DON ALBERTO MASFERRER

(Realizado en el tiempo en el que ejercía como profesor de literatura)

Bien dicho esta que en El Salvador cada 33 años nace una luz que alumbra y da la pauta para seguir por el camino del bien, en lo político, en lo económico y en lo social.

Don Alberto Masferrer es uno de ellos que, aunque se topó con una gran piedra angular dura y resbalosa, le hizo mella en su puntiagudo pensamiento.

Don Alberto nació en Alegría del departamento de Usulután el 24 de julio de 1868; en el lugar que siempre suena a fiesta, quién iba a creer que ese nacimiento iluminaría las esperanzas de un mejor El Salvador.

Lástima que quienes solo buscan su comodidad tratan de oscurecer su pensamiento, y muchos salvadoreños padeciendo las dolencias que el maestro, prosista y poeta inspirado vio en su presente; pero no importa, porque también vio el futuro, y su pensamiento sigue vigente como semilla de la buena, pues dedicó su vida especialmente al magisterio, pero sin perder de vista la política combativa que le valió persecución por causa de sus ideas socializantes, las que podemos ver en sus obras y todos sus escritos. Analicemos entonces a vuelo de pájaro uno de sus libritos para darnos cuenta de su pensamiento real.

En su obra “Mínimum Vital” el maestro Masferrer sostenía sobre la necesidad de un movimiento político, social y económico que llenara lo que él denominó “Mínimum Vital”, cuya doctrina la redujo a cinco puntos, representados por una estrella de cinco puntas, veamos:

1° ›› Todo hombre tiene derecho a la satisfacción de sus necesidades primordiales, es decir, que la colectividad le asegure pan, libertad y justicia mediante una equilibrada y sabia organización del trabajo, de la producción y el consumo.

2° ›› Las sustancias comunes, materia prima de la vida, deben ser patrimonio de todos, para que todas y todos extraigan de ellas lo necesario para el sustento del individuo y de la cotidianidad.

3° ›› Las sustancias comunes, herencia y propiedad de todas y todos, son la tierra, el agua, el aire, la luz y el calor solar en todas sus modalidades y potencias, y por lo mismo, no apropiables por usurpación o título perenne que nada justifica.

Nadie es dueño de una común sustancia, pudiendo solo usar de ella en cuanto se lo permitan las normas y costumbres de la colectividad, que es la legítima poseedora.

4° ›› En cuanto el hombre realice su voluntad de trabajo es dueño de los instrumentos del mismo, manteniendo su imprescindible derecho a un mínimo de vida integra.

5° ›› De ahí que, el deber primario ante Dios y por encima de todo, sea la organización de la propiedad, el trabajo, la producción y el consumo, lo mismo que las relaciones de hombre a hombre, de tal manera que todos encuentren siempre y en todas circunstancias, las condiciones precisas para alcanzar su mínimo de vida integra.

Al igual que en este libro, el maestro Masferrer en todo lo que escribió, deja ver lo que le dictó su cerebro y su corazón. Escribió 24 libros, todos con un lenguaje sencillo, siendo los más conocidos además del que acabamos de analizar los siguientes:

  • Estudios y figuraciones sobre la vida de Jesús.
  • Ensayos sobre el destino.
  • Una vida en el cine.
  • Las siete cuerdas de la lira.
  • ¿Qué debemos saber?
  • La religión universal.
  • Niñerías.
  • Prosas escogidas.
  • Leer y escribir.
  • El dinero maldito.

Don Alberto Masferrer además de maestro y escritor, también fue cónsul y viajó por Europa y varios países de América, lo cual le acarreó mayor desasosiego, y que no fue más que manifestación de anhelo por infundir sus ideas y cambiar la mentalidad de su gente y la colectividad; él deseaba que los niños hicieran bien su tarea yendo a la escuela, que el obrero hiciera bien su trabajo, que el campesino cultivará correctamente la tierra, que los maestros resonaran su voz en las escuelas, que la vendedora del mercado fuera honesta en su venta, pero todo con equilibrio para tener derecho a una recompensa mínima decente por su esfuerzo en su trabajo; también que el dueño del almacén de completa la yarda de tela, que el que vende frijoles y el maíz no le falte a la libra, y por último, que quien atesora muchas riquezas con ayuda de Dios o del diablo, la ponga al servicio de la colectividad.

Don Alberto Masferrer murió a sus 64 años en 1932, el 04 de septiembre en San Salvador; la antorcha se apagó y se hizo ceniza, pero la luz quedo.

LAZAU

UN RECUERDO A MI FAMILIA

Foto portada: Justa Rufina Arévalo Avelar y Antonio Saz Herrera

Como se dice en buen caló, me hice profesor a patadas y mordidas, no porque me faltara vocación y capacidad, sino porque no había recursos y tuve que luchar contra cientos de obstáculos que se me presentaron en aquella época ingrata para un cipote ambicioso de mi edad.

Yo vagaba entre muchos desde que tuve uso de razón. En un principio la vida me fue placentera porque mis abuelos maternos, aunque vivían en el campo, relativamente eran algo acomodados y me querían mucho: me atrevo a decir que fui su nieto consentido porque me los había ganado con mis actitudes. Todos los días viajaba rumbo al cantón Quezalapa a la finca “Campos Elíseos” enclavada en la región de La Bellota y llevaba de una vez los comprados: seis reales de hueso de res para la sopa, cuatro reales de conchas para la boca y una pacha de guaro, tarea de todos los días… Sentadito en un tronco de árbol grande caído a la vera del camino, me encontraba a mi querido abuelo que me recibía contento con un “Yavenishijo”… Tomaba el tanate… lo habría… sacaba primero una concha… y con la uñas fuertes que tenía hacía dos tapitas el molusco… Se tomaba el primer talegazo y chulungún la concha… La que hacía chupada con sonido de choploco. Luego bajamos juntos a la casa de la finca donde nos esperaban mi abuelita y dos tías que no se habían casado todavía.

Yo llegaba contento y entusiasmado a buscar el cántaro para acarrear el agua desde el Ojo de Agua hasta terminar de llenar un enorme calderón y un barril de hierro que se encontraban en el patio contiguo a un barandal de la casona… Esto lo hacía acompañado de la tía Ana y como el Ojo de Agua estaba como a seiscientos metros me permitía jugar de camión, haciendo los recovecos, la velocidad acelerada en las rectas, poca velocidad en las vueltas con chirridos, simulando los peligros que esto conlleva en caminos escabrosos y con carga; hasta el ruido del motor y los frenazos los hacía con la boca… Mientras mi tía hacía un viaje yo hacía dos y a las diez de la mañana el calderón y el barril de hierro estaban llenos. Hoy recuerdo con tristeza los caminitos y los pocos árboles que me vieron jugar entre la montaña carcomida ya, por el pecado ambicioso de obtener mayor riqueza.

