La Laguna de las Ninfas

Nos juntábamos tres o más cipotes sin el consentimiento de nuestros padres, con sólo la disposición de nosotros mismos, y nos poníamos en camino hacia la “Lagunita” para hacer tantas cosas que no alcanzaría el espacio en este escrito para describirlas; por supuesto la época era tranquila y todo lo que hacíamos era respetándonos nosotros mismos y a la naturaleza.

No nos importaba lo empinado y escabroso del camino, lo liso del barro… ni el “tetuntero” fueron obstáculos para llegar en un ratito y ver de cerca lo impresionante del paisaje al llegar… Una brisa fresca mitigaba el aparente cansancio… respirábamos y se sentía la sabrosura de lo heladito en los pulmones. Comenzábamos la parte más emocionante metiéndonos por la derecha a la montaña, porque las aguas estaban rebalsando, para llegar a una especie de playita en donde estaba el meollo de la diversión: bañarnos a calzón quitado. Nos metíamos hasta el cuello cerca del tular en donde las aguas claras nos cubrían todo; el griterío era tal que hasta los patos que nadaban cerca se escondían. La diversión ahí terminaba cuando llegaban otros cipotes con otros intereses.

Terminada ahí la algarabía seguíamos bordeando la Laguna, a veces entre la montaña, a veces pateando el terreno fangoso, y muchas otras veces abriéndonos paso entre la maleza cerrada de la orilla. En esa travesía nunca dejamos de disfrutar de alguna frutita como los alaices, que aunque parecen mocos dulces con apariencia de niguas a nosotros nos gustaban; los escobos que nos delataban porque manchaban la cara y la ropa, pero como eran ricos no nos importaba. A veces tomábamos la decisión de internarnos en la montaña para mecernos en los bejucos al estilo Tarzán y recoger tempisques, ciruelas y cotomates de pequeños arbustos que ya conocíamos; a veces encontrábamos también anonas y jocotes en el camino. Todo esto cambiaba porque los árboles no siempre tienen cosecha, así como también los amigos no siempre eran los mismos, además no era diversión de todos los días.

Una aventura non grata viví entre tanta alegría cuando nos cogió la tarde una vez y como había que pasar por un tablón viejo y podrido de un lado al otro del frente de la laguna, al que llamábamos Horno que servía de colador de las aguas que antiguamente bajaban para abastecer al pueblo, tirábamos una moneda para decidir quién de nosotros lo pasaría primero y me tocó a mí esa vez. Ya iba a mediados de la distancia entre ambos lados, cuando el palo empujador se me quebró frente al Horno, mis compañeros de ese entonces al ver que ya era tarde me abandonaron en la lucha ¿Yo qué hice? Pues tirarme de panza encima del dichoso tablón y a puras cachas con la mano lo hice avanzar hacia la otra orilla cuando ya casi oscurecía. Mi papá averiguando supo con quienes andaba… los encontró en el camino y los hizo regresar… entrando en lo más estrecho del camino me los encontré… mi padre estaba enojado, pero no me dijo nada… cuando llegamos al pueblo ya se le había pasado la cólera; pero empezó a contar historias de algunas tragedias de la época suya… así era mi papá… y yo tomé conciencia de la gravedad de la hazaña.

Ya mayor fui con un biólogo francés y un periodista italiano porque querían tomar fotos de flores exóticas y mariposas. La sorpresa más grande para ellos y para mí fue que había cercos con alambre de púas que la señalaban como propiedad privada, un lugar que debía ser patrimonio de la población por su belleza y contenido. Además, observamos que allá a lo lejos en el cubilete, en uno de los bordes de la cuenca de la laguna había un aserradero, sin duda para contribuir al calentamiento global… También lo lamentamos… Y las autoridades… Santiamén.

LAZAU

 

Un incendio

Cuando yo ya andaba cerca de mi abuelo Toño que vivía en su finca llamada Campos Elíseos, en la región de la Bellota en el cantón Quezalapa, y que todavía me daban a “atol con el dedo”, vi con mis propios ojos de cerquita como un enorme incendio devoraba la montaña, cosa que en aquella época me causó miedo y estupor; ahora cuando me acuerdo me da rabia y coraje por no haber tenido la edad para denunciar y detener lo que en verdad estaba sucediendo.

¿Quién habrá tenido la culpa? La respuesta así a secas es: La fiebre del café de principios del Siglo XX y de mediados, que con la desmemoria de los gobernantes, autorizaron la pérdida de las tierras de nuestros nativos (ejidos y comunales); además por favorecer a forasteros con dotes de ambición con tan solo una Ley, la más torpe conocida en el mundo, que por la siembra de once palitos de café ya iba a ser dueño de esa tierra; y por último, por la inocencia de nuestros nativos que en vez de pelear por su tierra, se sintieron felices porque iban a recibir una paga, sin darse cuenta que estaban etiquetando su porvenir en favor de esos forasteros.

El incendio que hasta hoy me aterroriza, fue provocado por el patrón que no se conformó con lo que la ley le había regalado, sino que quería agrandar su poder pasando por encima del amor a los árboles centenarios y dolor de los animales; además de las consecuencias en la salud de la gente por el cambio climático y por ende el deterioro del medio ambiente en donde vivimos todos incluyendo al mismo patrón.

Yo vi rodar desde lo alto de la ladera del volcán grandes troncos centenarios envueltos en llamas y muchas aves volando allá a lo lejos buscando otro refugio. Por esos lados conocí Tucanes o Navajones, como nosotros les llamábamos; Urracas, Carpinteros cabezones y un pájaro que vivía en manadas que llamábamos Collarejo, que ya no están; y no digamos los animales que no podían volar, que se acabaron sin que nadie dijera nada, ni diera cuentas de semejante atrocidad.

Años más tarde fui a cortar café a ese lugar… Grandes plantillas cargadas de café y el patrón “dándose el taco” de tener el mejor café de la región, calidad de altura… Mejor pagado en el mercado… y nuestra gente cada vez más pobre y enferma… Y nosotros hoy en día con un pésimo clima diferente al de aquella época.

Otro día fui por ahí y no pude ver ni un ave, ni mucho menos iba a ver un animalito rastrero… ¡Qué vergüenza! Solo quiero decir esto: Que esa fue la regla de todos los forasteros que vinieron a Apaneca para agrandar sus fincas; y no solo de éste que en esta ocasión describo.

LAZAU

El cerrito

Tendría yo diez años cuando ya me escapaba a escondidas de mi mamá para juntarme con otros cipotes e ir a disfrutar del tobogán natural; en solo 15 minutos estábamos allá, jugábamos una o dos horas para luego regresar en otros 15 minutos lo más.

Recuerdos que no se olvidan, más que todo cuando al cerrito lo vemos de lejos ahora cultivado de café, cuando en aquel entonces gran parte de su frente estaba cubierto de grama natural que permitía que nosotros los cipotes nos “choyaramos” a gran velocidad. A esa edad no éramos nada de atrasados, siempre andábamos vigiando las cáscaras que botaban las palmeras cuando también botaba sus ramas; cuanto más amplias y largas caían, mejor eran para poner las nalgas y los pies cómodamente. Cuando íbamos las llevábamos y jugábamos, y cuando terminábamos el juego las escondíamos para el próximo escape.

Estoy hablando del Cerrito, que en aquel entonces nuestros ancestros indígenas que llegaron ahí por primera vez, en el transcurrir del tiempo, formaron a toda una generación. Por ende ellos también le pusieron nombre a todas las cosas y a los lugares que encontraron.  El caso que nos ocupa es que toda esa primera generación al cerrito le llamaron TEXITZ (que en su dialecto Nahuat significa de Tex = caracol e Itz= sonido claro y agradable). Creo que le pusieron así porque cuando cada quien que subía llevaba un caracol, y cuando todos estaban arriba, los hacían sonar a la vez para deleitar a los habitantes del pueblo con el sonido claro y agradable que salía de éstos. La otra versión que también es aceptable, es que en la entrada del camino que llevaba a la cumbre, la lluvia había formado un callejón con paredes altas a ambos lados que contribuía a darle la forma de un caracol, y cuando la gente  hablaba o gritaba dentro de éste, se oía un eco o sonido agradable… Así es como los que llegaron primero – a los que yo les llamo de la primera generación – le llamaron TEXITZ. Luego los de la siguiente generación – la segunda – le nombraron TEXIZAL. Posteriormente, los de la tercera generación – que somos nosotros – le llamamos EL CERRITO… Veremos cuánto dura ese nombre, porque una generación dura miles de años… Por ahí hay ya habitantes nuevos que le han empezado a llamar: DE LAS CRUCES.

Éste debió haberse declarado un lugar turístico libre para los pobladores de Apaneca, pues en aquellos dorados tiempos no había cercos y si los había, transitábamos libremente por doquier. Era fantástico estar ahí. Desde que subíamos por la “Z” o camino para llegar a la cúspide, divisábamos las casas del pueblo. Hubiéramos querido volar como los pájaros y hacer mucho mejor el disfrute. Frente a la cruz estaba el deslizadero… al internarnos en el bosque, era como que estábamos en el cielo. Créanme que hace poco alguien subió una foto en Facebook de mi querido cerrito y pasé largas horas saboreando los recuerdos.

No sé a cuánto ascendió la imaginación de los poetas, porque una vez los oí decir que era la cara de un joven guardián vigilando los movimientos de los moradores.

LAZAU

Una chispa de educación

Frisaba yo mis trece años cuando tomé una de las decisiones más importantes de mi vida, pues después de haber perdido tres años de escuela volví a ella con ímpetu; aunque añoraba estar cerca de mi abuelo en Quezalapa disfrutando de las bondades de la campiña; pero también necesitaba aprender muchas cosas que solo la escuela las da, y más aún, cuando me encontré con una maestra genial apanequense que despertó en mí el interés por ser algo bueno en la vida.

La niña Toyita, como le decíamos, excelente maestra; Victoria Rivas se llamaba. Con ella aprobé el tercer grado, seguí con ella también en cuarto y me fue muy bien porque me cobijó, me aconsejó y me indicó el camino a seguir.

En una ocasión me seleccionó para viajar con el director de la escuela, Don José Domingo Arévalo, para competir en un concurso de poesía donde llegaron representantes de todas las escuelas del departamento de Ahuachapán. El evento se desarrolló en la Escuela Antonio J. Alfaro de Concepción de Ataco con el tema menos esperado “El Rio”, ahí me gané el primer lugar. Recuerdo que cuando subí al kiosko a leer mi poema, Don José Domingo me animaba, pero mis canillas temblaban; pero finalmente pude controlarme, subí y lo hice bien. Ese día me entregaron un hermoso diploma con letras góticas y a colores, un libro importante para la vida llamado “Corazón” y dos tomos de biología de Montts Calderón. No me lo acababa de creer porque a mi edad, aún no había podido apreciar las bellezas de un río, pues en Apaneca no lo hay… escribí el poema solo con la imaginación.

Cuando pasé al quinto grado igual, la Niña Toyita me eligió para competir en un concurso de ortografía a nivel de la zona occidental del país. La escuela Mariano Méndez, en la ciudad de Santa Ana fue la sede; don José Domingo otra vez me llevó en su camioneta. A él lo nombraron uno de los jueces y por eso no pudo estar cerca de mí durante el evento, así que solo me dijo: “Carlos, usted es bueno para la ortografía… conteste tranquilo… usted sabe”… cuando habían pasado las dos horas estipuladas, entregué mi prueba y… me fui afuera a esperar a mi director donde habíamos dejado la camioneta.

Cuando por lo menos había pasado hora y media, divisé que venía hacia mí cambiando de colores y sin mediar palabra me dio un moquete con el puño en mi cabeza y me dijo: “¡Si usted no hubiera puesto la palabra lejía con “g” nos hubiéramos llevado un puesto!… ¡Súbase! – me dijo. Iba tan bravo que no me dirigió la palabra en todo el camino… Al día siguiente muy temprano me llamó a la dirección y me pidió disculpas… y luego en formación general de todos los alumnos de mi escuela, me felicitó y dijo que yo solo había tenido siete errores y los tres ganadores solo habían tenido seis.

