Experiencia inolvidable en plena pandemia

Este escrito tuvo pie el 06 de mayo del 2020, el día miércoles para mayor exactitud.

Todos sabemos que yo soy un anciano de 78 años, por no decir viejo que le pongo ganas a la vida, cosa que todos los días le sé pedir a Dios, aunque no hago alarde porque se lo pido en silencio y luego que lo que le pido me lo concede le doy las gracias otra vez; pero a veces cuando no hago caso porque no cumplo algunas obligaciones me da mis moquetazos para que entienda y deje de ser terco.

Voy a contarles lo que me sucedió ese día miércoles 06 de mayo del 2020 por supuesto.

Todo comenzó al querer tapar un hoyo que una intrépida rata ha hecho en una de las puertas de madera de mi cuarto; digo que ahí comenzó porque me puse a alistar una madera que lo cubriera y la bendita rata no pudiera entrar.

El clima candente, el serrucho desafilado y que la tabla que cortaba estaba dura, contribuyeron a hacerme difícil la tarea, y para colmo de males escuchar los regaños de mi hija y mi mujer por abusar de mi salud contribuyeron también a que me enojara y tirara todo con violencia. En ese mismo momento se me subió la presión arterial, la temperatura corporal llegó a los 40º C, me dolían los huesos y un frio intenso invadió mi cuerpo; suficientes características para pensar tantas cosas como hacerle el “honor” al coronavirus; y para ajustar mi tribulación viene un médico por hay, que adijueces como decía mi abuelita, me manda al Hospital General del ISSS para que valoren mi estado de salud.

Cuento todo esto porque a veces hay equivocaciones: la persona llega sana, la revuelven con algunos enfermos ya contagiados, y esta persona que llegó sana ya no vuelve porque encontró la muerte.

A mí me llevaron a las cinco de la tarde; inmediatamente me subieron a una cama, al buen rato me quitaron mi oxígeno y me pusieron el del hospital. Luego me sacaron sangre y no sé qué más me hacían porque me puyaron los brazos por todos lados y lugares muy sensibles; así también me tomaron radiografía de los pulmones. Estaba cansado porque me tuvieron ahí cuatro horas y yo les pedía que me dejaran venir a mi casa y las enfermeras solo decían no.

Mis familiares estaban fuera no les permitían entrar. Por fin entraron para comunicarles que me dejarían ingresado. A esa hora yo ya estaba estable. Pero todos estábamos confundidos por la sorpresa, aunque yo ya estaba seguro que el virus no lo tenía, a esa hora me llevaron al quinto piso. Estando ahí comienza el problema en su máxima expresión porque la enfermera que me llevaba pregunta en la primera puerta ¿Hay espacio aquí para este señor? Sale la encargada y contesta que no; viendo nosotros que ahí estaban los más enfermos de virus. Seguimos caminando hacia la otra puerta y pasó lo mismo y vimos que ahí estaban los menos graves. Vamos a la tercera puerta y la enfermera pregunta ¿Hay espacio?, y la enfermera contesta que sí. Ya estaban casi metiéndome cuando la enfermera dijo – hasta aquí llegan ustedes – y le preguntó mi hija que por qué – ¿Que nadie allá abajo les explicó de lo que está pasando? – dijo la enfermera, ¡Claro que no! – Contesto Elena – ¡Abajo solo nos dijeron que mi papá se quedaría ingresado y que acá arriba el médico encargado explicaría por qué se tiene que quedar!

Yo ya cada vez estaba más atribulado y me quería bajar de la cama para que nos viniéramos a la casa… y yo les repetía “si me quedo aquí me contagiaré del virus y en dos días estaré muerto”. Según mi hija al llevarme al quinto piso pensó que yo iba a estar solito en un solo cuarto y bien atendido y que ella podía quedarse conmigo. Según parece, como explicó la doctora encargada cuando llegó, que lo que querían eran alistarme con otros pacientes con enfermedades respiratorias graves, para averiguar mi estado de salud y porque había tenido fiebre. Una enfermera antes que la doctora llegara dijo que si me llevaban a mi casa y me agravaba después y me traían nuevamente ya no me atenderían, ¡Que gran tontería dijo!

Finalmente la doctora encargada manifestó que valoráramos bien el exigir un alta obligatoria.

Así estuvimos largo rato hasta que mi hija Elena se comunico con mi otra hija Claudia y así tomar una mejor decisión.