Los demás trabajos eran variados y ocasionales; cortar leña, alistar el monte y el zacate para el caballo, la mula y la vaca, bajar las pacayas para la venta, los güisquiles o las frutas y los racimos de guineos cuando ya estaban a punto… Todas las tareas se hacían con una gran dosis de juego. Cuando llegaban los primos y los cipotes vecinos jugábamos de todo, pero diría yo ecológicamente porque ocupábamos el medio ambiente con respeto, a tal grado que hasta volábamos piscucha encaramados en las horquetas de los árboles grandes, sin desmedro de sus ramas… Hacíamos ranchitos en el cafetal y cada quién tenía el suyo. Hacíamos de todo imitando a los mayores. Cuando llovía el juego era mejor porque estábamos seguros que nadie nos espiaba… A veces nos íbamos de cacería a carrerear a las ardillas o a tratar de emboscar a los conejos o a puyar en los huecos de los árboles a los girones que, aunque no agarrábamos nada, corríamos y nos carcajeábamos bastante.

Por la tarde, otra vez de regreso para el pueblo cargadito con pacayas, güisquiles y frutas; además, centavitos que mi abuelo me daba por el día trabajado… Bastante dinero juntaba para mis gastos personales. Yo sentía bonito por la vida facilona que llevaba; pero lo que en verdad estaba pasando es que andaba huyendo de la escuela.

Aprendí a leer con Doña Rosita Vielman, de grata recordación para mí, pues ella con mucho amor nos dejaba aparentemente castigados, pero su objetivo específico era bañarnos y enseñarnos cómo debíamos hacerlo en casa, así como otras normas de higiene importantes en la vida. Pasé a segundo grado con don Homero Hidalgo, profesor joven y apuesto originario de Tacuba; con él estuve bien. Fui a tercero con el Sr. Augusto Aguilar, que a saber de dónde llegó… Aquí sí que no entendía nada… se me vino el cielo encima… lo recuerdo muy mal porque una vez que unas niñas de caché muy conocidas, estaban molestando y haciendo bulla, el profesor se dio cuenta y para salvarse del enojo y el castigo, dieron queja de mi… me llamó hacia el frente y con todas sus ganas me pegó tres reglazos en las manos… me hizo llorar… y para completar su gusto me llevó a la Dirección y allí el Señor Director Don Miguel Zelman Villalobos, me aplicó dos riatazos en las nalgas… me tuvo parado toda esa hora y la siguiente y cuando me mandó a formar para irme a casa, me dijo que mejor ya no volviera… y así fue, ya no volví. Cuando ahora los veo en las entrevistas por la tele como Licenciado en Ciencias de la Educación, uno y el otro, psiquiatra, me lleno de coraje y cólera porque el trauma que me causaron todavía lo llevo a cuestas.

Yo a nadie le conté mi problema, ni a mis amigos siquiera. Perdí cuatro años de escuela, pero yo feliz porque mi papá y mi mamá me compensaban con cariño, además tratándose de volver a viajar donde mis abuelitos donde también me apapachaban, lugar que ya conocía y aprendía cada vez más cosas nuevas del campo.

Nada me hacía cambiar, me gustaban las tareas de antes y estar cerca de mi abuelo, trabajar jugando era mi pasión… Cuando alguien me platicaba de ir a la escuela decía yo ¡Que Chipiada!… Me había comprado un par de botines cafés muy elegantes, por cierto, pero jamás me quedaron buenos, eso sí, me sirvieron de alcancía, llenas de billetes y monedas estaban siempre, que hasta préstamos sin retorno le hacía a mi papá cuando el zacate o comida del rebaño se acababa en la alacena.

Había mucha gente que desconocía mi vida de abundancia y solo veían mi tamaño, por lo que me aconsejaban volver a la escuela, pero yo siempre estuve renuente. Don Lito Arévalo, un señor gordito que montaba un jeep, me alcanzaba en el camino cuando regresaba por la tarde y desde que arrancaba empezaba el martilleo con lo mismo cada vez con palabras diferentes… “Mirá cipote – me decía – deberías ir a la escuela, fíjate que para ser un buen hombre hay que aprender muchas cosas que solo ahí las enseñan”, yo lo tengo presente cuando me alcanzaba y paraba el carro entre una nube de polvo y me decía: “subite; poné la carga atrás  y te venís a la par conmigo”… y comenzaba la cantaleta… Don Lito como sabio poco a poco mi conciencia corroyó.

Tenía catorce años de edad cuando de repente entré en un trance de melancolía porque los primos y los otros cipotes con quienes jugaba habían vuelto a la escuela. En esas circunstancias averigüé que los maestros aquellos ya no estaban… que Don José Domingo Arévalo era el nuevo director y que había nuevos maestros. Y vino la reflexión definitiva. Gracias al altísimo yo ya había prendido a tomar decisiones.

En ese bendito momento llegué a mi casa y le dije a mi padre: “Mañana me voy a la escuela” fuimos con mi madre a la tienda y compramos cuatro cuadernos rayados, otros para el dibujo, caligrafía, ortografía y mapas; el que llamábamos de borrador, me lo hizo ella de papel de empaque; lápices y pluma fuente siempre hubo en la casa; el bolsón mi madre lo improvisó de la manga de un pantalón que mi papá que ya no usaba.

Muy temprano estábamos ahí, la maestra Toyita Rivas daba clases a tercero, el que yo iba a repetir. Doña Toyita, señora que siempre he respetado y recordado con cariño porque todo aquel enredo que yo tenía en mi cabeza y también el sentimiento adverso a la escuela se terminó, cuando ella puso su mano sobre mis hombros y dijo: “Está aceptado… déjemelo” mi mamá dio los datos y una nueva era comenzó para mí.

De ella hay mucho que decir, pero el espacio es corto, aunque vale la pena resaltar algunas de sus virtudes como lo joven y atractiva a nuestros ojos, mente y corazón… todo lo que enseñaba lo hacía fácil de captar y asimilar… templada en cuestión de disciplina acompañada de consejos adecuados a nuestras necesidades y aspiraciones… Tres años pasé con ella (3º,4º y 5º), los más felices de mi época de estudiante. Una anécdota con ella voy a contarles: Todos notamos que a la Niña Toyita le gustaban los jocotes tiernos y los mangos, nos gustaba verla cuando se chupaba los dientes y aturraba la cara de gusto cuando los probaba… pero también fuimos observando que se ponía más bonita y el estómago le iba creciendo… inolvidable suceso porque todos nos pusimos tristes cuando supimos que iba a tener un bebé… la queríamos mucho… el rendimiento bajó.

En la escuela todo había cambiado, había otra dinámica. Don José Domingo a quien recuerdo con gratitud y cariño le puso otro estilo. Estando yo en cuarto grado él me llevó a un concurso de poesía a nivel departamental que se llevó a cabo en Ataco. El tema que según todo el mundo iba a ser el Capitán General Gerardo Barrios, porque fue un 29 de agosto el día en que lo fusilaron, que fue descartado porque el jurado argumentó que podía haber fraude. Ellos se reunieron y tuvimos que esperar. Quedó finalmente como tema El Río, yo me gané el segundo lugar y me dieron diploma, los dos tomos de biología de Montts Calderón y el libro Corazón. Don Chepemingo y la niña Toyita se pusieron felices, yo lo noté.

