LA TASAJERA DE LOS CAMINOS

Muchas personas se contentan cuando leen mis narraciones sobre cosas y hechos antiguos de mi querido pueblo de Apaneca; por eso, voy a empezar por satisfacer la incertidumbre, duda o curiosidad de la gente que me pregunta por qué la “tasajera” en algunas calles de la ciudad y de los caminos.

Lo que sucede es que con el devenir del tiempo cuando se han ido construyendo carreteras nuevas entre los pueblos o ciudades vecinas, siempre el espacio donde pasaba la carretera antigua era ocupada por la gente que tuvo necesidad de un lugar para vivir y después naturalmente, fue construyendo una vivienda mínimamente digna. En Apaneca sabemos que «tasajera» es hacer de un pedazo grande otros pedazos más pequeños.

Para entender mejor lo que me propongo es necesario hacer bastante uso de la imaginación, y pensar en lo que sucedió en antaño; por ejemplo para ir a Ahuachapán no se iba como vamos ahora, sino que había que partir del final de la 1ª. Av. Norte, dicho de otro modo, por el camino que nosotros llamamos “chiquito”…Luego llegábamos a la Pila Santa Clara (ahora Aldea), pasábamos por la Cruz que está donde confluyen el camino hacia la Cumbre y la Lagunita, y continúa hacia la Fania y San Ramón, para luego guindar hacia Salutiupan y después a la ciudadela que ya es Ahuachapán.

Si nos ubicamos en el tiempo, todo lo que yo cuento pasó hace muchísimos años atrás y lo he ido recogiendo de lo que me contaron mis abuelos y abuelas, personas mayores de esa misma edad y por supuesto de la lógica, la suposición, la imaginación mía y el análisis en base de lo que se ve.

Otro ejemplo, es cuando se iba a Juayua, había que salir por la Av. 15 de Abril Norte y el Modelo… seguir por donde hoy se hizo la colonia Los Llanitos y coger como quién va para la Sierpe… Las Maravillas… Salitrillo… El Diamante… y finalmente llegar por el costado Norte del cementerio… y ya estábamos en Juayua.

Para viajar a Sonsonate era igual de complicado… Lo que yo tengo todavía almacenado en mi cabeza es que una vez que fuimos en romería para visitar a San Antonio del Monte, organizadas por las fiesteras de siempre: Mamá Chenta, Tía Cande, Tía Melche, Tía Narcisa y Tía Casimira, todas de apellido Calderón… también las que siempre acompañaban estos trotes eran Tanchito y Chavela Villafuerte. Salimos por el final de la Av. 15 de Abril Sur hacia el Plan de San Antonio, hubo una pequeña oración en Las Cruces… seguimos a Tizapa, Los Alpes, El Ciprés y La Esmeralda… llegamos a Salcuatitán, Masahuat y luego a Sonsonate y San Antonio… visitamos la iglesia y cumplida la promesa, regresamos.

Lo que más recuerdo de este viaje es que los caminos eran estrechos… Que a los cipotes nos llevaban encaramados en dos carretas junto a unas señoras que nos cuidaban para que no nos fuésemos a caer… Que algunos penitentes iban a caballo, pero que la mayoría iba a pie.

Para viajar a San Pedro Puxtla, cualquiera diría que era el mismo de Sonsonate, pero no fue así… El camino predilecto para viajar a San Pedro en aquella época fue por el Cantón Quezalapa; las dos veces que yo viajé a caballo con amigos pasamos por Malinche, Tierra Colorada y Tequendamas.

Para ir a Concepción de Ataco, siempre fue el mismo que ahora y con las mismas características: saliendo por el final de la 4ª Calle Poniente; pero se doblaba hacia la izquierda para seguir por donde hoy existe una comunidad que le llaman El Chorizo, sin ninguna interrupción, ya que Apaneca y Ataco son dos pueblos hermanos enclavados en la misma meseta y en lo más alto de una cordillera.

Mi afán de este escrito no es la geografía, sino explicar el por qué de la “tasajera” y cómo eran los caminos; pues a medida que las poblaciones han crecido, el desorden territorial también creció como por inercia.

Cuando se originaron los pueblos obedecieron a un diseño de acuerdo al número de habitantes y sus necesidades, pero cuando aparecieron nuevos pobladores, hubo que compartir el territorio, así como también los caminos, ahora carreteras, que por el avance de la civilización hubo que «tasajear»… el territorio de Apaneca no fue la excepción.

 

LAZAU

EL PROBLEMA

Cuando tengas un problema

y no puedas llorar ni reír,

coge una pluma y escríbelo;

el problema se sale de ti

y se impregna en el papel.

 

La mente y el corazón están ligados,

nacieron juntos en el cuerpo,

pero no son iguales;

la mente es sagaz y determinante;

el corazón es dócil y voluble;

la voluntad… esa es llevadera

depende del peso que lleve;

A veces el problema ocurre y…

no lo puedes botar, ni seguir llevándolo.

 

Entonces viene la mente y obliga

a que el corazón con su voluntad lo bote…

 

No habrá otro problema en la vida

que se le parezca.

 

LAZAU

EL ALMA DE MI PUEBLO

Nació un varón entre muchos que nacieron.
Vivió entre muchos varones que vivieron.
Pasó de los siete que el horóscopo pone,
y eso hace historia y tierra viva.

Tierra bendita.
Amada mía.

Apaneca, donde los cafetales crecen,
y son cabelleras verdes que avivan los pulmones;
flores que alimentan la luz y los ojos,
y muchas que perfuman el ambiente.
Pájaros que coquetean nuestra vista,
aaaaaahhh… pero hay reptiles venenosos escondidos,
que acumularon un tremendo poderío.

Lloraron las montañas y cayó el pueblo
envuelto en la derrota jamás imaginada.
Pero aquí estamos entre muros de adobes,
entre calles empedradas,
enmontadas por el tiempo,
que nunca se detiene.

Oscuras las noches, como el vientre de un gigante
que alocado trajo el viento y …
se quedó dormido…
entre estas dos montañas,
turbado nomás por los insectos que cantan.

Hasta que llega noviembre, esperado mes,
con su viento, su frío y su polvo.
Pero nosotros felices preparando la marimba,
para nosotros ese instrumento era el principio de la fiesta.
Así le llamábamos al instrumento genial,
hecho de fajas, pitas, lonas o mecates.
Para sostener el canasto de bambú o la chuspa
para poner el café a la hora de cortarlo.

A esta altura del tiempo, nuestra gente
ya ha olvidado la historia reciente.
Ahora todo es alegría, esperanzas y satisfacciones,
porque somos como niños buenos e inocentes
que ahora nos moquetean y mañana contentos.

Era hermoso llegar al cafetal y agarrar surco
entre chistes y canciones a juntar el fuego;
porque había que desayunar primero,
aunque solo café con pan y alguna otra cosa ligera,
y a comenzar la tarea con alegría y entereza.

Yo participé de esa alegría, pero desgraciadamente
conocí la historia reciente
y me llenó de pavor.
Porque también viví y conocí de cerca
las necesidades y el sufrimiento de mi gente.
Desde el dolor de estómago, la cabeza o los dientes;
y hasta la maña de fiar y pedir prestado
a los pocos dueños de finca,
nacidos como nosotros,
para pagar ese favor en tiempo de cosecha.

Por eso digo que aquí estamos con forma y sangre…
Pero también así como sopla el viento…
la esperanza de que habrá un día no muy lejano,
en el que un apaneco con cerebro limpio… sano
y un corazón voluntario, férreo… duro…
resolverá las necesidades de la gente…
y que no se vaya porque aquí no encuentre nada.

Hay que recordar que Apaneca tienen todo…
territorio amplio donde cabemos todos;
lugares bellísimos que otros envidian tener;
altitud que favorece al clima, a la luz;
Una flora que favorecería la vida y el bien,
de las plantas y animales a punto de extinción.
¿Y a nosotros por qué no? si adentro llevamos
el gen del nativo que la misma tierra parió
y que espera de nosotros, los inconformes,
la felicidad y la alegría plena otra vez.

A mí no me alcanza la memoria
del paisaje de antaño y los cambios de los cafetales…
así se llaman los sitios,
en donde el pisto nace de los pies del pueblo.
El café madurando, despertando ilusiones,
donde los fangos se quedan secos
y los vientos siguen soplando
igual que las esperanzas de una vida mejor.

Pero los recuerdos quedan…
y se llevan al más allá.
Los rostros desnutridos y gastados por el tiempo.
La juguetería en el cafetal con las muchachas.
Las madrugadas, los nortazos y las aguantadas de hambre.
El miedo al patrón y al caporal servil de la finca.
Los canastos, los costales y las pitas.
La sacada del café, las canciones y los chistes.
Las pepenadas y escogidas de los cafés.
Las regañadas de mi padre y mi madre en casa.
El tambache con sus frijoles, las tortillas y el queso.

Todo parece un sueño… muchas cosas olvidadas.
Esto fue un tiempo, el alma de mi pueblo.

LAZAU

A LA MUERTE DE MI MADRE EN 2007

Abuelita Lina

Jamás imaginé que a mis sesenta y cinco años de edad, iba a quedar huerfanito. Yo siempre creí que mi madre nunca iba a desaparecer de este mundo. Siempre me consideré feliz con tenerla y así como cuando estaba chiquito no me desprendía de sus nahuas, así cuando fui grande a veces lejos, mi corazón estaba ligado al suyo.

Ahora aunque ya no esté con nosotros y ya no pueda abrazarla como antes, aprovecho este espacio para desde aquí gritarle: ¡Te queremos mucho mamá… sabemos que estás en el cielo porque hiciste méritos suficientes para estarlo… gracias a Dios!

Todos los meses viajaba para verla, muy poco por cierto, para festejarla porque ella lo dio todo por nosotros… a mí en lo personal me envolvió en su regazo para inyectarme en la sangre el amor que siempre ha circulado en mis venas… por eso me costó aceptar su ausencia; aunque a veces me deprimo, pero su ejemplo me anima a seguir adelante.

Ahora desenvuelvo mi cerebro y me remito al momento de la concepción: a las tristezas o alegrías por semejantes dudas, ¿Qué sé yo? a las cosas raras que las mujeres sienten a los veinte años cuando por primera vez hacen una travesura semejante; a los antojos, como querer comer jocotes y mangos tiernos con sal y limón; a los malestares que aquel individuo en su vientre provoca cuando quería cambiar de posición dentro de la panza; a las necesidades aquellas que no se le cuenta a cualquiera, ni a las mejores amigas; al vestido apretado que no daba más; a los desprecios tal vez; a las nuevas obligaciones, como lavar los pantalones duros y sucios de un hombre que apenas acaba de conocer…a las felicitaciones de las muchachas amigas y curiosas de su edad; al cambio brusco de familia de la consentidora, a la exigente; con la única compensación de los abrazos y besitos de mi padre cuando llegaba del trabajo… Pero no faltaba más, que después de los doscientos setenta días de interrogantes, malas y buenas… hasta los horribles, pero benditos dolores del parto. ¡Salí varón! ¡Que felicidad! ¡Mi mamá se ganó la gallina!.. Y la bulla por todo el pueblo: ¡La Angelina, parió un varón!.. el primogénito de diez que mi madre concibió; y si este varón sale multiplicador, de ser posible que de estos se hagan cien… y de estos otros se hagan cien mil, y que la prole y su historia siga hasta la consumación de los siglos… Amén.

Ahora empieza la etapa más hermosa de todas, porque aunque el hijo le salió feo, para ella era el niño más bonito del mundo; lo cuida las veinticuatro horas de día, le da de comer y lo duerme, lo baña con agua calientita y lo seca con trapitos suaves, le da besitos en la frente, lo arropa y allí esta pegadita tocándole la carita y quitándole los cheles con los dedos y de ser necesario, lo ablanda con saliva, mientras tanto le platica aunque no le conteste, se hace pupú y para ella es un agrado y lo limpia con delicadeza… y como también le salió llorón, lo calla a cada rato, uniéndolo a su cuerpo para que chupe la sangre pura y angelical y nutrientes que le nace con amor desde bien adentro… y lo vuelve a dormir con el arrurú mi niño… arrurú mi niño… si no te dormís… ahí viene el coyote. Pero, lo más hermoso de todo, lo que hace sin descanso es que se siente segura porque se está ganando el Reino de los Cielos.

Para ella no hay fin de semana, ni sueldo, ni pago de horas extras, ni bonificaciones… solamente la sonrisa del bebé cuando se despierta o se encuentra satisfecho, que vale más que un masucho de billetes. A veces, cuando el sol asomaba, lo llevaba a pedirle sus rayos para que la piel se vaya pareciendo a la suya, y si le salió diferente como la de su padre, la felicidad es mayor, y aunque no la oímos, le da gracias a Dios.

El hijo se enferma ¡Uf! Infinidad de veces, pero ella se adoctora y lo cura. De la tos… ahí pasa haciéndole calditos de hojitas de naranjo, eucalipto y mutitas de izote y endulzadito con miel de panela para que le guste. De la diarrea y soplazón, lo que estaba a su alcance: un menjurje de aceite de comer, del que sobró cuando nació, revueltito con algunos montes como hierbabuena, culantro, unas cuantas hojitas de chichipince, albahaca y dos dientitos de ajo machacados… Todo esto cocido y hervido varias veces y colado después para quitarle las basuras, frío y con un poquito de azúcar para que le guste, con la fe puesta en Dios, el menjurje estaba listo para tomar por copitas hasta que desparezca el mal; y esto no terminaba ahí, la señal más idónea para evaluar el efecto de la medicina era tocarle la panza a cada rato como tambor… así pues, si el sonido era grave o sordo, el enfermito estaba peor, pero si el sonido era agudo o como tabla, el niñito había mejorado… si estaba peor toda la noche y a cada rato le ponía un emplasto de lodo y ceniza calientita que colocaba como fajero en la panza… por supuesto que todo esto sucedió cuando yo me puse grave y llegaron mis abuelos para recomendar sus experiencias, pues para esa época no habían médicos ni hospitales, allá por los años cuarenta, del siglo XX.

Las experiencias de mi madre se van sumando, pues hasta aquí se le sienten gusto… pero como ya pasaron dos años, las cosas van cambiando para más difícil, ya que, en ese tiempo no había métodos científicos para evitar los hijos, y como el Señor dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra”, mi papá no desaprovechó el mandato y nos hicimos dos, tres, cuatro… hasta llegar a diez hijos, pues aunque una murió tiernita, la sufrida fue mi madre.

Vino mi hermanita, Alba Edelmira se llamaba ella, porque también ya no está con nosotros, se fue en febrero del año 1999 con el Señor Jesús… De todas maneras la historia se repite… los doscientos setenta días en el vientre de mi madre… las caricias… las bañadas con agua tibia, la pacha y el biberón… la cambiada de pañales y la cantada del Arrurú mi niño… ahora ya no solo para mí, sino compartido con mi hermana… Qué bueno, porque a mí ya me gustaba el suelo ¡Qué galán!.. dando mis primeros pasos y somatones. Pero para entonces ya había sufrido dejando la chiche por un bote pacho de esos que los bolos de cantina dejan y un biberón duro atado a la boca… De ahí la tradición de la gente de llamarle “pacha” al conjunto del alimento del bebé, aunque el envase sea de vidrio y redondo.

De las enfermedades la misma cantaleta de siempre: tosferína, catarros, sinositis, mal de ojo, diarrea a escoger, aunque a veces solo era tapazón, disentería y soplazón; pero ella va aprendiendo más y más. De la lavada de la ropa, va aumentando y el secado por supuesto también… por esa época habían montañas vírgenes y por supuesto el clima fresco, la ropa no se secaba fácilmente, el sol no daba abasto… en este caso el calor y el humo de la cocina era importante, pero todo esto implicaba esfuerzo, voluntad y entereza, que no le sale a cualquiera… se necesita mucha fe, mucha esperanza, y sobre todo mucho amor, que solo a una madre le sale.

