Los chanchullos (Parte I)

Acabo de ayudar en la cocina a lavar los trastos, y me doy cuenta que hay variedad de ellos… digo, aparte de los que con seguridad son propiamente de la casa y que son de la misma marca y serie; quiero decir que los trastos a los que me refiero, han llegado del vecindario a mi casa con alguna comidita buena para agradarnos, a menudo con una sopita rica en un plato hondo, otras veces con un pollito encebollado en uno plano, a menudo no falta también un dulcito de fruta, principalmente de manzanilla… Pero lo que me ocupa es que los trastos no regresan inmediatamente, sino que se quedan en casa largo tiempo; lo mismo pasa con los nuestros que se van por todo el vecindario y allá después de largos meses aparecen por de nuevo. A esto yo no sé cómo decirle y solo se me ocurre llamarlo como “chanchullo”.

Don Chebo tiene una hija como de veintidós años, ella tiene un hijito de dos, que jode y jode, pero es muy inteligente; lo más bello del cipote es que baila reguetón y a su temprana edad lo hace perfecto porque lleva los compases y ritmos que se requiere, y como es moreno los ruidos horrendos del tambor le fascinan pues quizá por ahí la sangre se manifiesta.

El caso es que la hija de Don Chebo, que se llama Perla, estudia en la Universidad Nacional; esto implica grandes gastos que aunque su hermana le ayuda, a Don Chebo se le canosea más el pelo y se le quiebran las uñas cada fin de mes, porque hay que comprar de todo para la comida y los pagos por los servicios esenciales, como la luz, agua y todo lo demás. Pero el caso que me ocupa es que todos los días Don Chebo tiene que darle para el pasaje, comida en la universidad, para los papeles que le dan en clase, contribuciones y hasta gustitos además.

Cuando a Perla se le da un encargo lo hace bien, pero los vueltos nunca llegan. Ella es muy trabajadora porque en la casa barre, lava la ropa, es una buena decoradora y cocina muy bien… pero cuando Don Chebo deja colgado su pantalón por allí, le cuenta los dineritos que tiene en la bolsa, y cuando le toca pagar las tortillas o algún otro menjurje, el dinero está desajustado.

Cuando Don Chebo manda a Perla al banco, porque él ya no puede caminar bien y le duele la rabadilla, cuando regresa le da cuentas del dinero en sus manos, pero al final le dice: “Aquí faltan diez dólares”, porque tuvo la necesidad de comprarse algo en pago por el viaje y tal vez «ese algo» no vale la pena. A pesar de que Don Chebo se enoja y refunfuña, ella le dice: “Antes de ayer fui al banco y sin que vos me dijeras saqué treinta dólares, pero esos te los voy a pagar” al pasar ocho días saca otros treinta, al día siguiente le dice “Te voy a pagar quince dólares y ya te voy a deber poquito”…y ese poquito nunca llega.

Un día de estos entrevisté a Don Chebo y me contó todo, me dijo: “Eso no es nada señor, si a veces cuando estoy dormido, de una forma quedita, Perla me saca que cinco dólares, que dos, que cincuenta centavos, que veinticinco, y así… muchas veces no me doy ni cuenta…Ahora yo le pregunto a usted señor ¿Cómo se le puede llamar a esto? y yo le contesto: “Solo encuentro una palabra Don Chebo: Chanchullo”.

En el caso de Perla lo del chanchullo lo compensa con infinidad de cosas buenas que hace.

Complicado debe ser para Don Mario Poncio que tiene un bus, “La Baraja” se llama y le caben cuarenta y ocho pasajeros sentados y va de pueblo en pueblo; pero el caso que quiero contarles es que quien maneja es Don Chepe Santos, un señor que en su boca no entre mosca alguna; Juan Pirringa es el cobrador que cobra parejo a chiquitos y grandes. El bus siempre va y viene y va lleno; eso si tiene, que cuando uno se queda varado sin comer y sin cuartillo se le ablanda el corazón cuando uno le cuenta la verdad ¡Santas pascuas pue… canchules! le dice a uno, pero con cariño. A los viejitos y viejitas que considera que no son de caché, Pirringa no les cobra tampoco. Juan Pirringa era muy honrado y cuidadoso con La Baraja, nunca se quedaba sin gasolina ni aceite y la tenía muy limpita y hasta la mantenía olorosa; diariamente le exigía a don Chepe que le revisara el motor y las llantas antes de partir. Yo recuerdo que junto con él hacían la maniobra y golpeaban las llantas con un hierro.

De lo económico nadie sabe nada, solo daba vueltos y que usaba una bolsita muy usada y sucia; lo que sí sabemos es que vivía solo, y como dicen que las paredes oyen y que los resultados hablan, Juan pirringa no era cualquier barato… en la esquina de su cuarto en la cabecera de su cama había hecho un boquete como de medio metro de hondo y una boca del tamaño de un ladrillo, el que quitaba y ponía con disimulo… como en esa época los EE UU nos había prestado al país la moneda de a $0.10 a El Salvador, y como esa monedita era de plata pura, era bonito ahorrar pues aquí la teníamos como de 0.25 centavos… Juan Pirringa, iba ahorrando echando moneditas de plata en su alcancía clandestina… cuando aparecía por el barrio vendiendo su casita algún cristiano porque estaba en aprietos, Juan Pirringa estaba preparado para hacer de las suyas. Arrecho, decimos unos porque supo pensar como Don Mario Ponce, que lo felicitaba cada vez que su empleado progresaba; Don Chepe Santos también se alegraba y le decía ¡Ojalá que logres mucho más!… el tal Pirringa le decía ¡Gracias! “Usted debería hacer lo mismo para tener su propia casa” y … Don Chepe le contestaba “Si no tuviera esa recua de hijos que mantener, otra suerte me cantara, pero aun así me siento feliz con lo que Dios me regala todos los días, principalmente la salud y el bienestar de mi familia”.

La historia cuenta que Juan Pirringa repitió la misma hazaña; era contento amigo de todo el mundo; ayudaba a sus familiares principalmente a su madre; el único defecto es que no era responsable con las mujeres que conquistaba, por ende, dejó varios hijos abandonados; pero sí, antes que su fin le llegara fue dejando una casita a cada hijo que lo buscó como papá. Esta es una historia bonita, juzgue usted si no fue por causa de chanchuyos.

Estas no son costumbres solo de la ciudad, sino también del campo y de todas partes y en todo tiempo, porque yo me acuerdo que muchas veces le hice chanchullos a mi papá; los niños de meses de nacido, ya hacen chanchullos para que la mamá les dé su chiche o teta, no digamos cuando ya están grandecitos que se tiran al piso cuando quieren un juguete. Muchas veces el niño hace cualquier berrinche para evitar que el papá abrace a su mamá, porque se siente celoso y cree que le van a robar a su mamá; no digamos las personas mayores que han atesorado mucha riqueza piensan que lo van a perder todo, pues aquello que tienen lo han obtenido a base de chanchullos.

Yo conocí a Don Chico Serpas, hombre con mucho dinero que se la llevó de prestamista, pero no así fácilmente “de que te voy a prestar tanto y luego me lo venís a pagar”, sino que pedía las escrituras originales de la propiedad y un documento firmado que hiciera constar el compromiso del prestador; si éste no cumplía, ya tenía un abogado sinvergüenza que le hacía el trabajito de embargarle la propiedad y hasta con ribete porque había que pagarle al sinvergüenza; a estas alturas Don Chico, ya había conseguido testigos falsos por si el asunto se le complicaba.

Así trabajaba Don Chico Serpas; yo lo conocí, de estatura pequeña, gordito, pantalones ajustados detenido por un cincho bien usado, cubierto con su camisita manga larga que le inspiraba seguridad a sí mismo… su tez blanca, chapudito quizá por sus movimientos rápidos; su sombrero de palma nunca lo dejaba y su pelona nunca la vi porque ni estando dentro de su casa se lo quitaba. Eso sí, no daban ganas de pedirle un favor a Don Chico porque en todo caso iba a buscar su ganancia. Lo que me interesa decir de Don Chico, es que tenía finquitas chiquititas por todos lados, todas con café, guineos y uno que otro naranjo.

Para entonces mi familia se había trasladado al campo y cerca de algunas propiedades de Don Chico.

Don Chico, viajaba y pasaba por la casa de mis padres; en el patio había una mesita de madera debajo de un arbolito de limón que daba sombra al pequeño espacio, colocaba su alforja en un gancho y sacaba de ahí un tanate que sin duda él había preparado, unos aguacatitos de mico que había rellenado con un huevito duro y un pedacito de queso y le decía a mi madre: “Véndame dos tortillas calientes, un poquito de sal y un vaso de agua”, mi madre ni le cobraba las tortillas porque decía ella que le daba lástima el viejito.

Don Chico siempre decía que estaban malos los negocios, pero yo diría estaban malos los chanchullos, que por cierto son dañinos, porque se juega con la dignidad de nuestros semejantes. Y saben una cosa, Don Chico murió, según cuentan, de un tetuntazo que le dieron en la sien derecha cuando viajaba para Ahuachapán, sin duda por la misma razón. La gente dice que todo se paga en esta vida, quizá es cierto porque en este lamentable caso aparecieron muchos familiares lejanos que lograron su finquita todo por el milagro de “San Chanchullo”.

Para escribir sobre los chanchullos no alcanzarían las bodegas de papel de todo el mundo. Cada ser humano alguna vez hizo un chanchullo. Las que más oportunidad tienen de hacerlos son los políticos que, dicho sea de paso, es lamentable pues son los ejemplos a seguir de toda la sociedad; muchísimo más lamentable es porque le ponen salsita a la mentira.