Estando ya en quinto grado me seleccionaron para ir a competir en ortografía y comprensión de la zona occidental, en la Escuela Mariano Méndez de Santa Ana; Don Chepemingo me llevó en su propio carro… estuvo conmigo hasta colocarme en el sitio que me correspondía y solo me dijo: “Tranquilo Carlos”… Cuando terminé la prueba la entregué. Como lo habían nombrado jurado, yo me quedé fuera de la escuela esperándolo junto al carro; después de tanto esperar lo vi venir y traía la cara como de fiera endiablada, apenas se me acercó vi estrellitas sin cielo, me había dado un moquete en la cabeza como queriendo decir ¡Que bruto fuiste! “Si hubieras puesto legía con “j” y oyo con “h”, hubiéramos ganado un lugar, fijate”…  ya en carro caminando, “El primer lugar sacó 4 errores, el segundo 5 y el tercero 6 y vos sacaste 7 errores” dijo golpeando otra vez el timón bravo conmigo… yo personalmente le di la razón allá en mis dentros… pues yo no decía nada porque estaba asustado… él hubiera querido que yo ganara cualquiera de los lugares.

Así pasaron tres años felices y yo ya tenía diecisiete; ya hacía mis buenas reflexiones como la de que cuando sacara sexto grado me iba a ser policía, guardia, mecánico o telegrafista, pues en esa época eran puestos importantes en las comunidades y fáciles de lograrlos. Por otro lado me sentía motivado porque si no obtenía el primer lugar, obtenía el segundo, que siempre disputé con el compañero Carlos Valentín Puente. Era una honra para mí que me pusieran la banda de tela fina y mención honorífica en público cada fin de trimestre.

Me estoy remontando allá por el año de 1958 cuando fui al sexto grado y ya no era mi maestra la Niña Toyita, sino que la Niña Chita Cuestas. Con ella nos costó acomodarnos, aunque era buena y primorosa con el grupo, sentíamos el vacío. Yo personalmente aprendí muchas cosas importantes con ella, casi siempre me mandaba a la pizarra para hacerle los mapas de cualquier parte del mundo o dibujos de Ciencias Naturales que ocupaban en la clase… era cosa de segundos sin ver la copia. Con ella también se me despertó la afición por la guitarra. Así terminé mi primaria en aquel edificio que todavía añoro; a veces me paro de espaldas hacia el parque y me la imagino como tal que, aunque estoy viendo el mercado, se me entremete la figura con su techo de tejas sostenido por paredes anchas y su bonito portal histórico sostenido por pilares rollizos de madera con bases moldeadas con arcilla; con un piso de piedritas todas iguales al mismo ras que no estorbaban al caminar. De no haber botado las paredes que formaban los salones, estarían allí gravadas las voces de los maestros y el griterío de los niños. En sus patios había hermosos cipreses que nos cuidaban del sol mientras jugábamos o recibíamos la clase de música del maestro Guillermo Vides.

Ese mismo año que yo me fui se inauguró la Escuela nueva de la que solo me quedó el gusto de pasar los pupitres y los demás enseres. Les cuento que me quedé con las ganas de tener como maestro a Don Lorenzo Aguilar Bautista, a Don Jorgito Vélis Vindel, a Doña Julita Saz de Vielman, a Doña Angelina de Cuellar y a Doña Juanita de Arévalo; pues según el sorteo la dicha no fue para mí. Aunque tengo entendido que eran tan buenos como la niña Toyita.

Bueno, ahora viene en serio mi incertidumbre ¿Qué voy a hacer el año siguiente? En mi casa no había suficientes recursos y si los había, éramos muchos estómagos que llenar. Estaba como encerrado en un túnel solo viendo oscuridad, las salidas estaban cerradas y a nadie se le había ocurrido abrirlas desde fuera, hasta que finalmente el Padre Ricardo Humberto Cea que piochaba y cavaba las rocas de entrada, el reverendo había comprendido mi problema y el de muchos de mi edad sin contárselo … disponiéndose a fundar el Colegio San Andrés.

La noticia fue una novedad y la gente de mi pueblo se puso contenta, pero yo aunque había visto la luz al final del túnel, me encontraba muy incómodo porque mi familia se trasladó lejos del pueblo, en las cercanías de la Laguna Verde en donde mi papá había comprado un terrenito, donde había una casita y yo no podía viajar; además, mi abuelo que para mí era muy importante ese año falleció. Aun así, en ese estado de cosas, mi papá platicó con el Padre Cea y me matriculó. Excepcionalmente iba a empezar las clases después de Semana Santa porque había que trabajar en las cortas de café y ganar bastante para comprar libros, cuadernos y uniformes. Dicho y hecho, me presenté después de la semana grande y tuve que emplearme a fondo para reponerme de los meses perdidos. Muchos problemas surgieron, pero fueron solucionados y sirvieron como acicate para amacizar mi alma. Varios compañeros de la escuela estaban ahí: Carlos Puente, Loncho Mata, Tín Guerra, Abrahán Pérez, Cleta Márquez, Dora Márquez; otros que habían egresado en años anteriores también: Yayo Linos, Julio Guzmán y Paco Márquez, además, Mina Herrera que venía de otro colegio, Hugo Mata y Rosalinda Herrera estaban en segundo curso. Estos somos los fundadores del Colegio San Andrés. Maestros gran equipo: Sr. Rafael Antonio Blanco, Dn. José Domingo Arévalo Mata, Sr. Jorge Humberto Velis, Sr. Guillermo Salas y por supuesto el Padre Cea.

Aguantadas de hambre… muchas… mi pobre Padre venía los miércoles para traerme lo comida de dos días porque yo la traía el domingo para lunes y martes. Experiencias para contar un sinfín, como una vez que estaban agarrando para el Cuartel, yo salí de la casa de mi papá como a las seis de la tarde con mi ropa planchada y mi tanate de comida; yo vi el puño de hombres en el camino que me estaba esperando, me acerqué y se me vinieron encima tirándome corvasos, pero metidos en las vainas, pero no me pudieron agarrar y me fui de regreso; llegué a un lugar donde abundaban las piedras, recogí bastantes y me vine de nuevo porque hasta ahí yo pensaba que los hombres solo pretendían asustarme por envidia, pero no fue así. Cuando llegué al punto no vi a nadie y seguí caminando, ellos se habían ido más abajo para esconderse; de repente, vi salir de los matorrales a los sujetos y los agarré a pedradas. Salí corriendo, pero más abajo había otro poco de gente, algo más ancianos digo yo, porque en la refriega a dos de ellos con facilidad los agarré del buche y los arrastré en el lodo. Finalmente me amarraron con unos lazos y así me trajeron a la cárcel. La ropa llegó toda mojada y la comida sabe Dios dónde había quedado. Minutos después llegó mucha gente para ver qué me pasaba, mi papá ya había sido avisado quizá por los mismos patrulleros, casi detrás venía y junto con él, el Padre Cea, ambos llegaron a rescatarme.

   

Angelina Saz Arévalo y Fernando Calderón Sigüenza

En una ocasión… mejor dicho en muchas ocasiones, mi papá no pudo venir por el mal tiempo y tuve que mitigar el hambre con dos guineos morados que me compraba en la tienda, pero primero me comía la cáscara y después lo de adentro. Así terminaba la semana… ¡Gracias a Dios! Y salía corriendo para reunirme con mi familia.