Antes de esta época de satisfacciones en la escuela, fui ahuyentado por dos maestros; estando en el tercer grado don Augusto Aguilar y el director Don Miguel Selman Villalobos, solo pude regresar cuando supe que ellos ya no estaban. Repetí el tercer grado con la niña Toyita, a quién quisimos mucho todos, digna de llamarse maestra. Sin olvidar la maestra que me enseñó a leer y escribir, la niña Rosita Vielman, que también la quisimos mucho porque a los varones que encontraba sucios nos obligaba a bañarnos en la escuela.

A los demás maestros que aunque nunca estuve con ellos, vaya también mi reconocimiento, pues de alguna manera fueron mis ejemplos; ellos son Don Lorenzo Aguilar Bautista, Doña Julita Saz de Vielman, Doña Angelina de Cuellar, Don Alfredo Quiñonez, Don Jorge Velis Vindrel y Doña Esperanza Gómez Cuestas de Castro, que fue mi maestra en sexto grado y de lo que me acuerdo muy bien, es que nos trataba como a niños chiquitos y es que ella nunca había tenido el sexto grado… y nosotros queríamos más fuerza.

 

LAZAU

Los alborotos

Ésta digo yo que es mi primera memoria bonita porque aún recuerdo y siento el sabor de la mielita de los alborotos. Tendría yo tres o cuatro años cuando en esa época se usaban las almohadas de algodón puro y natural sin ningún procesamiento, y como entonces el clima era extremadamente húmedo, periódicamente se asoleaba el algodón extendiéndolo sobre una pieza de tela, petate o colcha para ponerlo de cara al sol… y es aquí donde cabe la importancia de lo que quiero contar.

Por la tarde al remover y juntar el algodón  para volverlo a embolsar, debajo quedaba abundante semilla, y para mi capacidad pensante de niño, de esa semilla se hacían los sabrosos alborotos.

Traigo a cuentas esta historia para que quienes tienen niños interpreten las necesidades y aspiraciones de sus hijos cuando son pequeños. Yo recuerdo que como no podía hablar bien todavía, me quedé con las ganas de los alborotos hechos en casa.

Jamás imaginé a esa edad que los alborotos se hacían de maicillo.

LAZAU

A LA MUERTE DE MI MADRE EN 2007

Abuelita Lina

Jamás imaginé que a mis sesenta y cinco años de edad, iba a quedar huerfanito. Yo siempre creí que mi madre nunca iba a desaparecer de este mundo. Siempre me consideré feliz con tenerla y así como cuando estaba chiquito no me desprendía de sus nahuas, así cuando fui grande a veces lejos, mi corazón estaba ligado al suyo.

Ahora aunque ya no esté con nosotros y ya no pueda abrazarla como antes, aprovecho este espacio para desde aquí gritarle: ¡Te queremos mucho mamá… sabemos que estás en el cielo porque hiciste méritos suficientes para estarlo… gracias a Dios!

Todos los meses viajaba para verla, muy poco por cierto, para festejarla porque ella lo dio todo por nosotros… a mí en lo personal me envolvió en su regazo para inyectarme en la sangre el amor que siempre ha circulado en mis venas… por eso me costó aceptar su ausencia; aunque a veces me deprimo, pero su ejemplo me anima a seguir adelante.

Ahora desenvuelvo mi cerebro y me remito al momento de la concepción: a las tristezas o alegrías por semejantes dudas, ¿Qué sé yo? a las cosas raras que las mujeres sienten a los veinte años cuando por primera vez hacen una travesura semejante; a los antojos, como querer comer jocotes y mangos tiernos con sal y limón; a los malestares que aquel individuo en su vientre provoca cuando quería cambiar de posición dentro de la panza; a las necesidades aquellas que no se le cuenta a cualquiera, ni a las mejores amigas; al vestido apretado que no daba más; a los desprecios tal vez; a las nuevas obligaciones, como lavar los pantalones duros y sucios de un hombre que apenas acaba de conocer…a las felicitaciones de las muchachas amigas y curiosas de su edad; al cambio brusco de familia de la consentidora, a la exigente; con la única compensación de los abrazos y besitos de mi padre cuando llegaba del trabajo… Pero no faltaba más, que después de los doscientos setenta días de interrogantes, malas y buenas… hasta los horribles, pero benditos dolores del parto. ¡Salí varón! ¡Que felicidad! ¡Mi mamá se ganó la gallina!.. Y la bulla por todo el pueblo: ¡La Angelina, parió un varón!.. el primogénito de diez que mi madre concibió; y si este varón sale multiplicador, de ser posible que de estos se hagan cien… y de estos otros se hagan cien mil, y que la prole y su historia siga hasta la consumación de los siglos… Amén.

Ahora empieza la etapa más hermosa de todas, porque aunque el hijo le salió feo, para ella era el niño más bonito del mundo; lo cuida las veinticuatro horas de día, le da de comer y lo duerme, lo baña con agua calientita y lo seca con trapitos suaves, le da besitos en la frente, lo arropa y allí esta pegadita tocándole la carita y quitándole los cheles con los dedos y de ser necesario, lo ablanda con saliva, mientras tanto le platica aunque no le conteste, se hace pupú y para ella es un agrado y lo limpia con delicadeza… y como también le salió llorón, lo calla a cada rato, uniéndolo a su cuerpo para que chupe la sangre pura y angelical y nutrientes que le nace con amor desde bien adentro… y lo vuelve a dormir con el arrurú mi niño… arrurú mi niño… si no te dormís… ahí viene el coyote. Pero, lo más hermoso de todo, lo que hace sin descanso es que se siente segura porque se está ganando el Reino de los Cielos.

Para ella no hay fin de semana, ni sueldo, ni pago de horas extras, ni bonificaciones… solamente la sonrisa del bebé cuando se despierta o se encuentra satisfecho, que vale más que un masucho de billetes. A veces, cuando el sol asomaba, lo llevaba a pedirle sus rayos para que la piel se vaya pareciendo a la suya, y si le salió diferente como la de su padre, la felicidad es mayor, y aunque no la oímos, le da gracias a Dios.

El hijo se enferma ¡Uf! Infinidad de veces, pero ella se adoctora y lo cura. De la tos… ahí pasa haciéndole calditos de hojitas de naranjo, eucalipto y mutitas de izote y endulzadito con miel de panela para que le guste. De la diarrea y soplazón, lo que estaba a su alcance: un menjurje de aceite de comer, del que sobró cuando nació, revueltito con algunos montes como hierbabuena, culantro, unas cuantas hojitas de chichipince, albahaca y dos dientitos de ajo machacados… Todo esto cocido y hervido varias veces y colado después para quitarle las basuras, frío y con un poquito de azúcar para que le guste, con la fe puesta en Dios, el menjurje estaba listo para tomar por copitas hasta que desparezca el mal; y esto no terminaba ahí, la señal más idónea para evaluar el efecto de la medicina era tocarle la panza a cada rato como tambor… así pues, si el sonido era grave o sordo, el enfermito estaba peor, pero si el sonido era agudo o como tabla, el niñito había mejorado… si estaba peor toda la noche y a cada rato le ponía un emplasto de lodo y ceniza calientita que colocaba como fajero en la panza… por supuesto que todo esto sucedió cuando yo me puse grave y llegaron mis abuelos para recomendar sus experiencias, pues para esa época no habían médicos ni hospitales, allá por los años cuarenta, del siglo XX.

Las experiencias de mi madre se van sumando, pues hasta aquí se le sienten gusto… pero como ya pasaron dos años, las cosas van cambiando para más difícil, ya que, en ese tiempo no había métodos científicos para evitar los hijos, y como el Señor dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra”, mi papá no desaprovechó el mandato y nos hicimos dos, tres, cuatro… hasta llegar a diez hijos, pues aunque una murió tiernita, la sufrida fue mi madre.

Vino mi hermanita, Alba Edelmira se llamaba ella, porque también ya no está con nosotros, se fue en febrero del año 1999 con el Señor Jesús… De todas maneras la historia se repite… los doscientos setenta días en el vientre de mi madre… las caricias… las bañadas con agua tibia, la pacha y el biberón… la cambiada de pañales y la cantada del Arrurú mi niño… ahora ya no solo para mí, sino compartido con mi hermana… Qué bueno, porque a mí ya me gustaba el suelo ¡Qué galán!.. dando mis primeros pasos y somatones. Pero para entonces ya había sufrido dejando la chiche por un bote pacho de esos que los bolos de cantina dejan y un biberón duro atado a la boca… De ahí la tradición de la gente de llamarle “pacha” al conjunto del alimento del bebé, aunque el envase sea de vidrio y redondo.

De las enfermedades la misma cantaleta de siempre: tosferína, catarros, sinositis, mal de ojo, diarrea a escoger, aunque a veces solo era tapazón, disentería y soplazón; pero ella va aprendiendo más y más. De la lavada de la ropa, va aumentando y el secado por supuesto también… por esa época habían montañas vírgenes y por supuesto el clima fresco, la ropa no se secaba fácilmente, el sol no daba abasto… en este caso el calor y el humo de la cocina era importante, pero todo esto implicaba esfuerzo, voluntad y entereza, que no le sale a cualquiera… se necesita mucha fe, mucha esperanza, y sobre todo mucho amor, que solo a una madre le sale.

Muchas cosas se pueden recordar en el transcurso del tiempo, como la diversificación de su amor entre todos sus hijos, que aunque pareciera que nos tocó menos o poquito, la verdad que su amor para nosotros fue el mismo, y nunca tuvo límites; por el contrario, cada día su amor se agrandaba porque ya no recibíamos solo nosotros, sino que también sus nietos… se cumplía aquel dicho por ahí, que una persona llega a querer más a sus nietos que a sus hijos.

Cuando yo tenía como cuatro años, nació la Tey, Ester Serafina o Ester del Pilar, es su nombre de pila y los que haceres para mi madre los mismos, solo un tanto aumentaditos… yo ya tenía dos hermanitas con quién jugar… una rueda de pañales, chivas, y almohadas hacía la niña Lina en el piso, que yo recuerdo muy bien, era de ladrillo cuadrado de barro… las colocaba dentro y yo entretenía a las niñas horas enteras mientras mi mamá hacía el oficio… cosa de todos los días… aunque habían variantes… como mi papá era carpintero,  ya había hecho un cajoncito con cuatro patas, con una tablita de sacar y meter, para sentar ahí a la más pequeña y la otra en el corralito improvisado, desbaratando a las chivas y almohadas… aunque habían otros recursos… dos hamacas, que aunque resultaba un tanto aburrido porque había que ocupar las dos manos para mecer a la una y a la otra, luego se dormían.

Cuando yo tenía ya mis seis años, recuerdo que un tres de mayo, vino otra hermanita “Cruzita” como la llamábamos cariñosamente. La mamá Serafina que asistió el parto, dijo que por primera vez veía nacer a una niña tan chiquita. Mi papá que como ya llevaba la cuenta dijo que era sietía porque había nacido de siete meses de embarazo. A mí la curiosidad me rebalsó y no tardé en ir a ver a mi madre a la cama y la sorpresa fue tal que no veía para nada entre los pañales a la niña. Algo que a mí no se me olvida es que una vez mi papá dijo: “Vamos a ir todos donde Pa Toño” (se refería a mi abuelo materno que vivía a mediados del camino hacia el cantón Quezalapa donde había de todo). Lo que les quiero contar es que la gente nos paraba en el camino para saludar a mi papá y a mi mamá que eran muy queridos por toda la gente y después del pasajero coloquio y la chuliadera para nosotros, le preguntaban a mi mamá – ¿Y la niña tiernita pues?.. y mi mamá con una gran sonrisa que le llegaba hasta las orejas contestaba: – y no que aquí la llevo en la bolsa pues – … En aquella época las mujeres andaban con mandil, pues en una de las bolsas del mandil, llevaba a mi hermanita.

