Esta memoria traerá bonitos recuerdos a los viejos, o sea cuando en Apaneca habían muchos espacios en las calles sin empedrar y a los cipotes de hoy tal vez pensaran en objetos parecidos para imitarnos, los juegos que a nosotros nos entretenían y nos ayudaban a desarrollar destrezas y otras habilidades en su mayor parte para bien; fueron muchos, pero voy a intentar darme a entender:
EL TROMPO
Buscábamos el mejor terreno plano y participábamos los que quisiéramos; hacíamos dos marcas, rayas rectas o “rones” les decíamos nosotros, una distante de la otra más de 10 ms. Y menos de 15 ms… cuando jugábamos con dinero lo hacíamos con monedas de 0.05, 0.10, o de a 0.25 ctvs. de colón, pero todas parejas, de una misma denominación y puestas las monedas en raya y nosotros con el mejor trompo, haya cada quien, y… a la señal de salida, comenzábamos todos bailando su propio trompo y moviendo su moneda a partir del primer ron llevándolo arriado como quien va arriando un cerdito. ¿Quién ganaba?… por supuesto el que llegaba primero sin errores y sin trampas… ¿Qué ganaba? Pues la moneda de todos los perdedores. Y así pasábamos horas enteras jugando.
Otra forma de jugar el trompo fue haciendo el mismo recorrido, pero ya no con la moneda, sino con otro trompo y por supuesto cuando íbamos a ese juego llevamos otro trompo en la bolsa… el cual poníamos en el primer ron para arriarlo hasta el otro… Los que lo llevamos sin dificultad y pasábamos el ron estábamos salvados pero el último que llegaba le tocaba perder y se ganaba la “ñoliada”, así decíamos, o sea que le tomábamos el trompo y lo llevábamos todos a un lugarcito adecuado y le dábamos uno por uno en la parte superior con el clavo de nuestro trompo… y naturalmente antes de comenzar el juego acordábamos de cuántos ñolos iba a ser el juego… por supuesto el trompo perdedor quedaba destrozado.
Así pasábamos los cipotes tardes enteras jugando sanamente, pues yo pienso que estábamos aprendiendo la amistad temprana, la psicomotricidad en el manejo de objetos y amacizando la personalidad… porque yo pienso que, si a uno lo tienen encerrado en su casa jugando solo con cientos de juguetes, cuando sea grande será un hombre inútil, antisocial, aguado de carácter o amargado… no será feliz en la vida que lo espera.
Pues yo recuerdo que con el trompo aprendíamos desde hacerlo bailar en la palma de la mano hasta levantarlo sobre la misma pita bailando y otros malabares. Además, hubo otra forma de jugar el trompo: para ello hacíamos un círculo en el suelo con la pita o cordel poniendo el trompo al centro formando así un compás y ya teníamos el círculo del tamaño que acordábamos; aunque generalmente le dábamos un metro de radio. Hecho el círculo poníamos cada quien su moneda, de la misma denominación en el centro según hayamos acordado y empezábamos el juego. Debíamos de tirar desde afuera del círculo, no se valía patear la línea y el trompo debía bailar. La moneda que saltaba del centro hacia la periferia iba a ser la suya y la llevaría poco a poco hasta sacarla del círculo. Si lograba sacarla primero que todos, adquiría el derecho a sacar la del otro contrincante, y si lograba sacarla antes que el dueño, ya era suya también. Estos dos que ya no tenían moneda dentro, también adquirían el derecho a sacar la moneda del otro o los que todavía estaban en la lucha, y así sucesivamente al sacarlas todas terminaba el juego.
En muchas ocasiones paso por donde estábamos jugando una persona mayor que también se divertía poniéndonos la puñada de monedas en el centro para que nosotros las sacáramos con el trompo… Tiempos maravillosos que no volverán.
EL CHUSCO
Chusco decíamos nosotros, pero no sabíamos de dónde venía el nombre del hoyito que hacíamos en el suelo para jugar. Averiguando en español “chusco” es una persona que tiene gracia y picardía y de arrogancia afable: yo recuerdo que aquí en Apaneca la gente decía que chusco era una persona con costumbres feas.