Les cuento todo esto no para que me compadezcan, sino para que vean que la vida no es fácil cuando no se tienen los recursos, pero hay que saberlos valorar cuando se tienen, pues Dios pone las dificultades para que saltemos como resorte. Hay que tener mucha entereza para soportar los tropiezos que se presentan sin perder de vista el objetivo. La voluntad se fortalece cada vez y uno se vuelve positivo. Así terminé el primer y segundo curso (1959 – 1960), arrimado en la casa de mi abuelo materno cerca de mis dos tías Ana e Imelda, lo digo así porque ellas fueron un tanto indiferentes a lo que me ocurría, aunque así fue de alguna manera me sentía protegido. En ese último año mi tía Ana falleció.

Para 1961 todo fue diferente porque mi papá hizo un buen cambalache con un Señor que le dio una casita en la Quinta Avenida con un bonito terreno que lindaba con la fuente de San Andrés a cambio del suyo en la Laguna Verde. Ahora mi lugar de estudios estaba a cien metros de mi casa y ya dormía cabal y hacía los tres tiempos de comida. Así completé el Plan Básico y para 1962 estudiando el primer año de bachillerato hice mis primeras prácticas de profesor ayudándole al Padre en la nocturna, daba la materia de Idioma Nacional y Estudios Sociales. Por otro lado, el Colegio ya tenía internado y me divertía dándole clases de refuerzo a los alumnos deficientes en sus notas; fue entonces que me dije con seguridad, ya no voy a ser carpintero como mi papá, sino profesor. Mis fuerzas interiores habían aumentado cuando ya tenía verdaderos maestros que imitar: a Don Rafael Antonio Blanco, con sus matemáticas, que estuvo desde sus inicios; Don German Alcides Vásquez, con su Literatura; a Don Miguel Ángel Reyes, con sus Ciencias; a Don Raúl Mejía, con Idiomas; y, a Don Julio César Rodríguez con su Música. Otras personalidades que en gran manera contribuyeron a mi educación, aunque no lo parezca y que pusieron sus codos en favor del Colegio fueron: Doña Bety Mata, ahora viuda de Arévalo, y la vieja Ana. La primera llevaba el control de todo lo administrativo, económico y académico, se caracterizó por su accesibilidad y calor humano que nos regaló; la segunda, una “vieja brava” de carácter difícil, pero sabiéndole llegar, sacaba un corazón grandote para dar; a mí no se me olvida la “trotaconvento” del Colegio, como le decíamos, ella era la que llevaba el control de la cocina, la que nos daba de comer a veces como mamá, pero era también la que nos sacaba corriendo por todo el colegio cuando lo que hacíamos no le parecía. Muchos abrazos a la “viejana”.

Rafael Antonio Blanco y Carlos Saz, en el Colegio San Andrés (1962)

Por fin egresé en 1963. Presenté exámenes generales privados en noviembre de ese año y los aprobé. El 19 de junio del año siguiente, me gradué junto con el compañero Federico Charlex. Para el Padre Cea, fue un exitazo, como decía él. Se vanagloriaba y gritaba a los cuatro vientos que su obra crecía, prueba de esto era que las graduaciones se hacían el día de su cumpleaños (19 de junio de 1921). Esa vez, recuerdo, trajo un gran orguestón con más de cincuenta músicos que nos deleitaron con varias piezas de música clásica. Había invitado a personalidades como al director de Educación superior, al Gobernador Departamental, al Alcalde Municipal, a Diputados que cuando eran jóvenes fueron sus alumnos y otras personas importantes amigos suyos de diferentes partes del país.

Anécdota inolvidable es la vez que me pusieron en el programa para dar las palabras de agradecimiento y durante todo el discurso me temblaron los pantalones y el micrófono también; las palabras se me quebraban y lo peor es que me daba cuenta y por querer controlar mis nervios, la tembladera era peor.

Como el Padre decía: “Yo voy pensando diez años adelante que ustedes”. Dos años me tuvo trabajando en el Colegio como profesor, experiencia que me valió como un curso de perfeccionamiento para el buen oficio de enseñar. Con él aprendí todas las técnicas habidas y por haber en el profesorado y en 1966, me eché a volar. Fui a probarme a un interinato por tres meses en el Instituto Nacional Cornelio Azenón Sierra de Atiquizaya. La experiencia no fue tan grata, ahí los valores morales estaban disminuidos, quise impregnarle a lo que enseñaba el sabor a Cristo Jesús, por lo que me pusieron en sus corríos el sobrenombre de “Chambacú”; quise aplicarles disciplina dura y me pusieron “Chicharrón”, porque dejaba salir tarde a los que no habían aprendido la clase aún. Finalmente salí desilusionado, era muy joven, pensé que me faltaba algo.

Carlos Saz, cuando era profesor del Colegio San Andrés (1966)

Luego puse a vacilar mi pensamiento y me encontré el trabajo en la justicia, con ayuda del profesor Rafael Blanco, me nombraron secretario del Juez de Primera Instancia de Chalchuapa; pero me fue peor porque me tocaba conocer y escribir cosas horribles que jamás imaginé de la sociedad en que vivimos: una vez me tocó describir la escena de la violación de una niña que iba con su madre en un lugar desolado y oscuro.  En esos juzgados se requiere registrar pistolas, corvos o cuchillos utilizados para herir o quitarle la vida a alguien… Me dio pánico y me hizo reflexionar duramente, caí en la cuenta que era por la educación que tenía que luchar.

Supe que en Chalchuapa estaba la supervisión inmediata de los Planes Básicos de Orientación Media… El señor supervisor Don Rigoberto Aguilar Guido, estuvo una vez supervisando una clase mía y cómo elaboraba las pruebas objetivas en el Colegio San Andrés, ya me conocía, más la palanquita siempre del Señor Blanco, puse mi solicitud y no tardó mucho en contestarme positivo a mi favor… fui nombrado Subdirector con dieciséis horas de clase en el Plan Básico de Orientación de Metapán, el once de mayo de 1966.

Por primera vez vi el camino amplio para bregar sin tapujos porque encontré el terreno fértil para sembrar mis conocimientos, alumnos ávidos de aprender, compañeros colaboradores conmigo, padres de familia responsables y una comunidad con un ambiente sano; allá lejos, pero muy lejos sin contaminación de lo que algunos llaman civilización.

Para entonces en Metapán la fábrica de cemento CESSA estaba poniendo sus primeros postes, las carreteras para llegar todavía eran estrechas; en muchas ocasiones el bus en el que yo viajaba tenía que apartarse a un ladito para que el otro pasar. Para mí Metapán fue el mejor lugar del mundo, nada que envidiar para vivir feliz; una sociedad que lo tenía todo completamente independiente, con sus calles y avenidas angostitas, con sus casas antiguas de adobe con una característica dominante y es que, la puerta de la entrada a la sala principal se ubicaba en la esquina. Adentro las casas grandes tenían un portal que da al jardín donde no faltaban las rosas. A lo lejos, desde cualquier punto alto se veía su hermosa Iglesia colonial teñida con cal, manifestando que la gente de Metapán está protegida por Dios. Yo me sentí como nunca; mis alumnos me llamaron “Señor Saz” y todo habitante también que por primera vez me hicieron sentirme estimado, elegido, estimulado y si se puede decir, apapachado.