Muchas cosas se pueden recordar en el transcurso del tiempo, como la diversificación de su amor entre todos sus hijos, que aunque pareciera que nos tocó menos o poquito, la verdad que su amor para nosotros fue el mismo, y nunca tuvo límites; por el contrario, cada día su amor se agrandaba porque ya no recibíamos solo nosotros, sino que también sus nietos… se cumplía aquel dicho por ahí, que una persona llega a querer más a sus nietos que a sus hijos.

Cuando yo tenía como cuatro años, nació la Tey, Ester Serafina o Ester del Pilar, es su nombre de pila y los que haceres para mi madre los mismos, solo un tanto aumentaditos… yo ya tenía dos hermanitas con quién jugar… una rueda de pañales, chivas, y almohadas hacía la niña Lina en el piso, que yo recuerdo muy bien, era de ladrillo cuadrado de barro… las colocaba dentro y yo entretenía a las niñas horas enteras mientras mi mamá hacía el oficio… cosa de todos los días… aunque habían variantes… como mi papá era carpintero,  ya había hecho un cajoncito con cuatro patas, con una tablita de sacar y meter, para sentar ahí a la más pequeña y la otra en el corralito improvisado, desbaratando a las chivas y almohadas… aunque habían otros recursos… dos hamacas, que aunque resultaba un tanto aburrido porque había que ocupar las dos manos para mecer a la una y a la otra, luego se dormían.

Cuando yo tenía ya mis seis años, recuerdo que un tres de mayo, vino otra hermanita “Cruzita” como la llamábamos cariñosamente. La mamá Serafina que asistió el parto, dijo que por primera vez veía nacer a una niña tan chiquita. Mi papá que como ya llevaba la cuenta dijo que era sietía porque había nacido de siete meses de embarazo. A mí la curiosidad me rebalsó y no tardé en ir a ver a mi madre a la cama y la sorpresa fue tal que no veía para nada entre los pañales a la niña. Algo que a mí no se me olvida es que una vez mi papá dijo: “Vamos a ir todos donde Pa Toño” (se refería a mi abuelo materno que vivía a mediados del camino hacia el cantón Quezalapa donde había de todo). Lo que les quiero contar es que la gente nos paraba en el camino para saludar a mi papá y a mi mamá que eran muy queridos por toda la gente y después del pasajero coloquio y la chuliadera para nosotros, le preguntaban a mi mamá – ¿Y la niña tiernita pues?.. y mi mamá con una gran sonrisa que le llegaba hasta las orejas contestaba: – y no que aquí la llevo en la bolsa pues – … En aquella época las mujeres andaban con mandil, pues en una de las bolsas del mandil, llevaba a mi hermanita.

Crucita, poco a poco fue cambiando…porque para mamar sí era buena… de pequeñita pasó a ser grandotota… de esta mi hermana yo serví de chino. Yo recuerdo que la cuidé con esmero… llegó a ser tan hermosa que casi no podía con ella… además bonita e inteligente… quiero decir “bisbirinda” o despierta, o que hacía cosas fuera de serie o no de su edad… como una vez que una señora vendedora de ropa le llegó a cobrar a mi mamá unos vestidos que le había tomado por abonos… mi mamá le dijo: – decile que no estoy –… cuando la señora preguntó por mi mamá, ella estuvo presta a contestarle: – mi mamá dice que no está – ¿y dónde está tu mamá corazón, si se puede saber? – ahí está atrás de la puerta – dijo Crucita… y… de éstas pasaditas son muchas que yo recuerdo y podría contarlas.

Parece que íbamos a ser pistudos con esta muchachita… porque siempre cargaba llena la bolsita de monedas que los vecinos le regalaban… Don Teno Morales y Don Lesho, el primero, que tenìa una carpintería enfrente; y el segundo, era el dueño de la casa donde vivíamos, cada vez que la veían le daban una o dos monedas. Siempre tenía con qué comprar leche de burra, tartaritas o dulces de nance donde la Niña Refugio de Portillo, que tenía tienda en la esquina. Para entonces, ya tenía sus seis años.

Como dice la gente que uno pone y Dios dispone, a principio de noviembre comenzaban las cortas de café en los bajíos y me fui con la Chila Calderón, y otro poco de gente a trabajar; allá muy lejos cerca de San Pero Puxtla, a una finca de café del Beneficio Santa Elena… pasamos allá 15 días trabajando duro y comiendo solo pishtones duros y frijoles brincando, para traer plata a la casa…terminada la jornada, después de pago, salimos de regreso como a las ocho de la noche y llegamos a Apaneca cerca de la madrugada, con los pies desechos pero contentos… pero cuál fue mi sorpresa una de las peores de mi vida que hasta ahora me repercute y me saca las lágrimas… cuando toqué la puerta y me abrieron… entré y me abrazó mi madre llorando… yo también llorando, no podía hablar, estaba confundido… mi padre al fin habló y dijo: – ¡Tu hermana Crucita murió!.. ¡La enterramos hace cinco días! Es el primer sentimiento fuerte indescriptible  que solo pude decir que se siente una unidad entre Dios – papá – mamá – hermanos… y… y… solo pude pronunciar a manera de reclamo: ¡Por qué no fueron a traerme!

Entonces me di cuenta que el amor de mi madre era infinito… costó mucho que nos acostumbráramos a la ausencia de Crucita… muchas veces me dijo: – Buscá el cuto que vamos a ir a traer leña… el cuto en esa época era un pedazo de corbo que una vez fuera la herramienta de trabajo del hombre de la casa y como herencia le quedaba a la mujer… pero no agarrábamos para los cafetales donde abunda la leña, sino que para la finca que está después del cementerio… cuando estábamos en el cafetal antes de buscar la leña, nos saltábamos el cerco de allá para acá, porque Crucita había quedado pegadita al cerco, al pie de los cipreses viejos… le arreglábamos la tumbita y después sin ponernos de acuerdo hacíamos varios minutos de silencio… y nos elevábamos comunicándonos con ella. Había sollozos, pero sin decirnos nada regresábamos a la casa con la leña.

Don Nando, mi papá, nunca comentaba nada; pero sí en sus adentros había mucha tristeza profunda… y… a decir verdad sin desestimar a mi madre, él era más amoroso y cariñoso con nosotros… cuando había chillazón, berrinche, ganas de orinar, él estaba presto antes que mi mamá.

Pasados algunos días nos anunció que nos íbamos de esa casa, que queda en la segunda avenida entre la primera calle y la calle Francisco Menéndez, casa que cuando hoy la veo despierta en mi ser todas la vivencias bonitas y feas,  que tal, que quisiera que fuera mía para conservarla y darle la vida eterna.

Mi madre valiente acompañó a mi papá, un día de esos amanecimos en otra casa, la que está en la Avenida Central Norte, entre la 3ª. Calle y la 5ta., que pertenecía a Doña Tita Vielman, era un lugar más pequeñito para más hermanos; aquí nació Lázaro Antonio.

Para entonces mi función de cuidar niños había terminado; mi trabajo era ir a la escuela y jugar con los cipotes de mi edad… hacer las planas, colgar el bolsón e ir a la calle… algunas veces a parar donde mi abuelo que me quería mucho o los dos nos desvivíamos; mi abuela también, que hasta hoy en día la extraño tanto.

Para mi madre y mi padre las preocupaciones fueron diferentes;  crecíamos, éramos más, comíamos más, vestidos más grandes, escuela, y tantas otras cosas que la sociedad de la época exigía. Además de echarle más agua a los frijoles el trabajo de mi padre no era estable, muy sacrificado y mal pagado… aunque es un oficio modelo y modesto, fue formando en mi conciencia poco a poco, que yo no debía ser carpintero cuando fuera grande.

De mi hermano Lázaro, no tengo mucho que decir, solo que siempre fue fuerte desde que nació; por lo demás, relacionado con mi madre, la historia se repite aumentada. En estas circunstancias, vino César Augusto; después Noé Arturo; y si no me equivoco con éste pocote de gente nos fuimos a vivir a otra casita que estaba al final en la calle Francisco Menéndez, poniente entre la 3ª y la 5ª avenida en donde nació, Alvaro Migdonio; y otra hermanita que murió tiernita, acabadita de nacer, que llamaron Juana María.

Para entonces Don Nando, ya había hecho méritos suficientes con mi abuelo Toño, y se notaba que lo querían mucho. En compensación por el trabajo que le hacía en su finquita, le regaló una colita de esa misma propiedad que le sobraba, la cual vendió para comprar una propiedad más grande, cerca de la laguna verde, que tenía casa y la familia entera se fue a vivir ahí… yo me quedé a vivir con mi abuelo que también se fue a vivir al pueblo, porque también mi abuelita ya había muerto y venían con él, sus dos últimas hijas… fue para mí un gran aliciente porque yo ya había enfocado mi futuro aunque incierto, porque no tenía recursos y solo estaba seguro que estudiando encontraría en el camino algo diferente, al sacrificado trabajo de mi padre… los fines de semana me juntaba con los míos, tiempo que mi mamá aprovechaba para alistarme la ropa y prepararme comida para un largo rato. Mis beneficios con mi abuelo, no duraron porque murió y me quedé solo; mis tías no fueron lo mismo que cuando él estaba… ya pueden imaginarse, mi mamá con cinco hombres y dos mujeres que atender… yo me acuerdo de tantas cosas que pasaron como es la que nunca pudo sentarse a la mesa a comer con nosotros… infinidad de veces estuvo comiéndose un su bocadito bueno y como de hecho tenía que mover la boca y las mandíbulas… todos concurríamos donde ella y le preguntábamos – ¿Qué estás comiendo mamá?.. y … la pobre de mi mamá paraba de masticar y sonriéndose nos calmaba diciendo: – ¡Nada hijos, nada!

Muchas veces recurrió a historietas irreales con el afán de meternos miedo piadoso como éste que una vez nos contó: – Había una vez una mujer que tenía muchos hijos, un día de tantos, le pedían comida y no tenía qué darles… la mujer pensó y fue a cortar hojas de mata de guineo, recogió unas piedras y a escondidas las envolvió como si fiera masa de maíz y… como tamales los puso a cocer al fuego y todo esto para descansar un ratito de la pedidera de la comida de los mentados cipotes… pasado el tiempo los niños pedían y gritaban que tenían hambre… ¡Ya van a estar! –les decía ella… ¡Paciencia ya casi está! – tratando de ganar tiempo… pero, como la presión era agrande y no se pudo más… sacó uno y lo sintió aguadito, todos corrieron y rodearon a mamá y al abrirlo, las piedras envueltas ¡se habían hecho tamales de verdad!… inmediatamente, la mujer cayó muerta del susto.

Ni las historias ni los cuentos funcionaban… lo mismo sucedía a la hora de dormir o en cualquier festín que había que compartir… para evitar problemas, cada quién teníamos platitos y tazas iguales; pero con un color o una seña especial… con las chivas y las colchas pasaba igual.

Mi papá y mi mamá, en la lucha por  mejorar regresaron al pueblo; se encontraron a un señor que les ofreció un cambalache; cambió la finquita de Palo Verde, por una propiedad en el pueblo; la cual estaba en la calle Francisco Menéndez y la 5ª calle poniente, cerquita de donde antes habíamos vivido, les salió galán porque hasta le dieron ribete, había una casita pequeña pero ya era de nosotros, había espacio para jugar y corretear hasta la montañita que da abasto a la fuente de San Andrés. Había café, guineos, naranjos, duraznos, aguacates y hasta un palo de mango. La vida para nosotros había cambiado, porque yo en lo particular me vine del todo con ellos y mis hermanos pudieron ir a la escuela. La Niña Lina, aunque bien trajineada se veía rellenita y Don Nando shoshopón.

Cuando todo el mundo creía que estábamos completos mi mamá apareció encinta. Yo ya estudiaba último año de bachillerato en ese entonces, el año siguiente que me gradué nació La Fina, Rufina Estela, se llama ella. Ahora sí, juzguen mis familiares cuan grandes se hizo el rollo para nuestros progenitores; cinco hombres y tres mujeres pidiéndoles comida, necesitando vestido, zapatos, educación y tantas otras cosas que el ser humano necesita. Bueno, todo esto se compra… pero el manejo y los qué haceres que esto implica… como decía ella… “quisiera ser pulpo por ratitos para hacer todo de una vez”… no queda más que admirarla.

Días más tarde la alegría de mi casa se terminó cuando Edelmira enfermó: una psicosis cerebral o nerviosa, no sé cómo llamarle, acabó con las aspiraciones de todos, puesto que necesitó de una atención personal y especial que casi solo podía dársela mi padre; no por la asistencia de los medicamentos, ni el aseo, ni por cualquier otra cosas, sino por el soporte o aguante que la enfermedad requería… esto fue una prueba que Dios puso a mis padres de las más duras que mi experiencia ha visto, que me lleva a concluir que nosotros tuvimos unos papas maravillosos… y por esto sin duda se ganaron la gracia de estar escritos sus nombres en el Libro de la Salvación.

Como dicen por ahí, que la historia es un faro desde donde todos miramos los acontecimientos, y para que no vuelva a ocurrir se los contaré: Tey y mis hermanos mayores recordarán este sufrimiento de toda la familia; a mí me cuesta escribir esto, pero voy a tratar de resumirlo; que aunque no debería de ser así, porque hay detalles importantes       que mis familiares podrán recordar y agregar y que también no hay tiempo.

El caso es que mi hermana, Edelmira, había llegado a esa etapa difícil de la vida, me refiero a la adolescencia, que aunque bonita, hay que tener capacidad suficiente para manejarla. Edelmira perdió el interés total por la escuela. Perdió la mística de familia y de convivencia social de su conciencia. No oía consejos y peleaba con nosotros y con la gente que pretendía ayudarla.

El caso es que se encariñó de alguien que fue su perdición y el descalabro de la familia entera. La sufrida principal fue mi madre, mi padre no se diga, y nosotros los hermanos en consecuencia. Edelmira no entendía razones y una noche oscura como tinieblas, cuando todo estaba tranquilo mis hermanos y hermanas dormían, yo solo oía en el silencio algún tenguereche y los grillos que cantaban… yo estaba sentado frente al foco entelerido que apenas alumbraba la mesa donde estaba estudiando para un examen que tenía al día siguiente.

La casita tenía dos puertas que daban hacia el patio. Edelmira, se levantó amodorrada y se dispuso a ir al inodoro, que quedaba afuera como se acostumbraba en aquella época, a unos diez metros de distancia de la casa. Ella salió por la puerta más lejana y la dejó medio cerrada… yo miraba sus vueltas, inquieto porque ella andaba afuera… Cuando de pronto se escuchó un grito terrorífico y un movimiento espantoso en la puerta más cercana que ya estaba trancada, como que querían arrancarla de afuera para adentro.

Mi papá saltó de la cama y yo por lo consiguiente tiré el cuaderno… cogimos para defensa personal lo que encontramos al paso; él un garrote y yo un corvo viejo que estaba en la paredilla… encontrando con gran sorpresa y asombro a mi hermana completamente trabada entre la mocheta y la puerta en un estado increíble… había como doblado la puerta que era de una sola hoja, con una fuerza anormal, que para poder sacarla sin arrancarle un pedazo de brazo, tuvimos que regresar hacia adentro por la otra puerta, para quitarle las trancas y destrabarla.

La entramos… ¡Y el gran escándalo!.. buscamos hasta con los vecinos por todos lados y no encontramos nada… regresamos y la interrogamos… ¿Qué pasó? ¿Qué viste? ¿Qué te hicieron?… nada pudimos averiguar… Edelmira ya había perdido la razón y hablaba incongruencias… no paraba… Comenzó diciendo cosas como “La pulga, la pulga pica y pica la placa y come y come con la pila… Las pulgas ahí vienen… las pulgas”, esto lo repetía horas enteras.  Decía a veces cosas irreales que hasta provocaban miedo. Aquí en nuestro medio, en buen salvadoreño decimos que “mi hermana se quedó directa”. Por otra parte, no comía, ni bebía… mi madre lo lograba a veces con una cucharita. Mi padre ya no trabajó, porque la mayor parte del tiempo solo él la aguantaba. Fueron cinco años de dura enfermedad sin movilidad voluntaria. Fue un ir y venir de mi padre con ella y sin ella para traer medicina. Decían que le habían puesto mal de brujería, porque el novio que la tenía atarantada sabía de esas cosas…

La gente dice que hay que creer y no dejar de creer, que aunque no quedamos en nada, Don Nando, se anduvo todos los curanderos habidos y por haber… yo recuerdo que uno de esos le quitó la habladera, pero ya no movió la quijada, ni los brazos, ni las canillas. En ese entonces para que caminara había que halarla de los brazos y para que comiera había que gritarle ¡mové la quijada! Y ayudarle con la mano… trabajo que solo mi madre lo hizo. Quedó como un robot o una máquina inanimada… La vida para la familia se volvió cada vez más difícil; pero yo no acabaré de alabar la valentía y la entereza de nuestros padres, porque yo soy testigo fiel que jamás oí un solo reniego de mi padre, ni de mi madre, todo un ejemplo de amor y esperanza para nosotros que vale más como herencia que un rollo de billetes.

