LA CARRETA BRUJA

Por lo que contaba la gente, la carreta bruja rodó por todas las calles de Apaneca; todos la oyeron pero quizá unos pocos mentirosos dicen que la vieron; yo a veces creo que fue una historia inventada por las mamás que tenían adolescentes y evitar así los peligros y los vicios de la calle; o por las señoras celosas que no querían que sus esposos no se les fueran a otros brazos a deshoras de la noche… Así es que yo voy a narrar lo que me contaron.

Doña Toyita Membreño, un día me dijo – “¿Usted cree que existió la carreta bruja? – Inmediatamente le dije que no… – Y ella dijo – “Fíjese que sí, porque yo la he oído a las doce de la noche allá a lo lejos y otras veces aquí pasando enfrente de mi casa haciendo unos rechinidos que me destiemplan los dientes y sin poder hacer nada… Lo único que he hecho es embocicarme más entre las chivas… La Niña Toyita, que vivía al final de la Avenida Central Sur –  agregó – al llegar a la esquina de Toño Baires, la carreta chillona agarra para el cementerio… aquí se oye fuerte y a medida que se aleja se oye poquito… Para allá va”.

Don Chendo Martínez, que vivía en la 2da. Avenida Norte, allá por la clínica, una vez que nos pusimos a platicar, salió lo de la carreta bruja y él me dijo – “No niño, porque así me decía él, ni acordarse porque cuando esa mierda empezaba a rechinar a mí se me fruncía el culo, es insoportable por el miedo que da”-  ¡Cuénteme!  ¡Cuénteme! Le dije yo – “Yo cuando me acuerdo me pongo erizo; fíjese que no es una carreta común. Una vez que empezó a rechinar allá a lo lejos yo tomé la decisión de desengañarme y por una rendija de la pared pude ver que era un cajón con ruedas y todo, pero no llevaba boyero, sino con una palanca en vez de yugo y dos personas vestidas de negro y encapuchadas la iban jalando… ¿Y encima sabe que llevaba la carreta?.. Iba repleta de esqueletos todos parados cada quién con su guadaña… Esto… Cuando yo lo vi ¡Puta! No era yo de asustado; pero como soy previsor tenía por hay un medio litro de Cuatro Ases y de un solo le llegué a la mitad… solo así me sentí vergón y me dormí. La mentada carreta bruja se fue recto a topar a la cruz del calvario para luego doblar hacia el cementerio.

Don Rubén Bolaños, que vivía en la 3ª Avenida Norte cerca de la iglesia, también contó que la curiosidad le rebalsó un día y se puso a ver si lograba ver a la carreta y como se sentía muy hombre y se jactaba de tener temperamento fuerte, hizo con anterioridad una rendija en la pared, pero también se preparó con su trago y un crucifijo. Él contó que no solo rechina, sino que por ratitos se oye como que las ruedas circulares se vuelven cuadradas y por eso se oye un tableteo sordo, lento y se escucha polóngón… Polongón… Polongó… pero luego por ratitos rechina. Sabe joven que lo espeluznante es que no participan bueyes, sino va cargada de demonios todos cachudos y en sus manos cada quien lleva un palo que parece tridente y para que avance se bajan dos y la halan con el pecho mediante un palo de apoyo y cuando caminan en la oscurana se ven como que van en una burbuja colorada… ¡Horrible joven!

Don Rubén ese día que logró su objetivo se puso a riata, dice que tomó el Cristo pero como no lo había llevado a bendecir, cuando pasó frente a su casa la carreta se detuvo y giró de frente hacia su puerta… – Ese ratito joven por poco me cago… la carreta siguió su camino sin duda hacia el cementerio como decían, esa era su morada y de ahí salía a las 12 de la noche.

LAZAU

EL PADRE SIN CABEZA

En todos los pueblos del país se habla del padre sin cabeza y el nuestro no es la excepción; mi tía abuela Serafina Arévalo Avelar decía: “Esos son puros cuentos del Chema (papá de Don Chemita Rivas hijo)…Que dicho sea de paso Don José María Rivas (padre), toda su vida fue entregada al servicio de Dios; ahora tengo la oportunidad de enaltecer su nombre y estoy seguro está en la gloria. El hijo, que también se llamaba igual, hizo de su vida lo mismo… Mi respeto para él.

“Lo que pasa – continuó diciendo mi tía abuela Serafina – que si el Chema no inventa eso, la puerta del campanario siempre va a estar botada… ¿Qué no ven que Chema la repara y a los pocos días está en el suelo otra vez?… Y es que los cipotes curiosos y traviesos para desengañarse de cómo se ve alrededor estando arriba en lo alto, la botan una y muchas veces… la gente ignorante piensa que de ahí sale el Padre sin cabeza” terminó diciendo.

Mi otra tía abuela que se llamaba Chus, hermana de la tía Sera, salió al paso y le replicó diciéndole: “Yo más creo Sera, que el que sale no es sin cabeza, sino de cuerpo entero ¿Porque acaso no te acordás que mi abuela, que en paz descanse, nos contaba que aquí vino un padre que no era muy santo y que se escurría por las noches a hacer sus travesuras?.. ¿Que no te acordás que nos contó que una vez se fue hasta Ataco de noche empantalonado, porque se iba montado en el caballo para pasar la noche “chiviando” con amigos que tenía allá?…”

Esa vez que la abuela nos contó le fue muy mal porque les ganó a sus amigos haciendo chanchuyos, lo agarraron a trompones y uno de ellos terriblemente enojado sacó el bastón en el que había adaptado un verduguillo con el que le traspasó las tripas… El Padre logró montarse en el caballo y salió en tropel para Apaneca y apenas logró llegar… Al día siguiente ya no hubo misa, mucho menos el domingo y al sospechar fueron a buscarlo y lo encontraron muerto.

En esa época el Arzobispado castigó a esta parroquia del Apaneca y a la de Ataco también… Las dos se quedaron sin párroco porque éste también atendía la de allá. Desde entonces la gente decía que había visto al Padre rondar por las noches el territorio de la casa parroquial.

Don Chico Morán, un señor sesentón y “tunantón”, contaba que el Padre ofrecía misa pero a las doce de la noche y el que asistiera se hacía rico… y agregaba que la iglesia estaba llena de señoras todas sentadas vestidas de negro y cada una tenía una candelita encendida en la mano, todas agachadas y no se le veía la cara; que cuando algún interesado o interesada se paraba en la puerta veía al cura vestido de negro allá en el fondo del altar, pero no tenía cabeza; cuando eso sucedía una de las señoras se paraba y venía a la puerta para atender la visita, le proporcionaba la ropa negra, se vestía y ya era de la grey. Los hombres se quedaban parados como era costumbre.

La abuela también nos contó que una vez le preguntó: “Y vos Chico, ¿Has visto todo eso que contás?”-  y él contestó – “¡Puta, si eso quiere huevos! Ni de loco”.

Esa noche que mis tías abuelas tertuliaban les costó conciliar el sueño a causa del recuerdo de la historia que una vez les contó su abuela.

LAZAU

EL CIPITÍO

 

El Cipitío se quedó solo vagando por los bosques y cerca de los ríos, lagos, lagunas y ojos de agua; ese fue su destino; se quedó niño sufriendo, pero disfrutando de las bellezas naturales de la campiña, aunque a veces se sale y asusta a los niños sin que esa sea su intención.

Hay diferentes opiniones sobre su fisonomía y conducta. Algunos salvadoreños lo pintan feo y malo y otros en cambio bonito, bueno y agradable.

Doña Toña Puquir, dice que lo vio un día cuando era muchacha y se estaba bañando en el tanque de Quezalapa, se sentó – dijo – en una laja enfrente de mí; me tiraba semillas de la frutita que estaba comiendo y cuando lo veía también me tiraba besitos.

Doña María Mata dice, que cuando estaba cipota un día que fue a traer un cántaro de agua a la quebrada en Tizapa donde vivíamos, se me apareció en el camino – y me acompañó un rato y me decía cosas que no entendí. Cuando regresé me lo encontré arriba de un árbol de madre cacao y había botado muchas florcitas para que yo las patiara al pasar.

Doña Tenchita Sánchez, contó también su experiencia – cuando yo estaba pequeñita de unos seis años de edad, mi padre y mi madre se fueron al pueblo para traer los comprados y me dejaron sola; entonces vivíamos cerca de la Laguna Verde, cuando de pronto se me apareció un niño que parecía viejito y dijo que quería jugar, yo me asusté por que usaba un sombrerote y para tomar agua cargaba un tecomate. Él jugó, pero yo no tuve valor; sacó de su morralito unas piedritas lisitas pero muy lisitas y en el tierrero formó una cosa como laguna, le puso alrededor las piedritas y … como se hizo tarde se fue. Cuando papá y mamá vinieron me preguntaron que quién había venido… Y les dije que un hombre bien chiquito y dijeron: “ese fue el Cipitio”.

Hay tantas cosas que se pueden decir de esta historia, parece que yo ya conté en otra narración que cuando yo viajaba a la Bellota para ver a mis abuelos, un día que venía de regreso en el mero callejón del cerro, vi a un hombrecito pequeño que cogió para la montaña, no iba caminando, sino saltando… Mi abuela me dijo – debió haber sido el Cipitío… Pero si ese no hace daño, solo quisiera jugar con los cipotes.

Otras personas cuentan que en los lugares solitarios y húmedos por las aguas en el silencio de las noches se oyen carcajadas de niños que juegan; pero no son más que historias  que nuestros antepasados nos han dejado desde hace cientos de años y han pasado de generación en generación, convirtiéndolas en seres mitológicos.

 

LAZAU

LA SIGUANABA

La siguanaba para nosotros es una leyenda pero para nuestros ancestros pipiles era parte de su idiosincrasia político-social-religiosa, y éste es un ejemplo de la relación entre la raza pipil y la naturaleza, cuando la leyenda habla que el hijo Tlaloc (el agua) se casa con una mujer coqueta y elegante llamada Sihuelut (mujer bella), pues todos sabemos que el agua es el elemento esencial para la vida (plantas y animales).

La leyenda en síntesis dice que Sihuelut conoció al joven príncipe hijo del dios Tlaloc… Sihuelut se enamoró locamente y se casaron, vivieron muy felices, pero al nacer su primer hijo todo cambió; pues cuidar al niño era dedicar todo el tiempo a él… Sihuelut se volvió mal humorada porque las fiestas le hacían falta.

Su hijo era pequeño y su tez morena como ella y le pusieron el nombre de Cipitío… Sihuelut pasaba el tiempo furiosa y renegaba porque no podía ir a las fiestas. Cuidar al hijo era un martirio para ella.

Como su marido era guerrero y se iba lejos, ella tomó la decisión de ir a la fiesta de su casicazgo sin tomar en cuenta las consecuencias ya que el niño se quedó dormido.

A media noche, Cipitío se despertó con hambre, pataleó y lloró y nadie se dio cuenta y al fin se quedó dormido. Ella regresó en la madrugada solo a dormir sin acordarse de su hijo. Siguió saliendo todas las noches y el pequeño sufría el abandono y para no morirse de hambre se subía al “polletón” para comer ceniza.

