñarnos cómo debíamos hacerlo en casa, así como otras normas de higiene importantes en la vida. Pasé a segundo grado con don Homero Hidalgo, profesor joven y apuesto originario de Tacuba; con él estuve bien. Fui a tercero con el Sr. Augusto Aguilar, que a saber de dónde llegó… Aquí sí que no entendía nada… se me vino el cielo encima… lo recuerdo muy mal porque una vez que unas niñas de caché muy conocidas, estaban molestando y haciendo bulla, el profesor se dio cuenta y para salvarse del enojo y el castigo, dieron queja de mi… me llamó hacia el frente y con todas sus ganas me pegó tres reglazos en las manos… me hizo llorar… y para completar su gusto me llevó a la Dirección y allí el Señor Director Don Miguel Zelman Villalobos, me aplicó dos riatazos en las nalgas… me tuvo parado toda esa hora y la siguiente y cuando me mandó a formar para irme a casa, me dijo que mejor ya no volviera… y así fue, ya no volví. Cuando ahora los veo en las entrevistas por la tele como Licenciado en Ciencias de la Educación, uno y el otro, psiquiatra, me lleno de coraje y cólera porque el trauma que me causaron todavía lo llevo a cuestas.

Yo a nadie le conté mi problema, ni a mis amigos siquiera. Perdí cuatro años de escuela, pero yo feliz porque mi papá y mi mamá me compensaban con cariño, además tratándose de volver a viajar donde mis abuelitos donde también me apapachaban, lugar que ya conocía y aprendía cada vez más cosas nuevas del campo.

Nada me hacía cambiar, me gustaban las tareas de antes y estar cerca de mi abuelo, trabajar jugando era mi pasión… Cuando alguien me platicaba de ir a la escuela decía yo ¡Que Chipiada!… Me había comprado un par de botines cafés muy elegantes, por cierto, pero jamás me quedaron buenos, eso sí, me sirvieron de alcancía, llenas de billetes y monedas estaban siempre, que hasta préstamos sin retorno le hacía a mi papá cuando el zacate o comida del rebaño se acababa en la alacena.

Había mucha gente que desconocía mi vida de abundancia y solo veían mi tamaño, por lo que me aconsejaban volver a la escuela, pero yo siempre estuve renuente. Don Lito Arévalo, un señor gordito que montaba un jeep, me alcanzaba en el camino cuando regresaba por la tarde y desde que arrancaba empezaba el martilleo con lo mismo cada vez con palabras diferentes… “Mirá cipote – me decía – deberías ir a la escuela, fíjate que para ser un buen hombre hay que aprender muchas cosas que solo ahí las enseñan”, yo lo tengo presente cuando me alcanzaba y paraba el carro entre una nube de polvo y me decía: “subite; poné la carga atrás  y te venís a la par conmigo”… y comenzaba la cantaleta… Don Lito como sabio poco a poco mi conciencia corroyó.

Tenía catorce años de edad cuando de repente entré en un trance de melancolía porque los primos y los otros cipotes con quienes jugaba habían vuelto a la escuela. En esas circunstancias averigüé que los maestros aquellos ya no estaban… que Don José Domingo Arévalo era el nuevo director y que había nuevos maestros. Y vino la reflexión definitiva. Gracias al altísimo yo ya había prendido a tomar decisiones.

En ese bendito momento llegué a mi casa y le dije a mi padre: “Mañana me voy a la escuela” fuimos con mi madre a la tienda y compramos cuatro cuadernos rayados, otros para el dibujo, caligrafía, ortografía y mapas; el que llamábamos de borrador, me lo hizo ella de papel de empaque; lápices y pluma fuente siempre hubo en la casa; el bolsón mi madre lo improvisó de la manga de un pantalón que mi papá que ya no usaba.

Muy temprano estábamos ahí, la maestra Toyita Rivas daba clases a tercero, el que yo iba a repetir. Doña Toyita, señora que siempre he respetado y recordado con cariño porque todo aquel enredo que yo tenía en mi cabeza y también el sentimiento adverso a la escuela se terminó, cuando ella puso su mano sobre mis hombros y dijo: “Está aceptado… déjemelo” mi mamá dio los datos y una nueva era comenzó para mí.

De ella hay mucho que decir, pero el espacio es corto, aunque vale la pena resaltar algunas de sus virtudes como lo joven y atractiva a nuestros ojos, mente y corazón… todo lo que enseñaba lo hacía fácil de captar y asimilar… templada en cuestión de disciplina acompañada de consejos adecuados a nuestras necesidades y aspiraciones… Tres años pasé con ella (3º,4º y 5º), los más felices de mi época de estudiante. Una anécdota con ella voy a contarles: Todos notamos que a la Niña Toyita le gustaban los jocotes tiernos y los mangos, nos gustaba verla cuando se chupaba los dientes y aturraba la cara de gusto cuando los probaba… pero también fuimos observando que se ponía más bonita y el estómago le iba creciendo… inolvidable suceso porque todos nos pusimos tristes cuando supimos que iba a tener un bebé… la queríamos mucho… el rendimiento bajó.

En la escuela todo había cambiado, había otra dinámica. Don José Domingo a quien recuerdo con gratitud y cariño le puso otro estilo. Estando yo en cuarto grado él me llevó a un concurso de poesía a nivel departamental que se llevó a cabo en Ataco. El tema que según todo el mundo iba a ser el Capitán General Gerardo Barrios, porque fue un 29 de agosto el día en que lo fusilaron, que fue descartado porque el jurado argumentó que podía haber fraude. Ellos se reunieron y tuvimos que esperar. Quedó finalmente como tema El Río, yo me gané el segundo lugar y me dieron diploma, los dos tomos de biología de Montts Calderón y el libro Corazón. Don Chepemingo y la niña Toyita se pusieron felices, yo lo noté.

Estando ya en quinto grado me seleccionaron para ir a competir en ortografía y comprensión de la zona occidental, en la Escuela Mariano Méndez de Santa Ana; Don Chepemingo me llevó en su propio carro… estuvo conmigo hasta colocarme en el sitio que me correspondía y solo me dijo: “Tranquilo Carlos”… Cuando terminé la prueba la entregué. Como lo habían nombrado jurado, yo me quedé fuera de la escuela esperándolo junto al carro; después de tanto esperar lo vi venir y traía la cara como de fiera endiablada, apenas se me acercó vi estrellitas sin cielo, me había dado un moquete en la cabeza como queriendo decir ¡Que bruto fuiste! “Si hubieras puesto legía con “j” y oyo con “h”, hubiéramos ganado un lugar, fijate”…  ya en carro caminando, “El primer lugar sacó 4 errores, el segundo 5 y el tercero 6 y vos sacaste 7 errores” dijo golpeando otra vez el timón bravo conmigo… yo personalmente le di la razón allá en mis dentros… pues yo no decía nada porque estaba asustado… él hubiera querido que yo ganara cualquiera de los lugares.