Crucita, poco a poco fue cambiando…porque para mamar sí era buena… de pequeñita pasó a ser grandotota… de esta mi hermana yo serví de chino. Yo recuerdo que la cuidé con esmero… llegó a ser tan hermosa que casi no podía con ella… además bonita e inteligente… quiero decir “bisbirinda” o despierta, o que hacía cosas fuera de serie o no de su edad… como una vez que una señora vendedora de ropa le llegó a cobrar a mi mamá unos vestidos que le había tomado por abonos… mi mamá le dijo: – decile que no estoy –… cuando la señora preguntó por mi mamá, ella estuvo presta a contestarle: – mi mamá dice que no está – ¿y dónde está tu mamá corazón, si se puede saber? – ahí está atrás de la puerta – dijo Crucita… y… de éstas pasaditas son muchas que yo recuerdo y podría contarlas.

Parece que íbamos a ser pistudos con esta muchachita… porque siempre cargaba llena la bolsita de monedas que los vecinos le regalaban… Don Teno Morales y Don Lesho, el primero, que tenìa una carpintería enfrente; y el segundo, era el dueño de la casa donde vivíamos, cada vez que la veían le daban una o dos monedas. Siempre tenía con qué comprar leche de burra, tartaritas o dulces de nance donde la Niña Refugio de Portillo, que tenía tienda en la esquina. Para entonces, ya tenía sus seis años.

Como dice la gente que uno pone y Dios dispone, a principio de noviembre comenzaban las cortas de café en los bajíos y me fui con la Chila Calderón, y otro poco de gente a trabajar; allá muy lejos cerca de San Pero Puxtla, a una finca de café del Beneficio Santa Elena… pasamos allá 15 días trabajando duro y comiendo solo pishtones duros y frijoles brincando, para traer plata a la casa…terminada la jornada, después de pago, salimos de regreso como a las ocho de la noche y llegamos a Apaneca cerca de la madrugada, con los pies desechos pero contentos… pero cuál fue mi sorpresa una de las peores de mi vida que hasta ahora me repercute y me saca las lágrimas… cuando toqué la puerta y me abrieron… entré y me abrazó mi madre llorando… yo también llorando, no podía hablar, estaba confundido… mi padre al fin habló y dijo: – ¡Tu hermana Crucita murió!.. ¡La enterramos hace cinco días! Es el primer sentimiento fuerte indescriptible  que solo pude decir que se siente una unidad entre Dios – papá – mamá – hermanos… y… y… solo pude pronunciar a manera de reclamo: ¡Por qué no fueron a traerme!

Entonces me di cuenta que el amor de mi madre era infinito… costó mucho que nos acostumbráramos a la ausencia de Crucita… muchas veces me dijo: – Buscá el cuto que vamos a ir a traer leña… el cuto en esa época era un pedazo de corbo que una vez fuera la herramienta de trabajo del hombre de la casa y como herencia le quedaba a la mujer… pero no agarrábamos para los cafetales donde abunda la leña, sino que para la finca que está después del cementerio… cuando estábamos en el cafetal antes de buscar la leña, nos saltábamos el cerco de allá para acá, porque Crucita había quedado pegadita al cerco, al pie de los cipreses viejos… le arreglábamos la tumbita y después sin ponernos de acuerdo hacíamos varios minutos de silencio… y nos elevábamos comunicándonos con ella. Había sollozos, pero sin decirnos nada regresábamos a la casa con la leña.

Don Nando, mi papá, nunca comentaba nada; pero sí en sus adentros había mucha tristeza profunda… y… a decir verdad sin desestimar a mi madre, él era más amoroso y cariñoso con nosotros… cuando había chillazón, berrinche, ganas de orinar, él estaba presto antes que mi mamá.

Pasados algunos días nos anunció que nos íbamos de esa casa, que queda en la segunda avenida entre la primera calle y la calle Francisco Menéndez, casa que cuando hoy la veo despierta en mi ser todas la vivencias bonitas y feas,  que tal, que quisiera que fuera mía para conservarla y darle la vida eterna.

Mi madre valiente acompañó a mi papá, un día de esos amanecimos en otra casa, la que está en la Avenida Central Norte, entre la 3ª. Calle y la 5ta., que pertenecía a Doña Tita Vielman, era un lugar más pequeñito para más hermanos; aquí nació Lázaro Antonio.

Para entonces mi función de cuidar niños había terminado; mi trabajo era ir a la escuela y jugar con los cipotes de mi edad… hacer las planas, colgar el bolsón e ir a la calle… algunas veces a parar donde mi abuelo que me quería mucho o los dos nos desvivíamos; mi abuela también, que hasta hoy en día la extraño tanto.

Para mi madre y mi padre las preocupaciones fueron diferentes;  crecíamos, éramos más, comíamos más, vestidos más grandes, escuela, y tantas otras cosas que la sociedad de la época exigía. Además de echarle más agua a los frijoles el trabajo de mi padre no era estable, muy sacrificado y mal pagado… aunque es un oficio modelo y modesto, fue formando en mi conciencia poco a poco, que yo no debía ser carpintero cuando fuera grande.

De mi hermano Lázaro, no tengo mucho que decir, solo que siempre fue fuerte desde que nació; por lo demás, relacionado con mi madre, la historia se repite aumentada. En estas circunstancias, vino César Augusto; después Noé Arturo; y si no me equivoco con éste pocote de gente nos fuimos a vivir a otra casita que estaba al final en la calle Francisco Menéndez, poniente entre la 3ª y la 5ª avenida en donde nació, Alvaro Migdonio; y otra hermanita que murió tiernita, acabadita de nacer, que llamaron Juana María.

Para entonces Don Nando, ya había hecho méritos suficientes con mi abuelo Toño, y se notaba que lo querían mucho. En compensación por el trabajo que le hacía en su finquita, le regaló una colita de esa misma propiedad que le sobraba, la cual vendió para comprar una propiedad más grande, cerca de la laguna verde, que tenía casa y la familia entera se fue a vivir ahí… yo me quedé a vivir con mi abuelo que también se fue a vivir al pueblo, porque también mi abuelita ya había muerto y venían con él, sus dos últimas hijas… fue para mí un gran aliciente porque yo ya había enfocado mi futuro aunque incierto, porque no tenía recursos y solo estaba seguro que estudiando encontraría en el camino algo diferente, al sacrificado trabajo de mi padre… los fines de semana me juntaba con los míos, tiempo que mi mamá aprovechaba para alistarme la ropa y prepararme comida para un largo rato. Mis beneficios con mi abuelo, no duraron porque murió y me quedé solo; mis tías no fueron lo mismo que cuando él estaba… ya pueden imaginarse, mi mamá con cinco hombres y dos mujeres que atender… yo me acuerdo de tantas cosas que pasaron como es la que nunca pudo sentarse a la mesa a comer con nosotros… infinidad de veces estuvo comiéndose un su bocadito bueno y como de hecho tenía que mover la boca y las mandíbulas… todos concurríamos donde ella y le preguntábamos – ¿Qué estás comiendo mamá?.. y … la pobre de mi mamá paraba de masticar y sonriéndose nos calmaba diciendo: – ¡Nada hijos, nada!

Muchas veces recurrió a historietas irreales con el afán de meternos miedo piadoso como éste que una vez nos contó: – Había una vez una mujer que tenía muchos hijos, un día de tantos, le pedían comida y no tenía qué darles… la mujer pensó y fue a cortar hojas de mata de guineo, recogió unas piedras y a escondidas las envolvió como si fiera masa de maíz y… como tamales los puso a cocer al fuego y todo esto para descansar un ratito de la pedidera de la comida de los mentados cipotes… pasado el tiempo los niños pedían y gritaban que tenían hambre… ¡Ya van a estar! –les decía ella… ¡Paciencia ya casi está! – tratando de ganar tiempo… pero, como la presión era agrande y no se pudo más… sacó uno y lo sintió aguadito, todos corrieron y rodearon a mamá y al abrirlo, las piedras envueltas ¡se habían hecho tamales de verdad!… inmediatamente, la mujer cayó muerta del susto.

Ni las historias ni los cuentos funcionaban… lo mismo sucedía a la hora de dormir o en cualquier festín que había que compartir… para evitar problemas, cada quién teníamos platitos y tazas iguales; pero con un color o una seña especial… con las chivas y las colchas pasaba igual.

Mi papá y mi mamá, en la lucha por  mejorar regresaron al pueblo; se encontraron a un señor que les ofreció un cambalache; cambió la finquita de Palo Verde, por una propiedad en el pueblo; la cual estaba en la calle Francisco Menéndez y la 5ª calle poniente, cerquita de donde antes habíamos vivido, les salió galán porque hasta le dieron ribete, había una casita pequeña pero ya era de nosotros, había espacio para jugar y corretear hasta la montañita que da abasto a la fuente de San Andrés. Había café, guineos, naranjos, duraznos, aguacates y hasta un palo de mango. La vida para nosotros había cambiado, porque yo en lo particular me vine del todo con ellos y mis hermanos pudieron ir a la escuela. La Niña Lina, aunque bien trajineada se veía rellenita y Don Nando shoshopón.

Cuando todo el mundo creía que estábamos completos mi mamá apareció encinta. Yo ya estudiaba último año de bachillerato en ese entonces, el año siguiente que me gradué nació La Fina, Rufina Estela, se llama ella. Ahora sí, juzguen mis familiares cuan grandes se hizo el rollo para nuestros progenitores; cinco hombres y tres mujeres pidiéndoles comida, necesitando vestido, zapatos, educación y tantas otras cosas que el ser humano necesita. Bueno, todo esto se compra… pero el manejo y los qué haceres que esto implica… como decía ella… “quisiera ser pulpo por ratitos para hacer todo de una vez”… no queda más que admirarla.

Días más tarde la alegría de mi casa se terminó cuando Edelmira enfermó: una psicosis cerebral o nerviosa, no sé cómo llamarle, acabó con las aspiraciones de todos, puesto que necesitó de una atención personal y especial que casi solo podía dársela mi padre; no por la asistencia de los medicamentos, ni el aseo, ni por cualquier otra cosas, sino por el soporte o aguante que la enfermedad requería… esto fue una prueba que Dios puso a mis padres de las más duras que mi experiencia ha visto, que me lleva a concluir que nosotros tuvimos unos papas maravillosos… y por esto sin duda se ganaron la gracia de estar escritos sus nombres en el Libro de la Salvación.

Como dicen por ahí, que la historia es un faro desde donde todos miramos los acontecimientos, y para que no vuelva a ocurrir se los contaré: Tey y mis hermanos mayores recordarán este sufrimiento de toda la familia; a mí me cuesta escribir esto, pero voy a tratar de resumirlo; que aunque no debería de ser así, porque hay detalles importantes       que mis familiares podrán recordar y agregar y que también no hay tiempo.

El caso es que mi hermana, Edelmira, había llegado a esa etapa difícil de la vida, me refiero a la adolescencia, que aunque bonita, hay que tener capacidad suficiente para manejarla. Edelmira perdió el interés total por la escuela. Perdió la mística de familia y de convivencia social de su conciencia. No oía consejos y peleaba con nosotros y con la gente que pretendía ayudarla.

El caso es que se encariñó de alguien que fue su perdición y el descalabro de la familia entera. La sufrida principal fue mi madre, mi padre no se diga, y nosotros los hermanos en consecuencia. Edelmira no entendía razones y una noche oscura como tinieblas, cuando todo estaba tranquilo mis hermanos y hermanas dormían, yo solo oía en el silencio algún tenguereche y los grillos que cantaban… yo estaba sentado frente al foco entelerido que apenas alumbraba la mesa donde estaba estudiando para un examen que tenía al día siguiente.