Tiempo después, decidieron llevarla a San Salvador para pasar consulta en el Hospital psiquiátrico. Mi padre la llevó con dificultades, pero lo logró. Muchas veces se perdió en la capital porque no conocía, pero siempre regresaba con ella y su medicamento. Poco a poco, mi hermana fue recuperando el movimiento; empezó a tener tino y aunque había que seguir gritándole ¡Mové la quijada! Ya comía sola. No se compuso del todo bien, pero todos descansamos, y como nos decía mi abuelita después que terminaba de contarnos un cuento o historia parecida, Edelmira vivió muchos, pero muchos años… y tuvo muchos, pero muchos hijos.

A mis familiares les cuento todo esto para que no flaqueemos ante cualquier problema que se nos presente en la vida. Que tomemos el ejemplo de mis padres, duros e inquebrantables en su voluntad, gran templanza y entereza; gran paciencia llena de amor y esperando siempre de Dios su recompensa. Ser prudentes y sabios en el manejo de sus actos, porque lo que le sucedió a mi hermana se debió a muchas circunstancias impredecibles, pero que se pudieron haber evitado. Las circunstancias fueron muchas, por no decir las culpas.

Voy a contarles nada más la chispa del problema a mi criterio de ver las cosas desde el primer momento… como ella salió adormitada, no se fijó por cuál puerta había salido… llegó al inodoro y se sentó… la candelita que llevaba encendida se le apagó y como estaba oscuro, se puso a pensar en extravagancias… cuando de repente se le apareció a su vista un gatito mugroso que le hizo levantarse y salir corriendo… quiso meterse en la casa por la puerta más cercana y como no pudo… sintió que la atrapaban y gritó terroríficamente…. Conclusión: A mi hermana le dio un ataque de nervios, que le perjudicó al instante el funcionamiento del cerebro.

Increible lo que a mi padre le sucedió y por ende a nosotros: sufrimiento tras sufrimiento como a Job. Cuando Edelmira dio señales buenas de compostura, mi padre fue a trabajar donde ese doctor que fue presidente de la República, Alvaro Magaña, se llamaba, lo mandó a Tequendamas, cerca de San Pedro Puxtla a cambiar las láminas del techo de aquellos caserones donde se guarda o se guardaba los implementos que se ocupan en la finca de café… y cuando él, mi papá revisaba tal trabajo, una de ellas estaba floja y cuando se paró encima se deslizó y mi pobre papá se vino abajo… ya casi llegando al suelo la bendita lámina se cantió y es ahí donde se quiebra sus dos pies.

¿Qué hizo el mandador de la finca? ensillar un macho carguero que tenían ahí y montar a mi padre para que a paso voluntario del animal, lo trajera a casa… El patrón lo supo y no hizo nada a su favor, nada de hospital, nada de paga, ni siquiera preguntar por su salud.

Finalmente, mi padre no pudo trabajar… aumentaron las deudas… se perdió la casa donde vivíamos… con lo que le sobró de dinero compró otra propiedad en Salcoatitán y también se perdió… por último muere a los 55 años… a de estar con Dios… ¡Nos quedamos sin papá!

Como quisiera yo saber la historia completa, desde los tatarabuelos de mis abuelos, para no estar haciendo conjeturas que de dónde vengo, o por qué soy como soy espiritualmente o de dónde me vino tanto pelo… Esa es la importancia para mi familia de lo que escribo: Ahora sé que fue la fuerza y energía de los genes de mi Madre y mi Padre ante las dificultades que nos presentó la vida.

A estas alturas de mi vida, estoy pensando que yo no voy a tener descendencia en El Salvador, porque todos mis hijos están pensando irse al extranjero… yo pienso que cuando vuelvan por aquí y se pregunten ¿Quiénes habrán sido mis abuelos?, aquí encuentren la respuesta.

FECHAS DE NACIMIENTO:

Lázaro Augusto = 24 de diciembre de 1941

Alba Edelmira = Enero de 1944

Ester del Pilar o Ester Serafina = 12 de octubre de 1946

Estela de la Cruz = 3 de mayo de 1949

Lázaro Antonio = 20 de diciembre de 1951

César Augusto = 25 de mayo de 1954

Noé Arturo = 23 de febrero de

Juan María = 20 de enero de 1960

Alvaro Migdonio = 22 de diciembre de 1961

Rufina Estela = 31 de julio (asentada 2 de agosto de 1964)

 

LOS CHANCHULLOS (Parte IV)

En la tele estamos mirando una novela turca en la que la protagonista principal llamada Efsun es la chanchullera más hábil que hemos conocido. Todos los demás actores parecen un hatajo de inútiles desmemoriados, que se mueven en toda la novela tras una verdad oculta.

Debo reconocer la gran habilidad e ingenio del autor de esta novela porque hasta nosotros los televidentes nos tiene interesados en conocer el final del chanchullo.

La novela se llama: “Me robó mi vida” y es como sigue:

Bahar es el nombre de una joven que no sabe que ha sido adoptada. Yusuf el abuelo materno, no aceptó la relación entre su hija Hasret y Mehmet Emir, verdaderos padres de Bahar. Él logra separarlos y ocultar el embarazo de su hija, la cual muere después del parto según lo hizo parecer él. La recién nacida es entregada a los sirvientes de la casa: İlyas, el marido y Nuran, la esposa; ellos la crían como su hija, junto a la propia que ya tenían llamada Efsun en la ciudad de Estambul donde se mudaron.

Durante años el abuelo se atormenta y sufre por la culpa y decide revelar la verdad a Memet Emir. Para ello viaja a Estambul a buscar a su nieta, pero las cosas se salen de control y en el forcejeo con Nuran el anciano fallece. Los padres adoptivos de Bahar, İlyas y Nuran, no hayan otra solución que entierrar el cuerpo en el jardín sin que nadie los viera… luego en seguida deciden presentar a su hija biológica Efsun, como la hija del archimillonario Nemet Emir, con el objetivo de obtener dinero y otras comodidades.

A Bahar, desde que empieza a crecer la maltrataban y la utilizaban como sirvienta en la casa y cuando ya es adolescente le buscan un empleo en una cafetería para llevar ganancias a la casa. Para Efsun en cambio, el trato es diferente, la consienten y se hace caprichosa, y hace lo que quiere;  por ejemplo en los almacenes y tiendas roba, e induce a hacer lo mismo a otras amigas, además lleva cosas y dinero de ese modo a la casa.

Mientras que Bahar es una buena hija, estudiosa de verdad, trae dinero y cosas a la casa con el sudor de su frente, además, su conducta es intachable y aunque ultrajada siempre por Nuran y defendida por İlyas, cada vez se fortalece más.

Ellos viven en un barrio pobre de Estambul, no tan pobre porque lo tienen todo; İlyas, trabaja en la construcción y  Nuran, que manipula genialmente a Efsun, haciendo un millón de chanchullos se posesionan de la mansión de la familia Emir.

La empresa Emir Atahan tiene grandes negocios, especialmente en hotelería, pero se viene abajo y la familia se deteriora. La cabeza de familia, la madre de Mehmet Emir, finalmente muere y la hija de ésta, pierde a su esposo porque se va con otra mujer y se queda sola con su hija e hijo. Mehmet Emir,  se ve aturdido por la esposa que tiene y la madre de Efsun, que aparece vivita y bella ¡Todo es un descalabro! Mientras, la falsa hija de Mehmet Emir  se muestra triunfante como se lo trazó la Nuran.

Nosotros los televidentes estamos cansados de esperar el desenlace, aunque ya nos imaginamos que todo terminará cuando le hagan  a un verdadero examen de sangre a Efsun.

Para mis lectores que quieran ver el desenlace de este chanchuyo, lo están pasando por cable en el canal 147 cuyo nombre es “pasiones”… y… para que no pierdan tiempo es mejor ver el final en http://ver-novelas-online.com/video/quien-se-robo-mi-vida-capitulos-completos/

LAZAU

Los chanchullos (Parte III)

En mi pueblo vivió Don Lorenzo Tunas, allá por los años 50’s; estaba casado con Doña Polita y tenía dos hijas que no se habían casado todavía. Don Lencho, le decía yo con todo respeto, pero Lenchudo le decían los cipotes malcriados porque usaba un sombrero que parecía capirucho. Bonito era conversar con él porque era contento y platicón. Él me contó que había trabajado en las telecomunicaciones con el Gobierno de turno como celador de líneas, o sea que cuidaba los postes y los alambres que comunicaban a un pueblo con el siguiente pueblo vecino; y no solo cuidaba, sino que también reparaba, cargo muy importante en esa época y con lo que ganaba hacía feliz a su familia. Ahora que ya se jubiló, cuando la gente lo necesita para cualquier trabajito casero Don Lencho está disponible. La niña Polita, esposa de Don Lencho, se dedica a los oficios de la casa.

Lo que quiero destacar en esta historia es que a veces la gente se equivoca, pues decían que Don Lencho hacía chanchullos y por eso progresaba; pero no fue así… lo que pasaba es que además de los trabajitos que los vecinos le proporcionaban, siempre estaba atento a que cuando la gente botaba algún mueblecito que ya no servía, él lo recogía, lo llevaba a su casa, lo reparaba y a veces lo modificaba para luego proponerlo como nuevo… buena plata le pagaban a Don Lencho por esos trabajos.

A las hijas, Zoilita y Juanita, Don Lencho las hizo aprender a coser ropa, les compró una máquina, tijeras, cinta de medir, hilos, botones y hasta telas para ofrecer a las personas interesadas; y ahora sí fue más fuerte la tildación para don Lencho Tumas de que era chanchullero, porque hacía más dinero. Por eso cargó sus cosas y se fue a la capital, favor que le hicieron porque ahí la gente saca mejores cosas a la calle y don Lencho y sus hijas ni cutos ni perezosos aumentaron sus ganancias… Con el tiempo compraron un terreno grande y construyeron en él galeras, montaron talleres, emplearon gente para que les ayudaran y hasta contrataron recolectores de cosas viejas que a la gente no le sirven… Quiero decir con esto que Don Lorenzo Tumas y su familia se habían convertido en empresarios exitosos.

Ahora vienen al pueblo en su limosina Pontiac, se parquean frente al parque y cuando la gente se les queda mirando, se sacuden el polvo como queriendo decir: Ahora ya no somos chanchulleros, ¡Aprendan!

Esta es otra historia, estoy seguro que les va a gustar porque en mi vida cotidiana sucedió… viviendo en mi querido Metapán. Allá por el año de 1977, acababa de construir mi casa a orillas de la carretera… pero el caso que quiero contarles es que en el trajín de construcción y traslado, los muebles de la sala se deterioraron y en vez de comprar otros nuevos, platicando con mi esposa acordamos mandarlos a reparar… y para ello buscamos a un especialista… averiguando con amigos y otras personas del barrio nos barajaron varios nombres y como se hizo la bulla apareció uno que apenas conocíamos, aunque algunas veces habíamos visto pasar… no sabíamos que era tapicero… Un día de tantos como mi esposa era la más interesada, me la encontré con las muestras de tela que el joven tapicero le trajo para que escogiera estilo “Va a volver” – me dijo ella – sabe Dios quién de nuestras amistades nos lo había mandado… pero bueno, como lo estábamos necesitando…

Al fin nosotros escogimos la textura y el color que nos gustó y le dije a mi esposa “Hacé el trato vos con él cuando venga porque yo no tengo tiempo…” “De acuerdo” – me dijo ella. El hombre llegó cuando yo estaba muy ocupado en la escuela, y de ahí había partido ya a la frontera Anguiatú para realizar unas diligencias y viajar con alumnos a un pueblo vecino de Guatemala. Cuando regresé, mi esposa me informa y me dice que el tapicero quiere 125 colones para comprar la tela y 50 adelantado, los otros 50 colones al entregar los muebles reparados… El hombre dijo que volvería dos días después por el dinero y a llevarse los sillones viejos… Cabal dos días después estaba ahí… mi esposa le entregó los muebles, se los alzó al lomo uno por uno y se los llevó. Al rato volvió nuevamente y le dijo “Sra. cuando llevé los muebles vi que tenía tres sacos de azúcar, por qué no me da uno a la cuenta para ayudarme porque los 50 colones que me dio ya los debo y esa azucarita la vendo por libritas…” mi esposa compadecida se lo dio y para no molestarse le dio prestada la carretilla, que al igual que los muebles reparados no volvieron.

La historia no termina aquí, porque nosotros en aquel preciso momento fuimos a buscar al joven tapicero y con ayuda de la gente llegamos con mi esposa hasta donde vivía y por las rendijas de las paredes vimos dentro nuestros muebles amontonados, uno encima del otro en peores condiciones que cuando se los llevó. En ese mismo lugar nos aconsejaron que no siguiéramos buscando porque el hombre no era buena pieza y que se había ido a San Vicente de donde era originario. Después lo vimos pasar frente a la casa con un corvo a la vista como tratando de infundirnos temor… pues lo logró, porque nosotros nos quedamos temerosos y callados.

Un año más tarde visité a un señor muy conocido y respetado en la ciudad, para platicar sobre los avances de su hijo en la escuela… Él nos pasó adelante y nos dijo que nos sentáramos… estuvimos ahí muy cómodos y al tocar los muebles en donde estábamos sentados nos dimos cuenta, al sentir los soportes del sillón, que eran los nuestros… bien barnizadas las maderas y las señales peculiares que a uno no se le olvidan. Cuando el señor vino y platicamos de los avances de su hijo, al final le pregunté sobre los muebles… y cabal él me contó que aquel muchacho se los vino a proponer y como le gustaron y además se los dio baratos, se los compró.

¿Qué reflexión podemos sacar? Creo que una sola… juzguen ustedes… Cuando hagamos un contrato como este, es necesario saber con quién lo hacemos, estipular en un documento todos los datos personales, cantidades exactas y fechas acordadas, y un par de testigos para no ser estafado vilmente… Era muchacho ladrón, el difunto, porque ya murió, que Dios se compadezca de él; dicen que murió en 1980 cuando el ejército acampó cerca de su vivienda y les robó una canana de tiro a un soldado… esa vez no le salió bien el chanchullo.

Este es otro chanchullo que les voy a describir, le voy a llamar así porque voy a ocupar el espacio y porque no es mío, sino de un alumno mayor de edad; en ese momento tendría unos 70 años, pero con un espíritu envidiable; alto, flaco, cara aguileña y ojos amarillos hundidos, muy serio y con gran deseo de aprender a leer y escribir… don Cleto Morán se llamaba, y su oficio según me contó siempre fue el de corralero, por eso conocía de todo en relación al ganado. Costó que aprendiera a leer y escribir, y solo se pudo cuando él se me acercó aparte de la clase de costumbre y me dijo que no entendía nada, y era porque – me dijo –   las oraciones por ejemplo “Yo amo a mi mamá” “Mi mamá me mima”… no le interesaban, pero cuando le enseñaba palabras obscenas o propias de su oficio, eran carcajadas de satisfacción las que daba… Después el resto fue fácil. Oraciones o expresiones como: “Vino primero la vaca muca”, “Lodasal pura mierda”, “Las vaca putas nunca entraban, solo dándoles verga entraban” “Las garrapatas abundan en el corral” eran las que funcionaban; claro que don Cleto era una persona muy educada y yo con mucho tacto le saqué primero las palabras pesadas que él y que a lo mejor usaba como: muca, mierda, verga, garrapata, bozal, lazada, casco, cacal, cerco, etc., y después use las palabras convencionales en los textos de los primeros años para su aprendizaje. En momentos oportunos don Cleto me contaba fuera de la clase que hay patrones sinvergüenzas, me decía “Ahora ya no me van a hacer chanchullos” y solo él sabía por qué.