Así pasaron tres años felices y yo ya tenía diecisiete; ya hacía mis buenas reflexiones como la de que cuando sacara sexto grado me iba a ser policía, guardia, mecánico o telegrafista, pues en esa época eran puestos importantes en las comunidades y fáciles de lograrlos. Por otro lado me sentía motivado porque si no obtenía el primer lugar, obtenía el segundo, que siempre disputé con el compañero Carlos Valentín Puente. Era una honra para mí que me pusieran la banda de tela fina y mención honorífica en público cada fin de trimestre.

Me estoy remontando allá por el año de 1958 cuando fui al sexto grado y ya no era mi maestra la Niña Toyita, sino que la Niña Chita Cuestas. Con ella nos costó acomodarnos, aunque era buena y primorosa con el grupo, sentíamos el vacío. Yo personalmente aprendí muchas cosas importantes con ella, casi siempre me mandaba a la pizarra para hacerle los mapas de cualquier parte del mundo o dibujos de Ciencias Naturales que ocupaban en la clase… era cosa de segundos sin ver la copia. Con ella también se me despertó la afición por la guitarra. Así terminé mi primaria en aquel edificio que todavía añoro; a veces me paro de espaldas hacia el parque y me la imagino como tal que, aunque estoy viendo el mercado, se me entremete la figura con su techo de tejas sostenido por paredes anchas y su bonito portal histórico sostenido por pilares rollizos de madera con bases moldeadas con arcilla; con un piso de piedritas todas iguales al mismo ras que no estorbaban al caminar. De no haber botado las paredes que formaban los salones, estarían allí gravadas las voces de los maestros y el griterío de los niños. En sus patios había hermosos cipreses que nos cuidaban del sol mientras jugábamos o recibíamos la clase de música del maestro Guillermo Vides.

Ese mismo año que yo me fui se inauguró la Escuela nueva de la que solo me quedó el gusto de pasar los pupitres y los demás enseres. Les cuento que me quedé con las ganas de tener como maestro a Don Lorenzo Aguilar Bautista, a Don Jorgito Vélis Vindel, a Doña Julita Saz de Vielman, a Doña Angelina de Cuellar y a Doña Juanita de Arévalo; pues según el sorteo la dicha no fue para mí. Aunque tengo entendido que eran tan buenos como la niña Toyita.

Bueno, ahora viene en serio mi incertidumbre ¿Qué voy a hacer el año siguiente? En mi casa no había suficientes recursos y si los había, éramos muchos estómagos que llenar. Estaba como encerrado en un túnel solo viendo oscuridad, las salidas estaban cerradas y a nadie se le había ocurrido abrirlas desde fuera, hasta que finalmente el Padre Ricardo Humberto Cea que piochaba y cavaba las rocas de entrada, el reverendo había comprendido mi problema y el de muchos de mi edad sin contárselo … disponiéndose a fundar el Colegio San Andrés.

La noticia fue una novedad y la gente de mi pueblo se puso contenta, pero yo aunque había visto la luz al final del túnel, me encontraba muy incómodo porque mi familia se trasladó lejos del pueblo, en las cercanías de la Laguna Verde en donde mi papá había comprado un terrenito, donde había una casita y yo no podía viajar; además, mi abuelo que para mí era muy importante ese año falleció. Aun así, en ese estado de cosas, mi papá platicó con el Padre Cea y me matriculó. Excepcionalmente iba a empezar las clases después de Semana Santa porque había que trabajar en las cortas de café y ganar bastante para comprar libros, cuadernos y uniformes. Dicho y hecho, me presenté después de la semana grande y tuve que emplearme a fondo para reponerme de los meses perdidos. Muchos problemas surgieron, pero fueron solucionados y sirvieron como acicate para amacizar mi alma. Varios compañeros de la escuela estaban ahí: Carlos Puente, Loncho Mata, Tín Guerra, Abrahán Pérez, Cleta Márquez, Dora Márquez; otros que habían egresado en años anteriores también: Yayo Linos, Julio Guzmán y Paco Márquez, además, Mina Herrera que venía de otro colegio, Hugo Mata y Rosalinda Herrera estaban en segundo curso. Estos somos los fundadores del Colegio San Andrés. Maestros gran equipo: Sr. Rafael Antonio Blanco, Dn. José Domingo Arévalo Mata, Sr. Jorge Humberto Velis, Sr. Guillermo Salas y por supuesto el Padre Cea.

Aguantadas de hambre… muchas… mi pobre Padre venía los miércoles para traerme lo comida de dos días porque yo la traía el domingo para lunes y martes. Experiencias para contar un sinfín, como una vez que estaban agarrando para el Cuartel, yo salí de la casa de mi papá como a las seis de la tarde con mi ropa planchada y mi tanate de comida; yo vi el puño de hombres en el camino que me estaba esperando, me acerqué y se me vinieron encima tirándome corvasos, pero metidos en las vainas, pero no me pudieron agarrar y me fui de regreso; llegué a un lugar donde abundaban las piedras, recogí bastantes y me vine de nuevo porque hasta ahí yo pensaba que los hombres solo pretendían asustarme por envidia, pero no fue así. Cuando llegué al punto no vi a nadie y seguí caminando, ellos se habían ido más abajo para esconderse; de repente, vi salir de los matorrales a los sujetos y los agarré a pedradas. Salí corriendo, pero más abajo había otro poco de gente, algo más ancianos digo yo, porque en la refriega a dos de ellos con facilidad los agarré del buche y los arrastré en el lodo. Finalmente me amarraron con unos lazos y así me trajeron a la cárcel. La ropa llegó toda mojada y la comida sabe Dios dónde había quedado. Minutos después llegó mucha gente para ver qué me pasaba, mi papá ya había sido avisado quizá por los mismos patrulleros, casi detrás venía y junto con él, el Padre Cea, ambos llegaron a rescatarme.

   

Angelina Saz Arévalo y Fernando Calderón Sigüenza

En una ocasión… mejor dicho en muchas ocasiones, mi papá no pudo venir por el mal tiempo y tuve que mitigar el hambre con dos guineos morados que me compraba en la tienda, pero primero me comía la cáscara y después lo de adentro. Así terminaba la semana… ¡Gracias a Dios! Y salía corriendo para reunirme con mi familia.