La casita tenía dos puertas que daban hacia el patio. Edelmira, se levantó amodorrada y se dispuso a ir al inodoro, que quedaba afuera como se acostumbraba en aquella época, a unos diez metros de distancia de la casa. Ella salió por la puerta más lejana y la dejó medio cerrada… yo miraba sus vueltas, inquieto porque ella andaba afuera… Cuando de pronto se escuchó un grito terrorífico y un movimiento espantoso en la puerta más cercana que ya estaba trancada, como que querían arrancarla de afuera para adentro.

Mi papá saltó de la cama y yo por lo consiguiente tiré el cuaderno… cogimos para defensa personal lo que encontramos al paso; él un garrote y yo un corvo viejo que estaba en la paredilla… encontrando con gran sorpresa y asombro a mi hermana completamente trabada entre la mocheta y la puerta en un estado increíble… había como doblado la puerta que era de una sola hoja, con una fuerza anormal, que para poder sacarla sin arrancarle un pedazo de brazo, tuvimos que regresar hacia adentro por la otra puerta, para quitarle las trancas y destrabarla.

La entramos… ¡Y el gran escándalo!.. buscamos hasta con los vecinos por todos lados y no encontramos nada… regresamos y la interrogamos… ¿Qué pasó? ¿Qué viste? ¿Qué te hicieron?… nada pudimos averiguar… Edelmira ya había perdido la razón y hablaba incongruencias… no paraba… Comenzó diciendo cosas como “La pulga, la pulga pica y pica la placa y come y come con la pila… Las pulgas ahí vienen… las pulgas”, esto lo repetía horas enteras.  Decía a veces cosas irreales que hasta provocaban miedo. Aquí en nuestro medio, en buen salvadoreño decimos que “mi hermana se quedó directa”. Por otra parte, no comía, ni bebía… mi madre lo lograba a veces con una cucharita. Mi padre ya no trabajó, porque la mayor parte del tiempo solo él la aguantaba. Fueron cinco años de dura enfermedad sin movilidad voluntaria. Fue un ir y venir de mi padre con ella y sin ella para traer medicina. Decían que le habían puesto mal de brujería, porque el novio que la tenía atarantada sabía de esas cosas…

La gente dice que hay que creer y no dejar de creer, que aunque no quedamos en nada, Don Nando, se anduvo todos los curanderos habidos y por haber… yo recuerdo que uno de esos le quitó la habladera, pero ya no movió la quijada, ni los brazos, ni las canillas. En ese entonces para que caminara había que halarla de los brazos y para que comiera había que gritarle ¡mové la quijada! Y ayudarle con la mano… trabajo que solo mi madre lo hizo. Quedó como un robot o una máquina inanimada… La vida para la familia se volvió cada vez más difícil; pero yo no acabaré de alabar la valentía y la entereza de nuestros padres, porque yo soy testigo fiel que jamás oí un solo reniego de mi padre, ni de mi madre, todo un ejemplo de amor y esperanza para nosotros que vale más como herencia que un rollo de billetes.

Tiempo después, decidieron llevarla a San Salvador para pasar consulta en el Hospital psiquiátrico. Mi padre la llevó con dificultades, pero lo logró. Muchas veces se perdió en la capital porque no conocía, pero siempre regresaba con ella y su medicamento. Poco a poco, mi hermana fue recuperando el movimiento; empezó a tener tino y aunque había que seguir gritándole ¡Mové la quijada! Ya comía sola. No se compuso del todo bien, pero todos descansamos, y como nos decía mi abuelita después que terminaba de contarnos un cuento o historia parecida, Edelmira vivió muchos, pero muchos años… y tuvo muchos, pero muchos hijos.

A mis familiares les cuento todo esto para que no flaqueemos ante cualquier problema que se nos presente en la vida. Que tomemos el ejemplo de mis padres, duros e inquebrantables en su voluntad, gran templanza y entereza; gran paciencia llena de amor y esperando siempre de Dios su recompensa. Ser prudentes y sabios en el manejo de sus actos, porque lo que le sucedió a mi hermana se debió a muchas circunstancias impredecibles, pero que se pudieron haber evitado. Las circunstancias fueron muchas, por no decir las culpas.

Voy a contarles nada más la chispa del problema a mi criterio de ver las cosas desde el primer momento… como ella salió adormitada, no se fijó por cuál puerta había salido… llegó al inodoro y se sentó… la candelita que llevaba encendida se le apagó y como estaba oscuro, se puso a pensar en extravagancias… cuando de repente se le apareció a su vista un gatito mugroso que le hizo levantarse y salir corriendo… quiso meterse en la casa por la puerta más cercana y como no pudo… sintió que la atrapaban y gritó terroríficamente…. Conclusión: A mi hermana le dio un ataque de nervios, que le perjudicó al instante el funcionamiento del cerebro.

Increible lo que a mi padre le sucedió y por ende a nosotros: sufrimiento tras sufrimiento como a Job. Cuando Edelmira dio señales buenas de compostura, mi padre fue a trabajar donde ese doctor que fue presidente de la República, Alvaro Magaña, se llamaba, lo mandó a Tequendamas, cerca de San Pedro Puxtla a cambiar las láminas del techo de aquellos caserones donde se guarda o se guardaba los implementos que se ocupan en la finca de café… y cuando él, mi papá revisaba tal trabajo, una de ellas estaba floja y cuando se paró encima se deslizó y mi pobre papá se vino abajo… ya casi llegando al suelo la bendita lámina se cantió y es ahí donde se quiebra sus dos pies.

¿Qué hizo el mandador de la finca? ensillar un macho carguero que tenían ahí y montar a mi padre para que a paso voluntario del animal, lo trajera a casa… El patrón lo supo y no hizo nada a su favor, nada de hospital, nada de paga, ni siquiera preguntar por su salud.

Finalmente, mi padre no pudo trabajar… aumentaron las deudas… se perdió la casa donde vivíamos… con lo que le sobró de dinero compró otra propiedad en Salcoatitán y también se perdió… por último muere a los 55 años… a de estar con Dios… ¡Nos quedamos sin papá!

Como quisiera yo saber la historia completa, desde los tatarabuelos de mis abuelos, para no estar haciendo conjeturas que de dónde vengo, o por qué soy como soy espiritualmente o de dónde me vino tanto pelo… Esa es la importancia para mi familia de lo que escribo: Ahora sé que fue la fuerza y energía de los genes de mi Madre y mi Padre ante las dificultades que nos presentó la vida.

A estas alturas de mi vida, estoy pensando que yo no voy a tener descendencia en El Salvador, porque todos mis hijos están pensando irse al extranjero… yo pienso que cuando vuelvan por aquí y se pregunten ¿Quiénes habrán sido mis abuelos?, aquí encuentren la respuesta.

FECHAS DE NACIMIENTO:

Lázaro Augusto = 24 de diciembre de 1941

Alba Edelmira = Enero de 1944

Ester del Pilar o Ester Serafina = 12 de octubre de 1946

Estela de la Cruz = 3 de mayo de 1949

Lázaro Antonio = 20 de diciembre de 1951

César Augusto = 25 de mayo de 1954

Noé Arturo = 23 de febrero de

Juan María = 20 de enero de 1960

Alvaro Migdonio = 22 de diciembre de 1961

Rufina Estela = 31 de julio (asentada 2 de agosto de 1964)

 

La Tradición de Los Farolitos en los pueblos de América

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Allá en Francia nació una luz que alumbraría a un sector de desposeídos por una sociedad ingrata en el año 1189. Estoy hablando de Pedro Nolasco, cuyos padres trabajaban de hacer pan. Luego de Francia se trasladaron a Barcelona, donde Pedro aun siendo niño ayudaba a su padre a repartir el pan… En ese trajinar, siempre le ponía una carga de pan para que fuera a dejarlo al penal que estaba en el centro de la ciudad y repartirlo entre los cautivos que ahí se encontraban. Es ahí donde Pedro ve el sufrimiento de las personas que ahí pernoctaban y se lo guarda en su conciencia de niño para toda la vida: la necesidad de que más allá de darles un pan, había que comprarles su libertad.

Y es que en esa época los árabes mahometanos habían invadido Valencia, que está muy cerca al sur de Barcelona, por lo que tomaban cautivo a todo aquel que no estaba de acuerdo con su presencia, por eso es que los centros de detención estaban abarrotados. Estos cautivos habían tomado como patrona a la Virgen María, y todos los 7 de septiembre iluminaban las ventanas de su prisión con farolitos que ellos mismos confeccionaban, celebrando así el supuesto día de su nacimiento. Esta imagen también se quedó en la conciencia de Pedro en aquella época.

Pedro Nolasco creció y se hizo un hombre de bien. Siendo un seglar comerciante, ya no de pan sino de telas, se trasladó a la ciudad de Valencia y tuvo éxito en los negocios ganando mucho dinero; fue entonces cuando desenfrena aquel sentimiento que traía desde niño y comienza a comprar cautivos a los mahometanos… toda su fortuna se la acabó en la compra de éstos. Luego volvió a Barcelona, y ahí se unió al ejército de los Albigences (de la ciudad francesa de Albi) dirigidos por Simón IV de Montfort, para defenderse del ataque cuando los mahometanos intentaban avanzar a territorio francés.

Después de todo, funda la Orden de los Mercedarios en Barcelona en el año de 1218, en un inicio, con la intención de formar un ejército y combatir a los mahometanos, pero luego se dio cuenta que era mejor convertir la Orden en favor de la fe y tomar como protectora a nuestra Señora de la Merced como redentora de los cautivos. Siendo seglar, Pedro Nolasco compró la libertad de 3,920 cautivos, y con la Orden pidiendo limosna logró la libertad de 70,000.

La Orden creció en toda España y en tiempos de la Colonia también floreció en América. Se construyeron templos y conventos, y con esto, implantaron las tradiciones propias como vestir con su hábito color blanco y la tradición de que en el pueblo donde se establecían, toda la población debía poner en sus casas un farolito en honor a la Virgen y a su fundador, ahora santo, San Pedro Nolasco cada 7 de septiembre.

Cuando yo era chiquito recuerdo haber visto todo mi amado pueblo de Apaneca lleno de farolitos en las puertas y ventanas de las casas, y luego la gente los guardaba para el año siguiente. Mi padre como era carpintero hacía muchos por encargo… son recuerdos bonitos que no se me olvidan.

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Los chanchullos (parte II)

(Imagen de referencia, cualquier parecido es pura casualidad)

La verdad es que los salvadoreños en algunas cosas hemos aplicado la regla del chanchullo, pero porque los hemos aprendido de otros que vinieron en el pasado; por supuesto, me refiero a españoles que vinieron a nuestro país a hacer su fortuna, porque la idiosincrasia de nuestros ancestros era otra. Traigo como ejemplo a los señores Borgias que no traían nada según cuentan, si acaso quizá un poquito para engañar a los nativos de estas tierras que apenas asentaban cabeza dentro del gran cambio estructural, social, político, económico y religioso de aquella época. La gente nuestra percibía una gran paz, tranquilidad y alegría trabajando sus tierras, sin darse cuenta que cerca habían llegado personas con alma de chacales. Voy a contarles algo y con eso lo explicaré todo.

El caso se dio con la familia López, yo conocí los vestigios donde antiguamente estaba la casa donde ellos vivían, ubicada en el centro de una gran propiedad. El papá murió porque le hicieron un chanchullo y terminó pagando con parte de la propiedad; después murió la madre, porque le hicieron otro chanchullo y también le arrebataron otra parte de la propiedad en pago. Para no cansarlos con la historia, a las señoritas López hijas en la familia, les fueron comprando barato lo que quedaba alrededor de la casona donde vivían, tanto que les dejaron sin salida a la calle; para acabar con ellas, las obligaron a vender lo que quedaba, dejándoles únicamente un caminito vecinal dentro de la misma propiedad, que al final daba lo mismo porque quedaron encerradas; de ese modo las personas que les compraron multiplicaron su poder aplicando chanchullos por doquier; hoy todos los descendientes de éstos son acomodados y hasta tuvimos entre ellos un presidente de la República por un año.