La verdad es que nosotros hacíamos un hoyito bien hecho en un suelo duro a modo que cupiera un botón, un centavo, una moneda de 0.01 a 0.05, de a 0.10 o de 0.25 centavos; la cosa es que había que ponerse de acuerdo entre los que íbamos a jugar. Hecho el hoyito hacíamos una raya que señalara el punto donde poner el pie para tirar.
Para jugar, nos juntábamos dos o más, pero en cada gestión solo podíamos participar dos, y si éramos más, había que hacer una pequeña elección o rifa para comenzar.
Voy a poner el ejemplo con centavos. Si yo ganaba el orden de tiro, le tomaba el dinero a mi contrincante, y si me daba dos centavos, yo ponía mis dos centavos también, así juntos los tiraba desde la seña o raya. Mi misión era tratar que cayeran las cuatro monedas dentro del hoyito y ese es el “chusco” y ganaba. Si no lo hubiera hecho… porque solo cayeron tres o menos, tiraba mi contrincante y así sucesivamente hasta que cayera el chusco. Solo el chusco gana… y éste es el que gana el derecho de seguir tirando y escoger al siguiente concursante; aunque podría ser que escoja el mismo. El que gana, es el que manda o decide.
A mi no me gustaba mucho porque había amigos expertos en hacer el chusco y no nos dejaban ganar para los dulces. Muchos cipotes eran tan hábiles que, al comenzar el juego ya tenían la ganancia en la mano.
LAS CHIBOLAS
Chibolas es el nombre como nosotros las conocíamos, pero habían personas de la clase alta que introdujeron el nombre de canicas. Nosotros decíamos: “Vamos a jugar chibolas” y yo recuerdo que estaba muy pequeño cuando Chico Rogelio Calderón vino de Panamá, porque allá trabajó el en el Canal, pero lo que quiero destacar es que me trajo un matate alargado de 100 chibolas, bellísimas, claras, con una figura en medio; y ese ha sido para mí, el mejor regalo que me han hecho en mi vida de niño, y es una memoria más que hasta ahora no se me olvida, y además, me hizo comprender lo importante que es regalarle algo a un niño cuando está chiquito.
EL JUEGO
Nos juntábamos dos o más, aunque generalmente éramos muchos; hacíamos una figura en el suelo plano y duro que llamábamos “pusunga” como de 30 o 40 centímetros. La “pusunga”, no era más que dos curvas opuestas entre sí que se cortaban en sus extremos a la que le hacíamos a lo largo una raya equidistante de ambos lados. En esa raya, poníamos las chibolas con las que íbamos a jugar, para ello debíamos de ponernos de acuerdo sobre cuantas chibolas íbamos a poner cada uno. No se valían chibolas cacaricas o cacariadas.
El juego comenzaba, todos parados a la altura de la pusunga tirábamos la chibola que llamábamos “tiradora”, hacia una raya que habíamos hecho a unos siete metros. La chibola que tirábamos cada quien, unas quedaban cerca de la raya, pero otras quedaban lejos; de acuerdo a esas distancias comenzábamos a tirar, respetando el orden por supuesto; así, el que quedaba lejos, tiraba de último desde esa raya que nosotros llamábamos “barco” y no raya.
Si desde el primer tiro desde el barco con la tiradora, golpeaba una de las chibolas y la sacaba de la pusunga, éste continuaba tirando sin parar sacando las que pudiera hasta que fallara. Mientras los otros estaban esperando su turno desde el barco. Ahora salía el segundo, y luego el tercero, y el cuarto, etc., así pasábamos todos; los que tenían buena tiradora y pulso, se iban a su casa con bastantes chibolas y otros con las bolsas vacías, pero sí, ya se sabía que el día siguiente estábamos ahí de nuevo y con un poco de suerte, ganábamos.