Les cuento todo esto no para que me compadezcan, sino para que vean que la vida no es fácil cuando no se tienen los recursos, pero hay que saberlos valorar cuando se tienen, pues Dios pone las dificultades para que saltemos como resorte. Hay que tener mucha entereza para soportar los tropiezos que se presentan sin perder de vista el objetivo. La voluntad se fortalece cada vez y uno se vuelve positivo. Así terminé el primer y segundo curso (1959 – 1960), arrimado en la casa de mi abuelo materno cerca de mis dos tías Ana e Imelda, lo digo así porque ellas fueron un tanto indiferentes a lo que me ocurría, aunque así fue de alguna manera me sentía protegido. En ese último año mi tía Ana falleció.

Para 1961 todo fue diferente porque mi papá hizo un buen cambalache con un Señor que le dio una casita en la Quinta Avenida con un bonito terreno que lindaba con la fuente de San Andrés a cambio del suyo en la Laguna Verde. Ahora mi lugar de estudios estaba a cien metros de mi casa y ya dormía cabal y hacía los tres tiempos de comida. Así completé el Plan Básico y para 1962 estudiando el primer año de bachillerato hice mis primeras prácticas de profesor ayudándole al Padre en la nocturna, daba la materia de Idioma Nacional y Estudios Sociales. Por otro lado, el Colegio ya tenía internado y me divertía dándole clases de refuerzo a los alumnos deficientes en sus notas; fue entonces que me dije con seguridad, ya no voy a ser carpintero como mi papá, sino profesor. Mis fuerzas interiores habían aumentado cuando ya tenía verdaderos maestros que imitar: a Don Rafael Antonio Blanco, con sus matemáticas, que estuvo desde sus inicios; Don German Alcides Vásquez, con su Literatura; a Don Miguel Ángel Reyes, con sus Ciencias; a Don Raúl Mejía, con Idiomas; y, a Don Julio César Rodríguez con su Música. Otras personalidades que en gran manera contribuyeron a mi educación, aunque no lo parezca y que pusieron sus codos en favor del Colegio fueron: Doña Bety Mata, ahora viuda de Arévalo, y la vieja Ana. La primera llevaba el control de todo lo administrativo, económico y académico, se caracterizó por su accesibilidad y calor humano que nos regaló; la segunda, una “vieja brava” de carácter difícil, pero sabiéndole llegar, sacaba un corazón grandote para dar; a mí no se me olvida la “trotaconvento” del Colegio, como le decíamos, ella era la que llevaba el control de la cocina, la que nos daba de comer a veces como mamá, pero era también la que nos sacaba corriendo por todo el colegio cuando lo que hacíamos no le parecía. Muchos abrazos a la “viejana”.

Rafael Antonio Blanco y Carlos Saz, en el Colegio San Andrés (1962)

Por fin egresé en 1963. Presenté exámenes generales privados en noviembre de ese año y los aprobé. El 19 de junio del año siguiente, me gradué junto con el compañero Federico Charlex. Para el Padre Cea, fue un exitazo, como decía él. Se vanagloriaba y gritaba a los cuatro vientos que su obra crecía, prueba de esto era que las graduaciones se hacían el día de su cumpleaños (19 de junio de 1921). Esa vez, recuerdo, trajo un gran orguestón con más de cincuenta músicos que nos deleitaron con varias piezas de música clásica. Había invitado a personalidades como al director de Educación superior, al Gobernador Departamental, al Alcalde Municipal, a Diputados que cuando eran jóvenes fueron sus alumnos y otras personas importantes amigos suyos de diferentes partes del país.

Anécdota inolvidable es la vez que me pusieron en el programa para dar las palabras de agradecimiento y durante todo el discurso me temblaron los pantalones y el micrófono también; las palabras se me quebraban y lo peor es que me daba cuenta y por querer controlar mis nervios, la tembladera era peor.

Como el Padre decía: “Yo voy pensando diez años adelante que ustedes”. Dos años me tuvo trabajando en el Colegio como profesor, experiencia que me valió como un curso de perfeccionamiento para el buen oficio de enseñar. Con él aprendí todas las técnicas habidas y por haber en el profesorado y en 1966, me eché a volar. Fui a probarme a un interinato por tres meses en el Instituto Nacional Cornelio Azenón Sierra de Atiquizaya. La experiencia no fue tan grata, ahí los valores morales estaban disminuidos, quise impregnarle a lo que enseñaba el sabor a Cristo Jesús, por lo que me pusieron en sus corríos el sobrenombre de “Chambacú”; quise aplicarles disciplina dura y me pusieron “Chicharrón”, porque dejaba salir tarde a los que no habían aprendido la clase aún. Finalmente salí desilusionado, era muy joven, pensé que me faltaba algo.

Carlos Saz, cuando era profesor del Colegio San Andrés (1966)

Luego puse a vacilar mi pensamiento y me encontré el trabajo en la justicia, con ayuda del profesor Rafael Blanco, me nombraron secretario del Juez de Primera Instancia de Chalchuapa; pero me fue peor porque me tocaba conocer y escribir cosas horribles que jamás imaginé de la sociedad en que vivimos: una vez me tocó describir la escena de la violación de una niña que iba con su madre en un lugar desolado y oscuro.  En esos juzgados se requiere registrar pistolas, corvos o cuchillos utilizados para herir o quitarle la vida a alguien… Me dio pánico y me hizo reflexionar duramente, caí en la cuenta que era por la educación que tenía que luchar.

Supe que en Chalchuapa estaba la supervisión inmediata de los Planes Básicos de Orientación Media… El señor supervisor Don Rigoberto Aguilar Guido, estuvo una vez supervisando una clase mía y cómo elaboraba las pruebas objetivas en el Colegio San Andrés, ya me conocía, más la palanquita siempre del Señor Blanco, puse mi solicitud y no tardó mucho en contestarme positivo a mi favor… fui nombrado Subdirector con dieciséis horas de clase en el Plan Básico de Orientación de Metapán, el once de mayo de 1966.

Por primera vez vi el camino amplio para bregar sin tapujos porque encontré el terreno fértil para sembrar mis conocimientos, alumnos ávidos de aprender, compañeros colaboradores conmigo, padres de familia responsables y una comunidad con un ambiente sano; allá lejos, pero muy lejos sin contaminación de lo que algunos llaman civilización.

Para entonces en Metapán la fábrica de cemento CESSA estaba poniendo sus primeros postes, las carreteras para llegar todavía eran estrechas; en muchas ocasiones el bus en el que yo viajaba tenía que apartarse a un ladito para que el otro pasar. Para mí Metapán fue el mejor lugar del mundo, nada que envidiar para vivir feliz; una sociedad que lo tenía todo completamente independiente, con sus calles y avenidas angostitas, con sus casas antiguas de adobe con una característica dominante y es que, la puerta de la entrada a la sala principal se ubicaba en la esquina. Adentro las casas grandes tenían un portal que da al jardín donde no faltaban las rosas. A lo lejos, desde cualquier punto alto se veía su hermosa Iglesia colonial teñida con cal, manifestando que la gente de Metapán está protegida por Dios. Yo me sentí como nunca; mis alumnos me llamaron “Señor Saz” y todo habitante también que por primera vez me hicieron sentirme estimado, elegido, estimulado y si se puede decir, apapachado.

