UNA HISTORIA QUE NO DEBE QUEDAR OLVIDADA

Hace poco visité una familia humilde, en el buen sentido de la palabra, que yo estimo mucho porque desde chiquito esas personas me hablaron con cariño y mucho respeto. Cuando yo viajaba a la finca La Bellota que quedaba en el camino a Quezalapa para ver a mis abuelos, a algunos de ellos encontraba porque eran dueños de la propiedad donde ahora han fundado la colonia El Regalo de Dios de Abajo, y siempre me decían palabras bonitas que me hacían sentir agrandado. El caso es que así los conocí. De nombres no digo nada porque más delante se darán cuenta el por qué; lo que sí puedo decir es que los hombres eran campesinos fuertes, amorosos con su tierra y respetuosos de la vida, con su corvo al cinto, tecomate colgando y su fierro de trabajo al hombro; a las mujeres las conocí caminando rápido con su canastito en la cabeza, llevando la comida de los hombres cuando el sol está señalando el centro de la tierra.

Ese día que les cuento fui de visita y me atendió Doña Juanita muy amable y contenta, pero a mí me dominó mi curiosidad rezagada de saber sobre la muerte de su padre y su hermano allá en enero del año de 1932, a una media cuadra de donde entronca el camino que va a la cumbre y la Lagunita de las Ninfas o de Las Ranas con el camino viejo que va para Ahuachapán, pasando por el cantón San Ramón. Cuando nosotros viajábamos a la laguna para darnos un chapuzón, avistábamos dos crucitas de madera en el bordo derecho, debajo de unos árboles de gravileo grandotes en el cerco, que sin duda fueron los testigos fieles y mudos del sufrimiento de los hombres, padre e hijo, ahora olvidados por siempre y que solo podrán tener importancia entre las futuras generaciones después de leer este relato y puedan interpretar el pensamiento culpable de su muerte: «Defender la tierra y su dignidad como indígena, con derecho a practicar su idioma, sus costumbres y sus creencias», que aunque no pudieran expresar con palabras ese sentimiento por la dualidad cultural americano-española y la presión del poder de la muerte sobre la vida, el natural campesino sentía en sus dentros un fuerte palpitar cada vez que una luz llegaba.

El caso es que cuando yo hice la pregunta, claro después de la interlocución del saludo, traté de disfrazarla diciéndole a Doña Juanita que yo estaba haciendo unas anotaciones de historia, y que quería apuntar lo que le había pasado a su papá y a su hijo. Inmediatamente se puso roja y pálida en otros instantes, se aturdió y ya no pudo decir nada y solo decía jerigonzas y pedazos de palabras inentendibles. Creo que fui imprudente y la hice regresar al pasado, pasado que todo nativo vivió y en el que se le cegó su identidad, en la que poco a poco perdió el uso adecuado de su tierra, de su güipil bordado a mano y su refajo colorido, su lengua Nahuath, el saludar por lo menos a un árbol cada amanecer, el respeto al sol, la luna y al nishtamalero, al agua y a todos aquellos elementos que conllevan a la vida. El 22 de enero de 1932 sucedió no como un cerrar con «Broche de oro» las injusticias del pudiente, sino con hierro y plomo, para apagar las aspiraciones de quienes son los verdaderos dueños de esta tierra.

¿Qué hice yo en aquel momento? me percate que había sido grosero al tocar las fibras más sensibles de su corazón al recordar momentos difíciles que vivió, y no solo ella sino toda la familia y conglomerado que los estimaba, que dicho sea de paso, en esa época en cuanto a creencias, todo el pueblo era ya cristiano católico y esta familia siempre fue de las primeras en su participación.

En ese momento yo también me sentí aturdido, se me hizo un nudo en la garganta… Me paré y solo dije ¡Lo siento! y poco a poco fui ahuecando el lugar… Me fui de allí y jamás he podido acabar con el recuerdo… No fue mi intención pero aun así me siento culpable de tal imprudencia, y hasta el día de hoy no he visto su cara porque se me esconde antes que la aborde a saludarla otra vez.

Cuentan que aunque acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, en todo El Salvador fueron tiempos de encanto; gobernada entonces el Dr. Pio Romero Bosque (padre), conocido como el “Padre de la Democracia”. En Apaneca todo era fiesta con la llegada del Charleston. Los fines de semanas sonaban las marimbas la Princesita y la Imperial. En las casas de los pudientes sonaban a diario los fonógrafos de bocina y las vitrolas de cuerda con aquel canto argentino casi hablado llamado Tango. La cerveza Pilsener valía diez centavos de colón y la chibola (gaseosa) cinco; con veintiún centavos de colón donde Don Napo Márquez se compraba un real de buena carne, hueso para la sopa por medio real, y por un cuartillo algo de verduras; un almuerzo para diez personas de una familia quedaban sustentas. Eso sí que los salarios eran bajos también, aunque todo era compensado porque el trabajo abundaba. Un cipote con un centavo compraba una tusada de caramelos donde las niñas Arévalo Avelar.

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Pío Romero Bosque, Maximiliano Hernández Martínez y Arturo Araujo

No obstante que había crisis mundial, nuestro pueblito tenía los recursos para la subsistencia. Allá lejos pero muy lejos en la República de Rusia nacía el “bolcheviquismo” o mejor conocido como el comunismo, que pronto se extendió por todo el mundo como aguita fresca que cae del cielo, y El Salvador no se escapaba… Las olas llegaban y cada vez el país clandestinamente estaba siendo organizado por los lideres Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna, utilizando gente humilde del campo. El presidente Pio Romero Bosque lo sabía, pero se hacia el del ojo pacho.

1930 fue un año eminentemente electoral. Ocho partidos políticos fueron a la contienda ganándolas el Ing. Arturo Araujo que tomó las riendas del poder el 2 de diciembre de 1931 y como vicepresidente, al General Maximiliano Hernández Martínez, quien días antes de la elección unió su partido Patria al de Araujo para ser el ganador; y es aquí donde se destapa aquella bomba de tiempo. Las cosas se ponen caras, cada vez hay más desempleo, una gran confusión y los comunistas «ni cutos ni perezosos» aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a su gente principalmente en el occidente, en donde el café constituía oro y las tierras en eternas minas. El desalojo paulatino del indígena de sus tierras son la pólvora de aquella bomba indígena.

Aunque Araujo fue famoso por su generosidad con los obreros y los pobres, su gobierno fue difícil y el 2 de diciembre de ese mismo año 1931, la Escuela de Cabos y Sargentos le dieron golpe de estado y nombraron a un directorio integrado por Joaquín Palma, Joaquín Castro Canizales y Julio Cañas. Todo había sido planeado y dirigido por el Gral. Hernández Martínez, como una estratégia para que luego lo mandaran a llamar para terminar el periodo de Araujo, cargo del que ya no se bajó.

Este señor presidente provisional inicia un gobierno oscuro aplaudido por unos pocos con ansias de poder, pero para la gran mayoría nefasto, cargado de artimañas a tal grado que la palabra “política” en nuestro medio es guardado todavía como sinónimo de pícaro y ladrón.

En enero de 1932, Hernández Martínez, tuvo que hacer frente al levantamiento comunista en el occidente del país; envió soldados armados con fusiles y ametralladoras con las que barrieron con miles de vidas campesinas, el 22 de enero en Sonsonate, Nahuizalco, Salcoatitan, Juayua, Izalco y otros lugares aledaños. Hay que hacer constar también que los campesinos rebelados también hicieron destrozos y cegaron vidas de patronos y ladinos por el solo hecho del color diferente de piel. En este acontecimiento hay que entender muchas premisas, como es el caso del desalojo de su tierra que los vio nacer por algunos encopetados que creyeron ser de mejor raza; el precio del café y por ende el cultivo, que despertaba la codicia por las tierras comunales y hejidales; pero también el indígena se había dado cuenta, como un instinto, que estaba perdiendo muchas de sus pertenencias culturales y religiosas como el idioma y que sus costumbres eran vapuleados: A muchos se les avergonzaba por hablar pipil nahuatl, se les obligó a asistir a la iglesia católica con fuerza, a las mujeres se les exigió quitarse el refajo por naguas, los hombres sus caites por zapatos,  y así tantas cosas que les hizo esconder su rebeldía.

La situación fue de mal a peor porque los fusilamientos siguieron todo el año y los tribunales no eran para tener misericordia, sino con la venia del Señor amañados pues casi de una sola vez al patíbulo.

Mi papá me contó uno de los sucesos de esos días. El padre Golón tenía a su cargo la parroquia de Apaneca, en esos días también tenía la de Juayua y para cumplir esa obligación viajaba acompañado de mi papá que en la misa le servía de acólito o monaguillo. En esa fecha salieron para ofrecer la misa el domingo; el medio de transporte eran caballos y el camino directo era pasando por lo que hoy se llama caserío Los Llanitos, para seguir por La Sierpe y continuar por Las Maravillas y las Minas para llegar a Juayua por el norte del cementerio. La sorpresa fue tal que por todos lados había desordenes inusuales tales como ausencia en la ciudad de personas de tez blanca, exagerada presencia de indígenas trabajadores del campo en toda la ciudad, predominantemente en el parque y la alcaldía, armados todos con corvos y palos.