Había otros tipos de juego, pero no de conjunto, sino que individuales que no ayudaban mucho a la amistad entre cipotes, ni tampoco a amacizar la personalidad temprana… y como en esa época nuestros papás eran un tanto despreocupados, o se hacían del ojo pacho, porque les daba pena o vergüenza afrontar algunos problemas; las madres también porque el tiempo para ellas no ajustaba. ¿Qué quiero decir con esto? Que nosotros en aquella época nos íbamos a la calle para aprender, por relación, lo que los cipotes más grandes nos enseñaban, cosas buenas y malas. En aquella época, la calle también educaba como en casa.
EL YOYO
Dos tapitas circulares y un cordel, eso es todo ¿Cómo manejarlo? Pues también es fácil: el cordel se asegura en el dedo anular y se soban las dos tapitas, en el cordel pero también se encogen… y así, ya somos diestros, ya nos podíamos exhibir en público.
LA ZUMBADORA
Este es el más fácil de todos. Nuestros papás cortaban una piececita de madera de unos 12 centímetros de largo x 5 de ancho… la raspaban con güiste o lijaban hasta ponerlo bien afinadita… le hacían un hoyito en un extremo… le amarraban una pita en el extremo… nos enseñaban a girarla con fuerza alrededor de nuestro cuerpo y ya teníamos una zumbadora que hacía un ruido haciéndole honor a su nombre.
EL CHACALELE
Materiales a utilizar: dos bellotas, un cordel y un palo. A una bellota que va arriba le sacábamos la comida y le hacíamos tres hoyos: en el de arriba para meter el palo, en el de abajo donde saldrá el palo que gira y el de a un lado para sacar la pita o cordel, que hace que el chacalele funcione… a la otra bellota de abajo no le sacábamos la comida o contenido porque es importante el peso, solamente le hacíamos un hoyo estrecho en la parte plana y dura. Afinábamos el palo y en la parte superior le hacíamos una cabecita que permitía sostenerse y en la parte inferior una punta. ¿Cómo lo armábamos? Tomábamos el palo y se lo metíamos a la bellota primera o de arriba, pero ese palo debía llevar amarrado fijamente el cordel y sacarlo por el hoyito del costado (el que servirá para estirar y encoger). Hecho esto, el palo se le mete a la segunda bellota, la pesada que, para que quede fija debe usarse el ingenio poniéndole un clavo o alfiler por en medio o un alambre fino, ¡Allá cada quien! Y ya se tenía un juguete más… Para jugar, se hala la pita y se encoge o se estira. El chacalele hace un ruido peculiar que nos parecía bonito.
EL CAPIRUCHO
Este es el juego que nunca se dejó de practicar. En aquellos dorados tiempos una cosa importante era, que cada quien hiciera su propio capirucho. Bastaba tener una bellota, sacarle el contenido destruyéndole la base primorosamente y hacerle un orificio en el pequeño ombligo que la bellota tiene encima; ponerle ahí una pitita o cordel con un palito para enchutar y ya teníamos un bonito capirucho de bellota.
Un capirucho de carretón es igual, pues a la llegada de las máquinas de coser ropa de pedal, los hilos venían enrollados en carretes pequeños de madera, nosotros no perdíamos la ocasión para pedirle a un sastre el carrete cuando se les terminaba el hilo. ¿Cómo lo hacíamos? Raspábamos con güiste adecuados el primer sombrerito del carretón, tratando de que quedase cóncavo… el otro sombrerito, había que bolearlo con mucho gusto y en ese hoyo que quedaba ahí, conseguíamos a como pudiéramos, plomo para darle peso y facilitar el enchute.
Yo recuerdo que algunos cipotes aprovechaban las balas ya disparadas y otros se iban a los basureros para buscar ahí el depósito de la pasta de dientes, ya que en aquella época cuando comenzó, eran de plomo. Las ponían en agua en una cacerolita y derretían el plomo. Así, con el plomo sostenía la pita o cordel y en el extremo de esa pita, el palito enchutador.
Ya compitiendo con otro amigo jugábamos lo que llamábamos “panza”, que consistía en número de enchutes en un tiempo determinado… El que hacía más, ganaba y el otro se llevaba la panza.