Esquipulas. Paseo en bicicleta con alumnos del Instituto (1967)

Retrocediendo un poco en el tiempo, con relación a mis menesteres todo estaba arreglado. Cuando llegué después de mi largo viaje, un compañero llamado Miguel Ángel Morales me estaba esperando. Cuando me bajé del armatoste que me llevaba, se imaginó que yo era y agarrándome mis “volados” me preguntó y saludó… y caminando me dijo: “Vengase, vamos a vivir en la misma casa ya todo está arreglado” y como me vio la figura como la de un quiebrapalito, me hizo la broma: “Yo creí encontrarme con un hombrón de tamaños moyeros como los del luchador! Ahí vivían otros amigos que trabajaban en la fábrica de cemento CESSA con los que compartimos muchas cosas.

Aunque disfrutaba el trabajo y la gente era buena en Metapán, siempre estuve absorto porque mi primer retoño estaba por venir y le pedía a Dios estar ahí en ese preciso momento. Viernes por la tarde a como diera lugar estaba en camino sin volver atrás… Por fin un domingo siete de agosto se me concedió, ahora tenía que trabajar más y con más ganas.

Aún para 1967 solo éramos cinco compañeros: Florentín HenrrIquez Herrera, era el director, un hombre muy dinámico; Miguel Ángel Morales; Ana Josefa Carpio; Salvador Belloso; y yo, éramos el equipo que no mirábamos el reloj para trabajar; una secretaria llamada Ana y el ordenanza, Teto Mira, también nos acompañaban.

En 1968 fundamos el bachillerato (4º y 5º curso). En 1969 sacamos los primeros bachilleres. Ese mismo año tuve que ausentarme porque fui becado a la Ciudad Normal para impulsar la Reforma Educativa. Ya para 1970 como el centro de estudios ya era Instituto Nacional, yo era el subdirector, y tenía que asumir el cargo de director porque Florentín se iba a la Normal también becado.

Compañeros de Ciudad Normal (1969)

En 1971 nos separamos porque hubo transformaciones en el Sistema Educativo, yo me quedé como director del Tercer Ciclo de Educación Básica (ahora 7º, 8º y 9º grados) en el mismo local, mientras que el bachillerato pasó a un nuevo local con todo su equipo y algunos profesores: Florentín Henríquez, Miguel Ángel Morales y Francisco Jiménez. Desde antes estuvimos gestionando un nuevo local porque ya no cabíamos. La familia de Don Mincho Valiente, accedió a donar al norte de la ciudad, contiguo a la piscina, un espacioso terreno con la condición de que el centro educativo llevara el nombre de un ser querido de la familia, fue así que se llamó Instituto Nacional Benjamín Estrada Valiente.

En 1974 vino otra transformación, las escuelas fueron unificadas, o sea que iban a tener ahora hasta el 9º grado. El local que nosotros ocupábamos pertenecía a la Alcaldía y lo abandonamos con la condición de que la mitad pasara al Kinder y la otra mitad a la Casa de la Cultura, en la que también fui parte de su fundación. Yo pasé a la Escuela Urbana Unificada República de Guatemala y la compañera Ana Josefa Carpio de Torres, a la Escuela Urbana Unificada Luz Gómez.

En la Escuela Guatemala aprendí como dicen por ahí a “dejarme el pellejo”, los compañeros maestros, los niños y los papás me enseñaron muchas cosas, con ellos hicimos muros, cercos, adoquinados, canchas, gradas y los servicios básicos que le hacían falta a la escuela. En ese tiempo la institución creció y albergó a más de mil alumnos con veintinueve maestros a mi cargo asistiendo unos por la mañana y otros por la tarde. Diecisiete años viví en Metapán, ahí crecieron mis hijos, suficientes para amar el lugar. Pudiera escribir tantas cosas, pero el tiempo es escaso, muchas historias se quedarán en el olvido.

Carlos Saz entrega título a Adán Figueroa. Graduación del Institudo de Metapán  (Metapán, 1970)

Difícil fue para mí cuando tuve que retirarme de Metapán, porque adoraba el lugar. Una amenaza infortunada a finales de 1982 cuando la guerra civil se había encrudecido y el desgobierno ya era evidente. Una persona irresponsable con el afán de conseguir sus objetivos malignos y cobardes, me hizo llegar en forma de anonimato, algo que acostumbraban en esos días personas que les gustaba hacer el mal.

Grupo de Danza de la Escuela Guatemala, cuando Carlos Saz era el Director

(Metapán, 1978)

A veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres y dicen que no hay mal que por bien no venga. En esa época el Colegio San Andrés había desaparecido y coincidió que yo me quedé sin plaza y no tenía donde ejercer mi profesión, el Padre Cea por su parte, andaba queriéndole dar vida al Colegio. Justo a tiempo, me llamó a mí y a Lito Rivas para llevar a cabo su nuevo proyecto. Nos comprometimos con el Señor Obispo monseñor Marco René Revelo, quién firmó un contrato con el Señor Ministro de Educación. El contrato decía que nosotros pasábamos a ser parte de la red de maestros pagados por el Estado en Colegios Católicos, con la colaboración de otros maestros pagados hora – clase salimos adelante en 1983. Muchas de las experiencias del largo trajinar en otros lugares fueron útiles aquí, sumados a los nuevos objetivos de los Colegios Diocesanos, tuvimos buenos resultados. Ahora el Colegio San Andrés está ahí y las aspiraciones del Padre ya concretadas perdurarán.

Antes dije que a veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres, pues estos nueve años fueron el cumplimiento de lo que él quería que yo hiciera ¿saben por qué? Se los voy a contar… Cuando yo viví la gran tribulación por la amenaza que me hicieron allá en Metapán, pasé una semana sin poder decidir si dejar o no la ciudad y el trabajo en la Escuela Guatemala… platicaba con mi esposa y conmigo mismo y nada… platicaba con Dios y tampoco… pero tenía un amigo, Toño Caballero, a donde nos íbamos a dormir y ahí tuve un sueño: Empezó a temblar, la gente corría y nosotros agarrados de las manos también… tuvimos suerte y llegamos a la Iglesia, subimos a la cúpula y desde ahí vimos que las casas se caían en pedazos y se incendiaban, la gente moría entre las llamas… solo la Iglesia estaba intacta. Esa misma noche comenté el sueño con mi esposa y sin titubear la mañana de ese día de octubre salimos de Metapán solo con un poco de ropa, la Petra, nuestra chuchita y un perico. Pasé dejando las llaves a mis superiores en Santa Ana y nos fuimos con mis familiares en Apaneca.