Al regresar el príncipe se dio cuenta de la conducta de su mujer y el mal trato que daba a su hijo; el Príncipe descontrolado se fue a llorar al bosque, ahí concurrió Tlaloc y le dice que ya está enterado y por eso la castigará con dureza, dijo.

Sihuelut estaba escondida y escuchó las palabras del dios Tlaloc, sintió miedo y pidió perdón prometiéndole cambiar. Tlaloc aceptó la petición y Sihuelut se empezó a comportar bien y se hizo buena madre y esposa; pero pronto olvidó la promesa y a los pocos días abandonó por completo a su hijo y a su esposo de nuevo.

Un día Cipitío se desesperó porque se quedó solo y con mucha hambre y se fue de la casa y se perdió, ya no pudo regresar a su choza.

Tlaloc se dio cuenta de lo ocurrido y llamó a Sihuelut para cumplir el castigo anterior y le dijo: “Desde hoy te llamarás Siguanaba (mujer de las aguas), tu castigo será caminar por todos los ríos, lagos y lagunas hasta que encuentres a tu hijo”. Eso hace la Siguanaba todos los días y noches… Dicen que es horrible: Ojos grandes, colorados, labios volteados y dientuda, el pelo enredado y sucio.

Hay personas que aseguran que la han visto y que tiene las chiches largas y que cuando se enoja se las golpea sacando un ruido como cuando se golpea un trapo mojado en la pared.

Pero en El Salvador hay tantas versiones, ésta solo es una más… En Apaneca sabemos que algo le dejó de ventaja a la siguanaba como es el hecho de cambiar a su gusto su fisionomía y de acuerdo a las circunstancias; pero solamente un ratito y es lo que ella aprovecha, para engañar a los hombres especialmente.

Don Arturo Rodríguez, un hombre psicológicamente fuerte era perseguido por los espantos y una vez que me contaba sobre el poder de los gatos y los cadejos negros y las tuncas hociconas, también me contó que cuando él tenía siete años su mamá lo dejó solo en la casa del cafetal donde vivían en el cantón Chucutita y  cuando volteó la cabeza hacia la ventana que era muy alta, vio a una mujer bellísima y como vio que estaba solo, bordeo la casa y  entró por la puerta principal, pero ya no era la mujer grande que había visto, sino que era una niña como de su edad… Que lo tomó de la mano… Le dio que chupara una leche burra, como que ya sabía que le gustaban, y se lo llevó por el camino recto que iba a salir a la calle amplia principal… Pero solo habían caminado media cuadra y desapareció misteriosamente y yo como estaba chiquito no me di por asustado, dijo.

Al Tío Manuel Calderón, se lo llevó el chipuste porque a pesar que era un tunantón, con experiencia en cuestión de mujeres, sufrió lo peor que un hombre de su calaña puede sufrir. Cuento que ya expliqué en otro escrito (Una aventura fugaz). Pues al pobre Tío Manuel fue seducido con miradas en uno de los bullicios de las fiestas patronales, la Siguanaba se lo llevó a un cafetal que linda con el camino que va a la fuente de San Andrés y cuando él ya estaba bien excitado por la mujer, se le abalanzó y fue a caer al fondo del barranco formado por el pateo de la gente y hasta el día siguiente las primeras aguateras lo encontraron todo quebrado. Él contó después que ella desapareció como un espejismo.

Don Chón Pérez contaba que no es broma lo de la Siguanaba… Él decía que cuando era muchachón se enamoró de una cipota que no era bonita pero sí muy atractiva… La conocí por medio de una señora amiga que la acompañaba para traer leña de una finca que se llama “Las Brisas” después del “Paso”. Siempre que la señora pasaba por mi casa y llevaba el mecate, el yahual y el corvo cuto leñatero yo ya estaba avisado y encrespado, porque ya sabía que la cipota la acompañaría… Así pasamos mucho tiempo… Y disimuladamente las alcanzaba en el camino, porque la mamá siempre estaba pendiente de sus movimientos… Un día le dije: Mirá mamita ¿A ver cuándo podemos venir solitos? Y ella me contestó que sí… Cuando yo te haga la seña me dijo.

Yo me quedé entusiasmado… Me quedé pendiente esperando la seña… Y nada… Pero al fin, yo vi una seña allá a lo lejos… Caminó un tantito y emprendió el camino… Y yo también guardando la distancia como lo hacía antes cuando iba con la señora… Lo raro fue que no la podía alcanzar… Cuando pasamos la barranca del paso la alcancé… La quería tocar como antes y no se dejaba… Se metió a los matorrales y ahí yo ya estaba encabritado… La quise acariciar como antes y no se dejó tampoco… Pronto salió corriendo y carcajeándose, burlándose de mí.

Cuando volví a mi casa venía mi dulce amor de hacer sus tareas de la escuela con sus amigas y yo haciéndome mil conjeturas, contó don Chon…

LAZAU

Los chanchullos (parte II)

(Imagen de referencia, cualquier parecido es pura casualidad)

La verdad es que los salvadoreños en algunas cosas hemos aplicado la regla del chanchullo, pero porque los hemos aprendido de otros que vinieron en el pasado; por supuesto, me refiero a españoles que vinieron a nuestro país a hacer su fortuna, porque la idiosincrasia de nuestros ancestros era otra. Traigo como ejemplo a los señores Borgias que no traían nada según cuentan, si acaso quizá un poquito para engañar a los nativos de estas tierras que apenas asentaban cabeza dentro del gran cambio estructural, social, político, económico y religioso de aquella época. La gente nuestra percibía una gran paz, tranquilidad y alegría trabajando sus tierras, sin darse cuenta que cerca habían llegado personas con alma de chacales. Voy a contarles algo y con eso lo explicaré todo.

El caso se dio con la familia López, yo conocí los vestigios donde antiguamente estaba la casa donde ellos vivían, ubicada en el centro de una gran propiedad. El papá murió porque le hicieron un chanchullo y terminó pagando con parte de la propiedad; después murió la madre, porque le hicieron otro chanchullo y también le arrebataron otra parte de la propiedad en pago. Para no cansarlos con la historia, a las señoritas López hijas en la familia, les fueron comprando barato lo que quedaba alrededor de la casona donde vivían, tanto que les dejaron sin salida a la calle; para acabar con ellas, las obligaron a vender lo que quedaba, dejándoles únicamente un caminito vecinal dentro de la misma propiedad, que al final daba lo mismo porque quedaron encerradas; de ese modo las personas que les compraron multiplicaron su poder aplicando chanchullos por doquier; hoy todos los descendientes de éstos son acomodados y hasta tuvimos entre ellos un presidente de la República por un año.

Una vez que acompañé a mi padre a cobrar su miserable salario, no solo realizó esta operación, sino que también hubo un coloquio entre patrón y trabajador; lo que yo percibí es que más que todo fueron lamentaciones de parte del señor que comenzó diciendo: “Fijate Fernando que yo sufro mucho porque a veces ni duermo, ni como debido a tanto problema; de aquí, mañana voy para las fincas de Juayua – La Concordia se llamaba – pasado mañana, voy para San Francisco Menéndez; al regreso voy a Miramar; y a La Labor, voy la otra semana”… y así…concluyó… “Estás mejor vos porque no tenés nada y así tampoco tenés problemas” Torpe manera de hablar… mi Abuela decía que este señor era doctor, pero no era ni médico, ni abogado, pues en esa época mediante un chanchullo  y con dinero, el título se compraba para presumir y ganar disque respeto.

A veces las personas honradas en aras de ganarse la vida contribuyen a que las personas para quien se trabaja hagan chanchullos. Yo me acuerdo de don Lolo Suarez, una persona respetable y honrada, y diría yo, que ni siquiera casa propia tuvo, pudiendo haber hecho un su chanchullo y no lo hizo, pues él era el administrador; yo me acuerdo que murió pobre sin que el patrón le compensara por la entrega total en su trabajo. También recuerdo a don Justo, que de justo no tenía nada, era todo lo contrario de don Lolo, porque en vez de ser considerado con los trabajadores, los hostigaba; él era el caporal mayor de las fincas y voy a contarles una cosa de tantas que hacía… como no sabía leer ni escribir cortaba dos tallos largos, uno de café y otro de flor de arito… la primera tenía de largo 13 cuartas de mano, para robarle una cuarta al trabajador, porque la medida tenía que ser de doce… con esta medida había que marcar siete en cuadro o sea un cuadrado de siete varas de lado. La otra vara que don Justo cortaba, la de flor de arito, era como la libreta de apuntes, y la uña del dedo gordo de la mano era el lápiz marcador; así con una seña que solo él conocía distinguía al trabajador, y con una rayita marcaba las tareas que hacía cada uno. De ese modo don Justo hacía el chanchullo a los pobres trabajadores… sepa Dios si el patrón sabía y lo compensaba por eso. Cuando murió medio pobre y abandonado, la gente solo fue por caridad a enterrarlo.

A continuación, contaré otra muestra de un chanchullo clásico de origen español. Cuando fui nombrado oficialmente profesor por primera vez, me mandaron a una ciudad muy pero muy lejana o distante de las ciudades grandes, que tal que pensé que iba a tardar mucho tiempo en regresar a mi pueblo, por eso conseguí una valija grande y espaciosa para que me cupieran ahí camisas, pantalones, los sacos, las corbatas y todo lo que un varón necesita; algunos libros de consulta también y hasta una camita de lona liviana que mi padre me había hecho para estas ocasiones. Yo pensé en todas las dificultades que podía tener, pero no fue así, porque me encontré con una ciudad maravillosa al igual que su gente, un profesor que me estaba esperando y una media docena de jóvenes prestos para llevar mis cosas a donde iba a vivir; de esto hay mucho que decir porque me impresionó la limpieza de la ciudad y las buenas costumbres de su gente, justo premio por la lejanía de la corrupción.

Lo que quiero contarles, y nos tiene intrigados, es la herencia de algunos de nuestros antepasados españoles promiscuos, porque no fueron todos. Sin querer fui observando que a una compañera de trabajo le abundaban los sobrinos, Marta se llama ella, pero muchos alumnos y alumnas le decían tía…“Tita por acá” “Tía por allá”… así en todos los grados; al fin me rebalsó la curiosidad y un día bromeando al calor de la amistad le dije: “Si abriéramos un colegio solo para sus sobrinos bien que sale” “Es cierto – me contestó – fíjese que nunca me he puesto a contarlos porque son muchos” Y así a tientas y a tontas me explicó y yo en ese momento no entendí, pero en el transcurso del tiempo cuando me junté con amigos, mis amistades crecieron y me sentí como un miembro más de esta comunidad que les describo, lo entendí.

Un día que me invitó Mancho Cantú, hermano de Tita – mi compañera de trabajo – a tomar leche calientita acabada de ordeñar allá en la gran hacienda de don Facundo Cantú, señor que además de que en la ciudad tenía a su esposa con tres hijos varones y una hija – que es Tita- tenía en cada extremo de la hacienda otras señoras con hijos también “Fijate – me dijo Mancho – que como eran tres y la una estaba lejos de la otra, no habían problemas de pleitos entre ellas ni con nosotros tampoco, pero cuando mi papá se fue de este mundo, nos dimos cuenta que a todas les había dejado la casa donde vivían y algunas manzanas de tierra para que las cultivara cada quien… Creo amigo – y Mancho me pegó unos golpecitos de amistad en el hombro – que tener un cachimbo de hermanos es bonito, porque fíjate que una vez que tuve un problema con la ley por equivocación, todos mis hermanos con sus hijos no cabían en mi casa”. Ese día habíamos llevado un botecito de buen guaro y cuando se terminó nos regresamos haciendo comentarios sobre el montón de sobrinos que tenía por el chanchullo que don Facundo Cantú creó. Ese día satisfice mi curiosidad sobre el por qué la tía Tita permanecía bien tillada.