EL CHOPLOCO
Este consistía en un trocito de tallo de ihscapupo… esta es una planta que abundaba antes en los bordos de los caminos, en los potreros y en algunos cafetales de Apaneca. Tiene una característica propia: que en el envés de sus hojas son suavecitas como gamuza y nuestros nativos las usaban como papel higiénico. Pero lo que me tiene ocupado es el Choploco. Se corta el trozo como de 15 cm de largo. Se mide la mitad y a esa mitad se le hace una seña con cuchillo en la cascarita, la cual se fricciona con fuerza hasta que esa mitad se desprende, pero solo la cascarita. Y como es fácil de remover esa cascarita, se le zafa y se le mete… y al hacerlo repetidas veces, hace un ruido onomatopéyico como el de su nombre Choploco.
LA PISCUCHA O BARRILETE.
Otro juego inolvidable fue la piscucha, me imagino que le llamamos así, por su forma: “picuda” ¿Cómo la hacíamos? Pues muy fácil… yo recuerdo que todo el año pasábamos recolectando las varas de los cohetes, esos que tiraban en las fiestas patronales, en los rezos de los Santos todo el año, y en navidad, ya que estos no pesan mucho, con las varas nos entreteníamos afinándolas para el caso.
Cuando venían los vientos de octubre comprábamos papel de china a cuál más vistoso y también almidón para hacer engrudo para pegar… y… manos a la obra. Cortábamos el cuadro a nuestro gusto. Le pegábamos las varas una vertical de punta-cabeza a cola y la otra en forma de arco de un ala a la otra y ya teníamos el cuerpo… seguido le poníamos la colgajera del mismo papel en ambas alas para equilibrar la piscucha al volar. Además, le poníamos una cola larga de papel de diario para que al volar no colasiara… a a a a solo le falta el frenecillo que servía para amarrar de allí la piscucha. Este es importante porque sin él tampoco vuela y no es más que dos pitas en forma angular que pende una de las varas que hacen cruz y la otra que pende del centro. Luego con gran emoción nos íbamos a la calle a volar nuestra piscucha.
Venían después las hazañas de cipote. A mí me llena de alegría recordar que cuando venía de la escuela con entusiasmo colgaba mi bolsón con los cuadernos y a jugar con la piscucha… buscaba el espacio adecuado, despejado de alambres de la luz eléctrica y telefonía o ramas de algunos árboles; pero una vez arriba la piscucha o barrilete porque así también le llamábamos no quedaba más que disfrutar el juguete. Muchas veces ya sé tenía la intensión u objetivo de soltarlo cuando estuviese alto para que todos los mirones salieran corriendo para “capiar” hilo. Así decíamos, dicho de otro modo, robar hilo. A veces el barrilete grande y la fuerza del viento fuerte provocaba que el hilo no soportara y el barrilete se iba lejos.
Una vez recuerdo que un barrilete andaba por las nubes, que tal que casi no se veía, estaba siendo elevado por los Vielman en el extremo norte de la Avenida Central, todo apuntaba que ya no lo bajarían, todos los cipotes estábamos alebrestados… Al fin lo soltaron y el hilo traía en la puntita un carrizo de papel que le permitía venirse trabando en los alambres y techos de toda la avenida y los compañeros cipotes detrás tratando de bajar el hilo el que a veces lo bajaban pero en la lucha por quererlo tener se les volvía a soltar, luego allá más delante continuaba trabándose en los alambres y en los techos de las casas… Yo estaba en la casa de mi abuelo en el extremo Sur de la Avenida y ya llegando donde yo estaba se desvió un tantito y se fue a posar en un árbol de pito que estaba en el patio… yo atragantado de la emoción me entré y no me importó que el árbol tenía espinas las cuales se me incrustaron, pero yo no las sentía. Mientras en la calle muchos amigos buscaban el sitio donde se había trabado el hilo de la piscucha que estaba volando allá a lo lejos entre las nubes… Mientras yo calladito enrollando gran pocote de hilo en un palo logrando bajar bastante la piscucha… los cipotes enloquecidos en la Avenida buscando y se preguntaban porque bajaba tanto la piscucha.
Mi alegría termino cuando vino un ventarrón fuerte y la piscucha se me soltó y se me fue haya a lo lejos para caer probablemente a las faldas del cerro Chichicastepec.