Esta historia va para mis familiares que no la conocen, ojalá me haya dado a entender, solo pretendo impulsarlos o tal vez divertirlos porque yo si escribo es para eso… o para aprovechar darles consejos a raíz de lo que yo viví ¿quieren algunos? Ahí les van: Vean al vecino como de la familia… apunten en su diario una cosita buena o mala que hicieron… ahorren lo que puedan y no gasten en tonterías… cuiden con esmero lo que tienen y no lo despilfarren… pidan disculpas o perdón si alguna vez se equivocan… si alquilan una casa mejor piense en comprarla para que sea suya… aprendan a nadar de chiquitos para que cuando sean grandes no sufran viendo que otros pueden… aprendan a manejar la computadora y el carro con tiempo… dedique aunque sea un ratito a leer la biblia… sean prudentes en todo lo que hacen haciendo uso del sentido común.

A veces me auto juzgo y pienso que me equivoco porque hago juicios indebidos por lo que pido perdón a quienes talvez ofendí… ¿Saben qué? Yo tengo grandes problemas como es el de que soy cuidadoso hasta con las cosas viejas que tengo, porque cuando niño muchas cosas me hicieron falta, que también repercutieron en mis cosas subjetivas. Por eso digo: Aunque yo sé que a estas alturas nada se puede hacer, en mis oraciones le pido a Dios me alargue un poco esta vida para ver triunfar a mi Elena, a mis nietos y a otros niños de la niña Tancho que también quiero.

Octubre de 2014

LAZAU

LA PROCESIÓN DE LA SUERTE

Doña María Solano, que vivía en la Calle 15 de septiembre en el Barrio El Calvario, un día platicando con Doña Tiveria Luna, que también era vecina, ésta le contó entre todos los chambres del pueblo que se había desatado una noticia importante.

¿Y de qué se trata Tive? – preguntó Doña Mari… Pues es una especie de procesión que va por las calles y avenidas de las doce de la noche en adelante… Es solo de señoras y no van muchas… Van rezando y cada una lleva una candelita encendida… Todas van con vestido negro y tapado incluido hasta la cabeza.

Mirá Mari, hay que estar preparadas porque yo ya lo estoy… dicen que solo se necesita un pañuelo blanco de seda, un botecito con agua bendita y un cofre de madera.

Que si uno tiene suerte, se puede ganar una sortija que si la sobás y le pedís un favor, te lo concede y hasta te da pisto si le pedís lo necesario.

Creo que la llevamos de ganar porque no va para toda la gente, si no donde hay una viuda cincuentona… dicen que van rezando y ahí se paran… Una de ellas se desprende del grupo… toca la puerta… y es ahí donde tenés que ser fuerte Mari porque vas y abrir la puerta y ella te dice: “En usted confío, guárdeme mi candelita”… Vos la tomás y cuando la procesión se va, cerrás tu puerta y apagás la candelita… Inmediatamente se envuelve en el pañuelito blanco que se supone ya lo has bendecido antes y lo ponés en el cofre donde se guardan la ropa… allí lo dejás hasta que la señora que lo dejó vuelva y te traiga la sortija.

¿Oye Tive, no será que ya estas asustada antes que te asusten? Porque desde ya te veo pálida… yo personalmente no creo mucho de lo que estas planeando… creo que si mi marido estuviera ya me hubiera reprendido… Él no tomaba en serio estas cosas.

Al pasar como unos seis meses, la procesión pasó; me tocaron pero yo no abrí la puerta. La Tive si porque la encontraron muerta del susto, se le paró el corazón porque dicen que cuando la señora pasó de nuevo por la candelita que le dio a guardar, la Tive metió la mano en el cofre para sacarla y una mano le agarró la suya y ahí se quedó. Dicen que cometió un error el más grande de su vida: se le olvidó mojar el pañuelito blanco de seda con el agua bendita; porque si lo mojó pero con otra agua que tenía adjunta.

LAZAU

El gato negro

El gato es un animalito doméstico muy útil porque ahuyenta los ratones y para algunas damas que lo prefieren como mascota; pero también en todas las épocas ha sido relacionado con la mente misteriosa del hombre, pero más que todo el de color negro… Yo recuerdo lo que se decía de Doña Moncha Turcios, que curaba o hacía la cacha de curar algunas enfermedades terminales; pero también lo contrario, poner para bien o para mal por encargo.

Cuentan que vivió yendo para Ahuachapán cerca de la Fania; ahí tenía su parcela en la que había construido su casita campestre, de bajareque como con tres o cuatro cuartos, una sala grande con su respectivo corredor con alguna comodidad; pero lo más importante, una salota para recibo o estar, en cuyo interior las paredes estaban tapizadas de santos y fotos de familia; además, bancos y sillas por todos lados para sentarse, porque eso sí, había mucha concurrencia de algunas personas que venían de muy lejos.

Decían que todo el terrenito estaba cultivado con guineo, guayabos, café, duraznos, naranjos, etc., pero más que todo arbustos y plantas medicinales como ciguapate, chichipince, albahaca, ruda, etc… Era un jardín.

Me contaban que cuando uno llegaba se sentaba a esperar su turno; pero también se solía dar una vueltecita… Después de la espera, la Niña Moncha tenía un cuarto aparte totalmente oscuro a donde metía a la gente una por una… Al entrar no había que hablar mucho; el saludo, las preguntas respectivas, las respuestas y al camino… Ahí había un sillón, un almatroste de madera en donde se sentaba ella… a su derecha, en una mesa había un gato negro que solo movía la cabeza y la cola de vez en cuando… a su izquierda una candelota encendida de cera pura de abeja, a la que el paciente o pacienta tenía que tocar a la hora de dictar la receta, la dosis y entrega de la medicina, y finalmente ya para salir, había que sobar el lomo del gato negro, como queriendo decir ¡Gracias!… A la salida de la casa ya para partir estaba su marido con una bolsa de cuero en la que había que depositar una donación monetaria.

Si de verdad curó, debió haber sido por fe en sí mismos y en el poder de nuestro Señor Jesucristo, porque dicen que una vez que le llevaron una enferma de cáncer o lepra… no recuerdo muy bien… y como en esa época no había modo ni siquiera de aliviar dichas enfermedades, a Doña Moncha se le ocurrió reponerle los pedazos de carne y piel que había perdido con carne roja de res o de cerdo… Así los familiares le estuvieron poniendo a su enferma carne fresca en las llagas o en las partes deterioradas… Finalmente pues la señora murió… Gran imaginación de la Sra. Turcios.

