EL RECUERDO DE UNA VIDA

Que no queden olvidados algunos hechos históricos, que los apanecos vivimos para crecer culturalmente hasta donde estamos ahora; si es que se le puede llamar así “crecer”, porque yo me pongo nostálgico cuando pienso y me recuerdo algunas cosas de antaño, que si pudiera vivirlas de nuevo regresaría con gusto porque fueron bonitas y que de hecho ahora ya no están.

Cuando los españoles llegaron a esta meseta de Apanehecath una de las preocupaciones primeras fue cómo iban a sojuzgar a esta raza; pero no fue así porque parece ser que aquí ya había una organización social y cultural que les permitía pensar en una salida mejor al problema que se avecinaba, pues ya que a Sonsonate, Acajutla, Izalco y Nahuizalco ya se habían establecido por la fuerza y a lo mejor lo más sabio para ellos fue esperarlos y de alguna manera entenderse para no ir a chocar contra esa raza y salir perdiendo.

Según me contaban mis abuelas aquí a la zona llegaron fuertes, con ganas de matar pero notaron que comunicarse y entenderse era posible pues la organización social lo permitía. Ellas me contaban que había pequeños cacicazgos por donde sin duda empezaron.

Como el progreso material va amarrado con el progreso cultural, nosotros tenemos ejemplos que aquí encontraron un clima agradable mejor o igual que el de su lugar de origen para vivir. Después diseñaron una ciudad de calles y avenidas amplias, una iglesia, una alcaldía y un parque que, aunque ya no estén, merecen ser recordadas… las casas de los españoles eran suntuosas, porque para eso vinieron a quedarse y tener lo que allá en su tierra no podían tener. Vinieron nobles, campesinos o aventureros sin fe y sin ley, pero con sus objetivos claros metidos entre ceja y ceja, organizaron, constituyeron y envueltos por el ambiente, se constituyó una nueva sociedad, que para bien o para mal somos nosotros; porque eso sí, característica loable de los españoles es que los que llegaron solos, no tuvieron reparo en formar familia con las nativas y no para esclavizarlas como en otras latitudes.

En Apaneca la cultura indígena se acabó pronto; no soportó la influencia de los europeos. Mis abuelitas me contaban durante largas horas de cómo se fue introduciendo poco a poco la cultura. Algunos señores traían desde Guatemala maestros que ensenaban varias cosas a todos los de la casa. El que enseñaba a leer y escribir, también enseñaba música y las buenas costumbres… pasaba por varias casas y con el tiempo se iba. A los meses aparecía otro que enseñaba cómo hacer el pan, flores de papel, candelas, caramelos, adornos, mortajas y tantas otras baratijas que son útiles a la gente. Luego aparecía otro que enseñaba oficios: carpintería, sastrería, hojalatería, zapatería y hasta cómo hacer monturas y aparejos. En la agricultura y la ganadería no se necesitaron expertos porque muchos de los inmigrantes ya lo eran en su tierra. Además, nuestros nativos o indios, como los llamaban ya en esa época, ya la conocían, solo hubo que perfeccionarla y aumentarla. En cuanto a la ganadería eso sí que fue de lo mejor que nos trajeron porque nos dieron a probar la leche y el quesito; además los caballos para que ya no solo camináramos a pie. La carretera fue un instrumento importante porque nuestros nativos no conocían el uso de la rueda y las cosas se transportaban en el lomo. Todo esto contribuyó grandemente a la cultura.

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Como dije antes los españoles no escatimaron en unirse a nuestras nativas y viceversa para dar origen a una nueva raza, la mestiza; de lo que no hay indicios en Apaneca es de que haya habido esclavos, solamente sirvientes, pero libres. Esto facilito la convivencia social y la cultura, pero como decía mi abuelita, con mucho conformismo a lo mejor porque todo anduvo bien ya que los hechos si los analizamos nos dicen otra cosa, si lo comparamos con la actualidad.