A manera de secreto mi papá me contó esa vez: “Fíjate que yo tenía novia de  la familia Olivares, Tita le decía yo y fui a su casa a buscarla y observé en ese trayecto que algunos negocios tenían las puertas de par en par porque las habían abierto por la fuerza, y los estantes estaban vacíos con señales de violencia y desperdicios  botados por todas partes… ¿Y de los dueños? ¡A saber!… Al llegar donde mi novia la puerta estaba cerrada… pero al darse cuenta cuando toque que era yo, su papá me abrió y pude ver que toda la familia estaba llena de miedo, porque todos se habían metido por debajo del entabicado y mi novia aunque solo era de miradas salió de su escondite para saludarme, aunque quedito… Carrereado y resumido bastante me contó… Yo me despedí porque ya era tarde y casi corriendo me regresé al convento para esperar el día de mañana domingo la hora de la misa. Nada me pasó ese día porque soy un tanto morenito y porque me vieron con el cura».

“Mientras yo hacia mi visita – continuó contándome mi papá – el sacristán ya había informado al padre de la situación y los caballos ya estaban zacateados. Por la noche fue de pesadilla y entre una y otra tortura, mucha bulla horripilante de tropeles de gente, gritos allá a lo lejos, lamentaciones y nosotros sin poder hacer nada para ayudar… El día domingo nos alistamos para ir a la iglesia, me asusté de verla abarrotada de indígenas campesinos, unos sentados en el piso y otros en las mesas de los altares sin ningún interés por sentarse en las bancas para oír la Santa Eucaristía. Cuando el Padre Golón comenzó unos poquitos contados se acercaron al altar. El padre casi corriendo acongojado o nervioso tal vez, como entonces la misa se decía en latín, para ellos lo mismo era oír que no oír. La misa se hizo rápida pues nadie de la gente acostumbrada estuvo ahí, dando la impresión que el motivo de la discordia fuera el color de piel, más pienso yo, que los indígenas campesinos habían perdido el objetivo de la ofensiva militar trazada por sus líderes.

Cuando salimos vimos lo que no queríamos ver, allá a lo lejos en el parque… había hombres amarrados en los árboles de corozo. No estábamos tan lejos pero ya estábamos consternados y temerosos. Nuestro miedo aumentó y apenas llegamos al convento ensillé los caballos mientras el padre instruía y daba consejos al sacristán que también estaba temblando – ¡Vámonos! – dijo él y yo di gracias al cielo.

Cuando llegamos a la altura del cementerio se medio detuvo y señaló – Ahora así como están las cosas tomaremos otro camino-  y salimos cakiados espoliando los caballos rumbo a Salcoatitán. Allí el pueblo estaba desolado, ni los chuchos estaban en la calle; pero cuando nosotros veníamos saliendo de Salcuatitán vimos que un camión militar viejo de la época cargado de uniformados llegaba; pareciera que nos venían siguiendo, pues otro camión ya se había quedado en Juayua para masacrar a los campesinos rebeldes; nosotros apuramos el paso y no vimos más, a lo mejor otra camionada se quedó en Juayua para apaciguar la rebelión. Cuando habíamos avanzado bastante, oímos el ruido estridente, como atorado, del camión que habíamos visto antes sin duda, en la cuesta empinada a la altura de la finca que se llamaba, o se llama, de La Esmeralda; éste no podía subir por la humedad o el barro pues se notaba que el camión se atascó».

Este acontecimiento contribuyó a que en Apaneca no sucediera lo que en Juayua se dio, pues según se dice, aquí la convivencia social era armoniosa en esa época y los bienes materiales hasta ese momento eran compartidos en su mayoría. Además por la misma convivencia no hubo espacios al mal entendido bolcheviquismo y la gente no sabía a qué atenerse ante la incertidumbre. Yo oí decir a algunas personas que en esos días esperaban la muerte de parte de uno o de otro bando, y para salvarse habían alistado secretamente dos listones, uno azul y el otro rojo, y que dependiendo de los extraños que llegaran usarían el listón; si llegaban del gobierno, usarían en la bolsa de la camisa el listón azul, y si había indicios de los campesinos de hacerle daño a los blancos, usarían el listón rojo. Difícil era para aquellos que después de disfrutar del charleston y de las cosas baratas, vendría la zozobra.

En otra versión recabada de mis abuelos lo que hubo fue incertidumbre, confusión y miedo, pero no tantos hechos lamentables como en los otros pueblos cercanos como Juayua, Sonsonate, Nahuizalco e Izalco, pues como dije, ya en Apaneca había una mejor convivencia social; pero la incertidumbre sí trajo mucho sufrimiento, pues dicen que las noticias vuelan y así la gente estaba informada aunque tal vez con alitas de más. En esa treta, de usar el trapito rojo o el azul, quienes se sintieron un tanto culpables o aludidos salieron fuera tratando de esconderse.

Les voy a contar lo que una vez me contó mi abuelita… Estaba contándome de las hazañas, si se les puede llamar así, de Churchill, Truman, Golf, Mussolini y de la Osadía de Hitler y tantas historias más de la Primera Guerra Mundial, pues ella leía mucho y tenía control de los acontecimientos que ocurrían en el mundo. Yo acarreaba los periódicos ya releídos por sus hermanas en el pueblo y luego se los regresaba días después. En una de esas me saco a cuentas lo de 1932: “Fíjate que por esas fechas de repente apareció aquí una carreta cargada de señoras, otra cargada de alimentos y trapos para taparse y por supuesto “trago” suficiente, la sorpresa fue tal porque tenían miedo. Los hombres que venían a pie también traían sus mochilas, corvo al cinto y escopeta en mano… Antonio los recibió, destaparon una botella y se fueron al jardín para planificar debidamente lo que pretendían mientras las mujeres comían algo en el corredor de esta casa a quienes atendí yo»

A mí la curiosidad me carcomía y le pregunté ¿y después que hicieron? y ella me contesto: “lo único que sé es que como las carretas y los bueyes aquí quedaron, Antonio se los llevó a todos y a todas con algo de sus pertenencias; cuando regresó ya entrando la noche me contó que había acomodado a la gente en las faldas montañosas del volcán Chichicastepec. Todos esos días estuvo viajando llevándoles agua, comida y noticias» ¡Buena “chipiada” le pegaron! aunque le ayudaban Don Mingo (el mandador), que dicho sea de paso era mi tío, y Jacinto  Sánchez (el ayudante).

Mi abuelita siguío contándome: «Como nosotros teníamos a nuestra hija Rosa y su familia en Juayua todo ese tiempo lo pasamos preocupados, y para calmar los nervios que nos agobiaban mandamos a Pedro Alfonso para que se indagara sobre cómo estaban. Antonio platicó con él antes de partir para darle todas las recomendaciones, porque aunque era muy prudente y valiente, apenas tenía 17 años y podría cometer errores. Ensilló su caballo llamado Calenturo y salió casi volando por el camino más directo (Los Llanitos- La Sierpe- Las Maravillas- Salitrillo- El Diamante – Juayua)» Para entonces no existía la carretera actual que va de la Aldea Santa Clara a Salcoatitán.

«Pedro llegó a Juayua contiguo al cementerio y cruzó la ciudad con cuero de gallina y pelo parado, porque lo que veía no tenía nombre, pero no perdió su objetivo. Vio a su hermana, a sus sobrinos, a su esposo y entregó el bastimento. Mi hijo como muchos, mantenía los anhelos y aspiraciones de su edad, hizo amistad con uno de los soldados y con anuncia de su superior consiguió que le prestara el uniforme y fusil con la finalidad de tomarse una foto… La hermana y el esposo de ella, se ganaban la vida tomando fotos en su propio negocio. Pedro durmió allí y en cuanto alumbró el sol ensilló a Calenturo  y salió conmovido casi volando en cuatro patas y aun así no le cabía la emoción por contar la experiencia que no podía olvidar»

«¡Horrible! dijo atragantado (y con voz quebrada) al bajarse del caballo y llevarlo a la troja para darle agua y algo de comer. Regresó rápido, agarró agua de la tinaja y se sentó ahí; puso los codos en una mesa que había y empezó a desahogar lo que sentía: – Fíjate madre que los campesinos bajaron de todos los cantones armados con corvos y palos organizándose al mando –dicen –de Don Francisco Sánchez, pero no para combatir a un enemigo real, sino a la población civil con tez blanca y con pisto; y más grave aún es que los fueron a sacar de sus casas violentamente siendo personas honradas y muy queridas por toda la gente de la ciudad. Fueron humillados, y me contaron por ahí que los amarraron a los árboles del parque y cuando pedían agua para beber les daban orines -«

Todo el trayecto en el que Pedro pasó y había tiendas, se notaba que habían abierto las puertas a la fuerza, pues había por todas partes muchos desperdicios de cereales y comida. Mi abuela que era un tanto analítica agregó: “Este Pedro tuvo suerte porque estuvo ahí cuando los militares ya habían llegado y eran ellos los que estaban haciendo la suya diezmando a la población civil; si se hubiera ido antes no nos hubiera venido a contar el cuento solo porque su piel era clarita y su pelo canchito”

Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).
Fusilamiento del lider campesino Francisco Sanchez acusandole de ser comunista durante la insurrecci—n en los departamentos de Sonsonate 1932. (Archivo privado/ Imagenes Libres).

«Mientras se ponía y se quitaba el sombrero y se jugueteaba con las manos el barbiquejo yo le pregunté a Pedro ¿y los muertos? Él me contesto: «¡Ah! son montones, a tal grado que los que han quedado dispersos los andan recogiendo en carreta enyuntada con bueyes… los ponen panteados y como se deslizan con el movimiento llevan las patas colgando».