Bonito es recordar y saborear chanchullos de cuando uno está chiquito, como en el que yo participé y que fue realmente divertido. Tendría yo doce años y me juntaba con otros amigos de mayor edad, todos sin brújula, sin saber qué íbamos a hacer en la vida. Éramos Beto Calderón, Raúl Cortés, a veces Rogelio Rivas, Benjamín Asencio y Argelio Orantes, los mismos que algunas veces hacíamos grulla para hacer cualquier travesura… Quiero decir que unos con otros nos teníamos confianza que hasta favores nos hacíamos… Pero lo que quiero presentar es el más gran chanchullo que una vez hicimos, no propio para nuestra edad, aunque también nos acompañaba Toño Granados, un poco más mayor que los demás… tengo la idea que fue él el conductor de semejante proeza… Compramos un carro viejo de un modelo de 1930, igualito al que usaba Adolfo Hitler allá en Alemania, de los mismitos que vinieron en esa época; digo compramos porque hasta yo caí con mis cuatro colones que había ganado en el deshierbo de la calle; los demás no sé cuánto pusieron porque había que reunir cien colones en total; solo Beto y Teto Calderón saben porque fueron ellos los representantes en el negocio… Creo que para ajustar contribuyó también Miguel Arévalo, que para aquel entonces era un muchacho y ahí donde él vivía guardábamos el vehículo. Esta fue una de las hazañas más grandotas porque, si ustedes hubieran visto, ahí nos metíamos todos, hasta doce cipotes cabíamos uno encima del otro, y hasta afuera en el pescante algunos de nosotros íbamos. El carrito estaba ya bien usado, que hasta la gasolina ya no le llegaba al motor normalmente, y por eso uno de nosotros tenía que ir chineando como a un bebé el galón de gasolina. Lo bautizamos con el nombre de Nacho Bernal… Tamaña polvazón hacía Nacho… y no me lo van a creer que cuando se paraba había que bajarse porque el botón de arranque lo tenía adelante con cigüeña… Con todos sus defectos, si Nacho Bernal estuviera así de viejo en una bodega apropiada hoy en día, bien nos dieran un carro último modelo por él, pues lo querrían como joya; lástima grande que lo llevaron camino a Quezalapa y en la barranca de la Piedra de Afilar, lo empujaron. Así terminó Nacho Bernal, cortado a pedazos y sus restos oxidados por el tiempo.

LAZAU

ALGUNOS PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

Las necesidades entre los grupos humanos provocan su motivación. Hace muchos años casi toda la gente mayor sabía de medicina; cualquier persona mayor decía a otra ¡tómese un caldito! de tales hojitas y de otras tantas por copitas ¡Como agua del tiempo y se va a curar! y así muchas veces la gente se curó. Apaneca no era la excepción y los enfermos hacían uso de plantas, especialmente hierbas y otros elementos naturales como mantecas o cebos de animales, ceniza y hasta lodo que sacaban de los fangos.

En aquella época la gente se curaba lentamente y con la fe puesta en el Señor Jesús… Pero la mayor parte que se enfermaba moría, especialmente los niños… de ahí la creencia de la gente que si pasaba de los siete años iba a vivir larga y plena vida.

Ahora la medicina es diferente porque la ciencia y la tecnología está bien avanzada, nos curamos rápido, aunque tenemos que tener muchos centavitos guardados para la ocasión; veamos entonces qué está pasando. Decía que la ciencia y la tecnología ha avanzado, pero también la población se ha multiplicado desmedidamente, tanto que ya no encontramos una solución; hemos llegado a tal grado que antes que no habían medicinas como ahora, no había desnutrición como hoy… Esta es una paradoja porque cuando hoy se cree que ya no hay lepra y que la ciencia y tecnología la erradicó, aparecen otras enfermedades nuevas como el SIDA que hasta hoy no tiene cura.

En todo esto que he dicho tiene que ver el medio ambiente y con un solo ejemplo lo podemos comprender, y es que la gente de antes duraba más y la de hoy se muere luego… y es que somos nosotros mismos los culpables al no cuidar el ecosistema… A nosotros en la escuela jamás se nos habló de esa importancia  para la vida, mucho menos del calentamiento global que traerá fatales consecuencias al ser humano.

Lo que estoy haciendo es preparar la cancha de allá por los años treinta del pasado siglo XX en adelante, en donde mis actores principales y emblemáticos les toco jugar su papel imprescindible en esta sociedad bendita que nos vio crecer; adornado con un clima frío y húmedo, producto de una vegetación exuberante que jamás volveremos a ver, a no ser que cambien las estructuras sociales hacia el bien y también su modo de pensar. Ojalá que los ventarrones que caracterizan a nuestro adorable pueblo no vayan a acabar, para que las futuras generaciones lo sientan y disfruten.

¡VAYAN A LLAMAR A VÍCTOR! Era la expresión que yo siempre escuche en casas de ricos y casas de pobres, casas cercanas y casas lejanas en donde un cipote, un adulto o un viejito, mujer o hombre, estaba enfermo. Víctor, y no Don Víctor, decía la gente por la gran confianza que le tenían y el nombre de Víctor se convirtió en un símbolo o icono de esperanza para la gente que tenía en su casa a un enfermito.

Esa época fue bonita, pero había deficiencias que claro iban en detrimento de la población. Bañarse todos los días era un privilegio, porque el agua había que acarrearla en cántaros desde dos puntos estratégicos; uno de ellos estaba en la esquina formada por el final de la Av. 15 de Abril y principio de la antigua calle hacia Sonsonate, en un pequeño predio municipal; el otro estaba también en un predio municipal atrás de la iglesia, ubicado de la Primera Avenida contiguo a donde hoy está la Alcaldía Municipal donde más tarde, casi encima de la pila histórica, montaron la casa de ANTEL y que hoy se llama TELECOM. Por supuesto el agua no era tan limpia ya que venía en caño metálico desde la laguna de la Ninfas o de Las Ranas. En ese trecho hay todavía una pilona, la de Santa Clara, donde se daba de beber a las vacas, toros, bueyes y a las bestias de carga.

No crean que nosotros íbamos a tomar de esa agua, porque para eso sí que hemos sido delicados… para eso teníamos la fuente de San Andrés, que es la que tiene que ver con el origen de Apaneca, de ahí tomábamos agua pura que salía de las entrañas de la tierra. A mí me parece recordar aquellas colas de gente, especialmente mujeres y cipotes, con sus cantaros encima subiendo la cuesta que le enseñaba a uno a tener gran voluntad y entereza al subirla.

Cuando yo crecí había -o hay todavía- Ojos de Agua en cada cantón que abastecían a los pobladores. A veces yo acarreaba el agua para mis abuelos que tenían su finquita enclavada en la región que se llamada La Bellota camino a cantón Quezalapa. El agua era abundante y la primera que llevaba era para mi abuelita que la ponía a calentar al sol en medio del patio… Ella como leía mucho, estaba informada y decía que el baño diario era saludable… En cambio mi abuelo nunca vi que se bañara, solo se limpiaba con un trapo húmedo el cuerpo y las uñas con un palo… Cuando mi abuela le decía ¡Bañate Antonio! Él contestaba rezongón con el dicho popular – Ya vas buscando pleito Rufina ¡la cáscara guarda al palo!.. Solo se bañaba cuando se acordaba de la receta que Don Venancio Tobar, papá de Don Víctor, le había dado, que consistía en rociarse todo el cuerpo con azufre revuelto con manteca de puercoespín o tepescuintle  a más no haber de tunco. El baño era de noche y parece ser que iba a ver de todo, porque mi abuela parecía cucaracha preparando el agua calientita y el menjurge al pie de la letra como Don Venancio se lo había apuntado.

De Don Venancio se muy poco; tengo ideas vagas de él porque yo estaba chiquitito, pero sí me acuerdo bien de una que me hizo, como se la hacía también a otros cipotes ingenuos como yo… Mi mamá me dijo: «Vas a ir donde Don Venancio y me traés dos reales de alcohol alcanforado para la espalda de la niña que tiene tos» y me dio un bote de vidrio y un billete de a colón… llegue corriendo, compré y cuando me disponía a regresar, con un seño como de risa Don Venancio me dijo: «Aquí está el alcohol… Abrí la mano… Estos son los cuatro reales vueltos… echatelos a la bolsa… y estos dos reales son tuyos… para que compres dulces donde la Niña Evita»… dicho y hecho, yo gran obediente, compré una garrapiñada y bastantes dulces… y al llegar a mi casa las cuentas no cuadraban… «Venga para acá mijito» me dijo mi mamá, gran loga me echó, y de ribete una nalgada bien cuajada también… Don Venancio debió haber sido un hombre contento, divertido y picaresco en el buen sentido de la palabra.

Yo recuerdo con mucho aprecio, pero sobre todo con agradecimiento a Don Víctor, por ese gesto de amor de ir a donde lo llamaban para aliviar el dolor o sanar al enfermo sin importarle la distancia y hasta la paga.

Don Víctor Tobar tenía su farmacia que en ese entonces se llamaba Botica, en la Av. Central Norte y la 1a. Calle Poniente, esquina opuesta a la casa de su papá Don Venancio; enfrente vivían Don Tan Puente y en la otra esquina Doña Virginia Pérez. Había un gran mostrador de madera el estilo de la época colonial con las molduras tradicionales, barnizado creo que de color café algo shuquito, porque nosotros los cipotes de allí nos agarrábamos para ver con curiosidad cómo Don Víctor medía en una copita graduada el remedio, para luego echarlo en el bote de vidrio que nosotros habíamos llevado cuando éste era liquido, porque cuando era sólido o en polvo, ya estaban hechos los cartuchos de papel; y si era semi sólido, lo hacía untado en unas cajitas elaboradas con colochos de madera.

En las boticas casi no se vendían fármacos químicos, todas eran medicinas naturales. A mí me gusta recordar las ringleras de botes, abotijados y cuadrados unos y otros apachados, todos con tapones de vidrio al estilo señorial en forma de sombrero. Los estantes estaban cundidos de botes con los medicamentos que Don Víctor elaboraba. Lo que si no quisiera recordar son las purgas que nos recetaba cada seis meses para limpiarnos el estómago con Sulfato de «soda» (así le llamábamos al Sulfato de Sodio) o en  su defecto Sal Inglesa; nos la daban en ayunas a las seis de la mañana para que a las diez estuviéramos corrompiendo -como se decía- a la diarrea obligada que nos sacaba hasta el último pellejito contaminado del estómago. Cuando nos llevaban el bolado a la cama para que lo tomáramos junto con una rodaja de naranja nos decían: «Dale de un solo, hasta ver a Dios» y luego que la tomábamos, a chupar la naranja para cambiar el horrible sabor de la purga y… a continuación fresquito tras fresquito toda la mañana, hasta calcular que la tripa estuviera limpia.