Las tierras de cultivo las más cercanas fueron para los señores; seguido por los ejidos y  tierras comunales administradas unas por la alcaldía y otras por la iglesia. Cada quien daba tributo en especie, según estuvo buena o mala la cosecha. Aunque con eso de la movilidad social o económica y el poder de los mestizos o ladinos, la tenencia de la tierra y por ende la estructura social fue cambiando hacia la equidad en donde todos tenían donde vivir y de que vivir. Pero como mi objetivo principal siempre ha sido divertir, quiero contarles algunos hechos históricos que valen la pena, desde una época anterior a la mía, que dicen que bastaba una mirada de la mamá o del papá para que los hijos fueran obedientes… Por supuesto había reglas claras de conducta… en esa época un niño no podía pasar entre dos personas mayores que estuvieran platicando, mucho menos meterse en la plática…  ¡ay mamá! si esto sucedía, al irse la visita le tocaba riata, plantón con las manos arriba o hincado en arena o maicillo… mucho peor era desobedecer, contradecir y otras tantas faltas que se consideraban inmorales… todos los castigos eran duros pero los cipotes ya estaban curtidos o acostumbrados. Cuando yo crecí allá por los años cuarenta todo esto ya estaba desapareciendo; sin embargo algo había, pues también la niñez poco a poco va cambiando sus cánones de vida y la escuela tuvo mucho que ver.

En Apaneca la escuela pública formal comenzó con el siglo, allá por el mil novecientos… un grado, un maestro y una casa improvisada, casi ramada en el predio frente al costado oriente del parque, donde también allí antes se amarraban las bestias de las personas que venían de lejos mientras hacían algún cumplido, allí merito donde hoy es el mercado municipal…

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En ese entonces los niños no pasaban de grado… los que aprendían a leer y  escribir ayudaban al maestro con los otros que no podían, y los que se cansaban y se consideraban preparados ya no llegaban. De hecho los alumnos eran poquitos y ya un tanto grandecitos; mi abuelo paterno que fue policía municipal de por vida, me contaba muchas cosas importantes, como es el caso de sus atribuciones que eran muchas; una de ellas era cuidar las flores que algunas familias honorables sembraban en el parque y acarrear los bolos que caían por allí para meterlos a la cárcel; también acarreaba los cipotes que vagaban y no querían ir a la escuela. Ño Irene se llamaba el policía que además de su corvo y un garrote, llevaba una larga “verga toro” trenzada como parte de su equipo… Pero vean lo que una vez le sucedió: se topó con uno de esos cipotes traviesos  y era su sobrino cuando la mamá lo había mandado a comprar cuatro reales de carne y hueso donde los Márquez… Ño Irene  pensó que su sobrino andaba de vago y no quería ir a la escuela… lo tomo del brazo y se le forcejeo y se le soltó… salió corriendo y el policía detrás casi lo alcanza con la “verga de toro” pero el cipote logró entrar a su casa… el vergazo que cae en el quicio de la puerta y su prima hermana que sale reclamándole fuertemente  le dijo: “a mi hijo no te lo llevás Irene ya bien sabés que de escribido y de leído no se come; así que de aquí te me vas a la mierda”. El policía se fue pensando que este no es el único caso, le ocurrió cientos de veces, él mismo no sabía leer por eso sabía de la importancia de ir a la escuela.

Como en todo proyecto público hay oposición de algún sector cuando hay democracia… Allí donde empezaba la escuelita la hubo, y fueron en este caso las personas que venían de los cantones a caballo a realizar sus diligencias; ahí era como una especie de terminal de caballos y al convertir el predio en escuela, ellos no tendrían donde amarrar sus caballos. Hasta venta de guatera había para que los caballos comieran mientras el dueño hacia sus comprados o diligenciaba sus papeles en la alcaldía, la iglesia o el juzgado. Pero la oposición terminó cuando la instrucción pública abarcó hasta tres grados por decreto presidencial en tiempos del Gral. Francisco Menéndez; allí se construyeron cuatro salones grandes con paredes anchas de adobe con corredores prolongados a ambos lados… bellísimo se veía el que quedaba frente al parque con un portal de pilares roizos adornados; el otro que quedó al interior sirvió para usos múltiples y para tiempo de recreo… pues es entonces que inicia la educación formal, porque ya hay tres grados con tres maestros y un director nombrados por el Estado. Con todo esto la educación avanzó aunque la dureza y rigidez siempre continuó. La dureza de los maestros compaginaba con la del papá de la casa. Les voy a contar lo que sucedió una vez en esta vecindad.