Hijo- continuó mi abuela- ¿y los presos?: «Los presos están en las cárceles de la alcaldía esperando turno para ser fusilados. Mientras que por allí se decía que traían a otros que habían agarrado» – ¿Y pasaste por el parque hijo? – «¡Atragantado! dijo. Cuando iba y cuando venía solo me pidieron el papel que mi papá me dio firmado por el alcalde, pude observar que el parque estaba embadurnado con sangre, unos corozos picoteados por balazos del ingrato ajusticiamiento, moscas y moscarrones que volaban por todas partes y por supuesto algunos muertos tirados”

En uno de esos mandados al pueblo que Mingo Calderón y su ayudante hicieron para traer provisiones, licor y cigarros, vinieron contando que los soldados habían llegado a pie porque el camión se les quedó atorado en la cuesta empinada de la Esmeralda, y sacaron a varios de sus casas para matarlos “Nosotros a hurtadillas por allí anduvimos averiguando y solo supimos que asesinaron a Don Nino Sánchez y a su hijo” ¡Puta! dijo Don Beto Valdivieso a Jacinto ¡Si hubieras estado vos ahí no nos estuvieras contando nada porque sos Sánchez!

A varios los llevaron por las calles, entre ellos a Gabriel Arévalo, solo porque usaba cotón y caites, pero luego lo soltaron junto a otros. A los demás que eran cuatro se los llevaron rumbo a matarlos… entraron por el Camino Chiquito que era entonces el camino para Ahuachapán y al Cantón San Ramón, buscando a otros en la Aldea Santa Clara, y como no encontraron lo que buscaban, continuaron buscando hacia la Laguna de las Ranas, subieron y a unos 100 metros de la cruz grande de la entrada del camino, sucedió que pararon y el comandante tomó una decisión diciendo: “A estos dos los vamos a soltar”, se refería a Chano Limas y Otoniel Villafuerte; el comandante continuó diciendo: “voy a contar hasta tres y si no han desaparecido, morirán” y comenzó a contar, cuando llegó al número tres, comenzó la disparazón, los muchachos corrieron sin pensar buscando los bordos del camino logrando llegar hasta la cruz grande, doblaron hacia San Ramón y siguieron corriendo sin parar hasta lograr meterse al cafetal que tenían a la izquierda y en un bache de un bordo pasaron por debajo de la cerca y al correr y correr ya en el cafetal, cayeron en la barranca para todos conocida como El Paso. A los otros dos los subieron al bordo y pegadito al cerco debajo de dos gravileos viejos el comandante dio la orden de ¡fuego! y los fusilaron. Cuando llegó Mingo, supimos que habían muerto los Sánchez.

Con esa noticia casi nos vamos de espalda, dolor de estómago, cabeza y hasta de corazón porque la familia es muy estimada y conocida por todos los Apanecos como trabajadores honrados llenos de amor a la tierra y a la buena convivencia social. Ellos como muchos otros campesinos no podrían ambicionar las tierras de otros, porque ellos tenían las propias muy bien cuidadas y cultivadas; Además jamás podría cruzarse por su mente ideas que nunca entenderían. Nosotros y toda la gente del pueblo quedamos conmovidos y aun lo estamos.

Este pasaje de la historia de mi pueblo se dio por el lado de mi conocimiento; pero por otros lados se dieron casos parecidos, en esos días difíciles cada quien trataba de salvar su pellejo. Habrán muchísimas historias perdidas de esa épocas que nadie pudo narrar.

En cierta ocasión cuando yo ya era más grandecito y viajaba con mi papá a cortar café de la finquita de las tías Arévalos que quedaba por esas cumbres, a unos 100 metros de la gran cruz de la encrucijada, en la trepada del camino había dos crucitas pequeñas en el bordo al pie de dos viejos árboles de gravileo, que siguiendo la tradición cristiana indigenista, de levantar el espíritu a los cuarenta días, a puros garrotazos habían colocado ahí las cruces bendecidas. A nosotros nos provocaba miedo y solo pasábamos con otros cipotes o con nuestros padres sin mirarlas. Ese día después mi papá me contó: “Aquellos fatídicos días de enero de 1932 en que el presidente Hernández Martínez mando a matar a los campesinos de esta zona con el pretexto de que eran comunistas, aquí en Apaneca los camiones no pudieron subir y un comandante con unos pocos soldados subieron a pie para sofocar una insurrección de indígenas que no existía.

Dicen que agarraron a varios, entre ellos a Don Gabriel Arévalo solo porque usaban cotón y caites, pero fueron liberados por suplicas de la gente. Como este comandante era fiel a la inmisericordia, como se lo habían mandado se llevaron a cuatro. Llegados al punto ya descrito del camino de la Lagunita de las Ranas o de las Ninfas y que dista menos de cien metros del camino que va hacia San Ramón y Ahuachapán, el comandante dijo: – desamarren esos dos: -Eran Don Otoniel Villafuerte y Don Chano Lima, el primero un aserrador conocido dicharachero y alegre amigo de todo el mundo y el segundo un hombre útil icono del trabajo de soldar los cantaros y todo utensilio de metal de todas las casas del pueblo –Contaron ellos mismos que el militar continuo: Uds. Se me van y si a la cuenta de tres no han desaparecido penas de la vida… y ellos sin sentir y sin control salieron corriendo hacia abajo y pegaditos al bordo lograron evadir la ley fuga que les estaban aplicando y al llegar a la cruz grande de la esquina, ellos doblaron hacia la derecha de San Ramón con la misma velocidad, hasta encontrar un portillo para meterse al cafetal cayendo de pronto a la barranca que todos conocemos como “barranca del paso”. Allí Otoniel y Chano Lima contaron con sus palabras “Allí, volví en mí y nos dimos cuenta también que nos habíamos cagado”.

“Los otros dos Don Melesio Herminio Sánchez y su hijo, los colocaron en el bordo debajo de los gravileos y los fusilaron… cruel asesinato que llenó de luto los corazones de todo un pueblo”. Así terminó la historia contada por mi papá.

Cobarde y vil asesinato del que nadie nunca quiso hablar por temor. Hecho imperdonable que atentó con matar la idiosincrasia de los verdaderos dueños de la tierra, del güipil y el refajo, del cotón, las sandalias y de los caites. La idiosincrasia que también llevaba el amor entre la gente, la alegría, la unión, la sinceridad, la solidaridad, la laboriosidad, y hasta la fe en nuestro creador se trastornaron, divisiones que hasta hoy no convalecen. Ahora a esta altura de la historia para patear un pedazo de tierra donde antes correteábamos hay que pagar un precio. Las guayabas, las anonas, los naranjos, los guineos, los alaices, los tempisques, los escobos y las moras ya no están porque la ambición por la tierra y el cultivo del café triunfó sobre el amor y esto es lo que nuestros campesinos indígenas abominaban, y por eso los mataron.

Todo hombre tiene derecho a saber de dónde viene; pero también a donde va una sociedad. Apaneca ha venido evolucionando como todo pueblo y de allí viene el orgullo de tener su ombligo enterrado aquí.

Duros momentos pasaba la gente porque yo, aunque estaba chiquito que nací en el 1941 sentía los efectos de lo que había sucedido a todo el conglomerado de Apaneca. Vi a un hombre que entre cuatro llevaban en una camilla improvisada con un balazo en el estómago y que se tocaba con el dedo la herida… Impresión que yo la llevo aun ya que estoy viejo. Cuando yo le pregunté a mi papá, me dijo que era un hombre de apellido Zapata y por eso no lo querían en Apaneca… A mí me parece absurdo ahora porque en Apaneca conocí a muchas personas que llevaban ese apellido y que no es posible que por una ligereza maten a una persona… Yo concluyo que al cristiano lo iban exhibiendo para escarmiento… Lamentable acontecimiento.

Agradezco a donde estén a mis abuelos, a mis padres, Doña Juanita Sánchez y a todos aquellos que contribuyeron a esta percepción alrededor de los años 1930 cuando también hubo intentos por tener una verdadera democracia.

LAZAU.

La obra de un sacerdote

Si el hombre no escribe la historia se acaba; yo veo con preocupación que muchos hombres han pasado por aquí, han hecho obra y su recuerdo se desvanece lentamente.  La obra física de aquel se destruye por el que sigue y no queda nada… ni la obra espiritual… por consiguiente no queda ni el recuerdo, porque la una va de la mano con la otra.

En esta ocasión enfocaré mis añoranzas en un personaje ya olvidado, cuya obra incalculable puesta en la mesa para juzgarla, no deja nada que desear con la de cualquier sacerdote que haya pasado por la parroquia de Apaneca. Lo conocí junto con mi edad porque el bautismo de él lo recibí, que por cierto fue en Juayua porque ese día le tocaba dar sus servicios allá. Cuando ya tuve siete años talvez, empecé a oír su nombre: Excelentísimo y Reverendísimo padre Excequiel Golón, que dicho en familia era el “Padre Golón”. Era pequeño, de 1.60 metros talvez, gordito pero fortachón; su raza de pura cepa era de algún cacicazgo quiché; con sus ojos negros saltaditos y por supuesto, no era blanco; tenía un semblante dulce blandito en su cara que daban ganas de acercársele y ser amigo de él. De lo demás no lo sé, solamente su sotana negra con las manos metidas en las bolsas tocándose la barriga, un sombrerito de pelo negro y sus zapatos bien lustrados.