El trabajo de don Cleto estuvo siempre en las cercanías de la montaña de Montecristo en el Cantón El Capulín; por ahí hay una hacienda en la que hay mucho trabajo me contó él; siempre hay que reparar el camino, reparar las porquerizas, hay que hacer empedrados y encementados “Pero al patrón no le cuesta mucho – cuenta don Cleto- porque como trabaja en el Gobierno y maneja unos 20 trabajadores, tres días trabajan en las obras públicas y otros tres en la Hacienda… Bonita se ve la calle del lugar, la casa grande y sus corrales… cada quien saque sus conclusiones.

LAZAU

Los chanchullos (parte II)

(Imagen de referencia, cualquier parecido es pura casualidad)

La verdad es que los salvadoreños en algunas cosas hemos aplicado la regla del chanchullo, pero porque los hemos aprendido de otros que vinieron en el pasado; por supuesto, me refiero a españoles que vinieron a nuestro país a hacer su fortuna, porque la idiosincrasia de nuestros ancestros era otra. Traigo como ejemplo a los señores Borgias que no traían nada según cuentan, si acaso quizá un poquito para engañar a los nativos de estas tierras que apenas asentaban cabeza dentro del gran cambio estructural, social, político, económico y religioso de aquella época. La gente nuestra percibía una gran paz, tranquilidad y alegría trabajando sus tierras, sin darse cuenta que cerca habían llegado personas con alma de chacales. Voy a contarles algo y con eso lo explicaré todo.

El caso se dio con la familia López, yo conocí los vestigios donde antiguamente estaba la casa donde ellos vivían, ubicada en el centro de una gran propiedad. El papá murió porque le hicieron un chanchullo y terminó pagando con parte de la propiedad; después murió la madre, porque le hicieron otro chanchullo y también le arrebataron otra parte de la propiedad en pago. Para no cansarlos con la historia, a las señoritas López hijas en la familia, les fueron comprando barato lo que quedaba alrededor de la casona donde vivían, tanto que les dejaron sin salida a la calle; para acabar con ellas, las obligaron a vender lo que quedaba, dejándoles únicamente un caminito vecinal dentro de la misma propiedad, que al final daba lo mismo porque quedaron encerradas; de ese modo las personas que les compraron multiplicaron su poder aplicando chanchullos por doquier; hoy todos los descendientes de éstos son acomodados y hasta tuvimos entre ellos un presidente de la República por un año.

Una vez que acompañé a mi padre a cobrar su miserable salario, no solo realizó esta operación, sino que también hubo un coloquio entre patrón y trabajador; lo que yo percibí es que más que todo fueron lamentaciones de parte del señor que comenzó diciendo: “Fijate Fernando que yo sufro mucho porque a veces ni duermo, ni como debido a tanto problema; de aquí, mañana voy para las fincas de Juayua – La Concordia se llamaba – pasado mañana, voy para San Francisco Menéndez; al regreso voy a Miramar; y a La Labor, voy la otra semana”… y así…concluyó… “Estás mejor vos porque no tenés nada y así tampoco tenés problemas” Torpe manera de hablar… mi Abuela decía que este señor era doctor, pero no era ni médico, ni abogado, pues en esa época mediante un chanchullo  y con dinero, el título se compraba para presumir y ganar disque respeto.

A veces las personas honradas en aras de ganarse la vida contribuyen a que las personas para quien se trabaja hagan chanchullos. Yo me acuerdo de don Lolo Suarez, una persona respetable y honrada, y diría yo, que ni siquiera casa propia tuvo, pudiendo haber hecho un su chanchullo y no lo hizo, pues él era el administrador; yo me acuerdo que murió pobre sin que el patrón le compensara por la entrega total en su trabajo. También recuerdo a don Justo, que de justo no tenía nada, era todo lo contrario de don Lolo, porque en vez de ser considerado con los trabajadores, los hostigaba; él era el caporal mayor de las fincas y voy a contarles una cosa de tantas que hacía… como no sabía leer ni escribir cortaba dos tallos largos, uno de café y otro de flor de arito… la primera tenía de largo 13 cuartas de mano, para robarle una cuarta al trabajador, porque la medida tenía que ser de doce… con esta medida había que marcar siete en cuadro o sea un cuadrado de siete varas de lado. La otra vara que don Justo cortaba, la de flor de arito, era como la libreta de apuntes, y la uña del dedo gordo de la mano era el lápiz marcador; así con una seña que solo él conocía distinguía al trabajador, y con una rayita marcaba las tareas que hacía cada uno. De ese modo don Justo hacía el chanchullo a los pobres trabajadores… sepa Dios si el patrón sabía y lo compensaba por eso. Cuando murió medio pobre y abandonado, la gente solo fue por caridad a enterrarlo.

A continuación, contaré otra muestra de un chanchullo clásico de origen español. Cuando fui nombrado oficialmente profesor por primera vez, me mandaron a una ciudad muy pero muy lejana o distante de las ciudades grandes, que tal que pensé que iba a tardar mucho tiempo en regresar a mi pueblo, por eso conseguí una valija grande y espaciosa para que me cupieran ahí camisas, pantalones, los sacos, las corbatas y todo lo que un varón necesita; algunos libros de consulta también y hasta una camita de lona liviana que mi padre me había hecho para estas ocasiones. Yo pensé en todas las dificultades que podía tener, pero no fue así, porque me encontré con una ciudad maravillosa al igual que su gente, un profesor que me estaba esperando y una media docena de jóvenes prestos para llevar mis cosas a donde iba a vivir; de esto hay mucho que decir porque me impresionó la limpieza de la ciudad y las buenas costumbres de su gente, justo premio por la lejanía de la corrupción.

Lo que quiero contarles, y nos tiene intrigados, es la herencia de algunos de nuestros antepasados españoles promiscuos, porque no fueron todos. Sin querer fui observando que a una compañera de trabajo le abundaban los sobrinos, Marta se llama ella, pero muchos alumnos y alumnas le decían tía…“Tita por acá” “Tía por allá”… así en todos los grados; al fin me rebalsó la curiosidad y un día bromeando al calor de la amistad le dije: “Si abriéramos un colegio solo para sus sobrinos bien que sale” “Es cierto – me contestó – fíjese que nunca me he puesto a contarlos porque son muchos” Y así a tientas y a tontas me explicó y yo en ese momento no entendí, pero en el transcurso del tiempo cuando me junté con amigos, mis amistades crecieron y me sentí como un miembro más de esta comunidad que les describo, lo entendí.

Un día que me invitó Mancho Cantú, hermano de Tita – mi compañera de trabajo – a tomar leche calientita acabada de ordeñar allá en la gran hacienda de don Facundo Cantú, señor que además de que en la ciudad tenía a su esposa con tres hijos varones y una hija – que es Tita- tenía en cada extremo de la hacienda otras señoras con hijos también “Fijate – me dijo Mancho – que como eran tres y la una estaba lejos de la otra, no habían problemas de pleitos entre ellas ni con nosotros tampoco, pero cuando mi papá se fue de este mundo, nos dimos cuenta que a todas les había dejado la casa donde vivían y algunas manzanas de tierra para que las cultivara cada quien… Creo amigo – y Mancho me pegó unos golpecitos de amistad en el hombro – que tener un cachimbo de hermanos es bonito, porque fíjate que una vez que tuve un problema con la ley por equivocación, todos mis hermanos con sus hijos no cabían en mi casa”. Ese día habíamos llevado un botecito de buen guaro y cuando se terminó nos regresamos haciendo comentarios sobre el montón de sobrinos que tenía por el chanchullo que don Facundo Cantú creó. Ese día satisfice mi curiosidad sobre el por qué la tía Tita permanecía bien tillada.

Bonito es recordar y saborear chanchullos de cuando uno está chiquito, como en el que yo participé y que fue realmente divertido. Tendría yo doce años y me juntaba con otros amigos de mayor edad, todos sin brújula, sin saber qué íbamos a hacer en la vida. Éramos Beto Calderón, Raúl Cortés, a veces Rogelio Rivas, Benjamín Asencio y Argelio Orantes, los mismos que algunas veces hacíamos grulla para hacer cualquier travesura… Quiero decir que unos con otros nos teníamos confianza que hasta favores nos hacíamos… Pero lo que quiero presentar es el más gran chanchullo que una vez hicimos, no propio para nuestra edad, aunque también nos acompañaba Toño Granados, un poco más mayor que los demás… tengo la idea que fue él el conductor de semejante proeza… Compramos un carro viejo de un modelo de 1930, igualito al que usaba Adolfo Hitler allá en Alemania, de los mismitos que vinieron en esa época; digo compramos porque hasta yo caí con mis cuatro colones que había ganado en el deshierbo de la calle; los demás no sé cuánto pusieron porque había que reunir cien colones en total; solo Beto y Teto Calderón saben porque fueron ellos los representantes en el negocio… Creo que para ajustar contribuyó también Miguel Arévalo, que para aquel entonces era un muchacho y ahí donde él vivía guardábamos el vehículo. Esta fue una de las hazañas más grandotas porque, si ustedes hubieran visto, ahí nos metíamos todos, hasta doce cipotes cabíamos uno encima del otro, y hasta afuera en el pescante algunos de nosotros íbamos. El carrito estaba ya bien usado, que hasta la gasolina ya no le llegaba al motor normalmente, y por eso uno de nosotros tenía que ir chineando como a un bebé el galón de gasolina. Lo bautizamos con el nombre de Nacho Bernal… Tamaña polvazón hacía Nacho… y no me lo van a creer que cuando se paraba había que bajarse porque el botón de arranque lo tenía adelante con cigüeña… Con todos sus defectos, si Nacho Bernal estuviera así de viejo en una bodega apropiada hoy en día, bien nos dieran un carro último modelo por él, pues lo querrían como joya; lástima grande que lo llevaron camino a Quezalapa y en la barranca de la Piedra de Afilar, lo empujaron. Así terminó Nacho Bernal, cortado a pedazos y sus restos oxidados por el tiempo.

LAZAU

UNA ENFERMEDAD ANUNCIADA

Publicada: 02/04/2017

Esto que ahora me presto a escribir es por insinuaciones de muchas personas que yo sé que me quieren mucho y no voy a decir sus nombres, porque son muchos y así me lo han pedido, pero debo decir que estoy vivo primero porque Dios es grande y nunca me abandonó y luego mi familia entera que no tuve un solo día sin ver por lo menos una al frente de mis ojos, una hija o mi compañera de vida siempre estuvieron ahí los noventa días que estuve en el hospital; un día una y el otro día la otra… gracias, muchas gracias por esto.

Hay cosas que podría decir; pero quiero enfocar mi escrito en los quince días que estuve en cuidados intensivos o en coma porque se dio algo muy interesante, podrá haber psicólogos o psiquiatras que podrán conjeturar o poner entre dicho lo que yo voy a exponer en este primer escrito. Ahora bien, yo voy a exponer lo que en verdad sentí, pienso ahora y si alguien tiene una explicación científica, teológica o simplemente religiosa bienvenida será.

El caso es que me operaron de la tráquea, los médicos dijeron que enfermé por el mucho yeso que aspiré durante muchos años; pero lo que pretendo enfocar es lo que sucedió mientras estuve sin conciencia. Y es ahí donde estriba el problema porque desde el primer día tuve sueños, terribles pesadillas que hasta ahora muchas no se me olvidan.

Hay otros detalles, como es el caso que todos los sueños fueron con mis familiares. Yo andaba con ellos, pero no nos hablábamos ni nos podíamos tocar. Éramos espíritus entonces o ¿qué seríamos? porque siempre hubo un sufrimiento y tras de uno otro, o quizá descansaba y dormía mis ratos. La verdad es que no se nada; me cuentan que me vinieron a ver muchos amigos y yo no los vi ni escuché, solo me contaron después, pero si estaba echándole riata a mis pesadillas y si así es el sufrimiento en el purgatorio o en el infierno es mejor que nos vayamos portando bien y ver con el corazón a nuestros hermanos y ser luz en la oscuridad que viven muchos.

Yo recuerdo que la primera pesadilla larga y monótona, no sé si cabe la palabra, pero quiero decir que se repetía lo mismo o sea al terminase ese episodio volvía a comenzar el mismo. Vamos a ver si puedo expresarlo.

De pronto caigo acompañado con toda mi familia en un bosque donde hay todo tipo de terreno, digo, partes planas, zanjas y a veces hoyos por todos lados con la vegetación espesa, van todos conmigo y yo voy adelante con la única arma, un enorme corvo o machete bien afilado con el que voy rompiendo la maleza y defendiéndonos, de todos modos caminando, acostados panza abajo panza arriba porque nos persiguen hombres que nunca vimos y por arriba aviones que nos bombardeaban pero tampoco los vimos, solo sentíamos los bombazos. Por fin llegamos a una llanura en donde podíamos correr; pero yo no podía porque las piernas me pesaban y yo con el machete filoso me dispuse a herirme longitudinalmente los muslos de las piernas para sacarme la sangre. Así fue que saqué la sangre y corrí y corrí sin descansar; pero allá cuando llegué caí y ya no pude caminar, solo quedaron los huesos y mi familia no estaba… se perdió y vino un sufrimiento mayor… y esto era la de no terminar…

Esta es otra pesadilla quizá de otro día de los quince y es menos tenebrosa pero más difícil de contar, aunque igual con la misma frecuencia, terminando un episodio igual empezaba otro parecido y así todo el tiempo sin parar. A una de mis hijas la nombraron ministra a saber de qué, en otro país muy lejano y yo fui a visitarla y bien me acuerdo que iba yo sentadito dentro de una camioneta 4×4, pero no vi al motorista, al llegar a ese país todo bien; busqué un terreno baldío y como era un sueño, rápido hice una casa y pagué el terreno. A mi hija no la encontré, pero luego empezó mi sufrimiento: llegó un poco de gente con lazos y me amarraron de los pies y manos, me arrastraron por toda la ciudad sin que alguien intercediera por mí. Me llevaron a la casita, pero a seguir el sufrimiento de la espera de la próxima arrastrada por los mismos lugares del día anterior. La casita además se convertía en una “casa de espantos”.

Nunca tuve paz ni siquiera mientras llegaba la próxima pesadilla. Si así se vive en la otra vida prefiero esta, aunque me tocara aguantar frío aquí, trabajo forzado y comer salteado.

Otra de las pesadillas inolvidables de las tantas que sufrí, y que en realidad jamás sucedió entre mi familia no solo porque es indecoroso, sino porque entre mi familia y yo nunca hubo violencia… El caso es que cuando enfermé soñé que no quería ir al hospital y mi hijo llegó con cuatro trabajadores de él y me tomaron por la fuerza y me golpearon hasta inmovilizarme, finalmente me amarraron y me llevaron al hospital.

Lo terrible de estas pesadillas es que se repetían una tras la otra y en la siguiente no hay ni un pequeño recuerdo de la anterior. Lástima que no se pueda retroceder el tiempo y cambiar nuestros patrones de conducta y en vez de gastar el fruto de nuestro trabajo en boberías, darlo a personas necesitadas para ganar un espacio en el cielo.

Esta pesadilla si fue larga y de acción continua. Comenzó con que estaba convaleciente de una larga enfermedad y no podía caminar; me acompañaba una familiar que me subió a una silla de ruedas y me llevó a un bus que comenzó a caminar en tierra, pero de pronto íbamos sobre las aguas del mar… por fin llegamos a una ciudad bajo el nivel del mar. Yo estaba mirando desde mi lecho en una cama todo el santo día, las aguas del mar como que se iban a venir encima de la ciudad… así el sufrimiento fue continuo durante varios días; pero el bus – barco mío no venía… ni la persona que supuestamente me cuidaba… porque eso fue así, me martirizaba ver todo el día las aguas que se me venían encima, pero también el hecho que iban y venían personas; pero la que yo esperaba no. De pronto vino y estuve de regreso, sin duda para comenzar otra pesadilla.