Don Evaristo Vallecillos vivía en la Aldea Santa Clara con su peculiar modo de vivir con caballos, vacas, tuncos, gallinas, patos, graneros, costales, leña, mazorcas y más.  Había sembrado su milpa lejos como a cuatro kilómetros en la cercanía del Rosario, allá estaba su hermano con sus dos hijos y tres hombres más ayudando en la tapisca del grano del maíz. Como Don Evaristo tenía un hijo en la nueva escuela, lo esperó al medio día hasta que saliera y llevara el almuerzo a los trabajadores del Rosario… Por fin llego el hijo que se llamaba Manuel y le dijo: ¡hijo! encilla la yegua que vas a llevar el almuerzo a tu tío y a los hombres… Bueno pa… contesto Manuel.

El muchacho trajo la yegua, la ensillo y se montó en ella llevando el almuerzo consigo, la yegua que era mañosa y testaruda ya conocía el camino… al llegar al pueblo en vez de agarrar para el Rosario fue conducida por el muchacho para la cantina… después de tomarse una pacha de un solo tezón, la yegua y el muchacho obstinado regresaron a la Aldea con el almuerzo y le dijo a su papa: Fíjese Pa que la yegua no quiso ir a dejar el almuerzo… ¡Hay hijo que jodida! Dijo Don Evaristo… y caminando hacia dentro de la casa, agrego: ya vas a ver hijo mío que la yegüita si va querer hacer el mandado… AL volver Don Evaristo venía con las manos hacia atrás y escondida traía una riata trenzada de cuero macizo con nudo en la puntita… y sin mediar palabra alguna ¡RRASS! le zampó un riatazo en el lomo a Manuel… Y la bestia salió corriendo sin detenerse a dejar el almuerzo a los trabajadores del Rosario; queda para la polémica si Don Evaristo hizo bien o hizo mal porque el riatazo se lo dio a Manuel y no a la yegua.

En cuanto a la religión la iglesia católica tuvo mucho que ver con la educación de la gente. Cuentan los abuelitos que aquí no hubo cura que pasara por aquí que no enseñara a la par del evangelio a grupos de personas a aprender a leer y escribir. Además música y otros tantos menesteres.  De este portentoso ejemplo solo me acuerdo del padre Excequiel Golón, guatemalteco, de origen indígena, con rasgos étnicos marcados de los quiches y las mismas virtudes indígenas. Siempre se preocupó por la preparación de los jóvenes.

En esa época los habitantes éramos poquitos y como que eso facilitaba más la hermandad… y aunque no había nada ni siquiera radios y mucha gente andaba a chuña y chincunos, la convivencia familiar y comunal, era envidiable. En ese entonces se sentía la presencia de Dios en lo que hacíamos. Voy a contarles un solo caso, un acto hermoso que sucedía a la seis de la tarde: EL ANGELUS.

Cuando el antiguo reloj municipal sonaba seis veces (pinn, pinn, etc.) la gente se preparaba para buscar un campito en el suelo para hincarse… porque seguido el sacristán de la iglesia sonaba seis veces la campana (pann, pann, etc.) y a continuación repique… En ese instante toda la gente caía hincada, dando gracias a Dios por el día regalado diciendo la oración:

El Ángel del Señor anuncio a María

y ella concibió por obra y gracia del Espiritu Santo.