De su escenario diario lo recuerdo muy bien. La iglesia y el convento imponentes entonces en la punta de un cerrito, rodeado en toda su extensión de cipreses pequeños y arreglados que daban a las calles, sin quitarles importancia, mística religiosa; así como la conocieron antes del 11 de enero del año 2001… me refiero a la iglesia, solo que al frente las gradas escalonadas eran lineales desde la puerta hasta la calle y en medio había una cruz que llamaban Del Perdón. El convento estaba en el mismo lugar de hoy, con la única diferencia que las paredes eran de adobe y el techo con tejas; el espacio era reducido porque al poniente había de todo: lugar para tuncos, caballos, gallinas, palomas de castillas y para guardar leña, también jaulas para encerrar gallinas y patos. Una vez recuerdo muy bien que el padre tenía una jaula especial en la que había un tunco de monte y en otra un micoleón que habían sido traído de las montañas de Guatemala, pues el padre era de allá, de Antiguo Guatemala y todos los años viajaba para ver a sus hermanas. De vez en cuando llevó a mi papá cuando todavía se pagaba medio pasaje. Contaba él que la familia del padre era especial y que vivían como los grandes y educados, como los santos de misa diaria… modales aprendidos sin duda de los españoles, pero con carácter y principios de sus antepasados los quichés.

En Apaneca yo lo oí predicar, especialmente en Semana Santa que hasta le sacaba las lágrimas a la gente, lo único que no logro es que los hombres se sentaran con sus mujeres en las bancas de adelante… pero también predicaba con el ejemplo y les voy a contar el que me sé y el más palpable.

Mi abuelita por el lado de mi papá murió y dejaba a sus cuatro hijos Cándida, Fernando, José Domingo y Mercedes todos huérfanos… mi abuelo que no pudo con la carga… se la paso a una hermana que se llamaba Rufa o Rufina Calderón…como ella carecía de recursos, el Padre Golón se dio cuenta y llegó varias veces para pedir a uno de los dos varones…  la Rufa al fin de tanto insistir accedió y le dio a Fernando… él se lo llevó y le enseño muchas cosas importantes de la época… Con el padre mi papá aprendió a leer y a escribir, algo que le facilito el aprendizaje en otras áreas. Para aprender el oficio de la carpintería le puso de maestro a Chon Paredes, que le valió a mi papá para trabajar por el resto de su vida.

En uno de esos viajes a la Antigua Guatemala el padre Golón trajo una marimbita, con su contrabajo y todo lo necesario para que junto a mi papá, aprendieran a tocarlas otros jóvenes; y es así como estuvieron ahí José Barahona, Bertín Valladares, Chemita Rivas y Chemita Mendoza, quienes entusiasmados también aprendieron solfa con Don Luis Calderón, músico notable que vivía en la casa que queda en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la calle Francisco Menéndez y que hoy es de Teto y Beto Calderón.

En esa casa Don Luis había formado su propia academia y sus primeros alumnos fueron sus hijos: Luis, Héctor, Arturo, Osmín y Ángel; las hijas Lidia, Olimpia y Tila cantaban generalmente en la cocina con su mamá, pero también cantaban en la iglesia. Además, asistían Víctor Aguilar, Chemita Mendoza, Juan Ruiz, Antonio Arévalo, Guillermo Vides, Gavino Morales, Teno Morales y por supuesto no podía faltar el hijo adoptivo del cura Nando Calderón. Con esos alumnos formo un gran orquestón, aunque también don Luis tenía un marimbón que se llamaba La Princesita que competía con otra marimba con gran talante llamada Imperial, propiedad de Don Rafael Puente Luna.

Yo recuerdo muy bien que mi papá llegó a viejo y siempre que hacia algún trabajo o se encontraba solo tarareaba, y yo le preguntaba qué hacía, y él me contestaba: “Es tarareo para que no se me olviden las lecciones y canciones viejas que Don Luis nos enseñaba, porque fijate que antes para aprender una canción se iba a Guatemala a pie o a caballo y raras veces en tren para traer el disco y las copias en solfa”. Así le oí tararear a María Bonita, Sueños a María, Alejandra y un tal Gato Enamorado… ¡Ah! … pero había otra, la Vaca Lechera que cantaba muy bien Guillermo Vides cuando le tocaba y decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, ¡Ay que vaca adorada!… me da leche condensada… tolón… tolón… tolón… tolón”.

Mi papa solo tarareaba y medía los tiempos y compases con las manos y el zapato… pero no cantaba para nada.

Lo bueno es que el padre Golón puso la semilla y el incentivo para que los muchachos aprendieran y se mantuvieran cerca de la iglesia, ayudando a prestar un mejor servicio a los fieles y sobre todo alejados de los vicios… Había entusiasmo y la gente acudía más a la iglesia… mi papá siempre estuvo allí de acólito junto al padre, se vestía de saco y de corbata ¡Bien estirado! y los otros allá atrás en coro contestándole al padre parte de la liturgia que, aunque no sabían qué contestaban porque era en latín… ellos hacían la cacha… Cuando el padre decía per omnia secula seculorum… Amén contestaban ellos, pero no sabían qué era eso… A veces se equivocaban al contestar, pero como la gente tampoco sabían latín… daba lo mismo.

Después de cada servicio importante el padre los invitaba a comer, por supuesto la niña Tomasa ya sabía y preparaba suficiente comida para los muchachos.

Por esa misma época el Padre trajo otro muchacho de Santa Ana que se llamaba Manuel Castaneda – que dicho sea de paso era mi padrino de bautizmo – pero él era más “caché”, más planchadito y pavoneado cuando se le quedaban viendo las muchachas… Para entonces el Padre trajo un carrito usado como los que se usaban en la época… a Manuel el padre lo puso a aprender a manejarlo, que le sirvió porque de eso trabajó toda la vida. Desde entonces Don Nando Calderón tuvo que compartir todo, hasta el afecto del padre y la gente que frecuentaba, pero supieron vivir como hermanos…

Para entonces ya Don Nando hacía altares, reclinatorios, puertas, sillas, mesas y todo lo que fuera de madera, pero también la necesidad de conocer a las muchachas las cuales se convirtió en una tentación para los dos hijos adoptivos del Cura.

Cuenta Don Nando que junto con todos los muchachos que tocaban la marimba, un día que el padre se fue lejos, la sacaron para ir a dar sus serenatas y les fue muy bien; cuando regresó el padre y se dio cuenta… se enojó tanto que tomo un hacha y junto con palabras dichas a medias la hizo pedacitos sin dejar una pieza que se pudiera remendar… Quizás pensó que se estaba perdiendo en los vicios a sus muchachos porque no podía ser otra cosa… Como ven, así como era de dulce su genio, también era amargo y recio en sus determinaciones cuando se enojaba.

Otra vez que también salió lejos y no estuvo por la noche… el micoleón que estaba enjaulado se salió cuando Meme y Nando estaban dormidos; el animal rompió las tejas y el cielo falso del cuarto… y… les cayó encima agarrándolos a mordidas con todo y chivas: El animal endiablado alborotó las cosas y hasta rompió el armario y la ventana del cuarto por la que salió. Por la mañana cuando el padre llegó, el animal ya había buscado la jaula y estaba ahí quietecito; el padre indignado otra vez mando a llamar a unos gitanos que habían llegado por ahí con su circo y les dijo ¡Llévense ese animal… se los regalo!

Lo mismo pasó con el tunco de monte… se lo regalo a mi abuelo… mi mamá y yo se lo llevamos, él nos estaba esperando en su casa en Quezalapa donde vivía en la finca La Bellota… mi abuelo disgustado porque en el camino mordió a mi madre en la pierna, lo puso paradito en una piedra y con el fusilito le metió un balazo en la frente.

El padre era incansable y yo solo anoto lo poco que se… habrá personas que sabrán más de su obra… pues que aumenten lo mío… A mí me da mucho sentimiento que hay cristianos que se mueren entre pompas y atavíos sin haber hecho nada de valor… le ponen el nombre de ellos a una calle, a una cancha de futbol, a una escuela, o a un parque… y tal vez no lo ameriten.

El padre Golón sí que hizo obras, unas de inmediato y muchas a largo plazo, como lo que hizo por los dos muchachos adoptados Fernando y Manuel, quienes crecieron, se fueron y buscaron otra compañía. Para ese entonces el padre trajo, quién sabe de dónde, a un cipote que se llamaba Tomás en coincidencia con la señora que hacía la comida que se llamaba también Tomasa.

Tomás era grandote, tenía como 12 años, era moreno y de complexión fuerte. Lo mandó a la escuela, porque para entonces ya existía, y a puros empujones apenas aprendió a leer y a escribir. El padre lo ponía a barrer y a trapear, pero lo hacía muy mal y a la fuerza… no lo hacía con gusto… solo le gustaba repicar para la misa, pero más que todo a “doblar” cuando había un muerto porque así pasaba largo tiempo encaramado en el campanario… Hasta bastante comida llevaba, dulces y otras golosinas para estar comiendo con otros cipotes que eran de su agrado. A mí me daba mis moquetes… porque estaba chiquito… pero no era del todo malo conmigo porque me dijo un día de tantos: “Te voy a enseñar una cosa” y como no queriendo hacer ruido me llevo a un rinconcito entre dos paredes que hacían esquina… y… con las uñas rascó el suelo… ¡No lo van a creer! Allí tenía el pisto enterrado que se robada de las limosnas… y algo más, pues abría las alcancías de los Santos de la iglesia… yo me quedé estupefacto, con un gran nudo en la garganta y una cosita que me corría por todo el cuerpo que me erizaba los pelos…  y esto no terminó aquí… me tomo del brazo otra vez y me llevo a otro rinconcito… movió la tierrita de encima y allí estaban las monedas de todas las denominaciones… Me puse lo mismo… que no podía ni caminar… ¡Estaba tieso!… ¡Idiota! de tal manera que yo no sentía nada a mi alrededor… Así me fui para mi casa y solo oía y veía el mismo episodio de aquellos momentos…esto se repetía pensando… Los bocados de comida de la cena se me atravesaban… y por la noche no podía dormir… por la mañana siguiente lo mismo… y así pasé varios días hasta que al final un día se me vino la idea de robarle a él… la tentación fue tan grande que lo hice… fui… y cuando Tomás no estaba, con una gran tembladera de canillas rasque el hoyito y agarre mis dos puñados … quite las señas… le eche tierrita, como si nada había pasado… Me fui al otro entierro e hice lo mismo… así moviéndome saltadito para no hacer ruido… Otro rato me fui para mi casa emocionado con mi proeza… busque un botecito… lo llené con las monedas y lo enterré atrás de mi casa… ¿Cómo no iba a estar emocionado? si en esa época con dos reales o veinticinco centavos se compraba una chibola o gaseosa con semita donde la niña Chana Ascencio de Carías, diez leche burras donde la niña Refugio de Portillo y un gajo de guineos de donde niña Evita Posada de Arévalo y quizá todavía con el vuelto, se compraba tres helados de leche donde la niña Esterlinda de Arévalo.