Todos los sueños fueron agobiantes pero este que me dispongo a escribir fue extremadamente agotador. Una persona que no puedo decir su nombre y que la quise con toda mi alma, me invitó a presenciar una obra de arte allá en un lugar remoto. Estábamos allí en un salón grande pero angosto… había mucha gente sentada y las presentaciones se hacían en un entablado improvisado… todo estaba bien, pero al final los protagonistas fuimos nosotros… yo y mis hijos no para que bailáramos, sino para matarnos… y así estuvimos… corríamos buscando una salida y nada… a veces nos encontrábamos con hombres armados que nos obligaban a regresar… y…. esto se repetía y jamás terminaba. Pero esta vez sí recuerdo que de pronto me encontré con otra persona también conocida, que me dijo que quién me había llevado ahí, me quería ver muerto.

Esta vez trataré de ser más breve porque son muchos los sueños y el tiempo es corto. En éste, el escenario estuvo al lado izquierdo de la carretera llamada Los Chorros, precisamente después de ahí, estaba un edificio grande de dos plantas y por dentro con sus respectivos espacios igual que un hospital. A mí me llevaron ahí y me dijeron que para reposar. Estaba lleno de enfermos y yo era uno más… cual fue la sorpresa, que llegué ahí para que me trataran mal… me bañaban de madrugada con agua fría… me llevaban y me traían de arrastrada… las comidas heladas y duras sin sabor. Cuando algunas pocas veces me cambiaron la ropa de cama, para mientras, me tiraban a la cuenta de tres entre tres enfermeras a una silla dura que me hacían gritar; y para ajustar el martirio, llegaba a su máxima expresión cuando necesita un trago de agua, porque me moría de sed y las enfermeras estaban alrededor de una mesa allá a lo lejos, comiendo cuando era de día y jugando naipes cuando era de noche; pero el martirio consistía en que al grito de agua… agua… agua… una de ellas se levantaba con una botellita en la mano y le dejaba caer en la boca del cristiano un chorrito chiquito. Los días pasaron y yo ahí convaleciendo. La última sorpresa es que ese lugar era un hospital clandestino.

Este que voy a contar es un tanto morboso y un tanto divertido que hasta hoy que me acuerdo me da risa.

Mi hija mayor tiene un hijo tiernito y se juntó con otro hombre del que salió embarazada. La pesadilla también estriba en que ese hombre es hijo de alguien que dice ser nieto igual que yo de mi abuelo materno, y éste que se ha convertido en mi yerno, guarda un rencor infundado por su padre por problemas de herencia, lo que hace que no nos comuniquemos ni siquiera con miradas. El hombre, mi hija, su bebé y yo salimos en bus hacia México porque en Puebla me venderán un camión nuevo y barato marca Land Rober, cama alta, cuatro toneladas y que él lo manejaría y trabajaría en un negocio principalmente de granos básicos. Pero hasta aquí el problema no se había destapado en forma. Mi hija tuvo el otro bebé en Arriaga, cuando volvíamos y tuvimos que pasar a un hospital. Cuando por fin llegamos a nuestro país, aquí las indiferencias y malas miradas se convirtieron en golpes, la fatiga creció y yo perdí mi dinero. Mi yerno viajaba con producto para Quezalapa, en ese ir y venir, salió embarazado, cosa rara tuvo otro bebé y se le hicieron tres hijos; pero lo curioso del sueño es que él lo parió, provocando con esto la separación total de nuestras vidas.

Parece tontería, pero así fue el sufrimiento continuo. Esta vez el escenario es Santa Tecla con la participación de dos de mis hijas y sus esposos. Yo soy el que vivo aquí en una casa de dos plantas y permanezco todo el día en la parte alta que consta de varios cuartos, pero con un piso flojo que me provoca miedo terrible, porque a menudo cuando camino se caen piezas que van a dar al fondo. Por las noches mis hijas llegan con sus esposos con una conducta indeseable. Ellos no las quieren porque las maltratan, las golpean, lloran, suspiran y se muestran impotentes al igual que yo porque estoy viejo y enfermo. Algunas veces que intervine y los traté de sacar de la casa, casi me matan. Y esto se repite y se repite, pues el sufrimiento no tiene fin.

Con esta pesadilla voy a terminar porque son muchas y quiero dejar claro lo que yo pienso. Yo estoy bastante temeroso porque me imagino que así es el sufrimiento en el infierno.

En este último sueño quizá ya estaba volviendo en mí, porque se dio en el hospital y estaba dormido, pero veía que me llevaban para allá y para acá y también a los demás enfermos. Vi cuando varios enfermos que estaban enfrente y a mi lado se murieron y pasaron allí la noche entera y que hasta el día siguiente se los llevaron. Vi que a uno que murió en la cama de enfrente un doctor sangrón acompañado de otra doctora y otro más, le abrieron la panza y le cortaron pedacitos de cada órgano y los fueron colocando en una especie de muestrario. Luego lo cosieron y se lo llevaron. Todo esto a mí me provocó gran sufrimiento.

La pesadilla que más me deterioró fue el desprecio de mis familiares que llegaban cerquita de mi cama y se hacían los mareados y yo me quedaba muy triste e impotente… lloraba.

Pero era una pesadilla porque la verdad es que durante tiempo que estuve enfermo tan solo un día un familiar no llegó porque los buses ni los taxis no circularon; pero como buen ángel y por obra del Espíritu Santo se me apareció Lito Rivas y él me dio de comer porque yo para entonces no podía moverme.

Mucha gente me pregunta de qué estuve enfermo… pues lo único que sé es que me operaron de la tráquea… ¿Quién tuvo la culpa?… el médico que me operó dijo que el yeso que tragué en muchos años de enseñanza… pero yo estoy consciente que tuve otros desarreglos como el haber fumado durante muchos años y por eso quiero contarles que comencé a fumar cuando apenas tenía ocho años… a la casa de campo de mi abuelo llegaban personas acomodadas y se echaban sus tragos y fumaban… mis primos y yo jugábamos de carrito en el piso y entre los dedos nos pasábamos llevando las “chencotas” para luego irlas a fumar allá lejos en el cafetal y cuando ya crecimos nos comprábamos los cigarros.

Últimamente yo me sentía avergonzado, cansado y enfermo… quería dejarlo, pero no podía… le pedía a Dios ayuda y le prometía no fumar hasta las 11 de la mañana y en esta treta pasé mucho tiempo. Un día me peleé con Dios y le alcé la voz… le dije que no me ayudaba para nada, agregué, “Padre Nuestro mándame a una iglesia o a un hospital porque solo ahí no fumo”.

Habían pasado tres días cuando me cogió un dolor repentino en la garganta que aumentaba cada vez más y más, fue cuando perdí el conocimiento y me cuentan que solo dije: “Háblenle a Hugo Mata para que me lleve al hospital”

Bueno con esto termino, dándoles un consejo: Con Dios, no hay que pelearse.

LAZAU

Un sacerdote que nació para cosas grandes

Es imperdonable que yo no apunte algo de este personaje que conocí y que jamás perdió la ocasión para decirnos la frase “Ad maiora natus um”. En las banderas, en las pancartas, en los escudos, en los diplomas, en los anillos de graduación y hasta en la fachada del colegio con letras grandes con cemento estuvo plasmada la idealista frase. Yo pienso que en un campito de su cerebro y de su corazón también estuvo presente la dichosa frase que al final de cuentas penetró en los nuestros también.

Este hombre que traía un bagaje incalculable de ganas de cambiar al ser humano, de menos para más con sus ideales, que como dijo un compañero suyo ahora que ya no está con nosotros que “Se parecía al volcán de Izalco cuando hacía erupción” por su carácter fuerte e influyente. Muchas veces oímos de su boca que se sentía orgulloso de llevar sangre indígena de Izalco, y por eso era así como era. Para él, el hombre no debe ser tibio en su modo de ser, «o se es o no se es» y lo divulgaba con su ejemplo. Estoy hablando del Reverendo Padre Ricardo Humberto Cea Zalazar, que apenas recuerdo llegó a Apaneca a mediados del año 1955, tendría unos 33 años de edad, tamaño hombre como de 1,76 de altura, de complexión fuerte con algunos kilos de más de peso que tal que cuando jugábamos futbol y chocábamos, nosotros caíamos patas arriba, mientras él se quedaba fijo como ceiba. El color de su piel cobriza, pelo negro en la cabeza un tanto quebrado, los ojos negros por supuesto; sí tenía barba, pero rala y bigote con unos pocos pelitos que nunca se los dejó crecer.

Yo lo vi por primera vez ese mismo año; estábamos jugando chibolas un gran puño de cipotes como a las seis de la tarde en el parque frente a la gran torre del reloj, todos los días estábamos ahí porque el lugar era atractivo. La sombra de los árboles grandes, los arbustos frondosos llenos de flores, los arriates engramados y el kiosko colonial en medio con una gran base de calicanto, con pilares de madera reforzados de hierro mutuamente con los barandales para su firmeza. Arriba el techo de lámina triple con sus cornisas de madera que lo hacían ser un kiosko señorial. La tarde ya estaba húmeda, y nosotros intrigados estábamos en lo mejor del juego que realizábamos en el suelo duro y liso al natural de uno de los pasillos, cuando el Padre Cea cae de romplón ¡Fue un desparpajo de cipotes! … Ni uno más quedó, tan solo yo… se me paralizó todo el cuerpo y no pude salir huyendo…. Se me pararon los pelos…. me atraganté y el color se me acabó…. Estaba tiezo y mudo de ver enfrente de mi la gran sotana negra con patas porque yo no veía otra cosa… todos creímos que era “El padre sin cabeza” que se había salido del campanario, el mismo que antes asustó a muchos según cuentan.

El día se terminaba y la luz era correteada por la oscuridad de noche. Yo sospechaba que estaba en el cielo porque la neblina aumentaba y no veía más que a donde estaba el Padre ahí paradote enfrente de mí apoyado en sus dos piernas con gran plante y con las manos metidas en las mangas de la sotana como calentándoselas; me dijo: ¿Estas temblando de miedo o de frío? Y agregó ¡Yo no como niños! y continuó, ¿acaso nunca han visto un cura feo en Apaneca? Yo soy el nuevo y quiero que los niños vayan a la doctrina y ahí nos haremos cheros. Diles a tus amigos que no tengan miedo y que este sábado a las tres de la tarde nos vamos a reunir ahí frente a la iglesia para conocer a un Señor, comer dulces y tomar fresco. Diciendo esto me puso la mano en la cabeza como despidiéndose y se fue.

Yéndose el Padre mis compañeros curiosos, salieron de su escondite y se informaron cabal conmigo de lo que había sucedido y llevarse de vista, oído y boca, la invitación que el Padre Cea nos hacía.

Yo en lo personal asistí a la cita… era la Escuela de catequesis la que estaba inaugurando; el Señor a conocer fue Jesús y aunque yo ya había hecho la Primera Comunión con la Niña Lochita Vallejo, seguí asistiendo para aprender más de la iglesia, a comer dulces y echarme mi fresquito.

Yo noté que a este Padre no le gustaba quedarse quieto. Por aquellos mismos tiempos vi una actividad de gran envergadura; de todos los cantones venían tracaladas de gente, hombres y mujeres, trabajadores y trabajadoras del campo, pero también empleadores y empleados, artesanas y artesanos del pueblo; todos los días durante una semana se reunían dentro y fuera del convento. Yo veía que hacían ramadas, ponían gallardetes, improvisaban mesas y hacían comidas, hacían grupos de trabajo y platicaban; pero yo me quedé como decía mi abuelita adijueces, hasta después ya grande me di cuenta que se trató de la “semana cultural” y ahora, si no me equivoco lo que el Padre Cea estaba haciendo era un diagnóstico para conocer  la realidad social, económica, cultural y religiosa del campo de trabajo que le había encomendado el Señor Obispo, para luego entrarle con todo lo adecuadamente a la solución de los diferentes problemas que la gente expresó en esa ocasión.

En ese entonces se observó en Apaneca como un “despertar” la iglesia se rellenaba de gente, para entonces los hombres fueron disculpados que se quedaran atrás parados, por ceder la silla a las mujeres; los altares enormes que ocupaban mucho espacio, se hicieron chiquitos y de ser posible empotrados en las paredes; los reclinatorios privados y exclusivos fueron desapareciendo y se hicieron bancas grandes comunes, donde cabía más gente; la urna sagrada que ocupaba un gran espacio se llevó a un cuartito del convento y a Jesús que se sacrifica el viernes santo, se le colocó abajo en el altar mayor donde se celebraba la Eucaristía. En misa ya no solo cantaban la niña Chica Saz, la niña Tanchito Villafuerte o doña Olimpia de Herrera, sino que también los cipotes de la catequesis que formaron un coro liderado por la “Mascota” o Julio Adrián Padilla; Víctor Hugo Mata que medio tecleaba el órgano viejo nos daba la nota de salida y por ahí nos íbamos cantando; Memo Vides que cantaba y tocaba con su violón o chelo las misas cuando así se requerían, se enemistó con el Padre porque se sintió desplazado.

Como dicen por ahí que una sola golondrina no hace verano, el Padre Cea debió haber hecho muchos movimientos. Me imagino que por lo menos al principio contó con el apoyo de la mayoría de los dueños de las fincas, porque a mí me parece haber oído alguna vez que los asistentes a la semana cultural les tomaron el tiempo como trabajado. Yo me acuerdo de algunas personas que andaban para allá y para acá como la joven ahora Sra. Bety Mata V. de Arévalo, a Don Eduardo Arévalo, a Don Guillermo García Salas que para entonces era el Alcalde Municipal; un Padre Jesuita de sotana blanca, flaco y alto que tampoco paraba y que llamaban Hermano Aguirre Saciaga; a Doña Evita Posada de Arévalo que era presidenta de las Señoras del Santísimo y a Don Antonio Melgar que para entonces era un ingeniero agrónomo joven con ideas nuevas; y así muchas personas como mandadores de las fincas cuyos nombres no recuerdo.

Lo que yo percibí es que el Padre no quería perder tiempo porque a los pocos días, en 1956, apareció con su escuela nocturna que denominó Centro Nocturno de Alfabetización, pero fue nombrado oficialmente en 1957 por el Director General de Educación Primaria Prof. Daniel Raúl Villamariona. Cuentan que empezó con diez alumnos y que al finalizar la semana no cabían. Aquí se enseñaba a leer y a escribir bajo la conducción y el cariño de la profesora Evita Posada de Arévalo, mientras que el Padre con la orientación religiosa. El Centro creció y ya tuvo sus otros dos niveles en los que cinco años más tarde Victor Hugo Mata y yo pudimos colaborarle.

Muchos jóvenes adultos se beneficiaron y bien puedo mencionar un solo ejemplo que vale por muchos como es el de Andrés Torres Sánchez, que cuando era chiquito se endureció; en el buen sentido de la palabra, quiero decir que le costaba aprender porque sus primeros aprendizajes en el trabajo fueron duros, con cuma y el azadón hizo sus ejercicios psicomotrices a la par de sus padres al aire libre en los cafetales. Cuando ahí llegó, solo con la paciencia, la inteligencia y la amorosidad de Doña Evita, Andrés pudo docilizar la mano para hacer bien las letras. Tiempo después fue asombroso su progreso y yo tuve el honor de firmarle y entregarle su certificado de Tercer Nivel con buenas calificaciones. Ahora ya no solo toma decisiones en serio, sino que las analiza y razona; estudió Plan Básico de día, bachillerato después y se gradúó en el año de 1965. Sin perder tiempo, con la ayuda de su hermano Epifanio y Doña María Borja de Ferguson, obtuvo el título de sociólogo y psicología después. Como dije antes que este ejemplo valía por muchos porque a pesar de los miles de obstáculos que la vida le presentó, el muchacho duro para aprender, triunfó.