   

Carao y Chichipince

Otra de las medicinas tradicionales de Don Víctor, fue un jarabe para la tos, que según se decía lo elaboraba con las vainas fruto del carao o caña fístola; de lo demás yo no sé, pero me imagino que hacía un cocimiento o lo fermentaba con la vaina machacada, miel de panela, jengibre, ajo y otros ingredientes que solo él sabía preparar… Se decía que tenía un libro grande valioso que su papá le heredó de donde sacaba las recetas… Luego de depurar los menjurjes los colocaba en los botes listos en la despensa y para la venta.

En aquella época insólita que hasta nos permitía formar nuestra propia identidad, las vías de comunicación eran de tierra y el medio de transporte el caballo y la carreta, por lo que casi no había influencia extraña, no habían médicos ni clínicas de salud que, aunque teníamos a nuestro favor un clima frio agradable, el agua pura de las vertientes, el aire puro que daba la vegetación exuberante, y la tranquilidad, éramos vulnerables a cualquier enfermedad maligna; sin embargo diría yo que teníamos buena salud. Lo que si tengo presente es que no teníamos enfermedades venéreas gracias a un acuerdo municipal de por vida e intocable por los alcaldes que decía que jamás Apaneca iban a haber casas de citas o de prostitución o lugares parecidos.

En toda comunidad son importantes los servicios sanitarios para la salud de sus habitantes. Durante la colonia se supone que las casas importantes tenían inodoros, pero en el resto la toma de conciencia fue lenta. Yo recuerdo que las casas que estaban a los alrededores y más allá, no se preocupaban por eso y sus excrementos los dejaban al aire libre donde quiera al pie de un árbol y las gallinas y los tuncos se encargaban de reciclarlos.

Lo que les voy a contar no se lo cuenten a nadie, como decía la Niña Monchita Porra. Allá por los años cuarenta, yo fui a jugar con otros cipotes amigos y jugando jugando llegamos a una casa vieja que ya no tenía techo, solo estaban los restos de las paredes de adobe, pero uno podía imaginar o adivinar como era y funcionaba la gente que allí vivió. En la casa se notaban los cuartos dormitorios, la sala, el comedor y hasta un caidizo corredor frente a una especie de jardín; pero lo que más me sorprendió fue el inodoro que tenía un montaje técnicamente elaborado; tenía una casita con su plancha y un cajón para sentarse, pero a la orilla de un desfiladero, que permitía que las excretas cayeran abajo de donde pendía un corralito con un boquete que daba la facilidad para que los animales metieran la cabeza y agarraran el producto; lo demás, como es penoso, juzgue el lector qué hacían a los cerdos ya engordados, o quizá se morirán de susto de ver micos y tantos pajaritos en el cielo.

En esos años la medicina preventiva no existía, Don Víctor solo hacia la cacha con las medicinas caseras… así curaba… Los niños apestábamos porque a la hora del baño salíamos huyendo… Señal de que estábamos alentados eran las chapitas coloradas entre la tierra acumulada en los cachetes… Lo de lavarse las manos antes de comer ni los abuelitos lo hacían, solo nos limpiaban las manos con hojas y las uñas con palos… De la campaña que a mí no se me olvida, es cuando en la escuela nos ponían en línea con un vasito de agua y pasaba la maestra con un gotero echándonos cinco gotitas de yodo para que hiciéramos gárgaras y no nos creciera el buche; y es que ahora me doy cuenta que el yodo combate la hipertrofia de la tiroides (se forma una pelota debajo de la mandíbula) y que nosotros la llamamos «buche», era la razón por la cual los pueblos vecinos nos llamaban “buchones”; pero hoy ya no lo somos porque algunos malos ciudadanos cortaron los árboles de las montañas y el yodo ya no subió a estas alturas.

Don Víctor Tobar no solo era el que curaba y la hacía de boticario, sino también era el Cofrade Mayor de la fiestas patronales, él era el símbolo del mayordomo. A la par de la botica tenía otro espacio igual donde estaban los Patrones, uno pelo liso y grandote y San Andrés por supuesto “el colocho”, como los llamaba la gente, era más pequeño y servía para las procesiones porque pesaba menos.

También desde que yo tuve uso de razón ya era el alcalde municipal… para entonces yo pensaba que los alcaldes ya nacían con el puesto, porque él lo fue de por vida… Don Víctor no era tan alto ni tampoco panzón… yo lo tengo presente con sus pantalones largos y holgados, y bastantes paletones al frente, su camisa caqui arroyada hasta el codo, su sombrerito de pelo y su gran escuadrota de cuarenta y cinco al cinto, símbolo de la autoridad competente en esos dorados tiempos. Amigos que lo conocieron contaban que no se la quitaba ni para dormir, y por eso se le había dibujado en el músculo de la nalga algo como vaina que le ayudaba a sostenerla; al mirarlo chincuno se le veía la figura decía la gente.

Siguiendo con la historia de la medicina de mi pueblo, hubo otra botica que vale la pena mencionar. El boticario y dueño era Don Manuel Gómez y estaba ubicado en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la 2da. Calle Oriente justo enfrente donde hoy vive Don Walter Calderón, esquina opuesta a la Don Chepe Humberto Arévalo y al frente también de los Borja. La casa ya no está porque la destruyó el tiempo. De Don Manuel solo recuerdo que era un señor bien estirado que nunca se bajaba la corbata y su voz era fuerte, desgajada y turbulenta, atento como todo un buen boticario. La casona y la botica desaparecieron junto con él porque sus hijos jamás se asomaron para seguir sus pasos; Don Chepito Gómez Cuestas, fue el jefe de correos formal de por vida y doña Esperanza Gómez Cuestas, maestra de instrucción primaria hasta que ya no pudo (mis especiales respetos); ni tampoco le interesó a Doña Herminia Cuestas de Gómez, que no se asomaba a la botica.

Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.

Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, aspirinas, mejorales, dolofines, ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate, que aunque me dejaba la boca tetelcosa, me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán, que aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.

La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.

Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.

Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.

Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho”… llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.

Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.

En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.

Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaban viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e  itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.

Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.

Si la memoria me ayuda, voy a apuntar lo que recuerdo de Mama Fina y que tiene que ver con el crecimiento de la población de nuestro querido pueblo. Por supuesto lo que les voy a contar data de hace muchos años cuando no existían clínicas ni hospitales y como hemos visto antes, una persona tomó la responsabilidad de la salud; tiempos en los que para llegar a Ahuachapán o a Sonsonate había que ocupar todo el día a pie, a caballo o en carretera; los caminos eran de tierra, angostos y fangosos por lo que un enfermo grave era imposible que llegara vivo a su destino.

Yo me acuerdo de Doña Chona Turcios, que iba a dar a luz un cipote, que a la hora de las horas no era uno, ni dos, sino tres que se abrazaban y querían salir juntos. En esa treta ninguna salía. La mamá Fina nada podía hacer… solo tocó y diagnosticó que eran tres o más dijo ella. Los vecinos en pie improvisaron la hamaca de costumbre: una chiva fuerte doblada en dos, amarrada entre sí y cruzada por una vara de madera que sostuviera el peso. Con Doña Chona en hombros de dos que se turnaban entre varios hombres que acompañaban, se pusieron en camino y claro iban también mujeres por cualquier cosa que los hombres no podían hacer.

La llevaban al Hospital General Francisco Menéndez de Ahuachapán, porque se decía que ahí podría haber un médico que la salvara. Iban por el camino viejo pues quedaba más cerca y directo… pero de nada sirvió. La juntada de la grulla de hombres, la hechura de la hamaca y tantas vueltas que a la altura de la Fania ya para empezar la guinda del camino, Doña Chona expiró… Lamentable tanto esfuerzo y a nadie se le ocurrió abrirle la panza a la difunta para rescatar a los bebés que a lo mejor estaban vivos, aunque de todos modos por ese tiempo la cesárea a lo mejor aquí no estaba permitida… Final nada feliz de la historia porque los hombres regresaron con ella para darle cristiana sepultura… Y esto sucedió muchas veces, no solo con los partos, sino con otras enfermedades que nuestros médicos caseros no pudieron curar.

Digamos que con esto de los partos no fue tanto porque para comenzar no es una enfermedad, sino solamente saber dar la atención adecuada para evitar complicaciones. Yo conocí a Mamá Fina, Serafina Melgar Calderón se llamaba ella, muy querida por la gente porque todos los que ahora somos viejos, respiramos por primera vez en sus manos. Ella estaba pendiente de todas las mamás panzonas, no digo las botijonas por comer bastante, sino todas aquellas por andar amando con pasión.

Nosotros nos acordamos muy bien de ella no por los partos, sino por los pastelitos rellenitos de carne que ciertos días de la semana pasaba vendiendo; lo de ayudar a traer niños al mundo era un hobby para ella pues no lo hacia todos los días. De algo perenne tenía que vivir, así se dedicaba a fabricar pan bueno con su hija Ana Sigüenza. Iba de casa en casa vendiendo enrollados, picudas, salpores, shashamas, viejitas, peperechas y los famosos pastelitos rellenos de leche que nos desgajaban la saliva… Yo la tengo presente en mi memoria… todos los cipotes salíamos corriendo espantados de emoción cuando asomaba por la esquina de la cuadra… gritando el puño de cipotes cada quién a su casa ¡Ay vienen los pastelitos!… ¡Ay viene Mamá Fina!… Los más chiquitos caían patas arriba chillando, pero comíamos pan.

Ella era de mediana estatura y delgadita, el color de su tez era blanca y su cabellera negra, un tanto liso y algo quebrado; sus ojos color cafés alegres que inspiraban confianza… Así la recuerdo, con su vestidito modesto que envolvía un caudal de virtudes que muchos carecemos como la humildad, la paciencia, la honestidad, la entereza y espíritu de servicio.

Los fines de semana mi papá me decía: «Anda donde Mamá Fina y decile que vas a encargarle los tamales de mañana… y con bastante tocino decile»… Y yo le contestaba ¿Cuántos pa? y él me agregaba: ¡A… si ella ya sabe, hombre! cuantos somos en la casa. Y esto se repetía con toda la gente del pueblo… Ella ya sabía cuántos porque llevaba el control de la natalidad.

Un real valían los normales y dos reales los grandotes… Eso sí… a nadie le vendía más de la cuenta… En un palo amarraba una hoja de guineo avisando que todavía había tamales para aquellos que no se les había vendido… La Mamá Fina era “cachera”, como dicen en mi pueblo, porque también vendía carne y chicharrones, también sopa de pata y de tripas de res, a veces shuco y otras comidas tradicionales dependiendo de la época… Todos los años siempre estaba ayudando a Mamá Chenta en la cofradía haciendo las comidas de las fiestas patronales.