Como ellos, los del hospital, insistían en dejarme ingresado y nosotros haciendo la contraparte,  Elena un tanto enojada y con gran fuerza y las palabras quebradas dijo: ¡Me lo llevo! Luego que estábamos en ese estira y encoge llego un doctor joven, este fue más compresivo y dijo que si considerábamos que era mejor que me viniera, estaría bien, siempre y cuando tuviéramos las condiciones necesarias en la casa para atenderme. Aclaró también que si me sentía mal de nuevo podía acudir al hospital y que iban atenderme inmediatamente, él también me recetó unos medicamentos.

Por eso aquí estoy vivito y coleando. Estando aquí haciendo conjeturas me acordé que días anteriores se me quebró un diente de arriba y se me infectó; y por eso fue el dolor en la boca, la subida de la presión arterial, y la calentura. Por esa misma razón ahora estoy siendo atendido por un dentista.

Esta historia la cuento porque puede servir a muchos que están pasando por una situación igual. No estoy satanizando todos los hospitales porque yo he estado en otro hospital y me han tratado como si estuviera en un hotel de cinco estrellas como el Policlínico Planes de Renderos con médicos, enfermeras y su personal de servicios. Todo fue excelente.

LAZAU

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La Tradición de Los Farolitos en los pueblos de América

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Allá en Francia nació una luz que alumbraría a un sector de desposeídos por una sociedad ingrata en el año 1189. Estoy hablando de Pedro Nolasco, cuyos padres trabajaban de hacer pan. Luego de Francia se trasladaron a Barcelona, donde Pedro aun siendo niño ayudaba a su padre a repartir el pan… En ese trajinar, siempre le ponía una carga de pan para que fuera a dejarlo al penal que estaba en el centro de la ciudad y repartirlo entre los cautivos que ahí se encontraban. Es ahí donde Pedro ve el sufrimiento de las personas que ahí pernoctaban y se lo guarda en su conciencia de niño para toda la vida: la necesidad de que más allá de darles un pan, había que comprarles su libertad.

Y es que en esa época los árabes mahometanos habían invadido Valencia, que está muy cerca al sur de Barcelona, por lo que tomaban cautivo a todo aquel que no estaba de acuerdo con su presencia, por eso es que los centros de detención estaban abarrotados. Estos cautivos habían tomado como patrona a la Virgen María, y todos los 7 de septiembre iluminaban las ventanas de su prisión con farolitos que ellos mismos confeccionaban, celebrando así el supuesto día de su nacimiento. Esta imagen también se quedó en la conciencia de Pedro en aquella época.

Pedro Nolasco creció y se hizo un hombre de bien. Siendo un seglar comerciante, ya no de pan sino de telas, se trasladó a la ciudad de Valencia y tuvo éxito en los negocios ganando mucho dinero; fue entonces cuando desenfrena aquel sentimiento que traía desde niño y comienza a comprar cautivos a los mahometanos… toda su fortuna se la acabó en la compra de éstos. Luego volvió a Barcelona, y ahí se unió al ejército de los Albigences (de la ciudad francesa de Albi) dirigidos por Simón IV de Montfort, para defenderse del ataque cuando los mahometanos intentaban avanzar a territorio francés.

Después de todo, funda la Orden de los Mercedarios en Barcelona en el año de 1218, en un inicio, con la intención de formar un ejército y combatir a los mahometanos, pero luego se dio cuenta que era mejor convertir la Orden en favor de la fe y tomar como protectora a nuestra Señora de la Merced como redentora de los cautivos. Siendo seglar, Pedro Nolasco compró la libertad de 3,920 cautivos, y con la Orden pidiendo limosna logró la libertad de 70,000.

La Orden creció en toda España y en tiempos de la Colonia también floreció en América. Se construyeron templos y conventos, y con esto, implantaron las tradiciones propias como vestir con su hábito color blanco y la tradición de que en el pueblo donde se establecían, toda la población debía poner en sus casas un farolito en honor a la Virgen y a su fundador, ahora santo, San Pedro Nolasco cada 7 de septiembre.

Cuando yo era chiquito recuerdo haber visto todo mi amado pueblo de Apaneca lleno de farolitos en las puertas y ventanas de las casas, y luego la gente los guardaba para el año siguiente. Mi padre como era carpintero hacía muchos por encargo… son recuerdos bonitos que no se me olvidan.

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