Creo que es mejor que no siga porque en este campo es donde más chanchullos hay y hasta chanchullos públicos y por esto puedo conseguirme mi tetuntazo.

LAZAU

 

¿Quién será…?

La historia de un pueblo la hacen las personas que lo habitan, buenas o malas, sus acciones son necesarias para puntualizar fechas y lugares. Aquí en Apaneca allá por los años 40s conocí, así de “erreojos”, a un señor con muchos misterios, o no sé si llamarle sabiduría, porque a pesar de que vivía entre nosotros tenía su forma particular de vivir.

Él era un hombre alto como de 1.90 metros de altura; su tez era blanca, al parecer no “revuelto” como nosotros; su cabeza estaba pelona, solo con algunos pelos en forma de aparejo sobre las orejas; los brazos, con bellos blancos no muy abundantes y un tanto pecosos; los ojos, medio recuerdo, parece que eran color café; la cara era redonda y bien hecha, con poco pelo en la barba porque quizá se la quitaba. Vestía con unos pantalones grandotes, sostenidos por un cincho ancho y viejo para abrazar la enorme barrigota, pero que hacía juego con su altura; la camisa también era grande, lo suficiente para envolver tamaña caja, y con las mangas arrolladas hasta los codos para evitar el estorbo; los zapatos lo mismo, eran grandotes, aunque casi siempre usaba sandalias que quizá el mismo fabricaba.

Lo que más quiero destacar, es su forma de vivir y su conducta… Y no he dicho hasta aquí su nombre para que mis lectores traten de adivinar de quien se trata, pues muchos que disfrutaron de esos años lo conocieron.

Vivía en una casa diferente al resto del pueblo, por eso es que despertaba la atención y la curiosidad de todos; era pequeña, pero con todos sus compartimientos necesarios; todo eso invitaba a concluir que este señor venía de otra cultura. Las paredes exteriores estaban construidas de abobe y las de dentro eran de bahareque, todas sin repellar, invadidas por los “shicos” o abejorros que en aras de sobrevivir – pues éstos no pueden vivir en casas repelladas porque son muy duras y no son de tierra – habitaban todas las paredes. En la segunda planta, que daba hacia el patio con horcones de madera de puro guachipilín había hecho su cuarto dormitorio, en donde además guardaba la comida; tenía el piso de madera y el techo era de tejas sostenidas con varitas; siempre en ese mismo lado tenía la cocina y el comedor con todas las cosas que se necesitan, desde ollas, platos, tasas, sartenes y morteros para machucar los frijoles. Al otro lado, el que daba a la calle, había dejado un pequeño cuartito que le alquilaba a Don Camilo “Mosco”, éste también fue un hombre con costumbres especiales, pero para pervertir, porque en ese cuartito hacía las de “Juan Tenorio” y como toda la vida fue cantinero, también vendía licor y cigarros en tiempos en los que la cantina estaba cerrada. Que yo sepa a nadie más le alquiló ese espacio. En el resto de la casita, que sería la sala grande, la ocupaba para ejercer su oficio de barbero que, aunque muy pocos clientes tenia, ahí tenía su sillón todo viejo y ajustado cumpliendo con su función. Cuando algún papá llevaba a la fuerza a su hijo, porque era el barbero más barato del pueblo, debían estar allí para que no se lo fuera a dejar todo “chejaciado”, por supuesto por eso es que los grandes no llegábamos… porque nos daba miedo.

En el patio tenía sembrado de todo, desde hierba buena y culantro, hasta güisquiles que ocupaba en su dieta diaria; además cultivaba hortalizas y frutas que a veces vendía al vecindario, como limones, naranjos, jocotes, guayabas, duraznos y más. Allí en ese mismo patio debajo de un ranchito poseía una piedra de moler en dos horquetas de madera, además de un horno pequeño de lodo para coser el pan y una cocina, también de lodo, que la gente llamaba hornilla y que le servía para coser las tortillas, las sopas, te de naranja, el café, etc.

Hasta aquí no se si ya identificaron al personaje al que me refiero, pues bastantes pistas he dado; sin embargo, con lo que a continuación narraré, la curiosidad será saciada… Este señor nunca fue al campo a trabajar como todos, ni tampoco al pueblo para ganar un diezmo, y a la iglesia mucho menos; tampoco anduvo alquilando una casa ajena para vivir, ni le dio problemas a nadie con su forma de vivir. Vivió solo, sin mujer y sin hijos, y sin ningún otro familiar que sepamos; siempre evitó la fatiga, porque nunca se molestó en ir al campo a traer un tercio de leña, eso sí, todos los días recogía las astillas y pedacitos de palo que rodaban por las calles para hacer su fuego y cocinar.  En las calles por las que él pasaba no quedaba ni un solo olote. Siempre usó una gran cubeta que llenaba con cosas que recogía en la calle con un agarrador de brazas que había hecho de lata para no tocar las cosas directamente, porque él se cuidaba las manos de cualquier hediondez y contagio.

En esta época le enseñaban a uno en la casa, y en la escuela aún con mayor ahínco, que a los mayores había que respetarlos; pero en este caso que les voy a contar a los cipotes se les olvidó, y cuando este señor iba con sus instrumentos por ahí recogiendo su leña, le salían en “gruya” y le gritaban: ¡Don Daniel hermosa! Y él enojado, zapateando a veces les contestaba: ¡Aquí está tu hermosa hijos de la gran puta! llevándose la mano a la bragueta al mismo tiempo que gesticulaba… Entonces todos salían corriendo carcajeándose… porque habían enojado al pobre viejo. Algunos amigos míos y que son de mi edad, podrán contarles mejor de aquellos hechos o sucesos… Don Daniel seguía haciendo su tarea, pero al rato se topaba con otra gruya de cipotes que hacían lo mismo… esto generalmente sucedía cuando salíamos de la escuela… Don Daniel Hidalgo era único, porque a pesar de todo lo que le pasaba, regresaba a su casa a cocinar.

Decía el vecindario que muchas veces le regalaron el pozol que quedaba después de sacar la agüita del elote para hacer atol, él lo revolvía con guineo verde y se echaba unas tortillitas propias para su dieta; éste es un ejemplo de cómo se las ingeniaba el señor. Dicen también que los güisquiles los hacia picaditos, los cocía y revueltos con azúcar hacia su propio manjar. También cocía sus frijoles dicen, los machucaba en una especie de mortero, los revolvía con dulce de panela y ahí estaba otro platillo original.

Don Daniel, que nadie sabe de dónde vino, vivió allí en su casita modesta, pero con plante, aunque cargada de “shicos” que lo cuidaban porque nadie podía acercarse a la puerta sin precaución; estaba ubicada en la 2ª Av. Sur, entre la calle Francisco Menéndez y la 2ª calle Oriente, exactamente donde hoy está una casa que pertenece a Doña Juanita Girón de Arévalo.  Contiguo a él vivía una señora que se llamaba Tina Luna y que muchas cosas que aquí se dicen, por allí salieron, pues yo estaba chiquito y con mi mamá llegaba a su casa y mientras jugaba paraba la oreja, con algo de miedito eso sí, porque se decía que Don Daniel Hidalgo a los niños llorones se los comía asados; por eso mismo también los cipotes no se quitaban el pelo ahí, a no ser que los acompañara una persona mayor. Yo recuerdo muy bien la puerta de la barbería cuando pasaba, porque yo vivía cerca, ésta era de dos hojas cortadas en forma horizontal, por lo que bien se podía ver desde la calle por la hoja de arriba, que estaba abierta, que el cliente quizá no estaba a gusto.

Don Daniel Hidalgo, que tenía unos sesenta años cuando yo lo conocí y sumó muchos más con el tiempo, así como llegó también desapareció; nadie sabe qué se hizo. Tal vez Camilo “Mosco” que allí vivió podría agregar algo a esta historia; aunque la historia de éste también sale en otro escrito relativo a las cantinas.

Lo que yo puedo agregar después de tantos años es que, al comenzar las guerras mundiales en Europa todo fue un desparpajo de gente; durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, muchos alemanes se lucraron robando joyas y dinero a los judíos antes de llevarlos al matadero o a los campos de concentración, con la promesa de que los iban a liberar, pero no les cumplieron. Al final, estos criminales huyeron hacia América donde se escondieron; me atrevo a decir algo más, aunque no sé si cometa pecado al meter a Don Daniel el barbero en esta suposición: Apaneca, que antes era un lugar escondidito, bien pudo albergar y proteger a algún forastero en aquellas circunstancias… Vamos a seguir esperando a alguien que sepa más, para que nos lo cuente.

LAZAU

El reloj y demás…

Hace más de medio siglo le preguntaba yo a mi papá que cómo habían hecho el reloj y él me contestaba: “Ahora estoy trabajando, esperate que tenga tiempo”. A los días volvía a preguntarle “Papá dígame por favor ¿Quién hizo el reloj grandote que está en la Alcaldía?” Yo recuerdo que mi inquietud era enorme y era porque una vez que habían dejado la puertecita de la torre antigua abierta, ahí donde originalmente estuvo el reloj, me asomé…entré… y vi para arriba; vi en la inmensidad una campana y un voladal de hierro que se movían solos, y vi unas cuerdas metálicas que se estiraban y se encogían.  De ahí mi inquietud de que mi padre no pudiera contestarme, él siempre estaba ocupado en su oficio y no podía sentarse conmigo a conversar… Tendría yo unos ocho años.