Esquipulas. Paseo en bicicleta con alumnos del Instituto (1967)

Retrocediendo un poco en el tiempo, con relación a mis menesteres todo estaba arreglado. Cuando llegué después de mi largo viaje, un compañero llamado Miguel Ángel Morales me estaba esperando. Cuando me bajé del armatoste que me llevaba, se imaginó que yo era y agarrándome mis “volados” me preguntó y saludó… y caminando me dijo: “Vengase, vamos a vivir en la misma casa ya todo está arreglado” y como me vio la figura como la de un quiebrapalito, me hizo la broma: “Yo creí encontrarme con un hombrón de tamaños moyeros como los del luchador! Ahí vivían otros amigos que trabajaban en la fábrica de cemento CESSA con los que compartimos muchas cosas.

Aunque disfrutaba el trabajo y la gente era buena en Metapán, siempre estuve absorto porque mi primer retoño estaba por venir y le pedía a Dios estar ahí en ese preciso momento. Viernes por la tarde a como diera lugar estaba en camino sin volver atrás… Por fin un domingo siete de agosto se me concedió, ahora tenía que trabajar más y con más ganas.

Aún para 1967 solo éramos cinco compañeros: Florentín HenrrIquez Herrera, era el director, un hombre muy dinámico; Miguel Ángel Morales; Ana Josefa Carpio; Salvador Belloso; y yo, éramos el equipo que no mirábamos el reloj para trabajar; una secretaria llamada Ana y el ordenanza, Teto Mira, también nos acompañaban.

En 1968 fundamos el bachillerato (4º y 5º curso). En 1969 sacamos los primeros bachilleres. Ese mismo año tuve que ausentarme porque fui becado a la Ciudad Normal para impulsar la Reforma Educativa. Ya para 1970 como el centro de estudios ya era Instituto Nacional, yo era el subdirector, y tenía que asumir el cargo de director porque Florentín se iba a la Normal también becado.

Compañeros de Ciudad Normal (1969)

En 1971 nos separamos porque hubo transformaciones en el Sistema Educativo, yo me quedé como director del Tercer Ciclo de Educación Básica (ahora 7º, 8º y 9º grados) en el mismo local, mientras que el bachillerato pasó a un nuevo local con todo su equipo y algunos profesores: Florentín Henríquez, Miguel Ángel Morales y Francisco Jiménez. Desde antes estuvimos gestionando un nuevo local porque ya no cabíamos. La familia de Don Mincho Valiente, accedió a donar al norte de la ciudad, contiguo a la piscina, un espacioso terreno con la condición de que el centro educativo llevara el nombre de un ser querido de la familia, fue así que se llamó Instituto Nacional Benjamín Estrada Valiente.

En 1974 vino otra transformación, las escuelas fueron unificadas, o sea que iban a tener ahora hasta el 9º grado. El local que nosotros ocupábamos pertenecía a la Alcaldía y lo abandonamos con la condición de que la mitad pasara al Kinder y la otra mitad a la Casa de la Cultura, en la que también fui parte de su fundación. Yo pasé a la Escuela Urbana Unificada República de Guatemala y la compañera Ana Josefa Carpio de Torres, a la Escuela Urbana Unificada Luz Gómez.

En la Escuela Guatemala aprendí como dicen por ahí a “dejarme el pellejo”, los compañeros maestros, los niños y los papás me enseñaron muchas cosas, con ellos hicimos muros, cercos, adoquinados, canchas, gradas y los servicios básicos que le hacían falta a la escuela. En ese tiempo la institución creció y albergó a más de mil alumnos con veintinueve maestros a mi cargo asistiendo unos por la mañana y otros por la tarde. Diecisiete años viví en Metapán, ahí crecieron mis hijos, suficientes para amar el lugar. Pudiera escribir tantas cosas, pero el tiempo es escaso, muchas historias se quedarán en el olvido.

Carlos Saz entrega título a Adán Figueroa. Graduación del Institudo de Metapán  (Metapán, 1970)

Difícil fue para mí cuando tuve que retirarme de Metapán, porque adoraba el lugar. Una amenaza infortunada a finales de 1982 cuando la guerra civil se había encrudecido y el desgobierno ya era evidente. Una persona irresponsable con el afán de conseguir sus objetivos malignos y cobardes, me hizo llegar en forma de anonimato, algo que acostumbraban en esos días personas que les gustaba hacer el mal.

Grupo de Danza de la Escuela Guatemala, cuando Carlos Saz era el Director

(Metapán, 1978)

A veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres y dicen que no hay mal que por bien no venga. En esa época el Colegio San Andrés había desaparecido y coincidió que yo me quedé sin plaza y no tenía donde ejercer mi profesión, el Padre Cea por su parte, andaba queriéndole dar vida al Colegio. Justo a tiempo, me llamó a mí y a Lito Rivas para llevar a cabo su nuevo proyecto. Nos comprometimos con el Señor Obispo monseñor Marco René Revelo, quién firmó un contrato con el Señor Ministro de Educación. El contrato decía que nosotros pasábamos a ser parte de la red de maestros pagados por el Estado en Colegios Católicos, con la colaboración de otros maestros pagados hora – clase salimos adelante en 1983. Muchas de las experiencias del largo trajinar en otros lugares fueron útiles aquí, sumados a los nuevos objetivos de los Colegios Diocesanos, tuvimos buenos resultados. Ahora el Colegio San Andrés está ahí y las aspiraciones del Padre ya concretadas perdurarán.

Antes dije que a veces hay mano de Dios en las decisiones de los hombres, pues estos nueve años fueron el cumplimiento de lo que él quería que yo hiciera ¿saben por qué? Se los voy a contar… Cuando yo viví la gran tribulación por la amenaza que me hicieron allá en Metapán, pasé una semana sin poder decidir si dejar o no la ciudad y el trabajo en la Escuela Guatemala… platicaba con mi esposa y conmigo mismo y nada… platicaba con Dios y tampoco… pero tenía un amigo, Toño Caballero, a donde nos íbamos a dormir y ahí tuve un sueño: Empezó a temblar, la gente corría y nosotros agarrados de las manos también… tuvimos suerte y llegamos a la Iglesia, subimos a la cúpula y desde ahí vimos que las casas se caían en pedazos y se incendiaban, la gente moría entre las llamas… solo la Iglesia estaba intacta. Esa misma noche comenté el sueño con mi esposa y sin titubear la mañana de ese día de octubre salimos de Metapán solo con un poco de ropa, la Petra, nuestra chuchita y un perico. Pasé dejando las llaves a mis superiores en Santa Ana y nos fuimos con mis familiares en Apaneca.

Esta historia va para mis familiares que no la conocen, ojalá me haya dado a entender, solo pretendo impulsarlos o tal vez divertirlos porque yo si escribo es para eso… o para aprovechar darles consejos a raíz de lo que yo viví ¿quieren algunos? Ahí les van: Vean al vecino como de la familia… apunten en su diario una cosita buena o mala que hicieron… ahorren lo que puedan y no gasten en tonterías… cuiden con esmero lo que tienen y no lo despilfarren… pidan disculpas o perdón si alguna vez se equivocan… si alquilan una casa mejor piense en comprarla para que sea suya… aprendan a nadar de chiquitos para que cuando sean grandes no sufran viendo que otros pueden… aprendan a manejar la computadora y el carro con tiempo… dedique aunque sea un ratito a leer la biblia… sean prudentes en todo lo que hacen haciendo uso del sentido común.