Dios te salve María llena eres de gracia…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Y el verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María llena eres de…

Santa María madre de Dios, ruega Señora por…

Ruega por nosotros, Santa madre de Dios

para que seamos dignos de alcanzar las promesas

de nuestro Señor Jesucristo.

Lleguemos por su pasión y cruz,

a la gloria de su resurrección,

por el mismo Señor Jesucristo.

AMEN.

A medida que fuimos más los habitantes de este pueblo, esta bonita costumbre se fue perdiendo. Cuando yo crecí en la calle ya no había nada… y si la gente rezaba el ANGELUS lo hacía de pie o caminando y en silencio… Mi padre así lo hacía. Una vez me dijo como reganándome: “Mire hijo, cuando Don Chema toque las campanas a esta hora, no hable ni haga ruidos” A buen entendedor pocas palabras, entendí.

En las casas las viejitas se resistían a dejar la maravillosa costumbre… Yo conocí la casa matriz de la familia Arévalo Avelar que eran siete mujeres y estaban reunidas allí por un motivo familiar, los hombres no estaban y que dicho sea de paso éstas eran mis coabuelitas; pues por eso algunas veces estuve allí. Estaban en su tertulia como antes para que les bajara la comida, como ellas decían porque cenaban a las cuatro, cuando de pronto sonaron las campanas de la iglesia. Todas cayeron hincadas en el tabique del piso para pronunciar con una gran devoción la oración agradeciendo al Señor Jesús, las buenas cosas que habían disfrutado durante el día y al mismo tiempo pedir su protección mientras durmieran esa noche que ya caía.

Los Remedios@MŽxico

Lástima grande que las buenas costumbres se pierden con facilidad, mientras que las malas se agrandan y se arraigan por más tiempo. Desgraciadamente no es una sola persona la que hace prevalecer de por vida una costumbre, sino que somos todos, el conglomerado. Por ejemplo, Ustedes recordaran que cuando antes nos encontrábamos con una persona mayor, la saludábamos diciéndole: “buenos días le de Dios”. Tan solo unos pocos años se decía solo: “buenos días” y ahora hemos llegado ya a solo decir: “buenas”. Creo que dentro de algunos años ya no habrá ningún saludo.

Así como los rasgos espirituales de un pueblo aparecen y desaparecen con el tiempo, también con los rasgos materiales pasa lo mismo. Como las calles y las casas son la cara de un pueblo, voy a narrar lo que mi memoria alcanza, ayudado por supuesto con la imaginación con respecto a lo que vi y que son señales o índices de la educación y la cultura de esos tiempos. Las casas a las que me referiré estaban aisladas y debieron haber sido construidas a principios del siglo XVIII porque yo conocí los vestigios, pues se notaba que eran opulentas y que si ahora ya no están es porque se las comió la intemperie del tiempo. Ahí donde vive Julio Tobar sobre la 1ª. Avenida y al costado Sur del parque, había una casona sin duda enorme, lo decían las viejas paredes, la estructura de calicanto y los símbolos de familia que allí lograban verse; se decía que fue habitada por la familia Quiñonez que se fueron para Guatemala para que sus hijos hicieran estudios superiores y ya no volvieron… algún comentario me hicieron mis abuelos, que ahí vivieron las autoridades superiores desde la llegada de los españoles a esta tierra.

En la entrada hacia el camino real hacia el Cantón Quezalapa, en el bordo izquierdo, donde hace confluencia con la calle que va hacia San Pedro Puxtla, había otra cosa grande que todavía se podían ver los muros, vigas y tejas caídas, puertas y ventanas viejas podridas todavía con restos de vitrales de color por caer. Creo que estos fueron de apellido Quezada que poco a poco fueron perdiendo sus posesiones agrarias y posiciones sociales, porque mi abuelita me contaba que al señor que vivió allí, le interesaba cuidar la apariencia y que el caballo que montara para pasear por las calles del pueblo tenía que ser blanco y con la mejor montura.