Una vez que acompañé a mi padre a cobrar su miserable salario, no solo realizó esta operación, sino que también hubo un coloquio entre patrón y trabajador; lo que yo percibí es que más que todo fueron lamentaciones de parte del señor que comenzó diciendo: “Fijate Fernando que yo sufro mucho porque a veces ni duermo, ni como debido a tanto problema; de aquí, mañana voy para las fincas de Juayua – La Concordia se llamaba – pasado mañana, voy para San Francisco Menéndez; al regreso voy a Miramar; y a La Labor, voy la otra semana”… y así…concluyó… “Estás mejor vos porque no tenés nada y así tampoco tenés problemas” Torpe manera de hablar… mi Abuela decía que este señor era doctor, pero no era ni médico, ni abogado, pues en esa época mediante un chanchullo  y con dinero, el título se compraba para presumir y ganar disque respeto.

A veces las personas honradas en aras de ganarse la vida contribuyen a que las personas para quien se trabaja hagan chanchullos. Yo me acuerdo de don Lolo Suarez, una persona respetable y honrada, y diría yo, que ni siquiera casa propia tuvo, pudiendo haber hecho un su chanchullo y no lo hizo, pues él era el administrador; yo me acuerdo que murió pobre sin que el patrón le compensara por la entrega total en su trabajo. También recuerdo a don Justo, que de justo no tenía nada, era todo lo contrario de don Lolo, porque en vez de ser considerado con los trabajadores, los hostigaba; él era el caporal mayor de las fincas y voy a contarles una cosa de tantas que hacía… como no sabía leer ni escribir cortaba dos tallos largos, uno de café y otro de flor de arito… la primera tenía de largo 13 cuartas de mano, para robarle una cuarta al trabajador, porque la medida tenía que ser de doce… con esta medida había que marcar siete en cuadro o sea un cuadrado de siete varas de lado. La otra vara que don Justo cortaba, la de flor de arito, era como la libreta de apuntes, y la uña del dedo gordo de la mano era el lápiz marcador; así con una seña que solo él conocía distinguía al trabajador, y con una rayita marcaba las tareas que hacía cada uno. De ese modo don Justo hacía el chanchullo a los pobres trabajadores… sepa Dios si el patrón sabía y lo compensaba por eso. Cuando murió medio pobre y abandonado, la gente solo fue por caridad a enterrarlo.

A continuación, contaré otra muestra de un chanchullo clásico de origen español. Cuando fui nombrado oficialmente profesor por primera vez, me mandaron a una ciudad muy pero muy lejana o distante de las ciudades grandes, que tal que pensé que iba a tardar mucho tiempo en regresar a mi pueblo, por eso conseguí una valija grande y espaciosa para que me cupieran ahí camisas, pantalones, los sacos, las corbatas y todo lo que un varón necesita; algunos libros de consulta también y hasta una camita de lona liviana que mi padre me había hecho para estas ocasiones. Yo pensé en todas las dificultades que podía tener, pero no fue así, porque me encontré con una ciudad maravillosa al igual que su gente, un profesor que me estaba esperando y una media docena de jóvenes prestos para llevar mis cosas a donde iba a vivir; de esto hay mucho que decir porque me impresionó la limpieza de la ciudad y las buenas costumbres de su gente, justo premio por la lejanía de la corrupción.

Lo que quiero contarles, y nos tiene intrigados, es la herencia de algunos de nuestros antepasados españoles promiscuos, porque no fueron todos. Sin querer fui observando que a una compañera de trabajo le abundaban los sobrinos, Marta se llama ella, pero muchos alumnos y alumnas le decían tía…“Tita por acá” “Tía por allá”… así en todos los grados; al fin me rebalsó la curiosidad y un día bromeando al calor de la amistad le dije: “Si abriéramos un colegio solo para sus sobrinos bien que sale” “Es cierto – me contestó – fíjese que nunca me he puesto a contarlos porque son muchos” Y así a tientas y a tontas me explicó y yo en ese momento no entendí, pero en el transcurso del tiempo cuando me junté con amigos, mis amistades crecieron y me sentí como un miembro más de esta comunidad que les describo, lo entendí.

Un día que me invitó Mancho Cantú, hermano de Tita – mi compañera de trabajo – a tomar leche calientita acabada de ordeñar allá en la gran hacienda de don Facundo Cantú, señor que además de que en la ciudad tenía a su esposa con tres hijos varones y una hija – que es Tita- tenía en cada extremo de la hacienda otras señoras con hijos también “Fijate – me dijo Mancho – que como eran tres y la una estaba lejos de la otra, no habían problemas de pleitos entre ellas ni con nosotros tampoco, pero cuando mi papá se fue de este mundo, nos dimos cuenta que a todas les había dejado la casa donde vivían y algunas manzanas de tierra para que las cultivara cada quien… Creo amigo – y Mancho me pegó unos golpecitos de amistad en el hombro – que tener un cachimbo de hermanos es bonito, porque fíjate que una vez que tuve un problema con la ley por equivocación, todos mis hermanos con sus hijos no cabían en mi casa”. Ese día habíamos llevado un botecito de buen guaro y cuando se terminó nos regresamos haciendo comentarios sobre el montón de sobrinos que tenía por el chanchullo que don Facundo Cantú creó. Ese día satisfice mi curiosidad sobre el por qué la tía Tita permanecía bien tillada.

Bonito es recordar y saborear chanchullos de cuando uno está chiquito, como en el que yo participé y que fue realmente divertido. Tendría yo doce años y me juntaba con otros amigos de mayor edad, todos sin brújula, sin saber qué íbamos a hacer en la vida. Éramos Beto Calderón, Raúl Cortés, a veces Rogelio Rivas, Benjamín Asencio y Argelio Orantes, los mismos que algunas veces hacíamos grulla para hacer cualquier travesura… Quiero decir que unos con otros nos teníamos confianza que hasta favores nos hacíamos… Pero lo que quiero presentar es el más gran chanchullo que una vez hicimos, no propio para nuestra edad, aunque también nos acompañaba Toño Granados, un poco más mayor que los demás… tengo la idea que fue él el conductor de semejante proeza… Compramos un carro viejo de un modelo de 1930, igualito al que usaba Adolfo Hitler allá en Alemania, de los mismitos que vinieron en esa época; digo compramos porque hasta yo caí con mis cuatro colones que había ganado en el deshierbo de la calle; los demás no sé cuánto pusieron porque había que reunir cien colones en total; solo Beto y Teto Calderón saben porque fueron ellos los representantes en el negocio… Creo que para ajustar contribuyó también Miguel Arévalo, que para aquel entonces era un muchacho y ahí donde él vivía guardábamos el vehículo. Esta fue una de las hazañas más grandotas porque, si ustedes hubieran visto, ahí nos metíamos todos, hasta doce cipotes cabíamos uno encima del otro, y hasta afuera en el pescante algunos de nosotros íbamos. El carrito estaba ya bien usado, que hasta la gasolina ya no le llegaba al motor normalmente, y por eso uno de nosotros tenía que ir chineando como a un bebé el galón de gasolina. Lo bautizamos con el nombre de Nacho Bernal… Tamaña polvazón hacía Nacho… y no me lo van a creer que cuando se paraba había que bajarse porque el botón de arranque lo tenía adelante con cigüeña… Con todos sus defectos, si Nacho Bernal estuviera así de viejo en una bodega apropiada hoy en día, bien nos dieran un carro último modelo por él, pues lo querrían como joya; lástima grande que lo llevaron camino a Quezalapa y en la barranca de la Piedra de Afilar, lo empujaron. Así terminó Nacho Bernal, cortado a pedazos y sus restos oxidados por el tiempo.

LAZAU

ALGUNOS PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

Las necesidades entre los grupos humanos provocan su motivación. Hace muchos años casi toda la gente mayor sabía de medicina; cualquier persona mayor decía a otra ¡tómese un caldito! de tales hojitas y de otras tantas por copitas ¡Como agua del tiempo y se va a curar! y así muchas veces la gente se curó. Apaneca no era la excepción y los enfermos hacían uso de plantas, especialmente hierbas y otros elementos naturales como mantecas o cebos de animales, ceniza y hasta lodo que sacaban de los fangos.

En aquella época la gente se curaba lentamente y con la fe puesta en el Señor Jesús… Pero la mayor parte que se enfermaba moría, especialmente los niños… de ahí la creencia de la gente que si pasaba de los siete años iba a vivir larga y plena vida.

Ahora la medicina es diferente porque la ciencia y la tecnología está bien avanzada, nos curamos rápido, aunque tenemos que tener muchos centavitos guardados para la ocasión; veamos entonces qué está pasando. Decía que la ciencia y la tecnología ha avanzado, pero también la población se ha multiplicado desmedidamente, tanto que ya no encontramos una solución; hemos llegado a tal grado que antes que no habían medicinas como ahora, no había desnutrición como hoy… Esta es una paradoja porque cuando hoy se cree que ya no hay lepra y que la ciencia y tecnología la erradicó, aparecen otras enfermedades nuevas como el SIDA que hasta hoy no tiene cura.

En todo esto que he dicho tiene que ver el medio ambiente y con un solo ejemplo lo podemos comprender, y es que la gente de antes duraba más y la de hoy se muere luego… y es que somos nosotros mismos los culpables al no cuidar el ecosistema… A nosotros en la escuela jamás se nos habló de esa importancia  para la vida, mucho menos del calentamiento global que traerá fatales consecuencias al ser humano.

Lo que estoy haciendo es preparar la cancha de allá por los años treinta del pasado siglo XX en adelante, en donde mis actores principales y emblemáticos les toco jugar su papel imprescindible en esta sociedad bendita que nos vio crecer; adornado con un clima frío y húmedo, producto de una vegetación exuberante que jamás volveremos a ver, a no ser que cambien las estructuras sociales hacia el bien y también su modo de pensar. Ojalá que los ventarrones que caracterizan a nuestro adorable pueblo no vayan a acabar, para que las futuras generaciones lo sientan y disfruten.

¡VAYAN A LLAMAR A VÍCTOR! Era la expresión que yo siempre escuche en casas de ricos y casas de pobres, casas cercanas y casas lejanas en donde un cipote, un adulto o un viejito, mujer o hombre, estaba enfermo. Víctor, y no Don Víctor, decía la gente por la gran confianza que le tenían y el nombre de Víctor se convirtió en un símbolo o icono de esperanza para la gente que tenía en su casa a un enfermito.

Esa época fue bonita, pero había deficiencias que claro iban en detrimento de la población. Bañarse todos los días era un privilegio, porque el agua había que acarrearla en cántaros desde dos puntos estratégicos; uno de ellos estaba en la esquina formada por el final de la Av. 15 de Abril y principio de la antigua calle hacia Sonsonate, en un pequeño predio municipal; el otro estaba también en un predio municipal atrás de la iglesia, ubicado de la Primera Avenida contiguo a donde hoy está la Alcaldía Municipal donde más tarde, casi encima de la pila histórica, montaron la casa de ANTEL y que hoy se llama TELECOM. Por supuesto el agua no era tan limpia ya que venía en caño metálico desde la laguna de la Ninfas o de Las Ranas. En ese trecho hay todavía una pilona, la de Santa Clara, donde se daba de beber a las vacas, toros, bueyes y a las bestias de carga.

No crean que nosotros íbamos a tomar de esa agua, porque para eso sí que hemos sido delicados… para eso teníamos la fuente de San Andrés, que es la que tiene que ver con el origen de Apaneca, de ahí tomábamos agua pura que salía de las entrañas de la tierra. A mí me parece recordar aquellas colas de gente, especialmente mujeres y cipotes, con sus cantaros encima subiendo la cuesta que le enseñaba a uno a tener gran voluntad y entereza al subirla.