Así   pasaron muchos días… y lo mío terminó cuando noté que mi entierro de la casa no abundaba… pues mi papá ya se había dado cuenta y además Tomás también ya había cambiado de lugar sus escondites. Cuando mi papá me llevo de las orejas donde el Padre para que explicara mi culpa, solo estaban las señas… Todo se puso color de hormiga cuando el Padre Golón intervino… llamo a Tomás… Lo puso hincado ante su mirada y le sacó la verdad, lo castigó duramente por varios días… le puso tareas difíciles haciéndole sentir que tenía que reparar el daño y algo más… para que tomara conciencia del pecado… A mí no me pusieron castigo porque “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Tomás siguió con el padre haciéndole compañía, ayudándole a los quehaceres diarios y a repicar las campanas.

Yo recuerdo muchos momentos y costumbres del padre, como la comida por ejemplo…y en lo que a mí me concierne, allí comía mucha verdura, especialmente zanahoria con azúcar que no mucho me gustaba. Otro detalle importante eran los vitrales de las ventanas que daban al jardín y que eran de vidrio granulado de diferentes colores… Tan no hace mucho… después que han pasado los años, recibí un estímulo unido a la conciencia en mi paladar al ver unos vidrios que todavía están por allí… al mirar los vidrios, sentí los mismos sabores de las comidas que entonces nos daban, especialmente el de zanahoria con azúcar, que como ya dije, no me gustaba…un fenómeno psíquico relacionado con el Padre y esa época.

Lamentablemente el padre Golón fue trasladado a Chalchuapa … ya bastante viejo y cansado… y Tomás se fue con él. Me contaba mi papá que se fue llorando y muy triste porque junto con su obra dejo sus años mozos, su amor por la gente y también los recuerdos.

Dicen que por allá el Padre ya no fue el mismo… empezó a padecer y Tomás murió de una neumonía… Que mis palabras no le hagan ruido… que en paz descanse… El Padre también murió después y fue llevado a Santa Ana donde lo sepultaron.

Traigo a cuenta este relato porque a veces somos injustos y no le damos el premio a quien se lo merece como el Padre Golón, sino que el premio se lo damos al forastero… el que llena sus arcas y luego se va…

LAZAU

Don Miguel

Esta es la historia de una persona que yo no conocí, pero sí puso en movimiento mi cerebro y a latir mi corazón más rápido, por lo que la gente decía o contaba. Conocí también el escenario y los elementos esenciales sobre los que se movía la gente y personajes que ahí vivían. Me di cuenta además de la belleza y el desbalago del lugar, del entorno de la campiña de Apaneca, toda una belleza natural, verde y con pájaros volando.

Bien recuerdo el suelo tishcuitoso con señales o huellas por todos lados de animales domésticos como vacas, caballos, mulas, tuncos y gallinas, con un olor pestilente y húmedo del ambiente. Ahí abajo dos ranchitos de paja semidestruidos con parte de las vigas botadas y podridas, con los techos en el suelo y las puertas todavía a medio guindar. Enfrente de estos dos ranchos, había un tronconote con algunas ramas todavía del árbol que se fue muriendo poco a poco entre los cafetales y que aún estaban con cosecha en esos momentos de la historia.

Siguiendo el desnivel del terreno formando una vuelta hacia arriba a la izquierda había otro rancho todavía en función y al servicio de la casa grande. Era más moderna porque tenía techo de teja y las paredes de lodo. Pues allí vivían en la época que describo, la muy bien recordada por mí, Doña María Zambrano, su papá Don Joaquín Zambrano y su mamá Doña Mirtala Arévalo. Allí también vivían sus hijos Raúl, Chela y Tito con quienes algunas veces jugaba yo a Las Escondidas en los cafetales. También Simón y Betío que eran sus hermanos. Lo que he descrito hasta aquí es el casco del lugar que todos llamábamos Finca Castillo y que si la midiéramos tendría más o menos treinta manzanas.

El punto central de los hechos que pretendo relatar son los ranchitos de abajo en donde vivía Don Miguel Castillo y Doña Mercedes Arévalo, quienes eran dueños de la propiedad. Bellísima por cierto, enclavada entre el camino que va a Quezalapa y las faldas del volcán Chichicastepeque, cultivada totalmente por el café y guineos de todas clases que el mismo Don Miguel había trabajado. Solo había una franja atrás de los ranchitos, pegaditos al camino. Con bosque natural que conservaba como paravientos. Estoy hablando de un lugar que solo dista un kilómetro del pueblo de Apaneca.

Don Miguel según tengo entendido no era un hombre grandote, sino más bien mediano. Flaquito me lo imagino. A la esposa sí la conocí ya bien anciana. Era pequeña y delgada, con problemas de tiroides porque en aquel entonces no había yodo en el ambiente de esa región y las brisas del mar llegaban poco.

Don Miguel trabajó personalmente su propiedad… Parte la tenía cultivada de café combinada con matas de guineo y otra mitad con maíz, frijol y ayotes. Como no tenía hijos que le ayudaran, buscaba mozos a quienes les pagaba dándoles donde sembrar también su pedacito de terreno.

El caso de Don Miguel es que envejeció junto a su esposa muy limitado, pues con un huevito tibio, poquitos frijoles y tortillas comían los dos. Mientras por otro lado guardaba a su modo las monedas que ganaba por el producto que vendía. Dicen que como las paredes eran de lodo sostenidas con baritas, él hacía huequitos y ponía las monedas envueltas en tuza, y luego los rellenaba disimuladamente siempre con lodo. Así de ese modo Don Miguel manejaba su economía, no sería remoto pensar que ocupara el resto de su propiedad para ocultar mayores cantidades de dinero en botijas de barro.

Sus relaciones con la familia Zambrano fueron normales por cuanto eran considerados familia, es natural, ya que ellos cuidaban las pertenencias de Don Miguel y sustentaban su trabajo, porque eran ellos los mozos que ocupaba principalmente, ya que Simón y Betío eran familia de Mercedes su esposa ya que Doña Mirtala era su hermana.

A Don Miguel le llego el fin de sus días y enfermó; agonía que no se le desea a nadie porque la riqueza acumulada y mal heredada a quien no se lo merece, todos sabemos que ofende a Dios. Él tenía un sobrino que vino un día a visitarlo, era primera vez que lo conocía y como lo vio de saco, corbata y sombrerito de pelo, le regalo la propiedad. Esto significó que Doña Mercedes y todos los vivían en la propiedad se quedaron en la calle, sin nada. Los distintos dineritos escondidos quedaban a la suerte de quien no era su familia… algún día arando la tierra o por cosas del destino alguien encontraría su fortuna.

Para entonces mucha gente hubiera querido ser familia de Don Miguel, Doña Mirtala si lo era pues era hermana de Doña Mercedes, por eso vivían allí para hacerles compañía. Hubo una pareja de esposos, que la mujer era sobrina de Doña Mercedes, ellos viajaban para hacer su turno de cuido y de consuelo; pero según decía la gente, ellos llevaban cojines nuevos y almohadas para cambiarle la que él nunca quiso soltar hasta el día de su muerte… y esto queda para la imaginación del por qué nunca la quiso soltar…

Cuentan que había mucha gente cuando Don Miguel expiró, la mayoría estaba sentada en el patio en bancos improvisados, cuando un remolino de viento y una gran polvareda los envolvió… y fue el desparpajo de gente mientras un zopilote enorme bajó del cielo e intentó sostenerse en el ranchito…  y como allí no se pudo parar, voló al tronco del árbol viejo que se encontraba enfrente y estuvo descascarando con las patas… Pero tampoco se pudo parar firmemente y se fue… todos los que ahí estaban y no tenían nada que hacer se fueron y no volvieron… solo fueron a contar lo sucedido… algo nunca visto y aterrador. Los que decían ser sus familiares interesados y valientes vinieron al pueblo para llevar la caja, mortaja, pan, candelas y agua ardiente para velar a Don Miguel. Los tunantes y chiviadores o curiosos que al final de cuentas son los que aguantan, también se quedaron… pero todo fue normal el resto de esa noche, aunque estaban “culiyo” esperando un acontecimiento igual.

Por eso es mejor estar cerca de Dios, esto se logra haciendo buen uso de lo se tiene… ponerlo al servicio de los demás porque es agrado de él.  Si se tiene con avaricia Dios se aleja… y se queda expuesto a la tentación del demonio… la gente decía que Don Miguel tenia pacto con el diablo… yo no sé, solo escribo lo que oí… y de ser así que Dios se apiade de su alma.