Como Doña Moncha se hizo famosa, las curaciones ya no fueron solo normales, sino que también paranormales, pues a muchos curó de amor ciego por culpa de “la prueba del puro”; por odio provocar “muerte en accidente”; por venganza poner o sacar “sapo en la panza”; “muerte a pausas” por envidia; y hasta acercamiento nuevamente de parejas que un día fueron felices y que ahora están separados, o lo contrario según el interés…

Doña Moncha nunca dijo que el gato negro hacía el trabajo de curar, pero la gente sí, porque su felino no era un animal cualquiera… Era un gato entendido, por eso la gente decía que era el mismito demonio y ella una bruja empedernida… Otros decían que tenía pacto con el diablo.

Según cuentan, el día jueves de cada semana no había consulta porque el gato le tocaba baño y preparación de los menjurjes para la próxima semana.

Hay personas que ya traen esos dones; Doña Moncha, preparaba sus agüitas con gran dedicación y esmero pues en su terreno tenía muchas plantas que a base de observación había adquirido experiencia en ese afán de curar. Nuestros antepasados los nativos eran expertos en esos conocimientos.

Doña Moncha a saber qué se hizo, la presión de los díceres fueron tan grandes que por eso vendió su terrenito y desapareció… Unos dicen que se fue para la costa… Otros dicen que para Nahuizalco… Solo Dios sabe que se hizo con su gato.

Esto que voy a contar es otra historia… A Don Arturo Rodríguez, no le fue bien con el gato negro como le fue a Doña Moncha. Don Arturo era una persona muy seria, de carácter fuerte y firme, que no se doblegaba ante problemas o situaciones paranormales, porque para lo que él me contó era para quedar psicológicamente enfermo en la primera experiencia.

Pues cuenta que en su casa siempre hubieron gatos para correr a los ratones y que nunca se comían las sobras de la cocina, porque más de uno de ellos  – que eran cuatro – se iba afuera para traer un conejito que compartían y devoraban entre todos. También recordaba que una vez entró a la casa un animal más feroz que ellos y mató a los dos más jóvenes dejándolo degollados… «Para entonces yo era un niño-  me dijo – Luego crecí, aprendí a leer y escribir en la escuelita de mi cantón Shucutitan; empecé a trabajar pesado en las fincas, pero con el tiempo el patrón se fijó en mí y me puso a trabajar más suave en otras tareas: hacer mandados, traer encomiendas, apuntar con sus nombres y tareas a los trabajadores, sumar, multiplicar, y hasta ayudar a pagar los fines de semana».

«Ya le conté bastante de mi vida amigo mío; me falta lo espeluznante – dijo -Cuando mi patrón me mandó a administrar una de sus fincas que tenía en el cantón Palo Verde, un gato negro cayó del bordo del camino; era de noche, poco común porque se me puso delante y sus ojos eran colorados; como se me abalanzó al pecho lo tomé del buchito y lo tiré con violencia al peñazco de una barranca y solo hizo ¡Miau!… Así pude llegar a la casa grande y a mi cuarto… Eso se repitió muchas veces y siempre cuando yo estaba solo».

«Otra vez estaba ya cerrando los ojos para dormirme cuando ¡Miau! El mentado gato negro… Hice lo mismo… Lo tomé del bucito y lo tiré por la ventana… Usted no me lo va a creer, ya había dormido un poquito y como a la una de la madrugada, ahí estaba el gato negro pegadito a mi almohada de nuevo ¡Miau! me hizo al oído, esta vez lo volví a tomar del buchito y lo metí en una jaula bien cerrada. Pero el gato por la mañana ya no estaba».

«Oiga amigo lo que le voy a decir: El gato negro me ganó la partida; como una vez que me sorprendió como a las doce de la noche, yo estaba empeñado en terminar una planilla porque al día siguiente era sábado, se me apareció en la silla que estaba a mi lado ¿Qué hice?… pues sobarle la cabecita y en un parpadear de ojos desapareció… y no volvió jamás.

LAZAU

La tunca bruja

Mi padre era un hombre tranquilo y cuando cometía un error en vez de tomar el cincho para escarmentar, mejor tomaba la opción de contarme un cuento; pero esa vez que llegué a casa muy noche estaba sudando y muy serio… y … yo con el pelo parado, erizado de la piel y el cuerpo rígido, pues sentí que lo que me contó ese día era cierto…

«Ahí por donde Borja, donde vos estás pasando a esta hora de la noche asustan… sé que tu querencia te obliga a pasar por ese lado… pero te voy a contar lo que una vez a mí me sucedió…» Mi papá me estaba hablando del cruce o encuentro de la Avenida Central y la 2da. Avenida, en donde tres de las esquinas eran de los Borjas.

«Yo vivía en el convento porque entonces ese era mi hogar, cosa que ya vos bien sabés que yo me crié al dado del Padre Golón… Casi todas las noches visitaba una mi entretención en el barrio San Pedro… yo ya andaba pensando en casarme y hacer mi vida aparte… Un día que me cogió mucho la noche, caminaba de Sur a Norte sobre la Avenida y seguí sobre la calle de Oriente o Poniente, cuando en esa esquina exactamente donde los Borjas, se me apareció una tunca del tamaño de una vaca… ¡Naturalmente que yo me asusté y no reaccionaba!… Al fin, me obligó a dar algunos pasos para atrás porque me “cosiaba” las mangas de los pantalones…. caminaba sin cesar por todos lados y me cerraba el paso… al mismo tiempo chillaba con rabia atacándome y ¡Mordiéndome las canillas y yo corriendo de trecho en trecho! a cómo podía… ¡No encontraba una salida!… Y como por ahí no vive ninguno, ni gente pasaba, era en vano gritar o clamar por auxilio… Yo logré agarrar un palo y le di un garrotazo, pero me lo detuvo con el hocico… lo hizo pedazos y a saber qué sintió porque salió corriendo, siempre “cosiando» y se perdió allá a lo lejos como que iba al Cerrito.

«Yo me quedé asustado y temblando de miedo… Cuando conté lo sucedido a algunos amigos me dijeron – Esa fue una novia que tuviste y se quedó mordida… – Otros me dijeron que había sido una mujer celosa que andaba tras de mis calzones por ahí y me quiso amolar».

Mi recomendación hijo es que no salgas tan noche, me dijo.