Un día de tantos, después de preguntar me dijo: “Vaya pues, te voy a contar”, entonces nos acomodamos por ahí… Quizá él ya había pensado cómo contestar a mi pregunta necia y que tanto trabajo le costaba, que cuando la tuvo lista la soltó… “Fijate que una vez llegó al pueblo un hombre desconocido que a saber qué había hecho de malo porque andaba mal vestido y mal encarado. La noticia del forastero creció cada vez más en el pueblo; la gente al sospechar de él hizo la bulla y las chismosas que no faltan contagiaron a las autoridades y lo empezaron a perseguir… Como el mentado hombre era astuto se fue huyendo, pero allá por Los Tablones, ya llegando a Ataco, le dieron alcance y lo capturaron, lo trajeron a Apaneca y lo echaron preso en una cárcel hedionda que estaba contiguo a esa torre que te tiene intrigado… y pasaron los días… y el pobre hombre seguía ahí solo con su gran imaginación. Empezó sin duda a pensar cómo hacer para escaparse y… como las autoridades empezaron a sospechar… le dijeron: “Mirá, cada hora que pase, vas a venir aquí y le vas a dar con este mazo de hierro a esta Campana” el hombre aceptó y como la cárcel también servía como bodega, ahí había láminas, pedazos de hierro y alambres, hasta algunos hilos de acero había… pero también había herramientas como tenazas, martillo, entre otras cosas.

El hombre ni ‘cuto’ ni perezoso empezó su tarea… Cada hora iba a dar el campanazo, pero al mismo tiempo cortaba lamina y alambre… Solo él sabía cómo enrolló las láminas y cómo las amarró con hilos de alambre al mismo tiempo que ajustaba el aparato, e hizo que a cada hora el badajo de plomo golpeara la campana… Así, al mismo tiempo que armaba el aparato, también hacía un hoyo en la pared trasera…Cuando lo hubo armado totalmente y había funcionado unas 12 horas, el hombre saltó de la cárcel por el lado del poste y se fue”.

El poste era un espacio que había atrás del edificio de la alcaldía y las cárceles, en donde se encerraba a los semovientes que andaban sueltos y ambulantes en el pueblo haciéndole daño a los sembradíos de la gente. Todo esto que cuento según mi papá, tuvo como escenario el espacio que hoy ocupa la Escuela General Francisco Menéndez y el Kinder.

Las autoridades oían los campanazos y decían: ¡Ahí está el preso! Pero a la mañana siguiente la campana dejo de sonar… entonces dijeron ¡Quizá el hombre se murió! y corrieron a abrir la cárcel… ahí lo único que encontraron fue el enredijo metálico, la campana y la hediondez… ¡Se había inventado el primer reloj!” me dijo mi papá … y yo como estaba chiquito creí que el reloj que estaba allí en la torre y que yo había visto antes era el mismo. Así es como terminó mi fregadera ¡Qué gran mentirota la que me conto mi papá! pero yo me quede contento.

A quienes quiero señalar sin disculpas es a los alcaldes, que por querer sobresalir o para que la gente diga que algo hizo, destruyen todo lo que los anteriores a ellos hicieron, sin dejar rastros para la historia, sin darse cuenta también que un pueblo necesita de testigos mudos de su propia existencia.

Ahí donde hoy en día está el parque, al este o al poniente donde ahora está la escuela y el kínder, antiguamente estuvo la alcaldía con todos sus menesteres; la torre, que fue mi inquietud, las cárceles y el poste estaban atrás.

La alcaldía era una casa grande de paredes gruesas hechas de adobe como muchas del pueblo, con sus compartimientos para el archivo municipal, el recibidor del alcalde y la sala grande para atención al público. Pero lo que no se borra de mi memoria es el portalito que servía para todo; ahí se ponía la marimba o la banda para los conciertos mientras la gente circulaba por el parque; ahí se hacían los velatorios cuando algún cristiano se moría y no tenía donde; ahí se leían las ordenanzas municipales a grandes gritos cuando había mucha gente reunida en el parque; por último, era una sala de espera, baile y hospedaje para personas que viajaban en romería y les cogía la noche ahí.

A continuación, estaba la gran torre del reloj incrustado en la casona y se salía un gran pocote hasta casi cerca del parque; la base era cuadradota como de diez a doce metros de lado, equivalente a 144 metros cuadrados ¡Era enorme!, la siguiente era más pequeña, y así sucesivamente hasta llegar a la última, una pieza como cúpula que quizá tendría unos tres metros de lado, con pequeñas ventanitas alrededor para respirar. De lejos la torre se veía como un montón de sombreros cuadrados superpuestos como las torres chinas. La torre de la que hablo, toda estaba construida de lámina fuerte, tenía estampada cada pieza en las orillas de tal manera que una encajaba con la otra. La armazón era de madera fina, lo que permitía que las golondrinas anidaran cuando era tarde y estaba a punto de caer la noche; era una belleza ver y oír el ruido que todas hacían volando antes ir a dormir.

La carátula del reloj lucía imponente con sus números romanos frente al parque. Lo más impresionante es recordar que casi nadie tenía reloj en el pueblo, por lo que todos hacíamos silencio al primer bolillazo… era contarlos y saber la hora… ya estábamos acostumbrados a eso y después nos hizo falta.

Siguiendo con mi relato, a continuación del reloj estaba la cárcel de hombres y mujeres; la de los hombres era horrorosa, un solo salón y un escusado con una hediondez insoportable. Las paredes negras con mil recuerdos y unas pinturas obscenas, desde tecolotes, muertes y diablos hasta siluetas de hombres y mujeres en un mal estado; tenía una puerta también con cuartones de madera dura entrecruzada que no permitía entrar la luz ni mucho menor el aire. Creo que el preso que por allí pasaba salía arrepentido y reformado. La cárcel para las mujeres, era de baritas de madera que más parecía una jaula para pajaritos y solo se usaban para un rato, como quien dice solo para asustarlas, y más que todo cuando había pleitos entre mujeres. Yo nunca vi a una mujer formalmente presa, pero sé, que en esas sí entraba la luz; quizá la habían hecho para prever la gravedad de los pleitos a cantarasos que las mujeres armaban casi a diario.

Algo muy importante y notable en esa época fue el poste, que consistía en un predio baldío o con zacate natural y unos cuantos arbolitos de chilamate, con su ramaje redondito en forma de tortilla servía para defender a los animales del sol. Éste no era más que la cárcel del ganado que quedaba atrás de la alcaldía sobre la 3ª Av. donde hoy día está el kínder. Para entonces, la calle Francisco Menéndez continuaba después del parque hacia el poniente. Cualquier vaca de don fulano que se salía de su potrero y perjudicaba las pertenencias de don zutano, iba a parar al poste. He allí la importancia, porque esos centavitos de las multas iban directamente a parar a la bolsita del Alcalde… En esos tiempos había mucho ganado y no tanto vehículo con motor, por lo que los caballos y los bueyes era el mejor transporte de tiro y de carga. La gente tenía también sus vaquitas en casa para obtener su leche y burros para acarrear la leña y de más.

El último Alcalde que estuvo en ese edificio antiguo fue Don Guillermo Salas, pero también él fue el primero en estrenar la nueva alcaldía.

Cuando destruyeron la torre, toda la gente fue a traer su lata; mi papá también fue a traer la suya, la que yo conservo un pedacito aún. La maquinaria del reloj antiguo la trasladaron a la alcaldía nueva, ahí la pusieron en la torre, pero no volvió a funcionar.

LAZAU

Los recuerdos de una vida

Para que no queden olvidados algunos hechos históricos que vivimos los apanecos y que nos hicieron crecer culturalmente, si es que se le puede llamar “crecer” hasta donde estamos ahora; porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me acuerdo de algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo lo haría con gusto, pues fueron bonitas experiencias en lugares que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a la meseta de Apanehecath, una de las primeras preocupaciones fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así, porque parece ser que ahí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba; los lugareños ya tenían conocimiento que en Sonsonate, Acajutla e Izalco, los españoles se habían establecido por la fuerza, y que a lo mejor lo más sabio era esperarlos y de alguna manera entenderse, para no chocar contra “esa raza” y salir perdiendo.

Según me contaron mis abuelas, a la zona de Apanehecath llegaron fuertes y con ganas de matar, pero enseguida notaron que comunicarse y entenderse era posible, pues la organización social se los permitía; ellas me dijeron que ya había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron. Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos de que aquí encontraron un clima agradable para vivir, mejor o igual que el de su lugar de origen. Empezaron diseñando una ciudad de calles amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén en su forma original, merecen ser recordados.

Las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse, para tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos y aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos bien claros metidos entre ceja y ceja. Ellos organizaron y construyeron, y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad que para bien o para mal somos nosotros ahora; porque eso sí, característica loable de los españoles fue que los que llegaron solos no tuvieron reparo en formar familia con las nativas, y no precisamente para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto, no soportó la influencia de los europeos recién llegados. Mis abuelitas me contaban durante largas horas sobre cómo fueron introduciendo poco a poco su cultura. Al parecer, algunos señores traían desde Guatemala maestros que enseñaban varias cosas a todos los de la casa; el que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… Un maestro, pasaba por varias casas y con el tiempo se iba; a los meses, aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que le eran útiles a la gente; luego aparecía otro que enseñaba oficios como la carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería, y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura, no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra; además, nuestros nativos, como los llamaban ya en esa época, ya conocían ese oficio, solo hubo que aumentarla y perfeccionarla. En cuanto a la ganadería, eso sí fue de lo mejor que nos trajeron, porque nos dieron a probar la leche y el quesito; nos trajeron también los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante que introdujeron, porque nuestra raza no conocía el uso de la rueda, las cosas en aquella época se transportaban en el “lomo”. Todo esto contribuyó grandemente a enriquecer la cultura de la zona.