No hay duda que del cielo sacaba tantas energías porque a cualquier hora del día o de la noche, al primer dolor que provocaba la cristiana que deseaba venir a divertirse a este pueblo, Mamá Fina ahí estaba, con sus agüitas de monte que solo ella conocía, alcohol, merthiolate y tijeras por si en esa casa no las habían comprado. Cuando ese momento llegaba, a nosotros los cipotes nos costaba entender lo que estaba sucediendo; habíamos visto a la mamá panzona, pero antes nos habían comentado, dándonos atol con el dedo, diciéndonos que dentro de poco iba a venir por aquí una cigüeña trayendo un niño colgado en el pico, pues en esa época a los cipotes nos daban carreta fácilmente. Lo que veíamos y oíamos es que los mayores se movían con cautela y platicaban en secreto; si era de día nos mandaban a jugar lejos, y si era de noche nos pasaban adormitados a un cuarto separado para que no nos diéramos cuenta de los hechos reales; aunque a los grandecitos ya no nos engañaban porque ya estábamos instruidos en la calle por los amigos con mayor experiencia.

Es bonito recordar todo lo que pasó anteriormente, más que todo de dónde venimos y lo que sucedió para llegar a dónde estamos, pues ahora nos asustamos cuando vemos que un niño recién nacido se le envuelve en un pañal que no sea el de moda. En tiempos de la Mamá Fina lo más común era cortar las nahuas de los vestidos viejos de la madre, o al más no haber, las mangas de los pantalones del padre, que aunque raspaban vean mis lectores cuanta población tenemos.

Después que el niño nacía, lo bañaba, le arreglaba su ombligo primorosamente y lo dejaba mamando hasta darle la primera probadita de aceite de comer. La mágica señora volvía cuantas veces fuera necesario para revisar el ombligo hasta que quedaba sanito, y cuidar a la madre con pañitos calientitos hasta verla fortalecida nuevamente.

Hay mucho que contar sobre el tema y dejo al libre albedrío a los curiosos o curiosas para que pregunten a sus mayores sobre el asunto. Yo les cuento que hace poco por un descuido quebré el botecito de vidrio donde guardaba mi tripita seca que mi mamá me regaló, ella misma conservaba el cordón umbilical del primogénito, los demás hijos vendrían enteros, sanos y con una buena estrella.

Como todos sabemos, el tiempo de servicio útil de una persona tiene su fin; Mamá Serafina envejeció y Dios se la llevó, pero debo también recordar a Doña Josefina Amaya, que heredo este gesto de caridad para las mujeres y que dicho sea de paso era su sobrina. A mí no me queda más que agradecerles en nombre de la ciudad de Apaneca y lanzo la idea a las autoridades competentes, de que debería haber en un lugarcito un monumento donde aparezcan por lo menos los nombres de estas personas, y otras de verdad abnegadas que dieron todo por el todo en nuestro pueblo.

LAZAU

Los recuerdos de una vida

Para que no queden olvidados algunos hechos históricos que vivimos los apanecos y que nos hicieron crecer culturalmente, si es que se le puede llamar “crecer” hasta donde estamos ahora; porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me acuerdo de algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo lo haría con gusto, pues fueron bonitas experiencias en lugares que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a la meseta de Apanehecath, una de las primeras preocupaciones fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así, porque parece ser que ahí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba; los lugareños ya tenían conocimiento que en Sonsonate, Acajutla e Izalco, los españoles se habían establecido por la fuerza, y que a lo mejor lo más sabio era esperarlos y de alguna manera entenderse, para no chocar contra “esa raza” y salir perdiendo.

Según me contaron mis abuelas, a la zona de Apanehecath llegaron fuertes y con ganas de matar, pero enseguida notaron que comunicarse y entenderse era posible, pues la organización social se los permitía; ellas me dijeron que ya había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron. Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos de que aquí encontraron un clima agradable para vivir, mejor o igual que el de su lugar de origen. Empezaron diseñando una ciudad de calles amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén en su forma original, merecen ser recordados.

Las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse, para tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos y aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos bien claros metidos entre ceja y ceja. Ellos organizaron y construyeron, y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad que para bien o para mal somos nosotros ahora; porque eso sí, característica loable de los españoles fue que los que llegaron solos no tuvieron reparo en formar familia con las nativas, y no precisamente para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto, no soportó la influencia de los europeos recién llegados. Mis abuelitas me contaban durante largas horas sobre cómo fueron introduciendo poco a poco su cultura. Al parecer, algunos señores traían desde Guatemala maestros que enseñaban varias cosas a todos los de la casa; el que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… Un maestro, pasaba por varias casas y con el tiempo se iba; a los meses, aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que le eran útiles a la gente; luego aparecía otro que enseñaba oficios como la carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería, y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura, no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra; además, nuestros nativos, como los llamaban ya en esa época, ya conocían ese oficio, solo hubo que aumentarla y perfeccionarla. En cuanto a la ganadería, eso sí fue de lo mejor que nos trajeron, porque nos dieron a probar la leche y el quesito; nos trajeron también los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante que introdujeron, porque nuestra raza no conocía el uso de la rueda, las cosas en aquella época se transportaban en el “lomo”. Todo esto contribuyó grandemente a enriquecer la cultura de la zona.

Las tierras para el cultivo, las más cercanas fueron para los señores, seguido por los ejidos y tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según si la cosecha estuvo buena o mala, aunque con eso de la movilidad social y económica, y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra, y por ende la estructura social, fue cambiando hacia la equidad, en donde todos tenían donde vivir y de qué vivir.

Como dije antes, los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza: la mestiza. De lo que no hay indicios en Apaneca es que haya habido esclavos, solamente hubo sirvientes, pero estos eran libres, algo que facilitó la convivencia social; pero como decía mi Abuelita, fue “con mucho conformismo”, a lo mejor porque “todo anduvo bien”; sin embargo, si analizamos y comparamos en la actualidad, los hechos nos dicen otra cosa.

Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos de una época anterior a la mía que valen la pena recordar y que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto en esos tiempos había reglas claras de conducta. En esa época, un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando… y mucho menos meterse en la plática…  ¡Ay mamá si esto sucedía! al irse la visita le tocaba “riata”, plantón con las manos arriba, o hincado en arena o maicillo… Mucho peor era desobedecer o contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… Todos los castigos eran duros, pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. En los años que yo crecí, allá por los cuarentas, todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo, algo había, pues también la niñez poco a poco iba cambiando sus cánones de vida, y en esto la escuela y la religión tuvieron mucho que ver.

LA ESCUELA Y LA RELIGIÓN

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo XX, allá por el mil novecientos… En esa época solo había un grado, un maestro y una casa improvisada – más bien era una ramada – en el predio frente al costado oriente del parque, donde también se amarraban a las bestias de las personas que venían de lejos a hacer algún cumplido al pueblo… ahí merito donde hoy es el Mercado Municipal.

En ese entonces los niños no pasaban de grado, sino que aquellos que aprendían a leer y escribir pronto, ayudaban al maestro con otros que no podían o que se cansaban; en aquellos tiempos también, los alumnos que se consideraban preparados ya no llegaban, de hecho, los alumnos eran poquitos y un tanto “grandecitos”.

Mi abuelo paterno que fue policía municipal toda la vida, me contaba muchas cosas importantes, tal es el caso de sus atribuciones laborales, que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque; también acarrear a “bolos” que caían por allí en la calle para meterlos en la cárcel; también acarreaba a los cipotes que no querían ir a la escuela y que vagaban por el pueblo.

Ño Irene se llamaba el policía, que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga de toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: Un día se topó con uno de esos cipotes traviesos, y que de paso era su sobrino; a éste su mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene al verlo pensó que andaba de vago y que no quería ir a la escuela… entonces lo tomo del brazo, pero el niño se le forcejeo y se soltó… y salió corriendo; el policía entonces fue detrás queriendo alcanzarlo con la “verga de toro”, pero el cipote logró entrar a su casa… entonces uno de los vergazos que había lanzado cayó en el quicio de la puerta… y va y su prima hermana que sale reclamándole “A mi hijo no te lo llevás Irene, ya bien sabés que de escribido y de leido no se come, así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando, pues eso le había ocurrido cientos de veces, ese no había sido el único caso, porque él mismo no sabía leer, pero sí sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público que se pone en marcha, hay oposición de algún sector… con la escuelita la hubo, y fueron en este caso, las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias, pues ahí donde era una especie de terminal de caballos iban a construirla; hasta venta de guatera había, para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado… Pero esta oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del General Francisco Menéndez; en ese momento, se construyeron cuatro salones grandes de paredes anchas de adobe y con corredores prolongados a ambos lados… Bellísimo se veía el portal que quedaba frente al parque, pues lo construyeron con pilares rollizos y adornados; el otro portal que quedaba al interior fue utilizado para usos múltiples y para el tiempo de recreo de los alumnos. Ahora sí era una escuela formal con tres salones para los tres grados y sus tres maestros; el cuarto salón servía para la dirección…. Esto significó que la educación ya había avanzado, aunque la rigidez siempre existió, pues la dureza de los maestros compaginaba con la dureza de los papás en las casas… Les voy a contar qué sucedió una vez en la vecindad de los apanecos.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir, con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos, como a cuatro kilómetros en la cercanía de El Rosario; allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudándole en la tapisca del grano del maíz. Don Evaristo tenía un hijo, al que esperaba todos los medios días a que saliera de la escuela para que llevara el almuerzo a los trabajadores de El Rosario… Cuando llegó el hijo, que se llamaba Manuel, le dijo: “Hijo, ensillá la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres”, “Bueno Pa” contesto. El muchacho trajo la yegua, la ensilló y se montó en ella llevando el almuerzo consigo; la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino, pero al llegar al pueblo en vez de agarrar para El Rosario, fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una “pacha” con tesón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la aldea con el almuerzo de vuelta y le dijo a su papá: “Fíjese que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo” … “¡Hay hijo que jodida!” dijo Don Evaristo … Y caminando hacia dentro de la casa, agrego: “Ya vas a ver hijo mío que la yegüita sí va querer hacer el mandado…”  Al volver Don Evaristo, venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con un nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRRAASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores de El Rosario. Queda para discusión si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua. Esas eran otras formas de educar a la juventud en aquellos tiempos.

En cuanto a la religión, la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que no hubo cura que pasara por aquí, que no enseñara a grupos de personas a leer y escribir a la par del evangelio; además, enseñaban música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y con las mismas virtudes indígenas. Él siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada, ni siquiera radios, y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal era envidiable; en ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: El Angelus.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (Pinn, pinn, pinn… etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido, el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (Pann, pann, pann…etc.) y a continuación venía el repique… en ese instante toda la gente caía hincada dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El ángel del Señor anunció a María

y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

Amén.

A medida que fuimos más los habitantes del pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí, en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el Ángelus lo hacía de pie o caminando y en silencio… mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como regañándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos”. A buen entendedor pocas palabras.