Al día siguiente, nadie quiso ir al entierro y solo fueron los que estaban conscientes que era una obra de caridad… cargadores no había y como tales le toco al tío Quique Saz, a mi papá, a Simón y a Betío Escalante, a tal grado que solo iban cambiando de lado y haciendo descansos… en el camino se sumaron otros ya en el pueblo… poquita gente… flores a buscar… y mucho menos responso porque el cura rápido se enteró de lo que había pasado en la casa de Don Miguel el día anterior.

A mí me contaba mi papá y el tío Quique que ya lo habían enterrado unas tres cuartas cuando la tierra de encima empezó a temblar y se revolvía… y todos pensaron que el muerto había vuelto a la vida y quería salir… ¡saquémoslo! dijeron  todos, ¡ayudémoslo! dijo alguien  por allí… ¿Cuál fue la sorpresa cuando abrieron el ataúd? se encontraron a Don Miguel bien muertecito… con el cuello desgarrado como con uñas de un animal feroz… y sangraba de las heridas recientes… fue un susto tremendo… casi todos se fueron. Taparon la caja… le volvieron a echar tierra y sucedió lo mismo… solo lo pudieron enterrar hasta que fueron a traer al cura… le rezaron un responso… le echara el agua bendita… y otras oraciones que solo los curas saben hacer.

Todos aturdidos y consternados regresaron del entierro… contando tal suceso que creo que en Apaneca otro jamás ha sucedido.

Las nuevas generaciones desconocen estos hechos y que en su momento hicieron bulla. Muchos que idolatraban el dinero, se compusieron y trataron de poner su riqueza en función social. Pero ahora que hay bancos y diferentes formas de guardar el dinero, ya se les olvido que existe el bien y el mal; de la existencia de Dios, de que el hombre es una hechura a imagen y semejanza de él y que por eso debemos de respetarlo; pero no solo dándoles los buenos días, sino dándole de comer y de beber.

LAZAU.

Las Fiestas Patronales de Apaneca

Con una enorme bulla de música de banda, cohetes y bombas, comenzaban las fiestas patronales de Apaneca. Cada 26 de noviembre, daba inicio la algarabía en la que después del “serenatón” para San Andrés, la gente del pueblo se daba la gran hartada de shuco, y los muchachos salían en sus caballos hacia Chalchuapa vía Palo Verde, para traer al día siguiente al patrono de ese pueblo: Santiago o Santiaguito, como la gente lo llamaba cariñosamente.

Mientras caminaban por la montaña, en el pueblo esa misma madrugada, la cofradía se abría al público… De lo que yo me acuerdo y viví, es que Doña Marillita Mendoza de Tobar, la Cofrade Mayor, ya estaba lista con su comitiva para recibir las entradas que venían de todas partes; su casa, que era la cofradía, más parecía una colmena, pues no paraban de llegar gente durante cinco días.

Recuerdo muy bien que como yo estaba chiquito, todos los días me prendía en una entrada para echarme mi marquesote y mi fresquito de temperante [1] que tanto me gustaba… Con solo llevar uno o dos reales… y hasta cinco centavos… ¡Ya la hizo!… Además, también se podía llevar en especie maíz, arroz, café, candelas, y si no se tenía nada de eso, se llevaba incluso florecitas.

Había una gran actividad y alegría por las fiestas, pero lo que no sabíamos en ese momento, y quizá ahora muchos tampoco lo saben, era el origen de todo aquello.

Apaneca como todos los pueblos, dan gracias a Dios por los bienes recibidos todo el año, especialmente en la cosecha y en la salud. Lo que yo quiero destacar es por qué antes eran más alegres y más activas las fiestas que hoy en día… y es precisamente porque vivíamos mejor… había más ingresos… todos tenían acceso a la riqueza y, por ende, los beneficios eran mayores… lo que se traducía en una verdadera fiesta… con participación de todos y por algo. Era tan abundante la cosecha, que en las casas tenían por costumbre tener un patio de tierra dura para procesar los productos, y un rancho adicional para guardarlos con esmero; incluso con tabanco o empalizada en alto, a manera de casa con segunda planta para proteger los insumos más delicados.

También tenían otro rancho pegadito que llamábamos troja [2], dentro en el tabanco[3], se enseñaba a las gallinas a poner sus huevos y a empollar, y en la parte de abajo dormían los tuncos, las vacas y los caballos… Todo esto se ha ido perdiendo… hasta las ganas de trabajar… nuestros lugareños fueron perdiendo poco a poco sus herramientas e incentivos para ser felices y generar alegría a los demás… por último, perdieron su tierra y hoy en día no tienen nada.

Pero siguiendo con las fiestas patronales, el día 27 apretaba más la alegría porque venía Santiaguito; a eso de las tres de la tarde, las tracaladas[4] de gente ya estaban en el Modelo y por la Pila o Aldea Santa Clara – o mejor dicho la Aldea – buscando todos un campito donde pararse en lo más alto para ver el “topamiento” o saludo entre los dos señores, San Andrés y Santiaguito, y con música de banda por medio, cohetería y aplausos la procesión salía… Visitaban la Iglesia y la Cofradía, en donde se quedaban para el primer rezo… mientras que los que iban de a caballo, se iban a dormir unos y a comer otros… algunos a bañarse, porque según cuentan, no venían tan vírgenes como se fueron… Otros en cambio, cabal y sin demora iban directamente al guacalazo de puro maíz de cosecha… pues en ese entonces, a aquellos que ofrecían algún sacrificio a favor del patrono, no se les daba fresco de temperante.

Llegaba el día 28; al medio día era el encuentro del patrón de San Pedro Puxtla… en esta ocasión, la bulla era más disminuida… quizá porque el santo era de a pie… Iban los otros dos santos, San Andrés y Santiaguito a encontrarlo, y alguna vez que yo recuerdo, solito San Pedro llegó a la cofradía y con poca gente detrás… Luego después del encuentro, salían los tres entre cohetes y el musicón para el segundo rezo a una casa particular ya asignada. Ese día siempre han sido las carreras de cintas de caballos, y como cada quien disfruta con lo que le gusta, habría que preguntarle a Don Rigo Román y los muchachos de su época, qué se siente.

Así llegaba el día 29, el más esperado. A buenas cuatro de la mañana la banda ya estaba tocando la serenata acostumbrada en el kiosko del parque del pueblo… Cuando calentaba un poquito el sol, continuaban las entradas… El programa continuaba abundante… Ya Don Samuel Morales, aparecía por ahí con su desfile de personajes y animales con máscaras de palo que él mismo confeccionaba. Algo fantástico para uno de niño era el “palo ensebado”, y que la lucha por alcanzar el premio que estaba en la puntita hacía que se formaran chorizos de cipotes… Yo recuerdo muy bien a Mario Canoso que una vez llegó hasta la puntita del palo… En fin, había tantas cosas bonitas, como la famosa comilona que una vez ganó Saulito Calderón, y que fue a parar al hospital; otra vez Rubén Asencio, pasó enfermo con dolor de panza y a puras lavativas se recuperó.

De las ventas, era tradición que vinieran de todas partes; se vendía desde dulces, hasta chivas de lino y lana que los chapines traían… desde guineos fritos y pasteles, hasta tamales y pan con chumpe… Yo recuerdo a Doña Estebana, ella venía primero y era la última que se iba y… más tarde se quedó…

Casi todos guardábamos centavitos desde antes para subirnos a las ruedas que venían … Recuerdo que la voladora era la novedad y la ponían donde hoy actualmente está la alcaldía, que para aquel entonces era un terreno baldío… A la par estaba la escuela, donde ahora está el mercado… Frente al parque había un portal histórico que pertenecía a la escuela, donde se llenaba de ventas… De todos es bien recordado que para ese día todo mundo estrenaba ropa… y… por supuesto, había que darse un baño obligado, aunque estuviera nortiando.

Al entrar la noche de este día siempre se ha esperado, como hoy, la quema de pólvora; en aquel entonces se reventaban unos toritos cargados de cohetes y luces que asustaban a la gente y las espantaban… y todo mundo corríamos a un lugar estratégico para protegernos… por lo demás, había un castillo, bombas y cohetes de luces… Todo esto duraba unas pocas horas y nosotros quedábamos con ganas de más… Mientras tanto la música de la banda tocaba para la gente que paseaba por el parque… Los cipotes recogían varas de los cohetes quemados para hacer piscuchas… Los muchachos y las muchachas tequenteandose [5] para el gran fiestón, el más importante, pues había que ir de saco y corbata, y por supuesto con nuevo luck y perfumado. A las nueve de la noche, ya las marimbas La Imperial y la Princesa estaban sonando … Los locales en aquel entonces, eran las casas grandes y espaciosas como la de Don Tan Puente, la propia cofradía de Don Víctor Tobar, la de Don Toño Velis, la de Don Víctor Calderón… en fin…donde fuera más cómodo o adecuado… Yo recuerdo que cuando era chiquito, tenía la costumbre de acompañar a mi papá cuando él tocaba la marimba en alguna de esas fiestas, y cuando me daba sueño, me envolvía en el camisón de la marimba y me dormía en un rincón. Una vez en casa de la niña Chenta Batres de León, entre tanto tumulto me pasaron llevando y casi me destripan… ¡Salí chispiado! [6]

Los Historiadores [7] se organizaban en la Aldea de Santa Clara, esto no era más que una representación de la lucha entre los Moros y Cristianos, un evento histórico que los españoles recordaban en El Salvador aprovechando la alegría de las fiestas de Apaneca.