Las tierras para el cultivo, las más cercanas fueron para los señores, seguido por los ejidos y tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según si la cosecha estuvo buena o mala, aunque con eso de la movilidad social y económica, y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra, y por ende la estructura social, fue cambiando hacia la equidad, en donde todos tenían donde vivir y de qué vivir.

Como dije antes, los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza: la mestiza. De lo que no hay indicios en Apaneca es que haya habido esclavos, solamente hubo sirvientes, pero estos eran libres, algo que facilitó la convivencia social; pero como decía mi Abuelita, fue “con mucho conformismo”, a lo mejor porque “todo anduvo bien”; sin embargo, si analizamos y comparamos en la actualidad, los hechos nos dicen otra cosa.

Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos de una época anterior a la mía que valen la pena recordar y que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto en esos tiempos había reglas claras de conducta. En esa época, un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando… y mucho menos meterse en la plática…  ¡Ay mamá si esto sucedía! al irse la visita le tocaba “riata”, plantón con las manos arriba, o hincado en arena o maicillo… Mucho peor era desobedecer o contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… Todos los castigos eran duros, pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. En los años que yo crecí, allá por los cuarentas, todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo, algo había, pues también la niñez poco a poco iba cambiando sus cánones de vida, y en esto la escuela y la religión tuvieron mucho que ver.

LA ESCUELA Y LA RELIGIÓN

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo XX, allá por el mil novecientos… En esa época solo había un grado, un maestro y una casa improvisada – más bien era una ramada – en el predio frente al costado oriente del parque, donde también se amarraban a las bestias de las personas que venían de lejos a hacer algún cumplido al pueblo… ahí merito donde hoy es el Mercado Municipal.

En ese entonces los niños no pasaban de grado, sino que aquellos que aprendían a leer y escribir pronto, ayudaban al maestro con otros que no podían o que se cansaban; en aquellos tiempos también, los alumnos que se consideraban preparados ya no llegaban, de hecho, los alumnos eran poquitos y un tanto “grandecitos”.

Mi abuelo paterno que fue policía municipal toda la vida, me contaba muchas cosas importantes, tal es el caso de sus atribuciones laborales, que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque; también acarrear a “bolos” que caían por allí en la calle para meterlos en la cárcel; también acarreaba a los cipotes que no querían ir a la escuela y que vagaban por el pueblo.

Ño Irene se llamaba el policía, que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga de toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: Un día se topó con uno de esos cipotes traviesos, y que de paso era su sobrino; a éste su mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene al verlo pensó que andaba de vago y que no quería ir a la escuela… entonces lo tomo del brazo, pero el niño se le forcejeo y se soltó… y salió corriendo; el policía entonces fue detrás queriendo alcanzarlo con la “verga de toro”, pero el cipote logró entrar a su casa… entonces uno de los vergazos que había lanzado cayó en el quicio de la puerta… y va y su prima hermana que sale reclamándole “A mi hijo no te lo llevás Irene, ya bien sabés que de escribido y de leido no se come, así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando, pues eso le había ocurrido cientos de veces, ese no había sido el único caso, porque él mismo no sabía leer, pero sí sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público que se pone en marcha, hay oposición de algún sector… con la escuelita la hubo, y fueron en este caso, las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias, pues ahí donde era una especie de terminal de caballos iban a construirla; hasta venta de guatera había, para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado… Pero esta oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del General Francisco Menéndez; en ese momento, se construyeron cuatro salones grandes de paredes anchas de adobe y con corredores prolongados a ambos lados… Bellísimo se veía el portal que quedaba frente al parque, pues lo construyeron con pilares rollizos y adornados; el otro portal que quedaba al interior fue utilizado para usos múltiples y para el tiempo de recreo de los alumnos. Ahora sí era una escuela formal con tres salones para los tres grados y sus tres maestros; el cuarto salón servía para la dirección…. Esto significó que la educación ya había avanzado, aunque la rigidez siempre existió, pues la dureza de los maestros compaginaba con la dureza de los papás en las casas… Les voy a contar qué sucedió una vez en la vecindad de los apanecos.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir, con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos, como a cuatro kilómetros en la cercanía de El Rosario; allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudándole en la tapisca del grano del maíz. Don Evaristo tenía un hijo, al que esperaba todos los medios días a que saliera de la escuela para que llevara el almuerzo a los trabajadores de El Rosario… Cuando llegó el hijo, que se llamaba Manuel, le dijo: “Hijo, ensillá la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres”, “Bueno Pa” contesto. El muchacho trajo la yegua, la ensilló y se montó en ella llevando el almuerzo consigo; la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino, pero al llegar al pueblo en vez de agarrar para El Rosario, fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una “pacha” con tesón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la aldea con el almuerzo de vuelta y le dijo a su papá: “Fíjese que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo” … “¡Hay hijo que jodida!” dijo Don Evaristo … Y caminando hacia dentro de la casa, agrego: “Ya vas a ver hijo mío que la yegüita sí va querer hacer el mandado…”  Al volver Don Evaristo, venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con un nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRRAASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores de El Rosario. Queda para discusión si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua. Esas eran otras formas de educar a la juventud en aquellos tiempos.

En cuanto a la religión, la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que no hubo cura que pasara por aquí, que no enseñara a grupos de personas a leer y escribir a la par del evangelio; además, enseñaban música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y con las mismas virtudes indígenas. Él siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada, ni siquiera radios, y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal era envidiable; en ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: El Angelus.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (Pinn, pinn, pinn… etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido, el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (Pann, pann, pann…etc.) y a continuación venía el repique… en ese instante toda la gente caía hincada dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El ángel del Señor anunció a María

y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

Amén.

A medida que fuimos más los habitantes del pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí, en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el Ángelus lo hacía de pie o caminando y en silencio… mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como regañándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos”. A buen entendedor pocas palabras.

En las casas, las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar donde eran siete mujeres que, dicho sea de paso, eran mis coabuelitas, por eso algunas veces estuve ahí. Ese día estaban reunidas por un motivo familiar, los hombres no estaban. Estaban en su tertulia “para que les bajara la comida” como ellas decían, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia, todas cayeron hincadas en el tabique para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús las buenas cosas que habían disfrutado, y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado de gente. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole “Buenos días le de Dios”; tan solo unos pocos años después, se decía solo “Buenos días”; y ahora hemos llegado ya a solo decir “Buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

LAS CASAS

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, con los rasgos materiales pasa lo mismo, por ejemplo, las calles y las casas que son la cara de un pueblo. Voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto por la imaginación, con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de aquellos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII, pues yo conocí los vestigios; se notaba que eran opulentas y que, si ahora ya no están, es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Av. y al costado sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez, que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya nunca volvieron…Algún comentario me hicieron mis abuelos, dijeron que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real que lleva al Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra casa grande que todavía se podía ver los muros, vigas, tejas caídas, las puertas y ventanas viejas, podridas, todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que los que vivieron ahí fueron de apellido Quezada. Dicen que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y, por ende, su posición social; mi abuelita me contaba que el señor que vivió allí, le interesaba mucho cuidar la apariencia y que el caballo que montaba para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tiene sus ironías, a mi abuela y a mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la 1ª Avenida Norte – que al día de hoy ya no está – o sea al tope donde comienza el “camino chiquito”. Él nunca me contesto, pero mi abuela un tanto esquiva me dijo “Ahí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad porque uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la ganó; por eso Antonio se hace el sordo… por eso ya no le preguntés… porque él y todos los Saz ahí nacieron y le da mucho sentimiento al recordar…Más tarde cuando se cumplieron los plazos para pagar la deuda, le embargaron la casa y tuvieron que irse de ahí… En ese entonces – agregó – el candidato pagaba los gastos de su campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la 2ª Av. Sur y final de la 5ª Calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta, fue una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madera, unas polainas de montar y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo estaba viejo, propio para un museo y lleno de polvo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la Mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que a día de hoy sigue ahí y que, dicho sea de paso, el Gobierno Municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo, conservarlo y convertirlo en parque para los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, y como a este señor le gustaba el trago y la fiesta traía amigos y amigas, y para amenizar mandaba a traer una marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; por ejemplo los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos mezclada con la de nuestros aborígenes, la genética y la movilidad social, hicieron su trabajo, y no muy tarde, los habíamos de todos los colores.

Como ya expliqué en otros apuntes, a cada cacicazgo, del mismo modo que los obligaron a no usar caites y otros arraigos, también los obligaron a quitarse su nombre original para llevar uno de origen español, el que aparecía indicado en el almanaque el día de su nacimiento, siempre en memoria de algún Santo como era la costumbre en la religión cristiana, de ese trabajo se encargaban los misioneros de la época… Por ejemplo, una mujer que se llamaba Flor de Loto, se llamaría Juana, porque había nacido el día de San Juan; luego se le ponía el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque llevan y me traen a donde quiero ir y venir”; igual pienso, que las calles de los pueblos son importantes porque permiten caminar y movernos a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver las casas y las calles como antes, pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de conservar tan siquiera un pedacito que muestre la parte de la historia y del momento aquel que vivimos.