A veces me auto juzgo y pienso que me equivoco porque hago juicios indebidos por lo que pido perdón a quienes talvez ofendí… ¿Saben qué? Yo tengo grandes problemas como es el de que soy cuidadoso hasta con las cosas viejas que tengo, porque cuando niño muchas cosas me hicieron falta, que también repercutieron en mis cosas subjetivas. Por eso digo: Aunque yo sé que a estas alturas nada se puede hacer, en mis oraciones le pido a Dios me alargue un poco esta vida para ver triunfar a mi Elena, a mis nietos y a otros niños de la niña Tancho que también quiero.

Octubre de 2014

LAZAU

La tunca bruja

Mi padre era un hombre tranquilo y cuando cometía un error en vez de tomar el cincho para escarmentar, mejor tomaba la opción de contarme un cuento; pero esa vez que llegué a casa muy noche estaba sudando y muy serio… y … yo con el pelo parado, erizado de la piel y el cuerpo rígido, pues sentí que lo que me contó ese día era cierto…

«Ahí por donde Borja, donde vos estás pasando a esta hora de la noche asustan… sé que tu querencia te obliga a pasar por ese lado… pero te voy a contar lo que una vez a mí me sucedió…» Mi papá me estaba hablando del cruce o encuentro de la Avenida Central y la 2da. Avenida, en donde tres de las esquinas eran de los Borjas.

«Yo vivía en el convento porque entonces ese era mi hogar, cosa que ya vos bien sabés que yo me crié al dado del Padre Golón… Casi todas las noches visitaba una mi entretención en el barrio San Pedro… yo ya andaba pensando en casarme y hacer mi vida aparte… Un día que me cogió mucho la noche, caminaba de Sur a Norte sobre la Avenida y seguí sobre la calle de Oriente o Poniente, cuando en esa esquina exactamente donde los Borjas, se me apareció una tunca del tamaño de una vaca… ¡Naturalmente que yo me asusté y no reaccionaba!… Al fin, me obligó a dar algunos pasos para atrás porque me “cosiaba” las mangas de los pantalones…. caminaba sin cesar por todos lados y me cerraba el paso… al mismo tiempo chillaba con rabia atacándome y ¡Mordiéndome las canillas y yo corriendo de trecho en trecho! a cómo podía… ¡No encontraba una salida!… Y como por ahí no vive ninguno, ni gente pasaba, era en vano gritar o clamar por auxilio… Yo logré agarrar un palo y le di un garrotazo, pero me lo detuvo con el hocico… lo hizo pedazos y a saber qué sintió porque salió corriendo, siempre “cosiando» y se perdió allá a lo lejos como que iba al Cerrito.

«Yo me quedé asustado y temblando de miedo… Cuando conté lo sucedido a algunos amigos me dijeron – Esa fue una novia que tuviste y se quedó mordida… – Otros me dijeron que había sido una mujer celosa que andaba tras de mis calzones por ahí y me quiso amolar».

Mi recomendación hijo es que no salgas tan noche, me dijo.

LAZAU

La sierpe

Los Apanecos hasta ahora no sabemos a ciencia cierta el por qué llamamos “Barranca de la Sierpe” a ese lugar; sí sabemos que se encuentra en el camino antiguo que conducía a la ciudad de Juayua y al mismo tiempo al cantón Palo Verde. Yo siempre le tuve temor a ese puntito, porque una vez que acompañé a mi papá a cobrar el salario de un trabajo que había realizado, vimos un mico que salió de un lado del camino (o del barranco), y como ahí había un bejuco colgando de un árbol grande y muy alto, el animalito alcanzaba la punta y con gran destreza se subía a las ramas… nosotros lo vimos exactamente en el momento que se ocultó.

Desde entonces no se me hizo fácil viajar solo por ahí y aún más cuando mi familia se fue a vivir por esos lados… Cuando fui creciendo se me despertó la curiosidad del por qué se le llamaba ahí “Barranca de la Sierpe”, y como en esa época yo ya era un estudiante y leía algunos poemas de los griegos en los que se encuentran expresiones mitológicos que describen a la sierpe como un animal grande, feo y feroz, naturalmente, fue suficiente para que yo le tuviera miedo a la barranca, y prefiriera pasar por el camino a la Laguna Verde para ver a mi familia.

A Don Chente Burgos, le pregunté una vez ¿Qué hay de esa Barranca de la Sierpe? y él me contestó: «Mire joven a mí me contaron que ahí encontraron hace muchísimos años el esqueleto de un animal grandote, que si hubiera tenido sus carnitas y todo lo demás, se hubiera parecido a un ciempiés de esos chiquititos y sin patas, pero con la capacidad de tragarse entero a un caballo. Dicen que los restos se los llevaron a saber pa donde y desde entonces le empezaron a llamar así al lugar». Yo solo me quedé pensando que de ser cierto, debió ser un animal terrible como los que narran las historias de los griegos.

A Don Lalo Peña, también le pregunté lo mismo y su respuesta fue casi igual, por cuanto que se habían llevado los huesos encontrados, por lo demás dijo: «Es bueno que usted ande preguntando porque ya pocos sabemos de esa historia, quizá solo yo voy quedando. A mí me contaron que ese animal era como una iguana gigante, que a lo mejor con el tiempo, desde hace miles de años, se fue haciendo más chiquita, porque así como dicen que eran los huesos de grandotes, si era vegetariana, necesitaría una tarea de monte cada tiempo de comida».

Yo siempre anduve preguntándole a todos los viejitos sobre el asunto, porque para mí se volvió interesante, pero muchos me decían que no sabían nada.

Don Chencho Vargas, me dijo que él sabía que ese animal era como una culebra común, pero gigante, al igual que otros animales de su misma época, y que a lo mejor hay otros huesos enterrados por ahí, que como están muy profundos no los podemos ver.

Al Padre Toño Linares una vez le pregunté sobre el por qué creía él que le habían puesto así a la barranca y me dijo: «Yo creo que esos huesos es cierto que los encontraron y deben de estar en algún museo. A la barranca le pusieron así porque son o se parecen a los de una serpiente…»

La serpiente se ha convertido en un animal mitológico; su nombre viene del latín que quiere decir Serpens o culebra grandota, ponzoñosa y fea.

A lo mejor aquí no hubieron tales huesos, y como los mitos así son, los inventa la gente y finalmente, producen miedo.

 

LAZAU

 

UN JOVEN TRAVIESO

Esto que les voy a contar fue una experiencia personal. Voy a tratar primero de hacer una descripción del escenario… Mi papá tenía su finquita a la orilla del pueblo, ahí estaba la casa donde vivíamos en la 5º Avenida. La finquita se extendía hacia el Poniente y se confundía con la montañita que alberga la fuente de San Andrés… Yo muchas veces me internaba en ella para disfrutar de la frescura. Al otro lado, o sea siempre al Poniente de la montañita, lindaba con la calle o camino de la finca Albania, el que sigue hacia otras fincas vecinas a la Barranca del Paso. Pues yo conocía muy bien la montañita que está cubierta de árboles grandes pero también debajo de estos está tupida de arbustos, bejucos por todos lados y naturalmente espeso de humus cubierto de hojas.

Un día se me ocurrió armar una trampa para tacuazín porque habían señales de abundancia y nosotros estábamos escasos de carne en la comida… yo tuve que pásarme al otro lado de la barranca porque ahí estaba el lugar óptimo para ello… La hice tal cual… Una casita cónica con baritas, su puertecita, el disparador y un guineo jugoso como señuelo.