LAZAU

Los coyotes

Este no es un cuento, sino una historia que provocaba terror a los niños; no por el aspecto de chuchos giotosos que presentan, sino por el aullido que en grulla o manada hacían. Yo nunca vi uno, solo en fotografía, y me doy cuenta que se parecen y son familia de las hienas.

Estando yo muy pequeño allá por los años 40 y 50 del pasado siglo XX, en las noches al parecer tranquilas, el silencio se rompía con ¡Auuuuuu! ¡Auuuuuuu! ¡Auuuuuuu!, unos y otros, al parecer eran decenas de animales que al compás de los chirridos de los grillos, los coyotes no paraban… se sentía que caminaban de territorio a territorio entre los montes y cafetales… guatales tal vez… Pero lo que si recuerdo muy bien, es que la impresión psicológica que nos dejaba a los cipotes era dura, y creo que por eso adquirimos la maña de orinarnos en la cama.

Cuando los coyotes bajaban, todos los tendederos de las casas del pueblo estaban ocupados ya que algunos no solo amanecían mojados, sino también churrusquiados.

La montaña que abraza la ciudad de Apaneca por el norte se llama La Coyotera, ahí estaban sus madrigueras y como son animales carroñeros bajaban a donde estuviera la comida.

Traigo a cuentas esta historia porque los coyotes ya no están, se extinguieron, pero fueron parte de nuestra historia.

 

LAZAU

La sierpe

Los Apanecos hasta ahora no sabemos a ciencia cierta el por qué llamamos “Barranca de la Sierpe” a ese lugar; sí sabemos que se encuentra en el camino antiguo que conducía a la ciudad de Juayua y al mismo tiempo al cantón Palo Verde. Yo siempre le tuve temor a ese puntito, porque una vez que acompañé a mi papá a cobrar el salario de un trabajo que había realizado, vimos un mico que salió de un lado del camino (o del barranco), y como ahí había un bejuco colgando de un árbol grande y muy alto, el animalito alcanzaba la punta y con gran destreza se subía a las ramas… nosotros lo vimos exactamente en el momento que se ocultó.

Desde entonces no se me hizo fácil viajar solo por ahí y aún más cuando mi familia se fue a vivir por esos lados… Cuando fui creciendo se me despertó la curiosidad del por qué se le llamaba ahí “Barranca de la Sierpe”, y como en esa época yo ya era un estudiante y leía algunos poemas de los griegos en los que se encuentran expresiones mitológicos que describen a la sierpe como un animal grande, feo y feroz, naturalmente, fue suficiente para que yo le tuviera miedo a la barranca, y prefiriera pasar por el camino a la Laguna Verde para ver a mi familia.

A Don Chente Burgos, le pregunté una vez ¿Qué hay de esa Barranca de la Sierpe? y él me contestó: «Mire joven a mí me contaron que ahí encontraron hace muchísimos años el esqueleto de un animal grandote, que si hubiera tenido sus carnitas y todo lo demás, se hubiera parecido a un ciempiés de esos chiquititos y sin patas, pero con la capacidad de tragarse entero a un caballo. Dicen que los restos se los llevaron a saber pa donde y desde entonces le empezaron a llamar así al lugar». Yo solo me quedé pensando que de ser cierto, debió ser un animal terrible como los que narran las historias de los griegos.

A Don Lalo Peña, también le pregunté lo mismo y su respuesta fue casi igual, por cuanto que se habían llevado los huesos encontrados, por lo demás dijo: «Es bueno que usted ande preguntando porque ya pocos sabemos de esa historia, quizá solo yo voy quedando. A mí me contaron que ese animal era como una iguana gigante, que a lo mejor con el tiempo, desde hace miles de años, se fue haciendo más chiquita, porque así como dicen que eran los huesos de grandotes, si era vegetariana, necesitaría una tarea de monte cada tiempo de comida».

Yo siempre anduve preguntándole a todos los viejitos sobre el asunto, porque para mí se volvió interesante, pero muchos me decían que no sabían nada.

Don Chencho Vargas, me dijo que él sabía que ese animal era como una culebra común, pero gigante, al igual que otros animales de su misma época, y que a lo mejor hay otros huesos enterrados por ahí, que como están muy profundos no los podemos ver.

Al Padre Toño Linares una vez le pregunté sobre el por qué creía él que le habían puesto así a la barranca y me dijo: «Yo creo que esos huesos es cierto que los encontraron y deben de estar en algún museo. A la barranca le pusieron así porque son o se parecen a los de una serpiente…»

La serpiente se ha convertido en un animal mitológico; su nombre viene del latín que quiere decir Serpens o culebra grandota, ponzoñosa y fea.

A lo mejor aquí no hubieron tales huesos, y como los mitos así son, los inventa la gente y finalmente, producen miedo.

 

LAZAU

 

UN JOVEN TRAVIESO

Esto que les voy a contar fue una experiencia personal. Voy a tratar primero de hacer una descripción del escenario… Mi papá tenía su finquita a la orilla del pueblo, ahí estaba la casa donde vivíamos en la 5º Avenida. La finquita se extendía hacia el Poniente y se confundía con la montañita que alberga la fuente de San Andrés… Yo muchas veces me internaba en ella para disfrutar de la frescura. Al otro lado, o sea siempre al Poniente de la montañita, lindaba con la calle o camino de la finca Albania, el que sigue hacia otras fincas vecinas a la Barranca del Paso. Pues yo conocía muy bien la montañita que está cubierta de árboles grandes pero también debajo de estos está tupida de arbustos, bejucos por todos lados y naturalmente espeso de humus cubierto de hojas.

Un día se me ocurrió armar una trampa para tacuazín porque habían señales de abundancia y nosotros estábamos escasos de carne en la comida… yo tuve que pásarme al otro lado de la barranca porque ahí estaba el lugar óptimo para ello… La hice tal cual… Una casita cónica con baritas, su puertecita, el disparador y un guineo jugoso como señuelo.

El primer día feliz porque cayó un hermoso animal ¡Gordo! El segundo día igual… Y así varios cayeron; un día hasta una comadreja cayó. Pero un día la hazaña terminó cuando preparaba la trampa como a las seis de la tarde, hora que en la montañita ya era de noche y apenas se miraba. Cuando inesperadamente salió de la nada un animal del tamaño de una vaca e iba haciendo brecha entre los matorrales del otro lado donde yo tenía que pasar para salir a la propiedad de mi familia. Yo no vi el animal porque estaba de espaldas…Y… cuando me di la vuelta y me paré para ver el animal, solo vi la señal por donde había pasado… Todo sucedió en cuestión de segundos y me encontré en un callejón sin salida… Si me iba para arriba a salir a la calle de la Finca Albania, hacía tres días que se había ahorcado un señor que yo conocía en un árbol de tatascamite de la misma montañita y yo lo vi cuando estaba colgado…Tuve gran miedo… Entonces en cuestión de segundos tomé la decisión… Me santigüé… Tomé  el corvo que andaba… y salí no se ni como a contarle el cuento a mi padre. No volví jamás a ese sitio.