Los objetivos del Padre se estaban cumpliendo. En esa semana cultural nació un eslogan que decía: “Debemos cambiar la cuma del campesino por bisturí de médico” cosa que le acarreó críticas serias al Padre, habladas entre los ciegos, entre las cabezas duras y corazones podridos.

Cuando yo tenía un torzal en la cabeza, como decimos por aquí o nudazcal para que entendamos mejor, cuando solo pensaba para mi futuro hacerme guardia, mecánico o telegrafista, allá por el año de 1958 cuando apenas estaba en sexto grado, el Padre Cea ya tenía la solución como que se hubiera metido en mi aturdida conciencia y en la de los demás, funda su colegio.

Según acuerdo número 00996 de fecha 13 de marzo de 1959, el Poder Ejecutivo autoriza el funcionamiento del 1º y 2º curso de Plan Básico. Yo en lo personal, aunque ya había decidido seguir mis estudios, me presenté hasta después de Semana Santa porque había que terminar con las cortas de café y tener cómo comprar lo necesario. Ahí estuvimos 8 hombres y 4 mujeres en primer curso; 1 hombre y 1 mujer en segundo curso.

Aunque el Padre nunca estaba satisfecho, parecía contento con lo que había conseguido; trajo al maravilloso profesor Rafael Antonio Blanco para que nos enseñara matemáticas y física; con las otras materias le colaboraron los profesores don José Domingo Arévalo Mata y Don Jorgito Vélis Vindel. Fue un año muy bien aprovechado porque tanto maestros y alumnos trabajamos con empeño. Experiencias y anécdotas que contar hay a montones. Hablando de mi, yo era un muchacho no muy cuidadoso ni ordenado con mi ropa; pero vistiendo el uniforme blanco del colegio, aprendí a cuidar no solo la ropa, sino todas las cosas como también la conducta.

Error o no al Padre no le gustaba que nosotros nos juntáramos con las señoritas durante el recreo; debíamos mantenernos alejados de las muchachas; era prohibido el acercamiento con ellas. Una vez que estuvimos vigilando por un hoyito de la puerta a las muchachas que estaban al otro lado, el Padre apareció de repente atrás de nosotros y nos gritó ¡Perros! con todas sus ganas. En adelante tuvimos más cuidado o mejor dicho más atención… creo que ya no lo volvimos a hacer…

En otra ocasión, que estábamos en clase de inglés con Don Guillermo Salas hijo, que por cierto sus clases eran muy amenas, nos preguntó que si sabíamos bailar (Do you dance?) y nosotros por decir no dijimos si (yes) al unísono… alguien dijo por ahí ¡Con la marimba!… “Vayan a traer la marimba” dijo él… y la fuimos a traer; en el momento que bailábamos el Padre estaba encerrado en su cuarto… esa clase la recibíamos junto con los de segundo curso y Hugo Mata estaba ahí. Éste ni cuto ni perezoso, se puso a tocar “Jalisco” que creo era la única que sabía… Don Guillermo sacó dos parejas un tanto a la fuerza a bailar; de se aparece de romplón, a una gran velocidad y pegando grandes pisotones apareció el Padre… nosotros inmediatamente corrimos a nuestros puestos en las bancas y dijo con gran energía: ¿Qué está pasando aquí? ¡Este no es un salón de baile!… Miró al profesor con gran cólera como queriéndole decir hasta aquí… ¡Pase después a mi despacho señor! le dijo…. No volvimos a oír clases de Don Guillermo… Si esto no hubiera sucedido, en los dos años venideros hubiéramos hablado inglés con gran facilidad.

Estas por supuesto no fueron buenas decisiones; y si se los cuento es para que vean cuan recias eran sus determinaciones y lo recio de su carácter, porque así lo fue en las decisiones positivas que fueron incontables. Él anhelaba conservarnos puros de corazón y mente sana… para él “o se era o no se era” como decía siempre… no quería contaminación alguna en nuestras almas… o éramos buenos estudiantes o éramos basura… “Flojos no quiero aquí”, repetía.

La vida de nosotros en el colegio se volvió placentera; nosotros terminábamos la jornada y nos íbamos a nuestras casas, pero por las tardes y hasta por las noches estábamos de regreso… nos gustaba estar cerca del Padre, el Señor Blanco y la vieja Ana.

La institución fue creciendo como crece el árbol que primero echa unas ramitas y después se vuelve frondoso. El Poder Ejecutivo del Gobierno de el Salvador, según decreto número 02141 de fecha 30 de mayo de 1961 acuerda denominar “Colegio San Andrés” del Plan Básico de Apaneca y autorizar el funcionamiento del Tercer Curso que ya fungía desde el año anterior y el primero y segundo curso de bachillerato. Para ello fue necesario traer nuevos maestros: Don Germán Alcides Vázquez Domínguez, Don Miguel Ángel Reyes, Don Raúl Mejía y a Don Julio César Rodríguez. Ellos le pusieron un ritmo increíblemente vibrante al trabajo, sumado al que ya tenía… ahora el personal era un equipo completo, todos jóvenes capaces y con ganas de dar lo mejor de sí; la energía se sentía.

Nuevos proyectos germinaron en el cerebro del Padre Cea. Por las buenas relaciones que mantenía con algunas personas acomodadas, le facilitaron herramientas para conseguir sus fines, Doña Adelita Borja V. de Velado le mandó a construir cuatro aulas y un amplio salón de actos al estilo prefabricada en el costado norte de la iglesia. Ahí mismo hizo una cancha de básquet ball y remodeló el convento con dormitorios múltiples para convertir el colegio en internado. Vinieron jóvenes de varios lugares del país especialmente de San Salvador y fue entonces que el colegio llegó a su máxima expresión porque nos dio a conocer, no solo por el rendimiento académico, sino también por el deporte. Participamos en todos los eventos estudiantiles nacionales… muchas veces se jugó contra el Colegio San Luis y San José de Santa Ana y el Instituto Nacional Humbool de Ahuachapán y el Seminario San José de la Montaña de San Salvador, y no lo hicimos mal. Lo que sí es triste e inolvidable recordar es una “catorreada” que nos propinó el Colegio Mayor de Madrid España que pasó por aquí en una gira. Nosotros no jugamos tan mal, lo que se vio mal, fueron los once goles que nos metieron y nosotros sólo uno que sudaron mis compadres Ricardo Mendoza y Hugo Mata. Jugamos con dos inconvenientes: el primero que la cancha de Juayúa era muy grande, y el segundo que los dos porteros de nosotros eran chiquitos, Tin Guerra y Chepe Luis Santa Ana. Yo jugando de defensa, jamás había probado una sangoloteada de esa magnitud… estuve frente a un delantero, que a un jugando con sotana, nunca pude quitarle la pelota y cuando lo hice fue para sacar la pelota a un lado. En la defensa de ellos había otros dos jugando también con sotana, solo se la habían amarrado al cinto para sostenérsela. Según contaron después, que esos tres, habían pasado por las canteras del Real Madrid para luego incorporarse al servicio de Dios en el Seminario. Cuando el partido terminó a las seis de la tarde, junto con la oscuridad caía la neblina; recuerdo que todos salieron corriendo para subirse en el camión en que andábamos; pero yo me quedé tirado en la grama porque no pude moverme. Cuando el camión arrancó se dieron cuenta que yo no estaba; algunos se “apiaron” para buscarme… encontrándome cerquita del marco en el engramado… estuvo duro ese partido.

Practicamos también el ping pong y además boliball; pero no se quedó atrás el atletismo. Participamos a nivel departamental y siempre calificamos todas las veces para la final en el Estadio Flor Blanca en San Salvador que, aunque no ganamos un trofeo, siempre hicimos buen papel y el Padre estuvo satisfecho. Él no faltaba a los partidos haciéndonos barra para que lo hiciéramos mejor y también nos decía cómo hacerlo; nosotros nos agrandábamos. Al Padre Cea le gustaba fomentarnos el deporte para evitar los vicios y los malos pensamientos. “Hay que pensar en cosas grandes” repetía. En todos estos logros que el Padre Cea tuvo debo mencionar la colaboración importante de Don Paulino Milla, ya que prestaba también sus influencias en San Salvador para la propaganda de la belleza que ofrecía Apaneca para educar con éxito a sus hijos. Él además prestaba su casa como oficina pues sus hijos ya estudiaban en el internado del Colegio.

De lo académico ni hablar, cualquier fulano que por allí asomara se deba cuenta del intenso trabajo que se realizaba. Desde las cinco de la mañana el bullicio era tal que se escuchaba de lejos. Los internos estaban organizados en patrullas al estilo Boy Scouth, que competían entre sí para ganar puntos; cada una se distinguía de otra por el nombre de un animal feroz. Así, por ejemplo, “Las águilas” se distinguían de “Las Panteras” por la rapidez con que hacían tal o cual actividad; levantándose temprano, bañándose, poniéndose la ropa y estar listos antes que todos en la cancha y gritar a la vez ¡Listos!… era emocionante. Luego la Santa Misa, el desayuno y a formar para comenzar las clases. En este preciso momento nos incorporábamos nosotros los externos para completar la máquina educadora que el Padre Cea había soñado. Por las tardes a primeras horas silencio profundo porque todo el mundo hacía tareas o repasaba; posteriormente todo era griterío confuso, porque se hacía deporte cada quién en lo que le gustaba. De vez en cuando se hacían caminatas, principalmente a las montañas, con entera libertad, en las que el guía más exitoso fue Jesucristo. Aquí fue donde el sistema de patrulla tuvo más importancia… El lema aquel: “Ser dignos de confianza” muy bien aplicado por nosotros e inculcado por el Padre nos hizo mucho bien.

Jamás empezamos las labores del día o emprendimos obra alguna, sin manifestarnos ante Dios, con aquella bonita oración a la que nos acostumbramos y para que no se pierda, la apunto aquí:

¡Señor! Enséñame a ser generoso,

A servirte como lo mereces,

A combatir sin miedo, aunque me hieran,

A dar sin medida,

A trabajar sin descanso,

Y no esperar más recompensa,

Que la que tú por gracia,

Nos has dado.

Las caminatas largas eran los sábados, pero los domingos también había actividades importantes como la Santa Misa a las ocho de la mañana, a la que asistíamos con uniforme de gala. Una chumpa azul de casimir con el monograma del Colegio a la altura del corazón era la diferencia, ésta nos la poníamos encima del uniforme blanco que llevábamos todos los días. Cuando se daba el tercer repique y se suponía que la iglesia ya estaba llena de feligreses, nosotros al gorgorear de un pito que el Padre tenía estábamos formados del más chiquito al más grandote; salíamos del convento con el Padre a la cabeza a celebrar la Santa Eucaristía. La Iglesia se engalanaba; en dos cordones cada uno azul y blanco entrábamos, la gente nos admiraba, las candelas alumbrando el altar, el órgano viejo allá sonando y el incensario alejando los malos espíritus. Nos colocábamos al fondo alrededor del altar para contestarle al Padre las frases elementales de la liturgia. Para entonces la misa se decía en latín, pero nosotros nos rebuscábamos para entenderla. Unos pocos selectos de entre nosotros ayudaban al Ministro en el altar; otros iban al coro para cantar algunas alabanzas, ahora mejor que antes, encabezado por los mismos Hugo Mata y la “Mascota”, que era como le decíamos Julio Padilla. Lo que no se me olvida es mi papel que junto con Guayo Linos desempeñábamos en las misas grandes como la del domingo y días de fiesta de guardar y que el Padre se inventó, quizá para penitenciarnos por los pecados de la edad más grandotes que teníamos. Como éramos los mayores nos acostumbró a servir de porta candeleros: Nos ponía a ambos lados del altar con unos enormes y pesados candeleros de bronce, con una candela encendida durante todo el tiempo que duraba la misa. No me lo van a creer, pero les voy a contar que desde la limpieza hasta sacarle brillo corría por cuenta nuestra.

Una señora atendía al Padre en todos sus menesteres desde que él llegó al pueblo. Nunca le pregunté su nombre completo; pero nosotros con todo el cariño del mundo le llamábamos “La vieja Ana”. Ella era la jefa en la alimentación y demás servicios básicos incluido el aseo del Colegio. Era el prototipo de las “trotaconventos” que, aunque no sabía leer ni escribir, se consideró a sí misma como una persona importante, y sí lo era. Se daba atribuciones que no le correspondían, se creía la dueña del Colegio cuando el Padre no estaba; a su modo nos ponía quietos… agarraba un leño de la cocina y nos salía corriendo al estilo de Doña Catana… Era terriblemente amarga cuando lo merecíamos; pero muy dulce cuando la luna estaba en su punto, que hasta daba consejos de cómo deberíamos comportarnos… A veces los internos pretendían escaparse para dar un su vueltín por las noches, pero la “viejana” ponía botes de lata vacíos en puntos estratégicos para frustrar la salida. En las vacaciones unos cuantos de nosotros que, aunque trabajábamos recolectando café durante el día, por las noches en nuestro tiempo libre nos juntábamos para jugar, comer o beber algo que el Padre nos invitaba para contarnos sus proyectos inmediatos.

Siguiendo con los ideales del Padre Cea de realizar cosas grandes. Creó una Escuela de Niñas San Andrés, ubicada en la 3ª. Av. Norte y 5ta. Calle Pte., en el Barrio Santiago; que no tengo datos exactos ni acuerdo oficial alguno, pero sí todos fuimos testigos que tenía los 6 grados de Primaria y los 3 de Plan Básico al igual que el Colegio San Andrés. De lo que sí estamos convencidos es que para el Padre la educación de los hombres debe ser separada de las mujeres en esas edades de la adolescencia. Error o no, él era el que creaba, alimentaba, cuidaba y sacaba el producto. La escuela existió mientras él estuvo al frente. No se sabe cómo hizo para realizar este proyecto, pero supongo que por la amistad que tenía con algunas personas acomodadas, como con Doña María Borja de Fergusson que, a cambio de algunas indulgencias le donó ese hermoso terreno; con alguna infraestructura que tenía, las mejoró y así logró un proyecto más… Y como la escuela ahora ya no está, muchas mujeres que pasaron por allí podrán contar mejor esta historia y muchas más.

Al Padre Cea con ese su temperamento fuerte que se manejaba no se le podía engañar; con él aprendimos a no decir mentiras… siempre tratamos de ser leales… por eso para confesarnos con él nunca lo hicimos en el confesionario, sino frente a frente mirándolos a los ojos.

Para el Padre el responsorio a un difunto que no lo merecía era como la de un cazador que dispara sus balas al aire por gusto. Una vez que le llevaron un finado y lo querían meter a la iglesia para rezarle el responso, como en su vida nunca levantó la cabeza para ver tan siquiera el atrio y el padre conoció sus actos, les advirtió de esta manera: ¡Vivo me lo hubieran traído… ahora para qué! Los familiares disgustados lo tomaron y se lo llevaron a enterrar.

Al padre le tocó también afrontar el inicio de la proliferación de las iglesias separadas, pero él las tomó con prudencia y en forma serena. Algunos fueron confrontativos y desde sus parlantes lanzaban mensajes soberbios a la iglesia y hasta ofensas personales. Yo me acuerdo que llegó hasta el convento un atrevido, que quería discutir con él la virginidad de María, el Padre salió con garbo y gallardía y le contestó: “Cuando hayas aprobado siquiera el sexto grado en la escuela y puedas entender los dogmas de mi iglesia en la que creo, entonces vuelves…” y le cerró la puerta. Estando dentro me dijo: “Estos solo andan pensando en tonterías; yo no puedo perder mi tiempo… ¿y sabes una cosa?, no hay que pedirle peras al olmo”, agregó. Muchas veces se sintió agraviado, pero se hacía el de los oídos sordos. Una vez que pasó lo mismo dijo; “Estos son como aquel que les gusta andar tentando para instar al mal, pero no hay que adobarles el gusto. A Jesús el diablo lo quiso haber tentado en el desierto y no pudo. Es mejor que digan que me hago el sordo, a que digan que les pongo atención… eso sería perder mi tiempo y como dice el dicho, hasta los santos triunfantes lo lloran”

La persona que tiene dominio en la lengua griega y latina, se vuelve basto en conocimiento de otras ciencias y las humanidades. El Padre Cea era de esas, por lo tanto, sabía lo que hacía y cómo hacerlo. Recién egresado deambuló por varios lugares de Santa Ana y San Salvador, aunque hizo cosas buenas, no había encontrado el terreno fértil para sembrar las semillas de su pensamiento, hasta aquí en Apaneca en donde diagnosticó, priorizó, accionó y logró los resultados de sus objetivos de vida y al fin aquel que nunca perdió de vista: “He nacido para cosas grandes”.