Toda esta algarabía no era posible sin la participación de ciertas personalidades que yo conocí de vista, oídos y por hechos… Como Don Víctor Tobar, que desde que yo tengo memoria era el cofrade mayor, al mismo tiempo era alcalde municipal y el curandero único de todo el pablado… un hombre tranquilo que inspiraba confianza y accesibilidad, dotes que le permitieron estar cercano a la gente… Su casa al mando de su esposa, albergaba todo el quehacer de las fiestas… ahí se generaban todas las actividades y por supuesto, ahí había un séquito de gente que sin ellas tampoco hubiera sido posible toda la organización… Allí en ese escenario, aparece la mamá Chenta Calderón, como todo el mundo la llamaba… pequeñita ella con su vestido largo y su huipil ajustadito, pero con una energía incalculable, encaminada a servir de una manera sonriente y graciosa… a tal grado, que se ganó el mote de Mamá para todos, sin que en verdad lo fuera. Yo la recuerdo muy bien con su pelito cubierto con una pañoleta que acostumbrada llevar y su magaya [8] siempre en la boca que de vez en cuando encendía… Jamás se estaba quieta… así flaquita como era, “iba payá”… “venía pacá”… siempre hablando y contenta… Por eso ahora nos hace falta.

Mi tío Beto Calderón hermano de Mamá Chenta, solo que él era grandote y fuerte, tamaño hombre que inspiraba respeto y autoridad… Él era el encargado totalmente de los tres patronos… responsabilidad que se ganó a base de perseverancia y dedicación en el cuido de los Santos… Su forma de vestir, impresionante para la época, parecía que le había robado el gusto a Santiaguito… Vestía como un militar con ropa de dril o de macartur color kaki bien usado; el pantalón era normal, pero la camisa manga larga que llevaba encima sin botón no tenía cuello, y con muchos botones grandes y metálicos que bajaban por su pecho… en su cabeza llevaba sombrero y caites en sus pies… Como los rezos de esos días no terminaba con las fiestas patronales, si no que seguían hasta el 25 de diciembre, el tío Beto se cansaba y se echaba la dormidita de día, porque todos los rezos eran en la noche… Creo que se había sacrificado mucho para ganarse el puesto… ya ni a su casa iba… y la niña Anita Guerra, su esposa esperándolo… A veces se daba una pasadita de día, porque de noche, allí estaba junto a los tres patronos… Usaba un palo lisito, como el cayado que usaba Moisés del Antiguo Testamento, pero no para firmeza sino para protección personal… por si las moscas un socón o pleito entre bolos… Usaba también un bolsón semejante a una cebadera donde guardaba sus cosas de uso personal o tamales que juntaba para llevar… Yo me acuerdo del tío Beto muy bien plantado allí toda la noche cuidando tres cosas: que a los tres patrones nada les pasara, que la limosna de cada Santo estuviera intacta, y que los rezos fueran cabales… porque eran tres rezos: uno al comenzar la noche, otro a la media noche, y el último en la madrugada. Lo más terrible para el tío Beto era cuando había pleito, porque después del rezo venía el fiestón con música de cuerdas o de marimba hasta amanecer, pero como no faltaba el guaro clandestino o la chicha por ahí, las cosas se complicaban. Una vez lo dejaron todo raspado y moreteado porque se lo pasaron llevando… Otra vez, recuerdo que se puso en forma de cruz con los brazos extendidos ayudado con el palo frente a las imágenes… ¡Los Patrones no! – decía a grandes gritos -… y como no le hicieron caso… les metió sus trompones… y pues … los sacó como cangrejos al patio de la casa.

Y así tantas cosas sucedían que habría que hacer un libro aparte para contar. En un mes, los tres Patronos se caminaban todos los cantones y el pueblo… así las rezadas… y las tamaleadas… Yo recuerdo cuando pasaban para Quezalapa, a parar donde tía Chenta de Gallardo… luego pasaba a Shucutitan, donde Doña Juana Calderón de Saz… al Palo Verde, donde los García… y a San Ramón, donde los Vallecillos… Nosotros decíamos al oír los cohetes a lo lejos ¡Oh! ¡Allá están los tres Patronos bien a tranca! Muchos iban a las fiestas, aunque no estuvieran invitados, otros porque su lujuria por ahí andaban bailando.

Algo no se me va de la memoria que yo mismo presencié… Una vez cuando tocaron los rezos en casa de Doña María Vallecillos, me fui detrás de la Chila Calderón, la Tanchito y la Chave Villafuerte, que eran las cantantes profesionales de los rezos de entonces… no podían faltar, de lo contrario el rezo no servía… Doña María como era la anfitriona, ella misma lo dirigía… y empezaba… “Padre nuestro que estás en el cielo… Cristina por favor atizá el fuego… santificado sea tu nombre…Cristina metele más leña al fuego…venga a nosotros tu reino… ¡Cristina! Cuidado con los chuchos… hágase Señor… cuidá los tamales… tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan de cada día… ¡Cristina te digo que espantés los chuchos!… y no nos dejes caer…” Y así en esa treta el rezo se hacía más largo, pero los tamales se cocían. Luego venía el reparto… al tío Beto era al primero que le daban… al mismo tiempo un trago fuerte o la guacalada para el aguante… y empezaba la fiesta… solo que más adelante había un paro para el siguiente rezo, y luego otro para el de la madrugada… De ese modo terminaba la noche.

Otros personajes que valen la pena mencionar es a Chente Morán y su hermano, encargados de principio a fin de reventar los cohetes y las bombas en las fiestas. Ellos sabían los momentos precisos que había que darles fuego; si alguno por ahí trataba de usurparles el cargo se disgustaban. Los dos eran personas humildes muy entregadas a su misión, ambos terminaron sordos por completo… aun así, ellos continuaron ejerciendo.

Otra presentación artística que aparecía en ese entonces era el Baile de la garza, que según entiendo, era organizado en el Palo Verde. Yo solo me acuerdo del cacastle [9] que simulaba la garza y que en todo su proceso solo pretendió divertir a la gente.

Pero una de las presentaciones artísticas más importantes fue la del “Baile de Herodes”, que daba que hablar porque daba mucha emoción. También estaba las “Pastorelas”, donde muchas veces participó Doña Sonia Madrid que hacía de angelito o romera; la pastorela era dirigida todos los años por Doña Ana Francia, famosa por su dedicación.

Lo importante de todo esto es la manifestación de fe que la gente vivía cómodamente, tranquila y en paz, lo cual se traduce en identidad alegre y atractiva.

Al final, el 25 de diciembre los Santos Patrones regresaban a sus respectivos pueblos.

Ya para entonces se contaba con un buen equipo de futbol, Cuatro Vientos se llamaba y se jugaba por amor y no por otros intereses, como suele pasar. Cada jugador se compraba su uniforme y sus zapatos… y cuando se iban lejos, el costo del viaje corría a cuenta propia… Los partidos se hacían por retos ida y vuelta. Yo recuerdo haber visto los juegos durante las fiestas; pues venía un equipo que se llamaba El Centenario, creo que era de Juayua, otro de San José la Majana, otro de Salcoatitán, y así solo buenos equipos que nos hacían disfrutar de un buen futbol…Los jugadores eran Víctor Aguilar, al que le decían “el negro”; Nando Hernández, llamado “mal hombre”; Sebastián, Felipe e Israel Vielman; Jando y Pedro Artero, eran exquisitos para manejar el balón; Julio Román y Pedro Saz o “patada de burro”, ¡Sí que le daban duro a la pelota!… Eso sí, había una bonita cancha, aunque pequeña, en donde hoy en día se encuentra una agencia de café de la compañía Lievees.

Otro del que no me puedo olvidar es del portero Pedro Ascencio, le llamaban “Muma”, famoso por sus atajadas que incluso fue contratado para jugar en la primera categoría con los Leones de Sonsonate. Por esa época, también empezaban a surgir como buenas defensas Pedro Morales y Rubén Ascencio, quienes hacía llegar la pelota de marco a marco, aunque éste último, rayaba y a veces ponchaba la pelota con las uñas, pues sus zapatos eran naturales.

LAZAU.

Referencias:

[1] En Apaneca, era un refresco de color rojo preparado a base de semillas molidas.

[2] En Apaneca, es lugar donde vivía la mula; ahí se le picaba la comida para que comiera durante la noche. También era utilizado para los caballos, incluso para las gallinas.

[3] Lugar arriba de la vivienda, ubicado por debajo del tejado, en donde se guardaba el maíz, frijol, todo aquello que querían proteger de la humedad y de los animales.

[4] Gran cantidad de cosas o multitud de personas de forma desordenada.

[5] En Apaneca, arreglarse – peinarse, bañarse, maquillarse – para una ocasión especial.

[6] Salir rápido.

[7] Baile de hombres con túnicas imitando a los españoles. Eran contratados para bailar en las fiestas patronales.

[8] Un tronquito de puro de tabaco.

[9] Armazón de madera para llevar algo a cuestas. En este caso el cacastle tenía la forma de una garza.

UN VALOR FRUSTRADO

Hasta diez chuchos tenía, a veces sueltos, a veces enjaulados o amarrados, pero con atención esmerada al igual que su escopeta la que limpiaba a diario y mantenía calientita con la ayuda del fuego de la cocina, ahí estaba junto a la de su padre colgada con mecates.