Cuando yo crecí había -o hay todavía- Ojos de Agua en cada cantón que abastecían a los pobladores. A veces yo acarreaba el agua para mis abuelos que tenían su finquita enclavada en la región que se llamada La Bellota camino a cantón Quezalapa. El agua era abundante y la primera que llevaba era para mi abuelita que la ponía a calentar al sol en medio del patio… Ella como leía mucho, estaba informada y decía que el baño diario era saludable… En cambio mi abuelo nunca vi que se bañara, solo se limpiaba con un trapo húmedo el cuerpo y las uñas con un palo… Cuando mi abuela le decía ¡Bañate Antonio! Él contestaba rezongón con el dicho popular – Ya vas buscando pleito Rufina ¡la cáscara guarda al palo!.. Solo se bañaba cuando se acordaba de la receta que Don Venancio Tobar, papá de Don Víctor, le había dado, que consistía en rociarse todo el cuerpo con azufre revuelto con manteca de puercoespín o tepescuintle  a más no haber de tunco. El baño era de noche y parece ser que iba a ver de todo, porque mi abuela parecía cucaracha preparando el agua calientita y el menjurge al pie de la letra como Don Venancio se lo había apuntado.

De Don Venancio se muy poco; tengo ideas vagas de él porque yo estaba chiquitito, pero sí me acuerdo bien de una que me hizo, como se la hacía también a otros cipotes ingenuos como yo… Mi mamá me dijo: «Vas a ir donde Don Venancio y me traés dos reales de alcohol alcanforado para la espalda de la niña que tiene tos» y me dio un bote de vidrio y un billete de a colón… llegue corriendo, compré y cuando me disponía a regresar, con un seño como de risa Don Venancio me dijo: «Aquí está el alcohol… Abrí la mano… Estos son los cuatro reales vueltos… echatelos a la bolsa… y estos dos reales son tuyos… para que compres dulces donde la Niña Evita»… dicho y hecho, yo gran obediente, compré una garrapiñada y bastantes dulces… y al llegar a mi casa las cuentas no cuadraban… «Venga para acá mijito» me dijo mi mamá, gran loga me echó, y de ribete una nalgada bien cuajada también… Don Venancio debió haber sido un hombre contento, divertido y picaresco en el buen sentido de la palabra.

Yo recuerdo con mucho aprecio, pero sobre todo con agradecimiento a Don Víctor, por ese gesto de amor de ir a donde lo llamaban para aliviar el dolor o sanar al enfermo sin importarle la distancia y hasta la paga.

Don Víctor Tobar tenía su farmacia que en ese entonces se llamaba Botica, en la Av. Central Norte y la 1a. Calle Poniente, esquina opuesta a la casa de su papá Don Venancio; enfrente vivían Don Tan Puente y en la otra esquina Doña Virginia Pérez. Había un gran mostrador de madera el estilo de la época colonial con las molduras tradicionales, barnizado creo que de color café algo shuquito, porque nosotros los cipotes de allí nos agarrábamos para ver con curiosidad cómo Don Víctor medía en una copita graduada el remedio, para luego echarlo en el bote de vidrio que nosotros habíamos llevado cuando éste era liquido, porque cuando era sólido o en polvo, ya estaban hechos los cartuchos de papel; y si era semi sólido, lo hacía untado en unas cajitas elaboradas con colochos de madera.

En las boticas casi no se vendían fármacos químicos, todas eran medicinas naturales. A mí me gusta recordar las ringleras de botes, abotijados y cuadrados unos y otros apachados, todos con tapones de vidrio al estilo señorial en forma de sombrero. Los estantes estaban cundidos de botes con los medicamentos que Don Víctor elaboraba. Lo que si no quisiera recordar son las purgas que nos recetaba cada seis meses para limpiarnos el estómago con Sulfato de «soda» (así le llamábamos al Sulfato de Sodio) o en  su defecto Sal Inglesa; nos la daban en ayunas a las seis de la mañana para que a las diez estuviéramos corrompiendo -como se decía- a la diarrea obligada que nos sacaba hasta el último pellejito contaminado del estómago. Cuando nos llevaban el bolado a la cama para que lo tomáramos junto con una rodaja de naranja nos decían: «Dale de un solo, hasta ver a Dios» y luego que la tomábamos, a chupar la naranja para cambiar el horrible sabor de la purga y… a continuación fresquito tras fresquito toda la mañana, hasta calcular que la tripa estuviera limpia.

   

Carao y Chichipince

Otra de las medicinas tradicionales de Don Víctor, fue un jarabe para la tos, que según se decía lo elaboraba con las vainas fruto del carao o caña fístola; de lo demás yo no sé, pero me imagino que hacía un cocimiento o lo fermentaba con la vaina machacada, miel de panela, jengibre, ajo y otros ingredientes que solo él sabía preparar… Se decía que tenía un libro grande valioso que su papá le heredó de donde sacaba las recetas… Luego de depurar los menjurjes los colocaba en los botes listos en la despensa y para la venta.

En aquella época insólita que hasta nos permitía formar nuestra propia identidad, las vías de comunicación eran de tierra y el medio de transporte el caballo y la carreta, por lo que casi no había influencia extraña, no habían médicos ni clínicas de salud que, aunque teníamos a nuestro favor un clima frio agradable, el agua pura de las vertientes, el aire puro que daba la vegetación exuberante, y la tranquilidad, éramos vulnerables a cualquier enfermedad maligna; sin embargo diría yo que teníamos buena salud. Lo que si tengo presente es que no teníamos enfermedades venéreas gracias a un acuerdo municipal de por vida e intocable por los alcaldes que decía que jamás Apaneca iban a haber casas de citas o de prostitución o lugares parecidos.

En toda comunidad son importantes los servicios sanitarios para la salud de sus habitantes. Durante la colonia se supone que las casas importantes tenían inodoros, pero en el resto la toma de conciencia fue lenta. Yo recuerdo que las casas que estaban a los alrededores y más allá, no se preocupaban por eso y sus excrementos los dejaban al aire libre donde quiera al pie de un árbol y las gallinas y los tuncos se encargaban de reciclarlos.

Lo que les voy a contar no se lo cuenten a nadie, como decía la Niña Monchita Porra. Allá por los años cuarenta, yo fui a jugar con otros cipotes amigos y jugando jugando llegamos a una casa vieja que ya no tenía techo, solo estaban los restos de las paredes de adobe, pero uno podía imaginar o adivinar como era y funcionaba la gente que allí vivió. En la casa se notaban los cuartos dormitorios, la sala, el comedor y hasta un caidizo corredor frente a una especie de jardín; pero lo que más me sorprendió fue el inodoro que tenía un montaje técnicamente elaborado; tenía una casita con su plancha y un cajón para sentarse, pero a la orilla de un desfiladero, que permitía que las excretas cayeran abajo de donde pendía un corralito con un boquete que daba la facilidad para que los animales metieran la cabeza y agarraran el producto; lo demás, como es penoso, juzgue el lector qué hacían a los cerdos ya engordados, o quizá se morirán de susto de ver micos y tantos pajaritos en el cielo.

En esos años la medicina preventiva no existía, Don Víctor solo hacia la cacha con las medicinas caseras… así curaba… Los niños apestábamos porque a la hora del baño salíamos huyendo… Señal de que estábamos alentados eran las chapitas coloradas entre la tierra acumulada en los cachetes… Lo de lavarse las manos antes de comer ni los abuelitos lo hacían, solo nos limpiaban las manos con hojas y las uñas con palos… De la campaña que a mí no se me olvida, es cuando en la escuela nos ponían en línea con un vasito de agua y pasaba la maestra con un gotero echándonos cinco gotitas de yodo para que hiciéramos gárgaras y no nos creciera el buche; y es que ahora me doy cuenta que el yodo combate la hipertrofia de la tiroides (se forma una pelota debajo de la mandíbula) y que nosotros la llamamos «buche», era la razón por la cual los pueblos vecinos nos llamaban “buchones”; pero hoy ya no lo somos porque algunos malos ciudadanos cortaron los árboles de las montañas y el yodo ya no subió a estas alturas.

Don Víctor Tobar no solo era el que curaba y la hacía de boticario, sino también era el Cofrade Mayor de la fiestas patronales, él era el símbolo del mayordomo. A la par de la botica tenía otro espacio igual donde estaban los Patrones, uno pelo liso y grandote y San Andrés por supuesto “el colocho”, como los llamaba la gente, era más pequeño y servía para las procesiones porque pesaba menos.

También desde que yo tuve uso de razón ya era el alcalde municipal… para entonces yo pensaba que los alcaldes ya nacían con el puesto, porque él lo fue de por vida… Don Víctor no era tan alto ni tampoco panzón… yo lo tengo presente con sus pantalones largos y holgados, y bastantes paletones al frente, su camisa caqui arroyada hasta el codo, su sombrerito de pelo y su gran escuadrota de cuarenta y cinco al cinto, símbolo de la autoridad competente en esos dorados tiempos. Amigos que lo conocieron contaban que no se la quitaba ni para dormir, y por eso se le había dibujado en el músculo de la nalga algo como vaina que le ayudaba a sostenerla; al mirarlo chincuno se le veía la figura decía la gente.

Siguiendo con la historia de la medicina de mi pueblo, hubo otra botica que vale la pena mencionar. El boticario y dueño era Don Manuel Gómez y estaba ubicado en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la 2da. Calle Oriente justo enfrente donde hoy vive Don Walter Calderón, esquina opuesta a la Don Chepe Humberto Arévalo y al frente también de los Borja. La casa ya no está porque la destruyó el tiempo. De Don Manuel solo recuerdo que era un señor bien estirado que nunca se bajaba la corbata y su voz era fuerte, desgajada y turbulenta, atento como todo un buen boticario. La casona y la botica desaparecieron junto con él porque sus hijos jamás se asomaron para seguir sus pasos; Don Chepito Gómez Cuestas, fue el jefe de correos formal de por vida y doña Esperanza Gómez Cuestas, maestra de instrucción primaria hasta que ya no pudo (mis especiales respetos); ni tampoco le interesó a Doña Herminia Cuestas de Gómez, que no se asomaba a la botica.

Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.

Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, aspirinas, mejorales, dolofines, ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate, que aunque me dejaba la boca tetelcosa, me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán, que aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.

La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.

Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.

Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.

Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho”… llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.

Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.

En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.

Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaban viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e  itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.

Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.

Si la memoria me ayuda, voy a apuntar lo que recuerdo de Mama Fina y que tiene que ver con el crecimiento de la población de nuestro querido pueblo. Por supuesto lo que les voy a contar data de hace muchos años cuando no existían clínicas ni hospitales y como hemos visto antes, una persona tomó la responsabilidad de la salud; tiempos en los que para llegar a Ahuachapán o a Sonsonate había que ocupar todo el día a pie, a caballo o en carretera; los caminos eran de tierra, angostos y fangosos por lo que un enfermo grave era imposible que llegara vivo a su destino.

Yo me acuerdo de Doña Chona Turcios, que iba a dar a luz un cipote, que a la hora de las horas no era uno, ni dos, sino tres que se abrazaban y querían salir juntos. En esa treta ninguna salía. La mamá Fina nada podía hacer… solo tocó y diagnosticó que eran tres o más dijo ella. Los vecinos en pie improvisaron la hamaca de costumbre: una chiva fuerte doblada en dos, amarrada entre sí y cruzada por una vara de madera que sostuviera el peso. Con Doña Chona en hombros de dos que se turnaban entre varios hombres que acompañaban, se pusieron en camino y claro iban también mujeres por cualquier cosa que los hombres no podían hacer.

La llevaban al Hospital General Francisco Menéndez de Ahuachapán, porque se decía que ahí podría haber un médico que la salvara. Iban por el camino viejo pues quedaba más cerca y directo… pero de nada sirvió. La juntada de la grulla de hombres, la hechura de la hamaca y tantas vueltas que a la altura de la Fania ya para empezar la guinda del camino, Doña Chona expiró… Lamentable tanto esfuerzo y a nadie se le ocurrió abrirle la panza a la difunta para rescatar a los bebés que a lo mejor estaban vivos, aunque de todos modos por ese tiempo la cesárea a lo mejor aquí no estaba permitida… Final nada feliz de la historia porque los hombres regresaron con ella para darle cristiana sepultura… Y esto sucedió muchas veces, no solo con los partos, sino con otras enfermedades que nuestros médicos caseros no pudieron curar.