La vida en cada una de las personas tienen sus ironías, a mi abuela y mi abuelo yo les preguntaba por los restos de una casona que estaba al final de la Avenida Norte, o sea al tope, donde comienza el camino chiquito. Él nunca me contestó, pero ella un tanto esquiva me dijo: “Allí fue de unos Saz Herreras, que perdieron la propiedad cuando uno de los hijos se endeudo cuando lanzó su candidatura para alcalde y no la gano. Más tarde cuando se cumplieron los plazos le embargaron la casa y tuvieron que irse de allí” “En ese entonces” – agrego: “el candidato pagaba los gastos de la campaña y después se reponía”. Era un buen negocio entonces.

Otra casa que despertó mi curiosidad estaba ubicada al final de la segunda Avenida Sur y final también de la quinta calle Oriente, y más aún porque se veía abandonada, cerrada, vieja y yo no sabía qué tenía adentro. Lo que yo pude ver una vez por el balcón de una ventana que estaba medio abierta era una cama antigua de hierro, una montura encaramada en un burro de madero, polainas de montar a caballo y sombreros como de jinete prendidos en la pared; todo lleno de polvo y viejos propios para un museo; yo me imaginé el cuarto de Don Quijote de la mancha. Esta casa no era tan opulenta, pero si su jardín, que hasta ahora ahí esta y que dicho sea de paso, el gobierno municipal debería hacer un esfuerzo para comprarlo y conservarlo para parque de los apanecos que tanto lo necesitan. De la familia que allí habitó yo no sé nada, solo recuerdo que mi padre decía que allá por los años treinta el Chele “Whink” llegaba a esa casa, a este señor le gustaba el trago y la fiesta, traía amigos y amigas y para amenizar mandaba a traer la marimba que sonaba hasta el amanecer. Mi papá ahí tocaba y con él se hacían los contratos para el fiestón que terminaba hasta que todos quedaban culo arriba.

El resto de las casas grandes que estaban ordenadas en las calles y avenidas, aunque vivían señores blancos y mestizos, diría yo, eran moderadas y las personas que las habitaban modestas con firme convicción de amor a estas tierras; así los Márquez, los Herrera, los Arévalo, los Mata, los Rivas, los Mendoza, los Sigüenza, los Artero, los Madrid, los Román, los Velázquez, los Saz, los Melgar, los Rodríguez, los Ancheta, los Morales, los Padilla, los Vallecillos, los Calderón, los Cuellar, los Vicente, los Velis, los Sánchez, los Gallardo, los Nájera, los Vielman, los Granados, los Díaz, los Puente, los Luna, los Lima, los Castaneda, los Esquivel, los Henríquez, los Tobar… La sangre de estos apellidos y la de nuestros aborígenes, la movilidad social y la genética hicieron su trabajo y no muy tarde los habíamos de todos los colores, y como ya expliqué en otros apuntes a cada cacicazgo así como los obligaron a no usar caites y otros arraigos los obligaron también a quitarse el nombre original para llevar uno de origen español, indicado en el día de su Santo, dentro de la religión cristiana, trabajo encargado a los misioneros de la época… por ejemplo una mujer que se llamaba “Flor de Loto” ahora se llamaría Juana porque había nacido el día de San Juan con el apellido asignado a su cacicazgo… si a su cacicazgo le habían asignado Márquez, a la mujer se le llamaría Juana Marquez.

Alguien decía, tocándose los pies como mimándoselos: “Es que estos son importantes para mí porque me llevan y me traen a donde quiero ir y venir”. Yo diría que las calles también de los pueblos son importantes, porque permiten caminar y moverme a placer.

Parece ridículo que yo diga que quisiera ver que las casas y las calles como antes; pero creo que todos los apanecos tenemos el derecho de ver conservado tan siquiera un pedacito que muestre parte de la historia del momento aquel que vivimos.