LAS CALLES

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas y en el centro había un canal donde corrían las aguas lluvias porque en esos tiempos no había alcantarillas… las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos. Yo añoro esa época porque cuando salíamos de la escuela, alistábamos los cuchillos “deserbadores” – o deshierbados pues – que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos al deshierbar… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no, porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar. Entre más empedrados enmontados había, más contentos nos poníamos los cipotes.

Yéndonos a otros beneficios de esta actividad, considero yo, que aparte de la ganancia en dinero que obteníamos, también desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de las herramientas, la voluntad y el buen gusto, algo que no debía faltar en la presentación de un trabajo, pues al finalizar había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el “topón” o por el dueño que nos estaba pagando…

Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y en el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejarán mentir en este relato, como Paco y Gerardo Márquez, o Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

LA MONEDA

Algunos se preguntarán qué tan viejos son los apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto, pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas; como es el caso de la moneda de aquella época que, así como hoy que nos cambiaron el uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos nos esta costado mucho sacrificio; también a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente a usar el colón, cuando ya ellos estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia.

Nosotros conocimos a nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y otros menjurjes, comían diez personas de una misma familia… Cuatro reales eran 0.50 ctvs. de colón y ahora serian 0.057 ctvs. de dólar, pero redondeando se hacen 0.06 ctvs. En esa época mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes, dinero que equivalía a 0.25 ctvs. de colón, que ahora serian 0.0286 ctvs. de dólar, cantidad que si la redondeamos resultaríamos 0.03 ctvs. de dólar. Entonces un real, valía 0.125 ctvs. de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 ctvs. de colón, es decir, al revés de como hoy en día se redondea; en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas a 0.06 ctvs. de colón o un cuartillo de caramelos a solo 0.03 ctvs., a esta última moneda le decíamos “cuis”, me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas; al igual que como hoy llamamos “cora” a la moneda de 0.25 ctvs. de dólar. Había otras monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio y que pertenecían a la época de la dominación española; como éstas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me contó un día, que cuando él estaba chiquito no había monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… así, cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… Yo conocí una de esas monedas ya bien gastada por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; las había de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”.

BOLAS DE LUZ

En aquella época remota no había bancos donde depositar el dinero como hoy; la gente para guardar sus ahorros recurría a cualquier subterfugio que podía imaginar; algunos metían el “pisto” protegido por una bolsita hecha de costal entre mazorcas de maíz; otros haciendo un hoyo en la pared y simulaban el tapón con una piedra; algunos también enterraban una botija de barro en algún lugar de sus patios… y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en los que la inocencia tenía un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas, que hasta cierto punto tenían razón de ser. Decían que cuando alguien escarbaba en una casa vieja o se botaban paredes, tenía mucho cuidado porque se podía encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que, en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente todos estaban dormidos, salió una luz en el patio; se conocía que si la luz que aparecía era roja era porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … El señor dueño de la casa se puso en vigía… Todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frío y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo y se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que ésta agarró la esquina de la cobija que llevaba encima; cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó un grito de terror y no pudo hablar más, ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron ahí, lo limpiaron, y lo medicaron con ruda y alcohol… Le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó… Poco a poco fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1, 2, 5, 10, 25, 50 y 100 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03 ctvs.; de níquel eran las de a 0.05 y 0.10 ctvs.; las de a 0.25, que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 ctvs. de los Estados Unidos, sin duda prestadas o compradas por el Gobierno de la época cuando el dólar equivalía 2.50 de colón, éstas despertaron gran interés en la gente por ahorrarlas porque en aquel entonces eran de plata y la gente se entusiasmaba por llenar poco a poco su tunquito de barro.  No faltó el vulgo que les llamó “pesetas” o “chimbimbas”. Éstas eran escogidas por los padrinos de los novios en una boda pues tenían que dar las “jarras”, o monedas suertudas, para que la riqueza prevalezca en las labores de la nueva pareja… Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargaría a la familia.

LOS BANDOS MUNICIPALES

No quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito de cuando por estos lados no existían otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las Leyes y Decretos Municipales que, aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión la pongo en la forma cómo los munícipes le hacían llegar a la gente los edictos y ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que ya desapareció y solo está en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la Alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando en el pueblo, aventaban las herramientas y se iban a encontrarlo… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla, también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Junto al tambor que hacía el llamado, iba también el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho sea de paso era mi padrino (que me disculpen por meter a mi familia), el policía municipal y mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos otros munícipes; como principal, iba también el alcalde Don Víctor Tobar. Al llegar a la primera esquina formada entre la 4ª Calle Poniente y la 1ª Av. Sur, se aglutinaba el montón de gente para escuchar. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa eran Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas, esta última, solo levantaba la cortina de la ventana.

Cuando el secretario buscaba la mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venía un silencio profundo, y Lacho Solano y la policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal, etc, etc… Acuerda, etc., etc., etc.” y comenzaba cada quien a retenerlo todo, cada uno retenía lo que le correspondía. Algún edicto que yo recuerdo es que debía mantener a mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… O el que, por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… O aquel que, porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás a hervir el agua para tomar… También uno que, como iba a haber una visita del Señor Gobernador Departamental, había que deshierbar y limpias las calles… U otro que recordaba a los del pueblo que ya era tiempo de que pagaran los impuestos municipales, porque el dinero que había ya no alcanzaba para terminar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída… que fue a las tantas horas del día tal…” y salía de nuevo la comitiva para la otra esquina al compás del pon-pon-ponte, pon-pon-ponte de Lacho y su tambor. En la esquina que estaba formada por la 4ª Calle Oriente y Av. 15 de abril Sur, la gente escuchaba desde el quicio de la puerta… bueno, solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar, porque las otras casas estaban sordas y mudas, o sea que siempre estaban deshabitadas. Al terminar aquí el “bando” arrancaba de nuevo y cada vez se hacía más gente alrededor…

Yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Av. 15 de abril Norte y la 3ª calle Oriente, desde donde el señor secretario se colocaba en la acera más alta, la que era, o es todavía, de Don Rodolfo Artero… y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la esquina opuesta solo había un tapial, el de la casa de Don Alejandro Artero; en la otra esquina, Don Román Villafuerte escuchaba desde su casa; y la opuesta a la de Don Román, estaba la casa de Don Rafael Puente Luna.

Terminada la lectura, el “bando” salía sobre la 3ª Calle para llegar a la 1ª Av. Norte, en esa esquina donde antes había un molino y que fue manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura. En la esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio (a quien cariñosamente le decían “Pachuco”) y en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la comitiva municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la Alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios… Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores, y si los digo es porque es la única fuente que conozco; no pretendo exaltar la figura de nadie, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU

EN UNA NOCHE DE JUEGO

Que mi padre me contó:

Esta historia no es para que te asustés, ni para que ya no hagas los mandados en tu casa. Esto sucedió por ahí en los años veinte, sobre la segunda avenida, de cruz a cruz por donde pasa el santo entierro, específicamente el Barrio San Pedro. En ese entonces ni nomenclatura había, los ranchos estaban relanceados, entre los lotes baldíos hasta se podían comunicar por vereditas con el rancho del vecino. Era raro que en cada predio no hubiera un palo de guayabo, naranja ácida, jocote moche, y una mata de güisquil; todos los “merendujes” que se le echan a la comida también se cosechaban ¡Qué tiempos los de esa época!… todo era natural hasta los servicios sanitarios. Para esa época hasta los coyotes bajaban hasta aquí y… ¡míreme la seña! cuando esto sucedía todos a dormir con las puertas bien trancadas.

Ahí merito donde queda la segunda avenida sur y la sexta calle, como quien va para el cementerio había un enorme jocotón – Ahora vive ahí una familia García – por supuesto en ese entonces no había nada de casas y solo él dominaba el espacio y en su entorno por debajo era una jugadera de chipotes. Ladrón librado era el juego predilecto y una grulla de 15 o 20 no faltaban… se formaban dos bandos, unos policías y otros ladrones, jugando en la oscurana de la noche, las horas pasaban.

Contaba mi papá que una vez llegaron todos y hasta más de la cuenta… jugaron y jugaron, cuando alguien gritó… ¡vean muchachos aquí hay jocotes chancomidos y fresquitos! ¡algún animal raro hay arriba!… ¡Busquemos¡ dijeron todos… y al voltear a ver hacia arriba había un bulto negro “encojoyado” y encogido como no queriendo hacer ruido… de pronto todos lo empezaron a cucar… le tiraron piedras y garrotes; era una mica negra, tan negra como la noche que la parió… la loca se había hecho y quizá pensaba sacar huyendo a los muchachos para que se fueran a dormir a su casita… ¡es una mica jocotera! dijo  Chepe Barahona ¡tiene tamañas patas! dijo Toño Arévalo “Chaflán”… ¡los ojos se le ven colorados! Le dijo Vertín Valladares a mi papá. El Memo Vides que casi no lo dejaban salir porque estaba muy chiquito, ese día estaba ahí, y Chemita Mendoza le advertía… ¡No tengás miedo Choco! ¡Estate ahí! pues estaba temblando metido entre dos piedras grandes que permanecían en la esquina.