En las casas, las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar donde eran siete mujeres que, dicho sea de paso, eran mis coabuelitas, por eso algunas veces estuve ahí. Ese día estaban reunidas por un motivo familiar, los hombres no estaban. Estaban en su tertulia “para que les bajara la comida” como ellas decían, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia, todas cayeron hincadas en el tabique para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús las buenas cosas que habían disfrutado, y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado de gente. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole “Buenos días le de Dios”; tan solo unos pocos años después, se decía solo “Buenos días”; y ahora hemos llegado ya a solo decir “Buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

LAS CASAS

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, con los rasgos materiales pasa lo mismo, por ejemplo, las calles y las casas que son la cara de un pueblo. Voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto por la imaginación, con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de aquellos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII, pues yo conocí los vestigios; se notaba que eran opulentas y que, si ahora ya no están, es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Av. y al costado sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez, que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya nunca volvieron…Algún comentario me hicieron mis abuelos, dijeron que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real que lleva al Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra casa grande que todavía se podía ver los muros, vigas, tejas caídas, las puertas y ventanas viejas, podridas, todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que los que vivieron ahí fueron de apellido Quezada. Dicen que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y, por ende, su posición social; mi abuelita me contaba que el señor que vivió allí, le interesaba mucho cuidar la apariencia y que el caballo que montaba para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tiene sus ironías, a mi abuela y a mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la 1ª Avenida Norte – que al día de hoy ya no está – o sea al tope donde comienza el “camino chiquito”. Él nunca me contesto, pero mi abuela un tanto esquiva me dijo “Ahí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad porque uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la ganó; por eso Antonio se hace el sordo… por eso ya no le preguntés… porque él y todos los Saz ahí nacieron y le da mucho sentimiento al recordar…Más tarde cuando se cumplieron los plazos para pagar la deuda, le embargaron la casa y tuvieron que irse de ahí… En ese entonces – agregó – el candidato pagaba los gastos de su campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la 2ª Av. Sur y final de la 5ª Calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta, fue una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madera, unas polainas de montar y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo estaba viejo, propio para un museo y lleno de polvo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la Mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que a día de hoy sigue ahí y que, dicho sea de paso, el Gobierno Municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo, conservarlo y convertirlo en parque para los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, y como a este señor le gustaba el trago y la fiesta traía amigos y amigas, y para amenizar mandaba a traer una marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; por ejemplo los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos mezclada con la de nuestros aborígenes, la genética y la movilidad social, hicieron su trabajo, y no muy tarde, los habíamos de todos los colores.

Como ya expliqué en otros apuntes, a cada cacicazgo, del mismo modo que los obligaron a no usar caites y otros arraigos, también los obligaron a quitarse su nombre original para llevar uno de origen español, el que aparecía indicado en el almanaque el día de su nacimiento, siempre en memoria de algún Santo como era la costumbre en la religión cristiana, de ese trabajo se encargaban los misioneros de la época… Por ejemplo, una mujer que se llamaba Flor de Loto, se llamaría Juana, porque había nacido el día de San Juan; luego se le ponía el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque llevan y me traen a donde quiero ir y venir”; igual pienso, que las calles de los pueblos son importantes porque permiten caminar y movernos a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver las casas y las calles como antes, pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de conservar tan siquiera un pedacito que muestre la parte de la historia y del momento aquel que vivimos.

LAS CALLES

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas y en el centro había un canal donde corrían las aguas lluvias porque en esos tiempos no había alcantarillas… las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos. Yo añoro esa época porque cuando salíamos de la escuela, alistábamos los cuchillos “deserbadores” – o deshierbados pues – que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos al deshierbar… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no, porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar. Entre más empedrados enmontados había, más contentos nos poníamos los cipotes.

Yéndonos a otros beneficios de esta actividad, considero yo, que aparte de la ganancia en dinero que obteníamos, también desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de las herramientas, la voluntad y el buen gusto, algo que no debía faltar en la presentación de un trabajo, pues al finalizar había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el “topón” o por el dueño que nos estaba pagando…

Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y en el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejarán mentir en este relato, como Paco y Gerardo Márquez, o Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

LA MONEDA

Algunos se preguntarán qué tan viejos son los apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto, pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas; como es el caso de la moneda de aquella época que, así como hoy que nos cambiaron el uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos nos esta costado mucho sacrificio; también a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente a usar el colón, cuando ya ellos estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia.

Nosotros conocimos a nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y otros menjurjes, comían diez personas de una misma familia… Cuatro reales eran 0.50 ctvs. de colón y ahora serian 0.057 ctvs. de dólar, pero redondeando se hacen 0.06 ctvs. En esa época mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes, dinero que equivalía a 0.25 ctvs. de colón, que ahora serian 0.0286 ctvs. de dólar, cantidad que si la redondeamos resultaríamos 0.03 ctvs. de dólar. Entonces un real, valía 0.125 ctvs. de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 ctvs. de colón, es decir, al revés de como hoy en día se redondea; en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas a 0.06 ctvs. de colón o un cuartillo de caramelos a solo 0.03 ctvs., a esta última moneda le decíamos “cuis”, me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas; al igual que como hoy llamamos “cora” a la moneda de 0.25 ctvs. de dólar. Había otras monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio y que pertenecían a la época de la dominación española; como éstas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me contó un día, que cuando él estaba chiquito no había monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… así, cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… Yo conocí una de esas monedas ya bien gastada por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; las había de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”.

BOLAS DE LUZ

En aquella época remota no había bancos donde depositar el dinero como hoy; la gente para guardar sus ahorros recurría a cualquier subterfugio que podía imaginar; algunos metían el “pisto” protegido por una bolsita hecha de costal entre mazorcas de maíz; otros haciendo un hoyo en la pared y simulaban el tapón con una piedra; algunos también enterraban una botija de barro en algún lugar de sus patios… y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en los que la inocencia tenía un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas, que hasta cierto punto tenían razón de ser. Decían que cuando alguien escarbaba en una casa vieja o se botaban paredes, tenía mucho cuidado porque se podía encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que, en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente todos estaban dormidos, salió una luz en el patio; se conocía que si la luz que aparecía era roja era porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … El señor dueño de la casa se puso en vigía… Todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frío y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo y se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que ésta agarró la esquina de la cobija que llevaba encima; cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó un grito de terror y no pudo hablar más, ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron ahí, lo limpiaron, y lo medicaron con ruda y alcohol… Le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó… Poco a poco fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1, 2, 5, 10, 25, 50 y 100 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03 ctvs.; de níquel eran las de a 0.05 y 0.10 ctvs.; las de a 0.25, que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 ctvs. de los Estados Unidos, sin duda prestadas o compradas por el Gobierno de la época cuando el dólar equivalía 2.50 de colón, éstas despertaron gran interés en la gente por ahorrarlas porque en aquel entonces eran de plata y la gente se entusiasmaba por llenar poco a poco su tunquito de barro.  No faltó el vulgo que les llamó “pesetas” o “chimbimbas”. Éstas eran escogidas por los padrinos de los novios en una boda pues tenían que dar las “jarras”, o monedas suertudas, para que la riqueza prevalezca en las labores de la nueva pareja… Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargaría a la familia.

LOS BANDOS MUNICIPALES

No quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito de cuando por estos lados no existían otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las Leyes y Decretos Municipales que, aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión la pongo en la forma cómo los munícipes le hacían llegar a la gente los edictos y ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que ya desapareció y solo está en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la Alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando en el pueblo, aventaban las herramientas y se iban a encontrarlo… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla, también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Junto al tambor que hacía el llamado, iba también el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho sea de paso era mi padrino (que me disculpen por meter a mi familia), el policía municipal y mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos otros munícipes; como principal, iba también el alcalde Don Víctor Tobar. Al llegar a la primera esquina formada entre la 4ª Calle Poniente y la 1ª Av. Sur, se aglutinaba el montón de gente para escuchar. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa eran Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas, esta última, solo levantaba la cortina de la ventana.

Cuando el secretario buscaba la mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venía un silencio profundo, y Lacho Solano y la policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal, etc, etc… Acuerda, etc., etc., etc.” y comenzaba cada quien a retenerlo todo, cada uno retenía lo que le correspondía. Algún edicto que yo recuerdo es que debía mantener a mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… O el que, por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… O aquel que, porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás a hervir el agua para tomar… También uno que, como iba a haber una visita del Señor Gobernador Departamental, había que deshierbar y limpias las calles… U otro que recordaba a los del pueblo que ya era tiempo de que pagaran los impuestos municipales, porque el dinero que había ya no alcanzaba para terminar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída… que fue a las tantas horas del día tal…” y salía de nuevo la comitiva para la otra esquina al compás del pon-pon-ponte, pon-pon-ponte de Lacho y su tambor. En la esquina que estaba formada por la 4ª Calle Oriente y Av. 15 de abril Sur, la gente escuchaba desde el quicio de la puerta… bueno, solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar, porque las otras casas estaban sordas y mudas, o sea que siempre estaban deshabitadas. Al terminar aquí el “bando” arrancaba de nuevo y cada vez se hacía más gente alrededor…

Yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Av. 15 de abril Norte y la 3ª calle Oriente, desde donde el señor secretario se colocaba en la acera más alta, la que era, o es todavía, de Don Rodolfo Artero… y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la esquina opuesta solo había un tapial, el de la casa de Don Alejandro Artero; en la otra esquina, Don Román Villafuerte escuchaba desde su casa; y la opuesta a la de Don Román, estaba la casa de Don Rafael Puente Luna.

Terminada la lectura, el “bando” salía sobre la 3ª Calle para llegar a la 1ª Av. Norte, en esa esquina donde antes había un molino y que fue manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura. En la esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio (a quien cariñosamente le decían “Pachuco”) y en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la comitiva municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la Alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios… Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores, y si los digo es porque es la única fuente que conozco; no pretendo exaltar la figura de nadie, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU

El origen de Apaneca

A veces vivimos como simples sujetos en esta tierra; jamás nos hemos preguntado quiénes somos, ni por qué estamos aquí, ni con quiénes vivimos, ni desde cuándo; en otras palabras, no nos cuestionamos sobre cuál es nuestra historia.

Lo que les voy a contar no son conjeturas solo mías, sino es lo que mi abuelita me contaba a deshoras de la noche o cuando íbamos por el camino.

Contaba ella, que Apaneca no era como hoy se conoce, y que su nombre original era Apanehecath (Río de Viento); decía que el mayor centro poblacional estuvo detrás del cerrito “Para librarse de las correntadas de viento que por ahí pasaban”, y que se movieron donde hoy está el pueblo, cuando en un invierno copioso se desprendió un pedazo del volcán Chichicastepec (Cerro con hojas que pican), sepultando a todos los moradores de ese lugar llamado hoy en día Tizapa (El nombre original fue Tizapán , porque ahí las aguas estaban retenidas en tiza-y-pan, que significa encima). Testigos de ese suceso fueron las “Piedras Topadas” que desde esa época están ahí.

Se supone que ahí terminó una época en la que se perdieron familias, casas, gallinas, guaxolotes, tuncos, sembradillos y tantas otras pertenencias que los habitantes habían adquirido; además de sus dioses y tantas creencias que también quedaron sepultadas sin poderlas rescatar. Fue así que los sobrevivientes de aquella tragedia espantosa comprendieron que era mejor soportar el viento, que esperar otro desastre igual y decidieron pasarse al lugar donde hoy está el pueblo.