Años más tarde, mientras yo trabajaba en Metapán, el Padre Cea fue removido para Santa Ana y el Colegio quedó en manos del párroco de turno y no sé por qué razones cerró.

Tiempo atrás el Padre Cea se había preocupado también por la educación de la gente de la tierra que lo vio nacer… Izalco… fundando ahí una escuela que todavía funciona. Estando en Santa Ana siempre preocupado por la superación de la juventud, junto con el Obispo Monseñor René Revelo, fundaron la Universidad Católica de Occidente (UNICO) alentando la cultura a nivel superior.

En 1982 por razones ajenas a mi voluntad había renunciado a mi trabajo en Metapán y como providencia divina estaba siendo llamado por el Padre Cea para que junto con Lito Rivas, reabriéramos las puertas del Colegio San Andrés, ahora con el nombre de Escuela Diocesana San Andrés y su obra continúa en Apaneca.

Ahora, que ya no está con nosotros, sus aspiraciones siguen adelante y su nombre prevalecerá entre quienes lo apreciamos. Dios estará siempre orgulloso y contento con él.

En la vida de una persona hay ironías y digo esto porque si hubiéramos estado todos en su funeral, no habríamos cabido en la iglesia ni en las calles de Izalco… pero estuvimos pocos… claro acompañaba mucha gente, pero toda del lugar… esta es una apreciación personal, pues están disculpados los que están diseminados lejos y los que le ganaron al Padre la partida.

En sus intervenciones muchas veces nos decía que cuando nos llegara la hora de morir, era mejor que sucediera después de una larga enfermedad, para tener tiempo de arrepentirnos de los pecados cometidos… Y a él se le concedió. Jesucristo dijo a sus apóstoles una vez: “Toma tu cruz y sígueme” El padre Cea la tomó a su modo sacrificando su vida más que todo por los jóvenes… porque siempre creyó en ellos.

Muchos quedamos en deuda con el Padre porque no estuvimos con él en su larga enfermedad… pero él siempre tuvo a un joven cerca, el preferido, el que le sacaba las canas, el que le aguantaba sus bromas, el que le acompañaba a comer de vez en cuando, el que le comunicaba primero sus proyectos… y esta vez a quién vi hasta en la hora de su enterramiento como su más fiel amigo y que me atreví a preguntar quién era… la persona a quién pregunté me contestó “Este es el joven Dr. Sifredo Antonio Marroquín, quién asistió y acompañó al Padre hasta el último momento de su vida” entonces me dije “Este es el último joven a quién debemos todos estar agradecidos”.

LAZAU

ALGUNOS PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

Las necesidades entre los grupos humanos provocan su motivación. Hace muchos años casi toda la gente mayor sabía de medicina; cualquier persona mayor decía a otra ¡tómese un caldito! de tales hojitas y de otras tantas por copitas ¡Como agua del tiempo y se va a curar! y así muchas veces la gente se curó. Apaneca no era la excepción y los enfermos hacían uso de plantas, especialmente hierbas y otros elementos naturales como mantecas o cebos de animales, ceniza y hasta lodo que sacaban de los fangos.

En aquella época la gente se curaba lentamente y con la fe puesta en el Señor Jesús… Pero la mayor parte que se enfermaba moría, especialmente los niños… de ahí la creencia de la gente que si pasaba de los siete años iba a vivir larga y plena vida.

Ahora la medicina es diferente porque la ciencia y la tecnología está bien avanzada, nos curamos rápido, aunque tenemos que tener muchos centavitos guardados para la ocasión; veamos entonces qué está pasando. Decía que la ciencia y la tecnología ha avanzado, pero también la población se ha multiplicado desmedidamente, tanto que ya no encontramos una solución; hemos llegado a tal grado que antes que no habían medicinas como ahora, no había desnutrición como hoy… Esta es una paradoja porque cuando hoy se cree que ya no hay lepra y que la ciencia y tecnología la erradicó, aparecen otras enfermedades nuevas como el SIDA que hasta hoy no tiene cura.

En todo esto que he dicho tiene que ver el medio ambiente y con un solo ejemplo lo podemos comprender, y es que la gente de antes duraba más y la de hoy se muere luego… y es que somos nosotros mismos los culpables al no cuidar el ecosistema… A nosotros en la escuela jamás se nos habló de esa importancia  para la vida, mucho menos del calentamiento global que traerá fatales consecuencias al ser humano.

Lo que estoy haciendo es preparar la cancha de allá por los años treinta del pasado siglo XX en adelante, en donde mis actores principales y emblemáticos les toco jugar su papel imprescindible en esta sociedad bendita que nos vio crecer; adornado con un clima frío y húmedo, producto de una vegetación exuberante que jamás volveremos a ver, a no ser que cambien las estructuras sociales hacia el bien y también su modo de pensar. Ojalá que los ventarrones que caracterizan a nuestro adorable pueblo no vayan a acabar, para que las futuras generaciones lo sientan y disfruten.

¡VAYAN A LLAMAR A VÍCTOR! Era la expresión que yo siempre escuche en casas de ricos y casas de pobres, casas cercanas y casas lejanas en donde un cipote, un adulto o un viejito, mujer o hombre, estaba enfermo. Víctor, y no Don Víctor, decía la gente por la gran confianza que le tenían y el nombre de Víctor se convirtió en un símbolo o icono de esperanza para la gente que tenía en su casa a un enfermito.

Esa época fue bonita, pero había deficiencias que claro iban en detrimento de la población. Bañarse todos los días era un privilegio, porque el agua había que acarrearla en cántaros desde dos puntos estratégicos; uno de ellos estaba en la esquina formada por el final de la Av. 15 de Abril y principio de la antigua calle hacia Sonsonate, en un pequeño predio municipal; el otro estaba también en un predio municipal atrás de la iglesia, ubicado de la Primera Avenida contiguo a donde hoy está la Alcaldía Municipal donde más tarde, casi encima de la pila histórica, montaron la casa de ANTEL y que hoy se llama TELECOM. Por supuesto el agua no era tan limpia ya que venía en caño metálico desde la laguna de la Ninfas o de Las Ranas. En ese trecho hay todavía una pilona, la de Santa Clara, donde se daba de beber a las vacas, toros, bueyes y a las bestias de carga.

No crean que nosotros íbamos a tomar de esa agua, porque para eso sí que hemos sido delicados… para eso teníamos la fuente de San Andrés, que es la que tiene que ver con el origen de Apaneca, de ahí tomábamos agua pura que salía de las entrañas de la tierra. A mí me parece recordar aquellas colas de gente, especialmente mujeres y cipotes, con sus cantaros encima subiendo la cuesta que le enseñaba a uno a tener gran voluntad y entereza al subirla.

Cuando yo crecí había -o hay todavía- Ojos de Agua en cada cantón que abastecían a los pobladores. A veces yo acarreaba el agua para mis abuelos que tenían su finquita enclavada en la región que se llamada La Bellota camino a cantón Quezalapa. El agua era abundante y la primera que llevaba era para mi abuelita que la ponía a calentar al sol en medio del patio… Ella como leía mucho, estaba informada y decía que el baño diario era saludable… En cambio mi abuelo nunca vi que se bañara, solo se limpiaba con un trapo húmedo el cuerpo y las uñas con un palo… Cuando mi abuela le decía ¡Bañate Antonio! Él contestaba rezongón con el dicho popular – Ya vas buscando pleito Rufina ¡la cáscara guarda al palo!.. Solo se bañaba cuando se acordaba de la receta que Don Venancio Tobar, papá de Don Víctor, le había dado, que consistía en rociarse todo el cuerpo con azufre revuelto con manteca de puercoespín o tepescuintle  a más no haber de tunco. El baño era de noche y parece ser que iba a ver de todo, porque mi abuela parecía cucaracha preparando el agua calientita y el menjurge al pie de la letra como Don Venancio se lo había apuntado.

De Don Venancio se muy poco; tengo ideas vagas de él porque yo estaba chiquitito, pero sí me acuerdo bien de una que me hizo, como se la hacía también a otros cipotes ingenuos como yo… Mi mamá me dijo: «Vas a ir donde Don Venancio y me traés dos reales de alcohol alcanforado para la espalda de la niña que tiene tos» y me dio un bote de vidrio y un billete de a colón… llegue corriendo, compré y cuando me disponía a regresar, con un seño como de risa Don Venancio me dijo: «Aquí está el alcohol… Abrí la mano… Estos son los cuatro reales vueltos… echatelos a la bolsa… y estos dos reales son tuyos… para que compres dulces donde la Niña Evita»… dicho y hecho, yo gran obediente, compré una garrapiñada y bastantes dulces… y al llegar a mi casa las cuentas no cuadraban… «Venga para acá mijito» me dijo mi mamá, gran loga me echó, y de ribete una nalgada bien cuajada también… Don Venancio debió haber sido un hombre contento, divertido y picaresco en el buen sentido de la palabra.

Yo recuerdo con mucho aprecio, pero sobre todo con agradecimiento a Don Víctor, por ese gesto de amor de ir a donde lo llamaban para aliviar el dolor o sanar al enfermo sin importarle la distancia y hasta la paga.

Don Víctor Tobar tenía su farmacia que en ese entonces se llamaba Botica, en la Av. Central Norte y la 1a. Calle Poniente, esquina opuesta a la casa de su papá Don Venancio; enfrente vivían Don Tan Puente y en la otra esquina Doña Virginia Pérez. Había un gran mostrador de madera el estilo de la época colonial con las molduras tradicionales, barnizado creo que de color café algo shuquito, porque nosotros los cipotes de allí nos agarrábamos para ver con curiosidad cómo Don Víctor medía en una copita graduada el remedio, para luego echarlo en el bote de vidrio que nosotros habíamos llevado cuando éste era liquido, porque cuando era sólido o en polvo, ya estaban hechos los cartuchos de papel; y si era semi sólido, lo hacía untado en unas cajitas elaboradas con colochos de madera.

En las boticas casi no se vendían fármacos químicos, todas eran medicinas naturales. A mí me gusta recordar las ringleras de botes, abotijados y cuadrados unos y otros apachados, todos con tapones de vidrio al estilo señorial en forma de sombrero. Los estantes estaban cundidos de botes con los medicamentos que Don Víctor elaboraba. Lo que si no quisiera recordar son las purgas que nos recetaba cada seis meses para limpiarnos el estómago con Sulfato de «soda» (así le llamábamos al Sulfato de Sodio) o en  su defecto Sal Inglesa; nos la daban en ayunas a las seis de la mañana para que a las diez estuviéramos corrompiendo -como se decía- a la diarrea obligada que nos sacaba hasta el último pellejito contaminado del estómago. Cuando nos llevaban el bolado a la cama para que lo tomáramos junto con una rodaja de naranja nos decían: «Dale de un solo, hasta ver a Dios» y luego que la tomábamos, a chupar la naranja para cambiar el horrible sabor de la purga y… a continuación fresquito tras fresquito toda la mañana, hasta calcular que la tripa estuviera limpia.

   

Carao y Chichipince

Otra de las medicinas tradicionales de Don Víctor, fue un jarabe para la tos, que según se decía lo elaboraba con las vainas fruto del carao o caña fístola; de lo demás yo no sé, pero me imagino que hacía un cocimiento o lo fermentaba con la vaina machacada, miel de panela, jengibre, ajo y otros ingredientes que solo él sabía preparar… Se decía que tenía un libro grande valioso que su papá le heredó de donde sacaba las recetas… Luego de depurar los menjurjes los colocaba en los botes listos en la despensa y para la venta.

En aquella época insólita que hasta nos permitía formar nuestra propia identidad, las vías de comunicación eran de tierra y el medio de transporte el caballo y la carreta, por lo que casi no había influencia extraña, no habían médicos ni clínicas de salud que, aunque teníamos a nuestro favor un clima frio agradable, el agua pura de las vertientes, el aire puro que daba la vegetación exuberante, y la tranquilidad, éramos vulnerables a cualquier enfermedad maligna; sin embargo diría yo que teníamos buena salud. Lo que si tengo presente es que no teníamos enfermedades venéreas gracias a un acuerdo municipal de por vida e intocable por los alcaldes que decía que jamás Apaneca iban a haber casas de citas o de prostitución o lugares parecidos.

En toda comunidad son importantes los servicios sanitarios para la salud de sus habitantes. Durante la colonia se supone que las casas importantes tenían inodoros, pero en el resto la toma de conciencia fue lenta. Yo recuerdo que las casas que estaban a los alrededores y más allá, no se preocupaban por eso y sus excrementos los dejaban al aire libre donde quiera al pie de un árbol y las gallinas y los tuncos se encargaban de reciclarlos.

Lo que les voy a contar no se lo cuenten a nadie, como decía la Niña Monchita Porra. Allá por los años cuarenta, yo fui a jugar con otros cipotes amigos y jugando jugando llegamos a una casa vieja que ya no tenía techo, solo estaban los restos de las paredes de adobe, pero uno podía imaginar o adivinar como era y funcionaba la gente que allí vivió. En la casa se notaban los cuartos dormitorios, la sala, el comedor y hasta un caidizo corredor frente a una especie de jardín; pero lo que más me sorprendió fue el inodoro que tenía un montaje técnicamente elaborado; tenía una casita con su plancha y un cajón para sentarse, pero a la orilla de un desfiladero, que permitía que las excretas cayeran abajo de donde pendía un corralito con un boquete que daba la facilidad para que los animales metieran la cabeza y agarraran el producto; lo demás, como es penoso, juzgue el lector qué hacían a los cerdos ya engordados, o quizá se morirán de susto de ver micos y tantos pajaritos en el cielo.

En esos años la medicina preventiva no existía, Don Víctor solo hacia la cacha con las medicinas caseras… así curaba… Los niños apestábamos porque a la hora del baño salíamos huyendo… Señal de que estábamos alentados eran las chapitas coloradas entre la tierra acumulada en los cachetes… Lo de lavarse las manos antes de comer ni los abuelitos lo hacían, solo nos limpiaban las manos con hojas y las uñas con palos… De la campaña que a mí no se me olvida, es cuando en la escuela nos ponían en línea con un vasito de agua y pasaba la maestra con un gotero echándonos cinco gotitas de yodo para que hiciéramos gárgaras y no nos creciera el buche; y es que ahora me doy cuenta que el yodo combate la hipertrofia de la tiroides (se forma una pelota debajo de la mandíbula) y que nosotros la llamamos «buche», era la razón por la cual los pueblos vecinos nos llamaban “buchones”; pero hoy ya no lo somos porque algunos malos ciudadanos cortaron los árboles de las montañas y el yodo ya no subió a estas alturas.

Don Víctor Tobar no solo era el que curaba y la hacía de boticario, sino también era el Cofrade Mayor de la fiestas patronales, él era el símbolo del mayordomo. A la par de la botica tenía otro espacio igual donde estaban los Patrones, uno pelo liso y grandote y San Andrés por supuesto “el colocho”, como los llamaba la gente, era más pequeño y servía para las procesiones porque pesaba menos.

También desde que yo tuve uso de razón ya era el alcalde municipal… para entonces yo pensaba que los alcaldes ya nacían con el puesto, porque él lo fue de por vida… Don Víctor no era tan alto ni tampoco panzón… yo lo tengo presente con sus pantalones largos y holgados, y bastantes paletones al frente, su camisa caqui arroyada hasta el codo, su sombrerito de pelo y su gran escuadrota de cuarenta y cinco al cinto, símbolo de la autoridad competente en esos dorados tiempos. Amigos que lo conocieron contaban que no se la quitaba ni para dormir, y por eso se le había dibujado en el músculo de la nalga algo como vaina que le ayudaba a sostenerla; al mirarlo chincuno se le veía la figura decía la gente.