Por fin de tantos tetuntazos la mentada mica que saltaba de rama en rama, intentó casi volar a los árboles cercanos, pero no pudo. Los que cargaban “onda” se acababan las piedras. La pobre animala afligida no se podía bajar, y entre más corría el tiempo, más  chillaba. Con todo esto el juego de ladrón librado había terminado y en un descuido ya sin piedras y sin palos, la mica se cayó entre medio de todos e hizo el desparpajo… ¡So mica puta! dijo Vertín, ¡vamos todos tras ella! dijeron todos, y las salieron corriendo como abejas calzoneras y después de tanto correr con la ayuda de la luna, la mica se metió debajo de la puerta ¡rum!… cayeron todos de romplón para ver qué se había hecho. Al ver por debajo y por todas las hendiduras de la puerta se asustaron, porque no esperaban ver lo que vieron: en una mesita pequeña había un vasito chiquito con una veladora que alumbraba, un florerito también pequeño arreglado con hojitas de ruda y variedad de florecitas; pero lo más impresionante fue que frente a esta mesita había una silla que sostenía las ropas al revés y boca abajo, que sin duda eran de la niña Toya Almeida, dueña de la casa, que cuando quería se hacía mica para molestar al barrio.

Cuando los muchachos contaron esto en sus casas los papas también se asustaron y prohibieron a sus hijos ir ahí. Pero como de jugar se trataba siempre asistieron a la cita.

La mica jamás volvió a salir por esos lados.

LAZAU

Publicada: 22/12/2016

Quería un mundo mejor…

andres-torres-sanchez

 

 

 

 

 

 

Mi primera satisfacción fue…

y lo digo con propiedad… porque aprendió a leer.

 

Se llamaba… porque… ya murió.

Murió en la lucha… siendo el primero

para enseñarle al pueblo la única salida:

¡Morir! y ¡Como morir!

 

Era un tal Andrés,

hijo de la Eva Torres

a quien respeto… al igual que a él, su hijo…

porque los dos murieron ya…

la primera, por la sobrevivencia en los cafetales…

y él porque no había otra salida.

 

Murió aquí en Santa Tecla,

el 11 de octubre de 1979.

Nadie se hizo cargo de su cuerpo inútil…

aunque estuvo expuesto…

esperando a familiares.

Los diarios publicaron en primera página la noticia…

hasta con colores vivos y decía más o menos:

“La Policía Nacional, la Guardia Nacional,

la Policía de Hacienda y 100 soldados

del Destacamento Militar…

emboscaron a 3 guerrilleros…

acción que duro toda la noche”

 

Allí estaba Andrés Torres Sánchez…

Según cuentan no lo mataron;

sino, se mató…

pues, según dice el diario

habían agarrado unos centavitos

de un banco por allí

para gastos de emergencia…

 

Ese día estaba yo gritándole

a los niños cosas diferentes

a lo que yo estaba pensando…

A lo mejor los turbé.

 

«Cien mil colones» decía la noticia,

no era ni tanto para el costo.

Pienso que sumando

cien, más cien, más cien, no es mucho…

el objetivo es lo que importa:

Enseñar como morir por los demás…

por sus hermanos salvadoreños libres…

comidos por lo menos.

 

Dicen que cuando fueron vencidos…

el coronel entró furioso,

porque se encontró que los cien mil colones,

habían sido quemados…

¡Que desgracia! dijo

porque los quería para sí.

 

Esa noche final deliberaron supongo…

Andrés ejecutó a los dos,

a un hombre y a una mujer…

sus compañeros de lucha…

a quienes también amaba…

Él se dio un balazo en la rodilla…

y con su sangre puso las siglas

de su organización: FPL

Y se mató…

 

No lo mataron… siguió viviendo…

en el corazón y en la mente de su familia…

aunque en el fondo sufrían, pero conformes

porque antes, con palabras sabias y adecuadas

los había preparado…

convencido ahora para el caso de que

¡Su cuerpo fertilizaría la tierra!… Amén.

 

¡Ay de los que no quieren aprender!

dundos serán toda la vida

y no servirán mañana… para la historia,

y solo servirán como paja en el infierno…

y la tierra en que nacieron

les reclamará ¿Qué hiciste? ¿Qué te hicieron?

¡Nada, serán una desgracia!…

Para los que no entiendan o luchen

por algo en esta vida, a veces ingrata,

¡Habría sido mejor que no nacieran!

 

Andrés fue campesino.

Adulto a los 7 años.

Yo me lo encontraba en el camino…

le tenía miedo porque

era bien formadito… pequeñito…

músculos duros… morenito…

careto… quizá no se bañaba…

 

Iba por el camino paso a paso…

con la cuma en el hombro…

y las patas en el suelo… pun, pun…

colochito…  parecía africanito …

Yo creo que le ganaba

al “tata” en hacer más luego que la tarea.

 

De regreso me lo volvía a encontrar por la tarde…

me hubiera gustado jugar con él.

Yo era más grande ya…

privilegiado por mis abuelos

por ellos viajaba a Quezalapa

a la finca La Bellota,

para hacerle algún oficio o mandado

y usar mi morralito de trapo

con algunos comprados.

 

En ese entonces la relaciones

con Andrés eran lejanas.

La sorpresa llego años más tarde…

yo cursaba primer año de bachillerato…

cuando me lo encontré sentado

en el primer pupitre del salón de clase

de la escuela nocturna que el padre Cea fundó…

queriendo aprender, por lo menos,

a leer y a escribir tal vez.

Doña Eva Posada de Arévalo…

lo guiaba y lo animaba…

porque fue la maestra de ese nivel…

bueno… aprendió a leer… y

ese mismo año agarrándole las manos, al fin

aprendió a escribir…

y así en tres años…

con Víctor Hugo Mata y yo

ganó el sexto grado o tercer nivel.

 

Bueno, la sorpresa fue tal…

cuando se inscribió como alumno del Colegio San Andrés

Ya podía apuntar o escribir los nombres

de la gente que iba a cortar el café

a la finca de Doña María Borja…

su protectora entonces… gran cambio…

 

Andrés ¡Qué alegría!

ya era mi compañero de Colegio.

En esa época me buscaba…

porque yo… ya era profesor del Colegio.

Me decía: ¿Qué hago?, ¿Qué debo hacer?

présteme un libro… explíqueme…

Yo lo veía satisfecho cada vez

y… yo me sentía alagado.

 

Yo choteaba con mis amigos por las noches…

nunca anduvimos juntos, porque él era formal

siempre trato de reponer…

el tiempo perdido… decía él

“Porque si no lo repongo,

los santos lo llorarán a mares”

 

También todas las tardes

jugábamos fútbol.

El Andrés se empezó a meter…

Era un tractor caterpillar

Entonces ya…

le tenía miedo otra vez…

porque me podía quebrar.

A él no le importaba quien estuviera enfrente

corría en una sola dirección,

para pegarle a la pelota.

Nunca hizo un gol para gritarlo,

pero contribuyó a hacerlo.

No fue un alumno brillante tampoco

siempre fue chineando una o dos materias

– en un principio por supuesto –

inglés, principalmente;

“esa materia me cae mal” decía…

“¿Qué hago?» me dijo un día,

«como es obligación

hay que llevarla»… y en esa lucha estuvo…

hasta que a fin con entereza la superó…

Andrés saco su bachillerato.

 

En navidad, yo recuerdo en 1965

le preguntamos: ¿Y qué has pensado

hacer en los próximos años?

y contesto “Ya fui a San Salvador

y ya estoy inscrito”… cabal…

ya era alumno de la Universidad Nacional.

Yo me quedé como profesor y él… nada menos

que un alumno aventajado… y …

a los años licenciado.

De «cumero» se volvió

nada menos que en Sociólogo.

 

Recuerdos y anécdotas a montones,

que solo salen cuando uno

se muere por algo importante…

y que no debemos olvidar.

 

En el Colegio había que

comulgar todos los días

durante el mes de mayo sin fallar

en honor a la Virgen María,

hasta hacernos sentir

el sacrificio con pureza.

Como también había que pasar al frente,

en formación general

para narrar un milagro

o favor que ella nos haya

concedido alguna vez…

el tal Andrés nos hizo creer…

cuando a él le tocó su exposición,

que la Virgen le había salido

entre las Piedras Topadas y

le dijo que estudiara bastante

para favorecer a muchos que

no creen en la misión de su hijo.

 

Para nosotros los grandes…

la cosa era difícil… porque…

nada de masturbación…

ni siquiera con el pensamiento.

 

Cuando Andrés se confirmó

como estudiante… leía mucho…

y puso en práctica lo interpretado.

 

Los trabajadores del campo

una vez que lo encontraron

trotando por el camino,

antes de irse al colegio

a las cinco de la mañana.

Y… como iba y venía

entre la orilla del pueblo

y las Piedras Topadas,

hicieron la bulla que

estaba loco de remate.

Uno de ellos, que antes fueron

compañeros en las tareas del campo,

lo enfrento y le dijo lo que la gente decía…

y él, muy elocuente contesto:

«Lo que pasa es que la gente…

no sabe que el ejercicio corporal…

es salud… es medicina… es vida».

 

Un día me lo encontré,

aquí en San Salvador

“te invito a una cerveza” me dijo

al calor de los recuerdos se hicieron más…

y revueltas las palabras…

nos emborrachamos y… me llevo a su casa.

Ya muy noche, yo quería orinar

no encontraba la puerta de salida

ni sabía dónde estaba

al fin encontré una…

y donde vi blanquito…

allí me oriné.

A la mañana siguiente me di cuenta…

era el lavaplatos en la cocina

¡Que vergüenza!… ¡Qué pena!…

pero me sucedió.

 

Lo más valioso de Andrés fue

su carácter fuerte, templado y convencido;

virtudes que valieron la pena…

Andrés siempre amo a su raza.

 

El 12 de octubre amaneció muerto.