Recuerdo que cuando estaba chiquito iba muchas veces a cortar café a la finca Santa Leticia…y como en esas fincas la extensión es grande, había caminitos o veredas por todos lados; yo pasaba corriendo por uno de ellos jugando de carrito y solía pararme en una piedra puntuda para impulsarme y correr más rápido; creo que aquel desastre llego hasta ahí…

Tan no hace mucho, descubrieron que esa puntita de piedra en la que yo me paraba, era la oreja de un dios que supuestamente aquellos adoraban…Esas piedras las sacaron con tractores potentes y las llevaron a la casona del dueño de la finca… Hoy me pongo a pensar que más adentro en lo profundo de la tierra, hay riquezas que son testigos mudos de nuestra civilización… En fin, lo que estoy tratando de explicar es que lo que mi abuelita me contaba, era verdad.

En otras ocasiones, curiosamente en otras pequeñas fincas de por ahí, encontré infinidad de tiestecitos y pedazos de vasijas que se supone los habitantes ocupaban como tazas, platos, ollas y cántaros, todos hechos de barro; además, encontré figuritas como caras que al parecer eran recuerditos de sus dioses que ellos tenían en sus casas para pedirles favores.

Mi abuelita decía que el terror en los que quedaron vivos fue tan grande, que se mudaron a un lugar más seguro, fue así que Apanehecath está donde está ahora. Ella decía que en aquel entonces nuestros abuelos ya eran inteligentes y que hasta cambiaron sus estrategias para ganarle al mal tiempo, como es el caso de la construcción de las casas que se hacían bajitas, tanto que para entrar en ellas había que agacharse…. Toda esa argucia se hacía para que los grandes ventarrones no les botaran los techos.  Me explicaba ella, que se construían de hojas fuertes, más que todo de paja o zacate que ellos mismos cultivaban; las paredes se hacían con baritas y tapaban los portillos o rendijas con lodo; las mesas, que se llamaban tapexcos, y todo lo demás como las camas, estaban hechas de baritas de madera y no eran movibles porque las patas las fijaban al suelo. La comida la guardaban en un tapexco chiquito, que colgaba de las vigas de la casa para protegerla de los ratones, al igual que la carne, que la colgaban en dirección al fuego para que se ahumara.

Así vivieron los Apanecos en esta meseta natural, que no es más que la trompa de un enorme volcán que por el lado sur, sus faldas van a dar al Océano Pacífico. Ahí soportaron el enorme “Río de Vientos”, que según me decía ella, “Era capaz de arrastrarnos varios pasos hasta que encontrábamos un árbol para sujetarnos mientras el chiflón pasaba”.

En esa época las casitas estaban dispersas entre árboles frutales; por supuesto no había calles como hoy, sino caminitos o veredas entre rancho y rancho… Es de imaginarnos que así vivían todos los pueblos Pipiles de la época, con la idiosincrasia de vivir desconociendo cercos y mojones que señalaran sus propiedades, pues todo se hacía en comunidad.

La vida cambió cuando los españoles aparecieron… Mi abuelita me contó que llegaron en forma aparentemente pacífica… inteligentes diría yo, pues era lógico pensar que no eran tan pacíficos, sino lo que evitaron fue el derramamiento de sangre de ambos lados. También me dijo esa vez, que los españoles habían llegado para quedarse, y que enfocaron su conquista en la enseñanza, para de ese modo, educar a nuestros naturales en lo que a ellos les convenía, utilizando los cacicazgos o grupos de familias que, de alguna manera, ya eran entendidos o razonables.

Parece ser que a los españoles les gustó el lugar, por su clima frio y vegetación; sin duda, porque era parecido o mejor al lugar de su origen, porque pronto empezaron a llegar otras familias como los Márquez, los Tobar, los Ascencio, los Mendoza, los Melgar, los Puentes, los Menjivar, los Romanes, los Sigüenza, los Díaz, los Padilla, los Sánchez, los Mata, los Quezada, los Nájera, los Calderón, los Villafuerte, los Arévalo, los Madrid, los Herreras, los Saz, los Olivares, los Flores, y muchas más familias cuyos hijos buscaron parejas, prefiriendo algunas veces a muchachas o muchachos nativos… Así nacimos nosotros entre oscuro y claro… y nos llamaron mestizos. Así las familias se fueron acomodando… y así seguimos… indefinidos todavía.

Establecida la confianza entre nativos y españoles, estos últimos instalaron un gobierno a su gusto, es decir, nombraron a un Gobernador o Alcalde Mayor, que según me dijo mi abuela, el primero fue de apellido Quiñonez, quien se rodeó por supuesto de otros para asumir las diferentes funciones.

Fue entonces que se diseñó el poblado en calles y avenidas, y sus habitantes fueron repartidos en lotes grandes. Lo más importante fue establecer un parque en el centro… al oeste o poniente de éste edificaron la alcaldía; al norte, un caserón que se ocuparía como Iglesia; al este u oriente, pasando la calle principal, quedó un lote grande que servía en aquel entonces para amarrar las bestias de los apanecos que venían de lejos; y finalmente al sur, la casa del Gobernador. Claro está que, en estos lugares señalados, las edificaciones se fueron mejorando y modificando poco a poco. Recuerdo muy bien la Alcaldía que, de estar la misma casa ahora, sería un atractivo turístico; así también la Iglesia, una joya arquitectónica que en 1700 se había logrado terminar, pero que lastimosamente un terremoto la destruyó completamente en el 2001.

Más tarde, el espacio que servía para amarrar los caballos se utilizó para edificar la primera escuela, la cual contaba con cuatro salones: tres para los grados y uno para la oficina de dirección. En esta misma escuela, mirando hacia el parque, se construyó un hermoso portal que, de haberse conservado, también habría sido un atractivo turístico de nuestro pueblo, al igual que la casa del gobernador, también derribada por un terremoto, pues era lujosa, tenía losa, cerámica y otras novedades traídas desde España… Los que pateamos los 60 años y más, nos acordamos de los vestigios de esa casa de gruesas paredes ubicada en la esquina donde hoy vive nuestro buen amigo Julio Tobar.

Mi Abuelita nació en el último tercio de 1800; lo que sus antepasados le contaban de aquella época, no era fácil de olvidar. Ella repetía que lo que hicieron con su familia también lo hicieron con otras, éstas fueron “instruidas” por los recién llegados. Eran varios los cacicazgos, y a cada uno ellos le designaron un apellido español; ella me contaba esas cosas para ilustrarme, me dijo “Yo dependo de dos cacicazgos, mi papá pertenecía a los Arévalo y mi mamá a los Avelar, por eso me llamo Justa Rufina Arévalo Avelar…” Yo cuento lo que estuvo a mi alcance en aquel momento.

En esa misma “treta”, como decía ella, me contaba sobre la llegada de los españoles… Como ya dije antes, llegaron de forma aparentemente pacífica y que se abocaron a la gente pensante para enseñarles lo nuevo que traían… Así fueron enseñando su doctrina, el cristianismo, y su idioma, el español… También su forma de vida y a cómo mejorar sus casas poco a poco.

Mi abuelita era descendiente de dos cacicazgos como ya expliqué; según contaba ella llevaba todos los rasgos físicos de la merita raza nativa, además era inteligente, pues aprendió a leer y escribir, y tocaba instrumentos musicales, especialmente la guitarra y el violín.

Respecto a la familia, contaba ella que cuando joven en su casa eran nueve hermanos: Gregorio, José, Herminia, Jesús, Serafina, María, Francisca, Cornelia y ella, Rufina, quien se casó con Don Toño (Antonio) Saz… Además, estaban su mamá y papá, sumando un total de once miembros. Cada uno tocaba un instrumento musical, y todas las noches después de la tertulia, se ofrecían para sí mismos un pequeño concierto…

Pero lo que quiero destacar es que en aquella época, y quizá en todas, la gente señalaba a las familias con un mote… por lo que era, lo que hacía, o en lo que se destacaba… en el caso de la familia de mi abuela, eran siete mujeres, por lo que les llamaron “Las niñas Arévalos”, conocidas porque hacían varias cosas para vender, desde dulces y pan, hasta adornos y mortajas para muertecitos, también candelas para los muertos grandes, etc…

Pero regresando al tema que nos ocupa, pues parece que estoy perdido en el océano de cosas que quisiera contar, les explicaba que mi abuelita no perdía ocasión para contarme una historieta, por ejemplo, la del por qué San Andrés es el patrono religioso de Apaneca; ella me decía: “Fijate que, a San Andrés, un apóstol humilde, Jesús lo llamó cuando era pescador y pronto se convirtió en un fuerte pilar para la Iglesia y viajó por el mundo predicando la fe… La historia cuenta que fue tan humilde que ni siquiera quiso morir como su Maestro Jesús, y expiró en una cruz en forma de X en tiempos del poderoso Imperio Romano… En Apaneca se quedó para ser nuestro patrón espiritual” ¡Buena terapiada me metió mi Abuela!

Volviendo al tema de los españoles, ella me contó que llegaron para cambiarlo todo; las calles, que en realidad eran veredas, ellos las hicieron anchas; las casas, que eran bajitas y de paja, ellos las hicieron altas, de adobe y teja; el transporte, que se hacía a lomo, fue sustituido por el caballo, los bueyes y la carreta; los dioses, como el sol, la luna y la lluvia representados en ídolos de barro, fueron sustituidos por imágenes de sus Santos… hasta los sacerdotes nativos fueron sustituidos por misioneros católicos que se encargaron de inculcar la fe cristiana. De hecho, me dijo que después de llegar a un territorio, dejaban a un sacerdote para que con la ayuda de la gente construyera edificios para la casa de oración o Iglesia, por lo que no tardaron en necesitar madera… Un día, talando un hermoso árbol a unos 30 metros de donde se había elegido para construir, se encontraron con una hermosa imagen… se trataba de San Andrés… El hallazgo fue sorprendente, y para creer más en esa historia, la imagen actualmente lleva en la espalda la marca de un hachazo que el imprevisto labrador le dio al descubrirlo; desde ese día, a la fuente que abastecía de agua a la población, se le llamo San Andrés. La imagen fue llevada con alegría, bombos y cantos hasta donde hoy está, en la Iglesia… allí quedó como el “Señor”. Quienes conocemos el lugar y la imagen nos quedamos asombrados, más aún, porque en esa época estábamos chiquitos.

Cuenta la leyenda que los moradores se postraron, veneraron y hasta le pidieron perdón por el hachazo que le dieron al momento del hallazgo. Desde entonces, está en el altar mayor de la Iglesia, haciéndole milagros o “volados” en nombre de Jesús cuando así se le pide. A él le pedimos también consuelo, esperanza, entereza y tanto cuando necesitemos.

Esos tiempos sí que eran maravillosos. Contaba mi abuelita que las familias vivían dispersas; en cada manzana de tierra asignada para vivir, había una y a veces hasta cuatro familias; en las casas con grandes patios se cultivaba lo necesario para la comida… no faltaba el jocotón, el naranjo y varios palos de guayabo a escoger… pero también había un espacio grandecito de terreno con una superficie dura donde se amontonaba el maíz y aporreaba el frijol… también había gallinas y tuncos sueltos por todas partes. Algo que lamentaríamos hoy en día, es que en aquella época la gente estaba acostumbrada a no tener servicios sanitarios – como los conocemos hoy – sino que las necesidades básicas se hacían al aire libre.