Siguiendo con la historia de la medicina de mi pueblo, hubo otra botica que vale la pena mencionar. El boticario y dueño era Don Manuel Gómez y estaba ubicado en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la 2da. Calle Oriente justo enfrente donde hoy vive Don Walter Calderón, esquina opuesta a la Don Chepe Humberto Arévalo y al frente también de los Borja. La casa ya no está porque la destruyó el tiempo. De Don Manuel solo recuerdo que era un señor bien estirado que nunca se bajaba la corbata y su voz era fuerte, desgajada y turbulenta, atento como todo un buen boticario. La casona y la botica desaparecieron junto con él porque sus hijos jamás se asomaron para seguir sus pasos; Don Chepito Gómez Cuestas, fue el jefe de correos formal de por vida y doña Esperanza Gómez Cuestas, maestra de instrucción primaria hasta que ya no pudo (mis especiales respetos); ni tampoco le interesó a Doña Herminia Cuestas de Gómez, que no se asomaba a la botica.

Otro personaje emblemático en cuestión de medicina que yo recuerdo, de Apaneca o no, y de quien los beneficios de su genio los recibía mucha gente en el pueblo y de la región, que hasta venían personas de tierras lejanas de Centro América preguntando para aliviar sus males que por allá nadie se los podía curar, era Don Leandro Mata. Yo lo conocí por medio de una señorona de grata recordación, Doña Concha Ulloa, esposa de mi tío Quique Saz, mamá de una docena de primos y primas con quienes compartí muchas cosas de mi vida; ella intercedió por mí ante la impotencia que me embargaba por un gran dolor crónico en la cara.

Allá por los años cincuenta empezaban las campañas en favor de los dientes limpios; en la escuela nos enseñaron a restregarnos los dientes y muelas con «tile» y sal, aunque con el dedo; o para los que no teníamos para comprar un cepillo, los maestros eran ingeniosos y nos enseñaron a sacar el matate o bolsita corroñosa que guarda la luna o el embrión del güisquil. Los cepillos que se vendían en las tiendas que se suponía eran de fábrica, rompían los tejidos de los dientes y encías antes de limpiarlos, por hacer bien hacían mal… Pero el caso que me tiene entretenido es contarles que yo por esa época sufrí unos grandes pero horripilantes dolores de muela. Tomaba de todo, aspirinas, mejorales, dolofines, ganoles y nada que me componía… todos me ayudaban y me decían que me enjuagara con agüitas de cocimientos de hojas de aguacate, que aunque me dejaba la boca tetelcosa, me ayudaba; la de las hojas, raíces y del propio limón rescoldado solo me lo sofocaba, porque al rato venia peor. El remedio que sí fue efectivo y que duré largo rato sin dolor fue el bejuco y hojitas de alcotán, que aunque dejaba la boca amarga se lo recomiendo a algún necesitado. El que si me gustó y ya estaba acostumbrado, es la toma de chocolate caliente de dos tablillas con dos porcioncitas de nerviosinas disueltas.

La verdad es que ya estaba cansado; me hinchaba y ya no quería salir a la calle, mucho menos a la escuela; sin mentirles lo que sentía parecía rabia, pues mordía las chivas, la almohada y hasta algunas veces la cama. Es entonces que platiqué con la comadre Concha, así le llamaba yo porque así le llamaban mis padres, le conté mi situación y ella me dijo: «Yo iré tal día donde Don Leandro… yo sé que él lo cura… andá conmigo y le explicamos el problema… al mismo tiempo vamos a pasear y conocer el lugar». Se llegó el día de ir e iban Paco y Ricardo, dos hijos de la comadre… salimos con bastimento y todo para almorzar en el paraje después de la consulta.

Don Leandro Mata, era un terrateniente que tenía gran porción del Cerro de Oro, a unos kilómetros caminando hacia el Este de Apaneca sobre la carretera antigua a Sonsonate… Llegamos al desvío hacia la casa grande de la finca que estaba en lo más alto todo cubierto de café en su mayor parte; atrás de su casa se veían naranjales sin semilla que sin duda exportaba; en otro sector hacia el Noroeste, una gran montaña con árboles nativos de tempisques, escobos y aláises enredados con bejucos que permitían mecernos al estilo de Tarzán… La Comadre Concha nos mantuvo intrigados diciéndonos que al regreso íbamos a pasar y almorzar ahí, donde una vez cayó un avión nos dijo.

Por fin llegamos a la casa de Don Leandro Mata… Era una casa grande que sin duda tenía adentro todos los compartimientos de una persona acomodada; tenía alrededor muchos caidizos o corredores que le servían de bodega porque se veían costales, canastos, escaleras, monturas, aparejos, etc.; en el que quedaba inmediato a su consultorio habían grandes botellones de vidrio, encaramados en tarimas de madera, notándose en el contenido líquidos, raíces, tallos, hojas y flores que sin duda era el laboratorio y sus medicamentos… Contaba la gente que Don Leandro como adinerado que era, cuando joven estuvo estudiando en Alemania, Inglaterra y España y que tuvo que regresarse por esa enfermedad ingrata que le cayó que hasta la fecha lo tenía sentado en ese taburete.

Cuando nos tocó el turno pasamos… nos sentamos en una banca de madera que estaba a su lado… Luego que la comadre le explicara el motivo de la visita, a mí me indicó que me sentara en una banqueta enfrente de él… Yo estaba sorprendido porque Don Leandro se movía de piernas y brazos, y la boca se le iba de viaje para su derecha por cada sílaba que pronunciaba de una palabra… Me miró a los ojos fijamente y luego me dijo: “Te vas a curar sos un buen muchacho”… llamó al asistente y pidió de los botes de vidrio que llevábamos el más chiquito que era de esos que vienen con penicilina… Le indicó el contenido y se lo trajo de vuelta, lo tomó así temblorosito y agregó: “En una botella de agua limpia ponés seis gotitas de este botecito que te estoy dando y te la tomás por copitas en todo el día mientras estés despierto”. La consulta terminó y yo solo dije gracias… la comadre se quedó para la suya y me salí… Junto con los muchachos anduvimos mirujeando y aprovechando chupar naranjas reventadas que los empleados apartaban como de mala calidad.

Cuando la Comadre salió, compró naranjas sin semillas de las más grandotas y nos pusimos en camino… Solo pensábamos en el avión.

En un chasquido de dedos estábamos ahí… «Por aquí» decía la Comadre tomando la delantera dentro del cafetal… No tardamos mucho aunque era cuesta arriba… Yo quería ver el avión entero, pero no… solo había como un atril de cementerio en el que habían pegado una de las hélices de uno de los motores. Mientras nosotros tocábamos la hélice, la comadre hacia fuego y desataba el bastimento para calentar.

Cuando la comida estuvo lista y nos acomodamos todos en torno a ella, comenzó la historia: «Allá por junio de mil novecientos cuarenta y dos, pasaron por Apaneca varios aviones, quizá los andaban probando porque el Gobierno los iba a comprar y por supuesto en cada uno iba un piloto aprendiz de aquí y otro de Estados Unidos; como a lo mejor eran viejos de esos que ya estaban bien gastados en la famosa Guerra Mundial, los motores se calentaron y el avión se les incendio. La gente novedosa ya estaban viendo el cielo. Dicen que entre la nubosidad ya no vieron el avión sino una pelotona de fuego, que incluso en el momento se pensó que la pelota iba a caer en el pueblo; la gente también creyó que se iba a pasar llevando los cipreses del cerrito, que si no me equivoco se llamaba Texitz (De tex = caracol e  itz= sonido claro y agradable); pero no fue así, sino que fue a caer al Cerro de Oro que esta después y se escuchó el porrazo cuando cayó… Al día siguiente fueron colas de gentes para ver algo de la tragedia… Dicen que se incendiaron varias manzanas del bosque y que cerca de dónde cayó el avión hedía horrible, porque los pilotos se deshicieron y la carne humana «yede» más que la de burro… y dicen que los sacaron por pedacitos. Ricardo le preguntó a su mamá: ¿Porque no está todo el avión? ella le contestó: «Todo el que venía de curioso aquí se llevaba un pedacito de recuerdo». La historia terminó… apagamos el fuego… recogimos las cosas y emprendimos el regreso… No tan satisfechos, pero el día fue bonito.

Solo me queda contarles que cumplí con la receta de Don Leandro y con el tiempo, no solo se quitaron los dolores de la cara, sino que en el transcurso del tiempo se me fue cayendo todo lo que tenía malo, como cuando se mastica un maní, y lo que me quedó se fue fortaleciendo más y más. Esto es todo lo que puedo decir de Don Leandro Mata, de quien siempre estuve muy agradecido. Otros Apanecos tendrán su propia gratitud.

Si la memoria me ayuda, voy a apuntar lo que recuerdo de Mama Fina y que tiene que ver con el crecimiento de la población de nuestro querido pueblo. Por supuesto lo que les voy a contar data de hace muchos años cuando no existían clínicas ni hospitales y como hemos visto antes, una persona tomó la responsabilidad de la salud; tiempos en los que para llegar a Ahuachapán o a Sonsonate había que ocupar todo el día a pie, a caballo o en carretera; los caminos eran de tierra, angostos y fangosos por lo que un enfermo grave era imposible que llegara vivo a su destino.

Yo me acuerdo de Doña Chona Turcios, que iba a dar a luz un cipote, que a la hora de las horas no era uno, ni dos, sino tres que se abrazaban y querían salir juntos. En esa treta ninguna salía. La mamá Fina nada podía hacer… solo tocó y diagnosticó que eran tres o más dijo ella. Los vecinos en pie improvisaron la hamaca de costumbre: una chiva fuerte doblada en dos, amarrada entre sí y cruzada por una vara de madera que sostuviera el peso. Con Doña Chona en hombros de dos que se turnaban entre varios hombres que acompañaban, se pusieron en camino y claro iban también mujeres por cualquier cosa que los hombres no podían hacer.

La llevaban al Hospital General Francisco Menéndez de Ahuachapán, porque se decía que ahí podría haber un médico que la salvara. Iban por el camino viejo pues quedaba más cerca y directo… pero de nada sirvió. La juntada de la grulla de hombres, la hechura de la hamaca y tantas vueltas que a la altura de la Fania ya para empezar la guinda del camino, Doña Chona expiró… Lamentable tanto esfuerzo y a nadie se le ocurrió abrirle la panza a la difunta para rescatar a los bebés que a lo mejor estaban vivos, aunque de todos modos por ese tiempo la cesárea a lo mejor aquí no estaba permitida… Final nada feliz de la historia porque los hombres regresaron con ella para darle cristiana sepultura… Y esto sucedió muchas veces, no solo con los partos, sino con otras enfermedades que nuestros médicos caseros no pudieron curar.

Digamos que con esto de los partos no fue tanto porque para comenzar no es una enfermedad, sino solamente saber dar la atención adecuada para evitar complicaciones. Yo conocí a Mamá Fina, Serafina Melgar Calderón se llamaba ella, muy querida por la gente porque todos los que ahora somos viejos, respiramos por primera vez en sus manos. Ella estaba pendiente de todas las mamás panzonas, no digo las botijonas por comer bastante, sino todas aquellas por andar amando con pasión.

Nosotros nos acordamos muy bien de ella no por los partos, sino por los pastelitos rellenitos de carne que ciertos días de la semana pasaba vendiendo; lo de ayudar a traer niños al mundo era un hobby para ella pues no lo hacia todos los días. De algo perenne tenía que vivir, así se dedicaba a fabricar pan bueno con su hija Ana Sigüenza. Iba de casa en casa vendiendo enrollados, picudas, salpores, shashamas, viejitas, peperechas y los famosos pastelitos rellenos de leche que nos desgajaban la saliva… Yo la tengo presente en mi memoria… todos los cipotes salíamos corriendo espantados de emoción cuando asomaba por la esquina de la cuadra… gritando el puño de cipotes cada quién a su casa ¡Ay vienen los pastelitos!… ¡Ay viene Mamá Fina!… Los más chiquitos caían patas arriba chillando, pero comíamos pan.

Ella era de mediana estatura y delgadita, el color de su tez era blanca y su cabellera negra, un tanto liso y algo quebrado; sus ojos color cafés alegres que inspiraban confianza… Así la recuerdo, con su vestidito modesto que envolvía un caudal de virtudes que muchos carecemos como la humildad, la paciencia, la honestidad, la entereza y espíritu de servicio.

Los fines de semana mi papá me decía: «Anda donde Mamá Fina y decile que vas a encargarle los tamales de mañana… y con bastante tocino decile»… Y yo le contestaba ¿Cuántos pa? y él me agregaba: ¡A… si ella ya sabe, hombre! cuantos somos en la casa. Y esto se repetía con toda la gente del pueblo… Ella ya sabía cuántos porque llevaba el control de la natalidad.

Un real valían los normales y dos reales los grandotes… Eso sí… a nadie le vendía más de la cuenta… En un palo amarraba una hoja de guineo avisando que todavía había tamales para aquellos que no se les había vendido… La Mamá Fina era “cachera”, como dicen en mi pueblo, porque también vendía carne y chicharrones, también sopa de pata y de tripas de res, a veces shuco y otras comidas tradicionales dependiendo de la época… Todos los años siempre estaba ayudando a Mamá Chenta en la cofradía haciendo las comidas de las fiestas patronales.

No hay duda que del cielo sacaba tantas energías porque a cualquier hora del día o de la noche, al primer dolor que provocaba la cristiana que deseaba venir a divertirse a este pueblo, Mamá Fina ahí estaba, con sus agüitas de monte que solo ella conocía, alcohol, merthiolate y tijeras por si en esa casa no las habían comprado. Cuando ese momento llegaba, a nosotros los cipotes nos costaba entender lo que estaba sucediendo; habíamos visto a la mamá panzona, pero antes nos habían comentado, dándonos atol con el dedo, diciéndonos que dentro de poco iba a venir por aquí una cigüeña trayendo un niño colgado en el pico, pues en esa época a los cipotes nos daban carreta fácilmente. Lo que veíamos y oíamos es que los mayores se movían con cautela y platicaban en secreto; si era de día nos mandaban a jugar lejos, y si era de noche nos pasaban adormitados a un cuarto separado para que no nos diéramos cuenta de los hechos reales; aunque a los grandecitos ya no nos engañaban porque ya estábamos instruidos en la calle por los amigos con mayor experiencia.

Es bonito recordar todo lo que pasó anteriormente, más que todo de dónde venimos y lo que sucedió para llegar a dónde estamos, pues ahora nos asustamos cuando vemos que un niño recién nacido se le envuelve en un pañal que no sea el de moda. En tiempos de la Mamá Fina lo más común era cortar las nahuas de los vestidos viejos de la madre, o al más no haber, las mangas de los pantalones del padre, que aunque raspaban vean mis lectores cuanta población tenemos.

Después que el niño nacía, lo bañaba, le arreglaba su ombligo primorosamente y lo dejaba mamando hasta darle la primera probadita de aceite de comer. La mágica señora volvía cuantas veces fuera necesario para revisar el ombligo hasta que quedaba sanito, y cuidar a la madre con pañitos calientitos hasta verla fortalecida nuevamente.

Hay mucho que contar sobre el tema y dejo al libre albedrío a los curiosos o curiosas para que pregunten a sus mayores sobre el asunto. Yo les cuento que hace poco por un descuido quebré el botecito de vidrio donde guardaba mi tripita seca que mi mamá me regaló, ella misma conservaba el cordón umbilical del primogénito, los demás hijos vendrían enteros, sanos y con una buena estrella.

Como todos sabemos, el tiempo de servicio útil de una persona tiene su fin; Mamá Serafina envejeció y Dios se la llevó, pero debo también recordar a Doña Josefina Amaya, que heredo este gesto de caridad para las mujeres y que dicho sea de paso era su sobrina. A mí no me queda más que agradecerles en nombre de la ciudad de Apaneca y lanzo la idea a las autoridades competentes, de que debería haber en un lugarcito un monumento donde aparezcan por lo menos los nombres de estas personas, y otras de verdad abnegadas que dieron todo por el todo en nuestro pueblo.

LAZAU