Yo, al recibir la noticia pensé…

y me hice mil conjeturas:

¿Habré hecho bien con enseñarle…

para que fuera una persona instruida?

¿Habrá sido feliz?

Quizá me equivoqué.

Y… ¿Estaría vivo con la cuma en sus hombros?

o… ¿Se habría muerto de hambre ya?

Ese fue su destino.

Finalmente pensé

Andrés enseñó a sus contemporáneos a

como cultivar la mente y…

como cultivar el corazón.

¡Que Dios reconozca…su tarea! amén.

 

LAZAU

 

 

 

UNA AVENTURA FUGAZ…

Lo que les voy a contar es un tanto confidencial; y digo así porque no me lo contó nadie y ha nacido de la imaginación de la gente, se trata de ño Manuel Calderón (hijo), así se llamaba el papá de Fabio, pero también el abuelo, el que dio origen a toda la Calderonada y Villafuerte del pueblo, que ojalá no se vayan a enojar porque el primer disgustado seria yo, ya que a esa prole pertenezco. Además no tiene nada de malo el cuento; solo pretendo recordar lo que a muchos les paso o que les puede pasar por andar de coscolinos; pero como tampoco sé quién se lo conto a quien… yo ya estoy disculpado.

Apaneca de antaño era mejor que la de hoy digo yo; porque toda la gente tenía su casa aquí en el pueblo y su propiedad fuera donde cultivaban su con qué. Además estaban las tierras comunales que la  Alcaldía administraba y las que tenía a su cargo la iglesia que llamaban hejidales. Esto traía alegría y la gente hasta buscaba pretextos para celebrar. Así nacieron las fiestas patronales y la celebración de otros Santos para dar gracias a Dios al final de la cosecha. Apaneca no fue la excepción, más cuando sus tierras eran floridas eran motivo grande para rumbear o parrandear con la participación de todos. En esa época no había luz eléctrica, ni carros, ni tampoco el agua llegaba como hoy a las casas. Pero la vida era más alegre porque la tenencia de la tierra y las otras cosas materiales eran parejas y abundantes… el agua se traía a cantaradas desde la fuente de San Andrés y para ese entonces habían caminitos de a pie que iban del pueblo a morir a la fuente como un delta al revés para llegar más luego; pero había uno, que hasta la fecha está, que de tanto caminar se había formado un desfiladero, que visto de abajo hacia arriba dolía la nuca y vista de arriba hacia abajo daba miedo, más aún cuando la Alcaldía lo mantenía empedradito para evitar los resbalones de la gente cuando habían pleitos a cantarazo abierto que dificultaba más salir huyendo.

El caso es que una vez en plenas fiestas patronales, ño Manuel Calderón atraído por la bulla de la gente, coheterías por aquí, música de cuerdas por allá, la marimba tocando más allá en el kiosco y los cipotes corrían por el costado de la iglesia huyendo de los toritos pintos reventando, la banda tocando sus marchas y ño Manuel Calderón volándole ojo a cual mesurada mujer pasaba allí. Como a todo tunantón se le hace…  no muy lejos se encontraba una mujer hermosa y bella con todos sus atuendos a quien hasta ahora no conoce… atraído por las miradas de ella… el ño Manuel también coquetea… poco a poco se acercan… el hechizo lo empata y lo saca de la multitud… Ella adelante y el detrás como que lo va halando… lo seduce fácilmente y sin mediar palabras lo enamora y quizá le dice muchas cosas bonitas con la cabeza y el rostro… A todo esto la fiesta se olvidó… van caminando por las calles y lo conducen a los montes aledaños a la fuente de San Andrés… en donde nadie está a esa hora… más adelante lo desvía y lo lleva cerca el desfiladero… ella se va quitando el atuendo y él que ya no piensa… y al llegar a la orillita cuando la vio en pelota sin nada de ropa… perdió totalmente la cabeza y él de apresurado y ya como caballo excitado, se lanzó felizmente para abrazar su conquista… y… funnnnngún… a caer al fondo del barranco…

Era la Sihuanaba… que andaba haciendo justicia y enderezar a los hombres y al parecer que no tienen compostura… a ño Manuel Calderón lo encontraron las primeras aguateras en la madrugada siguiente y en una hamaca improvisada con una chiva y viga larga lo llevaron a su casa… para pasar casi un año con faumentos de epazote y baños de ciprés… muchos por allí ya no pecamos pero; a otros ya se les olvido y no cambian.

LAZAU

Publicado: 18/12/2016

La obra de un sacerdote

Si el hombre no escribe la historia se acaba; yo veo con preocupación que muchos hombres han pasado por aquí, han hecho obra y su recuerdo se desvanece lentamente.  La obra física de aquel se destruye por el que sigue y no queda nada… ni la obra espiritual… por consiguiente no queda ni el recuerdo, porque la una va de la mano con la otra.

En esta ocasión enfocaré mis añoranzas en un personaje ya olvidado, cuya obra incalculable puesta en la mesa para juzgarla, no deja nada que desear con la de cualquier sacerdote que haya pasado por la parroquia de Apaneca. Lo conocí junto con mi edad porque el bautismo de él lo recibí, que por cierto fue en Juayua porque ese día le tocaba dar sus servicios allá. Cuando ya tuve siete años talvez, empecé a oír su nombre: Excelentísimo y Reverendísimo padre Excequiel Golón, que dicho en familia era el “Padre Golón”. Era pequeño, de 1.60 metros talvez, gordito pero fortachón; su raza de pura cepa era de algún cacicazgo quiché; con sus ojos negros saltaditos y por supuesto, no era blanco; tenía un semblante dulce blandito en su cara que daban ganas de acercársele y ser amigo de él. De lo demás no lo sé, solamente su sotana negra con las manos metidas en las bolsas tocándose la barriga, un sombrerito de pelo negro y sus zapatos bien lustrados.

De su escenario diario lo recuerdo muy bien. La iglesia y el convento imponentes entonces en la punta de un cerrito, rodeado en toda su extensión de cipreses pequeños y arreglados que daban a las calles, sin quitarles importancia, mística religiosa; así como la conocieron antes del 11 de enero del año 2001… me refiero a la iglesia, solo que al frente las gradas escalonadas eran lineales desde la puerta hasta la calle y en medio había una cruz que llamaban Del Perdón. El convento estaba en el mismo lugar de hoy, con la única diferencia que las paredes eran de adobe y el techo con tejas; el espacio era reducido porque al poniente había de todo: lugar para tuncos, caballos, gallinas, palomas de castillas y para guardar leña, también jaulas para encerrar gallinas y patos. Una vez recuerdo muy bien que el padre tenía una jaula especial en la que había un tunco de monte y en otra un micoleón que habían sido traído de las montañas de Guatemala, pues el padre era de allá, de Antiguo Guatemala y todos los años viajaba para ver a sus hermanas. De vez en cuando llevó a mi papá cuando todavía se pagaba medio pasaje. Contaba él que la familia del padre era especial y que vivían como los grandes y educados, como los santos de misa diaria… modales aprendidos sin duda de los españoles, pero con carácter y principios de sus antepasados los quichés.

En Apaneca yo lo oí predicar, especialmente en Semana Santa que hasta le sacaba las lágrimas a la gente, lo único que no logro es que los hombres se sentaran con sus mujeres en las bancas de adelante… pero también predicaba con el ejemplo y les voy a contar el que me sé y el más palpable.

Mi abuelita por el lado de mi papá murió y dejaba a sus cuatro hijos Cándida, Fernando, José Domingo y Mercedes todos huérfanos… mi abuelo que no pudo con la carga… se la paso a una hermana que se llamaba Rufa o Rufina Calderón…como ella carecía de recursos, el Padre Golón se dio cuenta y llegó varias veces para pedir a uno de los dos varones…  la Rufa al fin de tanto insistir accedió y le dio a Fernando… él se lo llevó y le enseño muchas cosas importantes de la época… Con el padre mi papá aprendió a leer y a escribir, algo que le facilito el aprendizaje en otras áreas. Para aprender el oficio de la carpintería le puso de maestro a Chon Paredes, que le valió a mi papá para trabajar por el resto de su vida.

En uno de esos viajes a la Antigua Guatemala el padre Golón trajo una marimbita, con su contrabajo y todo lo necesario para que junto a mi papá, aprendieran a tocarlas otros jóvenes; y es así como estuvieron ahí José Barahona, Bertín Valladares, Chemita Rivas y Chemita Mendoza, quienes entusiasmados también aprendieron solfa con Don Luis Calderón, músico notable que vivía en la casa que queda en la esquina formada por la Av. 15 de Abril y la calle Francisco Menéndez y que hoy es de Teto y Beto Calderón.

En esa casa Don Luis había formado su propia academia y sus primeros alumnos fueron sus hijos: Luis, Héctor, Arturo, Osmín y Ángel; las hijas Lidia, Olimpia y Tila cantaban generalmente en la cocina con su mamá, pero también cantaban en la iglesia. Además, asistían Víctor Aguilar, Chemita Mendoza, Juan Ruiz, Antonio Arévalo, Guillermo Vides, Gavino Morales, Teno Morales y por supuesto no podía faltar el hijo adoptivo del cura Nando Calderón. Con esos alumnos formo un gran orquestón, aunque también don Luis tenía un marimbón que se llamaba La Princesita que competía con otra marimba con gran talante llamada Imperial, propiedad de Don Rafael Puente Luna.