El primer día feliz porque cayó un hermoso animal ¡Gordo! El segundo día igual… Y así varios cayeron; un día hasta una comadreja cayó. Pero un día la hazaña terminó cuando preparaba la trampa como a las seis de la tarde, hora que en la montañita ya era de noche y apenas se miraba. Cuando inesperadamente salió de la nada un animal del tamaño de una vaca e iba haciendo brecha entre los matorrales del otro lado donde yo tenía que pasar para salir a la propiedad de mi familia. Yo no vi el animal porque estaba de espaldas…Y… cuando me di la vuelta y me paré para ver el animal, solo vi la señal por donde había pasado… Todo sucedió en cuestión de segundos y me encontré en un callejón sin salida… Si me iba para arriba a salir a la calle de la Finca Albania, hacía tres días que se había ahorcado un señor que yo conocía en un árbol de tatascamite de la misma montañita y yo lo vi cuando estaba colgado…Tuve gran miedo… Entonces en cuestión de segundos tomé la decisión… Me santigüé… Tomé  el corvo que andaba… y salí no se ni como a contarle el cuento a mi padre. No volví jamás a ese sitio.

LAZAU

EL SEPELIO DE LA MEDIA NOCHE

Parece que los Apanecos estamos olvidando las leyendas que de esa manera nos obligábamos a dormir temprano. Esta historia yo la recibí de la Chilita Calderón, un día de tantos que hablábamos  del tema. Esto que te voy a contar sucedió en la 3ª Avenida, a lo mejor,  desde la Cruz del Barrio El Calvario o mejor dicho de otro modo donde está el rastro municipal, hasta la Cruz de Barrio Las Flores, en donde antes había una ceiba enorme, para luego doblar al cementerio.

Don Belarmino Hidalgo vivía en esa Avenida; su casa como se acostumbraba en esa época de paredes viejas de adobe un tanto deterioradas que permitía espiar de adentro hacia afuera y darse cuenta de muchas cosas que pasaban.

Don Mino, como lo llamaba la gente, le contó a la Chilita que los días viernes de cada mes a las doce de la noche pasaba sonando una campanita y un ruido de pasos de algunas personas como que van marchando con pasos lentos pero lentísimos marcados por un tambor que asusta  y una rezadera que no se entiende lo que rezan. Todo esto provoca miedo pues y no queda más que meter toda la cabeza bajo las chivas.

Esa vez que les cuento como mi mujer ya iba a parir no me dormía, cuando de repente oí la campanita y me dije, voy a ver que es esta mierda… Quité un terroncito que me hacía estorbo y pude ver qué pasaba… ¡Arrepentido porque lo vi todo!.. Estaba tieso y no me podía mover… Con la respiración levantaba polvo de los adobes que me estaban sirviendo de soporte y sentía que nunca terminaban de pasar… La campanita tilín, tilín y el tambor pon, pon, y otra vez tilín, tilín tilín y después pon, pon, pon, y a mejor no terminó hasta llegar al cementerio.

Fijese Chilita que el cajón era negro de lujo bien barnizado a muñeca… Iban cargando cuatro que no se les veía la cabeza porque iban encapuchados con túnica o vestido largo… ¡Y con sandalias Chilita!… a ambos lados iban dos con un candelero encendido cada uno, encabezando dos filas de gente con vestidos diferentes  de color café o negro, desteñido tal vez… Y así el sepelio se fue supongo yo por toda la Avenida hasta llegar a la Cruz y luego al cementerio…. ¡Mire chilita! esto que le conté, le ha de haber pasado a muchos; lo que sucede es que no quieren contar porque no quieren vivir el pasado… Fíjese que esa noche para poderme tranquilizar tomé un vaso grande y me serví una cuarta del alcohol 90 que tenía para atender a mi mujer en el parto, le puse agüita y ¡Me sampé el talegazo de un solo como se dice!

 

LAZAU

UNA HISTORIA QUE NO DEBE QUEDAR OLVIDADA

Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.

Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.

El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.

¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.

En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.

Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.

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Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo

No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.

1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.

Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.

Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.

En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos,  y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.

La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.

Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.

A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de  la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios  botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».

“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.

Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.

Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino-  y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».

Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.

En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.

Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»

A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto  Sánchez (el ayudante).

Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.

«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo  y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»

«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«

Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”

Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).

«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».

Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”

En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!

A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.

Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.

Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.

En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.

Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.

“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.

Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.

Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.

Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.

Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.

LAZAU.

UN VALOR FRUSTRADO

Hasta diez chuchos tenía, a veces sueltos, a veces enjaulados o amarrados, pero con atención esmerada al igual que su escopeta la que limpiaba a diario y mantenía calientita con la ayuda del fuego de la cocina, ahí estaba junto a la de su padre colgada con mecates.

Frisaba los diez años y su educación crecía bajo el cuidado de sus padres; leía y escribía porque su hermana mayor era maestra y se lo llevaba a la escuelita del cantón… A su regreso compartía los oficios domésticos como preparar la leña, limpiar la caballeriza u ordenar las cosas de la troja, atender la vaca y el caballo, pero también acarreaba el agua y montado en la mula hacia los mandados en el pueblo… Hasta entonces los domingos acompañaba a su madre a la iglesia para participar en la misa.

Contaba ya con catorce años y entre los oficios caseros el más importante era cuidar los chuchos y su escopeta con un solo fin… Cazar.

Para entonces, allá por los años treinta a cuarenta, el volcán Chichicastepec, la Coyotera y el Quezaltepec, estaban cubiertos de vegetación virgen hasta llegar a las planicies; lo que hoy son cafetales, antes estaban cubiertos de árboles frondosos frisados con bejucos en donde gran variedad de especies animales subían y bajaban. Las ramas de los árboles reverberaban de pájaros que con sus cantos alegraban y con su plumaje adornaban el ambiente… Los frutos por todos lados solo de agarrar; ahí habían alaices, ciruelas, cotomates, escobos, tempisques, anonas, e infinidad de almendras suficientes para mantener vivos a todos los pobladores de la época sin tener que trabajar… Los animales grandes y salvajes muchas veces se equivocaban y llegaban hasta los patios de las casas. Cuando se tiene 14 años fácilmente se despierta la tentación de atrapar un animalito que se encuentre.

Pedro Alfonso se llamaba el joven que con grandes aspiraciones inclinó, demasiado quizá, su aprendizaje de tiro perfecto en la caza de animales.

Para entonces, Pedro vivía en una casa de campo con sus papás como era costumbre; la casa tenía una “salota” en el medio, propia para bailar, alumbrada con candiles y en un rincón la vitrola, muchas sillas en el entorno y en mesitas pequeñas varias imágenes de santos dentro de su respectivo camarín; en las paredes muchas fotos de familiares cercanos e importantes; en el centro del techo había un tragaluz protegido por una casita miniatura que volvía “plantosa” la vivienda; alrededor de la sala había en forma de caidizos varios dormitorios, la cocina, comedor y bodega; al frente un techo sostenido con pilares unidos con barandales y pasamanos para embrocarse y disfrutar del paisaje; en cada pilar había una cabeza de venado disecada y las paredes estaban tapizadas con cueros de animales, lo que hacía percibir la gran afición por la caza que se tenía en ese hogar…

Al poner un pie en el quicio de la puerta impresionaba ver el trofeo más grande… el cuero de un enorme tigre que una vez mataron entre varios tiradores porque – dijeron – asolaba la región comiéndose las vacas… Según cuentan, lo persiguieron sin descanso haciendo turnos matándolo finalmente poniéndole de carnada un ternerito.