Quiero destacar que la tenencia de la tierra casi era pareja, cada quien tenía donde cultivar maíz, frijol, frutas, caña de azúcar y más… Estaban también las tierras comunales que eran administradas por la Alcaldía y la Iglesia… “Todo era florido”, me decía mi abuelita, “Había que celebrar la abundancia” y… es así como a finales de noviembre de cada año se le daba gracias a Dios por la cosecha y a San Andrés por interceder… Es así como nacen las fiestas patronales de Apaneca, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.

Vale la pena destacar que aquella época era de abundancia y que ahora es de escasez, pues a veces no tenemos ni para montar a las “ruedas” en las fiestas a los cipotes, ni para comprar una tusada de pasteles Estebana.

Todo lo que antes se hacía durante esos festejos tenía razón de ser… Porque hasta los tamales y la chicha, debían ser hechos con masa nacida acá en el terruño… Las guitarras elaboradas en el pueblo y los músicos también debían ser nacidos aquí… En las carreras de caballos, que las bestias y los jinetes hubieran nacido en esta zona, era igualmente importante.

Algo que se me quedaba en el tintero y que en una ocasión pregunte a mi abuelita fue: ¿Es cierto que los españoles eran malos y que mataban a nuestros nativos? ella me contesto: “No podemos hablar tan mal de los españoles que vinieron acá… porque quizá no todos fueron malos, y a esta fecha todos estamos requete revueltos; los blancos poco a poco se fueron revolviendo con los canelitos y el resultado fuimos nosotros”.

Yo de curioso, le pregunté en otra ocasión sobre el exterminio de nuestros nativos, ella sobándome la cabeza me dijo: “Claro que sí hubieron algunos malos, pero esos no pudieron vivir entre nosotros y se fueron; los buenos se quedaron” y volvió a poner el ejemplo de ella misma: “Mira yo, hija de dos nativos, me casé con un español, Antonio, hijo de dos españoles que vinieron acá; así aparecieron ustedes en esta tierra; y por eso también ustedes unos salen cheles y otros negruzcos”.

El exterminio aquí sí existió entre todos aquellos que se “portaban mal” y no se sometían a su ley; pero también hubo otra forma de exterminio, el de aquellos que poco a poco perdieron sus territorios y empezaron a sufrir al convertirse en asalariados dentro de su propia tierra, porque los españoles se apropiaron de ellas; además, los ibéricos no eran sanos del todo, ellos trajeron muchas enfermedades que mataron a nuestros nativos… Desde entonces nosotros seguimos luchando contra esas enfermedades.

LAZAU

UNA HISTORIA QUE NO DEBE QUEDAR OLVIDADA

Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.

Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.

El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.

¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.

En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.

Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.

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Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo

No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.

1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.

Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.

Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.

En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos,  y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.

La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.

Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.

A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de  la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios  botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».

“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.

Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.

Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino-  y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».

Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.

En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.

Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»

A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto  Sánchez (el ayudante).

Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.

«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo  y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»

«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«

Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”

Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).

«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».

Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”

En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!

A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.

Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.

Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.

En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.

Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.

“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.

Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.

Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.

Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.

Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.

LAZAU.

Don Miguel

Esta es la historia de una persona que yo no conocí, pero sí puso en movimiento mi cerebro y a latir mi corazón más rápido, por lo que la gente decía o contaba. Conocí también el escenario y los elementos esenciales sobre los que se movía la gente y personajes que ahí vivían. Me di cuenta además de la belleza y el desbalago del lugar, del entorno de la campiña de Apaneca, toda una belleza natural, verde y con pájaros volando.

Bien recuerdo el suelo tishcuitoso con señales o huellas por todos lados de animales domésticos como vacas, caballos, mulas, tuncos y gallinas, con un olor pestilente y húmedo del ambiente. Ahí abajo dos ranchitos de paja semidestruidos con parte de las vigas botadas y podridas, con los techos en el suelo y las puertas todavía a medio guindar. Enfrente de estos dos ranchos, había un tronconote con algunas ramas todavía del árbol que se fue muriendo poco a poco entre los cafetales y que aún estaban con cosecha en esos momentos de la historia.

Siguiendo el desnivel del terreno formando una vuelta hacia arriba a la izquierda había otro rancho todavía en función y al servicio de la casa grande. Era más moderna porque tenía techo de teja y las paredes de lodo. Pues allí vivían en la época que describo, la muy bien recordada por mí, Doña María Zambrano, su papá Don Joaquín Zambrano y su mamá Doña Mirtala Arévalo. Allí también vivían sus hijos Raúl, Chela y Tito con quienes algunas veces jugaba yo a Las Escondidas en los cafetales. También Simón y Betío que eran sus hermanos. Lo que he descrito hasta aquí es el casco del lugar que todos llamábamos Finca Castillo y que si la midiéramos tendría más o menos treinta manzanas.

El punto central de los hechos que pretendo relatar son los ranchitos de abajo en donde vivía Don Miguel Castillo y Doña Mercedes Arévalo, quienes eran dueños de la propiedad. Bellísima por cierto, enclavada entre el camino que va a Quezalapa y las faldas del volcán Chichicastepeque, cultivada totalmente por el café y guineos de todas clases que el mismo Don Miguel había trabajado. Solo había una franja atrás de los ranchitos, pegaditos al camino. Con bosque natural que conservaba como paravientos. Estoy hablando de un lugar que solo dista un kilómetro del pueblo de Apaneca.

Don Miguel según tengo entendido no era un hombre grandote, sino más bien mediano. Flaquito me lo imagino. A la esposa sí la conocí ya bien anciana. Era pequeña y delgada, con problemas de tiroides porque en aquel entonces no había yodo en el ambiente de esa región y las brisas del mar llegaban poco.

Don Miguel trabajó personalmente su propiedad… Parte la tenía cultivada de café combinada con matas de guineo y otra mitad con maíz, frijol y ayotes. Como no tenía hijos que le ayudaran, buscaba mozos a quienes les pagaba dándoles donde sembrar también su pedacito de terreno.

El caso de Don Miguel es que envejeció junto a su esposa muy limitado, pues con un huevito tibio, poquitos frijoles y tortillas comían los dos. Mientras por otro lado guardaba a su modo las monedas que ganaba por el producto que vendía. Dicen que como las paredes eran de lodo sostenidas con baritas, él hacía huequitos y ponía las monedas envueltas en tuza, y luego los rellenaba disimuladamente siempre con lodo. Así de ese modo Don Miguel manejaba su economía, no sería remoto pensar que ocupara el resto de su propiedad para ocultar mayores cantidades de dinero en botijas de barro.

Sus relaciones con la familia Zambrano fueron normales por cuanto eran considerados familia, es natural, ya que ellos cuidaban las pertenencias de Don Miguel y sustentaban su trabajo, porque eran ellos los mozos que ocupaba principalmente, ya que Simón y Betío eran familia de Mercedes su esposa ya que Doña Mirtala era su hermana.

A Don Miguel le llego el fin de sus días y enfermó; agonía que no se le desea a nadie porque la riqueza acumulada y mal heredada a quien no se lo merece, todos sabemos que ofende a Dios. Él tenía un sobrino que vino un día a visitarlo, era primera vez que lo conocía y como lo vio de saco, corbata y sombrerito de pelo, le regalo la propiedad. Esto significó que Doña Mercedes y todos los vivían en la propiedad se quedaron en la calle, sin nada. Los distintos dineritos escondidos quedaban a la suerte de quien no era su familia… algún día arando la tierra o por cosas del destino alguien encontraría su fortuna.

Para entonces mucha gente hubiera querido ser familia de Don Miguel, Doña Mirtala si lo era pues era hermana de Doña Mercedes, por eso vivían allí para hacerles compañía. Hubo una pareja de esposos, que la mujer era sobrina de Doña Mercedes, ellos viajaban para hacer su turno de cuido y de consuelo; pero según decía la gente, ellos llevaban cojines nuevos y almohadas para cambiarle la que él nunca quiso soltar hasta el día de su muerte… y esto queda para la imaginación del por qué nunca la quiso soltar…

Cuentan que había mucha gente cuando Don Miguel expiró, la mayoría estaba sentada en el patio en bancos improvisados, cuando un remolino de viento y una gran polvareda los envolvió… y fue el desparpajo de gente mientras un zopilote enorme bajó del cielo e intentó sostenerse en el ranchito…  y como allí no se pudo parar, voló al tronco del árbol viejo que se encontraba enfrente y estuvo descascarando con las patas… Pero tampoco se pudo parar firmemente y se fue… todos los que ahí estaban y no tenían nada que hacer se fueron y no volvieron… solo fueron a contar lo sucedido… algo nunca visto y aterrador. Los que decían ser sus familiares interesados y valientes vinieron al pueblo para llevar la caja, mortaja, pan, candelas y agua ardiente para velar a Don Miguel. Los tunantes y chiviadores o curiosos que al final de cuentas son los que aguantan, también se quedaron… pero todo fue normal el resto de esa noche, aunque estaban “culiyo” esperando un acontecimiento igual.

Por eso es mejor estar cerca de Dios, esto se logra haciendo buen uso de lo se tiene… ponerlo al servicio de los demás porque es agrado de él.  Si se tiene con avaricia Dios se aleja… y se queda expuesto a la tentación del demonio… la gente decía que Don Miguel tenia pacto con el diablo… yo no sé, solo escribo lo que oí… y de ser así que Dios se apiade de su alma.

Al día siguiente, nadie quiso ir al entierro y solo fueron los que estaban conscientes que era una obra de caridad… cargadores no había y como tales le toco al tío Quique Saz, a mi papá, a Simón y a Betío Escalante, a tal grado que solo iban cambiando de lado y haciendo descansos… en el camino se sumaron otros ya en el pueblo… poquita gente… flores a buscar… y mucho menos responso porque el cura rápido se enteró de lo que había pasado en la casa de Don Miguel el día anterior.

A mí me contaba mi papá y el tío Quique que ya lo habían enterrado unas tres cuartas cuando la tierra de encima empezó a temblar y se revolvía… y todos pensaron que el muerto había vuelto a la vida y quería salir… ¡saquémoslo! dijeron  todos, ¡ayudémoslo! dijo alguien  por allí… ¿Cuál fue la sorpresa cuando abrieron el ataúd? se encontraron a Don Miguel bien muertecito… con el cuello desgarrado como con uñas de un animal feroz… y sangraba de las heridas recientes… fue un susto tremendo… casi todos se fueron. Taparon la caja… le volvieron a echar tierra y sucedió lo mismo… solo lo pudieron enterrar hasta que fueron a traer al cura… le rezaron un responso… le echara el agua bendita… y otras oraciones que solo los curas saben hacer.

Todos aturdidos y consternados regresaron del entierro… contando tal suceso que creo que en Apaneca otro jamás ha sucedido.

Las nuevas generaciones desconocen estos hechos y que en su momento hicieron bulla. Muchos que idolatraban el dinero, se compusieron y trataron de poner su riqueza en función social. Pero ahora que hay bancos y diferentes formas de guardar el dinero, ya se les olvido que existe el bien y el mal; de la existencia de Dios, de que el hombre es una hechura a imagen y semejanza de él y que por eso debemos de respetarlo; pero no solo dándoles los buenos días, sino dándole de comer y de beber.

LAZAU.