Las calles de esa época a las que me refiero eran empedradas tipo canal a dos niveles pues las aguas corran al centro, por encima porque no había alcantarillas… Las piedras lucían lisitas de tanto caminar de la gente, las vacas y los caballos… Yo añoro la época porque los niños cuando salíamos de la escuela alistábamos los “cuchillos deserbadores” deshierbados pues, que no eran más que puntas de corvo o pedazos de cuchillos que envolvíamos con pañales para no ampollarnos o lastimarnos las manos… Y digo añoro porque con lo que allí nos pagaban, sacábamos centavos para comprar lecheburras, garrapiñadas, turrones, tartaritas y otras golosinas que la época nos daba… Cualquiera podría decir que esto era explotación infantil, pero no; porque lo hacíamos con entera libertad y alegría. Por otro lado, nos manteníamos ocupados aprendiendo a trabajar, cuantos más empedrados enmontados había los cipotes nos poníamos contentos. Yéndonos a otros beneficios, considero yo que aparte de la ganancia en dinero, desarrollábamos la psicomotricidad en el manejo de la herramienta, la voluntad y el buen gusto que no debe faltar en la presentación de un trabajo… había revisión de la tarea por un compañero que agarraba el topón o por el dueño que nos estaba pagando… Traigo a cuenta esta historia porque el hombre no se educa solo en la escuela y el hogar, sino también en la calle… Hay amigos que no me dejan mentir en este relato como Paco y Gerardo Márquez, Argelio Orantes y Benjamín Asencio, con quienes compartí esta inolvidable faena.

Algunos se preguntarán qué tan viejos son estos apanecos para que nos cuenten estas cosas… La verdad es que ni tanto; pero sí somos testigos de muchos sucesos ocurridos en sesenta años y más, ya sea porque los vivimos o porque los recibimos de fuentes fidedignas como es el caso de la moneda en aquella época, que así como hoy nos cambiaron del uso del colón al dólar y que por más esfuerzos que estamos haciendo para acostumbrarnos, nos esta costado mucho sacrificio… También a principio de este siglo XX obligaron a nuestra gente al uso del colón, cuando estaban acostumbrados al manejo de los reales desde tiempos de la colonia. Nosotros conocimos de nuestros padres y abuelos comprando y haciendo tratos con reales y pagando con colones… En esa época con cuatro reales de hueso de res y los menjurjes comían diez personas de una misma familia… cuatro reales eran 0.50 centavos de colón y ahora serian 0.057 de dólar; pero redondeando se hacen 0.06 de dólar… Mi mamá Angelina me mandaba a comprar con dos reales cinco tamales grandes que equivalía a 0.25 centavos de colón, que ahora serian 0.0286 de dólar; cantidad que si la redondeamos resultan 0.03 de dólar. Entonces un “real” valía 0.125 de colón y la gente para no complicarse la vida lo tomaba por 0.12 de colón, es decir al revés de como hoy día se redondea, en esos días las personas eran más conscientes. Yo me acuerdo cuando compraba empanadas por un  medio a 0.06 de colón;   también un cuartillo de caramelos a 0.03 de colón. A este último le decíamos  “cuis” me imagino que fue calificado así por nuestros indígenas, así como hoy las maras han nominado “cora” a la moneda de 0.25 de dólar.

Había unas monedotas de plata llamadas “bambas” que circulaban en todo el territorio que pertenecía a la dominación   española, que como estas eran de alto valor no todas las personas las poseían. La gente del pueblo lo que manejaba para comprar y vender eran unos pedacitos de otras monedas grandes que llamaban “macacos”.

macacos

Lo que les voy a contar no me lo van a creer, pero sucedió… Mi abuelito Toño me conto un día que cuando él estaba chiquito no habían monedas de poco valor para dar el vuelto o cambio… Cuando uno iba a comprar con una moneda y el dueño de la tienda no tenía vuelto, tomaba la moneda y se iba para adentro para partirla en pedacitos de acuerdo a su valor y con esos pedacitos dar el vuelto… yo los conocí ya bien gastado por el uso y que mi abuela guardaba para el recuerdo; los habían de a real, medio y cuartillo. Este fue el origen de los “macacos”

En aquella época remota no había bancos como hoy donde depositar el dinero y la gente para guardar sus ahorros recurrían a cual subterfugio que podía imaginar. Algunos metían el pisto protegido por una bolsita en un costal entre mazorcas de maíz, haciendo un hoyo en la pared simulando el tapón con una piedra o enterrando una botija de barro en algún lugar del patio, y tantos modos según el caso.