Yo recuerdo muy bien que mi papá llegó a viejo y siempre que hacia algún trabajo o se encontraba solo tarareaba, y yo le preguntaba qué hacía, y él me contestaba: “Es tarareo para que no se me olviden las lecciones y canciones viejas que Don Luis nos enseñaba, porque fijate que antes para aprender una canción se iba a Guatemala a pie o a caballo y raras veces en tren para traer el disco y las copias en solfa”. Así le oí tararear a María Bonita, Sueños a María, Alejandra y un tal Gato Enamorado… ¡Ah! … pero había otra, la Vaca Lechera que cantaba muy bien Guillermo Vides cuando le tocaba y decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, ¡Ay que vaca adorada!… me da leche condensada… tolón… tolón… tolón… tolón”.

Mi papa solo tarareaba y medía los tiempos y compases con las manos y el zapato… pero no cantaba para nada.

Lo bueno es que el padre Golón puso la semilla y el incentivo para que los muchachos aprendieran y se mantuvieran cerca de la iglesia, ayudando a prestar un mejor servicio a los fieles y sobre todo alejados de los vicios… Había entusiasmo y la gente acudía más a la iglesia… mi papá siempre estuvo allí de acólito junto al padre, se vestía de saco y de corbata ¡Bien estirado! y los otros allá atrás en coro contestándole al padre parte de la liturgia que, aunque no sabían qué contestaban porque era en latín… ellos hacían la cacha… Cuando el padre decía per omnia secula seculorum… Amén contestaban ellos, pero no sabían qué era eso… A veces se equivocaban al contestar, pero como la gente tampoco sabían latín… daba lo mismo.

Después de cada servicio importante el padre los invitaba a comer, por supuesto la niña Tomasa ya sabía y preparaba suficiente comida para los muchachos.

Por esa misma época el Padre trajo otro muchacho de Santa Ana que se llamaba Manuel Castaneda – que dicho sea de paso era mi padrino de bautizmo – pero él era más “caché”, más planchadito y pavoneado cuando se le quedaban viendo las muchachas… Para entonces el Padre trajo un carrito usado como los que se usaban en la época… a Manuel el padre lo puso a aprender a manejarlo, que le sirvió porque de eso trabajó toda la vida. Desde entonces Don Nando Calderón tuvo que compartir todo, hasta el afecto del padre y la gente que frecuentaba, pero supieron vivir como hermanos…

Para entonces ya Don Nando hacía altares, reclinatorios, puertas, sillas, mesas y todo lo que fuera de madera, pero también la necesidad de conocer a las muchachas las cuales se convirtió en una tentación para los dos hijos adoptivos del Cura.

Cuenta Don Nando que junto con todos los muchachos que tocaban la marimba, un día que el padre se fue lejos, la sacaron para ir a dar sus serenatas y les fue muy bien; cuando regresó el padre y se dio cuenta… se enojó tanto que tomo un hacha y junto con palabras dichas a medias la hizo pedacitos sin dejar una pieza que se pudiera remendar… Quizás pensó que se estaba perdiendo en los vicios a sus muchachos porque no podía ser otra cosa… Como ven, así como era de dulce su genio, también era amargo y recio en sus determinaciones cuando se enojaba.

Otra vez que también salió lejos y no estuvo por la noche… el micoleón que estaba enjaulado se salió cuando Meme y Nando estaban dormidos; el animal rompió las tejas y el cielo falso del cuarto… y… les cayó encima agarrándolos a mordidas con todo y chivas: El animal endiablado alborotó las cosas y hasta rompió el armario y la ventana del cuarto por la que salió. Por la mañana cuando el padre llegó, el animal ya había buscado la jaula y estaba ahí quietecito; el padre indignado otra vez mando a llamar a unos gitanos que habían llegado por ahí con su circo y les dijo ¡Llévense ese animal… se los regalo!

Lo mismo pasó con el tunco de monte… se lo regalo a mi abuelo… mi mamá y yo se lo llevamos, él nos estaba esperando en su casa en Quezalapa donde vivía en la finca La Bellota… mi abuelo disgustado porque en el camino mordió a mi madre en la pierna, lo puso paradito en una piedra y con el fusilito le metió un balazo en la frente.

El padre era incansable y yo solo anoto lo poco que se… habrá personas que sabrán más de su obra… pues que aumenten lo mío… A mí me da mucho sentimiento que hay cristianos que se mueren entre pompas y atavíos sin haber hecho nada de valor… le ponen el nombre de ellos a una calle, a una cancha de futbol, a una escuela, o a un parque… y tal vez no lo ameriten.

El padre Golón sí que hizo obras, unas de inmediato y muchas a largo plazo, como lo que hizo por los dos muchachos adoptados Fernando y Manuel, quienes crecieron, se fueron y buscaron otra compañía. Para ese entonces el padre trajo, quién sabe de dónde, a un cipote que se llamaba Tomás en coincidencia con la señora que hacía la comida que se llamaba también Tomasa.

Tomás era grandote, tenía como 12 años, era moreno y de complexión fuerte. Lo mandó a la escuela, porque para entonces ya existía, y a puros empujones apenas aprendió a leer y a escribir. El padre lo ponía a barrer y a trapear, pero lo hacía muy mal y a la fuerza… no lo hacía con gusto… solo le gustaba repicar para la misa, pero más que todo a “doblar” cuando había un muerto porque así pasaba largo tiempo encaramado en el campanario… Hasta bastante comida llevaba, dulces y otras golosinas para estar comiendo con otros cipotes que eran de su agrado. A mí me daba mis moquetes… porque estaba chiquito… pero no era del todo malo conmigo porque me dijo un día de tantos: “Te voy a enseñar una cosa” y como no queriendo hacer ruido me llevo a un rinconcito entre dos paredes que hacían esquina… y… con las uñas rascó el suelo… ¡No lo van a creer! Allí tenía el pisto enterrado que se robada de las limosnas… y algo más, pues abría las alcancías de los Santos de la iglesia… yo me quedé estupefacto, con un gran nudo en la garganta y una cosita que me corría por todo el cuerpo que me erizaba los pelos…  y esto no terminó aquí… me tomo del brazo otra vez y me llevo a otro rinconcito… movió la tierrita de encima y allí estaban las monedas de todas las denominaciones… Me puse lo mismo… que no podía ni caminar… ¡Estaba tieso!… ¡Idiota! de tal manera que yo no sentía nada a mi alrededor… Así me fui para mi casa y solo oía y veía el mismo episodio de aquellos momentos…esto se repetía pensando… Los bocados de comida de la cena se me atravesaban… y por la noche no podía dormir… por la mañana siguiente lo mismo… y así pasé varios días hasta que al final un día se me vino la idea de robarle a él… la tentación fue tan grande que lo hice… fui… y cuando Tomás no estaba, con una gran tembladera de canillas rasque el hoyito y agarre mis dos puñados … quite las señas… le eche tierrita, como si nada había pasado… Me fui al otro entierro e hice lo mismo… así moviéndome saltadito para no hacer ruido… Otro rato me fui para mi casa emocionado con mi proeza… busque un botecito… lo llené con las monedas y lo enterré atrás de mi casa… ¿Cómo no iba a estar emocionado? si en esa época con dos reales o veinticinco centavos se compraba una chibola o gaseosa con semita donde la niña Chana Ascencio de Carías, diez leche burras donde la niña Refugio de Portillo y un gajo de guineos de donde niña Evita Posada de Arévalo y quizá todavía con el vuelto, se compraba tres helados de leche donde la niña Esterlinda de Arévalo.

Así   pasaron muchos días… y lo mío terminó cuando noté que mi entierro de la casa no abundaba… pues mi papá ya se había dado cuenta y además Tomás también ya había cambiado de lugar sus escondites. Cuando mi papá me llevo de las orejas donde el Padre para que explicara mi culpa, solo estaban las señas… Todo se puso color de hormiga cuando el Padre Golón intervino… llamo a Tomás… Lo puso hincado ante su mirada y le sacó la verdad, lo castigó duramente por varios días… le puso tareas difíciles haciéndole sentir que tenía que reparar el daño y algo más… para que tomara conciencia del pecado… A mí no me pusieron castigo porque “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Tomás siguió con el padre haciéndole compañía, ayudándole a los quehaceres diarios y a repicar las campanas.

Yo recuerdo muchos momentos y costumbres del padre, como la comida por ejemplo…y en lo que a mí me concierne, allí comía mucha verdura, especialmente zanahoria con azúcar que no mucho me gustaba. Otro detalle importante eran los vitrales de las ventanas que daban al jardín y que eran de vidrio granulado de diferentes colores… Tan no hace mucho… después que han pasado los años, recibí un estímulo unido a la conciencia en mi paladar al ver unos vidrios que todavía están por allí… al mirar los vidrios, sentí los mismos sabores de las comidas que entonces nos daban, especialmente el de zanahoria con azúcar, que como ya dije, no me gustaba…un fenómeno psíquico relacionado con el Padre y esa época.

Lamentablemente el padre Golón fue trasladado a Chalchuapa … ya bastante viejo y cansado… y Tomás se fue con él. Me contaba mi papá que se fue llorando y muy triste porque junto con su obra dejo sus años mozos, su amor por la gente y también los recuerdos.

Dicen que por allá el Padre ya no fue el mismo… empezó a padecer y Tomás murió de una neumonía… Que mis palabras no le hagan ruido… que en paz descanse… El Padre también murió después y fue llevado a Santa Ana donde lo sepultaron.

Traigo a cuenta este relato porque a veces somos injustos y no le damos el premio a quien se lo merece como el Padre Golón, sino que el premio se lo damos al forastero… el que llena sus arcas y luego se va…

LAZAU