Frisaba los diez años y su educación crecía bajo el cuidado de sus padres; leía y escribía porque su hermana mayor era maestra y se lo llevaba a la escuelita del cantón… A su regreso compartía los oficios domésticos como preparar la leña, limpiar la caballeriza u ordenar las cosas de la troja, atender la vaca y el caballo, pero también acarreaba el agua y montado en la mula hacia los mandados en el pueblo… Hasta entonces los domingos acompañaba a su madre a la iglesia para participar en la misa.

Contaba ya con catorce años y entre los oficios caseros el más importante era cuidar los chuchos y su escopeta con un solo fin… Cazar.

Para entonces, allá por los años treinta a cuarenta, el volcán Chichicastepec, la Coyotera y el Quezaltepec, estaban cubiertos de vegetación virgen hasta llegar a las planicies; lo que hoy son cafetales, antes estaban cubiertos de árboles frondosos frisados con bejucos en donde gran variedad de especies animales subían y bajaban. Las ramas de los árboles reverberaban de pájaros que con sus cantos alegraban y con su plumaje adornaban el ambiente… Los frutos por todos lados solo de agarrar; ahí habían alaices, ciruelas, cotomates, escobos, tempisques, anonas, e infinidad de almendras suficientes para mantener vivos a todos los pobladores de la época sin tener que trabajar… Los animales grandes y salvajes muchas veces se equivocaban y llegaban hasta los patios de las casas. Cuando se tiene 14 años fácilmente se despierta la tentación de atrapar un animalito que se encuentre.

Pedro Alfonso se llamaba el joven que con grandes aspiraciones inclinó, demasiado quizá, su aprendizaje de tiro perfecto en la caza de animales.

Para entonces, Pedro vivía en una casa de campo con sus papás como era costumbre; la casa tenía una “salota” en el medio, propia para bailar, alumbrada con candiles y en un rincón la vitrola, muchas sillas en el entorno y en mesitas pequeñas varias imágenes de santos dentro de su respectivo camarín; en las paredes muchas fotos de familiares cercanos e importantes; en el centro del techo había un tragaluz protegido por una casita miniatura que volvía “plantosa” la vivienda; alrededor de la sala había en forma de caidizos varios dormitorios, la cocina, comedor y bodega; al frente un techo sostenido con pilares unidos con barandales y pasamanos para embrocarse y disfrutar del paisaje; en cada pilar había una cabeza de venado disecada y las paredes estaban tapizadas con cueros de animales, lo que hacía percibir la gran afición por la caza que se tenía en ese hogar…

Al poner un pie en el quicio de la puerta impresionaba ver el trofeo más grande… el cuero de un enorme tigre que una vez mataron entre varios tiradores porque – dijeron – asolaba la región comiéndose las vacas… Según cuentan, lo persiguieron sin descanso haciendo turnos matándolo finalmente poniéndole de carnada un ternerito.

Pedro Alfonso crecía llevando a cabo sus propias experiencias. Contaba su mamá que cuando se disponían a ir de cacería, encerraba a los chuchos y daba instrucciones de que cuando oyeran el tiro allá a lo lejos, los soltaran… Dicho y hecho, los perros salían ladrando en dirección del tiro… lo hacía de esa manera porque le hacían estorbo a la hora del tiro y como la presa una vez herida caminaba lejos o se encuevaba, los perros eran los encargados de encontrarla… Al poco rato, aparecía él acompañado de la jauría de perros y encima un enorme animal que compartía con familiares y amigos… Pedro Alfonso no aprendió estas hazañas solo, su padre también era un buen tirador…

Venado era la carne más común, pero la más apetecida era la tepexcuintle…  Contaba el muchacho que para lograr uno de estos había que caminar por la montaña buscando señales como cascaritas y pedacitos de almendras en el suelo, pues era señal de que ahí llegaba un tepexcuintle a comer… Al día siguiente había que estar ahí al anochecer y con amplia visibilidad hacia arriba y sin hacer ruido, cuando empezaban a caer los pedacitos de almendras, pegaban un solo lamparazo y a continuación el tiro. ¡Bongón! caía el animal… Para la caza del tepexcuintle no se ocupaban chuchos porque éstos lo asustaban y el animal huía internándose en lo espeso de la montaña donde se defendía y la caza se malograba.

También la montaña tenía sus misterios, una vez encerró los “chuchos” y ordeno que los soltaran al ruido del tiro de la escopeta, así lo hicieron, pero él no volvió…  se desorientó en la oscuridad de la noche y en lugar de coger el camino correcto caminó en sentido contrario; aturdido fue alejándose más y más… Al día siguiente lo encontró su padre con la ayuda de los chuchos cerca de San Pedro Puxtla… En otra ocasión pasó lo mismo, pero regresó solo al darse cuenta que estaba sentado a la orilla del Rio Tequendamas.

En el año 1932, a raíz de la sublevación indígena la comida escaseó; Pedro, quién tenía una hermana mayor en Juayua, fue enviado por su papá con provisiones y la esperanza de que trajera buenas noticias de su hija.

En esa ocasión, Pedro convenció a un soldado del ejército que le prestara el uniforme para ser retratado por su hermana, él quería aparecer en la foto con un fusil en alguna posición importante que lo destacara… Ya de regreso, iba feliz, el caballo volaba por el camino, no aguantaba las ganas de encontrar a alguien para contar su hazaña de la foto.

En aquel entonces para llegar a Juayua habían dos caminos, el directo que de Apaneca salía por el norte pasando por donde hoy en día están Los Llanitos, La Sierpe, Las Maravillas, Salitrillo y El Diamante; y el otro era por el lado Este Las Cruces, Tizapa, Los Alpes, Los Ángeles, El Ciprés y la Esmeralda por donde se llegaba a Salcoatitán primero.

Pedro venía contando que los soldados del gobierno le contaron que habían intentado llegar hasta Apaneca por allí para sofocar una sublevación que no había, pero que en una cuesta empinada se atascaron los camiones haciendo que regresaran, evitándose así una matanza. Unos poquitos llegaron a pie y mataron a dos cristianos solamente porque llevaban el apellido Sánchez. Pedro contó también que en Juayua vio que los muertos eran llevados en una carreta tirada por bueyes como si fueran pante de leña, algunos no cabían y llevaban los pies colgando; otros estaban en las cárceles esperando su turno para ser fusilados. Contó también que el suelo del parque estaba embadurnado con sangre, las moscas volaban por todos lados y que los corozos quedaron picoteados por los balazos del ingrato ajusticiamiento a campesinos indígenas. También dijo que por allá se decía que ya traían a otros que habían agarrado.

Pedro estaba atragantado y no paraba de hablar de lo que vio durante el viaje en compañía de su caballo “Calenturo”. Tenía 17 años y no pudo pasar a la siguiente etapa de la vida; todos sus sueños fueron truncados al no estar preparado para vencer los obstáculos que en esa edad se presentan.

Se enamoró perdidamente de una de las tantas muchachas que lo admiraban; se armó de valor, y creyendo que ya era hombre, se la llevo, pero no con la anuencia de los familiares de la muchacha, especialmente de la mamá; Por lo que, cuando Pedro se encontraba feliz creyendo estar en el paraíso, llego de repente la señora madre y tomó de la mano a su hija y se la llevo de nuevo a su casa.

El joven Pedro que se encontraba en la etapa en el que solo se piensa en sí mismo, se es egoísta, y no se piensa en que hay otras personas que han pasado por el mismo caso y les duele; en fin, una etapa en la que se actúa más con el corazón que con el cerebro; se sintió herido en su honor y no atendió consejos; anduvo por todos lados montado en Calenturo, fue a su casa, no quiso comer, solo tomó un poco de agua, medio escucho las palabras de su padre, pero su alma estaba por otro lado.

Los chuchos desperdigados y muy inquietos aullaban como mirando al cielo; los metió en la jaula, pero no dio órdenes como en otras ocasiones; entro a la cocina, bajó la escopeta y se la cruzó en la espalda, luego salió de nuevo montado en Calenturo que lo estaba esperando ansioso mordiendo los caramelos del freno y pateando fuerte el empedrado del patio.

No iba para la montaña, sino para el pueblo… En el camino hacia Quezalapa a muchos amigos encontró… pero llevaba tan grande pena que ni siquiera los vio… En el pueblo lo mismo, no era él… Llegó a la esquina de la casa de la novia… Amarró el caballo… Se subió a lo inclinado del terreno de enfrente… Con una pita amarró el gatillo de la escopeta… Se quitó el zapato derecho… Se puso el cañón en el cuello… Y con el dedo gordo del pie halo el gatillo…  Se arrancó la tapa superior de la cabeza echando a volar los sesos y poniéndole fin a su vida.

El velorio, las condolencias y todo lo demás se hicieron en el pueblo en la casa de sus tías… Al día siguiente el entierro y… ¡Que sorpresa para la gente! los chuchos rompieron la jaula durante la noche y aparecieron allí para acompañar al difundo…Caminaron al cementerio en la procesión fúnebre, debajo del ataúd. Calenturo en cambio se fue atrás de la gente… Se terminaron las exequias, pero la jauría de perros se quedó en el cementerio sobre la tumba de su amo… La gente les llevaban agua y comida, pero los perros se fueron desvaneciendo con el tiempo y murieron. Yo conocí a uno de los perros que se llamaba “rol”, viejo y gordo de color café que asustaba porque dormía en un cajón y padecía de convulsiones… Cuando le daba un ataque, se oía como tambor con disonancia.

De esta historia podemos aprender que todos pasamos por esta etapa de la vida, quizá la más difícil de todas, de donde solo se sale bien si se está preparado.

LAZAU