LAZAU

EL SEPELIO DE LA MEDIA NOCHE

Parece que los Apanecos estamos olvidando las leyendas que de esa manera nos obligábamos a dormir temprano. Esta historia yo la recibí de la Chilita Calderón, un día de tantos que hablábamos  del tema. Esto que te voy a contar sucedió en la 3ª Avenida, a lo mejor,  desde la Cruz del Barrio El Calvario o mejor dicho de otro modo donde está el rastro municipal, hasta la Cruz de Barrio Las Flores, en donde antes había una ceiba enorme, para luego doblar al cementerio.

Don Belarmino Hidalgo vivía en esa Avenida; su casa como se acostumbraba en esa época de paredes viejas de adobe un tanto deterioradas que permitía espiar de adentro hacia afuera y darse cuenta de muchas cosas que pasaban.

Don Mino, como lo llamaba la gente, le contó a la Chilita que los días viernes de cada mes a las doce de la noche pasaba sonando una campanita y un ruido de pasos de algunas personas como que van marchando con pasos lentos pero lentísimos marcados por un tambor que asusta  y una rezadera que no se entiende lo que rezan. Todo esto provoca miedo pues y no queda más que meter toda la cabeza bajo las chivas.

Esa vez que les cuento como mi mujer ya iba a parir no me dormía, cuando de repente oí la campanita y me dije, voy a ver que es esta mierda… Quité un terroncito que me hacía estorbo y pude ver qué pasaba… ¡Arrepentido porque lo vi todo!.. Estaba tieso y no me podía mover… Con la respiración levantaba polvo de los adobes que me estaban sirviendo de soporte y sentía que nunca terminaban de pasar… La campanita tilín, tilín y el tambor pon, pon, y otra vez tilín, tilín tilín y después pon, pon, pon, y a mejor no terminó hasta llegar al cementerio.

Fijese Chilita que el cajón era negro de lujo bien barnizado a muñeca… Iban cargando cuatro que no se les veía la cabeza porque iban encapuchados con túnica o vestido largo… ¡Y con sandalias Chilita!… a ambos lados iban dos con un candelero encendido cada uno, encabezando dos filas de gente con vestidos diferentes  de color café o negro, desteñido tal vez… Y así el sepelio se fue supongo yo por toda la Avenida hasta llegar a la Cruz y luego al cementerio…. ¡Mire chilita! esto que le conté, le ha de haber pasado a muchos; lo que sucede es que no quieren contar porque no quieren vivir el pasado… Fíjese que esa noche para poderme tranquilizar tomé un vaso grande y me serví una cuarta del alcohol 90 que tenía para atender a mi mujer en el parto, le puse agüita y ¡Me sampé el talegazo de un solo como se dice!

 

LAZAU

LA CARRETA BRUJA

Por lo que contaba la gente, la carreta bruja rodó por todas las calles de Apaneca; todos la oyeron pero quizá unos pocos mentirosos dicen que la vieron; yo a veces creo que fue una historia inventada por las mamás que tenían adolescentes y evitar así los peligros y los vicios de la calle; o por las señoras celosas que no querían que sus esposos no se les fueran a otros brazos a deshoras de la noche… Así es que yo voy a narrar lo que me contaron.

Doña Toyita Membreño, un día me dijo – “¿Usted cree que existió la carreta bruja? – Inmediatamente le dije que no… – Y ella dijo – “Fíjese que sí, porque yo la he oído a las doce de la noche allá a lo lejos y otras veces aquí pasando enfrente de mi casa haciendo unos rechinidos que me destiemplan los dientes y sin poder hacer nada… Lo único que he hecho es embocicarme más entre las chivas… La Niña Toyita, que vivía al final de la Avenida Central Sur –  agregó – al llegar a la esquina de Toño Baires, la carreta chillona agarra para el cementerio… aquí se oye fuerte y a medida que se aleja se oye poquito… Para allá va”.

Don Chendo Martínez, que vivía en la 2da. Avenida Norte, allá por la clínica, una vez que nos pusimos a platicar, salió lo de la carreta bruja y él me dijo – “No niño, porque así me decía él, ni acordarse porque cuando esa mierda empezaba a rechinar a mí se me fruncía el culo, es insoportable por el miedo que da”-  ¡Cuénteme!  ¡Cuénteme! Le dije yo – “Yo cuando me acuerdo me pongo erizo; fíjese que no es una carreta común. Una vez que empezó a rechinar allá a lo lejos yo tomé la decisión de desengañarme y por una rendija de la pared pude ver que era un cajón con ruedas y todo, pero no llevaba boyero, sino con una palanca en vez de yugo y dos personas vestidas de negro y encapuchadas la iban jalando… ¿Y encima sabe que llevaba la carreta?.. Iba repleta de esqueletos todos parados cada quién con su guadaña… Esto… Cuando yo lo vi ¡Puta! No era yo de asustado; pero como soy previsor tenía por hay un medio litro de Cuatro Ases y de un solo le llegué a la mitad… solo así me sentí vergón y me dormí. La mentada carreta bruja se fue recto a topar a la cruz del calvario para luego doblar hacia el cementerio.

Don Rubén Bolaños, que vivía en la 3ª Avenida Norte cerca de la iglesia, también contó que la curiosidad le rebalsó un día y se puso a ver si lograba ver a la carreta y como se sentía muy hombre y se jactaba de tener temperamento fuerte, hizo con anterioridad una rendija en la pared, pero también se preparó con su trago y un crucifijo. Él contó que no solo rechina, sino que por ratitos se oye como que las ruedas circulares se vuelven cuadradas y por eso se oye un tableteo sordo, lento y se escucha polóngón… Polongón… Polongó… pero luego por ratitos rechina. Sabe joven que lo espeluznante es que no participan bueyes, sino va cargada de demonios todos cachudos y en sus manos cada quien lleva un palo que parece tridente y para que avance se bajan dos y la halan con el pecho mediante un palo de apoyo y cuando caminan en la oscurana se ven como que van en una burbuja colorada… ¡Horrible joven!

Don Rubén ese día que logró su objetivo se puso a riata, dice que tomó el Cristo pero como no lo había llevado a bendecir, cuando pasó frente a su casa la carreta se detuvo y giró de frente hacia su puerta… – Ese ratito joven por poco me cago… la carreta siguió su camino sin duda hacia el cementerio como decían, esa era su morada y de ahí salía a las 12 de la noche.

LAZAU