En esos dorados tiempos en que la inocencia tenían un puesto elevado e importante en la conciencia de la gente, se creía en tantas cosas que hasta cierto punto tenían razón de ser. Cuando alguien escarbaba en una casa vieja o botaba paredes, tenía mucho cuidado porque se podían encontrar con un regalo importante. A mí me contaron una vez que en una de esas casas de abolengo, a eso de la media noche cuando supuestamente estaban todos dormidos, salió una luz en el patio; si la luz que aparecía era roja es porque ahí había pisto, pero si era de color verde, ahí había huesos de muerto … Ese señor dueño de la casa se puso en vigía…  todas las veces iba al inodoro por las noches, llevaba su perraje para protegerse del frio y una estaca para señalar el puntito donde la luz se iba a detener. Disfrutando su mandado estaba cuando la luz deambulaba por el patio, él se paró inmediatamente temblando de miedo, pero se fue tras la luz bastante aturdido; cuando la luz se detuvo, ahí merito sembró la estaca, pero no se dio cuenta que agarro la esquina de la cobija que llevaba encima. Cuando quiso correr para adentro de la casa, sintió que lo agarraron por detrás… El pobre señor pegó grito de terror y no pudo hablar ni siquiera caminar… Los familiares lo entraron, lo limpiaron, lo medicaron con ruda y alcohol… le hicieron de todo y jamás pudo unir dos palabras para contar lo que pasó…fue palideciendo, perdió su fisonomía natural y finalmente murió.

Cuando yo crecí ya había bancos y circulaba el colón como unidad monetaria. El papel moneda debió haber sido una novedad; había billetes de a 1.00, 2.00, 5.00, 10.00, 25.00, 50.00 y 100.00 colones… Las monedas metálicas de bronce eran las de 0.01 y 0.03, de níquel eran las de a 0.05 y 0.10, las de a 0.25 que en un principio fueron usadas las mismas de a 0.10 de los Estados Unidos, sin duda prestadas o vendidas cuando el dólar equivalía 2.50 de colón. Estas moneditas despertó gran interés por ahorrar porque entonces eran de plata, lo que entusiasmaba a la gente a llenar poco a poco su tunquito de barro.  No falto el vulgo llamándoles “pesetas” o “chimbimbas”, éstas eran escogidas por los padrinos de alguna boda pues tenían que dar las “jarras” o monedas suertudas para que la riqueza prevaleciera en las labores de la nueva pareja…Antes existía la creencia de que, si las jarras desaparecían, la pobreza embargara a la familia.

Muchos son los temas relacionados con la educación, no quiero dejar en el tintero, como dicen por acá, un hecho histórico bonito cuando por estos lados no había otros medios de comunicación como ahora. Se trata sobre las leyes y decretos municipales, que aunque dicen que éstas son como las serpientes que pican o muerden a los más descalzos, son necesarias para la convivencia social. Pero mi mirada en esta ocasión es la forma como los munícipes hacían llegar a la gente los edictos u ordenanzas municipales… Se trata del “bando” que desapareció y solo está a esta fecha, en la memoria de unos poquitos apanecos.