Digamos que con esto de los partos no fue tanto porque para comenzar no es una enfermedad, sino solamente saber dar la atención adecuada para evitar complicaciones. Yo conocí a Mamá Fina, Serafina Melgar Calderón se llamaba ella, muy querida por la gente porque todos los que ahora somos viejos, respiramos por primera vez en sus manos. Ella estaba pendiente de todas las mamás panzonas, no digo las botijonas por comer bastante, sino todas aquellas por andar amando con pasión.

Nosotros nos acordamos muy bien de ella no por los partos, sino por los pastelitos rellenitos de carne que ciertos días de la semana pasaba vendiendo; lo de ayudar a traer niños al mundo era un hobby para ella pues no lo hacia todos los días. De algo perenne tenía que vivir, así se dedicaba a fabricar pan bueno con su hija Ana Sigüenza. Iba de casa en casa vendiendo enrollados, picudas, salpores, shashamas, viejitas, peperechas y los famosos pastelitos rellenos de leche que nos desgajaban la saliva… Yo la tengo presente en mi memoria… todos los cipotes salíamos corriendo espantados de emoción cuando asomaba por la esquina de la cuadra… gritando el puño de cipotes cada quién a su casa ¡Ay vienen los pastelitos!… ¡Ay viene Mamá Fina!… Los más chiquitos caían patas arriba chillando, pero comíamos pan.

Ella era de mediana estatura y delgadita, el color de su tez era blanca y su cabellera negra, un tanto liso y algo quebrado; sus ojos color cafés alegres que inspiraban confianza… Así la recuerdo, con su vestidito modesto que envolvía un caudal de virtudes que muchos carecemos como la humildad, la paciencia, la honestidad, la entereza y espíritu de servicio.

Los fines de semana mi papá me decía: «Anda donde Mamá Fina y decile que vas a encargarle los tamales de mañana… y con bastante tocino decile»… Y yo le contestaba ¿Cuántos pa? y él me agregaba: ¡A… si ella ya sabe, hombre! cuantos somos en la casa. Y esto se repetía con toda la gente del pueblo… Ella ya sabía cuántos porque llevaba el control de la natalidad.

Un real valían los normales y dos reales los grandotes… Eso sí… a nadie le vendía más de la cuenta… En un palo amarraba una hoja de guineo avisando que todavía había tamales para aquellos que no se les había vendido… La Mamá Fina era “cachera”, como dicen en mi pueblo, porque también vendía carne y chicharrones, también sopa de pata y de tripas de res, a veces shuco y otras comidas tradicionales dependiendo de la época… Todos los años siempre estaba ayudando a Mamá Chenta en la cofradía haciendo las comidas de las fiestas patronales.

No hay duda que del cielo sacaba tantas energías porque a cualquier hora del día o de la noche, al primer dolor que provocaba la cristiana que deseaba venir a divertirse a este pueblo, Mamá Fina ahí estaba, con sus agüitas de monte que solo ella conocía, alcohol, merthiolate y tijeras por si en esa casa no las habían comprado. Cuando ese momento llegaba, a nosotros los cipotes nos costaba entender lo que estaba sucediendo; habíamos visto a la mamá panzona, pero antes nos habían comentado, dándonos atol con el dedo, diciéndonos que dentro de poco iba a venir por aquí una cigüeña trayendo un niño colgado en el pico, pues en esa época a los cipotes nos daban carreta fácilmente. Lo que veíamos y oíamos es que los mayores se movían con cautela y platicaban en secreto; si era de día nos mandaban a jugar lejos, y si era de noche nos pasaban adormitados a un cuarto separado para que no nos diéramos cuenta de los hechos reales; aunque a los grandecitos ya no nos engañaban porque ya estábamos instruidos en la calle por los amigos con mayor experiencia.

Es bonito recordar todo lo que pasó anteriormente, más que todo de dónde venimos y lo que sucedió para llegar a dónde estamos, pues ahora nos asustamos cuando vemos que un niño recién nacido se le envuelve en un pañal que no sea el de moda. En tiempos de la Mamá Fina lo más común era cortar las nahuas de los vestidos viejos de la madre, o al más no haber, las mangas de los pantalones del padre, que aunque raspaban vean mis lectores cuanta población tenemos.

Después que el niño nacía, lo bañaba, le arreglaba su ombligo primorosamente y lo dejaba mamando hasta darle la primera probadita de aceite de comer. La mágica señora volvía cuantas veces fuera necesario para revisar el ombligo hasta que quedaba sanito, y cuidar a la madre con pañitos calientitos hasta verla fortalecida nuevamente.

Hay mucho que contar sobre el tema y dejo al libre albedrío a los curiosos o curiosas para que pregunten a sus mayores sobre el asunto. Yo les cuento que hace poco por un descuido quebré el botecito de vidrio donde guardaba mi tripita seca que mi mamá me regaló, ella misma conservaba el cordón umbilical del primogénito, los demás hijos vendrían enteros, sanos y con una buena estrella.

Como todos sabemos, el tiempo de servicio útil de una persona tiene su fin; Mamá Serafina envejeció y Dios se la llevó, pero debo también recordar a Doña Josefina Amaya, que heredo este gesto de caridad para las mujeres y que dicho sea de paso era su sobrina. A mí no me queda más que agradecerles en nombre de la ciudad de Apaneca y lanzo la idea a las autoridades competentes, de que debería haber en un lugarcito un monumento donde aparezcan por lo menos los nombres de estas personas, y otras de verdad abnegadas que dieron todo por el todo en nuestro pueblo.

LAZAU

Los recuerdos de una vida

Para que no queden olvidados algunos hechos históricos que vivimos los apanecos y que nos hicieron crecer culturalmente, si es que se le puede llamar “crecer” hasta donde estamos ahora; porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me acuerdo de algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo lo haría con gusto, pues fueron bonitas experiencias en lugares que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a la meseta de Apanehecath, una de las primeras preocupaciones fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así, porque parece ser que ahí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba; los lugareños ya tenían conocimiento que en Sonsonate, Acajutla e Izalco, los españoles se habían establecido por la fuerza, y que a lo mejor lo más sabio era esperarlos y de alguna manera entenderse, para no chocar contra “esa raza” y salir perdiendo.

Según me contaron mis abuelas, a la zona de Apanehecath llegaron fuertes y con ganas de matar, pero enseguida notaron que comunicarse y entenderse era posible, pues la organización social se los permitía; ellas me dijeron que ya había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron. Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos de que aquí encontraron un clima agradable para vivir, mejor o igual que el de su lugar de origen. Empezaron diseñando una ciudad de calles amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén en su forma original, merecen ser recordados.

Las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse, para tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos y aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos bien claros metidos entre ceja y ceja. Ellos organizaron y construyeron, y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad que para bien o para mal somos nosotros ahora; porque eso sí, característica loable de los españoles fue que los que llegaron solos no tuvieron reparo en formar familia con las nativas, y no precisamente para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto, no soportó la influencia de los europeos recién llegados. Mis abuelitas me contaban durante largas horas sobre cómo fueron introduciendo poco a poco su cultura. Al parecer, algunos señores traían desde Guatemala maestros que enseñaban varias cosas a todos los de la casa; el que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… Un maestro, pasaba por varias casas y con el tiempo se iba; a los meses, aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que le eran útiles a la gente; luego aparecía otro que enseñaba oficios como la carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería, y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura, no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra; además, nuestros nativos, como los llamaban ya en esa época, ya conocían ese oficio, solo hubo que aumentarla y perfeccionarla. En cuanto a la ganadería, eso sí fue de lo mejor que nos trajeron, porque nos dieron a probar la leche y el quesito; nos trajeron también los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante que introdujeron, porque nuestra raza no conocía el uso de la rueda, las cosas en aquella época se transportaban en el “lomo”. Todo esto contribuyó grandemente a enriquecer la cultura de la zona.

Las tierras para el cultivo, las más cercanas fueron para los señores, seguido por los ejidos y tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según si la cosecha estuvo buena o mala, aunque con eso de la movilidad social y económica, y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra, y por ende la estructura social, fue cambiando hacia la equidad, en donde todos tenían donde vivir y de qué vivir.

Como dije antes, los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza: la mestiza. De lo que no hay indicios en Apaneca es que haya habido esclavos, solamente hubo sirvientes, pero estos eran libres, algo que facilitó la convivencia social; pero como decía mi Abuelita, fue “con mucho conformismo”, a lo mejor porque “todo anduvo bien”; sin embargo, si analizamos y comparamos en la actualidad, los hechos nos dicen otra cosa.

Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos de una época anterior a la mía que valen la pena recordar y que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto en esos tiempos había reglas claras de conducta. En esa época, un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando… y mucho menos meterse en la plática…  ¡Ay mamá si esto sucedía! al irse la visita le tocaba “riata”, plantón con las manos arriba, o hincado en arena o maicillo… Mucho peor era desobedecer o contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… Todos los castigos eran duros, pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. En los años que yo crecí, allá por los cuarentas, todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo, algo había, pues también la niñez poco a poco iba cambiando sus cánones de vida, y en esto la escuela y la religión tuvieron mucho que ver.

LA ESCUELA Y LA RELIGIÓN

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo XX, allá por el mil novecientos… En esa época solo había un grado, un maestro y una casa improvisada – más bien era una ramada – en el predio frente al costado oriente del parque, donde también se amarraban a las bestias de las personas que venían de lejos a hacer algún cumplido al pueblo… ahí merito donde hoy es el Mercado Municipal.

En ese entonces los niños no pasaban de grado, sino que aquellos que aprendían a leer y escribir pronto, ayudaban al maestro con otros que no podían o que se cansaban; en aquellos tiempos también, los alumnos que se consideraban preparados ya no llegaban, de hecho, los alumnos eran poquitos y un tanto “grandecitos”.

Mi abuelo paterno que fue policía municipal toda la vida, me contaba muchas cosas importantes, tal es el caso de sus atribuciones laborales, que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque; también acarrear a “bolos” que caían por allí en la calle para meterlos en la cárcel; también acarreaba a los cipotes que no querían ir a la escuela y que vagaban por el pueblo.

Ño Irene se llamaba el policía, que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga de toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: Un día se topó con uno de esos cipotes traviesos, y que de paso era su sobrino; a éste su mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene al verlo pensó que andaba de vago y que no quería ir a la escuela… entonces lo tomo del brazo, pero el niño se le forcejeo y se soltó… y salió corriendo; el policía entonces fue detrás queriendo alcanzarlo con la “verga de toro”, pero el cipote logró entrar a su casa… entonces uno de los vergazos que había lanzado cayó en el quicio de la puerta… y va y su prima hermana que sale reclamándole “A mi hijo no te lo llevás Irene, ya bien sabés que de escribido y de leido no se come, así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando, pues eso le había ocurrido cientos de veces, ese no había sido el único caso, porque él mismo no sabía leer, pero sí sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público que se pone en marcha, hay oposición de algún sector… con la escuelita la hubo, y fueron en este caso, las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias, pues ahí donde era una especie de terminal de caballos iban a construirla; hasta venta de guatera había, para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado… Pero esta oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del General Francisco Menéndez; en ese momento, se construyeron cuatro salones grandes de paredes anchas de adobe y con corredores prolongados a ambos lados… Bellísimo se veía el portal que quedaba frente al parque, pues lo construyeron con pilares rollizos y adornados; el otro portal que quedaba al interior fue utilizado para usos múltiples y para el tiempo de recreo de los alumnos. Ahora sí era una escuela formal con tres salones para los tres grados y sus tres maestros; el cuarto salón servía para la dirección…. Esto significó que la educación ya había avanzado, aunque la rigidez siempre existió, pues la dureza de los maestros compaginaba con la dureza de los papás en las casas… Les voy a contar qué sucedió una vez en la vecindad de los apanecos.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir, con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos, como a cuatro kilómetros en la cercanía de El Rosario; allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudándole en la tapisca del grano del maíz. Don Evaristo tenía un hijo, al que esperaba todos los medios días a que saliera de la escuela para que llevara el almuerzo a los trabajadores de El Rosario… Cuando llegó el hijo, que se llamaba Manuel, le dijo: “Hijo, ensillá la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres”, “Bueno Pa” contesto. El muchacho trajo la yegua, la ensilló y se montó en ella llevando el almuerzo consigo; la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino, pero al llegar al pueblo en vez de agarrar para El Rosario, fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una “pacha” con tesón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la aldea con el almuerzo de vuelta y le dijo a su papá: “Fíjese que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo” … “¡Hay hijo que jodida!” dijo Don Evaristo … Y caminando hacia dentro de la casa, agrego: “Ya vas a ver hijo mío que la yegüita sí va querer hacer el mandado…”  Al volver Don Evaristo, venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con un nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRRAASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores de El Rosario. Queda para discusión si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua. Esas eran otras formas de educar a la juventud en aquellos tiempos.