Pedro Alfonso crecía llevando a cabo sus propias experiencias. Contaba su mamá que cuando se disponían a ir de cacería, encerraba a los chuchos y daba instrucciones de que cuando oyeran el tiro allá a lo lejos, los soltaran… Dicho y hecho, los perros salían ladrando en dirección del tiro… lo hacía de esa manera porque le hacían estorbo a la hora del tiro y como la presa una vez herida caminaba lejos o se encuevaba, los perros eran los encargados de encontrarla… Al poco rato, aparecía él acompañado de la jauría de perros y encima un enorme animal que compartía con familiares y amigos… Pedro Alfonso no aprendió estas hazañas solo, su padre también era un buen tirador…

Venado era la carne más común, pero la más apetecida era la tepexcuintle…  Contaba el muchacho que para lograr uno de estos había que caminar por la montaña buscando señales como cascaritas y pedacitos de almendras en el suelo, pues era señal de que ahí llegaba un tepexcuintle a comer… Al día siguiente había que estar ahí al anochecer y con amplia visibilidad hacia arriba y sin hacer ruido, cuando empezaban a caer los pedacitos de almendras, pegaban un solo lamparazo y a continuación el tiro. ¡Bongón! caía el animal… Para la caza del tepexcuintle no se ocupaban chuchos porque éstos lo asustaban y el animal huía internándose en lo espeso de la montaña donde se defendía y la caza se malograba.

También la montaña tenía sus misterios, una vez encerró los “chuchos” y ordeno que los soltaran al ruido del tiro de la escopeta, así lo hicieron, pero él no volvió…  se desorientó en la oscuridad de la noche y en lugar de coger el camino correcto caminó en sentido contrario; aturdido fue alejándose más y más… Al día siguiente lo encontró su padre con la ayuda de los chuchos cerca de San Pedro Puxtla… En otra ocasión pasó lo mismo, pero regresó solo al darse cuenta que estaba sentado a la orilla del Rio Tequendamas.

En el año 1932, a raíz de la sublevación indígena la comida escaseó; Pedro, quién tenía una hermana mayor en Juayua, fue enviado por su papá con provisiones y la esperanza de que trajera buenas noticias de su hija.

En esa ocasión, Pedro convenció a un soldado del ejército que le prestara el uniforme para ser retratado por su hermana, él quería aparecer en la foto con un fusil en alguna posición importante que lo destacara… Ya de regreso, iba feliz, el caballo volaba por el camino, no aguantaba las ganas de encontrar a alguien para contar su hazaña de la foto.

En aquel entonces para llegar a Juayua habían dos caminos, el directo que de Apaneca salía por el norte pasando por donde hoy en día están Los Llanitos, La Sierpe, Las Maravillas, Salitrillo y El Diamante; y el otro era por el lado Este Las Cruces, Tizapa, Los Alpes, Los Ángeles, El Ciprés y la Esmeralda por donde se llegaba a Salcoatitán primero.

Pedro venía contando que los soldados del gobierno le contaron que habían intentado llegar hasta Apaneca por allí para sofocar una sublevación que no había, pero que en una cuesta empinada se atascaron los camiones haciendo que regresaran, evitándose así una matanza. Unos poquitos llegaron a pie y mataron a dos cristianos solamente porque llevaban el apellido Sánchez. Pedro contó también que en Juayua vio que los muertos eran llevados en una carreta tirada por bueyes como si fueran pante de leña, algunos no cabían y llevaban los pies colgando; otros estaban en las cárceles esperando su turno para ser fusilados. Contó también que el suelo del parque estaba embadurnado con sangre, las moscas volaban por todos lados y que los corozos quedaron picoteados por los balazos del ingrato ajusticiamiento a campesinos indígenas. También dijo que por allá se decía que ya traían a otros que habían agarrado.

Pedro estaba atragantado y no paraba de hablar de lo que vio durante el viaje en compañía de su caballo “Calenturo”. Tenía 17 años y no pudo pasar a la siguiente etapa de la vida; todos sus sueños fueron truncados al no estar preparado para vencer los obstáculos que en esa edad se presentan.

Se enamoró perdidamente de una de las tantas muchachas que lo admiraban; se armó de valor, y creyendo que ya era hombre, se la llevo, pero no con la anuencia de los familiares de la muchacha, especialmente de la mamá; Por lo que, cuando Pedro se encontraba feliz creyendo estar en el paraíso, llego de repente la señora madre y tomó de la mano a su hija y se la llevo de nuevo a su casa.

El joven Pedro que se encontraba en la etapa en el que solo se piensa en sí mismo, se es egoísta, y no se piensa en que hay otras personas que han pasado por el mismo caso y les duele; en fin, una etapa en la que se actúa más con el corazón que con el cerebro; se sintió herido en su honor y no atendió consejos; anduvo por todos lados montado en Calenturo, fue a su casa, no quiso comer, solo tomó un poco de agua, medio escucho las palabras de su padre, pero su alma estaba por otro lado.

Los chuchos desperdigados y muy inquietos aullaban como mirando al cielo; los metió en la jaula, pero no dio órdenes como en otras ocasiones; entro a la cocina, bajó la escopeta y se la cruzó en la espalda, luego salió de nuevo montado en Calenturo que lo estaba esperando ansioso mordiendo los caramelos del freno y pateando fuerte el empedrado del patio.

No iba para la montaña, sino para el pueblo… En el camino hacia Quezalapa a muchos amigos encontró… pero llevaba tan grande pena que ni siquiera los vio… En el pueblo lo mismo, no era él… Llegó a la esquina de la casa de la novia… Amarró el caballo… Se subió a lo inclinado del terreno de enfrente… Con una pita amarró el gatillo de la escopeta… Se quitó el zapato derecho… Se puso el cañón en el cuello… Y con el dedo gordo del pie halo el gatillo…  Se arrancó la tapa superior de la cabeza echando a volar los sesos y poniéndole fin a su vida.

El velorio, las condolencias y todo lo demás se hicieron en el pueblo en la casa de sus tías… Al día siguiente el entierro y… ¡Que sorpresa para la gente! los chuchos rompieron la jaula durante la noche y aparecieron allí para acompañar al difundo…Caminaron al cementerio en la procesión fúnebre, debajo del ataúd. Calenturo en cambio se fue atrás de la gente… Se terminaron las exequias, pero la jauría de perros se quedó en el cementerio sobre la tumba de su amo… La gente les llevaban agua y comida, pero los perros se fueron desvaneciendo con el tiempo y murieron. Yo conocí a uno de los perros que se llamaba “rol”, viejo y gordo de color café que asustaba porque dormía en un cajón y padecía de convulsiones… Cuando le daba un ataque, se oía como tambor con disonancia.

De esta historia podemos aprender que todos pasamos por esta etapa de la vida, quizá la más difícil de todas, de donde solo se sale bien si se está preparado.

LAZAU