Lacho Solano tocaba el tambor al salir de la alcaldía… La gente toda ya conocía el tamboreo… Las mujeres que estaban cocinando tiraban los mandiles… Los hombres que estaban trabajando aquí en el pueblo aventaban las herramientas y se iban… Los cipotes curiosos contagiados por la bulla también corrían empujándose unos a otros tratando de llegar primero a la esquina… Con el tambor que hacía el llamado iban el secretario municipal Don Julio Mendoza, que dicho de paso era mi padrino, que me disculpen por meter a mi familia, pero ahí también el policía municipal, mi abuelo Irene, para cuidar el orden y algunos munícipes, como el principal Don Víctor Tobar el alcalde. Al llegar a la primera esquina formada por la cuarta calle Poniente y la Avenida Sur se aglutinaba el montón de gente. Los únicos que oían el “bando” desde la puerta de su casa fueron Don Luis Tobar, Don Miguel Rivas, Don Lencho Aguilar y Doña Esperanza Valdivieso de Salas que solo levantaba la cortina de la ventana para escuchar.

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Cuando el secretario buscaba una mejor altura para hacer resaltar su voz al leer el edicto, venia un silencio profundo y Lacho Solano y el policía buscaban una lajita para sentarse en la acera a los pies del lector… “Reunido el Consejo Municipal a las tantas horas el día tal etc, etc… acuerda, etc, etc, etc, etc.” y…  comenzaba cada quien a retenerlo todo, o cada quien lo que le correspondía; como los que yo recuerdo, que debía mantener mi chucho amarrado o encerrado porque iba a haber eliminación de caninos de tal fecha a tal fecha… Que por quejas persistentes de los agricultores, los bueyes, vacas y caballos agarrados en flagrancia comiéndose sus sembraditos, serían llevados al poste… Que porque en las ciudades vecinas había muerto varios niños por diarrea, se recomendaba a las mamás hervir el agua para tomar… Que como iba a haber visita del Señor Gobernador Departamental deshierbadas y limpias las calles… Que ya era tiempo que pagaran los impuestos municipales porque el dinero que había ya no alcanzaba para pagar las obras emprendidas por la comuna…

Cuando Don Julio terminaba decía: “Y leída fue a las tantas horas del día tal…” salía la comitiva para la otra esquina al compás del pon- pon- ponte, pon –pon-ponte de Lacho… En la esquina que está formada siempre por la cuarta calle Oriente y Avenida 15 de Septiembre Sur escuchaban desde el quicio de la puerta solo Doña Marta Rivas y Doña Rafaela Cuellar porque las otras casas estaban sordas y mudas o sea que siempre pasaban deshabitadas. Al terminar aquí, el “bando” arrancaba y cada vez se hacía más gente… yo recuerdo que cuando Lacho se cansaba, le ayudaba el policía que también era “ducho” para darle al pomponeo… Así  se llegaba a la tercera leída en la esquina formada por la Avenida 15 de Septiembre Norte y la tercera calle Oriente, desde donde el Señor secretario se colocaba en la acera más alta, que era o es todavía la de Don Rodolfo Artero y comenzaba la Ordenanza de nuevo… “El Excelentísimo Alcalde Municipal, reunido con su consejo, acuerdan que, a partir de tal fecha, etc, etc…” En la otra esquina opuesta solo había un tapial de Don Alejandro Artero, en la otra esquina Don Román Villafuerte, que escuchaba desde su casa; y la opuesta a Don Román estaba don Rafael Puente Luna.

Terminada ésta lectura el “bando” salía sobre la tercera calle, para llegar a la Avenida Norte, en esta esquina en donde antes había un molino y que manejado de por vida por Don Luis “Canecho”, se hacia la última lectura; en la otra esquina opuesta yo recuerdo que vivía Don Alfredo Asencio, mientras en las otras dos, Don Tule Mata y Don Miguel Gallegos, el carpintero.

Hasta aquí llegaba el tamboreo y la Comitiva Municipal se iba caminando secándose la sudada rumbo a la alcaldía… la gente también se iba formando pequeños grupos y haciendo sus propios comentarios. Pero ya todos estaban informados.

A mí solo me queda pedir disculpas por algunos nombres que menciono y especialmente los de algunos familiares o parientes; pero se decirles que no se pueden mencionar los hechos sin los actores y si los digo es porque es la única fuente que conozco y no pretendo exaltar la figura de alguien, sino mantenerlos a ustedes un rato entretenidos.

LAZAU