En cuanto a la religión, la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que no hubo cura que pasara por aquí, que no enseñara a grupos de personas a leer y escribir a la par del evangelio; además, enseñaban música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y con las mismas virtudes indígenas. Él siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada, ni siquiera radios, y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal era envidiable; en ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: El Angelus.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (Pinn, pinn, pinn… etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido, el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (Pann, pann, pann…etc.) y a continuación venía el repique… en ese instante toda la gente caía hincada dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El ángel del Señor anunció a María

y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

Amén.

A medida que fuimos más los habitantes del pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí, en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el Ángelus lo hacía de pie o caminando y en silencio… mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como regañándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos”. A buen entendedor pocas palabras.

En las casas, las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar donde eran siete mujeres que, dicho sea de paso, eran mis coabuelitas, por eso algunas veces estuve ahí. Ese día estaban reunidas por un motivo familiar, los hombres no estaban. Estaban en su tertulia “para que les bajara la comida” como ellas decían, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia, todas cayeron hincadas en el tabique para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús las buenas cosas que habían disfrutado, y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado de gente. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole “Buenos días le de Dios”; tan solo unos pocos años después, se decía solo “Buenos días”; y ahora hemos llegado ya a solo decir “Buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

LAS CASAS

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, con los rasgos materiales pasa lo mismo, por ejemplo, las calles y las casas que son la cara de un pueblo. Voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto por la imaginación, con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de aquellos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII, pues yo conocí los vestigios; se notaba que eran opulentas y que, si ahora ya no están, es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Av. y al costado sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez, que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya nunca volvieron…Algún comentario me hicieron mis abuelos, dijeron que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real que lleva al Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra casa grande que todavía se podía ver los muros, vigas, tejas caídas, las puertas y ventanas viejas, podridas, todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que los que vivieron ahí fueron de apellido Quezada. Dicen que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y, por ende, su posición social; mi abuelita me contaba que el señor que vivió allí, le interesaba mucho cuidar la apariencia y que el caballo que montaba para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tiene sus ironías, a mi abuela y a mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la 1ª Avenida Norte – que al día de hoy ya no está – o sea al tope donde comienza el “camino chiquito”. Él nunca me contesto, pero mi abuela un tanto esquiva me dijo “Ahí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad porque uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la ganó; por eso Antonio se hace el sordo… por eso ya no le preguntés… porque él y todos los Saz ahí nacieron y le da mucho sentimiento al recordar…Más tarde cuando se cumplieron los plazos para pagar la deuda, le embargaron la casa y tuvieron que irse de ahí… En ese entonces – agregó – el candidato pagaba los gastos de su campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la 2ª Av. Sur y final de la 5ª Calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta, fue una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madera, unas polainas de montar y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo estaba viejo, propio para un museo y lleno de polvo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la Mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que a día de hoy sigue ahí y que, dicho sea de paso, el Gobierno Municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo, conservarlo y convertirlo en parque para los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, y como a este señor le gustaba el trago y la fiesta traía amigos y amigas, y para amenizar mandaba a traer una marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; por ejemplo los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos mezclada con la de nuestros aborígenes, la genética y la movilidad social, hicieron su trabajo, y no muy tarde, los habíamos de todos los colores.

Como ya expliqué en otros apuntes, a cada cacicazgo, del mismo modo que los obligaron a no usar caites y otros arraigos, también los obligaron a quitarse su nombre original para llevar uno de origen español, el que aparecía indicado en el almanaque el día de su nacimiento, siempre en memoria de algún Santo como era la costumbre en la religión cristiana, de ese trabajo se encargaban los misioneros de la época… Por ejemplo, una mujer que se llamaba Flor de Loto, se llamaría Juana, porque había nacido el día de San Juan; luego se le ponía el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque llevan y me traen a donde quiero ir y venir”; igual pienso, que las calles de los pueblos son importantes porque permiten caminar y movernos a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver las casas y las calles como antes, pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de conservar tan siquiera un pedacito que muestre la parte de la historia y del momento aquel que vivimos.

LAS CALLES

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas y en el centro había un canal donde corrían las aguas lluvias porque en esos tiempos no había alcantarillas… las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos. Yo añoro esa época porque cuando salíamos de la escuela, alistábamos los cuchillos “deserbadores” – o deshierbados pues – que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos al deshierbar… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no, porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar. Entre más empedrados enmontados había, más contentos nos poníamos los cipotes.

Yéndonos a otros beneficios de esta actividad, considero yo, que aparte de la ganancia en dinero que obteníamos, también desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de las herramientas, la voluntad y el buen gusto, algo que no debía faltar en la presentación de un trabajo, pues al finalizar había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el “topón” o por el dueño que nos estaba pagando…

Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y en el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejarán mentir en este relato, como Paco y Gerardo Márquez, o Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

LA MONEDA

Algunos se preguntarán qué tan viejos son los apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto, pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas; como es el caso de la moneda de aquella época que, así como hoy que nos cambiaron el uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos nos esta costado mucho sacrificio; también a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente a usar el colón, cuando ya ellos estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia.

Nosotros conocimos a nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y otros menjurjes, comían diez personas de una misma familia… Cuatro reales eran 0.50 ctvs. de colón y ahora serian 0.057 ctvs. de dólar, pero redondeando se hacen 0.06 ctvs. En esa época mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes, dinero que equivalía a 0.25 ctvs. de colón, que ahora serian 0.0286 ctvs. de dólar, cantidad que si la redondeamos resultaríamos 0.03 ctvs. de dólar. Entonces un real, valía 0.125 ctvs. de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 ctvs. de colón, es decir, al revés de como hoy en día se redondea; en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas a 0.06 ctvs. de colón o un cuartillo de caramelos a solo 0.03 ctvs., a esta última moneda le decíamos “cuis”, me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas; al igual que como hoy llamamos “cora” a la moneda de 0.25 ctvs. de dólar. Había otras monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio y que pertenecían a la época de la dominación española; como éstas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me contó un día, que cuando él estaba chiquito no había monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… así, cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… Yo conocí una de esas monedas ya bien gastada por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; las había de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”.

BOLAS DE LUZ

En aquella época remota no había bancos donde depositar el dinero como hoy; la gente para guardar sus ahorros recurría a cualquier subterfugio que podía imaginar; algunos metían el “pisto” protegido por una bolsita hecha de costal entre mazorcas de maíz; otros haciendo un hoyo en la pared y simulaban el tapón con una piedra; algunos también enterraban una botija de barro en algún lugar de sus patios… y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en los que la inocencia tenía un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas, que hasta cierto punto tenían razón de ser. Decían que cuando alguien escarbaba en una casa vieja o se botaban paredes, tenía mucho cuidado porque se podía encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que, en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente todos estaban dormidos, salió una luz en el patio; se conocía que si la luz que aparecía era roja era porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … El señor dueño de la casa se puso en vigía… Todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frío y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo y se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que ésta agarró la esquina de la cobija que llevaba encima; cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó un grito de terror y no pudo hablar más, ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron ahí, lo limpiaron, y lo medicaron con ruda y alcohol… Le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó… Poco a poco fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1, 2, 5, 10, 25, 50 y 100 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03 ctvs.; de níquel eran las de a 0.05 y 0.10 ctvs.; las de a 0.25, que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 ctvs. de los Estados Unidos, sin duda prestadas o compradas por el Gobierno de la época cuando el dólar equivalía 2.50 de colón, éstas despertaron gran interés en la gente por ahorrarlas porque en aquel entonces eran de plata y la gente se entusiasmaba por llenar poco a poco su tunquito de barro.  No faltó el vulgo que les llamó “pesetas” o “chimbimbas”. Éstas eran escogidas por los padrinos de los novios en una boda pues tenían que dar las “jarras”, o monedas suertudas, para que la riqueza prevalezca en las labores de la nueva pareja… Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargaría a la familia.

LOS BANDOS MUNICIPALES

No quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito de cuando por estos lados no existían otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las Leyes y Decretos Municipales que, aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión la pongo en la forma cómo los munícipes le hacían llegar a la gente los edictos y ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que ya desapareció y solo está en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la Alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando en el pueblo, aventaban las herramientas y se iban a encontrarlo… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla, también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Junto al tambor que hacía el llamado, iba también el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho sea de paso era mi padrino (que me disculpen por meter a mi familia), el policía municipal y mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos otros munícipes; como principal, iba también el alcalde Don Víctor Tobar. Al llegar a la primera esquina formada entre la 4ª Calle Poniente y la 1ª Av. Sur, se aglutinaba el montón de gente para escuchar. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa eran Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas, esta última, solo levantaba la cortina de la ventana.

Cuando el secretario buscaba la mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venía un silencio profundo, y Lacho Solano y la policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal, etc, etc… Acuerda, etc., etc., etc.” y comenzaba cada quien a retenerlo todo, cada uno retenía lo que le correspondía. Algún edicto que yo recuerdo es que debía mantener a mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… O el que, por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… O aquel que, porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás a hervir el agua para tomar… También uno que, como iba a haber una visita del Señor Gobernador Departamental, había que deshierbar y limpias las calles… U otro que recordaba a los del pueblo que ya era tiempo de que pagaran los impuestos municipales, porque el dinero que había ya no alcanzaba para terminar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída… que fue a las tantas horas del día tal…” y salía de nuevo la comitiva para la otra esquina al compás del pon-pon-ponte, pon-pon-ponte de Lacho y su tambor. En la esquina que estaba formada por la 4ª Calle Oriente y Av. 15 de abril Sur, la gente escuchaba desde el quicio de la puerta… bueno, solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar, porque las otras casas estaban sordas y mudas, o sea que siempre estaban deshabitadas. Al terminar aquí el “bando” arrancaba de nuevo y cada vez se hacía más gente alrededor…

Yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Av. 15 de abril Norte y la 3ª calle Oriente, desde donde el señor secretario se colocaba en la acera más alta, la que era, o es todavía, de Don Rodolfo Artero… y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la esquina opuesta solo había un tapial, el de la casa de Don Alejandro Artero; en la otra esquina, Don Román Villafuerte escuchaba desde su casa; y la opuesta a la de Don Román, estaba la casa de Don Rafael Puente Luna.

Terminada la lectura, el “bando” salía sobre la 3ª Calle para llegar a la 1ª Av. Norte, en esa esquina donde antes había un molino y que fue manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura. En la esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio (a quien cariñosamente le decían “Pachuco”) y en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la comitiva municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la Alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios… Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores, y si los digo es porque es la única fuente que conozco; no pretendo exaltar la figura de nadie, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU